La lluvia no lavaba nada, solo convertía la sangre en barro más espeso. Allí estaba él, de pie entre los muertos. Un enorme sujeto acorazado con una lanza rota aún clavada en el abdomen. La punta asomaba por su espalda.

Con manos temblorosas de rabia más que de dolor, se arrancó el hierro. Un chorro negro brotó de la herida, no era solo sangre, había algo más. Algo que se movía bajo su piel como gusanos gruesos. Quitó un pedazo de metal roto e intentó abrir su piel para sacarlos, pero no había nada.


El Verdadero Origen


No fue una guerra cualquiera la que destruyó Vallenegro. Su familia no era de simples campesinos. Eran los últimos custodios de un culto antiguo, prohibido incluso en las Tierras Marchitas. Adoraban a Vyrn, no un dios de la guerra honorable, sino una entidad sin nombre real, una cosa vieja, hambrienta y parasitaria que se alimentaba de dolor y violencia.
Desde que Siegmeyer tenía cinco años, sus padres y tíos lo usaron en rituales. Lo cortaban. Lo quemaban. Lo ataban a piedras frías mientras cantaban para que Vyrn entrara en él. Decían que era un honor. Decían que sería el recipiente perfecto. El niño que nunca moriría.
Le marcaban la piel con hierro caliente. Le abrían el pecho y vertían sangre negra dentro. Cada vez que gritaba, su padre le susurraba.
—Calla. Está creciendo dentro de ti.
A los catorce años, la cosa ya estaba completamente despierta.
La noche del ataque, cuando los señores feudales arrasaron el pueblo, no fue casualidad. Alguien había traicionado al culto. Mientras mataban a su familia, Siegmeyer vio a su propio padre, agonizante, ssonriendo y con su último aliento.
—Ahora… es todo tuyo. —
Fue entonces cuando la voz habló por primera vez. Era eso, la cosa que habían metido dentro de él durante años.
«Levántate. No te dejaré morir. Eres mío.»
Lo mataron esa noche. Varias veces. Lo apuñalaron, lo violaron, le rompieron el cráneo.
Y cada vez que su corazón dejaba de latir, la cosa lo arrastraba de vuelta. Despacio. Dolorosamente. Regenerando carne, hueso y nervios mientras él suplicaba en silencio que lo dejaran ir.
Al amanecer, Siegmeyer despertó solo. Cubierto de moscas. Con la espada de un soldado muerto en la mano y algo moviéndose bajo sus costillas como un segundo corazón podrido.