Astoreth permanecía de pie en el centro del antiguo círculo de runas, envuelta en la luz dorada que se filtraba entre las hojas. El suave viento acariciaba su larga melena carmesí mientras sus ojos recorrían las inscripciones con esa curiosidad profunda y serena que siempre la acompañaba. Sus dedos rozaron con lentitud una de las piedras cubiertas de musgo, como si intentara absorber los ecos del tiempo grabados en ellas.
Una sonrisa sutil, casi melancólica, se dibujó en sus labios.
— 𝐶𝑢á𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑢𝑠𝑢𝑟𝑟𝑜𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑠𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑎𝑞𝑢í… —Murmuró para sí misma, con voz suave y pensativa—. 𝐿𝑢𝑔𝑎𝑟𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑚𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑢𝑒𝑟𝑑𝑎𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑜𝑐𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒, 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑎 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑐𝑖𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑙𝑎 𝑐𝑢𝑟𝑖𝑜𝑠𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑠𝑢𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑐ℎ𝑎𝑟𝑙𝑜.
Una sonrisa sutil, casi melancólica, se dibujó en sus labios.
— 𝐶𝑢á𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑢𝑠𝑢𝑟𝑟𝑜𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑠𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑎𝑞𝑢í… —Murmuró para sí misma, con voz suave y pensativa—. 𝐿𝑢𝑔𝑎𝑟𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑚𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑢𝑒𝑟𝑑𝑎𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑜𝑐𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒, 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑎 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑐𝑖𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑙𝑎 𝑐𝑢𝑟𝑖𝑜𝑠𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑠𝑢𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑐ℎ𝑎𝑟𝑙𝑜.
Astoreth permanecía de pie en el centro del antiguo círculo de runas, envuelta en la luz dorada que se filtraba entre las hojas. El suave viento acariciaba su larga melena carmesí mientras sus ojos recorrían las inscripciones con esa curiosidad profunda y serena que siempre la acompañaba. Sus dedos rozaron con lentitud una de las piedras cubiertas de musgo, como si intentara absorber los ecos del tiempo grabados en ellas.
Una sonrisa sutil, casi melancólica, se dibujó en sus labios.
— 𝐶𝑢á𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑢𝑠𝑢𝑟𝑟𝑜𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑠𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑎𝑞𝑢í… —Murmuró para sí misma, con voz suave y pensativa—. 𝐿𝑢𝑔𝑎𝑟𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑚𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑢𝑒𝑟𝑑𝑎𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑜𝑐𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒, 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑎 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑐𝑖𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑙𝑎 𝑐𝑢𝑟𝑖𝑜𝑠𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑠𝑢𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑐ℎ𝑎𝑟𝑙𝑜.