El rastro de cenizas del funeral de Vladimir aún manchaba la nieve fresca en las afueras de Moscú, pero en el corazón del territorio Romanov, el luto ya se había transformado en acero fío.

Maral Romanov no ocupaba la silla principal en la gran mesa de roble de la oficina de su padre, pero la atmósfera en la habitación dejaba claro quién sostenía las riendas del poder operativo. La luz de la luna se filtraba por los ventanales blindados, iluminando solo la mitad de su rostro, acentuando la línea dura de su mandíbula. Sobre el escritorio, mapas satelitales, rutas de suministro y perfiles financieros formaban un rompecabezas de guerra. Ella no estaba revisando papeles; estaba orquestando una sinfonía de destrucción.

Su gente —los "Volki" (Lobos), la facción más joven y despiadada de la Bratva que ella misma había entrenado— ya estaba en movimiento. Las órdenes eran claras: silencio absoluto, vigilancia total.

Un golpe seco en la puerta interrumpió el silencio.

— Adelante —dijo Maral, sin levantar la vista de un mapa de los muelles de San Petersburgo.

Entró Gregor, su mano derecha, un hombre cuya lealtad a Maral superaba incluso su miedo a la muerte. Llevaba una carpeta de manila gruesa, atada con un cordel rojo. Sus pasos eran pesados, cargados con el peso de la información que traía.

Knyazhna (Princesa) —dijo Gregor, usando el título con un respeto reverente—. Los analistas han terminado. No hay dudas.

Lentamente, Maral levantó la vista. Sus ojos brillaban con un frío glacial. Extendió la mano.

Gregor colocó la carpeta sobre el escritorio y la abrió. La primera página era una fotografía de vigilancia, granulada pero inconfundible.

— Son ellos —dijo Gregor, su voz temblando ligeramente por la ira contenida—. Los Zíngaros.

Maral sintió un pinchazo de desprecio visceral. Los Zíngaros, un clan nómada y escurridizo que la Bratva a menudo había utilizado como contrabandistas desechables, pero que nunca había considerado rivales. Verlos mencionados como los arquitectos de la muerte de Vladimir era un insulto doble.

— No actuaron solos, por supuesto —continuó Gregor, pasando la página—. El rastreo de dinero y comunicaciones nos llevó a La Pirámide, pero se cree que solo son algunos de la misma, el conglomerado que controla las rutas de droga y armas en el Cáucaso. Se han aliado con ellos. Los Zíngaros fueron la mano ejecutable; La Pirámide fue el cerebro. Traición desde dentro de su propia red.

Maral se inclinó hacia adelante, deslizando las fotografías. Había registros de transferencias bancarias encriptadas y grabaciones de audio interceptadas.

— Pero hay más —dijo Gregor, su tono volviéndose grave—. La Pirámide no se habría atrevido si no hubieran tenido una red de seguridad. Mira esto.

Hizo zoom en una foto. Mostraba a un líder zíngaro, un hombre conocido como 'El Cuervo', estrechando la mano de un oficial ruso uniformado. Maral reconoció el uniforme de inmediato: militares de alto rango del Ministerio del Interior.

— Se han aliado con el gobierno —murmuró Maral, sus dedos acariciando el borde de una fotografía como si fuera el cuello de una víctima—. No solo nos traicionaron por ambición; nos traicionaron por impunidad. Creían que los uniformes los protegerían de nuestra ira.

En ese momento, la puerta de la oficina se abrió de nuevo. Su padre, Mikhail, y su madre, Sasha, entraron, seguidos por los otros capitanes de la Bratva. Sus rostros eran máscaras de determinación sombría. La noticia se había extendido.

Mikhail se acercó al escritorio y miró los documentos.

— ¿Son ellos? —preguntó, su voz un trueno contenido.

— Sí, padre —respondió Maral, cerrando la carpeta con fuerza—. Los Zíngaros, La Pirámide, y sus nuevos perros con uniforme militar.

Sasha se acercó a su hija y puso una mano sobre su hombro. El dolor seguía ahí, pero la rabia de una madre era un motor imparable.

— Entonces, ¿cuándo golpeamos? —preguntó Sasha—. Sangre por sangre.

Maral miró a su madre, luego a su padre, y finalmente a los capitanes que esperaban sus órdenes. Una sonrisa fría y depredadora se dibujó en sus labios.

— No —dijo Maral, su voz suave pero llena de veneno—. Un golpe directo es lo que esperan. Se sienten seguros detrás de sus muros y sus leyes. Creen que somos animales que morderán el anzuelo.

Se puso de pie y se acercó al gran mapa en la pared.

— El golpe final vendrá cuando menos lo esperen, cuando crean que han ganado —continuó, señalando un punto en el mapa que representaba el campamento principal de los Zíngaros cerca de la frontera—. Pero antes de cortar la cabeza de la serpiente, tenemos que asegurarnos de que no pueda arrastrarse.

Maral se giró hacia su gente, sus ojos recorriendo la habitación.

— Nuestro primer movimiento no será un asesinato. Será un mensaje. El miedo es más poderoso que la bala si se usa correctamente. Gregor, prepara a los Volki. No usaremos armas. Usaremos fuego.

Gregor asintió, una sonrisa maliciosa apareciendo en su rostro.

— Vamos a quemar sus suministros —dijo Maral—. Sus camiones, sus almacenes de contrabando, sus rutas de escape. Todo. No los mataremos... todavía. Los dejaremos en la ruina, aislados y aterrorizados. Y lo haremos de tal manera que La Pirámide y sus amigos militares duden de si vale la pena proteger a unos gitanos que no pueden protegerse a sí mismos.

Hizo una pausa, asegurándose de que cada palabra se hundiera en la mente de sus oyentes.

— Cuando los hayamos desnudado, cuando estén tiritando de miedo en la oscuridad, entonces, y solo entonces, iremos por ellos. Y esa noche, el humo de su carne se unirá al de Vladimir, para que él sepa que su hermana ha cobrado la deuda.

El aire en la habitación estaba cargado de una energía violenta. Los capitanes asintieron en silencio, listos para ejecutar el plan de la Leona. La guerra por Vladimir había comenzado.