• Oh vestida de esta forma si que hace que lleguen a mi los recuerdos de todo lo vivido en ese palacio helado en Caina
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  • Qué lástima por ti, pero... yo... yo... yo aún no puedo morir aquí. Por eso... ¡ mueres tú!
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  • Debería salir un rato de mi hogar, suficiente estuve aquí... ¿Que habrá de interesante fuera? Quizás debería tener mas experiencias calientes para mis libros, tener... Experiencia en el tema para escribir, aunque con los filmes me satisfago pero seguramente necesite mas

    -Se levantó suspirando, acarició a su doberman guardián de la mansión, tomó su capa y salió sacando un cigarro, la noche era joven decían, pues el quería disfrutarla. Salió de su hogar para dirigirse a la ciudad buscando "victimas" para socializar-
    Debería salir un rato de mi hogar, suficiente estuve aquí... ¿Que habrá de interesante fuera? Quizás debería tener mas experiencias calientes para mis libros, tener... Experiencia en el tema para escribir, aunque con los filmes me satisfago pero seguramente necesite mas -Se levantó suspirando, acarició a su doberman guardián de la mansión, tomó su capa y salió sacando un cigarro, la noche era joven decían, pues el quería disfrutarla. Salió de su hogar para dirigirse a la ciudad buscando "victimas" para socializar-
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  • Vienes por mi, pero no estoy en ninguna parte~
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  • Qué lástima por ti, pero... yo... yo... yo aún no puedo morir aquí. Por eso... ¡ mueres tú!
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  • Mientras no tenga , tu sangre en mis manos .... Mocosa ni el rey de caos podrá protegerte y verás lo que yo siento .... Cada parte de ti .
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  • La mansión de Aurelian Kwon yacía envuelta en la penumbra, como si incluso la noche temiera perturbar la calma del dios del fuego. Afuera, el viento se arrastraba entre los jardines de mármol y las estatuas de antiguos amantes petrificados, pero dentro… sólo reinaba el sonido suave del papel al deslizarse entre sus dedos.

    Una vela solitaria ardía sobre el escritorio de ónix, y su llama —dorada como su cabello— danzaba al ritmo de su respiración. La luz acariciaba su rostro, revelando los destellos carmesí de su mirada, esa mezcla imposible entre deseo y divinidad que pocos podían sostener sin perder el aliento.
    Frente a él, abierto sobre la superficie pulida, reposaba un manuscrito: su más reciente obra, aún oculta del mundo mortal. “El Himno del Cuerpo y del Alma.” Una historia que no solo narraba el encuentro entre dioses y hombres, sino el del fuego con la carne, el del deseo con la eternidad.

    Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, casi cruel, mientras su voz —grave, templada, hipnótica— empezó a recitar lo que había escrito:

    “Y cuando su aliento tocó mi piel, el universo ardió en silencio.
    No había cielo ni infierno, solo el cuerpo… solo el alma…
    y el fuego que los unía.”

    Las palabras parecieron despertar algo antiguo en la habitación. El aire se volvió cálido, la vela se alzó como si respondiera a su creador, y el resplandor del fuego empezó a dibujar formas —silhuetas efímeras de cuerpos entrelazados, besos que se disolvían en humo dorado.

    Aurelian observó su propia creación manifestarse ante él. No era magia, ni ilusión. Era la consecuencia natural de su poder. Todo lo que él imaginaba… ardía con vida.

    Se recostó en el sillón de cuero oscuro, dejando que el silencio se llenara de respiraciones ajenas, ecos de pasión que solo los dioses podían soportar. Cerró el manuscrito lentamente, dejando reposar su mano sobre la tapa, como si temiera liberar otra tormenta de fuego.

    —Ningún mortal está listo para esto aún —murmuró, su voz profunda rompiendo la quietud—. Ni siquiera los dioses deberían leerme cuando ardo.

    La llama titiló, como si lo desafiara. Y por un instante, en sus ojos dorados, se encendió un brillo nuevo: el del creador que no teme al pecado… porque él mismo es la tentación hecha carne.

    En algún rincón del cuarto, la oscuridad susurró su nombre —como si el propio deseo lo reclamara.
    Aurelian sonrió.
    Sabía que pronto, cuando la luna se rindiera al sol, el mundo entero conocería su obra… y ardería con ella.
    La mansión de Aurelian Kwon yacía envuelta en la penumbra, como si incluso la noche temiera perturbar la calma del dios del fuego. Afuera, el viento se arrastraba entre los jardines de mármol y las estatuas de antiguos amantes petrificados, pero dentro… sólo reinaba el sonido suave del papel al deslizarse entre sus dedos. Una vela solitaria ardía sobre el escritorio de ónix, y su llama —dorada como su cabello— danzaba al ritmo de su respiración. La luz acariciaba su rostro, revelando los destellos carmesí de su mirada, esa mezcla imposible entre deseo y divinidad que pocos podían sostener sin perder el aliento. Frente a él, abierto sobre la superficie pulida, reposaba un manuscrito: su más reciente obra, aún oculta del mundo mortal. “El Himno del Cuerpo y del Alma.” Una historia que no solo narraba el encuentro entre dioses y hombres, sino el del fuego con la carne, el del deseo con la eternidad. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, casi cruel, mientras su voz —grave, templada, hipnótica— empezó a recitar lo que había escrito: “Y cuando su aliento tocó mi piel, el universo ardió en silencio. No había cielo ni infierno, solo el cuerpo… solo el alma… y el fuego que los unía.” Las palabras parecieron despertar algo antiguo en la habitación. El aire se volvió cálido, la vela se alzó como si respondiera a su creador, y el resplandor del fuego empezó a dibujar formas —silhuetas efímeras de cuerpos entrelazados, besos que se disolvían en humo dorado. Aurelian observó su propia creación manifestarse ante él. No era magia, ni ilusión. Era la consecuencia natural de su poder. Todo lo que él imaginaba… ardía con vida. Se recostó en el sillón de cuero oscuro, dejando que el silencio se llenara de respiraciones ajenas, ecos de pasión que solo los dioses podían soportar. Cerró el manuscrito lentamente, dejando reposar su mano sobre la tapa, como si temiera liberar otra tormenta de fuego. —Ningún mortal está listo para esto aún —murmuró, su voz profunda rompiendo la quietud—. Ni siquiera los dioses deberían leerme cuando ardo. La llama titiló, como si lo desafiara. Y por un instante, en sus ojos dorados, se encendió un brillo nuevo: el del creador que no teme al pecado… porque él mismo es la tentación hecha carne. En algún rincón del cuarto, la oscuridad susurró su nombre —como si el propio deseo lo reclamara. Aurelian sonrió. Sabía que pronto, cuando la luna se rindiera al sol, el mundo entero conocería su obra… y ardería con ella.
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  • Si , no puedo tener la sangre ni la vida de esa mocosa en mis manos , are sufrir poco a poco será su castigo .

    -rompienso y tirado todo por su ira -

    Hasta que sienta lo que yo estoy sintiendo, la irá que está mi
    Si , no puedo tener la sangre ni la vida de esa mocosa en mis manos , are sufrir poco a poco será su castigo . -rompienso y tirado todo por su ira - Hasta que sienta lo que yo estoy sintiendo, la irá que está mi
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  • Ambas: si nos hubieran puesto con esas caras, seríamos protagonistas del llamado "Valle inquietante"
    Ambas: si nos hubieran puesto con esas caras, seríamos protagonistas del llamado "Valle inquietante"
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  • 𝘈𝘶𝘳𝘦𝘭𝘪𝘢𝘯 𝘒𝘸𝘰𝘯: 𝘌𝘭 𝘋𝘪𝘰𝘴 𝘘𝘶𝘦 𝘈𝘳𝘥𝘦 𝘌𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘓𝘪𝘯𝘦𝘢𝘴
    El 21 de junio, día en que el sol alcanzó su punto más alto sobre los cielos del panteón, las campanas de la creación resonaron como un canto antiguo que sólo los dioses podían entender. Ese día, Aurelian Kwon nació entre un estallido de luz y fuego, una aurora que no anunciaba el amanecer, sino el nacimiento de un nuevo astro entre...
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