Los meses siguieron pasando, uno tras otro; las palabras que usaba Abel para sobrevivir eran "Un día a la vez", todo el tiempo esa frase taladraba su cabeza, errante como un cachorro sin dueño, viajó a lugares distintos, desde América Latina y Europa. Destacando y permaneciendo en un lugar en Panamá, el lenguaje fue lo de menos; inmediatamente aprendió el español.
Trabajando de lo que fuera, logró comprar una pequeña cabaña; la arregló de una forma familiar; la madera, jardines se veían sumamente restablecidos, cada tarde llegaba a fumarse un cigarrillo a la orilla del ojo de agua, el cual era libre tanto para la fauna como para los aldeanos. No dejaba de ver las flores, cuando calaba aquel humo.
— Sabía que estaría aquí.
-Una voz femenina a sus espaldas; era María, una joven aldeana, con ese canasto de bocadillos sobre su diestra.
—¡Qué tal, María!- Sorprendido dejó el cigarrillo en el suelo, apagándolo con el zapato. —No deberías andar sola tan tarde.
-Desde que lo conoció, sus intenciones con el mayor eran claras, aunque siempre fue rechazada por Abel, dejándole las cosas claras, el amor de su vida ya no existía en este plano terrenal, pero en su corazón y mente Yelena siempre estaría ahí.
—Sé cuidarme sola, tú mismo lo has visto con los hombres del pueblo; los pongo en su lugar si se quieren pasar de listos, al único que dejaría que me faltara al respe...
— ...Ya hemos hablado de eso, María. - Abel la interrumpió en seco; ella solo cambió su rostro a nostalgia; sus intentos por ser su mujer fueron en vano. — Sé que encontrarás a alguien que valore tu esencia y lo buena mujer que eres; ahora bien, supongo que me traes los víveres, ¿verdad?, dale las gracias a don Fermín; por la mañana pasaré a liquidar la cuenta.
-Solo asintió con la cabeza, entregó la canasta con los víveres en mano, dando media vuelta y siguió su camino al pueblo. -
—Vaya que es persistente, bien, acomodar esto en la alacena.
Trabajando de lo que fuera, logró comprar una pequeña cabaña; la arregló de una forma familiar; la madera, jardines se veían sumamente restablecidos, cada tarde llegaba a fumarse un cigarrillo a la orilla del ojo de agua, el cual era libre tanto para la fauna como para los aldeanos. No dejaba de ver las flores, cuando calaba aquel humo.
— Sabía que estaría aquí.
-Una voz femenina a sus espaldas; era María, una joven aldeana, con ese canasto de bocadillos sobre su diestra.
—¡Qué tal, María!- Sorprendido dejó el cigarrillo en el suelo, apagándolo con el zapato. —No deberías andar sola tan tarde.
-Desde que lo conoció, sus intenciones con el mayor eran claras, aunque siempre fue rechazada por Abel, dejándole las cosas claras, el amor de su vida ya no existía en este plano terrenal, pero en su corazón y mente Yelena siempre estaría ahí.
—Sé cuidarme sola, tú mismo lo has visto con los hombres del pueblo; los pongo en su lugar si se quieren pasar de listos, al único que dejaría que me faltara al respe...
— ...Ya hemos hablado de eso, María. - Abel la interrumpió en seco; ella solo cambió su rostro a nostalgia; sus intentos por ser su mujer fueron en vano. — Sé que encontrarás a alguien que valore tu esencia y lo buena mujer que eres; ahora bien, supongo que me traes los víveres, ¿verdad?, dale las gracias a don Fermín; por la mañana pasaré a liquidar la cuenta.
-Solo asintió con la cabeza, entregó la canasta con los víveres en mano, dando media vuelta y siguió su camino al pueblo. -
—Vaya que es persistente, bien, acomodar esto en la alacena.
Los meses siguieron pasando, uno tras otro; las palabras que usaba Abel para sobrevivir eran "Un día a la vez", todo el tiempo esa frase taladraba su cabeza, errante como un cachorro sin dueño, viajó a lugares distintos, desde América Latina y Europa. Destacando y permaneciendo en un lugar en Panamá, el lenguaje fue lo de menos; inmediatamente aprendió el español.
Trabajando de lo que fuera, logró comprar una pequeña cabaña; la arregló de una forma familiar; la madera, jardines se veían sumamente restablecidos, cada tarde llegaba a fumarse un cigarrillo a la orilla del ojo de agua, el cual era libre tanto para la fauna como para los aldeanos. No dejaba de ver las flores, cuando calaba aquel humo.
— Sabía que estaría aquí.
-Una voz femenina a sus espaldas; era María, una joven aldeana, con ese canasto de bocadillos sobre su diestra.
—¡Qué tal, María!- Sorprendido dejó el cigarrillo en el suelo, apagándolo con el zapato. —No deberías andar sola tan tarde.
-Desde que lo conoció, sus intenciones con el mayor eran claras, aunque siempre fue rechazada por Abel, dejándole las cosas claras, el amor de su vida ya no existía en este plano terrenal, pero en su corazón y mente Yelena siempre estaría ahí.
—Sé cuidarme sola, tú mismo lo has visto con los hombres del pueblo; los pongo en su lugar si se quieren pasar de listos, al único que dejaría que me faltara al respe...
— ...Ya hemos hablado de eso, María. - Abel la interrumpió en seco; ella solo cambió su rostro a nostalgia; sus intentos por ser su mujer fueron en vano. — Sé que encontrarás a alguien que valore tu esencia y lo buena mujer que eres; ahora bien, supongo que me traes los víveres, ¿verdad?, dale las gracias a don Fermín; por la mañana pasaré a liquidar la cuenta.
-Solo asintió con la cabeza, entregó la canasta con los víveres en mano, dando media vuelta y siguió su camino al pueblo. -
—Vaya que es persistente, bien, acomodar esto en la alacena.