• La iglesia estaba casi vacía, el murmullo de los últimos rezos se había desvanecido hacía ya un buen rato, pero Juliette aún permanecía allí. Había pasado más tiempo de lo habitual ayudando a ordenar algunos bancos, recogiendo velas consumidas y acomodando libros de himnos en su sitio. La razón era sencilla: había una pequeña nota doblada y olvidada en uno de los reclinatorios, escrita con letra temblorosa por alguien que pedía oraciones para un ser querido. Juliette no pudo irse sin dedicarle unos minutos más de silencio, dejando que su corazón se uniera a esa súplica anónima.

    Cuando finalmente salió, la enorme puerta de madera se cerró tras ella con un crujido solemne, y el eco resonó en la calle solitaria. Se acomodó su abrigo, tomó aire fresco de la noche y, sin pensarlo mucho, colocó sus auriculares. Una voz suave comenzó a recitar versículos de la Biblia, y las palabras, llenas de calma, flotaban en su mente como una plegaria constante. No sentía miedo. Nunca lo hacía. Estaba convencida de que Dios caminaba junto a ella, incluso en las horas más oscuras, incluso cuando la ciudad parecía un desierto de luces apagadas y ventanas cerradas.

    Cruzó calles estrechas, iluminadas solo por farolas que parpadeaban de vez en cuando, y en su andar distraído giró en un callejón para acortar el camino, como si nada. Sin embargo, apenas dio unos pasos, su cuerpo reaccionó antes que su mente: se detuvo en seco y retrocedió cómicamente, un pie tras otro, como si una coreografía improvisada la hubiera devuelto al borde de la acera.

    Había escuchado algo.
    No un sonido fuerte, apenas un roce, un crujido suave, difícil de distinguir entre el murmullo de los auriculares que no llevaban demasiado volumen. Y, al mismo tiempo, por el rabillo del ojo, juraría haber visto algo moverse en la penumbra. Una sombra. Una silueta. No estaba segura.

    Con un gesto pausado, se quitó los auriculares, enrolló el cable con calma y los guardó en su bolso. Su mano libre fue directo al dije de cruz que siempre colgaba de su cuello, deslizándolo entre sus dedos. El contacto frío del metal le dio un refugio inmediato, como si aquella simple acción trajera consigo todo el valor que necesitaba.

    Frunció un poco el ceño, sin moverse demasiado, mientras sus ojos buscaban abrirse paso en la oscuridad. Nada se distinguía con claridad. Podía ser cualquier cosa: un animal husmeando, una persona entre las sombras… o quizá solo su imaginación jugando con los contrastes de la noche. No lo sabía.

    Lo único que sí supo, con certeza, fue que no debía hablar. No quería romper el silencio, ni espantar a lo que pudiera estar allí. Así que enderezó la espalda, respiró hondo y se quedó quieta, esperando. La cruz giraba suavemente entre sus dedos, su mirada fija en aquella negrura que parecía observarla de vuelta.

    La pregunta latía en su mente con un extraño pulso:
    ¿Era un alguien… o un algo?
    La iglesia estaba casi vacía, el murmullo de los últimos rezos se había desvanecido hacía ya un buen rato, pero Juliette aún permanecía allí. Había pasado más tiempo de lo habitual ayudando a ordenar algunos bancos, recogiendo velas consumidas y acomodando libros de himnos en su sitio. La razón era sencilla: había una pequeña nota doblada y olvidada en uno de los reclinatorios, escrita con letra temblorosa por alguien que pedía oraciones para un ser querido. Juliette no pudo irse sin dedicarle unos minutos más de silencio, dejando que su corazón se uniera a esa súplica anónima. Cuando finalmente salió, la enorme puerta de madera se cerró tras ella con un crujido solemne, y el eco resonó en la calle solitaria. Se acomodó su abrigo, tomó aire fresco de la noche y, sin pensarlo mucho, colocó sus auriculares. Una voz suave comenzó a recitar versículos de la Biblia, y las palabras, llenas de calma, flotaban en su mente como una plegaria constante. No sentía miedo. Nunca lo hacía. Estaba convencida de que Dios caminaba junto a ella, incluso en las horas más oscuras, incluso cuando la ciudad parecía un desierto de luces apagadas y ventanas cerradas. Cruzó calles estrechas, iluminadas solo por farolas que parpadeaban de vez en cuando, y en su andar distraído giró en un callejón para acortar el camino, como si nada. Sin embargo, apenas dio unos pasos, su cuerpo reaccionó antes que su mente: se detuvo en seco y retrocedió cómicamente, un pie tras otro, como si una coreografía improvisada la hubiera devuelto al borde de la acera. Había escuchado algo. No un sonido fuerte, apenas un roce, un crujido suave, difícil de distinguir entre el murmullo de los auriculares que no llevaban demasiado volumen. Y, al mismo tiempo, por el rabillo del ojo, juraría haber visto algo moverse en la penumbra. Una sombra. Una silueta. No estaba segura. Con un gesto pausado, se quitó los auriculares, enrolló el cable con calma y los guardó en su bolso. Su mano libre fue directo al dije de cruz que siempre colgaba de su cuello, deslizándolo entre sus dedos. El contacto frío del metal le dio un refugio inmediato, como si aquella simple acción trajera consigo todo el valor que necesitaba. Frunció un poco el ceño, sin moverse demasiado, mientras sus ojos buscaban abrirse paso en la oscuridad. Nada se distinguía con claridad. Podía ser cualquier cosa: un animal husmeando, una persona entre las sombras… o quizá solo su imaginación jugando con los contrastes de la noche. No lo sabía. Lo único que sí supo, con certeza, fue que no debía hablar. No quería romper el silencio, ni espantar a lo que pudiera estar allí. Así que enderezó la espalda, respiró hondo y se quedó quieta, esperando. La cruz giraba suavemente entre sus dedos, su mirada fija en aquella negrura que parecía observarla de vuelta. La pregunta latía en su mente con un extraño pulso: ¿Era un alguien… o un algo?
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  • La reunión llevaba horas y ya estaba fastidiado por ello, aunque aún debía terminar de atender muchos asuntos, suspirando y bebiendo de la copa.
    La reunión llevaba horas y ya estaba fastidiado por ello, aunque aún debía terminar de atender muchos asuntos, suspirando y bebiendo de la copa.
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  • https://pin.it/5opujgKfY

    Mis esposos aman cuando los llamo Darling porque será ʕ⁠ ⁠ꈍ⁠ᴥ⁠ꈍ⁠ʔ
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  • Déjame que te haga esta promesa: aún en el silencio, hablo contigo. Y aunque ahora no lo veas, mi voz recorre el lienzo de esta figura, susurrando secretos que solo existen entre lo visible y lo oculto.
    Déjame que te haga esta promesa: aún en el silencio, hablo contigo. Y aunque ahora no lo veas, mi voz recorre el lienzo de esta figura, susurrando secretos que solo existen entre lo visible y lo oculto.
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  • “— 𝙰𝚊𝚑~, 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚍𝚎𝚕𝚒𝚌𝚒𝚘𝚜𝚊; 𝚘𝚝𝚛𝚊 𝚏𝚒𝚎𝚕 𝚜𝚎𝚐𝚞𝚒𝚍𝚘𝚛𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚟𝚒𝚟𝚒𝚛𝚊 𝚕𝚊 𝚎𝚝𝚎𝚛𝚗𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚣 𝚌𝚘𝚗𝚖𝚒𝚐𝚘.”
    “— 𝙰𝚊𝚑~, 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚍𝚎𝚕𝚒𝚌𝚒𝚘𝚜𝚊; 𝚘𝚝𝚛𝚊 𝚏𝚒𝚎𝚕 𝚜𝚎𝚐𝚞𝚒𝚍𝚘𝚛𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚟𝚒𝚟𝚒𝚛𝚊 𝚕𝚊 𝚎𝚝𝚎𝚛𝚗𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚣 𝚌𝚘𝚗𝚖𝚒𝚐𝚘.”
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  • Manos arriba, ni se te ocurra tomar mis baterías
    *Le apunta con su índice al anónimo que lo visito, listo para darle una descarga o dos (??)*
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  • —Este entorno es una tortura para mis pantorillas y más con tacones...
    A veces extraño Fontaine.
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  • —¿Crees que el bien y el mal son elecciones? O... ¿más bien son solo disfraces que nos ponemos dependiendo de lo que queremos conseguir?
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  • — Estoy viviendo la mejor semana de mi vida con estas vacaciones, ¡y apenas llevamos dos días aquí! La alegría que siento es inmensa, cada momento se vuelve especial con la estupenda compañía con la que me encuentro. No dejo de sonreír, disfrutar y agradecer por lo increíble que está siendo esta experiencia.

    ¡Gracias lobito salvaje [Darkus]!
    — Estoy viviendo la mejor semana de mi vida con estas vacaciones, ¡y apenas llevamos dos días aquí! La alegría que siento es inmensa, cada momento se vuelve especial con la estupenda compañía con la que me encuentro. No dejo de sonreír, disfrutar y agradecer por lo increíble que está siendo esta experiencia. ¡Gracias lobito salvaje [Darkus]!
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  • Estoy tan cansada, creo que podría tomarme unas vacaciones, aunque prefiero las aguas termales para asi poder relajarme.
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