• Hoy tocó hacer ejercicio, porque al que madruga, me ayuda (no)
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  • Breve ficha de personaje.
    Nombre completo: Varka Alias: Caballero de BoreasEdad estimada: 45–55 añosGénero: MasculinoRegión: MondstadtAfiliación: Caballeros de FavoniusOcupación: Gran MaestroElemento: Anemo Estado actual: En expedición en Nod-KraiPERSONALIDAD Carismático y valiente, inspira respeto entre los Caballeros de Favonius. Mentor paternal,...
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  • Aroma a Mandarina
    Categoría Original
    "Mira, es la primera de la temporada. ¿Quieres que la comamos juntas?"

    La infancia de una niña huérfana era complicada. Sobre todo, de una que creció en un cabaret.

    Irene Graves escogió su nombre ella misma. Lo vio en una película sobre mujeres que cantaban y bailaban, llevando alegría a los demás. Irene, el nombre de la protagonista... usarlo la hacía sentir como si pudiera hacer todo eso y mucho más. Como si, igual que ella, fuese capaz de repartir amor, espectáculo, alivio a quienes lo necesitaban.

    Irene no escogió el lugar donde creció, pero de haber podido, no hubiese sido uno diferente. El terciopelo carmesí que apoyó sus primeros pasos, el aroma a colonia, el brillo del neón... no hubo un día, no hubo uno solo, que no fuera mágico. Hasta el día de hoy, seguía provocando el mismo sentimiento.

    "Tengo suerte", decía. "Tengo suerte de haber terminado aquí."

    Era normal que la miraran con extrañeza. ¿Una niña que creció en un cabaret? Los prejuicios, las burlas, los preconceptos eran la orden de su día a día. Pero ella nunca permitió que eso dejara de hacerla sonreír.

    Aunque nunca fuese muy popular con los de su edad, claro. Hasta el día en que la conoció a ella.

    "¡Comer la primera de la temporada es de buena suerte!"

    Irene nunca había visto un cabello tan bonito. Era un tono como el del cielo en un día nublado. ¡Y sus ojos! Claros con un brillo como el de perlas preciosas.

    Irene supo que quería ser su amiga. Supo que debía ser su primer amiga. Supo, en lo más profundo de su corazón, que tenía que conocerla, guiada por algo que la superaba, y al mismo, por algo increíblemente simple.

    "Te atrapé", le dijo, con una risa traviesa. "Si compartimos la primera mandarina del año, significa que ya no puedes alejarte de mí. ¡Tienes que quedarte conmigo para siempre!"

    Se lo inventó, por supuesto. La reacción en la niña del cabello blanco fue la más graciosa, y la más adorable que hubiera visto jamás. ¡Se lo creyó todo!

    Todo, cada palabra... Como si de los labios de Irene sólo pudieran salir dogmas inquebrantables, ella siempre la escuchaba.

    Ella siempre escuchaba a la niña que sólo servía para escuchar a los demás.

    Y por eso, Irene la amaba.

    Irene amaba a la niña del cabello blanco más que nada en el mundo. Y eso que Irene amaba muchas cosas.

    Irene amaba a Perle Noir. Irene amaba a su compañeros, a sus clientes, sus confidentes, sus amigos. Irene amaba darle alegría a los demás a través del arte que hacía con su ser entero.

    Irene amaba el amor. Estaba fascinada con el acto tan intenso y puro que era el amar, con la fuerza transformadora e implacable que podía llegar a ser.

    Y, aún así, Irene no amaba nada ni a nadie más que a la niña que compartió la primer mandarina de la temporada con ella, ese día de otoño.

    Y la amaba tanto, que no le importó saber que esa niña terminaría con su vida.

    Porque lo sabía. Lo supo desde el momento en el que la vio, y también sabía que la niña del cabello blanco estaba enterada de eso. Del destino desgarradoramente cruel que se había elegido para ambas.

    Irene sabía, también, de todas las cosas que la niña del cabello blanco había hecho para intentar cambiarlo. De la forma en la que había desafiado al tiempo mismo, a cada precepto del universo. Lo sabía, y la amaba por eso.

    Pero también sabía que, desgraciadamente, no era suficiente.

    Pero la amaba. A pesar de todo, y debido a todo, la amaba. La amaba más de lo que podían expresar las palabras. Y si su vida tenía que terminar gracias a esas manos... estaba bien.

    Estaba bien. No era algo malo. Porque pudo conocerla. Porque tuvo una vida llena de alegría gracias a ella. ¿Podía atreverse a pedir más? ¿Podía una niña huérfana que sólo quería compartir una mandarina tener una aspiración más grande, que morir a manos de quien amaba?

    Pedir más hubiera sido un crimen. Así que lo aceptó. Lo aceptó desde el primer momento, y vivió cada día sabiendo que su vida no sería larga.

    Sabiendo que cada oportunidad de amar que desperdiciara, podría ser la última.
    "Mira, es la primera de la temporada. ¿Quieres que la comamos juntas?" La infancia de una niña huérfana era complicada. Sobre todo, de una que creció en un cabaret. Irene Graves escogió su nombre ella misma. Lo vio en una película sobre mujeres que cantaban y bailaban, llevando alegría a los demás. Irene, el nombre de la protagonista... usarlo la hacía sentir como si pudiera hacer todo eso y mucho más. Como si, igual que ella, fuese capaz de repartir amor, espectáculo, alivio a quienes lo necesitaban. Irene no escogió el lugar donde creció, pero de haber podido, no hubiese sido uno diferente. El terciopelo carmesí que apoyó sus primeros pasos, el aroma a colonia, el brillo del neón... no hubo un día, no hubo uno solo, que no fuera mágico. Hasta el día de hoy, seguía provocando el mismo sentimiento. "Tengo suerte", decía. "Tengo suerte de haber terminado aquí." Era normal que la miraran con extrañeza. ¿Una niña que creció en un cabaret? Los prejuicios, las burlas, los preconceptos eran la orden de su día a día. Pero ella nunca permitió que eso dejara de hacerla sonreír. Aunque nunca fuese muy popular con los de su edad, claro. Hasta el día en que la conoció a ella. "¡Comer la primera de la temporada es de buena suerte!" Irene nunca había visto un cabello tan bonito. Era un tono como el del cielo en un día nublado. ¡Y sus ojos! Claros con un brillo como el de perlas preciosas. Irene supo que quería ser su amiga. Supo que debía ser su primer amiga. Supo, en lo más profundo de su corazón, que tenía que conocerla, guiada por algo que la superaba, y al mismo, por algo increíblemente simple. "Te atrapé", le dijo, con una risa traviesa. "Si compartimos la primera mandarina del año, significa que ya no puedes alejarte de mí. ¡Tienes que quedarte conmigo para siempre!" Se lo inventó, por supuesto. La reacción en la niña del cabello blanco fue la más graciosa, y la más adorable que hubiera visto jamás. ¡Se lo creyó todo! Todo, cada palabra... Como si de los labios de Irene sólo pudieran salir dogmas inquebrantables, ella siempre la escuchaba. Ella siempre escuchaba a la niña que sólo servía para escuchar a los demás. Y por eso, Irene la amaba. Irene amaba a la niña del cabello blanco más que nada en el mundo. Y eso que Irene amaba muchas cosas. Irene amaba a Perle Noir. Irene amaba a su compañeros, a sus clientes, sus confidentes, sus amigos. Irene amaba darle alegría a los demás a través del arte que hacía con su ser entero. Irene amaba el amor. Estaba fascinada con el acto tan intenso y puro que era el amar, con la fuerza transformadora e implacable que podía llegar a ser. Y, aún así, Irene no amaba nada ni a nadie más que a la niña que compartió la primer mandarina de la temporada con ella, ese día de otoño. Y la amaba tanto, que no le importó saber que esa niña terminaría con su vida. Porque lo sabía. Lo supo desde el momento en el que la vio, y también sabía que la niña del cabello blanco estaba enterada de eso. Del destino desgarradoramente cruel que se había elegido para ambas. Irene sabía, también, de todas las cosas que la niña del cabello blanco había hecho para intentar cambiarlo. De la forma en la que había desafiado al tiempo mismo, a cada precepto del universo. Lo sabía, y la amaba por eso. Pero también sabía que, desgraciadamente, no era suficiente. Pero la amaba. A pesar de todo, y debido a todo, la amaba. La amaba más de lo que podían expresar las palabras. Y si su vida tenía que terminar gracias a esas manos... estaba bien. Estaba bien. No era algo malo. Porque pudo conocerla. Porque tuvo una vida llena de alegría gracias a ella. ¿Podía atreverse a pedir más? ¿Podía una niña huérfana que sólo quería compartir una mandarina tener una aspiración más grande, que morir a manos de quien amaba? Pedir más hubiera sido un crimen. Así que lo aceptó. Lo aceptó desde el primer momento, y vivió cada día sabiendo que su vida no sería larga. Sabiendo que cada oportunidad de amar que desperdiciara, podría ser la última.
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  • Sí, tengo un castillo.
    No recuerdo por qué lo compré.
    Recuerdo que fue después de construir mis dos primeros hoteles... Creo que solo viví allí una semana... ¡Qué tonto!
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  • Así es como te veo mi estrella, alguien que me ilumina al punto de cegarme.
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  • —Pero... ¿Qué mierda me dio Valentino a beber?

    Primero había comenzado con el mareo, algo normal por beber licor ante su baja tolerancia, pero el calor que le siguió era terrible, comenzaba a carcomerlo por dentro.

    Su mirada se volvió nebulosa, incluso sentía algo de ceguera junto con el escozor creciente en su garganta, haciéndole falta el aire al punto de jadear al querer respirar.

    Su mejor idea fue intentar darse un baño frío, pero ni eso fue suficiente. En cuanto salió, su cuerpo volvía a arder envuelto en la toalla, terminando por apoyarse al barandal del balcón para tomar aire fresco.

    —Mierda...

    Poco a poco su feromonas fueron emanando, el dulce aroma de manzana y miel que se iba volviendo cada vez más fuerte, generalmente en su celo, pero al parecer inducido, esparciéndose lentamente por todo el infierno sin darse cuenta de ello.
    —Pero... ¿Qué mierda me dio Valentino a beber? Primero había comenzado con el mareo, algo normal por beber licor ante su baja tolerancia, pero el calor que le siguió era terrible, comenzaba a carcomerlo por dentro. Su mirada se volvió nebulosa, incluso sentía algo de ceguera junto con el escozor creciente en su garganta, haciéndole falta el aire al punto de jadear al querer respirar. Su mejor idea fue intentar darse un baño frío, pero ni eso fue suficiente. En cuanto salió, su cuerpo volvía a arder envuelto en la toalla, terminando por apoyarse al barandal del balcón para tomar aire fresco. —Mierda... Poco a poco su feromonas fueron emanando, el dulce aroma de manzana y miel que se iba volviendo cada vez más fuerte, generalmente en su celo, pero al parecer inducido, esparciéndose lentamente por todo el infierno sin darse cuenta de ello.
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  • ──── 𝘓𝘪𝘧𝘦 𝘪𝘴 𝘯𝘰𝘵 𝘢𝘣𝘰𝘶𝘵 𝘧𝘪𝘯𝘥𝘪𝘯𝘨 𝘺𝘰𝘶𝘳𝘴𝘦𝘭𝘧, 𝘣𝘶𝘵 𝘢𝘣𝘰𝘶𝘵 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘺𝘰𝘶𝘳𝘴𝘦𝘭𝘧. ──── #𝑆𝑒𝑑𝑢𝑐𝑡𝑖𝑣𝑒𝑆𝑢𝑛𝑑𝑎𝑦 [?]
    ──── 𝘓𝘪𝘧𝘦 𝘪𝘴 𝘯𝘰𝘵 𝘢𝘣𝘰𝘶𝘵 𝘧𝘪𝘯𝘥𝘪𝘯𝘨 𝘺𝘰𝘶𝘳𝘴𝘦𝘭𝘧, 𝘣𝘶𝘵 𝘢𝘣𝘰𝘶𝘵 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘺𝘰𝘶𝘳𝘴𝘦𝘭𝘧. ──── #𝑆𝑒𝑑𝑢𝑐𝑡𝑖𝑣𝑒𝑆𝑢𝑛𝑑𝑎𝑦 [?]
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  • No me importa , lo que los demas dijan de mi eso me da lo mismo .
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  • Mech mucho parloteo cuando saben lo que hacen y aún así se buscan de víctimas aún así...., yo solo quiero mi dosis de mimos ¿Dónde están mis esclavos encargados de consentir a su lord y señor ?

    No me hagan ir uno a uno buscándolos porque lo van a lamentar
    Mech mucho parloteo cuando saben lo que hacen y aún así se buscan de víctimas aún así...., yo solo quiero mi dosis de mimos ¿Dónde están mis esclavos encargados de consentir a su lord y señor ? No me hagan ir uno a uno buscándolos porque lo van a lamentar
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  • — Hey, Vox —

    Llegó, abrió la puerta, levantó oa vista del teléfono y se calló.

    — Mierda. Estás feo como el carajo. — Exclamó sin filtros. — Ese atuendo con esa cara te queda de la mierda. Necesitas un cambio de imagen —
    — Hey, Vox — Llegó, abrió la puerta, levantó oa vista del teléfono y se calló. — Mierda. Estás feo como el carajo. — Exclamó sin filtros. — Ese atuendo con esa cara te queda de la mierda. Necesitas un cambio de imagen —
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