• — 𝑬𝒍 π’Žπ’–π’π’…π’ 𝒆𝒏 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅 𝒆𝒔𝒕𝒂́ 𝒍𝒍𝒆𝒏𝒐 𝒅𝒆 π’‘π’†π’π’Šπ’ˆπ’“π’π’”, π’š 𝒆𝒏 𝒆́𝒍 π’‰π’‚π’š π’Žπ’–π’„π’‰π’π’” π’π’–π’ˆπ’‚π’“π’†π’” 𝒐𝒔𝒄𝒖𝒓𝒐𝒔; 𝒑𝒆𝒓𝒐 π’•π’π’…π’‚π’—π’ŠΜπ’‚ π’‰π’‚π’š π’Žπ’–π’„π’‰π’π’” 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒐𝒏 𝒋𝒖𝒔𝒕𝒐𝒔.
    — 𝑬𝒍 π’Žπ’–π’π’…π’ 𝒆𝒏 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅 𝒆𝒔𝒕𝒂́ 𝒍𝒍𝒆𝒏𝒐 𝒅𝒆 π’‘π’†π’π’Šπ’ˆπ’“π’π’”, π’š 𝒆𝒏 𝒆́𝒍 π’‰π’‚π’š π’Žπ’–π’„π’‰π’π’” π’π’–π’ˆπ’‚π’“π’†π’” 𝒐𝒔𝒄𝒖𝒓𝒐𝒔; 𝒑𝒆𝒓𝒐 π’•π’π’…π’‚π’—π’ŠΜπ’‚ π’‰π’‚π’š π’Žπ’–π’„π’‰π’π’” 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒐𝒏 𝒋𝒖𝒔𝒕𝒐𝒔.
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  • - Un pequeño paseo por las montañas del mundo terrenal no se desperdicia de ninguna manera, aunque... Creo que de cierta forma extraño lo atormentante y sombrío que puede ser el infierno... ¿Que opinas?

    *Te mira fijamente a los ojos expectante, puedes notar una tranquilidad en su mirada y una relajación en su respirar*
    - Un pequeño paseo por las montañas del mundo terrenal no se desperdicia de ninguna manera, aunque... Creo que de cierta forma extraño lo atormentante y sombrío que puede ser el infierno... ¿Que opinas? *Te mira fijamente a los ojos expectante, puedes notar una tranquilidad en su mirada y una relajación en su respirar*
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  • Aveces me da ganas , de cerrar los ojos y no despertar más Pero luego me viene la mente ellos y su alegría , la felicidad que me dieron también su luz .
    Aveces me da ganas , de cerrar los ojos y no despertar más Pero luego me viene la mente ellos y su alegría , la felicidad que me dieron también su luz .
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  • — ¿Cuándo dejarán de caer? —Elam resopló con pesadez. Ya no sabía si estaba harto del interminable trabajo o se debía a algo más. Quizás se debía a esa mezcolanza de sentimientos que le oprimían el pecho cada vez que se detenía a mirar el camino a la pequeña cabaña en que vivía; siempre había sido un ser errante, un vagabundo que parecía ir divirtiéndose por la vida, pero quedarse tanto tiempo en un solo lugar comenzaba a hacer mella en él.— ¿En qué rayos estoy pensando? —Expresó entre dientes, después de arrojar la escoba al piso y hacer un escándalo con las hojas que pateó. Detestaba las labores del hogar, porque jamás se había sentido parte de uno, pero allí estaba, jugando a la casita y a la familia. De seguro se veía ridículo, como un completo tonto que se tragaba el orgullo porque le podía más el corazón.

    — Lo mejor será que me vaya de una vez. Además, ¿qué importa? Ni que me fuesen a extrañar esas brujas. —Bufó, pateó la escoba con fuerza y la hizo volar un poco hasta estrellarse de nuevo al suelo. Allí miró el cielo, tan brillante y tan claro como en días no lo había visto, sin duda pintaba bien para lavar las sábanas y los pañuelos con que limpiaba los frascos de sus pociones. Quizá sería buen tiempo también para arrancar las malezas del jardín y sembrar algunas fresas, quizá hornear una tarta o preparar un poco de té.

    La expresión de su rostro cambió y en sus labios se mostró su incredulidad al separarlos. Le pesaba la realidad y la conclusión a la que llegaba tan rápido: Se había acostumbrado a vivir allí, en ese lugar, con esas personas y sin darse cuenta ya adoptaba una rutina junto a sus hábitos. Elam suspiró, entre hastiado y melancólico, caminó unos cuántos pasos hasta llegar a su escoba de paja y la recogió del suelo. Derrotado, volvió a mirar el camino que conducía desde esa cabaña hasta la villa, se apoyó en el palo de la escoba con ambas manos, y suspiró dejando salir toda esa frustración que se acomodó en su corazón.

    — Ojalá no se pierdan otra vez. Aunque a mí qué más me da. —Volvió a refunfuñar, renuente de aceptar que en su corazón podía existir un poco de aprecio ante esas dos. Negó en repetidas ocasiones y, tras una breve reflexión, se ocupó en barrer las hojas que había desperdigado en su frustración.— Brujas tontas. Me las pagarán, las obligaré a enseñarme más pociones o las convertiré en ranas. No, en cucarachas. Sí, cucarachas es mejor.
    — ¿Cuándo dejarán de caer? —Elam resopló con pesadez. Ya no sabía si estaba harto del interminable trabajo o se debía a algo más. Quizás se debía a esa mezcolanza de sentimientos que le oprimían el pecho cada vez que se detenía a mirar el camino a la pequeña cabaña en que vivía; siempre había sido un ser errante, un vagabundo que parecía ir divirtiéndose por la vida, pero quedarse tanto tiempo en un solo lugar comenzaba a hacer mella en él.— ¿En qué rayos estoy pensando? —Expresó entre dientes, después de arrojar la escoba al piso y hacer un escándalo con las hojas que pateó. Detestaba las labores del hogar, porque jamás se había sentido parte de uno, pero allí estaba, jugando a la casita y a la familia. De seguro se veía ridículo, como un completo tonto que se tragaba el orgullo porque le podía más el corazón. — Lo mejor será que me vaya de una vez. Además, ¿qué importa? Ni que me fuesen a extrañar esas brujas. —Bufó, pateó la escoba con fuerza y la hizo volar un poco hasta estrellarse de nuevo al suelo. Allí miró el cielo, tan brillante y tan claro como en días no lo había visto, sin duda pintaba bien para lavar las sábanas y los pañuelos con que limpiaba los frascos de sus pociones. Quizá sería buen tiempo también para arrancar las malezas del jardín y sembrar algunas fresas, quizá hornear una tarta o preparar un poco de té. La expresión de su rostro cambió y en sus labios se mostró su incredulidad al separarlos. Le pesaba la realidad y la conclusión a la que llegaba tan rápido: Se había acostumbrado a vivir allí, en ese lugar, con esas personas y sin darse cuenta ya adoptaba una rutina junto a sus hábitos. Elam suspiró, entre hastiado y melancólico, caminó unos cuántos pasos hasta llegar a su escoba de paja y la recogió del suelo. Derrotado, volvió a mirar el camino que conducía desde esa cabaña hasta la villa, se apoyó en el palo de la escoba con ambas manos, y suspiró dejando salir toda esa frustración que se acomodó en su corazón. — Ojalá no se pierdan otra vez. Aunque a mí qué más me da. —Volvió a refunfuñar, renuente de aceptar que en su corazón podía existir un poco de aprecio ante esas dos. Negó en repetidas ocasiones y, tras una breve reflexión, se ocupó en barrer las hojas que había desperdigado en su frustración.— Brujas tontas. Me las pagarán, las obligaré a enseñarme más pociones o las convertiré en ranas. No, en cucarachas. Sí, cucarachas es mejor.
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  • βΈ» 𝑬𝒓𝒖 𝒗ǫ𝒍𝒖𝒓 𝒂𝒍𝒍𝒂𝒓 𝒇𝒓𝒂́ π‘½π’Šðπ’π’π’‡π’Š
    π‘½π’Šπ’•π’Œπ’‚π’“ π’‚π’π’π’Šπ’“ 𝒇𝒓𝒂́ π‘½π’Šπ’π’Žπ’†π’Šðπ’Š
    𝑬𝒏 π’”π’†π’Šð𝒃𝒆𝒓𝒆𝒏𝒅𝒓 𝒇𝒓𝒂́ 𝑺𝒗𝒂𝒓𝒕𝒉ǫ𝒇ð𝒂
    𝑭𝒓𝒂́ 𝑺𝒗𝒂𝒓𝒕𝒉ǫ𝒇ð𝒂.
    βΈ» 𝑬𝒓𝒖 𝒗ǫ𝒍𝒖𝒓 𝒂𝒍𝒍𝒂𝒓 𝒇𝒓𝒂́ π‘½π’Šðπ’π’π’‡π’Š π‘½π’Šπ’•π’Œπ’‚π’“ π’‚π’π’π’Šπ’“ 𝒇𝒓𝒂́ π‘½π’Šπ’π’Žπ’†π’Šðπ’Š 𝑬𝒏 π’”π’†π’Šð𝒃𝒆𝒓𝒆𝒏𝒅𝒓 𝒇𝒓𝒂́ 𝑺𝒗𝒂𝒓𝒕𝒉ǫ𝒇ð𝒂 𝑭𝒓𝒂́ 𝑺𝒗𝒂𝒓𝒕𝒉ǫ𝒇ð𝒂.
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  • γ…€Se estaba planteando seriamente si debería pedir algo de comer. No estaba comiendo bien últimamente y ya había fumado tres cigarrillos. ¿Debería intentar con comida?
    γ…€Se estaba planteando seriamente si debería pedir algo de comer. No estaba comiendo bien últimamente y ya había fumado tres cigarrillos. ¿Debería intentar con comida?
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  • Nada más relajante que dar un paseo por los jardines con la corte blanca.
    Nada más relajante que dar un paseo por los jardines con la corte blanca.
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  • Guess who came back from the darkness
    Guess who came back from the darkness
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  • Guess who's back little canary

    Flores como disculpa por irme tanto tiempo Did you miss me?
    Guess who's back little canary Flores como disculpa por irme tanto tiempo Did you miss me?
    Me emputece
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  • βΈ» 𝑽𝒂𝒍𝒍𝒆𝒔 𝒅𝒆 π’”π’π’Žπ’ƒπ’“π’‚ π’š π’‚π’ˆπ’–π’‚π’” π’‚π’‘π’‚π’ˆπ’‚π’…π’‚π’”
    π’š 𝒃𝒐𝒔𝒒𝒖𝒆𝒔 π’„π’π’Žπ’ 𝒏𝒖𝒃𝒆𝒔,
    𝒒𝒖𝒆 𝒐𝒄𝒖𝒍𝒕𝒂𝒏 𝒔𝒖 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒐𝒓𝒏𝒐
    𝒆𝒏 𝒖𝒏 π’‡π’π’–π’Šπ’“ 𝒅𝒆 π’π’‚Μπ’ˆπ’“π’Šπ’Žπ’‚π’”.
    π‘¨π’π’π’ŠΜ 𝒄𝒓𝒆𝒄𝒆𝒏 π’š 𝒖𝒏𝒂𝒔 π’†π’π’π’“π’Žπ’†π’” 𝒍𝒖𝒏𝒂𝒔,
    𝒖𝒏𝒂 𝒗𝒆𝒛 π’š 𝒐𝒕𝒓𝒂 𝒗𝒆𝒛, 𝒂 𝒄𝒂𝒅𝒂 π’Šπ’π’”π’•π’‚π’π’•π’†,
    𝒆𝒏 𝒄𝒂𝒏𝒕𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒂 𝒏𝒐𝒄𝒉𝒆 𝒔𝒆 π’…π’†π’”π’π’Šπ’›π’‚,
    π’š 𝒂𝒗𝒂𝒏𝒛𝒂𝒏 π’”π’Šπ’†π’Žπ’‘π’“π’†, π’Šπ’π’’π’–π’Šπ’†π’•π’‚π’”,
    π’š π’‚π’‘π’‚π’ˆπ’‚π’ 𝒆𝒍 π’•π’†π’Žπ’ƒπ’π’π’“ 𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒆𝒓𝒐𝒔
    𝒄𝒐𝒏 𝒆𝒍 π’‚π’π’Šπ’†π’π’•π’ 𝒅𝒆 𝒔𝒖 𝒓𝒐𝒔𝒕𝒓𝒐 𝒃𝒍𝒂𝒏𝒄𝒐.
    βΈ» 𝑽𝒂𝒍𝒍𝒆𝒔 𝒅𝒆 π’”π’π’Žπ’ƒπ’“π’‚ π’š π’‚π’ˆπ’–π’‚π’” π’‚π’‘π’‚π’ˆπ’‚π’…π’‚π’” π’š 𝒃𝒐𝒔𝒒𝒖𝒆𝒔 π’„π’π’Žπ’ 𝒏𝒖𝒃𝒆𝒔, 𝒒𝒖𝒆 𝒐𝒄𝒖𝒍𝒕𝒂𝒏 𝒔𝒖 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒐𝒓𝒏𝒐 𝒆𝒏 𝒖𝒏 π’‡π’π’–π’Šπ’“ 𝒅𝒆 π’π’‚Μπ’ˆπ’“π’Šπ’Žπ’‚π’”. π‘¨π’π’π’ŠΜ 𝒄𝒓𝒆𝒄𝒆𝒏 π’š 𝒖𝒏𝒂𝒔 π’†π’π’π’“π’Žπ’†π’” 𝒍𝒖𝒏𝒂𝒔, 𝒖𝒏𝒂 𝒗𝒆𝒛 π’š 𝒐𝒕𝒓𝒂 𝒗𝒆𝒛, 𝒂 𝒄𝒂𝒅𝒂 π’Šπ’π’”π’•π’‚π’π’•π’†, 𝒆𝒏 𝒄𝒂𝒏𝒕𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒂 𝒏𝒐𝒄𝒉𝒆 𝒔𝒆 π’…π’†π’”π’π’Šπ’›π’‚, π’š 𝒂𝒗𝒂𝒏𝒛𝒂𝒏 π’”π’Šπ’†π’Žπ’‘π’“π’†, π’Šπ’π’’π’–π’Šπ’†π’•π’‚π’”, π’š π’‚π’‘π’‚π’ˆπ’‚π’ 𝒆𝒍 π’•π’†π’Žπ’ƒπ’π’π’“ 𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒆𝒓𝒐𝒔 𝒄𝒐𝒏 𝒆𝒍 π’‚π’π’Šπ’†π’π’•π’ 𝒅𝒆 𝒔𝒖 𝒓𝒐𝒔𝒕𝒓𝒐 𝒃𝒍𝒂𝒏𝒄𝒐.
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