𝑬𝒍 𝒔𝒊𝒍𝒆𝒏𝒄𝒊𝒐 𝒅𝒆𝒍 𝒁𝒐𝒓𝒓𝒐
-No puedo evitar sentirme cansado. La inmortalidad, para muchos, significa poder, grandeza, un horizonte sin límites. Para mí, a veces, se siente como una maldición.
Soy hijo de la tierra, amo la vida con cada fibra de mi ser. Sin embargo, la muerte siempre me persigue, incluso cuando pasan mil años. No importa cuánto viva, la pérdida de lo que amo me arrastra. El dolor se enraíza en los rincones más oscuros de mi mente, recordándome que solo soy un espectador; uno que observa cómo la vida se escapa, sin poder detenerla.
Nunca deja de doler. Jamás. Solo aprendes a convivir con ese sufrimiento, lo integras en ti hasta que se vuelve tan cotidiano como respirar.
Me aterra amar. Por eso, cuando lo hago, lo hago con una pasión desbordante. Temo que el tiempo me falte, que los días no me alcancen para decir "Te amo", que no existan suficientes caricias, besos o palabras que puedan llenar el vacío.
Con el paso de los siglos, cada instante se vuelve más efímero, más fugaz. Los recuerdos se difuminan, se pierden en la enmarañada red de mi mente, donde, con el tiempo, los hilos se rompen uno por uno. Y al final, solo queda el dolor. Dolor disfrazado de una sonrisa serena, de una mirada tranquila y amable.
Amo la vida... Odio la muerte... Pero no odio mi muerte.-
𝑬𝒍 𝒔𝒊𝒍𝒆𝒏𝒄𝒊𝒐 𝒅𝒆𝒍 𝒁𝒐𝒓𝒓𝒐
-No puedo evitar sentirme cansado. La inmortalidad, para muchos, significa poder, grandeza, un horizonte sin límites. Para mí, a veces, se siente como una maldición.
Soy hijo de la tierra, amo la vida con cada fibra de mi ser. Sin embargo, la muerte siempre me persigue, incluso cuando pasan mil años. No importa cuánto viva, la pérdida de lo que amo me arrastra. El dolor se enraíza en los rincones más oscuros de mi mente, recordándome que solo soy un espectador; uno que observa cómo la vida se escapa, sin poder detenerla.
Nunca deja de doler. Jamás. Solo aprendes a convivir con ese sufrimiento, lo integras en ti hasta que se vuelve tan cotidiano como respirar.
Me aterra amar. Por eso, cuando lo hago, lo hago con una pasión desbordante. Temo que el tiempo me falte, que los días no me alcancen para decir "Te amo", que no existan suficientes caricias, besos o palabras que puedan llenar el vacío.
Con el paso de los siglos, cada instante se vuelve más efímero, más fugaz. Los recuerdos se difuminan, se pierden en la enmarañada red de mi mente, donde, con el tiempo, los hilos se rompen uno por uno. Y al final, solo queda el dolor. Dolor disfrazado de una sonrisa serena, de una mirada tranquila y amable.
Amo la vida... Odio la muerte... Pero no odio mi muerte.-