• —Concedo los deseos de todos... excepto el mío. Porque, ¿qué podría desear?

    Su reflejo en el cristal su nubló con su respiración. Se quedó en silencio un largo momento, y un único pensamiento cruzó su mente, uno que no era capaz de decir en voz alta. Que ironía, la vendedora de deseos no puede ni articular su propio anhelo más profundo. Se apartó bruscamente del vidrio, de repente, como si sus propios pensamientos la hubieran quemado. Una risa seca seca y amarga se le escapó.

    —Tsk, ¡Que estupidez! ¿Ves? Por eso no me autoconcedo deseos. Porque hasta los míos serían letalmente aburridos, asquerosamente cursis y terriblemente... trágicos
    —Concedo los deseos de todos... excepto el mío. Porque, ¿qué podría desear? Su reflejo en el cristal su nubló con su respiración. Se quedó en silencio un largo momento, y un único pensamiento cruzó su mente, uno que no era capaz de decir en voz alta. Que ironía, la vendedora de deseos no puede ni articular su propio anhelo más profundo. Se apartó bruscamente del vidrio, de repente, como si sus propios pensamientos la hubieran quemado. Una risa seca seca y amarga se le escapó. —Tsk, ¡Que estupidez! ¿Ves? Por eso no me autoconcedo deseos. Porque hasta los míos serían letalmente aburridos, asquerosamente cursis y terriblemente... trágicos
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  • 𝖭𝗈 𝗊𝗎𝖾𝗋𝖾𝗆𝗈𝗌 𝖺𝗅 𝗉𝗋í𝗇𝖼𝗂𝗉𝖾 𝗉𝖾𝗋𝖿𝖾𝖼𝗍𝗈.
    𝖰𝗎𝖾𝗋𝖾𝗆𝗈𝗌 𝖺𝗅 𝗏𝗂𝗅𝗅𝖺𝗇𝗈 𝗊𝗎𝖾 𝗅𝗈 𝖽𝖾𝗌𝗍𝗋𝗎𝗂𝗋í𝖺 𝗍𝗈𝖽𝗈…
    𝗉𝗈𝗋 𝖺𝗆𝗈𝗋 𝖺 𝗇𝗈𝗌𝗈𝗍𝗋𝖺𝗌. ♡
    𝖭𝗈 𝗊𝗎𝖾𝗋𝖾𝗆𝗈𝗌 𝖺𝗅 𝗉𝗋í𝗇𝖼𝗂𝗉𝖾 𝗉𝖾𝗋𝖿𝖾𝖼𝗍𝗈. 𝖰𝗎𝖾𝗋𝖾𝗆𝗈𝗌 𝖺𝗅 𝗏𝗂𝗅𝗅𝖺𝗇𝗈 𝗊𝗎𝖾 𝗅𝗈 𝖽𝖾𝗌𝗍𝗋𝗎𝗂𝗋í𝖺 𝗍𝗈𝖽𝗈… 𝗉𝗈𝗋 𝖺𝗆𝗈𝗋 𝖺 𝗇𝗈𝗌𝗈𝗍𝗋𝖺𝗌. ♡
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  • *No imagino, ese recibimiento que se le dio, al parecer en ese lugar le tenía miedo a los kitsune, se sentía que no debía estar ahi, su cuerpo quedó cubierto de flechas*
    *No imagino, ese recibimiento que se le dio, al parecer en ese lugar le tenía miedo a los kitsune, se sentía que no debía estar ahi, su cuerpo quedó cubierto de flechas*
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  • - "¿Debo preocuparme por los demás?. Creo que es mejor solo preocuparme por mis hijas. No malgastare mi tiempo en personas que me tienen miedo o desprecian"
    - "¿Debo preocuparme por los demás?. Creo que es mejor solo preocuparme por mis hijas. No malgastare mi tiempo en personas que me tienen miedo o desprecian"
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  • ¿Qué deberé proyectar? ¿El adorable felino, o la figura de un antiguo amigo?
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  • -explotar nariz de sangre..-

    c-claro b-barón


    -explotar nariz de sangre..- c-claro b-barón
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  • La noche en Seúl estaba bañada en un silencio pesado, interrumpido solo por el murmullo distante del tráfico y el resplandor neón que se filtraba tímidamente a través de los ventanales. En lo alto de un penthouse cuya vista dominaba la ciudad, Lián Xuefeng dormía. O al menos lo intentaba. Su cuerpo descansaba en sábanas de seda negra, pero su mente se debatía en los pasillos de un pasado que no había muerto con los siglos.

    Primero vinieron las llamas. El sueño lo arrastró al palacio ardiente, a los corredores de jade convertidos en ruinas. El humo se alzaba como demonios danzantes, y entre ellos, el rostro de ella: la sacerdotisa de mirada serena que había jurado protegerlo. Sus labios se movían, pero las palabras nunca llegaban; solo un grito ahogado antes de ser engullida por las llamas. Lián extendía la mano, pero sus dedos rozaban solo el vacío, una ausencia que ardía más que el fuego mismo.

    Luego, el hierro. El altar frío, la traición de su hermano menor clavada más hondo que las cuchillas. Sentía aún el ardor metálico en su pecho, el desgarrar de su carne, la sangre que manaba como un río oscuro. Los cánticos de los traidores lo rodeaban, celebrando su caída. Y en ese instante, justo antes de morir, el rugido interior: no humano, no terrenal. Algo dentro de él se alzó con furia, reclamando eternidad. El eco de aquel despertar aún lo perseguía.

    Lián jadeó, abriendo los ojos de golpe. La habitación estaba intacta: los ventanales de cristal, el mobiliario minimalista, la calma aséptica del presente. Y sin embargo, él seguía encadenado a la imagen de la sacerdotisa muriendo entre llamas. Su pecho subía y bajaba con violencia, como si aún llevara dentro el filo de aquellas cuchillas.

    Se incorporó lentamente, dejando que la seda resbalara por su piel pálida. Una mano fue a su rostro, cubriéndose los ojos como si pudiera borrar el recuerdo. Pero no había escapatoria. No había amanecer que pudiera disipar esa pesadilla, porque no era un sueño: era memoria.

    Caminó hasta el ventanal, observando la ciudad que brillaba como un mar de estrellas caídas. Seúl, vibrante, viva, indiferente a su tragedia. Sus dedos rozaron el cristal, fríos como el mármol, y en su mente un pensamiento lo atravesó con fuerza:
    "¿Cuántos siglos más debo cargar con este peso? ¿Soy un hombre, un monstruo, o algo que ni siquiera los dioses quisieron nombrar?"

    Un dejo de melancolía se mezcló en su mirada oscura, pero también una chispa de ira latente, de deseo de recuperar lo perdido o destruir lo que se interpusiera. La ciudad no lo sabía, pero bajo su calma nocturna caminaba un emperador olvidado, marcado por el fuego y condenado a nunca despertar del todo de sus propias pesadillas.
    La noche en Seúl estaba bañada en un silencio pesado, interrumpido solo por el murmullo distante del tráfico y el resplandor neón que se filtraba tímidamente a través de los ventanales. En lo alto de un penthouse cuya vista dominaba la ciudad, Lián Xuefeng dormía. O al menos lo intentaba. Su cuerpo descansaba en sábanas de seda negra, pero su mente se debatía en los pasillos de un pasado que no había muerto con los siglos. Primero vinieron las llamas. El sueño lo arrastró al palacio ardiente, a los corredores de jade convertidos en ruinas. El humo se alzaba como demonios danzantes, y entre ellos, el rostro de ella: la sacerdotisa de mirada serena que había jurado protegerlo. Sus labios se movían, pero las palabras nunca llegaban; solo un grito ahogado antes de ser engullida por las llamas. Lián extendía la mano, pero sus dedos rozaban solo el vacío, una ausencia que ardía más que el fuego mismo. Luego, el hierro. El altar frío, la traición de su hermano menor clavada más hondo que las cuchillas. Sentía aún el ardor metálico en su pecho, el desgarrar de su carne, la sangre que manaba como un río oscuro. Los cánticos de los traidores lo rodeaban, celebrando su caída. Y en ese instante, justo antes de morir, el rugido interior: no humano, no terrenal. Algo dentro de él se alzó con furia, reclamando eternidad. El eco de aquel despertar aún lo perseguía. Lián jadeó, abriendo los ojos de golpe. La habitación estaba intacta: los ventanales de cristal, el mobiliario minimalista, la calma aséptica del presente. Y sin embargo, él seguía encadenado a la imagen de la sacerdotisa muriendo entre llamas. Su pecho subía y bajaba con violencia, como si aún llevara dentro el filo de aquellas cuchillas. Se incorporó lentamente, dejando que la seda resbalara por su piel pálida. Una mano fue a su rostro, cubriéndose los ojos como si pudiera borrar el recuerdo. Pero no había escapatoria. No había amanecer que pudiera disipar esa pesadilla, porque no era un sueño: era memoria. Caminó hasta el ventanal, observando la ciudad que brillaba como un mar de estrellas caídas. Seúl, vibrante, viva, indiferente a su tragedia. Sus dedos rozaron el cristal, fríos como el mármol, y en su mente un pensamiento lo atravesó con fuerza: "¿Cuántos siglos más debo cargar con este peso? ¿Soy un hombre, un monstruo, o algo que ni siquiera los dioses quisieron nombrar?" Un dejo de melancolía se mezcló en su mirada oscura, pero también una chispa de ira latente, de deseo de recuperar lo perdido o destruir lo que se interpusiera. La ciudad no lo sabía, pero bajo su calma nocturna caminaba un emperador olvidado, marcado por el fuego y condenado a nunca despertar del todo de sus propias pesadillas.
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  • Si, estoy bien. (no) te preocupes.
    Si, estoy bien. (no) te preocupes.
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  • -Fue que en uno de sus viajes, por un mundo fantástico inspirado en Japón, llego a aquel hermoso pueblo donde el corazón del lugar, parecía sacado de un sueño, maravillada por ese gran árbol de cerezo, cuyos pétalos son llevados por el viento, dado sensación de estar nevado.

    Como si estuviera hipnotizada, camino hasta el cerezo, donde ai estar cerca de aquel cerezo, pudo sentir una gran paz.

    Cerro sus ojos para asi sentir la suave brisa acariciando su rostro.

    Dio un profundo suspiro, abriendo los ojos-.

    Hermoso...

    -Comentó con una gentil sonrisa -.
    -Fue que en uno de sus viajes, por un mundo fantástico inspirado en Japón, llego a aquel hermoso pueblo donde el corazón del lugar, parecía sacado de un sueño, maravillada por ese gran árbol de cerezo, cuyos pétalos son llevados por el viento, dado sensación de estar nevado. Como si estuviera hipnotizada, camino hasta el cerezo, donde ai estar cerca de aquel cerezo, pudo sentir una gran paz. Cerro sus ojos para asi sentir la suave brisa acariciando su rostro. Dio un profundo suspiro, abriendo los ojos-. Hermoso... -Comentó con una gentil sonrisa -.
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  • ⏱- ¿Será que Kotoko regrese... Así como lo hice yo..?

    [Se había aparecido en medio de una ciudad desconocida para el]

    ⏱- Ella también es una diosa... Entiendo si no vuelve... O si no me quiere volver a ver... Después de todo no le di la atención que pedia
    ⏱- ¿Será que Kotoko regrese... Así como lo hice yo..? [Se había aparecido en medio de una ciudad desconocida para el] ⏱- Ella también es una diosa... Entiendo si no vuelve... O si no me quiere volver a ver... Después de todo no le di la atención que pedia
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