El asfalto de la autopista M11 ardía, no por el sol, sino por la furia de los blindados que perseguían al convoy robado. Maral, con la mirada fija en el horizonte, comprendió que recuperar los archivos no era suficiente. Si querían que los traidores salieran de sus madrigueras, debían ofrecerles el trofeo más grande de todos: su propia vida.
—Gregor, frena —ordenó Maral, su voz era un filo de navaja—. Si recuperamos el convoy ahora, las seis familias que financiaron este golpe se esconderán. Necesitan creer que han ganado. Necesitan creer que la L’vitsa ha caído.
Gregor, el veterano de mil batallas, la miró por el retrovisor. Entendió el plan antes de que ella terminara de explicarlo. Era una apuesta suicida, una jugada de ajedrez donde la reina se sacrificaba para dar el jaque mate final.
—No habrá vuelta atrás, jefa —advirtió Gregor—. Para que el mundo lo crea, incluso sus padres deben llorarla. El dolor de los Romanov debe ser real para que el enemigo se confíe.
Horas después, en la mansión principal, el silencio era sepulcral. Gregor entró al despacho donde Mikhail, el Patriarca de la Bratva, y Sasha esperaban noticias. Gregor estaba con la ropa desgarrada y el rostro cubierto de hollín. Sus manos temblaban de forma ensayada mientras depositaba un objeto sobre la mesa de caoba: el collar de la familia Romanov, manchado de sangre y con el cierre roto.
—No hubo cuerpo —dijo Gregor, su voz quebrada—. El convoy estalló en el puente. La onda expansiva la lanzó al río. Solo encontramos esto enganchado en el metal retorcido.
El grito de Sasha fue un desgarro que heló la sangre de los guardias, mientras que el silencio gélido de Mikhail, el padre de Maral, fue más aterrador que cualquier explosión. La noticia se filtró en minutos, corriendo como pólvora por los canales encriptados del inframundo criminal.
El Despertar de las Hienas y la Carnicería
Creyendo que la heredera de los Romanov era comida para los peces, las seis mafias traidoras abandonaron las sombras. Se reunieron en un complejo industrial fortificado en las afueras de Moscú para repartirse el botín y celebrar el fin del reinado Romanov: los Karachi, los Padrinos de la Noche, Sam Cud, PSP, Moros y El Morant Bay.
Risas y brindis con vodka caro resonaban en el hangar. Creían que Mikhail y Sasha estaban demasiado hundidos en el luto para defenderse. Pero, desde las vigas superiores del almacén, la muerte los observaba.
La luz del hangar parpadeó y se extinguió. El silencio fue absoluto, interrumpido solo por el sonido metálico de un seguro de granada cayendo al suelo.
—¿Escuchan eso? —susurró el líder de los Karachi, desenfundando su arma.
Una voz surgió de la oscuridad, gélida y cargada de una autoridad sobrenatural:
—Es el sonido de sus testamentos siendo redactados.
Maral emergió de las sombras. Sus ojos, de aquel rojo natural intenso y prohibido, brillaban con una intensidad eléctrica en medio de la penumbra. Quería que lo último que vieran fuera su rostro. Gregor y sus "Lobos de Hierro" cayeron desde los techos, ejecutando a los guardias con una precisión quirúrgica.
La batalla fue una carnicería. Los Moros intentaron cargar con su fuerza bruta, pero Maral se movió como un espectro, cortando tendones y gargantas con una eficiencia mecánica. Los griegos y los eslovenos cayeron bajo el fuego cruzado mientras intentaban alcanzar sus vehículos. Maral se detuvo frente al líder de los Sam Cud, quien temblaba mientras intentaba recargar su arma, y lo ejecutó sin piedad.
Al final de la noche, el hangar era un cementerio de traidores. Los archivos habían sido recuperados y el convoy estaba nuevamente bajo control.
El Precio de la Venganza y el Final
Maral salió del complejo en llamas, con el olor a pólvora y sangre impregnado en su ropa táctico. Sus botas aplastaban los escombros mientras caminaba hacia la oscuridad de la noche moscovita.
Se detuvo y miró hacia el cielo estrellado y gélido.
—Vladimir —susurró, su voz apenas un hilo, pero cargada de una emoción contenida—. Lo he hecho. Los he borrado a todos. He vengado tu muerte. La deuda está saldada. Terminé.
Una extraña ligereza la invadió al pronunciar esas palabras, un alivio que, sin embargo, trajo consigo una debilidad repentina. Maral intentó dar un paso, pero sus piernas flaquearon. Al bajar la mirada hacia su torso, notó que su guante negro se había vuelto pegajoso. Se llevó la mano al costado derecho de su equipo táctico y la sintió húmeda.
Al retirarla y mirarla bajo la luz distante de un farol, vio que estaba empapada de un rojo carmesí. ¿Cuándo había pasado? ¿Cuál de ellos había logrado alcanzarla? En medio del frenesí de la batalla, no había sentido el dolor, eclipsado por la adrenalina y la furia. Pero ahora, con la victoria asegurada, su cuerpo reclamaba el daño.
Un mareo súbito le robó el equilibrio. El cielo estrellado y el complejo en llamas se fusionaron en un remolino. Maral sintió que el suelo se acercaba rápidamente. Cayó de rodillas y luego de lado sobre el asfalto frío, perdiendo el conocimiento. Lo último que vieron sus ojos antes de que el mundo se volviera negro fue la figura de Gregor corriendo hacia ella, con el rostro desencajado por el pánico.