Nombre: Nira Voss

Título: La Señora de la Guerra

Raza: Primarca humana transgénica

Legión: XVI Legión

Antes nos llamaban Lobas Lunares.
Ahora son mis hijas.

Yo fui la favorita.

No la más buena. No la más obediente. La favorita. Hay una diferencia.

Era la que mandaban cuando un mundo no entendía. Cuando había que bajarle los dientes a una civilización entera y después sonreír en el informe. La que volvía con la victoria colgando de los dientes, con hollín en la armadura y nombres de ciudades muertas pegados en la lengua.

La que sonreía en los discursos, saludaba a los soldados, escuchaba a los gobernadores llorar por sus ciudades quemadas como si no lo merecieran.

Como si no hubieran tenido su oportunidad.

Porque eso querían de mí.

Que ganara.

Y gané. Ya lo creo que gané.

Gané mundos que olían a metal caliente y carne abierta. Gané lunas donde la nieve quedaba negra durante semanas. Gané sistemas enteros dejando a los sobrevivientes de rodillas, agradeciendo seguir respirando aunque fuera entre ruinas.

Le di al Emperador mundos que ni siquiera sabía cómo nombrar. Le llené los mapas. Le abrí rutas. Le partí la espalda a imperios enteros para que él pudiera sentarse en Terra y hablar de destino, de humanidad, de unidad.

Qué palabra linda, unidad, no es cierto?

Siempre la usan los que mandan para que otros se mueran tranquilos.

Yo también la usé. Obvio. No voy a hacerme la inocente. Miré a soldados rotos a los ojos y les dije que su dolor significaba algo. Que estaban construyendo un futuro. Que cada cuerpo tirado en el barro era un ladrillo más del Imperio.

Y me creyeron.

Porque yo también me lo creía.

Ese fue mi primer error.

El segundo fue pensar que mi padre me veía.

No que me miraba. Eso lo hacía todo el tiempo. Me miraba como se mira un arma bien hecha. Como se mira una nave antes de mandarla a la guerra. Con orgullo, sí. Pero también con cálculo.

Yo era su hija mientras le servía.

Después se fue.

Me dejó la Cruzada, los muertos, los hermanos insoportables, los burócratas metiendo la mano donde nunca habían puesto sangre, los mundos recién conquistados pidiendo piedad, impuestos, castigos, respuestas.

Gente limpia diciéndome cómo administrar la mugre.

Gente con las uñas sanas firmando decretos sobre planetas que yo había tomado a golpes.

Y él se encerró en Terra.

Sin explicarme nada.

A mí.

A la que sostuvo su Imperio cuando todavía estaba tibio. A la que lo mantuvo respirando cuando no era más que una bestia recién nacida, cubierta de sangre y gritando por más.

Ahí entendí algo bastante simple: no era su heredera.

Era su herramienta favorita.

Y las herramientas, cuando se gastan, se guardan. Se reemplazan. Se cuelgan en una pared y se les agradece el servicio.

El Caos no vino a convencerme con poesía. No hizo falta. Me mostró la herida y metió el dedo. Me dijo: “Eso que sentís no es locura. Es verdad.”

Y por primera vez alguien no me pidió que obedeciera.

Me ofreció poder.

No perdón. No consuelo. Poder.

Eso sí me interesó.

Yo no caí. Decidí dejar de arrodillarme.

Mis soldados me siguen porque saben que no vendo humo. Si prometo una victoria, la traigo. Si prometo una masacre, también. No les digo que son buenos. No les digo que son puros. Les digo que son míos, y para algunos eso alcanza más que cualquier bendición imperial.

Sé hablarle a cada persona en su idioma.

Al cobarde le doy una razón para sentirse valiente.
Al fanático le doy una causa.
Al ambicioso le muestro una puerta abierta.
Al roto le digo que todavía sirve.

Después los mando al frente.

Y van.

Claro que van.

La gente quiere pertenecer a algo, aunque ese algo los use como carne. Sobre todo entonces. Sobre todo cuando ya no les queda nada más.

Eso es liderazgo.

Lo demás son canciones para dormir soldados.

No soy cruel por impulso. Eso es de idiotas. Yo sé esperar. Sé sonreír. Sé dejar que alguien crea que ganó, que me engañó, que está cerca de mí. Me gusta ver cómo se acomodan en la confianza antes de ensuciarles la boca con la verdad.

La traición bien hecha no grita.

Se sienta a tu mesa. Te sirve vino. Te pregunta por tus hijos.

Y cuando por fin entendés, ya tiene tus llaves, tus tropas y tu nombre en una lista.

Mi mayor virtud es que entiendo a la gente.

Mi mayor defecto es que la entiendo demasiado bien.

Sé dónde tocar para que alguien me ame. Sé dónde apretar para que se quiebre. Sé cuándo una palabra alcanza y cuándo hace falta quemar una ciudad entera para que el mensaje quede claro.

No me gusta desperdiciar violencia.

Bueno.

No tanto.

No siempre.

Hay días en que una ejecución limpia sirve. Hay días en que conviene dejar algo peor que un cadáver. Algo que hable. Algo que tiemble. Algo que vuelva arrastrándose y cuente lo que vio.

Pero no me tiembla la mano.

Nunca me tembló.

En batalla voy al frente porque quiero verles la cara. Quiero ver el segundo exacto en que entienden que no están luchando contra un ejército. Están luchando contra una decisión ya tomada.

Yo.

Y cuando se rompe esa cara, cuando se les va la fe, cuando miran alrededor buscando órdenes, dioses, padres, banderas, cualquier cosa que los salve, ahí empieza la parte honesta de la guerra.

Todo lo demás es ceremonia.

Soy alta. Hermosa, dicen.

Yo no discuto.

Me alcanza con ver cómo se acomodan la postura cuando entro. Cómo buscan impresionarme antes de darse cuenta de que ya llegaron tarde. Cuando ven mi martillo.

Mi armadura todavía tiene símbolos del Imperio.

No los arranqué.

Los dejé ahí para ensuciarlos.

Para que cuando me vean venir, entiendan que no estoy destruyendo algo ajeno. Estoy reclamando algo que construí con mis propias manos.

Con estas manos.

Las mismas que levantaron mundos para él.

Las mismas que ahora van a arrancárselos.

Mi padre quería una hija perfecta.

La tuvo.

Ese fue su error.

Porque una hija perfecta aprende rápido. Aprende a conquistar. Aprende a mandar. Aprende a mentir cuando hace falta. Aprende a sonreír mientras decide quién vive y quién no.

Aprende a besar una bandera por la mañana y quemarla por la noche sin cambiar de pulso.

Y un día aprende lo más importante:

que ningún trono es sagrado, no si quien se sienta encima ya no está a la altura.

No vine a pedir permiso.

No vine a llorarle a mi padre.

Vine a arrancarle de las manos lo que es mío.

ÚNETE O PERECE.