• Bueno no es lo mismo de siempre pero funciona..

    —Estaba usando aquel traje de coneja o al menos ese era el concepto.—
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  • ......

    -considera ir a molestar a su hermano se siente solo, abandonado y solo -
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  • —Buenos días espero lo esten teniendo, ¡Yo por fin estoy desperezando el cuerpo! Jajaja ~ —risueña saluda con un vestido sencillo y juvenil, Digno de ella, la Diosa de la Juventud y Vitalidad.
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  • El Beso Robado de Artemisa
    Fandom Olimpo
    Categoría Original
    Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja.

    Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos.

    —Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción.

    La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente.

    —No busco armas. Busco una promesa.

    Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo.

    El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse.

    Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos.

    —Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí.

    No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa.

    @Hefesto
    Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja. Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos. —Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción. La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente. —No busco armas. Busco una promesa. Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo. El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse. Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos. —Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí. No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa. @Hefesto
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    Estado
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  • Gaoshun me dijo que alguien tenía que caer, pero... ps ya que obvias razones yo no debía ser ese alguien, cayó mi iguano XD

    https://vm.tiktok.com/ZMByup7YC/
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  • Fue en ese momento donde todos esos puros e inocentes animales sintieron el verdadero terror

    Maomao

    https://vm.tiktok.com/ZMByutYxw/
    Fue en ese momento donde todos esos puros e inocentes animales sintieron el verdadero terror [Ma0ma0] https://vm.tiktok.com/ZMByutYxw/
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  • El eco de las voces de aquel auditorio llegaba amortiguado hasta el pasillo detrás del escenario. Jack Tessaro estaba de pie en mitad de aquel reducido espacio, revisando mentalmente los puntos clave de la charla que iba a ofrecer. A su lado, también de pie, Martin Hammond observaba la pantalla de su teléfono con la expresión calmada que lo caracterizaba.

    —La sala está llena —comentó Hammond sin levantar la vista—. Tienes un público atento.

    Jack dejó ir un ligero suspiro y se pasó una mano por el cabello.

    —Ya, bueno... Hasta que les cuente la parte desagradable. Ahí es cuando empiezan a removerse en los asientos.

    Hammond dejó escapar una ligera risa nasal.

    —Bueno, no han venido a escuchar cuentos de hadas. Saben porqué están aquí.

    Jack ladeó la cabeza con una media sonrisa que se tornó demasiado fugaz.

    —No, vinieron a convencerse de que entienden a los monstruos.

    Uno de los profesores de la Universidad se asomó por la puerta del escenario y les hizo una señal. Cinco minutos. Jack asintió y ajustó el reloj en su muñeca.

    Hammond lo estudió por un instante antes de hablar.

    —Tienes esa mirada.

    Jack arqueó una ceja.

    —¿Qué mirada?

    —La de cuando recuerdas demasiado.

    Jack desvió la vista hacia el suelo por un segundo antes de enderezarse.

    —No se trata de mí esta vez.

    Hammond soltó un leve resoplido.

    —No. Pero todo lo que vas a decir ahí fuera está marcado por lo que hemos visto. No finjas que no lo sabes.

    El silencio se hizo palpable entre los dos. Luego, Jack inspiró profundamente y sacudió los hombros, removiéndose la tensión.

    —No he venido a debatir con Freud, Hammond.

    Su compañero esbozó una sonrisa rápida.

    —Entonces haz lo tuyo. Cuéntales lo que necesitan saber.

    Jack echó un último vistazo al escenario antes de avanzar.

    —Siempre lo hago.

    El murmullo del auditorio se volvió mucho más solemne cuando su figura apareció bajo las luces.
    El eco de las voces de aquel auditorio llegaba amortiguado hasta el pasillo detrás del escenario. Jack Tessaro estaba de pie en mitad de aquel reducido espacio, revisando mentalmente los puntos clave de la charla que iba a ofrecer. A su lado, también de pie, Martin Hammond observaba la pantalla de su teléfono con la expresión calmada que lo caracterizaba. —La sala está llena —comentó Hammond sin levantar la vista—. Tienes un público atento. Jack dejó ir un ligero suspiro y se pasó una mano por el cabello. —Ya, bueno... Hasta que les cuente la parte desagradable. Ahí es cuando empiezan a removerse en los asientos. Hammond dejó escapar una ligera risa nasal. —Bueno, no han venido a escuchar cuentos de hadas. Saben porqué están aquí. Jack ladeó la cabeza con una media sonrisa que se tornó demasiado fugaz. —No, vinieron a convencerse de que entienden a los monstruos. Uno de los profesores de la Universidad se asomó por la puerta del escenario y les hizo una señal. Cinco minutos. Jack asintió y ajustó el reloj en su muñeca. Hammond lo estudió por un instante antes de hablar. —Tienes esa mirada. Jack arqueó una ceja. —¿Qué mirada? —La de cuando recuerdas demasiado. Jack desvió la vista hacia el suelo por un segundo antes de enderezarse. —No se trata de mí esta vez. Hammond soltó un leve resoplido. —No. Pero todo lo que vas a decir ahí fuera está marcado por lo que hemos visto. No finjas que no lo sabes. El silencio se hizo palpable entre los dos. Luego, Jack inspiró profundamente y sacudió los hombros, removiéndose la tensión. —No he venido a debatir con Freud, Hammond. Su compañero esbozó una sonrisa rápida. —Entonces haz lo tuyo. Cuéntales lo que necesitan saber. Jack echó un último vistazo al escenario antes de avanzar. —Siempre lo hago. El murmullo del auditorio se volvió mucho más solemne cuando su figura apareció bajo las luces.
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  • — Otro jueves más. La monotonía es un veneno. —
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  • — Aguarda... —

    Con ambas manos sosteniendo su cabeza, se tambaleó un poquito.

    — Por favor, ¿me puedes hablar más lento?... Creo que mi cerebro sigue dormido y no entendí la mitad de lo que dijiste... —
    — Aguarda... — Con ambas manos sosteniendo su cabeza, se tambaleó un poquito. — Por favor, ¿me puedes hablar más lento?... Creo que mi cerebro sigue dormido y no entendí la mitad de lo que dijiste... —
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  • ✴ ──────
    ᴇʟɪᴢᴀʙᴇᴛʜ: ʟᴀ ǫᴜᴇ ᴇʀᴀ ʏ ʟᴀ ǫᴜᴇ ᴇꜱ

    Sombras de hostilidad se disipan
    Una semilla de ternura con la《 𝓚 》 tallada y enraizada en la médula del ser

    La mujer cabellos de fuego en la soledad era incendio con miedo de florecer

    Sin entender como ni por qué
    En su ciclo vital cambia la oruga
    persiguiendo su sueño de volar,
    con ondulante gracia que subyuga
    cambia el río sus aguas sin cesar.

    Por claridad cambia la noche en fuga y el migrante, en el mundo,
    su lugar.

    Quien se abre a los cambios se despierta
    a una perenne realidad mutante
    que reverdece, gentil, ante su puerta

    y se transforma en soñadora errante
    con el don de saber a ciencia cierta
    fluir naturalmente hacia adelante.

    Elizabeth autora de destrucción, temida y odiada por su realidad emancipada, dando muerte a fuego y espada...

    Hoy teje un capullo de amor, portadora de vida, artífice de una nueva creación

    Caprichoso el destino que une dos caminos.
    Entonces, de pronto, la vida toma sentido
    Como creciendo en el carbón la brasa, una promesa ya cumplida
    La felicidad prometida.
    ✴ ────── ᴇʟɪᴢᴀʙᴇᴛʜ: ʟᴀ ǫᴜᴇ ᴇʀᴀ ʏ ʟᴀ ǫᴜᴇ ᴇꜱ Sombras de hostilidad se disipan Una semilla de ternura con la《 𝓚 》 tallada y enraizada en la médula del ser La mujer cabellos de fuego en la soledad era incendio con miedo de florecer Sin entender como ni por qué En su ciclo vital cambia la oruga persiguiendo su sueño de volar, con ondulante gracia que subyuga cambia el río sus aguas sin cesar. Por claridad cambia la noche en fuga y el migrante, en el mundo, su lugar. Quien se abre a los cambios se despierta a una perenne realidad mutante que reverdece, gentil, ante su puerta y se transforma en soñadora errante con el don de saber a ciencia cierta fluir naturalmente hacia adelante. Elizabeth autora de destrucción, temida y odiada por su realidad emancipada, dando muerte a fuego y espada... Hoy teje un capullo de amor, portadora de vida, artífice de una nueva creación Caprichoso el destino que une dos caminos. Entonces, de pronto, la vida toma sentido Como creciendo en el carbón la brasa, una promesa ya cumplida La felicidad prometida.
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