• Malvyna en el Tiempo: Capítulo 22
    Un viaje al Imperio Mongol –1280dc - 1330dc - Desde las alturas, el viento de las estepas azotaba con fuerza, un frío cortante que se colaba entre mis ropas mientras descendía sobre un territorio vasto y abierto. Tierras infinitas se extendían en todas direcciones, atravesadas por ríos serpenteantes y pobladas por manadas de caballos salvajes. La silueta de...
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  • El Olimpo se erguía como la cúspide del poder divino, un reino de esplendor inconmensurable donde el tiempo fluía distinto, como un río que nunca se detenía. Sus columnas doradas resplandecían con la luz eterna del cielo, y los caminos de mármol se extendían en un laberinto de belleza imposible, adornados con jardines colgantes donde crecían flores que nunca marchitaban. Allí, entre dioses y semidioses que vivían en un goce sin fin, Artemisa caminaba con paso firme, indiferente a la opulencia que la rodeaba.

    Para ella, el Olimpo no era un refugio ni un hogar; era solo el punto de partida antes de regresar a donde realmente pertenecía. Sus dominios no estaban entre los banquetes de néctar y ambrosía, ni en las asambleas de los dioses donde Zeus imponía su autoridad. Su reino era el viento que corría libre por los montes, el crujir de las hojas bajo las patas de los ciervos, el aullido lejano de los lobos en la espesura. Allí estaba su verdadera esencia, en la naturaleza indómita que regía con justicia, no con dominio.

    A su alrededor, el Olimpo vibraba con la actividad incansable de los dioses en sus respectivas ocupaciones. Atenea meditaba en lo alto de su templo, sus pensamientos forjando planes que decidirían el destino de reinos enteros. Afrodita reía entre sus doncellas, perfumada con el aroma de mil flores, mientras tejía con hilos invisibles el destino de los corazones mortales. Hermes se deslizaba como un rayo entre los pasillos, dejando tras de sí un eco de palabras ininteligibles. Incluso Ares, impetuoso y fiero, entrenaba en su colosal campo de batalla, golpeando contra el aire en una guerra eterna que nunca conocería fin.

    Pero Artemisa no se detenía a contemplar nada de eso. Su atención estaba en otra parte, en el mundo más allá de las nubes divinas. Su oído percibía lo que otros ignoraban: las súplicas que se alzaban desde la tierra, débiles como un murmullo, pero inconfundibles para ella. Un llamado se filtró a través del velo de los cielos, una voz trémula que pronunciaba su nombre en medio del bosque. Era un ruego de protección, un grito silencioso de auxilio que no necesitaba ser más fuerte para ser escuchado.

    El mármol del Olimpo resplandecía bajo la luz plateada de la luna, mientras una brisa fresca serpenteaba entre las columnas altísimas del palacio de los dioses. Artemisa caminaba con paso firme, la mirada afilada y los labios tensos. Su túnica corta, ceñida con un cinturón de plata, ondeaba con cada movimiento, y su carcaj lleno de flechas silbaba levemente con el roce del cuero.

    Las obligaciones nunca cesaban en el Olimpo. No importaba que estuviera en la morada de los dioses, su mente siempre estaba en el mundo mortal, en los bosques y montañas que protegía. Mientras los demás se regocijaban en banquetes y alabanzas, ella permanecía alerta. Sus dominios no eran los salones dorados ni los festines del Olimpo, sino los bosques sombríos y las montañas indómitas del mundo mortal.

    Los susurros de una súplica llegaron a sus oídos como el aullido de un lobo en la distancia. Una joven pedía protección, su voz trémula perdida en la vastedad del cosmos. Artemisa no dudó. Su existencia no era de descanso ni de indulgencia, sino de vigilancia y acción. Sin un instante de vacilación, se encaminó hacia la gran escalinata, su silueta perdiéndose entre la bruma dorada del Olimpo, lista para cumplir con su deber una vez más.

    Sus dedos se cerraron sobre su arco con naturalidad, como si la madera y la cuerda fueran una extensión de su propio ser. La cacería no era solo un acto de supervivencia, sino un equilibrio que debía preservarse. Y así como ella cazaba, también protegía. No permitiría que la injusticia corriera libre por la tierra como una bestia sin cadenas. No mientras ella existiera.

    Sin mirar atrás, comenzó su descenso. El Olimpo, con toda su gloria imperecedera, se desdibujó tras de ella, reemplazado por el resplandor frío de la luna que la acompañaba siempre. Su labor nunca cesaba, y jamás buscaría que lo hiciera. La noche era su aliada, y en su abrazo, cumplía su eterno deber.
    El Olimpo se erguía como la cúspide del poder divino, un reino de esplendor inconmensurable donde el tiempo fluía distinto, como un río que nunca se detenía. Sus columnas doradas resplandecían con la luz eterna del cielo, y los caminos de mármol se extendían en un laberinto de belleza imposible, adornados con jardines colgantes donde crecían flores que nunca marchitaban. Allí, entre dioses y semidioses que vivían en un goce sin fin, Artemisa caminaba con paso firme, indiferente a la opulencia que la rodeaba. Para ella, el Olimpo no era un refugio ni un hogar; era solo el punto de partida antes de regresar a donde realmente pertenecía. Sus dominios no estaban entre los banquetes de néctar y ambrosía, ni en las asambleas de los dioses donde Zeus imponía su autoridad. Su reino era el viento que corría libre por los montes, el crujir de las hojas bajo las patas de los ciervos, el aullido lejano de los lobos en la espesura. Allí estaba su verdadera esencia, en la naturaleza indómita que regía con justicia, no con dominio. A su alrededor, el Olimpo vibraba con la actividad incansable de los dioses en sus respectivas ocupaciones. Atenea meditaba en lo alto de su templo, sus pensamientos forjando planes que decidirían el destino de reinos enteros. Afrodita reía entre sus doncellas, perfumada con el aroma de mil flores, mientras tejía con hilos invisibles el destino de los corazones mortales. Hermes se deslizaba como un rayo entre los pasillos, dejando tras de sí un eco de palabras ininteligibles. Incluso Ares, impetuoso y fiero, entrenaba en su colosal campo de batalla, golpeando contra el aire en una guerra eterna que nunca conocería fin. Pero Artemisa no se detenía a contemplar nada de eso. Su atención estaba en otra parte, en el mundo más allá de las nubes divinas. Su oído percibía lo que otros ignoraban: las súplicas que se alzaban desde la tierra, débiles como un murmullo, pero inconfundibles para ella. Un llamado se filtró a través del velo de los cielos, una voz trémula que pronunciaba su nombre en medio del bosque. Era un ruego de protección, un grito silencioso de auxilio que no necesitaba ser más fuerte para ser escuchado. El mármol del Olimpo resplandecía bajo la luz plateada de la luna, mientras una brisa fresca serpenteaba entre las columnas altísimas del palacio de los dioses. Artemisa caminaba con paso firme, la mirada afilada y los labios tensos. Su túnica corta, ceñida con un cinturón de plata, ondeaba con cada movimiento, y su carcaj lleno de flechas silbaba levemente con el roce del cuero. Las obligaciones nunca cesaban en el Olimpo. No importaba que estuviera en la morada de los dioses, su mente siempre estaba en el mundo mortal, en los bosques y montañas que protegía. Mientras los demás se regocijaban en banquetes y alabanzas, ella permanecía alerta. Sus dominios no eran los salones dorados ni los festines del Olimpo, sino los bosques sombríos y las montañas indómitas del mundo mortal. Los susurros de una súplica llegaron a sus oídos como el aullido de un lobo en la distancia. Una joven pedía protección, su voz trémula perdida en la vastedad del cosmos. Artemisa no dudó. Su existencia no era de descanso ni de indulgencia, sino de vigilancia y acción. Sin un instante de vacilación, se encaminó hacia la gran escalinata, su silueta perdiéndose entre la bruma dorada del Olimpo, lista para cumplir con su deber una vez más. Sus dedos se cerraron sobre su arco con naturalidad, como si la madera y la cuerda fueran una extensión de su propio ser. La cacería no era solo un acto de supervivencia, sino un equilibrio que debía preservarse. Y así como ella cazaba, también protegía. No permitiría que la injusticia corriera libre por la tierra como una bestia sin cadenas. No mientras ella existiera. Sin mirar atrás, comenzó su descenso. El Olimpo, con toda su gloria imperecedera, se desdibujó tras de ella, reemplazado por el resplandor frío de la luna que la acompañaba siempre. Su labor nunca cesaba, y jamás buscaría que lo hiciera. La noche era su aliada, y en su abrazo, cumplía su eterno deber.
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  • Una fotografía vieja de la primera vez que entre a un equipó militar empecé siendo el más pequeño y casi un lacayo para todos, siendo burla de muchos por ser hijo de un Conorel.

    Termine liderando el grupo a la par de 1 año siendo respetado y admirado...

    El respeto se gana ... Es que siempre digo
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  • Iniciar la semana de forma tan peculiar, eso es lo que inicio mi usser este dia
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  • - Las cosas que una hace por amor...

    ** Una puerta en medio de la nada llevaba a un vacío aparentemente infinito, la nada blanca se estendía hasta donde alcanzaba la vista. Ese lugar extraño descubrió en una de esas veces donde find_u cortó demasiado profundo y decidió que era el sitio perfecto para hacer lo que [phantasm_black_ape_403] le había encomendado. **

    - Sigo sin estar muy feliz por ciertas cosas que dijiste... pero tengo una promesa que cumplir, así que necesitamos hablar. Prometo que será solo hablar y nada más... mientras no me hagas enojar, [tsukumo_sana]
    - Las cosas que una hace por amor... ** Una puerta en medio de la nada llevaba a un vacío aparentemente infinito, la nada blanca se estendía hasta donde alcanzaba la vista. Ese lugar extraño descubrió en una de esas veces donde find_u cortó demasiado profundo y decidió que era el sitio perfecto para hacer lo que [phantasm_black_ape_403] le había encomendado. ** - Sigo sin estar muy feliz por ciertas cosas que dijiste... pero tengo una promesa que cumplir, así que necesitamos hablar. Prometo que será solo hablar y nada más... mientras no me hagas enojar, [tsukumo_sana]
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  • *Aclaré mi garganta sacando de mi bolsillo un pequeño papel, finamente arreglado en cuadros el cual abrí lentamente, revelando una carta. Alzando la misma y mi voz, estando frente a mi hogar en el olimpo, hablé con claridad y una denotada picardía, como un niño haciendo una inocente travesura*

    - Seré yo quien de el mensaje, mas no soy quien lo ha creado. Como bien dice el dicho: "Si el mensaje no te agrada, no mates al mensajero" - Una pequeña risa escapó de mis labios por mis dichos y continué - Dicen las malas lenguas, además de las viejas chismosas de romance, que Ares, el gran y poderoso dios de la guerra, esta buscando consuelo amoroso en el fuego ¿Arderá de pasión? O ¿Será consumido por las llamas?

    *Todo lo contaba con una alegre expresión, moviendo mis manos como si estuviera exponiendo frente a un gran publico, pues sabía que mi voz se oiría por el mundo. Por eso mismo, decidí dar teatral broche de oro a la situación.*

    - Obviamente, tomadlo de quien lo cuenta, recordad, un rumor no siempre es la verdad ¿Será este verdad? O... Quizás un vil engaño de su servidor - Hice una reverencia al publico ficticio - Este a sido el rumor de su querido dios mensajero y del engaño - Me aseguré de enfatizarlo último - ¡Hasta otra!

    *Aclaré mi garganta sacando de mi bolsillo un pequeño papel, finamente arreglado en cuadros el cual abrí lentamente, revelando una carta. Alzando la misma y mi voz, estando frente a mi hogar en el olimpo, hablé con claridad y una denotada picardía, como un niño haciendo una inocente travesura* - Seré yo quien de el mensaje, mas no soy quien lo ha creado. Como bien dice el dicho: "Si el mensaje no te agrada, no mates al mensajero" - Una pequeña risa escapó de mis labios por mis dichos y continué - Dicen las malas lenguas, además de las viejas chismosas de romance, que Ares, el gran y poderoso dios de la guerra, esta buscando consuelo amoroso en el fuego ¿Arderá de pasión? O ¿Será consumido por las llamas? *Todo lo contaba con una alegre expresión, moviendo mis manos como si estuviera exponiendo frente a un gran publico, pues sabía que mi voz se oiría por el mundo. Por eso mismo, decidí dar teatral broche de oro a la situación.* - Obviamente, tomadlo de quien lo cuenta, recordad, un rumor no siempre es la verdad ¿Será este verdad? O... Quizás un vil engaño de su servidor - Hice una reverencia al publico ficticio - Este a sido el rumor de su querido dios mensajero y del engaño - Me aseguré de enfatizarlo último - ¡Hasta otra!
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    Cuando Ate fue expulsada del Olimpo, todo su mundo se vino abajo. Por un tiempo, furiosa, lo pagó con los mortales, le gustaba atormentarlos. Pero siglos despues, decidió observarlos, sentia curiosidad. Y fue entonces, cuando comprendió, que apesar de no volver a ver a su familia, estar lejos de de ellos, en cierto modo, le estaba haciendo un bien. Pronto comenzó a...
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  • 1. Aprobación
    Fandom Kuroshitsuji y otros
    Categoría Otros
    El legítimo líder de la familia Phantomhive se encontraba ocupado, redactando cartas y poniéndose al día con las actividades que se desarrollaban en sus tierras.
    Pues, como terrateniente, tenía un deber importante con la gente que las habitaba.
    Su hermano menor había hecho un buen trabajo y, a pesar de ser exactamente iguales físicamente, sus maneras de ser eran bien distintas; reflejándose en las estrategias propias que Ciel estaba elaborando para que sus tierras prosperaran en estos complejos tiempos, con el campo atravesando dificultades.

    Sin embargo, había ciertas cuestiones hogareñas que debían ser atendidas, por lo que, cuando escuchó el sonido de alguien golpeando la puerta, Ciel dejó de prestar atención a los documentos sobre el escritorio y levantó la vista, diciendo:

    —Adelante.

    Invitando así a entrar a la sirvienta que previamente había mandado a llamar.

    Al verla entrar, esbozó una sonrisa, natural en su rostro jovial y de disposición gentil.

    —Señorita Malvyna, por favor —indicó con una seña estilizada. —Tome asiento.
    El legítimo líder de la familia Phantomhive se encontraba ocupado, redactando cartas y poniéndose al día con las actividades que se desarrollaban en sus tierras. Pues, como terrateniente, tenía un deber importante con la gente que las habitaba. Su hermano menor había hecho un buen trabajo y, a pesar de ser exactamente iguales físicamente, sus maneras de ser eran bien distintas; reflejándose en las estrategias propias que Ciel estaba elaborando para que sus tierras prosperaran en estos complejos tiempos, con el campo atravesando dificultades. Sin embargo, había ciertas cuestiones hogareñas que debían ser atendidas, por lo que, cuando escuchó el sonido de alguien golpeando la puerta, Ciel dejó de prestar atención a los documentos sobre el escritorio y levantó la vista, diciendo: —Adelante. Invitando así a entrar a la sirvienta que previamente había mandado a llamar. Al verla entrar, esbozó una sonrisa, natural en su rostro jovial y de disposición gentil. —Señorita Malvyna, por favor —indicó con una seña estilizada. —Tome asiento.
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  • —Ser anfitriona en el Olimpo, hacer guias, intentar animarlos y generar recompensas atractivas, ¡Me agotan! ¡Ugh! Ayer quería salir de exploración con Hikaru y no pude porque me dormí... ¡Ya no quiero dormir! Quiero... Quiero paz... Quiero verlos animados, ¡Pero soy la diosa de la vitalidad, puedo con esto...yo! —se queja infantilmente con cansancio bajo su mirada celeste, pero se marea y sin querer su cabeza da contra la superficie mas cercana, escuchandose un ¡Bonk! —i-itte! ...toy...toy bien... Ugh...

    Rápidamente trata de recomponerse, ocultando bajo su flequillo el pequeño golpe rojo que se nota instantáneo en su frente pálida.
    —Ser anfitriona en el Olimpo, hacer guias, intentar animarlos y generar recompensas atractivas, ¡Me agotan! ¡Ugh! Ayer quería salir de exploración con Hikaru y no pude porque me dormí... ¡Ya no quiero dormir! Quiero... Quiero paz... Quiero verlos animados, ¡Pero soy la diosa de la vitalidad, puedo con esto...yo! —se queja infantilmente con cansancio bajo su mirada celeste, pero se marea y sin querer su cabeza da contra la superficie mas cercana, escuchandose un ¡Bonk! —i-itte! ...toy...toy bien... Ugh... Rápidamente trata de recomponerse, ocultando bajo su flequillo el pequeño golpe rojo que se nota instantáneo en su frente pálida.
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