• —¿No te parece la tia mas guapa que has visto en tu vida? —preguntó Juniper desde su posición en el interior de la barra sin poder apartar la mirada de la pelirroja del fondo, la que estaba enfrascada en la lectura de "El Hobbit" y que, a juzgar por la cubierta del libro habia leido mas de un millón de veces.

    —¿La pelirroja? —preguntó Teagan ladeando la cabeza para poder mirar muy poco discretamente a la ferviente lectora— Pues no lo sé, June. Es... una pelirroja. Aunque... tiene rollazo... —luego miró a Juniper. De arriba abajo— Te pega...

    Juniper sintió que se sonrojaba hasta la punta de las orejas.

    —Qué va, ¿qué dices? —negó con la cabeza y bajó la mirada— Cállate...
    —¿No te parece la tia mas guapa que has visto en tu vida? —preguntó Juniper desde su posición en el interior de la barra sin poder apartar la mirada de la pelirroja del fondo, la que estaba enfrascada en la lectura de "El Hobbit" y que, a juzgar por la cubierta del libro habia leido mas de un millón de veces. —¿La pelirroja? —preguntó Teagan ladeando la cabeza para poder mirar muy poco discretamente a la ferviente lectora— Pues no lo sé, June. Es... una pelirroja. Aunque... tiene rollazo... —luego miró a Juniper. De arriba abajo— Te pega... Juniper sintió que se sonrojaba hasta la punta de las orejas. —Qué va, ¿qué dices? —negó con la cabeza y bajó la mirada— Cállate...
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  • ❝Todo colapsó...❞
    Fandom Supernatural
    Categoría Acción
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ Dean Winchester


    ¿Nunca has pensado en la posibilidad de la existencia de mundos paralelos? Ya sabes, mundos que parecen iguales al tuyo y que difieren en pequeños y simples aspectos. El efecto mariposa elevado a la máxima potencia. Tal vez si le hubieras plantado cara a esa abusona en el instituto en lugar de agachar la cabeza y continuar por el pasillo hoy serias dueña de una multinacional. Decisiones mínimas que tomamos a diario pueden desentrañar cambios impresionantes. ¡BUM! Mundos paralelos.

    Bueno, en nuestro caso no es tan sencillo. Digamos que en esta realidad la creación de mundos paralelos no depende de nuestras decisiones, más bien de las de un ser codicioso, despreciable y aburrido. Un tipo que crea mundos enteros y los deshecha cuando no le entretienen lo suficiente. Y uno de estos mundos descartados y abandonado a su buena suerte era el mundo en el que Sadie vivía. Claro que las personas del planeta no sabían que Dios habia cerrado la puerta y se habia mudado de edificio. Ellos vivían sus vidas cotidianas, con el vaivén de las vicisitudes del día a día.

    Y luego estaba la cara B. El mundo sobrenatural, los Hombres de Letras y los cazadores. Los que aterrorizaban a los inocentes por la noche y los que los combatían. Sadie Torres era una de ellas. Se habia formado como bruja y habia terminado viendo como su vida era destrozada por un grupo de vampiros. No os voy a mentir, aquel desenlace fue terrible, pero abrió una puerta desconocida para Sadie y le consiguió un puesto en la prestigiosa organización de Los Hombres de Letras de Estados Unidos.

    Los Hombres de Letras era el cuerpo de elite del conocimiento sobrenatural, contaban con equipos de cazadores, de agentes y estudiosos. Poseían búnkeres por todo el mundo. Varios en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, Bélgica. En fin… En cada parte del mundo la organización habia extendido sus largos dedos con intención de mantener el orden y la estabilidad de un mundo cada vez más caótico.

    Y los lideres de esa organización en Estados Unidos eran los Winchester. John dirigía el bunker de Kansas y se coordinaba con el resto de búnkeres y miembros del país. Mary, su mujer, prefería el trabajo de campo y entrenaba y salvaba a nuevos cazadores y futuros reclutas. Luego estaban sus hijos: Sam y Dean. Sam era experto en demonología y Angeología. Y Dean… el mayor, era de los que preferían mancharse las manos. Un excelente estratega, habilidoso en la batalla y con una mente brillante y avispada. A menudo Sadie bromeaba con él diciendo que bien parecía McGyver, capaz de construir una bomba con un chiche y un boli bic.

    Sadie y Dean se compenetraban a la perfección. Tanto que comenzaron a realizar salidas juntos: cacerías, salvamento de inocentes, resolución de misterios… Y, como era de esperar, se enamoraron. Tanto que Dean se sintió con la confianza de dar el siguiente paso tres años después de conocer a Sadie. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que… el universo empezó a colapsar sobre sí mismo…

    Literalmente.

    Al principio eran solamente noticias raras sobre meteoritos y extraños movimientos de tierra. Después comenzaron las catástrofes naturales: maremotos en Indonesia y Europa, terremotos en Estados Unidos, derrumbamiento de acantilados y puentes… Y entonces… llegó el fin del mundo sin que nadie supiera qué hacer para detener aquello.

    John Winchester se pasó una mano por el rostro, abatido. Apenas se sentía capaz de alzar la mirada hacia los cazadores y miembros de la organización. Sadie pudo ver que no sabía qué decirles a pesar de haberlos reunido allí como su líder. Sadie sabía que, ante el fin del mundo, ni siquiera el todopoderoso John Winchester, su suegro, sabia como proteger a su gente y que solo era cuestión de tiempo que el bunker cayera sobre sus cabezas.

    -Ha llegado la hora… El mundo se va al infierno y no hay forma de pararlo. No voy a pediros que os quedéis. Si teneis familia, si teneis algo ahí afuera, volved a casa con vuestros seres queridos. Me duele decir esto pero, por primera vez, no encuentro la forma de detener esto…

    Sadie tragó saliva de forma pesada y se aferró aún más a la mano de Dean. Este captó el gesto y alzó ese brazo para rodear el cuello de Sadie estrechándola contra sí y dejar después un beso en su cabello.

    -Saldremos de esta, ¿vale? -le dijo en voz baja- No sé cómo, pero te pondré a salvo…

    Sadie asintió solamente.

    Tras aquella funesta reunión fueron muchos de sus amigos los que decidieron abandonar el bunker para poder pasar sus últimos dias con sus seres queridos. En las despedidas todo eran buenos deseos, abrazos y lágrimas silenciosas de dolor y frustración. Y menos de tres dias después solo la familia Winchester restaba en el bunker. Aunque estos eran resilientes y cabezotas. Sadie sobre todo. Intentó buscar y crear hechizos que pudieran protegerlos pero ninguno funcionaba…

    Absolutamente. Ninguno.

    Y entonces… no hubo escapatoria.

    Era de noche en el resto del mundo pero en el interior del bunker de Lebanon la familia superviviente corría para salvar sus vidas. La corriente eléctrica habia fallado y el color rojizo de las luces de emergencia parpadeando iluminaban el pasillo de forma mortecina. El primer temblor habia puesto a la familia Winchester en alerta. Después llegó una sacudida aún más fuerte y el panel de seguridad empezó a timbrar de forma estridente y aguda avisando de un fallo de seguridad en la estructura. No era tal, pues lo cierto era que medio edificio se habia derrumbado desde uno de los lados cayendo sobre la gruesa capa de hormigón y piedra.

    Sadie, Sam y Dean corrían por el pasillo que llegaba hasta la biblioteca. Corazones latiendo a toda velocidad, compungidos ante los sonidos de golpes sobre sus cabezas y el tintineo de los azulejos de las paredes al resquebrajarse a su paso. Sadie aferraba la mano de Dean y sentía clavarse el anillo de compromiso entre sus otros dedos al ser estos oprimidos por la fuerza de la mano de su prometido.

    De pronto el pasillo colapsó sobre sí mismo y los tres tuvieron que retroceder entre el polvo y los cascotes de hormigón. Dean agarró a Sadie apartándola de la trayectoria de los escombros que caían y la estrechó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo y sus manos.

    -¿Estás bien? -preguntó él con la voz ronca a causa del polvo en el ambiente.

    Sadie asintió tosiendo ligeramente.

    -¡Por aquí! -bramó la voz de John desde la entrada de la cocina. No podían verle con el humo reinante en el ambiente, pero todos sabían dónde se encontraba la puerta asi que retrocedieron hasta dar con las manos de Mary y John que los guiaron hasta el interior de la cocina.

    -¡Esto se va a la mierda! -gritó Dean- ¿Podemos llegar al garaje?

    John negó con la cabeza.

    -El techo se ha derrumbado y la puerta está bloqueada… -dijo Mary.

    -Joder… -masculló Dean.

    John posó una mano en la espalda de Mary guiándola hacia la otra salida de la sala.

    -Tenemos que irnos ahora mismo. O moriremos aquí abajo. Solo podemos salir por la puerta de la sala de guerra… Es arriesgado…

    Sadie todavia tosía el humo y polvo que habia aspirado.

    -Puedo intentar contener el derrumbe y daros una oportunidad -dijo ella con voz débil.

    Dean la miró como si acabara de ver a ET recién aterrizado.

    -¿Estás loca? No, ni de coña. Nos vamos. Todos.

    John hizo una seña con un gesto de su cabeza.

    -Pues tiene que ser ahora. ¡Ya! ¡Vamos!

    De modo que los cinco salieron corriendo por la segunda puerta de la cocina, la que quedaba más cerca de la biblioteca. Las luces rojas impedían estar seguro de por donde uno pisaba y tener que esquivar mesas y sillas no era una tarea facil mientras el escenario temblaba.

    De pronto un enorme estruendo y una sacudida al edificio hizo que Sam, Dean y Sadie cayeran al suelo.

    -¡NO! ¡MAMÁ!

    Sadie pudo escuchar el grito desgarrador de Dean cuando al incorporarse descubrió que John y Mary Winchester no habían podido llegar a la biblioteca antes de que el pasillo colapsara sobre ellos, atrapándolos bajo los escombros. El cazador corrió a intentar quitar las piedras, con la esperanza de poder llegar hasta sus padres a pesar de la mancha de sangre que comenzaba a brotar en el suelo en un fino reguero.

    -¡DEAN! -lo llamó Sam mientras Sadie y él llegaban hasta Dean para intentar detenerlo.

    -¡Dean! ¡Cariño, tenemos que salir de aquí! -le pidió la bruja a su prometido- ¡Dean! ¡Por favor!

    El cazador cejó en su empeño con rabia, dolor y frustración. Se incorporó pasándose el dorso de la muñeca por el rostro para limpiar su visión de polvo y lágrimas y asintió tomando rápidamente la mano de Sadie para salir corriendo hacia la salida. Estaban cerca. Tan cerca…

    Y de pronto…

    -¡DEAN! -fue todo lo que Sadie escuchó antes de que Sam apartara a Dean de un empujón. Dean cayó al suelo y Sam desapareció de la vista de los dos debajo de una nube de piedra y polvo.

    -No… Nonononono…¡NO! ¡SAM! -la voz rota de Dean destrozó el corazón de Sadie.

    -Dean… Dean… Tenemos que irnos… ¡Dean!

    Sadie buscó el brazo de su prometido con la mano y trató de tirar de él para apartarlo de aquelle enorme grieta en el techo. Todo sucedió muy rapido después de aquello. Sadie advirtió el sonido de la piedra desprendiéndose. Su mirada buscó a Dean y vio el miedo en los ojos verdes de Dean un segundo antes de que el techo comenzara a caer sobre él.

    -¡DEAN!- gritó Sadie. Alargó sus manos hacia él liberando una onda expansiva de magia con intención de apartarlo del derrumbe. Pero esta golpeó contra uno de los símbolos de protección tallados en la piedra del arco principal de la entrada a la biblioteca y entonces…. Todo explotó. Y se volvió negro.

    >> Todo era normal en el bunker, o al menos tan normal como esos dias en que no se terminaba el mundo. Sam se habia levantado a las seis de la mañana, habia salido a correr… Habia recogido el correo de la oficina de correos del pueblo y habia regresado a casa. Mientras esperaba al regreso de Dean, quien habia bajado a comprar, habia preparado la comida… Como digo, un día absolutamente normal.

    Esa tarde compartían un bourbon ya que Sam habia decidido apartar la mirada de la sección de noticias de la página web que mostraba su ordenador portátil, un rato al ser traicioneramente seducido por la botella que su hermano habia llevado hasta la mesa. Si no habían encontrado a Amara en una semana, no la encontrarían en los siguientes veinte minutos.

    -¿Qué harías tú? -preguntó Sam de pronto, dando voz a una pregunta que habia pasado algunas veces por su cabeza- Si tuviésemos la opción de una vida normal, quiero decir. Yo querría retomar Derecho y… seria increible graduarme antes de los cuarenta y cinco…- bromeó negando con la cabeza- Y el bunker… Podríamos convertirlo en algo más… En algo mejor… Un lugar que ayudase a otros cazadores… ¿Cuál sería tu plan?

    Entonces recordó algo.

    -Antes de que se me olvide… -dijo inclinándose hacia su portátil y cambiando de pestaña en el navegador- Garth cree que hay un caso de poltergeist en Utah. Le dije que le echaríamos un vistazo…

    Y entonces… un fogonazo de luz los sorprendió a ambos. Una luz amarilla que duró un segundo, un destello de una luz de emergencia lejana y de pronto… Una humareda de polvo y algunos cascotes de piedra cayeron sobre el suelo de madera. Sam se levantó a toda velocidad dejando su vaso sobre la mesa y corriendo a ver qué ocurría.

    -¡Dean! -llamó a su hermano al ver el cuerpo de una mujer joven, inconsciente en el suelo. Estaba cubierta de polvo, magullada y tenía heridas recientes en la frente, en la mejilla, en el hombro- ¿Qué demonios…?

    Entonces la muchacha abrió los ojos apenas un par de segundos.

    -¿Dean? -preguntó esbozando una sonrisa cansada.

    Sam miró a su hermano y luego descubrió algo al lado de la muchacha. Se agachó a recogerlo al tiempo que la joven preguntaba de nuevo, casi sin voz ni consciencia:

    -¿Sam…?

    Sam frunció las cejas mientras tomaba un cascote de piedra y se lo enseñaba a su hermano. Era el emblema de la estrella de Acuario que adornaba el arco de la entrada a la biblioteca. Exactamente. El. Mismo. Escudo. De. Piedra.

    Sam lo alzó para compararlo con el que presidia el arco.

    -¿Qué está pasando? -preguntó.
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ [IMPALA.DRIVER] ¿Nunca has pensado en la posibilidad de la existencia de mundos paralelos? Ya sabes, mundos que parecen iguales al tuyo y que difieren en pequeños y simples aspectos. El efecto mariposa elevado a la máxima potencia. Tal vez si le hubieras plantado cara a esa abusona en el instituto en lugar de agachar la cabeza y continuar por el pasillo hoy serias dueña de una multinacional. Decisiones mínimas que tomamos a diario pueden desentrañar cambios impresionantes. ¡BUM! Mundos paralelos. Bueno, en nuestro caso no es tan sencillo. Digamos que en esta realidad la creación de mundos paralelos no depende de nuestras decisiones, más bien de las de un ser codicioso, despreciable y aburrido. Un tipo que crea mundos enteros y los deshecha cuando no le entretienen lo suficiente. Y uno de estos mundos descartados y abandonado a su buena suerte era el mundo en el que Sadie vivía. Claro que las personas del planeta no sabían que Dios habia cerrado la puerta y se habia mudado de edificio. Ellos vivían sus vidas cotidianas, con el vaivén de las vicisitudes del día a día. Y luego estaba la cara B. El mundo sobrenatural, los Hombres de Letras y los cazadores. Los que aterrorizaban a los inocentes por la noche y los que los combatían. Sadie Torres era una de ellas. Se habia formado como bruja y habia terminado viendo como su vida era destrozada por un grupo de vampiros. No os voy a mentir, aquel desenlace fue terrible, pero abrió una puerta desconocida para Sadie y le consiguió un puesto en la prestigiosa organización de Los Hombres de Letras de Estados Unidos. Los Hombres de Letras era el cuerpo de elite del conocimiento sobrenatural, contaban con equipos de cazadores, de agentes y estudiosos. Poseían búnkeres por todo el mundo. Varios en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, Bélgica. En fin… En cada parte del mundo la organización habia extendido sus largos dedos con intención de mantener el orden y la estabilidad de un mundo cada vez más caótico. Y los lideres de esa organización en Estados Unidos eran los Winchester. John dirigía el bunker de Kansas y se coordinaba con el resto de búnkeres y miembros del país. Mary, su mujer, prefería el trabajo de campo y entrenaba y salvaba a nuevos cazadores y futuros reclutas. Luego estaban sus hijos: Sam y Dean. Sam era experto en demonología y Angeología. Y Dean… el mayor, era de los que preferían mancharse las manos. Un excelente estratega, habilidoso en la batalla y con una mente brillante y avispada. A menudo Sadie bromeaba con él diciendo que bien parecía McGyver, capaz de construir una bomba con un chiche y un boli bic. Sadie y Dean se compenetraban a la perfección. Tanto que comenzaron a realizar salidas juntos: cacerías, salvamento de inocentes, resolución de misterios… Y, como era de esperar, se enamoraron. Tanto que Dean se sintió con la confianza de dar el siguiente paso tres años después de conocer a Sadie. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que… el universo empezó a colapsar sobre sí mismo… Literalmente. Al principio eran solamente noticias raras sobre meteoritos y extraños movimientos de tierra. Después comenzaron las catástrofes naturales: maremotos en Indonesia y Europa, terremotos en Estados Unidos, derrumbamiento de acantilados y puentes… Y entonces… llegó el fin del mundo sin que nadie supiera qué hacer para detener aquello. John Winchester se pasó una mano por el rostro, abatido. Apenas se sentía capaz de alzar la mirada hacia los cazadores y miembros de la organización. Sadie pudo ver que no sabía qué decirles a pesar de haberlos reunido allí como su líder. Sadie sabía que, ante el fin del mundo, ni siquiera el todopoderoso John Winchester, su suegro, sabia como proteger a su gente y que solo era cuestión de tiempo que el bunker cayera sobre sus cabezas. -Ha llegado la hora… El mundo se va al infierno y no hay forma de pararlo. No voy a pediros que os quedéis. Si teneis familia, si teneis algo ahí afuera, volved a casa con vuestros seres queridos. Me duele decir esto pero, por primera vez, no encuentro la forma de detener esto… Sadie tragó saliva de forma pesada y se aferró aún más a la mano de Dean. Este captó el gesto y alzó ese brazo para rodear el cuello de Sadie estrechándola contra sí y dejar después un beso en su cabello. -Saldremos de esta, ¿vale? -le dijo en voz baja- No sé cómo, pero te pondré a salvo… Sadie asintió solamente. Tras aquella funesta reunión fueron muchos de sus amigos los que decidieron abandonar el bunker para poder pasar sus últimos dias con sus seres queridos. En las despedidas todo eran buenos deseos, abrazos y lágrimas silenciosas de dolor y frustración. Y menos de tres dias después solo la familia Winchester restaba en el bunker. Aunque estos eran resilientes y cabezotas. Sadie sobre todo. Intentó buscar y crear hechizos que pudieran protegerlos pero ninguno funcionaba… Absolutamente. Ninguno. Y entonces… no hubo escapatoria. Era de noche en el resto del mundo pero en el interior del bunker de Lebanon la familia superviviente corría para salvar sus vidas. La corriente eléctrica habia fallado y el color rojizo de las luces de emergencia parpadeando iluminaban el pasillo de forma mortecina. El primer temblor habia puesto a la familia Winchester en alerta. Después llegó una sacudida aún más fuerte y el panel de seguridad empezó a timbrar de forma estridente y aguda avisando de un fallo de seguridad en la estructura. No era tal, pues lo cierto era que medio edificio se habia derrumbado desde uno de los lados cayendo sobre la gruesa capa de hormigón y piedra. Sadie, Sam y Dean corrían por el pasillo que llegaba hasta la biblioteca. Corazones latiendo a toda velocidad, compungidos ante los sonidos de golpes sobre sus cabezas y el tintineo de los azulejos de las paredes al resquebrajarse a su paso. Sadie aferraba la mano de Dean y sentía clavarse el anillo de compromiso entre sus otros dedos al ser estos oprimidos por la fuerza de la mano de su prometido. De pronto el pasillo colapsó sobre sí mismo y los tres tuvieron que retroceder entre el polvo y los cascotes de hormigón. Dean agarró a Sadie apartándola de la trayectoria de los escombros que caían y la estrechó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo y sus manos. -¿Estás bien? -preguntó él con la voz ronca a causa del polvo en el ambiente. Sadie asintió tosiendo ligeramente. -¡Por aquí! -bramó la voz de John desde la entrada de la cocina. No podían verle con el humo reinante en el ambiente, pero todos sabían dónde se encontraba la puerta asi que retrocedieron hasta dar con las manos de Mary y John que los guiaron hasta el interior de la cocina. -¡Esto se va a la mierda! -gritó Dean- ¿Podemos llegar al garaje? John negó con la cabeza. -El techo se ha derrumbado y la puerta está bloqueada… -dijo Mary. -Joder… -masculló Dean. John posó una mano en la espalda de Mary guiándola hacia la otra salida de la sala. -Tenemos que irnos ahora mismo. O moriremos aquí abajo. Solo podemos salir por la puerta de la sala de guerra… Es arriesgado… Sadie todavia tosía el humo y polvo que habia aspirado. -Puedo intentar contener el derrumbe y daros una oportunidad -dijo ella con voz débil. Dean la miró como si acabara de ver a ET recién aterrizado. -¿Estás loca? No, ni de coña. Nos vamos. Todos. John hizo una seña con un gesto de su cabeza. -Pues tiene que ser ahora. ¡Ya! ¡Vamos! De modo que los cinco salieron corriendo por la segunda puerta de la cocina, la que quedaba más cerca de la biblioteca. Las luces rojas impedían estar seguro de por donde uno pisaba y tener que esquivar mesas y sillas no era una tarea facil mientras el escenario temblaba. De pronto un enorme estruendo y una sacudida al edificio hizo que Sam, Dean y Sadie cayeran al suelo. -¡NO! ¡MAMÁ! Sadie pudo escuchar el grito desgarrador de Dean cuando al incorporarse descubrió que John y Mary Winchester no habían podido llegar a la biblioteca antes de que el pasillo colapsara sobre ellos, atrapándolos bajo los escombros. El cazador corrió a intentar quitar las piedras, con la esperanza de poder llegar hasta sus padres a pesar de la mancha de sangre que comenzaba a brotar en el suelo en un fino reguero. -¡DEAN! -lo llamó Sam mientras Sadie y él llegaban hasta Dean para intentar detenerlo. -¡Dean! ¡Cariño, tenemos que salir de aquí! -le pidió la bruja a su prometido- ¡Dean! ¡Por favor! El cazador cejó en su empeño con rabia, dolor y frustración. Se incorporó pasándose el dorso de la muñeca por el rostro para limpiar su visión de polvo y lágrimas y asintió tomando rápidamente la mano de Sadie para salir corriendo hacia la salida. Estaban cerca. Tan cerca… Y de pronto… -¡DEAN! -fue todo lo que Sadie escuchó antes de que Sam apartara a Dean de un empujón. Dean cayó al suelo y Sam desapareció de la vista de los dos debajo de una nube de piedra y polvo. -No… Nonononono…¡NO! ¡SAM! -la voz rota de Dean destrozó el corazón de Sadie. -Dean… Dean… Tenemos que irnos… ¡Dean! Sadie buscó el brazo de su prometido con la mano y trató de tirar de él para apartarlo de aquelle enorme grieta en el techo. Todo sucedió muy rapido después de aquello. Sadie advirtió el sonido de la piedra desprendiéndose. Su mirada buscó a Dean y vio el miedo en los ojos verdes de Dean un segundo antes de que el techo comenzara a caer sobre él. -¡DEAN!- gritó Sadie. Alargó sus manos hacia él liberando una onda expansiva de magia con intención de apartarlo del derrumbe. Pero esta golpeó contra uno de los símbolos de protección tallados en la piedra del arco principal de la entrada a la biblioteca y entonces…. Todo explotó. Y se volvió negro. >> Todo era normal en el bunker, o al menos tan normal como esos dias en que no se terminaba el mundo. Sam se habia levantado a las seis de la mañana, habia salido a correr… Habia recogido el correo de la oficina de correos del pueblo y habia regresado a casa. Mientras esperaba al regreso de Dean, quien habia bajado a comprar, habia preparado la comida… Como digo, un día absolutamente normal. Esa tarde compartían un bourbon ya que Sam habia decidido apartar la mirada de la sección de noticias de la página web que mostraba su ordenador portátil, un rato al ser traicioneramente seducido por la botella que su hermano habia llevado hasta la mesa. Si no habían encontrado a Amara en una semana, no la encontrarían en los siguientes veinte minutos. -¿Qué harías tú? -preguntó Sam de pronto, dando voz a una pregunta que habia pasado algunas veces por su cabeza- Si tuviésemos la opción de una vida normal, quiero decir. Yo querría retomar Derecho y… seria increible graduarme antes de los cuarenta y cinco…- bromeó negando con la cabeza- Y el bunker… Podríamos convertirlo en algo más… En algo mejor… Un lugar que ayudase a otros cazadores… ¿Cuál sería tu plan? Entonces recordó algo. -Antes de que se me olvide… -dijo inclinándose hacia su portátil y cambiando de pestaña en el navegador- Garth cree que hay un caso de poltergeist en Utah. Le dije que le echaríamos un vistazo… Y entonces… un fogonazo de luz los sorprendió a ambos. Una luz amarilla que duró un segundo, un destello de una luz de emergencia lejana y de pronto… Una humareda de polvo y algunos cascotes de piedra cayeron sobre el suelo de madera. Sam se levantó a toda velocidad dejando su vaso sobre la mesa y corriendo a ver qué ocurría. -¡Dean! -llamó a su hermano al ver el cuerpo de una mujer joven, inconsciente en el suelo. Estaba cubierta de polvo, magullada y tenía heridas recientes en la frente, en la mejilla, en el hombro- ¿Qué demonios…? Entonces la muchacha abrió los ojos apenas un par de segundos. -¿Dean? -preguntó esbozando una sonrisa cansada. Sam miró a su hermano y luego descubrió algo al lado de la muchacha. Se agachó a recogerlo al tiempo que la joven preguntaba de nuevo, casi sin voz ni consciencia: -¿Sam…? Sam frunció las cejas mientras tomaba un cascote de piedra y se lo enseñaba a su hermano. Era el emblema de la estrella de Acuario que adornaba el arco de la entrada a la biblioteca. Exactamente. El. Mismo. Escudo. De. Piedra. Sam lo alzó para compararlo con el que presidia el arco. -¿Qué está pasando? -preguntó.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me shockea
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • ❝Un villano a mi altura❞
    Fandom The Originals
    Categoría Drama
    𝑨𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒆𝒆𝒓:

    Esta trama contiene alusiones y referencias a la última temporada de "Los Originales"

    𝑷𝒆𝒓𝒔𝒐𝒏𝒂𝒋𝒆𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒊𝒄𝒊𝒑𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔:

    𝕮𝖆𝖗𝖔𝖑𝖎𝖓𝖊 𝕱𝖔𝖗𝖇𝖊𝖘
    Elijah Mikaelson
    Hayley Marshall
    Freya Mikaelson
    Keelan Malraux
    Hope Mikaelson
    𝑬𝒗𝒂
    Pierre LeRoi


    𝑬𝒏𝒍𝒂𝒄𝒆𝒔 𝒓𝒆𝒇𝒆𝒓𝒊𝒅𝒐𝒔 𝒑𝒐𝒓 𝒂𝒍𝒖𝒔𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔:

    Esta trama contiene alusiones a aspectos roleados en otros starter:
    https://ficrol.com/posts/151270
    https://ficrol.com/posts/235248
    https://ficrol.com/posts/151277
    https://ficrol.com/posts/300895
    https://ficrol.com/posts/151274
    https://ficrol.com/posts/337154



    Convencer a Alaric Saltzman de ayudar a la familia Mikaelson, y más específicamente al propio Klaus como representante de toda la familia Mikaelson presente en Mystic Falls, no fue facil. Para nada facil. Las heridas del pasado no habían llegado a cerrarse del todo y, aunque Alaric habia sido una excelente figura paterna para Hope y aparentemente Saltzman tambien habia desarrollado cariño por la tríbrida, lo cierto era que esa relacion no habia ayudado a sanar los horrores del pasado ni el daño entre Alaric y Klaus.

    Pero, gracias a la intervención de Caroline, alguien cuya parcialidad por fin jugaba en favor de Klaus, Alaric terminó por consentir ayudar a los Mikaelson con la búsqueda del misterio de su extraña marca. Asi que Klaus y Alaric pasaron bastantes horas en la biblioteca. Uno no dejaba de traer libros seguro de haber visto antes ese símbolo en alguna parte. Y el otro, leía ávidamente agradeciendo los litros de café que Caroline traía para ellos de tanto en tanto. Llegado cierto punto de la noche incluso Caroline se habia unido al equipo de búsqueda de aquel extraño símbolo. Hasta que…

    -¡Lo sabía! -exclamó Alaric cuando las únicas luces de las que podían valerse eran las de las lámparas de la biblioteca. Hacia bastante rato que el sol se habia ocultado y que el silencio habia caído sobre la Escuela Salvatore.

    Klaus y Caroline lo miraron inmediatamente.

    -¿Qué? -preguntó Klaus poniéndose en pie a la vez que Caroline, rodeando los dos la mesa por extremos opuestos para llegar hasta Alaric quien dejó un libro extendido sobre la mesa.

    -Esa marca que tienes…- Alaric señaló el antebrazo de Klaus- Es antigua. Muy antigua. Tanto que he tenido que remontarme a mitos y leyendas. Nunca nadie habia visto esa marca antes, al menos no hay constancia de ello, por eso no está archivada en símbolos celta…

    -Al grano, amigo. ¿Qué es? -preguntó Klaus rodando los ojos.

    -Es la marca de una nigromante poderosa. La más antigua y poderosa del mundo. Su magia es tan antigua que no hay registros… Apenas leyendas en Inglaterra… Hablan de una bruja capaz de dominar la vida y la muerte… y de un hechicero cuyo poder rivalizaba con el suyo.

    Caroline cruzó los brazos.

    -De acuerdo, pero… ¿Qué tiene eso que ver con Klaus o con los resucitados?

    Alaric bajó la mirada hacia las páginas envejecidas.

    -Se amaban. Al menos eso dicen las historias. Durante años fueron inseparables. Pero algo ocurrió entre ellos… algo tan terrible que acabó convirtiendo su amor en una guerra. Él empezó a temer en quién podía convertirse ella. Y ella vio esa traición como el peor de los ataques.

    Klaus permaneció inmóvil, desviando la mirada hacia la marca de su brazo.

    -El problema -continuó Alaric- es que ninguno podía matar al otro. Habían sellado un pacto de sangre siglos atrás. Sus vidas quedaron unidas. Si uno moría… el otro también.

    Caroline frunció el ceño.

    -Pero entonces la guerra nunca podía terminar.

    -En efecto. Así que el hechicero hizo lo único que se le ocurrió, lo único que estaba en su mano. Creó un arma capaz de romper las leyes de ese pacto. Una espada forjada con magia antigua… entregada después a un rey que, según la profecía, sería el único capaz de detener a la bruja si algún día ella cruzaba el límite.

    Klaus alzó lentamente la mirada.

    -¿Excalibur…? -preguntó de forma irónica, pues era el único nombre de una espada que le vino a la mente. Y, no podía imaginarse lo acertado que estaba.

    Alaric asintió despacio. Klaus frunció las cejas y miró al primero esperando que aquello fuera una broma.

    -¿Qué tiene que ver la marca con esto…?

    Alaric tragó saliva de forma pesada antes de volver la página del libro. Las ilustraciones de los grabados estaban desgastadas por el tiempo, pero el símbolo dibujado sobre el papel era exactamente el mismo que ardía sobre la piel de Klaus. La medialuna entrelazada con una triqueta simple.

    -Porque esta marca no representa una maldición… No al uso, al menos… Representa pertenencia.

    Caroline dirigió tambien la mirada hacia el brazo de Klaus inmediatamente.

    -La leyenda dice -prosiguió Alaric- que, cuando comenzó la guerra, la bruja entendió algo: jamás podría derrotar al hechicero sola. No mientras él siguiera teniendo a reyes, ejércitos y magos luchando de su lado. Así que empezó a buscar una forma de crear su propio ejército.

    Klaus apretó la mandíbula, comprendiéndolo al instante. Después de haberse criado con una madre como la suya, comprendía que habia personas que no conocían el límite. Tampoco él, puede que le viniera por rama materna. Irónicamente.

    -Nigromancia… -dijo. No era una pregunta.

    -Al principio resucitaba soldados caídos -asintió Alaric- Guerreros. Brujos. Pero su magia evolucionó. Se volvió más oscura y mucho más poderosa. La marca era el vínculo que utilizaba para atar las almas resucitadas a su voluntad. Una llamada. Una invocación permanente.

    El silencio cayó entre los tres.

    -Según las leyendas -continuó Alaric en voz más baja-, aquellos que estaban marcados dejaban de pertenecer al mundo de los muertos. La bruja podía sentirlos, encontrarlos… incluso reclamar sus vidas otra vez si la traicionaban.

    Caroline negó con la cabeza lentamente.

    -No…

    -Y lo peor es que... -Alaric levantó la vista del libro-. Cuanto más poderoso era el resucitado, más valiosa resultaba la marca para ella. Porque no estaba creando simples soldados… estaba formando un ejército capaz de enfrentarse al único hombre al que jamás pudo destruir.

    Klaus sostuvo la mirada de Alaric unos segundos.

    -¿Y ese hombre era…?

    Alaric cerró el libro despacio.

    -Merlín. Y la mujer que te marcó… Morgana.

    Klaus dejó ir el aire de sus pulmones e intercambió una mirada con Caroline.

    -¿Hay algún modo de deshacernos de la marca? -preguntó Klaus- Como comprenderás, es una duda bastante acuciante para nosotros ahora mismo… Si esa bruja sigue resucitando gente, pronto Mystic Falls se encontrará ante una plaga de vampiros, brujos y lobos muertos hace siglos. ¿Qué tal os fue con el brujo Silas?

    Alaric tensó la mandíbula mirando el rostro de Klaus de abajo arriba.

    -Oye, que yo no tengo la culpa… Pero no… No hay registros que hablen de como deshacerse de la marca… -negó con la cabeza- Pero hay un hechizo de invocación. Podeis llamar a Morgana… Puede que tengas una oportunidad contra ella…

    Sin apartar la mirada de Klaus cerró el libro y se lo entregó.

    -Asegúrate de que nos devuelves el libro cuando termináis.

    Klaus tomó el libro sin apartar sus acerados orbes azules de los parejos de Alaric.

    -Solo una pregunta… en tu experiencia… Si matamos a Morgana… ¿moriremos tambien?

    Alaric no respondió. No al principio.

    -No lo sé.

    >> Regresar a Nueva Orleans fue más dulce que la marcha. Al menos ahora tenían un libro y le habían dado un nombre a su enemigo. Además, Klaus no regresó solo. Si bien Caroline sabia que Alaric sabría ocupar su puesto como director en funciones ninguno de los dos ocupantes del Audi de Klaus podían saber que les depararía aquella aventura. Pero saber que contaba con la presencia alentadora de Caroline era ya más que una ayuda para Klaus. No pretendía recuperar el tiempo perdido con ella, mucho menos sin saber si habría más tiempo después de aquella aventura. Pero Caroline no le habia abandonado la primera vez que su final se avecinaba y no quiso hacerlo aquella segunda vez.

    -Gracias, Caroline -le dijo el hibrido una vez que llegaron a Nueva Orleans- Es importante para mi que… quieras quedarte con nosotros. Y tu pericia nos será más útil en persona que por teléfono

    Salió del coche y recorrió a velocidad vampírica la distancia hasta la puerta de Caroline una vez que entraron en el complejo Mikaelson.

    -Estás a punto de entrar en la boca del lobo. ¿Lista, amor? -preguntó ofreciendo su mano para salir del coche.

    No dieron ni dos pasos dentro del Atrio del complejo cuando Freya y Keelan aparecieron por la puerta del salón de baile.
    𝑨𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒆𝒆𝒓: Esta trama contiene alusiones y referencias a la última temporada de "Los Originales" 𝑷𝒆𝒓𝒔𝒐𝒏𝒂𝒋𝒆𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒊𝒄𝒊𝒑𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔: [BarbieBxtch] [Nbl3Stag] [LittleWxlfie] [THE0LDERSISTER] [las7malraux] [thetribrid] [JUST.EVA] [ALS0NAMEDARTHUR] 𝑬𝒏𝒍𝒂𝒄𝒆𝒔 𝒓𝒆𝒇𝒆𝒓𝒊𝒅𝒐𝒔 𝒑𝒐𝒓 𝒂𝒍𝒖𝒔𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔: Esta trama contiene alusiones a aspectos roleados en otros starter: — https://ficrol.com/posts/151270 — https://ficrol.com/posts/235248 — https://ficrol.com/posts/151277 — https://ficrol.com/posts/300895 — https://ficrol.com/posts/151274 — https://ficrol.com/posts/337154 Convencer a Alaric Saltzman de ayudar a la familia Mikaelson, y más específicamente al propio Klaus como representante de toda la familia Mikaelson presente en Mystic Falls, no fue facil. Para nada facil. Las heridas del pasado no habían llegado a cerrarse del todo y, aunque Alaric habia sido una excelente figura paterna para Hope y aparentemente Saltzman tambien habia desarrollado cariño por la tríbrida, lo cierto era que esa relacion no habia ayudado a sanar los horrores del pasado ni el daño entre Alaric y Klaus. Pero, gracias a la intervención de Caroline, alguien cuya parcialidad por fin jugaba en favor de Klaus, Alaric terminó por consentir ayudar a los Mikaelson con la búsqueda del misterio de su extraña marca. Asi que Klaus y Alaric pasaron bastantes horas en la biblioteca. Uno no dejaba de traer libros seguro de haber visto antes ese símbolo en alguna parte. Y el otro, leía ávidamente agradeciendo los litros de café que Caroline traía para ellos de tanto en tanto. Llegado cierto punto de la noche incluso Caroline se habia unido al equipo de búsqueda de aquel extraño símbolo. Hasta que… -¡Lo sabía! -exclamó Alaric cuando las únicas luces de las que podían valerse eran las de las lámparas de la biblioteca. Hacia bastante rato que el sol se habia ocultado y que el silencio habia caído sobre la Escuela Salvatore. Klaus y Caroline lo miraron inmediatamente. -¿Qué? -preguntó Klaus poniéndose en pie a la vez que Caroline, rodeando los dos la mesa por extremos opuestos para llegar hasta Alaric quien dejó un libro extendido sobre la mesa. -Esa marca que tienes…- Alaric señaló el antebrazo de Klaus- Es antigua. Muy antigua. Tanto que he tenido que remontarme a mitos y leyendas. Nunca nadie habia visto esa marca antes, al menos no hay constancia de ello, por eso no está archivada en símbolos celta… -Al grano, amigo. ¿Qué es? -preguntó Klaus rodando los ojos. -Es la marca de una nigromante poderosa. La más antigua y poderosa del mundo. Su magia es tan antigua que no hay registros… Apenas leyendas en Inglaterra… Hablan de una bruja capaz de dominar la vida y la muerte… y de un hechicero cuyo poder rivalizaba con el suyo. Caroline cruzó los brazos. -De acuerdo, pero… ¿Qué tiene eso que ver con Klaus o con los resucitados? Alaric bajó la mirada hacia las páginas envejecidas. -Se amaban. Al menos eso dicen las historias. Durante años fueron inseparables. Pero algo ocurrió entre ellos… algo tan terrible que acabó convirtiendo su amor en una guerra. Él empezó a temer en quién podía convertirse ella. Y ella vio esa traición como el peor de los ataques. Klaus permaneció inmóvil, desviando la mirada hacia la marca de su brazo. -El problema -continuó Alaric- es que ninguno podía matar al otro. Habían sellado un pacto de sangre siglos atrás. Sus vidas quedaron unidas. Si uno moría… el otro también. Caroline frunció el ceño. -Pero entonces la guerra nunca podía terminar. -En efecto. Así que el hechicero hizo lo único que se le ocurrió, lo único que estaba en su mano. Creó un arma capaz de romper las leyes de ese pacto. Una espada forjada con magia antigua… entregada después a un rey que, según la profecía, sería el único capaz de detener a la bruja si algún día ella cruzaba el límite. Klaus alzó lentamente la mirada. -¿Excalibur…? -preguntó de forma irónica, pues era el único nombre de una espada que le vino a la mente. Y, no podía imaginarse lo acertado que estaba. Alaric asintió despacio. Klaus frunció las cejas y miró al primero esperando que aquello fuera una broma. -¿Qué tiene que ver la marca con esto…? Alaric tragó saliva de forma pesada antes de volver la página del libro. Las ilustraciones de los grabados estaban desgastadas por el tiempo, pero el símbolo dibujado sobre el papel era exactamente el mismo que ardía sobre la piel de Klaus. La medialuna entrelazada con una triqueta simple. -Porque esta marca no representa una maldición… No al uso, al menos… Representa pertenencia. Caroline dirigió tambien la mirada hacia el brazo de Klaus inmediatamente. -La leyenda dice -prosiguió Alaric- que, cuando comenzó la guerra, la bruja entendió algo: jamás podría derrotar al hechicero sola. No mientras él siguiera teniendo a reyes, ejércitos y magos luchando de su lado. Así que empezó a buscar una forma de crear su propio ejército. Klaus apretó la mandíbula, comprendiéndolo al instante. Después de haberse criado con una madre como la suya, comprendía que habia personas que no conocían el límite. Tampoco él, puede que le viniera por rama materna. Irónicamente. -Nigromancia… -dijo. No era una pregunta. -Al principio resucitaba soldados caídos -asintió Alaric- Guerreros. Brujos. Pero su magia evolucionó. Se volvió más oscura y mucho más poderosa. La marca era el vínculo que utilizaba para atar las almas resucitadas a su voluntad. Una llamada. Una invocación permanente. El silencio cayó entre los tres. -Según las leyendas -continuó Alaric en voz más baja-, aquellos que estaban marcados dejaban de pertenecer al mundo de los muertos. La bruja podía sentirlos, encontrarlos… incluso reclamar sus vidas otra vez si la traicionaban. Caroline negó con la cabeza lentamente. -No… -Y lo peor es que... -Alaric levantó la vista del libro-. Cuanto más poderoso era el resucitado, más valiosa resultaba la marca para ella. Porque no estaba creando simples soldados… estaba formando un ejército capaz de enfrentarse al único hombre al que jamás pudo destruir. Klaus sostuvo la mirada de Alaric unos segundos. -¿Y ese hombre era…? Alaric cerró el libro despacio. -Merlín. Y la mujer que te marcó… Morgana. Klaus dejó ir el aire de sus pulmones e intercambió una mirada con Caroline. -¿Hay algún modo de deshacernos de la marca? -preguntó Klaus- Como comprenderás, es una duda bastante acuciante para nosotros ahora mismo… Si esa bruja sigue resucitando gente, pronto Mystic Falls se encontrará ante una plaga de vampiros, brujos y lobos muertos hace siglos. ¿Qué tal os fue con el brujo Silas? Alaric tensó la mandíbula mirando el rostro de Klaus de abajo arriba. -Oye, que yo no tengo la culpa… Pero no… No hay registros que hablen de como deshacerse de la marca… -negó con la cabeza- Pero hay un hechizo de invocación. Podeis llamar a Morgana… Puede que tengas una oportunidad contra ella… Sin apartar la mirada de Klaus cerró el libro y se lo entregó. -Asegúrate de que nos devuelves el libro cuando termináis. Klaus tomó el libro sin apartar sus acerados orbes azules de los parejos de Alaric. -Solo una pregunta… en tu experiencia… Si matamos a Morgana… ¿moriremos tambien? Alaric no respondió. No al principio. -No lo sé. >> Regresar a Nueva Orleans fue más dulce que la marcha. Al menos ahora tenían un libro y le habían dado un nombre a su enemigo. Además, Klaus no regresó solo. Si bien Caroline sabia que Alaric sabría ocupar su puesto como director en funciones ninguno de los dos ocupantes del Audi de Klaus podían saber que les depararía aquella aventura. Pero saber que contaba con la presencia alentadora de Caroline era ya más que una ayuda para Klaus. No pretendía recuperar el tiempo perdido con ella, mucho menos sin saber si habría más tiempo después de aquella aventura. Pero Caroline no le habia abandonado la primera vez que su final se avecinaba y no quiso hacerlo aquella segunda vez. -Gracias, Caroline -le dijo el hibrido una vez que llegaron a Nueva Orleans- Es importante para mi que… quieras quedarte con nosotros. Y tu pericia nos será más útil en persona que por teléfono Salió del coche y recorrió a velocidad vampírica la distancia hasta la puerta de Caroline una vez que entraron en el complejo Mikaelson. -Estás a punto de entrar en la boca del lobo. ¿Lista, amor? -preguntó ofreciendo su mano para salir del coche. No dieron ni dos pasos dentro del Atrio del complejo cuando Freya y Keelan aparecieron por la puerta del salón de baile.
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  • • Las crónicas de fenrir queen•

    ~ El día de kael vireon prt1 ~

    La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo.

    Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos.

    Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio.

    Entonces una voz rompió el silencio.

    —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!—

    El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta.

    —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría—

    Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar.

    La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos.

    —Llegas tarde otra vez—

    La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él.

    Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo.

    —Estaba viendo el río—

    —El río seguirá ahí mañana—

    Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar.

    Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro.

    —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú—

    —Eso es exactamente lo preocupante—

    Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa.

    Kael los miró en silencio.
    Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera.

    Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez.

    El sonido de la madera ardiendo.
    La nieve golpeando las ventanas.
    La voz tranquila de su madre.
    La paz.

    Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro.

    El amanecer llegó acompañado de algo extraño.

    No fueron gritos al principio.
    Ni explosiones.

    Fue el cielo.

    El cielo había cambiado.

    Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir.

    Todo el pueblo quedó inmóvil.

    Confusión.
    Miedo.
    Silencio.

    Y entonces ocurrió.

    Un estruendo.

    El suelo tembló violentamente.

    Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después.

    —¡CORRAN!—

    —¡NOS ENCONTRARON!—

    —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!—

    Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza.

    Su madre.

    —¡Dentro! ¡Ahora!—

    Pero él seguía mirando el cielo.

    Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir.

    Venían a conquistar.

    Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría.

    Una enorme bandera ondeando entre el humo.

    El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
    • Las crónicas de fenrir queen• ~ El día de kael vireon prt1 ~ La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo. Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos. Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio. Entonces una voz rompió el silencio. —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!— El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta. —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría— Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar. La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos. —Llegas tarde otra vez— La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él. Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo. —Estaba viendo el río— —El río seguirá ahí mañana— Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar. Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro. —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú— —Eso es exactamente lo preocupante— Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa. Kael los miró en silencio. Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera. Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez. El sonido de la madera ardiendo. La nieve golpeando las ventanas. La voz tranquila de su madre. La paz. Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro. El amanecer llegó acompañado de algo extraño. No fueron gritos al principio. Ni explosiones. Fue el cielo. El cielo había cambiado. Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir. Todo el pueblo quedó inmóvil. Confusión. Miedo. Silencio. Y entonces ocurrió. Un estruendo. El suelo tembló violentamente. Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después. —¡CORRAN!— —¡NOS ENCONTRARON!— —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!— Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza. Su madre. —¡Dentro! ¡Ahora!— Pero él seguía mirando el cielo. Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir. Venían a conquistar. Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría. Una enorme bandera ondeando entre el humo. El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
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    ****Edad del Caos.****
    "Encuentro inesperado"

    La guerra había cambiado, eso era algo que incluso los Ogros y Kijins podían sentir. Durante semanas enteras no hubo ataques importantes,
    ni tampoco ejércitos Elunai usando a otras razas para combatir. Los templos no movilizaban inquisidores, ni siquiera monstruos alterados por los Dioses.

    Los Kijins celebraban aquello como una victoria en las fortalezas improvisadas y ciudades conquistadas corría el alcohol. Los guerreros reían, algunos incluso comenzaban a hablar de un posible final para la guerra.

    -¡Los Dioses finalmente se escondieron!
    -¡Temen al gran Ozma!
    -¡La princesa del Caos los hizo retroceder!

    Los soldados gritaban entre risas mientras golpeaban las mesas, pero Ozma no compartía aquella tranquilidad, desde lo alto del Castillo de la Ruina, observaba el horizonte en silencio, sus ojos rojos permanecían fijos en el cielo mientras pensaba y analizaba, porque algo no encajaba. Los seres alados, aquellos dos guerreros no habían vuelto a aparecer y eso era precisamente lo que le preocupaba.

    -Si poseen armas así… ¿por qué no las usan? -Murmuraba.

    Aquellas criaturas no eran simples soldados, habían logrado enfrentarlo directamente e incluso obligarlo a esforzarse. No tenía sentido que los Dioses escondieran un poder semejante.

    A menos que… Estuvieran preparando algo más. Ozma cerró lentamente los ojos, por primera vez en mucho tiempo sintió una sensación incómoda, no era miedo, era incertidumbre y eso era peor.

    Muy lejos del castillo, completamente ajenas a aquellos pensamientos, Yen y Onix aprovechaban las semanas de calma. El pequeño pueblo fronterizo estaba lleno de vida, mercaderes recorrían las calles, niños corrían entre puestos de comida, la música sonaba suavemente desde una taberna cercana.

    Yen observaba todo con cierta tranquilidad, aquellos lugares eran precisamente la razón por la que había peleado durante tantos años.

    -Es raro ver gente sonriendo- *Comentó Onix mientras mordía una fruta.*

    *Yen soltó una pequeña risa.* -Supongo que eso significa que no lo hemos hecho tan mal.

    La gente del pueblo las reconocía, algunos saludaban a Yen con respeto, otros incluso inclinaban ligeramente la cabeza.

    No la llamaban monstruo, aquí no. Aquí todavía la recordaban como una libertadora pero entonces se escucharon gritos emocionados desde la entrada principal del pueblo. Una caravana dañada acababa de llegar, los mercaderes estaban heridos, las ruedas de algunos carruajes estaban destruidas y delante de ellos caminaban dos jóvenes aventureros.

    Un chico rubio con espada y una joven de capa azul. La gente comenzó a reunirse rápidamente.

    -Son ellos!
    -¡Los héroes!
    -¡Salvaron la caravana!
    -¡Derrotaron a los monstruos del bosque!

    Los aldeanos los rodearon llenos de admiración y entonces los dos héroes vieron a Yen. El aire se congeló, sus sonrisas desaparecieron apenas un instante porque reconocieron inmediatamente a la joven de piel verde; La hija del Monstruo.

    La guerrera que había luchado junto a Ozma contra ellos. Por puro instinto, ambos estuvieron a punto de retroceder. El héroe incluso tensó ligeramente la mano cerca de su espada.

    -¿Qué hace ella aquí…? *Pensó.

    La heroína sintió sudor frío recorrerle la espalda, si los descubría todo terminaría ahí mismo, pero antes de que pudieran reaccionar, Onix caminó hacia ellos con total naturalidad.

    -¿Ustedes son los aventureros del pueblo vecino?- *Preguntó con curiosidad.

    *Los dos quedaron inmóviles, Onix inclinó un poco la cabeza.* -Escuchamos rumores sobre ustedes cuando veníamos hacia acá. Dijeron que salvaron varias caravanas.

    Los héroes intercambiaron miradas, dudaron por unos instantes, pero negar aquello ahora sería sospechoso.

    -S-Sí…- *Respondió finalmente el chico rubio.*
    -Solo hicimos lo que cualquiera haría.

    Entonces Yen se acercó y ambos sintieron una presión terrible recorrer sus cuerpos, instintivamente prepararon mana dentro de sus cuerpos, esperando ser descubiertos pero Yen simplemente sonrió levemente.

    -Escuché que ayudaron a mucha gente. Eso fue admirable.- *Comento Yen de forma casual.

    Hubo un momento de silencio, los héroes no entendían, la miraron fijamente esperando alguna reacción, alguna señal pero no había nada, ningún reconocimiento ni hostilidad, nada

    Entonces comprendieron algo aterrador, ella no podía sentirlos, la heroína abrió ligeramente los ojos. Durante la batalla, Yen había percibido inmediatamente la energía divina pero ahora no reaccionaba en absoluto. El héroe relajó lentamente los hombros.

    Mientras tanto, Yen seguía observándolos con curiosidad genuina.

    -Así que ustedes son los nuevos héroes de los que todos hablan…- *La pareja sonrió con cierta tensión y por primera vez desde que comenzó aquella misión comprendieron que podían acercarse a la hija del Monstruo sin ser descubiertos.
    ****Edad del Caos.**** "Encuentro inesperado" La guerra había cambiado, eso era algo que incluso los Ogros y Kijins podían sentir. Durante semanas enteras no hubo ataques importantes, ni tampoco ejércitos Elunai usando a otras razas para combatir. Los templos no movilizaban inquisidores, ni siquiera monstruos alterados por los Dioses. Los Kijins celebraban aquello como una victoria en las fortalezas improvisadas y ciudades conquistadas corría el alcohol. Los guerreros reían, algunos incluso comenzaban a hablar de un posible final para la guerra. -¡Los Dioses finalmente se escondieron! -¡Temen al gran Ozma! -¡La princesa del Caos los hizo retroceder! Los soldados gritaban entre risas mientras golpeaban las mesas, pero Ozma no compartía aquella tranquilidad, desde lo alto del Castillo de la Ruina, observaba el horizonte en silencio, sus ojos rojos permanecían fijos en el cielo mientras pensaba y analizaba, porque algo no encajaba. Los seres alados, aquellos dos guerreros no habían vuelto a aparecer y eso era precisamente lo que le preocupaba. -Si poseen armas así… ¿por qué no las usan? -Murmuraba. Aquellas criaturas no eran simples soldados, habían logrado enfrentarlo directamente e incluso obligarlo a esforzarse. No tenía sentido que los Dioses escondieran un poder semejante. A menos que… Estuvieran preparando algo más. Ozma cerró lentamente los ojos, por primera vez en mucho tiempo sintió una sensación incómoda, no era miedo, era incertidumbre y eso era peor. Muy lejos del castillo, completamente ajenas a aquellos pensamientos, Yen y Onix aprovechaban las semanas de calma. El pequeño pueblo fronterizo estaba lleno de vida, mercaderes recorrían las calles, niños corrían entre puestos de comida, la música sonaba suavemente desde una taberna cercana. Yen observaba todo con cierta tranquilidad, aquellos lugares eran precisamente la razón por la que había peleado durante tantos años. -Es raro ver gente sonriendo- *Comentó Onix mientras mordía una fruta.* *Yen soltó una pequeña risa.* -Supongo que eso significa que no lo hemos hecho tan mal. La gente del pueblo las reconocía, algunos saludaban a Yen con respeto, otros incluso inclinaban ligeramente la cabeza. No la llamaban monstruo, aquí no. Aquí todavía la recordaban como una libertadora pero entonces se escucharon gritos emocionados desde la entrada principal del pueblo. Una caravana dañada acababa de llegar, los mercaderes estaban heridos, las ruedas de algunos carruajes estaban destruidas y delante de ellos caminaban dos jóvenes aventureros. Un chico rubio con espada y una joven de capa azul. La gente comenzó a reunirse rápidamente. -Son ellos! -¡Los héroes! -¡Salvaron la caravana! -¡Derrotaron a los monstruos del bosque! Los aldeanos los rodearon llenos de admiración y entonces los dos héroes vieron a Yen. El aire se congeló, sus sonrisas desaparecieron apenas un instante porque reconocieron inmediatamente a la joven de piel verde; La hija del Monstruo. La guerrera que había luchado junto a Ozma contra ellos. Por puro instinto, ambos estuvieron a punto de retroceder. El héroe incluso tensó ligeramente la mano cerca de su espada. -¿Qué hace ella aquí…? *Pensó. La heroína sintió sudor frío recorrerle la espalda, si los descubría todo terminaría ahí mismo, pero antes de que pudieran reaccionar, Onix caminó hacia ellos con total naturalidad. -¿Ustedes son los aventureros del pueblo vecino?- *Preguntó con curiosidad. *Los dos quedaron inmóviles, Onix inclinó un poco la cabeza.* -Escuchamos rumores sobre ustedes cuando veníamos hacia acá. Dijeron que salvaron varias caravanas. Los héroes intercambiaron miradas, dudaron por unos instantes, pero negar aquello ahora sería sospechoso. -S-Sí…- *Respondió finalmente el chico rubio.* -Solo hicimos lo que cualquiera haría. Entonces Yen se acercó y ambos sintieron una presión terrible recorrer sus cuerpos, instintivamente prepararon mana dentro de sus cuerpos, esperando ser descubiertos pero Yen simplemente sonrió levemente. -Escuché que ayudaron a mucha gente. Eso fue admirable.- *Comento Yen de forma casual. Hubo un momento de silencio, los héroes no entendían, la miraron fijamente esperando alguna reacción, alguna señal pero no había nada, ningún reconocimiento ni hostilidad, nada Entonces comprendieron algo aterrador, ella no podía sentirlos, la heroína abrió ligeramente los ojos. Durante la batalla, Yen había percibido inmediatamente la energía divina pero ahora no reaccionaba en absoluto. El héroe relajó lentamente los hombros. Mientras tanto, Yen seguía observándolos con curiosidad genuina. -Así que ustedes son los nuevos héroes de los que todos hablan…- *La pareja sonrió con cierta tensión y por primera vez desde que comenzó aquella misión comprendieron que podían acercarse a la hija del Monstruo sin ser descubiertos.
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  • El caos desatado en la ciudad
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    Solo habían pasado tres semanas desde que Hastur volvió a ser invocado en la tierra, las cosas habían cambiado tanto, las ciudades modernas no eran de su gusto, pero demostraba el avance tecnológico que había alcanzado la humanidad desde la ultima vez que visito por allá del 1942, pensaba que todas las copias del libro “El Rey de Amarillo” habían sido destruidas y que los amuletos con el Signo Amarillo perdidos por la guerra, puesto a que nadie le había invocado, ya se daba por vencido en su objetivo de ser liberado, al menos por la raza humana, y busco otros seres en otras partes del universo, pero todas estas estaban bastante más atrás en el desarrollo tecnológico, pero no espero que la Hermandad del Signo Amarillo, simplemente estaba aguardando el momento para volver a invocarlo, tenían miedo de que por la Guerra despertara a El Gran Soñador y que por ende trajera la mirada del Caos Reptante, si este ultimo llegaba a enterarse que el Rey de Carcosa estaba moviendo hilos para acá, quien sabe de que seria capaz dicha monstruosidad, por lo que una vez todo calmara lo invocarían de vuelta, cosa que hicieron y le explicaron la situación.

    Los primeros dos días los había pasado leyendo libros de historia, matemáticas, física, química, todo la información que ahora manejaban los humanos fue entregada a este, además de unos cuantos libros de ocio para que pudiera estar al día con las nuevas generaciones, le enseñaron los computadores y teléfonos, los cuales domino con la leve dificultad de que estos tendían a fallar cuando la cámara le apuntaba, después de eso repartió el conocimiento de la magia que se había perdido en todo ese tiempo a sus seguidores, una vez completado todo esto, él empezó a moverse por el mundo, y como no, a experimentar con los nuevos juguetes que la humanidad había adquirido en este tiempo.

    En ese tiempo, Hastur estaba creando caos puro en la gran ciudad, asesinatos que no tenían explicación para los mortales, porque lo que los mataba era una entidad que no tenia cuerpo físico, brotes esporádicos de locura en diferentes sectores de la ciudad que generaban pánico en los ciudadanos y su ultimo experimento, se salió de control, dejando a una fuerte criatura merodeando en otra ciudad a 2 horas de la que se encontraba. Algunos de sus súbditos mostraron preocupación por este ultimo suceso, a lo que el simplemente les dijo que, si las fuerzas militares actuales no podían hacer nada, el intercedería, ya que el experimento fallido se volvió útil para medir la fuerza de destrucción que poseían los humanos.

    Unas horas después de que este saliera de la cafetería de uno de sus súbditos, la criatura había llegado a la ciudad, donde un enfrentamiento se dio con los militares, quienes lograron abatir a la criatura. Hastur al enterarse de esto fue a donde la criatura murió, encontrándose en primera fila viendo como los militares habían hecho el perímetro y algunos estaban analizando a esa cosa. No le preocupaba que lo revisaran afondo, pues al final la criatura no era nada mas que una quimera de diferentes cuerpos humanos que funcionaba a base de magia.

    —Que curioso. — Menciono, tomando un sorbo de una malteada de fresa que el súbdito le había dado para enfriar el cuerpo de manera interna.
    Después de decir esas palabras escucho la voz de alguien que estaba a su lado, aunque no las comprendió porque estaba enfocado en ver como los humanos examinaban el cuerpo sin vida de la criatura.

    —¿Dijiste algo? — Pregunto moviendo la mirada a donde se encontraba la persona que había hablado, en ese momento se dio cuenta de un detalle, el cuerpo era de baja estatura, pero nada que le limitase, así que no le importo mucho y volvió a tomar otro sorbo de la malteada.
    Solo habían pasado tres semanas desde que Hastur volvió a ser invocado en la tierra, las cosas habían cambiado tanto, las ciudades modernas no eran de su gusto, pero demostraba el avance tecnológico que había alcanzado la humanidad desde la ultima vez que visito por allá del 1942, pensaba que todas las copias del libro “El Rey de Amarillo” habían sido destruidas y que los amuletos con el Signo Amarillo perdidos por la guerra, puesto a que nadie le había invocado, ya se daba por vencido en su objetivo de ser liberado, al menos por la raza humana, y busco otros seres en otras partes del universo, pero todas estas estaban bastante más atrás en el desarrollo tecnológico, pero no espero que la Hermandad del Signo Amarillo, simplemente estaba aguardando el momento para volver a invocarlo, tenían miedo de que por la Guerra despertara a El Gran Soñador y que por ende trajera la mirada del Caos Reptante, si este ultimo llegaba a enterarse que el Rey de Carcosa estaba moviendo hilos para acá, quien sabe de que seria capaz dicha monstruosidad, por lo que una vez todo calmara lo invocarían de vuelta, cosa que hicieron y le explicaron la situación. Los primeros dos días los había pasado leyendo libros de historia, matemáticas, física, química, todo la información que ahora manejaban los humanos fue entregada a este, además de unos cuantos libros de ocio para que pudiera estar al día con las nuevas generaciones, le enseñaron los computadores y teléfonos, los cuales domino con la leve dificultad de que estos tendían a fallar cuando la cámara le apuntaba, después de eso repartió el conocimiento de la magia que se había perdido en todo ese tiempo a sus seguidores, una vez completado todo esto, él empezó a moverse por el mundo, y como no, a experimentar con los nuevos juguetes que la humanidad había adquirido en este tiempo. En ese tiempo, Hastur estaba creando caos puro en la gran ciudad, asesinatos que no tenían explicación para los mortales, porque lo que los mataba era una entidad que no tenia cuerpo físico, brotes esporádicos de locura en diferentes sectores de la ciudad que generaban pánico en los ciudadanos y su ultimo experimento, se salió de control, dejando a una fuerte criatura merodeando en otra ciudad a 2 horas de la que se encontraba. Algunos de sus súbditos mostraron preocupación por este ultimo suceso, a lo que el simplemente les dijo que, si las fuerzas militares actuales no podían hacer nada, el intercedería, ya que el experimento fallido se volvió útil para medir la fuerza de destrucción que poseían los humanos. Unas horas después de que este saliera de la cafetería de uno de sus súbditos, la criatura había llegado a la ciudad, donde un enfrentamiento se dio con los militares, quienes lograron abatir a la criatura. Hastur al enterarse de esto fue a donde la criatura murió, encontrándose en primera fila viendo como los militares habían hecho el perímetro y algunos estaban analizando a esa cosa. No le preocupaba que lo revisaran afondo, pues al final la criatura no era nada mas que una quimera de diferentes cuerpos humanos que funcionaba a base de magia. —Que curioso. — Menciono, tomando un sorbo de una malteada de fresa que el súbdito le había dado para enfriar el cuerpo de manera interna. Después de decir esas palabras escucho la voz de alguien que estaba a su lado, aunque no las comprendió porque estaba enfocado en ver como los humanos examinaban el cuerpo sin vida de la criatura. —¿Dijiste algo? — Pregunto moviendo la mirada a donde se encontraba la persona que había hablado, en ese momento se dio cuenta de un detalle, el cuerpo era de baja estatura, pero nada que le limitase, así que no le importo mucho y volvió a tomar otro sorbo de la malteada.
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  • El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así.
    Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños.

    Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor.
    Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años.

    Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches.

    Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales.
    Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara.

    Faltaba    dinero.
    Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo.
    Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta.
    Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente.
    Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad.

    𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯.

    Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara.
    Eran   como   sus   hijitos.

    El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos.

    Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban.
    Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.

       ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos.
    Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.
       ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜ 
    No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años.
    Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro.
    Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta.

    El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo.
    Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.
     El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos.
    Mine   vio   la   mano   levantarse.

    Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera.
    Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire.

    Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.
       ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜ 

    El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.
       ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜ 

       ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜ 
    Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera.

    Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.
       ❛    Fuera   ❜ 
    Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜

       ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜ 

    Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso.

    Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo.
    La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco.

    Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse.
    Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo.

    Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie.

    Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz.

    El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar.

    El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina.

    Y   se   paró.

    Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro.

    La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos.

    Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos.

    Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo.

    El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso.

    Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue.

    Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era.

    Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
    El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así. Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños. Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor. Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años. Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches. Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales. Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara. Faltaba    dinero. Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo. Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta. Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente. Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad. 𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯. Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara. Eran   como   sus   hijitos. El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos. Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban. Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.    ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos. Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.    ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜  No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años. Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro. Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta. El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo. Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.  El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos. Mine   vio   la   mano   levantarse. Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera. Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire. Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.    ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜  El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.    ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜     ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜  Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera. Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.    ❛    Fuera   ❜  Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜    ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜  Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso. Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo. La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco. Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse. Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo. Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie. Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz. El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar. El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina. Y   se   paró. Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro. La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos. Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos. Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo. El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso. Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue. Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era. Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
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  • Sabia que los chicos estaban en casa porque escuchaba perfectamente la voz de Sam y Dean hablando en la biblioteca. Y, al llegar, Hope dejó caer las bolsas con malas pulgas sobre la mesa.

    -¿Qué es lo que te pedí? Que no hicieras ninguna gilipollez -dijo la tríbrida intentando controlar su mosqueo por las absurdeces que a Dean se le pasaban por la cabeza, y su frustración por la reciente muerte de su padre- Solo una cosa, Winchester… Y te las has ingeniado para volver a ser poseído por un arcángel homicida y… planear tu suicidio… Porque quieres salvar el mundo…- abrió sus brazos mientras caminaba hacia él- Bien… pues ahora yo vengo a salvarte a ti…- dijo golpeándole con un dedo en el pecho- ¿Cuándo vas a dejar de poner la otra puñetera mejilla, Dean Winchester…?

    — No era ninguna gilipollez, y digamos que yo no elegí que Miguel se hiciera una copia de la llave de mi coco para poder entrar las veces que quisiera… — Dean bajó la mirada cuando ella le dio aquellos golpecitos en el pecho y sin decir nada más, a pesar de saber que estaba realmente enfadada con él, cogió la muñeca femenina, y tiró de ella, para acercarla y poder abrazarla.— Yo no elegí esto, no elegí ser el recipiente perfecto de un arcángel, pero si debo hacer esto para salvaros, para salvarte, lo haré, y no voy a arrepentirme por ello.

    “Maldita sea, cállate Dean”, pensó ella. “No necesito que me salven, ¿Cuándo vas a darte cuenta?”

    Hope se refugió en aquel abrazo de Dean y cuando este estuvo próximo a terminar se limpió rápidamente las lágrimas del rostro, aunque su nariz y sus mejillas seguían ligeramente enrojecidas.

    ㅤㅤㅤ⸻ extracto de mi rol con Dean Winchester
    Sabia que los chicos estaban en casa porque escuchaba perfectamente la voz de Sam y Dean hablando en la biblioteca. Y, al llegar, Hope dejó caer las bolsas con malas pulgas sobre la mesa. -¿Qué es lo que te pedí? Que no hicieras ninguna gilipollez -dijo la tríbrida intentando controlar su mosqueo por las absurdeces que a Dean se le pasaban por la cabeza, y su frustración por la reciente muerte de su padre- Solo una cosa, Winchester… Y te las has ingeniado para volver a ser poseído por un arcángel homicida y… planear tu suicidio… Porque quieres salvar el mundo…- abrió sus brazos mientras caminaba hacia él- Bien… pues ahora yo vengo a salvarte a ti…- dijo golpeándole con un dedo en el pecho- ¿Cuándo vas a dejar de poner la otra puñetera mejilla, Dean Winchester…? — No era ninguna gilipollez, y digamos que yo no elegí que Miguel se hiciera una copia de la llave de mi coco para poder entrar las veces que quisiera… — Dean bajó la mirada cuando ella le dio aquellos golpecitos en el pecho y sin decir nada más, a pesar de saber que estaba realmente enfadada con él, cogió la muñeca femenina, y tiró de ella, para acercarla y poder abrazarla.— Yo no elegí esto, no elegí ser el recipiente perfecto de un arcángel, pero si debo hacer esto para salvaros, para salvarte, lo haré, y no voy a arrepentirme por ello. “Maldita sea, cállate Dean”, pensó ella. “No necesito que me salven, ¿Cuándo vas a darte cuenta?” Hope se refugió en aquel abrazo de Dean y cuando este estuvo próximo a terminar se limpió rápidamente las lágrimas del rostro, aunque su nariz y sus mejillas seguían ligeramente enrojecidas. ㅤㅤㅤ⸻ extracto de mi rol con [BxbyDriver] ⸻
    Me entristece
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  • Por favor toma asiento

    -comento la inteligencia chasqueando dos dedos para que la silla ante el retrocediera a espera de que su invitada se sentará para volver a reacomodar se cerca de la mesa.
    Extendió los brazos mostrando con orgullo todo a su alrededor, hasta el más mínimo detalle o mota de polvo a sido creado por el mismo todo pensado en el bienestar y gustos de su señora-

    Bienvenida a tu luna bajo la luz de un restaurante. Con su cocinero y diseñador favorito CAINE

    -bajo la mano levantando lentamente la bandeja de plata mostrando en su interior un cocodrilo de goma acompañado de rosas cuyos ojos parpadean como si estuvieran vivas y camarones fritos que cantaban haciendo sonidos de camarón -

    Espero que sea de tu agrado

    Crisana Melvir
    Por favor toma asiento -comento la inteligencia chasqueando dos dedos para que la silla ante el retrocediera a espera de que su invitada se sentará para volver a reacomodar se cerca de la mesa. Extendió los brazos mostrando con orgullo todo a su alrededor, hasta el más mínimo detalle o mota de polvo a sido creado por el mismo todo pensado en el bienestar y gustos de su señora- Bienvenida a tu luna bajo la luz de un restaurante. Con su cocinero y diseñador favorito CAINE -bajo la mano levantando lentamente la bandeja de plata mostrando en su interior un cocodrilo de goma acompañado de rosas cuyos ojos parpadean como si estuvieran vivas y camarones fritos que cantaban haciendo sonidos de camarón - Espero que sea de tu agrado [CrisMelvir1]
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  • —Ya iba siendo hora de que asumiera que soy la mujer de Dean Winchester... —aun se le hace raro, tardará en acostumbrarse.
    —Ya iba siendo hora de que asumiera que soy la mujer de Dean Winchester... —aun se le hace raro, tardará en acostumbrarse.
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