El rumor de la lluvia y la ciudad se escuchaba distante desde el otro lado de la ventana. Toda su atención estaba puesta sobre el movimiento de sus largos dedos sobre las cuerdas, en la forma en que el arco se deslizaba por su instrumento. En la melodía y la vibración de cada nota. Afro jamás había sentido una inclinación en particular hacia la música, pues había otra rama del arte que siempre resonó con ella y a la que se terminó entregando en corazón y espíritu. Pero desde que empezó a tomar esas claces de violín, descubrió un nuevo pasatiempo, una suerte de refugio de calma donde podía volcar su energía y poner una pausa breve a sus pensamientos desordenados y tan volátiles.
El rumor de la lluvia y la ciudad se escuchaba distante desde el otro lado de la ventana. Toda su atención estaba puesta sobre el movimiento de sus largos dedos sobre las cuerdas, en la forma en que el arco se deslizaba por su instrumento. En la melodía y la vibración de cada nota. Afro jamás había sentido una inclinación en particular hacia la música, pues había otra rama del arte que siempre resonó con ella y a la que se terminó entregando en corazón y espíritu. Pero desde que empezó a tomar esas claces de violín, descubrió un nuevo pasatiempo, una suerte de refugio de calma donde podía volcar su energía y poner una pausa breve a sus pensamientos desordenados y tan volátiles.