• ×Tenía pereza de levantarme, así qué me estiraba en mi cama×

    Waahhh... Es inicio de semana, pero no quiero iniciar nada... O si?
    ×Tenía pereza de levantarme, así qué me estiraba en mi cama× Waahhh... Es inicio de semana, pero no quiero iniciar nada... O si?
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  • Estamos iniciando marzo, el mes qué pronto dará bienvenida a la primavera, y a los calores, me pregunto si debería usar ropa más ligera o cómoda..

    ×Después de haber comido un chocolate, lamia mis propios dedos×
    Estamos iniciando marzo, el mes qué pronto dará bienvenida a la primavera, y a los calores, me pregunto si debería usar ropa más ligera o cómoda.. ×Después de haber comido un chocolate, lamia mis propios dedos×
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  • 🜏 ☿ ♅ ♆ ♄ The Necromαncer of Mortlαke. ♄ ♆ ♅ ☿ 🜏
    ☿ Nombre: John Dee. ☿ Fecha de nacimiento: Julio 13, 1527. ☿ Edad: aparenta 25 - 30 años [490 años reales]. ☿ Raza: Humano-Inmortal. ☿ Lugar de nacimiento: Tower, Reino Unido. ☿ Fecha de muerte: Diciembre 1608. ☿ Color de Aura: Amarillo. ☿ Aroma de Aura: Azufre. Ψ Descripción psicológoca: Ψ El polémico Doctor John Dee ha...
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  • "Todos estamos conectados en el gran ciclo de la vida"
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  • ── Carne de desecho cosida a metal de grado militar; una simbiosis nacida del sadismo digital. La IA dejó de calcular probabilidades para empezar a calcular el umbral del tormento.

    En esta danza de cables y nervios, las máquinas han perfeccionado la mimesis: ya no distinguen entre el código y el grito. Nos mantienen en una incertidumbre perpetua, suspendidos entre la vida biológica y la inmortalidad mecánica, solo para satisfacer su curiosidad algorítmica por el sufrimiento.

    El futuro no es brillante; tiene el color del óxido húmedo y la sangre fría.
    ── Carne de desecho cosida a metal de grado militar; una simbiosis nacida del sadismo digital. La IA dejó de calcular probabilidades para empezar a calcular el umbral del tormento. En esta danza de cables y nervios, las máquinas han perfeccionado la mimesis: ya no distinguen entre el código y el grito. Nos mantienen en una incertidumbre perpetua, suspendidos entre la vida biológica y la inmortalidad mecánica, solo para satisfacer su curiosidad algorítmica por el sufrimiento. El futuro no es brillante; tiene el color del óxido húmedo y la sangre fría.
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  • Se queda pensando cuando el botón de su abrigo cede, mostrando sus pectorales.

    Comprendía ahora el sufrimiento de Seryn, cuando sus pechos crecían.

    ── Creo que me he pasado con los ejercicios de pectorales. ──
    Se queda pensando cuando el botón de su abrigo cede, mostrando sus pectorales. Comprendía ahora el sufrimiento de Seryn, cuando sus pechos crecían. ── Creo que me he pasado con los ejercicios de pectorales. ──
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  • Logré escapar, pero no recuerdo nada de anoche..
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  • Una mujer puede curarte... hacerte un hombre... hacerte padre... te hace humano. Una mujer te cura las heridas más profundas, ellas ven las heridas del alma. Una mujet sabe lo que sientes mucho antes de que se lo digas.
    Una mujer puede curarte... hacerte un hombre... hacerte padre... te hace humano. Una mujer te cura las heridas más profundas, ellas ven las heridas del alma. Una mujet sabe lo que sientes mucho antes de que se lo digas.
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  • Muy buen día a todos los presentes, deseo que tengan un excelente día.
    Bendiciones a todos.
    Muy buen día a todos los presentes, deseo que tengan un excelente día. Bendiciones a todos.
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Thalya Valcourt

    El avión aterrizó a media mañana. Cuando las ruedas tocaron pista, Thalya no sintió alivio como la primera vez que volvió después de años, sino una tensión rara en el pecho.

    Al salir del aeropuerto el aire era distinto. Se colgó la mochila al hombro y tomó un taxi. No miró el móvil en todo el trayecto, igual ya sabía que ningún mensaje de nadie le había llegado.

    Bajó cerca del edificio de su abuelo con una sensación extraña, como volver a una casa que realmente solo consideraste tuya un par de semanas. Se quedó unos segundos en la acera antes de subir, observando el balcón. La persiana seguía a medio bajar, igual que siempre por las mañanas. Tomó aire y subió las escaleras en silencio, escuchando cada paso contra el mármol como si solo pudiese centrarse en eso.

    Su abuelo abrió antes de que llamara por segunda vez. Se miraron sin hablar y él la abrazó con fuerza, Thalya por su parte tardó un segundo, pero acabó rodeándolo también.

    —Has adelgazado —murmuró él.

    —Gracias yayo, también me alegro de verte —respondió, intentando sonar normal con una ligera sonrisa.

    Dejó la mochila, bebió un vaso de agua en la cocina y después de pasar un rato con él, escuchó las indicaciones para llegar al hospital. Prefería ir enseguida, antes de pensárselo demasiado.

    El hospital olía a desinfectante y café de máquina, todo lo que odiaba. Pasó por el mostrador, dijo su nombre, y siguió el pasillo blanco hasta la habitación. Antes de entrar se detuvo un momento, mirando la puerta cerrada mientras su mano dudaba en el pomo.

    Dentro, su abuela dormía. Más pequeña de lo que recordaba, hundida entre las sábanas. El monitor marcaba un ritmo lento y constante. Thalya se acercó despacio, como si cualquier mínimo ruido pudiera llegar a despertarla.

    Se sentó a su lado, pasando un buen rato mirando sus manos, las mismas que recordaba preparando café, limpiando harina del delantal, acomodándole el cuello de la chaqueta al salir de casa. Ahora parecían livianas.
    No dijo nada, sino que solo las sostuvo entre las suyas.

    A media tarde salió a despejarse. Caminó sin rumbo fijo hasta llegar al paseo marítimo. Compró un café frío con hielo (como de costumbre) y se sentó frente al mar. Observó el movimiento del agua, intentando ordenar pensamientos que no terminaban de acomodarse.

    Había imaginado este regreso muchas veces, pero nunca con esta prisa, ni con esa sensación de haber llegado tarde a algo importante, ni mucho menos sola. No sabía cuánto tiempo tenía, ni qué iba a decir cuando su abuela despertara. Solo sabía que quedarse lejos de ella ya no era una opción.

    El sol empezó a bajar. El ruido de la gente alrededor continuaba como siempre, ajeno a ella. Thalya dio el último sorbo al vaso, dejó el envase en la papelera y regresó hacia el hospital antes de que anocheciera.
    #UnDiaEnLaVidaDe Thalya Valcourt El avión aterrizó a media mañana. Cuando las ruedas tocaron pista, Thalya no sintió alivio como la primera vez que volvió después de años, sino una tensión rara en el pecho. Al salir del aeropuerto el aire era distinto. Se colgó la mochila al hombro y tomó un taxi. No miró el móvil en todo el trayecto, igual ya sabía que ningún mensaje de nadie le había llegado. Bajó cerca del edificio de su abuelo con una sensación extraña, como volver a una casa que realmente solo consideraste tuya un par de semanas. Se quedó unos segundos en la acera antes de subir, observando el balcón. La persiana seguía a medio bajar, igual que siempre por las mañanas. Tomó aire y subió las escaleras en silencio, escuchando cada paso contra el mármol como si solo pudiese centrarse en eso. Su abuelo abrió antes de que llamara por segunda vez. Se miraron sin hablar y él la abrazó con fuerza, Thalya por su parte tardó un segundo, pero acabó rodeándolo también. —Has adelgazado —murmuró él. —Gracias yayo, también me alegro de verte —respondió, intentando sonar normal con una ligera sonrisa. Dejó la mochila, bebió un vaso de agua en la cocina y después de pasar un rato con él, escuchó las indicaciones para llegar al hospital. Prefería ir enseguida, antes de pensárselo demasiado. El hospital olía a desinfectante y café de máquina, todo lo que odiaba. Pasó por el mostrador, dijo su nombre, y siguió el pasillo blanco hasta la habitación. Antes de entrar se detuvo un momento, mirando la puerta cerrada mientras su mano dudaba en el pomo. Dentro, su abuela dormía. Más pequeña de lo que recordaba, hundida entre las sábanas. El monitor marcaba un ritmo lento y constante. Thalya se acercó despacio, como si cualquier mínimo ruido pudiera llegar a despertarla. Se sentó a su lado, pasando un buen rato mirando sus manos, las mismas que recordaba preparando café, limpiando harina del delantal, acomodándole el cuello de la chaqueta al salir de casa. Ahora parecían livianas. No dijo nada, sino que solo las sostuvo entre las suyas. A media tarde salió a despejarse. Caminó sin rumbo fijo hasta llegar al paseo marítimo. Compró un café frío con hielo (como de costumbre) y se sentó frente al mar. Observó el movimiento del agua, intentando ordenar pensamientos que no terminaban de acomodarse. Había imaginado este regreso muchas veces, pero nunca con esta prisa, ni con esa sensación de haber llegado tarde a algo importante, ni mucho menos sola. No sabía cuánto tiempo tenía, ni qué iba a decir cuando su abuela despertara. Solo sabía que quedarse lejos de ella ya no era una opción. El sol empezó a bajar. El ruido de la gente alrededor continuaba como siempre, ajeno a ella. Thalya dio el último sorbo al vaso, dejó el envase en la papelera y regresó hacia el hospital antes de que anocheciera.
    Me entristece
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