La mañana siguiente en la residencia Romanov transcurrió bajo una luz pálida y fría que se filtraba por los ventanales del comedor. El aroma a café fuerte y pan tostado llenaba el aire, pero la atmósfera seguía cargada con los restos de la tempestad de la noche anterior.

Sasha y Mikhail ya estaban sentados a la mesa. Él leía los informes matutinos en su tableta, mientras ella revolvía su té con una elegancia mecánica, la mirada perdida en el jardín cubierto de escarcha. No se habían dirigido la palabra desde que despertaron.

Cuando Maral entró, el eco de sus pasos firmes rompió el silencio. Se sentó a la cabecera, la posición que le correspondía como líder, y observó a sus padres. Mikhail le dedicó un asentimiento respetuoso; Sasha, en cambio, mantenía una rigidez defensiva en los hombros.

—Dormiste poco —observó Mikhail, notando el brillo agudo en los ojos de su hija.

—Lo necesario, papá —respondió Maral, sirviéndose un poco de fruta—. Estuve pensando en lo que hablamos durante la cena

Sasha dejó la cuchara de plata con un tintineo seco contra la porcelana.

—Si viniste a decirme que deje de interferir en tu vida, ahórrate el aliento delante de tu padre. Ya quedó claro que él te da la razón en todo —dijo Sasha, lanzando una mirada de soslayo a Mikhail que todavía quemaba de reproche.

Mikhail suspiró, dejando la tableta a un lado.

—Sasha, por favor. Es temprano para reabrir esa herida.

—La herida está abierta desde que Vladimir no está, Mikhail —replicó ella, su voz ganando esa intensidad peligrosa—. Y se hará más profunda si seguimos ignorando el futuro.

Maral observó cómo sus padres se tensaban, el uno contra el otro, en ese baile de poder y dolor que los definía. Eran dos fuerzas de la naturaleza que, a pesar de los años, aún no sabían cómo rendirse.

—Mamá —interrumpió Maral con una calma que hizo que ambos se detuvieran—. Tienes razón.

El silencio que siguió fue absoluto. Sasha parpadeó, desconcertada, con la réplica mordaz muriendo en sus labios. Mikhail arqueó una ceja, visiblemente sorprendido.

—¿Qué has dicho? —preguntó Sasha en un susurro.

—Que tienes razón —repitió Maral, mirando fijamente a su madre—. El linaje Romanov no termina conmigo. Vladimir quería una familia, quería ver a los hijos de esta casa correr por los pasillos. Él no puede hacerlo, pero yo sí.

Sasha sintió que el aire regresaba a sus pulmones de golpe. Sus ojos se humedecieron, pero mantuvo la compostura. Mikhail, por su parte, buscó la mirada de su hija, tratando de descifrar el costo de esa decisión.

—Sin embargo —continuó Maral, elevando la voz para que no hubiera dudas—, no aceptaré a ninguno de los candidatos que tienes en tu lista. No quiero a un Volkov, ni a un títere que crea que puede cogobernar conmigo. Yo elegiré al hombre.

Mikhail sonrió de lado, una chispa de orgullo cruzando su rostro.

—Te lo dije, Sasha. El halcón vuela solo, pero sabe cuándo regresar al nido.

Sasha ignoró el comentario de su esposo, extendiendo su mano sobre la mesa para tocar la de Maral.

—¿Tienes a alguien en mente?

—Todavía no —admitió Maral, apretando con suavidad la mano de su madre—. Pero buscaré a alguien que sea lo suficientemente hombre para caminar a mi sombra, no delante de ella. Alguien que entienda que mi prioridad es la Bratva, pero que mi sangre es de ustedes.

Mikhail tomó un sorbo de café, sintiendo que la tensión en su espalda finalmente cedía. Miró a su esposa, cuya expresión se había suavizado por primera vez en meses.

—Bueno —dijo Mikhail con un toque de su antigua ironía—, parece que la casa Romanov tendrá una boda después de todo. Sasha, espero que esto sea suficiente para que dejes de decir que soy un cobarde antes de dormir.

Sasha le lanzó una mirada fulminante, pero esta vez había un rastro de afecto en ella.

—Solo si el candidato está a la altura, Mikhail. Si no, volveremos a discutirlo en la cena.

Maral observó a sus padres volver a su dinámica habitual. Por un momento, el fantasma de Vladimir no se sintió como una carga, sino como una bendición que le permitía sanar a los que se habían quedado.