Nota: Los títulos celestes y azules llevan a un Ost de Youtube (para una mejor experiencia), para que el ost cargue en una pestaña aparte, haga Ctrl+seleccionar el texto. Gracias por leer uwuwuwuwuwuwu.

Caelum World Theme

El mundo de Caelum tenía un cielo demasiado hermoso para albergar monstruos.

Las nubes flotaban en capas largas y delgadas, teñidas por reflejos dorados que parecían moverse con voluntad propia. Abajo, la tierra estaba compuesta por grandes llanuras elevadas, riscos blancos y ruinas viejas cubiertas de vegetación azulada. Todo daba la impresión de pertenecer a un cuento antiguo, uno de esos donde los héroes llegaban a matar bestias y luego se marchaban antes de que el paisaje volviera a fingir inocencia.


Kai Izanagi no se dejó engañar por la estética.

De pie sobre una formación rocosa, observó cómo tres criaturas de gran tamaño emergían de entre las ruinas, arrastrando garras y colas espinosas sobre la piedra. Sus cuerpos recordaban a una mezcla desagradable entre felino y reptil, cubiertos por placas oscuras y atravesados por vetas de Energía Prima que latían como venas expuestas. Una de ellas levantó la cabeza y dejó escapar un chillido agudo, suficiente para espantar una bandada de aves cristalinas que descansaba en los arcos derruidos.


Kai giró apenas la espada en su mano, la legendaria Sen Kaishi.


El cabello rojizo se agitó con el viento de altura, y sus ojos, afilados, se clavaron en el monstruo central con esa calma propia de alguien que ya había visto demasiadas cosas morir frente a él como para desperdiciar energía en dramatismo. Era después de todo, uno de los mejores soldados de The Order.

—Bueno —dijo, con una serenidad casi ofensiva—. Ahí están.


A su derecha, Hævner soltó un bufido.

Todavía joven, pero ya con ese aire de quien parecía pensar demasiado incluso cuando estaba en silencio, mantenía una postura recta, casi impecable. Su arma descansaba baja, lista, mientras sus ojos analizaban distancias y trayectorias con fría rapidez.


—Tres al frente —informó—. Dos más detrás de la estructura quebrada. Uno de ellos está herido.

Exael, al otro lado, sonrió con ese tipo de sonrisa que no nacía de la alegría, sino del gusto por el combate bien ejecutado.


—Entonces yo voy por el herido —dijo—. Siempre es divertido ver cuánto tarda uno moribundo en entender que ya perdió.

—Qué amable —murmuró Cel, avanzando unos pasos por delante de ellos.

Su voz arrastraba la misma dureza de siempre, esa cualidad de acero pulido que hacía que incluso una frase simple sonara como una orden velada. Miró a Kai de reojo.


—No hagas estupideces por intentar terminar rápido.

Concéntrate en la misión

Kai no apartó la vista del frente, como si no le importara en lo más mínimo la dureza de Cel, conocía demasiado bien a este tipo como para siquiera tomarse la molestia de aparentar que se lo tomaba en serio. Sin despreciarlo realmente, simplemente, no se dejaba por él.

—¿Y si prometo hacerlas con técnica? Te comportas como un anciano, Celest.

Cel ni siquiera cambió la expresión. Eran prácticamente dos extremos diferentes, pero ya estaba acostumbrado a Kai como para intentar discutirle sobre mantener la compostura, o aparentar profesionalismo, seria esfuerzo perdido.

—Serían estupideces técnicamente correctas.

Exael soltó una risa breve.

Hævner, en cambio, ya se había adelantado un poco, ajustando el agarre de su arma.

—¿Vamos a seguir conversando o pensamos matar eso antes de que decida venir a saludarnos?

La criatura central rugió.

Eso bastó.

Kai descendió primero.

Su movimiento fue limpio, sin ceremonia. Saltó desde la roca y cayó de lleno sobre el monstruo más cercano, dejando que la gravedad y la Energía Prima en sus piernas hicieran el resto. El filo de su espada bajó en vertical y atravesó una de las placas del cuello. El cuerpo de la bestia se sacudió con violencia, emitiendo un sonido húmedo antes de desplomarse.

Apenas tocó el suelo, Kai ya estaba girando.

La segunda criatura intentó alcanzarlo con una zarpada lateral. Él la vio venir, retrocedió medio paso y respondió con un corte horizontal que abrió el vientre de la bestia con una precisión casi molesta. No hubo derroche de energía. No lo necesitaba.

En el otro flanco, Hævner enfrentó a la tercera con una eficiencia más fría, casi matemática. No peleaba como alguien que disfrutara del combate, sino como quien resuelve una ecuación desagradable que debe quedar correcta a la primera. Esquivó una embestida, atacó la articulación delantera, obligó al monstruo a perder el equilibrio y remató con una estocada exacta al cráneo.

Exael hizo justo lo contrario.

Su estilo tenía una crudeza juguetona, una elasticidad extraña, casi insolente. Se lanzó contra la criatura herida como si estuviera entrando a una danza privada, usando el impulso del monstruo en su contra y partiendo sus defensas en una secuencia rápida y sucia. El remate llegó con un giro de torso y un tajo ascendente que dejó la cabeza apenas sostenida por tendones.

Cel fue el último en moverse y, aun así, el que menos pareció esforzarse.

Avanzó con esa economía de gestos que solo tienen los caballeros de The Order. El monstruo que quedaba, oculto entre los restos de la estructura, trató de sorprenderlo desde un ángulo ciego.

No funcionó.

Cel giró sobre su eje y le hundió la espada en la boca antes de que terminara de abrirla. Luego, con un movimiento seco, la retiró y dejó que el cuerpo muerto cayera a sus pies.

El silencio volvió a Caelum con una rapidez casi grosera.

Kai limpió la hoja en el lomo de la bestia más cercana y exhaló lentamente.

—Misión sencilla, dijeron.

—Lo fue —respondió Cel.

—Sí, para nosotros —replicó Kai, mirando el desastre de cuerpos.

Exael clavó la punta de su arma en el suelo y sonrió de lado.

—Siempre es bueno que un mundo recuerde quién manda cuando aparecen bichos demasiado feos.

—Frase innecesaria —comentó Hævner.

—Tu existencia también y aquí estamos —respondió Exael.

Antes de que Cel decidiera callarlos a ambos por agotamiento, una nueva presencia aterrizó sobre una roca cercana con la ligereza de alguien demasiado hábil para su edad.

Okibame descendió con una sonrisa franca en el rostro.

Era un hombre de edad avanzada, eso saltaba a la vista. Pero decir solo eso sería injusto. Había en su postura una fuerza antigua, compacta, una dignidad de veterano que no necesitaba exhibirse para imponer respeto. Sus ojos, vivos e inteligentes, recorrieron el campo de batalla con la rapidez de un maestro que estaba evaluando no solo el resultado, sino cada decisión que llevó a él.


Aplaudió una sola vez, suave.

—Nada mal —dijo—. Ninguno murió, ninguno dejó que le arranquen una pierna y Kai solo hizo una estupidez a medias. Considerándolo todo, fue una misión muy exitosa.

Kai levantó una ceja.

—Qué generoso.

Okibame sonrió más. Acostumbrado a los “infantes revoltosos” que conocía desde que eran solo unos simples críos, Kai era uno de esos, y la verdad, aun en su adultez, el anciano maestro no dejaba de verlo como ese muchacho que tanto anhelaba ser un héroe de la justicia.

—Tú siempre me inspiras generosidad. Principalmente porque me recuerdas lo cansado que sería seguir educándote si te dejaran inválido.

Cel soltó un resoplido mínimo, que en él contaba casi como una risa.

Okibame bajó de la roca y caminó entre ellos, observando heridas, respiración, postura.

—Hævner —dijo, sin detenerse—. Correcto como siempre. Todavía demasiado rígido. Exael, eficiente, pero sigues disfrutando demasiado cuando algo sangra. Cel… no sé si felicitarte o recordarte que no todo se resuelve con esa cara de funeral elegante.

Entonces se detuvo frente a Kai.

Lo miró un momento más largo.

—Y tú —dijo al fin—. Muy buen control. Muy buena lectura del campo. Pero en la segunda bestia volviste a entrar con el hombro adelantado. Si eso no hubiera sido una criatura de quinta, ya te estarían cosiendo costillas.

Kai inclinó un poco la cabeza, aceptando el comentario sin discutir.

—Lo sé.

—Bien —Okibame sonrió—. Eso me ahorra media hora de sermón.

 

Hombre de familia.

Familia Izanagi

La misión terminó poco después, con la formalidad acostumbrada: limpieza mínima, confirmación de la zona segura, reporte de actividad residual. Pero para Kai, el verdadero final llegó cuando regresó a casa y la vio.

Eimi Izanami estaba esperándolo junto a uno de los corredores exteriores, apoyada en una columna con una paciencia que solo existía porque lo conocía demasiado bien.


Kai la reconoció a la distancia incluso antes de verle el rostro completo. Había cosas que el cuerpo aprendía a detectar por su cuenta: la forma de una silueta, el modo en que alguien inclinaba la cabeza, la sensación incómodamente agradable de que cierta persona ocupaba el espacio correcto.

Eimi lo vio acercarse y, sin exageración alguna, toda su expresión cambió.

La tensión en los hombros se le fue. Los ojos se le suavizaron. La sonrisa apareció como si hubiera estado esperando permiso.

—Tardaste —dijo.

Kai se detuvo frente a ella.

—Volví completo —respondió.

—Eso no contradice lo primero.

Kai dejó escapar un pequeño suspiro, uno de esos que con cualquier otra persona habría sido impaciencia y que con ella se convertía en otra cosa: La intimidad de un hombre enamorado de la mujer que representaba el mundo para él.

—La misión se alargó un poco.

Eimi alzó una ceja.

—¿Por culpa tuya?

—De forma parcial y casi elegante.

Ella sonrió. No porque fuera un gran chiste, sino porque él seguía haciéndolo: esa manera seca de responder, como si todo estuviera bajo control incluso cuando el mundo decidía lo contrario.

Sin pedir permiso, le acomodó el cuello de la ropa, quitándole un rastro de polvo que seguía pegado cerca de la clavícula. El gesto era pequeño, íntimo, automático.

Kai se quedó quieto mientras ella lo hacía, hasta que finalmente decidió envolverla entre sus brazos, abrazándola con una intensidad que solo demostraba cuanto había estado esperando este momento, con ella, en ese refugio que representaba todo el universo para él, e incluso más allá de este.


A cierta distancia, cualquiera diría que él mantenía más compostura. Y era verdad, hasta cierto punto. Kai no era de arranques dramáticos, ni de estar encima de alguien sin respirar. Pero el modo en que dejaba que Eimi invadiera su espacio sin resistencia ya decía demasiado.

Estaban compenetrados de una manera silenciosa y peligrosa. Una que no necesitaba exhibirse porque viven pegadas a la rutina, como dos almas que encontraban la paz al estar junto al otro.

—¿Dónde están las niñas? —preguntó Kai.

Eimi señaló con la cabeza hacia el patio interior.

—Kaede está intentando convencer a Yoshino de que un lagarto de juguete puede volar si lo lanzan lo bastante alto.

Kai cerró los ojos un segundo.

—Eso suena a una idea terrible.

—Por eso vine yo primero a buscarte —respondió Eimi—. Si vas tú, te harán cómplice.

Los días de tranquilidad

Cuando doblaron el corredor, las encontraron.

Kaede, con la energía insolente de quien todavía cree que el mundo existe para ser explorado a golpes de curiosidad, sostenía efectivamente una criatura de juguete por la cola. Yoshino, más pequeña, observaba con una mezcla de admiración y alarma, como si ya supiera que aquello iba a salir mal pero aun así quisiera verlo.


—No lo lances —dijo Kai.

Kaede se congeló a mitad del movimiento.

—Ya sabía —mintió.

—Claro —respondió Eimi.

Yoshino fue la primera en correr hacia él. Kai la recibió con una mano en la cabeza y la otra alrededor del cuerpo pequeño que se le pegó a la cintura. Kaede tardó dos segundos más en decidir que también quería un abrazo, aunque fingió que solo venía a recuperar el juguete.

Eimi observó la escena con una expresión que a veces rozaba lo dolorosamente tierna, producto de la cercanía con su amada familia.

 

Kai no era un hombre blando. No en público, no con facilidad. Pero sus manos alrededor de sus hijas, la forma casi instintiva en que revisaba si alguna se había golpeado, la manera en que Yoshino buscaba esconder la cara en su ropa como si ahí estuviera la única definición válida de seguridad… todo eso hablaba por él mejor que cualquier declaración.

“Nada me agradaría más que estos momentos duraran para siempre, sin lugar a dudas, me siento afortunado.” Kai pensó para sí, anhelando que aquellos días de tranquilidad y paz pudieran perdurar, sin importar lo que él deba de esforzarse o qué tan complicada pueda ser una tarea, su única motivación siempre la encontraría volviendo a casa con su familia: su amada mujer y sus hijas.

Otro mundo: Una esperanza de paz

Más tarde, cuando las niñas por fin quedaron ocupadas con otra cosa y el atardecer ya empezaba a teñir el patio, Kai se apartó unos minutos y decidió salir de casa hasta llegar a la base de la Orden. Al llegar, se encontró junto a Okibame y Cel, a quienes justamente estaba buscando.

Los tres quedaron cerca de una galería abierta, desde donde podía verse el horizonte de la ciudadela perder color poco a poco.


Kai apoyó los antebrazos sobre la baranda.

—Quiero salir de la milicia activa —dijo, sin rodeos, muy a sabiendas que seguramente se encontraría con negativas en cuanto soltara tal idea.

Cel lo miró de lado. Okibame no reaccionó de inmediato.

Kai continuó:

—No ahora mismo. Pero pronto. Quiero hacer la transición formal. Igual que Eimi. Quiero pasar más tiempo con mi familia.

La brisa movió el cabello rojizo de su frente. Había cansancio en su tono, pero no debilidad, no iba a aceptar un no como respuesta.

—Últimamente he tenido algunas pesadillas y ciertamente son más frecuentes —admitió—. Sigo viendo la destrucción del clan Yagyu. Lo veo una y otra vez. Y cada vez… cada vez se mezcla más con ellas.

No necesitó decir el resto.

Eimi. Kaede. Yoshino.

La posibilidad de llegar tarde. La posibilidad de que un día el fuego ya esté avanzando cuando él no esté ahí.

Okibame guardó silencio unos segundos, observando a Kai con atención.

—Entiendo —dijo al final.

Kai apretó un poco más la baranda.

—Sé que todavía soy útil. Sé lo que puedo hacer. Pero si me das a elegir entre seguir siendo una espada para The Order o tener la oportunidad de vivir en paz con ellas… quiero lo segundo.

Cel fue quien respondió primero.

—Y podrás —dijo, con la misma firmeza con que solía dar órdenes—. Esto no será para siempre.

Okibame asintió.

—Edén está cerca de entrar en la ecuación —explicó—. Ya lo sabes, en ese mundo, por si no lo recuerdas, hay un Kai Izanagi que alcanzo la novena puerta, el territorio de los dioses. ¿Te suena familiar? Como el mismísimo Hangeki Raijin cuando lo usabas en el mundo inferior. — Hizo una pausa y sonrió para bromear. — Incluso su edad es mayor a la tuya, por lo que seguramente actúa con mayor madurez.



Kai levantó la vista, apenas. Si bien, la existencia de otra versión de sí mismo ya le era familiar desde las noticias de la crisis de Yggdrasil, ciertamente seguía generando una suerte de incomodidad en el pensar en la existencia de una contraparte, otra versión de sí mismo… Como si un leve toque competitivo existiera en su alma, uno viejo de sus mejores épocas cuando cumplía misiones con los Yagyu, realmente si existía esa otra versión de él, se preguntaba si era fuerte y que tanto.

Okibame siguió, conocía bien como era su aprendiz, lo conoció desde que era un infante después de todo, así que al mismo tiempo también sabía que palabras usar para poder traerle calma, aunque fuera momentánea:

—Cuando llegue el momento de reclutarlo a él y a sus aliados, y logremos formalizar una alianza con Edén… muchas cargas van a redistribuirse. Guerreros como tú podrán retirarse de la milicia activa sin dejar huecos imposibles de cubrir.


La idea no era nueva. Kai ya la había contemplado. Pero escucharla dicha así, con tanta claridad, hizo que por primera vez sonara posible y no solo conveniente.

—¿De verdad lo crees? —preguntó.

—Sí —dijo Okibame—. Y no te lo digo para calmarte. Te lo digo porque he visto lo suficiente como para saber cuándo el tablero está a punto de cambiar.

Cel cruzó los brazos.

—Aguanta un poco más —dijo—. Cuando llegue ese día, yo mismo firmaré tu salida si hace falta.

Eden

Kai soltó una exhalación lenta.

No era alivio completo. Todavía no. Pero era esperanza, y en aquel punto de su vida eso bastaba para aflojar un poco la presión del pecho.

Tras haber hablado con ellos, Kai regreso a su hogar. En cuanto piso el terreno del sitio que para él era un refugio entre todo el multiverso de mundos que ha tenido que salvar…Miró hacia el patio.

Eimi estaba agachada frente a Yoshino, acomodándole algo en la ropa. Kaede hablaba sin parar, moviendo las manos en todas direcciones. Las tres, juntas, parecían pertenecer a un mundo donde la guerra era una historia que ocurría muy lejos y no una profesión que respiraba en la nuca.

Kai sostuvo esa imagen un segundo más de lo necesario.

—Solo quiero que estén bien —murmuró para sí mismo, aferrándose a la promesa que acababa de hacerle Okibame.

La noche cayó después con una belleza tranquila, casi ofensiva. Pero incluso en la quietud de su hogar, incluso con Eimi dormida a su lado y sus hijas descansando en la habitación contigua, Kai no encontró descanso verdadero.

Las pesadillas volvieron.

Volvió a ver el clan Yagyu destruido. Llamas. Sangre. Gente corriendo demasiado tarde. Gritos ahogados por el metal y por algo peor: la certeza de que el desastre ya había empezado mucho antes de que nadie lo notara, la imagen de Aoshi ejecutando sin piedad a su maestra…


Y, en medio de la visión, ya no eran solo los Yagyu.

A veces el rostro entre las llamas era el de Eimi.

A veces el cuerpo pequeño en el suelo era Kaede.

A veces la mano que no alcanzaba a sostener era la de Yoshino.

Kai despertó sobresaltado, con la respiración cortada y el sudor pegado a la espalda.

Durante unos segundos solo se quedó ahí, mirando la oscuridad, escuchando su propio pulso.

Luego giró la cabeza.

Eimi dormía a su lado.

La luz tenue de la habitación le dibujaba el perfil con suavidad. Más allá, en la distancia corta que lo separaba del otro cuarto, estaban sus hijas.

Vivas. A salvo. Todavía a su lado, eran su mundo.

Kai cerró los ojos un momento y volvió a recordar las palabras de Okibame.

Edén.

El otro Kai.

La posibilidad de una Novena Puerta.

La posibilidad de retirarse.

Quería creer en ello.

Más que eso, necesitaba hacerlo.

Porque la alternativa era aceptar que el miedo que le mordía por dentro tenía razón. Que tarde o temprano el pasado volvería a presentarse en una forma nueva, y esta vez vendría por lo único que realmente le importaba perder.

Kai se incorporó apenas, lo suficiente para pasar la mano por el cabello de Eimi sin despertarla.

—Un poco más —murmuró para sí mismo—. Solo un poco más.

No sabía entonces cuánto peso podía esconderse dentro de una frase tan simple.

Pero, en esa noche, entre la promesa de una paz futura y el rumor lejano de una tragedia aún no nacida, Kai Izanagi eligió seguir creyendo que alcanzaría a tiempo la vida que quería proteger.

Y quizá ese fue el verdadero comienzo de todo… 

Una maldición llamada: Entropia.

Los hijos de Entropia


Lejos de Caelum, lejos de Eden, lejos incluso de los mundos que todavía podían llamarse estables, existía un lugar donde el cielo parecía enfermo.

Las nubes no se movían bien allí. No seguían la lógica del viento ni la del tiempo. Se arrastraban como masas oscuras sobre un firmamento muerto, atravesadas por grietas rojizas que no eran relámpagos, sino algo peor: venas abiertas en la superficie del mundo.

En ese sitio caminaba Helhest.

Sus cabellos negros caían desordenados sobre el rostro, contrastando con unos ojos rojizos que no transmitían ira, sino una clase mucho más desagradable de intensidad. La de alguien que ya no distingue entre curiosidad, fanatismo y hambre. Su expresión apenas cambiaba. Su voz, cuando hablaba, parecía no necesitar volumen para incomodar. No era la misma persona que causo los terribles eventos del “Eclipse” cuya existencia termino por ser borrada de la historia luego del reinicio de Terra Prime, en cambio, se trataba de otro, un hombre que alguna vez tuvo familia, otro nombre, otra vida más pacífica y tranquila, un héroe que fue amado y querido… hasta que cierta “invasión” termino por llevarse todo lo que conocía, enloqueciendo en el proceso al mezclar sus memorias con las de su “Yo” del universo principal.


Lo seguían docenas de figuras cubiertas con armaduras oscuras, túnicas marcadas con símbolos viejos y deformes, y rostros vaciados de cualquier fe que no fuera la que él mismo les había impuesto. Eran soldados, fanáticos, sobrevivientes, desechos recogidos de mundos heridos y vueltos a ensamblar bajo una sola idea.

Los Hijos de la Entropía.


El templo donde avanzaban había sido levantado en torno a una cavidad gigantesca abierta en las entrañas del mundo. Allí abajo, bajo incontables capas de piedra negra y cadenas rituales, algo respiraba. No con pulmones, sino con pulsos. Cada latido deformaba ligeramente el aire del recinto, como si la realidad fuera una tela demasiado fina sobre un cuerpo que aún no debía despertar.

Helhest se detuvo frente al borde del abismo.

Bajo sus botas, los sellos antiguos seguían activos. Aún.

Extendió una mano hacia la negrura de abajo, como si quisiera tocar lo que dormía en ella, como un infante intentando alcanzar a su madre.

—Todavía no —murmuró.

La sangre oscura le cayó de la nariz sin previo aviso.


No se limpió al instante. La dejó correr por el labio superior, por la comisura de la boca, hasta que una gota cayó al suelo del templo y fue absorbida por la piedra con un siseo tenue.

No parecía dolerle. Tampoco sorprenderle.

Detrás de él, a cierta distancia, algo se movió entre las columnas.

No era uno de sus soldados.

La figura estaba cubierta por túnicas negras que parecían tragarse la luz. No se veía piel. No se veía rostro. Solo capas y capas de tela oscura, una silueta demasiado quieta, demasiado silenciosa, como si nunca hubiera terminado de entrar del todo en el mundo material.

La Sombra


Helhest no se volvió de inmediato. Ya lo había estado invadiendo por demasiado tiempo como para siquiera sorprenderse por esa aparición, no sabía exactamente cuándo ni donde es que esta se mezcló con él, pero, era una existencia que le causaba cierta curiosidad, y un interés retorcido. Se acercaba demasiado a lo que estaba buscando…

—Sigues ahí —dijo.

La entidad no respondió. Nunca lo hacía con palabras normales. Su presencia bastaba para llenar el espacio de una presión sorda, algo que no pertenecía a ningún mundo vivo.

Helhest alzó la vista hacia el vacío del abismo sellado.

—Voy a descubrirlo —murmuró—. Me refiero a La Verdad.

Su voz se volvió más suave, más íntima, como si estuviera hablándole no a la entidad detrás de él, sino a la cosa dormida bajo el templo. Una visión, la meta de su otro yo que intento por tanto tiempo alcanzar, el mundo más allá de este, la tierra de los “dioses” creadores verdaderos.

—Y cuando lo haga… Madre despertará.

La sangre oscura volvió a correrle por la nariz.

Esta vez sí se limpió con el dorso de la mano. Luego dio media vuelta y empezó a caminar hacia el exterior del templo, mientras los Hijos de la Entropía se apartaban a su paso con la devoción temerosa de quien reconoce a un loco demasiado útil como para oponérsele.

No quería defender mundos.

No quería gobernarlos.

Helhest quería algo más abstracto y más peligroso: arrancarle el velo a la existencia hasta ver qué se escondía detrás.

Y estaba dispuesto a alimentar a la Entropía con cuantos mundos fueran necesarios para lograrlo.

 


 Caelum cae

Apocalipsis

La señal de auxilio de Caelum llegó demasiado tarde.

Cuando las fuerzas de The Order descendieron sobre el mundo por segunda vez, ya no encontraron el paisaje hermoso que Kai y los demás habían salvado días atrás. Lo que había sido un cielo de luz dorada era ahora una cúpula gris atravesada por vetas negras. Las ruinas antiguas, antes silenciosas, se habían convertido en fosas abiertas.

Había muy pocos cuerpos.

Y eso era peor.

Kai lo supo apenas tocó tierra.


Los habitantes no habían muerto allí. Se los habían llevado. Las huellas estaban por todas partes: arrastre, violencia, restos de rituales incompletos, residuos de Energía Prima arrancada a la fuerza.

—Llegamos tarde —dijo Cel, mirando alrededor con el ceño endurecido.

Okibame no respondió enseguida. Sus ojos recorrían la devastación con una gravedad distinta a la de una misión fallida ordinaria. Ya no parecía el veterano carismático que se burlaba del mal hábito de Kai de lanzarse demasiado rápido.

Parecía un hombre contando el costo de algo que todavía no terminaba.

Kai apretó la empuñadura de Sen Kaishi.

—No hay rastros de evacuación limpia —murmuró—. Se los llevaron para algo.

No necesitó decir para qué.

En el centro de una plaza derruida, las piedras estaban negras, húmedas por una sustancia que no debía existir allí. Energía corrompida. Hambre ritual. Alimentación.

Un estridente rugido interrumpió el análisis.

Desde una abertura en el costado del antiguo santuario de Caelum emergió una criatura completamente monstruosa, una masa desproporcionada de carne endurecida, garras y placas óseas. Sus seis extremidades golpeaban el suelo con suficiente fuerza para resquebrajar la piedra. Tenía el tamaño de una imponente fortaleza y una presión de Energía Prima que obligó a varios soldados de The Order a retroceder un paso por puro reflejo.


—Séptima avanzada —dictaminó Cel, casi al instante.

Kai ya iba hacia delante.

No por impulsividad ciega, sino porque esa era su función en momentos como ese. Cuando aparecía algo demasiado grande, demasiado fuerte y demasiado rápido para la línea general, él cortaba el problema por la mitad.

La Sen Kaishi brilló en sus manos, al mismo tiempo que los presentes notaron cómo diversos fulgores comenzaron a emerger desde los suelos y de diferentes locaciones dirigiéndose hacia la hoja sacra, donde la Energía Prima se concentró, acumulándose sobre el filo hasta volverse una línea blanca de intensidad insoportable.

La criatura también cargó.

Kai cerró los ojos y se mantuvo firme en el suelo y sostuvo la espada con ambas manos, elevándola hacia las alturas al mismo tiempo que los fulgores se concentran en la hoja brillante.

Sacred… —Abrió los párpados abruptamente— ¡Sword! —pronunció.

La ráfaga de luz salió disparada desde Sen Kaishi como una tormenta comprimida. No fue un rayo simple: fue una torrente luminosa como si la luz del día hubiese llegado justo delante de las ruinas anunciando una esperanza tardía… que, ya no podía llegar a nadie; limpiando el espacio frente a él con la precisión brutal de una técnica perfeccionada hasta el extremo.


La criatura recibió el ataque de lleno.

La armadura ósea se abrió en varios puntos a la vez. La luz le atravesó el torso, le arrancó dos extremidades delanteras y le partió el cuello con un estallido final que hizo temblar el santuario detrás de ella.

El monstruo cayó.

Kai ya estaba buscando lo siguiente. Alejándose del grupo para inmediatamente buscar al responsable de tan horrida escena, porque algo dentro suyo decía que estaba ahí, que ese maldito cobarde debía seguir ahí.

Lo encontró en la escalinata superior del santuario.

Helhest.

De pie entre columnas partidas, con la capa moviéndose apenas bajo un viento que no parecía tocar a nadie más.

Sus ojos rojizos se clavaron en Kai con una atención inmediata, incómoda. No curiosidad. Reconocimiento, como si algo en esa mezclada psique reconociera una memoria vieja de un enemigo distante.

—Así que tú eres —murmuró Helhest.


Kai no esperó presentación.


Colisión

Subió las escaleras a toda velocidad, Sen Kaishi trazando un arco directo a la garganta del extraño. Helhest respondió desenvainando una hoja negra, delgada y antinatural, con la que bloqueó el impacto.

El choque fue seco.

Séptima contra Séptima.

Por un instante, el mundo se redujo a ese punto de contacto.


Helhest sonrió muy poco como si estuviera reconociendo algo debajo de la máscara de estoicismo de Kai, estaba leyendo su corazón… y este hablaba más que la boca del espadachín.

—Tu corazón es demasiado ruidoso —dijo.

Kai frunció el ceño y volvió a atacar. Tres golpes rápidos, limpios, buscando obligarlo a ceder terreno. Empero, Helhest no solo los bloqueó: parecía leerlos una fracción antes de que nacieran siquiera, ¿acaso lograba anticipar todo lo que iba a hacer?

—Miedo —continuó, como si hablara consigo mismo—. Obsesión. Una devoción casi enfermiza.

—Cierra la boca… CIERRA LA MALDITA BOCA. — El desespero comenzó a ser evidente.

Kai lanzó una estocada. Helhest giró, se apartó y, seguía siendo más veloz, pero esto era porque Kai solo con escuchar a Helhest sentía como si este estuviera leyéndolo completo, como si la idea de que ese psicópata asesino llegara a saber sobre Eimi y sobre sus hijas… fuera una pesadilla que no iba a permitir que sucediera. Y eso Helhest podía saberlo, entenderlo… y aprovecharlo, era evidente que Helhest podía no solamente anticipar los movimientos de Kai, era capaz de leer su corazón a cada instante; en el mismo intercambio de ataques, este se aprovechó de un mínimo descuido dl Izanagi, le clavó una mano envuelta en miasma negro en el costado.

El dolor fue inmediato.

No un dolor físico normal, sino algo más invasivo. La sensación de que una sombra líquida se le metía bajo la piel, buscando camino hacia el centro.

—¡Kgh!

Kai retrocedió de un golpe, aumentando la distancia antes de que el extraño pudiera profundizar el ataque.

Helhest no lo persiguió.

Se limitó a inclinar un poco la cabeza, como si ya hubiera visto lo suficiente dentro de él.

—Esa luz que emites… tarde o temprano se corromperá —dijo el azabache.

Kai apretó Sen Kaishi, ignorando el ardor oscuro que se extendía desde el costado.

—No tienes idea de quien soy o de lo que soy capaz. — Añadió Helhest y en seguida alzó la vista, como si mirara más allá de él, más allá del cielo roto de Caelum. Ignorando totalmente la euforia cargada de furia del Izanagi.

—Parece que vives obsesionado por alguien —continuó—. Incluso lo destruirías todo con tal de protegerla ¿acaso me equivoco?

La frase cayó con una precisión que heló algo en la nuca de Kai.

—Tú también debes conocer la verdad —añadió Helhest—. Y todos la sabrán.

No hubo más duelo que eso. Kai intento atacarlo directamente, cortarlo con la espada mientras aprovechaba que estaba hablando como un maldito descerebrado sin embargo…Antes de que Kai pudiera contraatacar, Helhest se disolvió en una nube de niebla negra, dejando atrás solo el eco de sus palabras y un dolor punzante en el pecho del pelirrojo.

Las fuerzas de The Order ya se reagrupaban y la presión de Okibame y Cel empezaba a cerrar el espacio sobre el santuario. Helhest se había ido y desapareció entre una distorsión negra que dejó un rastro de miasma en las escaleras.

Kai se quedó quieto unos segundos.

No por miedo.

Por la repulsiva sensación de que, durante ese breve intercambio, el otro no había peleado realmente con él. Solamente lo había leído.


Premonición Aterradora

Las pesadillas empeoraron desde entonces.


Cada noche ganaban detalle.

Ya no eran solo ecos del pasado ni el miedo abstracto a perder a su familia. Ahora había una presencia nueva dentro de ellas. Una figura siempre a lo lejos, inmóvil, cubierta de negro.

La Sombra.


Kai empezó a verla cada vez más claramente.

En un sueño, caminaba entre cuerpos de soldados que conocía. En otro, atravesaba un patio destruido donde Cel y Exael yacían inmóviles. En uno peor, Okibame estaba arrodillado frente a ella, con la cabeza inclinada como si hubiera aceptado algo aberrante.

Y siempre, al final, estaba Eimi.

A veces de espaldas. A veces arrodillada. A veces con la ropa manchada de sangre. A veces ya inmóvil.

Las niñas también aparecían.

Kaede…. Yoshino….

Demasiado pequeñas.

Demasiado quietas.

La noche en que el sueño fue peor, Kai despertó de golpe, ahogando un jadeo mientras se incorporaba sobre la cama.

La habitación seguía a oscuras. El aire todavía era el de la realidad. Pero algo estaba mal.

Sintió la humedad antes de verla.

Se llevó una mano a la nariz.

La sangre que manchó sus dedos no era roja.

Era oscura.


Demasiado oscura.

Eimi se incorporó al instante, el sueño abandonándola en una fracción de segundo. Al verlo así, la preocupación le cruzó el rostro con una violencia que no intentó esconder.

—Kai.

Él intentó restarle importancia, pero el gesto le salió torpe.

—Estoy bien.

—No me mientas.

Ella ya estaba buscando un paño, una tela, cualquier cosa. La cercanía con que se movía, la rapidez con la que sus manos llegaron a él, no era solo la de una esposa preocupada. Era la de alguien que sentía en la piel el peligro apenas rozaba a la otra persona.

—Eso no es normal —dijo, limpiándole la sangre oscura con un pulso mucho más tenso de lo que quería mostrar—. Dime qué pasó en Caelum.


Kai la miró.

Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo una respuesta que creyera suficiente.


La Guerra de Midgard


Declaración de guerra

Helhest no esperó a que lo buscaran.

Fue él quien llamó a la guerra.

La transmisión apareció simultáneamente en múltiples mundos y puestos de The Order, con una insolencia calculada. No se escondió detrás de intermediarios, ni detrás de propaganda vacía. Se mostró tal cual: de pie, envuelto en negro, con esa mirada rojiza demasiado fija.

Anunció el ataque a Midgard como si estuviera invitando a un duelo ceremonial.

No pidió rendición.

No ofreció negociación.

Llamó directamente a The Order a presentarse. A llevar sus ejércitos. A defender, si podían, el mundo que él había decidido convertir en escenario.

—Hombres, infantes, mujeres. Energía prima fácil de cosechar para mi gente. Ustedes, malditas creaciones que se esconden detrás de la falsedad de los creadores, si tanto anhelan proteger este mundo, vengan a buscarnos. Levanten sus armas y pruébenme que no son cobardes escondidos en el protocolo. Aunque si deciden evitar la confrontación, no importa, Madre los encontrara cuando despierte.

Cuando la transmisión terminó, el silencio en la sala de estrategia pesó como plomo.

Kai fue uno de los primeros en hablar con Okibame y Cel. Algo en él, aun cuando el terror de aquel encuentro siguiera golpeándole el alma, se negaba a esconderse como cobarde, no iba a permitir que cual fuera el plan de ese maldito monstruo se concretara.

—No nos vamos a quedar de brazos cruzados ¿no es así? Ese maldito engendro ya acabo con un mundo…. Me niego a solo observar cómo va con el siguiente. —dijo.

No hubo discusión sobre eso. No podía haberla.

Sin embargo…El verdadero conflicto apareció después, en privado, cuando Eimi lo enfrentó.

Ella no lloró. No suplicó. Solo se plantó frente a él con una firmeza que él conocía demasiado bien, el tipo de mujer que no iba a dejarse mover aun en medio del peligro que estaba delante de ella

—Vamos juntos —dijo sin rodeo alguno.

Kai la miró como si no hubiera entendido bien.

—No.

—Sí —respondió ella, sin retroceder—. Prefiero estar en el mismo mundo que tú. Las niñas y yo estaremos en el campamento, protegidas. Pero no voy a quedarme atrás mientras tú marchas hacia Midgard con esas pesadillas reventándote la cabeza.


Kai apartó la vista un segundo.


—Eimi…

—No —lo cortó—. Esta vez me escuchas tú a mí. No me importa si crees que es más seguro dejarme en otro mundo. Tu cabeza ya no está bien desde Caelum y tú lo sabes. Si hay una posibilidad de que eso que te tocó esté conectado con Helhest, no pienso dejar que cargues con eso solo.

Sus palabras dolían precisamente porque eran verdad.

Kai dudó.

Por instinto, quería alejarlas del peligro. Pero las pesadillas habían llegado a un punto donde la distancia ya no le parecía seguridad. Lo que veía cada noche lo había convencido de algo perverso: si el desastre venía, encontraría la forma de llegar a ellas estuvieran donde estuvieran.

Tenerlas cerca, aunque fuera en un campamento fuertemente protegido, empezó a parecerle menos una imprudencia y más una forma de vigilar con sus propios ojos que seguían respirando.

Al final, cedió.

No porque estuviera tranquilo con la decisión. Porque ninguna opción lo dejaba tranquilo.

Fue en ese contexto, con Midgard preparándose para convertirse en una herida abierta, que Okibame reunió a varios mandos y les dio otra noticia.

Una que cambió la temperatura de la sala.

—Tenemos ayuda —anunció con una serenidad que parecía casi afirmar que habían obtenido una ventaja delante de un peligro inminente.

No todos reaccionaron igual. Cel se limitó a cruzar los brazos. Exael pareció interesado. Hævner levantó la vista con el tipo de atención que daba solo a información útil.

Kai permaneció inmóvil.

Hasta que la puerta se abrió.

El hombre que entró tenía cabellos negros cayendo hasta los hombros, desordenados, y una expresión severa, tallada a golpes de años y mala voluntad. Su postura no pedía permiso a la sala. No era altiva. Era más simple: parecía un hombre que ya había visto suficientes guerras como para no fingir modales extra.

Ryo Izanagi


Kai lo reconoció de inmediato.

Y, al mismo tiempo, supo que no era el de su mundo.

El parecido era innegable. La presencia también. Pero había detalles en la mirada, en la forma en que sostenía el silencio, que no encajaban con el Ryo del mundo del que él había ascendido.

Ese Ryo estaba muerto.

Este no.

Ryo recorrió la sala con la vista y, cuando llegó a Kai, se detuvo apenas un segundo más. Su expresión severa constante incluso delante de la imagen idéntica de su hermano, claro que podía reconocer que no era el, especialmente con ese color de cabellos y la edad que aquél representa… le recordó a cierta apariencia del pasado, concluyendo mentalmente que, o este Kai no había tenido que enfrentar a Beckett, o la divergencia que lo separaba de su hermano verdadero era bastante más amplia de lo que pensaba

—Así que eres tú. No… —dijo fijando sus ojos en Eimi luego de eso, recordando que la de su mundo estaba muerta en un trágico evento que, estaba familiarmente conectado con el Helhest de su universo —Ustedes no son los Kai y Eimi que conocí.

Kai sostuvo la mirada, confirmando la enorme diferencia.

—Y tú no eres el que conozco —respondió.

Ryo asintió una sola vez.

—No. Por lo que veo el nuevo ciclo existencial trajo más variantes de lo que llegue a teorizar. No importa.

La frase no llevaba burla. Solo la constatación seca de una verdad incómoda.

Okibame intervino antes de que el silencio se densificara demasiado.

—Ryo ha estado explorando diversos mundos desde la batalla contra Yggdrasil —explicó—. Trae información valiosa sobre Helhest y sobre el Primordial de la Entropía.

Ryo avanzó un paso.

—No basta con ganar batallas convencionales —dijo—. Si no detenemos el despertar de la Entropía, todos los mundos cercanos a su radio de influencia van a empezar a caer. Está muy próxima a despertar. Poseo información clasificada y cada víctima sirve como base de alimento a través del consumo de Energía Prima. Algo similar hizo una mujer, una Royal Knight de Edén llamada Eisheth Zenunim para despertar a quien fuese el primordial conocido como Yggdrasil.


Kai frunció el ceño.

—¿Qué tan próximo está su despertar? —preguntó.

Ryo lo miró directo.

—Lo bastante como para que Midgard no sea una ofensiva más —respondió—. Si Helhest eligió hacerlo visible, es porque ya no necesita ocultar que está corriendo contra un reloj.

Las palabras cayeron pesadas.

Cel fue el primero en aterrizarlas.

—Entonces no vamos a Midgard solo a defender un mundo —dijo—. Vamos a impedir un despertar.

—Exactamente —respondió Ryo.

Kai observó al hombre frente a él.

Hermano, en un sentido que rozaba lo biológico, lo simbólico o lo absurdo, según cómo se mirara. Pero no el suyo. No el que recordaba.

Aun así, algo en la presencia de Ryo era familiar de la forma más incómoda posible: como ver una cicatriz conocida en un cuerpo ajeno.

—Entonces iremos —dijo Kai.

Y mientras la sala empezaba a moverse de nuevo, repartiendo órdenes, rutas, preparativos y posibles escenarios de combate, una sola idea siguió mordiéndole la cabeza:

Helhest había pedido que fueran.

Eso lo volvía más peligroso de lo que podían calcular.

Porque ningún hombre invita a sus enemigos a entrar en su guerra a menos que ya crea conocer la forma en que sangran.

 El primer día del infierno

La guerra de Midgard

La Academia de Midgard siempre había tenido un ruido particular.

No era escandalosa, pero tampoco silenciosa. Había pasos apresurados en los corredores, voces cruzándose en los patios, hojas de entrenamiento golpeando contra el aire, profesores llamando la atención a alumnos demasiado confiados, y esa energía difusa que solo existe en lugares construidos para preparar a jóvenes para un futuro que aún creen comprensible.


Aquella mañana, sin embargo, el ruido cambió.

Primero fue una vibración.

Leve. Lo bastante sutil como para que muchos la confundieran con maquinaria pesada moviéndose en las zonas de carga o con una práctica de combate en uno de los patios externos. Luego vino el segundo temblor, más fuerte, acompañado por un sonido grave que no pertenecía a nada civil.

Abby Chester, que en ese entonces todavía llevaba el uniforme de estudiante de la academia, levantó la vista hacia una de las ventanas del corredor.


El cielo sobre Deist se había ensombrecido.

No por nubes.

Por naves.


Hubo un segundo de incomprensión colectiva. Uno solo. El tiempo exacto que tardó el cerebro en aceptar que aquellas formas negras, demasiado grandes y demasiado numerosas, estaban descendiendo sobre la ciudad.

Después llegó el primer estallido.

La pared del ala norte explotó hacia adentro. Vidrio, piedra y metal salieron despedidos sobre los alumnos que apenas comenzaban a correr. El pasillo se llenó de gritos. Alguien cayó. Alguien más intentó levantarse y no pudo porque ya no tenía una pierna completa.


Abby se quedó helada.

No por cobardía. Por shock.

El cuerpo humano tiene esos momentos de traición, cuando la realidad es tan absurda que tarda un segundo de más en dejarte moverte.

Ese segundo mató a varios.


Los Hijos de la Entropía no entraron con una marcha intimidante ni con declaraciones. Irrumpieron en la academia como una enfermedad liberada. Vestían armaduras oscuras deformadas por símbolos y tejidos negros, y avanzaban con una violencia automática, sin distinción entre alumnos, maestros o personal de apoyo.


No venían a tomar rehenes.

Venían a matar.

Una profesora de táctica se interpuso frente a un grupo de estudiantes de primer año, levantando una barrera de Energía Prima que resistió exactamente dos impactos antes de romperse. El tercer disparo le atravesó el abdomen y el cuarto le abrió la garganta.


Abby vio la sangre golpear la pared.

Vio a uno de sus compañeros, un chico con el que había compartido exámenes apenas la semana anterior, correr hacia una salida lateral y ser partido casi por la mitad por una hoja negra que ni siquiera se detuvo en el cuerpo.

El sonido era lo peor.


No los gritos en sí, sino la suma de todos ellos. Gente llamando nombres. Gente pidiendo ayuda. Gente que no entendía por qué aquello estaba ocurriendo tan rápido.

—¡Corran! —gritó alguien.

Abby reaccionó al fin.

Sus piernas se movieron antes de que el pensamiento terminara de formarse. Echó a correr junto con otros tres estudiantes hacia una de las escaleras de servicio, convencida por puro instinto de que cualquier sitio lejos del corredor principal sería mejor.

No lo fue.

La puerta apenas se abrió cuando un cuerpo cayó escaleras abajo, rebotando peldaño tras peldaño hasta detenerse a sus pies. Era uno de los asistentes de instrucción. Tenía el pecho hundido y los ojos abiertos de una forma que no dejaba lugar a dudas.

Una de las chicas a su lado vomitó del puro terror.

Abby tiró de ella.

—¡Muévete!

La arrastró por el otro corredor, buscando otro acceso, otra salida, otra cosa. La chica apenas logró dar dos pasos antes de que un disparo le entrara por la espalda y la hiciera caer de golpe al suelo, completamente muerta.

Abby sintió el tirón de la mano soltándose de la suya.

No se volvió a tiempo.

No quiso hacerlo.

Siguió corriendo.

Doblando esquinas, sorteando cuerpos, escuchando cómo la academia que conocía se convertía, ala por ala, en un matadero. Vio a dos maestros intentando contener a una criatura cubierta de miasma, solo para ser aplastados contra una columna. Vio a un grupo de alumnos mayores enfrentarse a un escuadrón de invasores con valentía genuina… y caer igual.


No había formación suficiente en ese momento. No había líneas defensivas completas. No había preparación emocional para ver a su escuela convertirse en una fosa.

Abby llegó finalmente a una de las salas laterales de práctica.

Cerró la puerta.

Respiró una vez.

Dos.

Luego se dio cuenta de que estaba sola.

Completamente sola…

El silencio interior de la sala era peor que los gritos de fuera. Demasiado quieto. Demasiado pequeño. El corazón le golpeaba las costillas con una violencia que casi dolía más que el miedo. Se llevó una mano a la boca para controlar la respiración, pero el cuerpo seguía temblando.

Pensó en su familia.

Pensó en su casa.

Pensó en la profesora de táctica.

Pensó en la mano que había soltado.

Y por primera vez en su vida entendió lo que significaba estar en el centro de una tragedia sin poder ordenarla en palabras.

Afuera, unos pasos.

Pesados. Lentos.

La puerta no se abrió de golpe. El hombre del otro lado la empujó con una calma tan obscena que Abby supo, antes de verlo, que estaba acostumbrado a hacer aquello.

Un Hijo de la Entropía.

Alto, cubierto por una armadura ennegrecida, con una hoja curva manchada hasta el mango. Entró al aula mirando hacia los lados, no con prisa, sino con la meticulosidad de alguien que había recibido una tarea específica: revisar cadáveres, rematar sobrevivientes, asegurarse de que nada respirara donde no debía.


Abby retrocedió sin darse cuenta, un paso, luego otro, hasta que la espalda le chocó con la pared del fondo.

El hombre la vio.

Se detuvo. Para este era demasiado obvio lo que debía hacer con ella, ni siquiera le importo que fuera una simple chica que no podía defenderse.

La espada se alzó.

Abby sintió que el cuerpo le dejaba de responder otra vez por causa del horror que estaba moviéndose dentro de ella, helando la sangre y dejándola paralizada como si su cerebro se hubiera apagado al instante.

Pensó, con una lucidez cruel, que iba a morir allí.

En un salón vacío. Sin gloria. Sin tener el chance de pelear.  Solo otro cuerpo joven más en el montón.

El Hijo de la Entropía avanzó.

Pero entonces…

Rescate

Una sombra entró por el costado del marco de la puerta al mismo tiempo que un destello blanco atravesó el aula.

El invasor no llegó a completar el siguiente paso.

La cabeza le salió despedida hacia un lado, separada del cuerpo por un corte tan limpio que el torso siguió caminando medio segundo antes de desplomarse de rodillas.


La sangre salpicó el suelo del salón. Abby ni siquiera gritó. Solo abrió más los ojos, incapaz de procesar la velocidad del cambio.

La figura que había entrado detrás del cadáver bajó la espada con un movimiento firme.

Cabello rojizo. Ojos tensos. Uniforme de combate de The Order. Presencia de alguien que no parecía estar simplemente peleando una guerra, sino intentando partirla por la mitad con pura voluntad.

Kai Izanagi.


Abby lo reconoció aunque nunca lo hubiera tenido tan cerca.

Todos en Midgard sabían quién era, aunque fuera de nombre, de informes, de reputación, de ese tipo de historias que se contaban entre alumnos con admiración y ansiedad.

Él la vio pegada a la pared y, por una fracción de segundo, su expresión se suavizó lo suficiente como para no llegar a causar terror, o al menos intentarlo.

—Ey —dijo, con una voz más tranquila de lo que el contexto permitía—. Mírame.

Abby intentó responder, pero no le salió nada.

Kai guardó la espada apenas un segundo para acercarse lo suficiente.

—Estás viva —continuó—. Eso es lo primero. ¿Puedes caminar?

Abby tragó saliva. Asintió una vez, apenas, estaba tan aterrorizada que era incapaz de hablar, aun cuando supiera que acababa de ser salvada.

—Bien —respondió él—. Entonces aún no se acabó.

Detrás de él, pasos sincronizados llenaron el pasillo.

Entraron varias unidades de refuerzo de The Order.

No eran soldados ordinarios. Sus movimientos eran uniformes, demasiado coordinados, como si hubieran sido modelados para responder en combate con una fidelidad mecánica y brutal. Las tropas clonadas de estreno, desplegadas como punta de lanza en situaciones donde el número y la obediencia absoluta eran más importantes que el desgaste individual. Habían sido hechos con el ADN de cierto ascendido de Edén que respondía al nombre de Roy Okazaki, claramente el benefactor era completamente anónimo, así como el origen de la muestra original, simplemente habían dicho que pertenecía a un samurái de gran habilidad marcial que “había prestado su permiso”, según el benefactor.


Uno de los capitanes de esa unidad se detuvo en la puerta y saludó con una inclinación rápida.

—Zona inmediata asegurada —informó—. El ala este sigue comprometida. Hemos abierto una ruta provisional hacia los refugios subterráneos.

Kai asintió.

Luego volvió a mirar a Abby.

—Vas con ellos —dijo.

La chica logró por fin respirar algo parecido a una frase.

—Mis… compañeros…

Kai no le mintió. No dijo “están bien” ni “iremos por todos” con esa clase de esperanza hueca que solo sirve para romperse un minuto después. Miró el cadáver a sus pies, luego el pasillo detrás de él, donde el sonido del combate seguía creciendo.

—Ahora mismo —respondió—, tú sigues viva. Eso basta. Muévete.

Abby sintió una punzada de culpa tan fuerte como el miedo. Pero sus piernas, al escuchar una orden clara, por fin encontraron algo a lo que obedecer.

Uno de los soldados clonados se acercó y le ofreció apoyo sin una sola palabra. Abby dudó un momento antes de aceptar tomarlo por el brazo.

Kai ya estaba volviéndose hacia el corredor, hacia donde todavía seguían matando.

Abby lo vio avanzar sin mirar atrás, acompañado por otra sección de tropas clonadas que llenó el pasillo con una energía nueva: orden, respuesta, contraataque.

Antes de que desapareciera entre humo y disparos, Kai giró apenas la cabeza.

—Sobrevive —dijo, sin detenerse—. Luego decides qué haces con eso.

Y se fue.

Abby quedó un segundo mirando el marco vacío por donde había salido. Luego el soldado a su lado tiró suavemente de ella, guiándola por la ruta de evacuación.

Mientras avanzaban, escoltados por los clones de The Order, la academia seguía gimiendo a su alrededor.

Cadáveres de alumnos. Sangre sobre los escalones. Profesores caídos con armas todavía en la mano. Salones partidos por explosiones. La devastación no tenía nada de abstracto. Tenía nombres, rostros y edades que Abby conocía.


Una masacre sin piedad causada por monstruos que adoran a la muerte o al menos así fue como ella lo entendió. Su cerebro apenas estaba procesando bien lo que estaba pasando, sin embargo, algo muy dentro de ella se rompió, o bien, encontró una nueva directriz, sus dedos sostuvieron bien el brazo del soldado mientras alzaba la mirada al frente. Esos ojos que parecían cargados de expectativa se empezaron a afilar poco a poco, como si el dolor y el miedo que habían estado consumiendo su alma hubiera cambiado algo dentro de su corazón.

“Debí hacer más… debí… ser más fuerte. Yo…”

Debilidad, odiaba sentirse impotente, odiaba sentirse incapaz, detestaba no poder hacer absolutamente nada por sus amigos muertos. Sin embargo, empezó a recordar, y a pensar en cada uno de los nombres de aquellos que estaban tirados en el suelo. Su expresión empezó incluso a tornarse en una mueca cargada de enojo contenido. El soldado sintió el tirón, y bajo la mirada hacia ella, dudoso si decir algo más. En su falta de individualidad, una muy leve chispa de empatía apareció conectando con ella. Sin embargo, el soldado sin nombre no dijo nada.

Abby tampoco. Sin embargo la joven se hizo un juramento a sí misma en ese momento de silencio fúnebre.

“Me las van a pagar… juro que… no volveré a ser débil… nunca más”

 

El lugar al que no llegaron

La guerra intensificada

La base avanzada de The Order en Midgard no estaba hecha para resistir una guerra abierta.

Era funcional, sólida, bien situada para operaciones de respuesta rápida y evacuación regional, pero no era una fortaleza de asedio. Sus muros podían contener incursiones, no una ofensiva total combinada entre fanáticos de la Entropía y fuerzas externas.

Aun así, mientras el primer frente ardía en la academia de Deist, la base seguía funcionando.

Por ahora.

Hævner estaba junto al anillo central del portal, revisando por tercera vez las lecturas con una irritación que ya no intentaba disimular. A su lado, Exael apoyaba un hombro en uno de los pilares de contención, cruzado de brazos.

El portal seguía apagado.

Y eso ya era un problema.

—Se están tardando demasiado —dijo Hævner con la voz tensa.


Exael no apartó la vista del aro de metal y energía dormida.

—Ajá.

—No es una observación para que me des la razón como idiota útil —espetó Hævner—. Cel, Okibame y Ryo debían llegar hace varios minutos con más soldados clonados.

Exael soltó un suspiro leve.

—Sí, y como ya noté que estás a un insulto de empezar a patear el mecanismo del portal, voy a ahorrarte el análisis —respondió—. Algo está bloqueando el despliegue o alguien decidió jugar con los tiempos.


A unos metros de ellos, Eimi caminaba de un lado a otro, con una tensión demasiado visible incluso para alguien que normalmente sabía controlar bien sus emociones.

No estaba armada para un despliegue total todavía, pero sí lista para moverse en cuanto hiciera falta. Cada pocos segundos volvía la mirada hacia el exterior de la base, hacia el rumbo de la academia, como si pudiera atravesar paredes y humo con puro miedo.


—Kai sigue solo en ese frente —dijo al fin, deteniéndose.

Hævner levantó la cabeza.

—No está solo. Tiene a las primeras líneas de clonados con él.

Eimi lo miró con una expresión filosa.

—Ya sé contar, Hævner. Eso no cambia el hecho de que mi esposo esté enfrentando la peor parte de la invasión mientras los refuerzos no aparecen.

Exael desvió la vista hacia ella, un poco más serio que antes.

—Se va a reportar —dijo—. Si puede seguir cortando cosas, se reporta.

Como si la frase lo hubiera invocado, uno de los canales de comunicación siseó con estática.

La voz de Kai entró con ruido de fondo, pero nítida.

—Aquí Kai. La academia está parcialmente contenida.

Eimi soltó el aire de golpe, acercándose casi por reflejo al emisor.

—Kai.

—Estoy bien —dijo él antes de que ella pudiera preguntar—. Hubo muchas bajas. Alumnos, maestros… demasiados. Pero aseguré una ruta de evacuación. Una chica logró sobrevivir. Saqué a varios más del ala este. Los invasores están perdiendo terreno aquí.

Hævner se llevó una mano al comunicador, escuchando con el ceño duro.

—¿Eso es todo? —preguntó Exael, directo—. Asegúrate.

Hubo un segundo de silencio del otro lado.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Kai.

Exael se separó del pilar, la expresión afilándose.

—Mis fuentes hablaban de más atacantes. La academia no debía ser el único objetivo. Si Helhest armó una ofensiva de este tamaño, no iba a apostarlo todo a un solo punto.

Eimi palideció apenas.

Hævner giró la cabeza hacia el portal apagado y luego hacia los ventanales externos.

La sensación le llegó primero como un mal presentimiento. Ese tipo de tensión en la nuca que no se apoya todavía en evidencia, pero que rara vez se equivoca.

—Formación defensiva —ordenó de golpe.

No fue suficiente tiempo.

La primera explosión partió la sección oeste de la base. El muro se abrió hacia adentro en una tormenta de metal, concreto y fuego. Las alarmas empezaron a gritar al mismo tiempo, luces rojas encendiéndose por todos los corredores.

Los Hijos de la Entropía entraron con la violencia de un cuchillo empujado hasta el mango.

Pero no venían solos.


Entre ellos avanzaban unidades de otro tipo, demasiado limpias, demasiado geométricas, demasiado frías. Cuerpos mecánicos, androides de combate, plataformas humanoides de metal oscuro y articulaciones blancas, algunos armados con armas energéticas integradas en los brazos, otros con filos retráctiles que vibraban a una frecuencia desagradable.

La Tecno Unión.



Un mundo de máquinas vivientes, androides y sistemas bélicos que, hasta hacía poco, se suponía ajeno a esa guerra.

Exael soltó una risa corta, sin humor.

—¡Tsk! Y ahí está el resto.

Las defensas internas de la base abrieron fuego. Los primeros soldados clonados formaron línea, contestando con disciplina brutal. El corredor principal se llenó de disparos, chispas y cuerpos cayendo.

Hævner activó otro canal, esta vez con una violencia apenas contenida.

—Okibame, responde. Cel, responde. Nos están atacando en la base. Repito: la base está siendo emboscada. Necesitamos el portal abierto ya.

Hubo estática.

Luego, una voz.

No la de Cel.

No la de un operador.

La de Okibame, pero distante, filtrada, cargada con una furia que Hævner nunca le había escuchado antes.

—¿Me estás diciendo que vas a negarte? —la voz del veterano estalló por la radio—. ¡Hay familias, estudiantes y personal activo muriendo en Midgard!


Otra voz respondió, más grave, más fría, con la autoridad de quien está acostumbrado a que el mundo se acomode a su decisión.

El Rey Blanco.

—La autorización del portal hacia Midgard ha sido suspendida temporalmente.


Eimi dejó de respirar por un instante.

La sangre se le fue del rostro.

Hævner se quedó inmóvil dos segundos, como si el cerebro necesitara volver a traducir lo oído.

—¿Suspendida? —repitió Okibame del otro lado, incrédulo—. ¿Suspendida?

La siguiente voz que se filtró fue otra más. Refinada. Más baja. Controlada. Una voz que no necesitaba imponerse a gritos para dejar claro que estaba empujando la decisión.

Lancelot Soren.


Alto mando de The Order.

—Midgard es un frente inestable —dijo—. El uso del portal en estas condiciones comprometería otras líneas críticas. Debemos pensar estratégicamente, no emocionalmente.

La respuesta de Okibame fue tan filosa que la radio saturó un segundo.

—¿Estratégicamente? ¡Están abandonando un mundo entero a una matanza programada!

El Rey Blanco no subió el tono.

Eso lo hizo peor.

—La decisión está tomada.

Hævner sintió algo romperse dentro del pecho.

No era tristeza. Era un enojo tan limpio y tan brutal que por un instante desplazó todo lo demás.

—Nos vendieron —escupió.


Eimi giró hacia él.

—¿Qué?

Pero no hacía falta repetirlo. Todos lo habían oído.

The Order completa, los refuerzos no estaban allí. Y las puertas por donde debía llegar el respaldo seguían cerradas por decisión de quienes, en teoría, dirigían la guerra.

La siguiente explosión acabó de romper la ilusión de que aún había tiempo para procesarlo.

Los enemigos ya estaban dentro del perímetro interno.

Hævner desenvainó de golpe.

—¡Defiendan el núcleo central! —ordenó a voz en cuello—. ¡No dejen que lleguen al anillo del portal!

Los soldados clonados obedecieron de inmediato. Exael se lanzó hacia el flanco derecho, arrancándole la cabeza a un Hijo de la Entropía antes de que este terminara de cruzar una puerta de seguridad. Hævner hizo lo propio con otro, atravesándole el pecho en un movimiento tan seco como su respiración.

Eimi no fue hacia el centro.

Fue hacia los cuartos seguros.

Hacia donde estaban Kaede y Yoshino.

Las encontró a mitad del pasillo, escoltadas por dos asistentes que ya venían intentando llevarlas a un búnker interior. Las niñas estaban asustadas, sí, pero todavía no comprendían por completo la escala del desastre. Kaede trataba de mantener la compostura por Yoshino; Yoshino ya lloraba abiertamente.

—Mamá —dijo la menor al verla.

Eimi se arrodilló de inmediato, tomándole la cara con ambas manos.

—Estoy aquí —dijo—. Estoy aquí. Escúchenme, vamos a movernos y no se van a soltar de mí.

Quería sonar firme.

Lo hizo.

Pero el miedo seguía ahí, mordiéndole por dentro con la violencia de alguien que ve cómo sus peores presentimientos llegan por fin a tocar la puerta.

El corredor tembló.

Uno de los asistentes salió despedido hacia la pared. El segundo apenas alcanzó a levantar una barrera antes de que una hoja negra le atravesara el cuello.

La sangre salpicó a Kaede en el rostro.

Las niñas gritaron.

Eimi se interpuso entre ellas y la nueva figura que avanzaba por el corredor.

Helhest.

La oscuridad ha llegado


No parecía haber corrido ni parecía haber peleado. Entró en ese espacio con una serenidad antinatural, como si no le importara en absoluto la situación, o si estuviera totalmente desconectado de ella.

La sangre oscura le corría de la nariz una vez más.

Sus ojos rojizos recorrieron primero a Eimi. Luego a Kaede. Luego a Yoshino.

Una expresión mínima, casi curiosa, le cruzó la cara.

—Así que aquí está el centro de tu corazón —murmuró.


Eimi desenvainó su Katana, lista para combatir a muerte, poco o nada le importaba más que proteger a los seres que ama, y estaba totalmente decida a hacerlo, la determinación permaneció fija su mirada.

La Energía Prima explotó a su alrededor, afilando la postura, endureciendo la expresión. La mujer cariñosa, la esposa aferrada a Kai, la madre que vivía para sus hijas, quedó enterrada bajo algo más primitivo y violento.

—No —dijo.


No fue una súplica. Fue una prohibición.

Helhest dio un paso más.

Eimi atacó.

Fue rápida. Bastante rápida. Cualquier combatiente ordinario habría muerto ahí, con el primer movimiento. Desapareció del ojo común y reapareció enfrente al adversario, la hoja de Eimi buscó la garganta con una precisión desesperada, seguida por un giro inmediato del cuerpo para encadenar un segundo corte al torso.

Pero Helhest ya no estaba donde debía estar. Se movió apenas lo suficiente para dejar que el primer golpe le rozara la ropa y bloqueó el segundo con una mano envuelta en miasma negro. El impacto desvió la trayectoria de la espada como si la voluntad de Eimi hubiera chocado con lodo vivo.

Ella no se detuvo y tampoco iba a hacerlo. Así que sostuvo la Katana con la sola diestra y atacó otra vez, y otra, realizaba una serie de tajos consecutivos que generan grietas en el suelo y las paredes del recinto. Cada vez con más rabia, con más dolor, con menos cálculo, más y más desesperación.

Helhest hacía lo mismo que contra Kai, lograba leer completamente cada uno de sus movimientos y por ende se anticipaba a ellos.

Eimi meditó para sus adentros: “Imposible que logre acertar el cómo voy a atacarlo, el estilo de combate de Kai y el mío son totalmente distintos… ¿cómo es que…?”

 — ¿Cómo es que logro anticiparte? — Interrumpió Helhest—. Tanto tú como él son muy ruidosos—.

Se trataba mucho más que sólo sus técnicas. Cada patada, golpe, tajo rápido, giro acrobático o desplazamiento a velocidades imperceptibles a la simple vista, todos los intentos eran cada vez más fallidos.

Helhest lograba leer su corazón. Vio el terror. La dependencia con Kai, el deseo de vengarlo por lo que pasó en Caelum. El miedo a perder a su familia. El instinto de madre llevado al borde de la locura. Para alguien como él, era casi aburridamente fácil.

Sin salida

Se deslizó por dentro de su guardia y la atravesó en el abdomen.

Con una mano envuelta en esa bruma negra.


Eimi sintió el golpe como si le hubieran hundido hielo y fuego a la vez en el vientre. El aire se le fue del cuerpo. La Energía Prima se le desordenó al instante.

—Mamá —gritó Kaede.

Helhest retiró el brazo.

La sangre salió caliente. Densa. Negra en los bordes donde el miasma había contaminado la herida.

Eimi cayó sobre una rodilla, pero no dejó caer la Katana.

Intentó levantarse.

Helhest ya se había movido.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Kaede intentó ponerse delante de Yoshino por puro reflejo. Yoshino lloró con un sonido roto, buscando a su madre con las manos.

Eimi vio las trayectorias, entendió lo que iba a pasar, y su cuerpo no respondió lo bastante rápido.

Eso fue lo peor.

Verlo. Saberlo. No llegar.

—De… DÉTENTE!!!!!

El primer golpe de Helhest atravesó a Kaede.

El segundo alcanzó a Yoshino antes de que el cuerpo de su hermana terminara de caer.

No fue una ejecución teatral. Fue algo peor: limpio, funcional, casi desprovisto de emoción.


Las dos niñas se desplomaron a pocos pasos una de la otra.

El mundo se rompió.

Eimi gritó.

No con voz humana completa. Fue un sonido arrancado del fondo del pecho, un ruido animal que no pedía ayuda ni explicación. Solo negaba la existencia de lo que acababa de ocurrir.

—¡MALDITO!


Se lanzó sobre Helhest otra vez.

No había técnica en ese movimiento. Solo una madre convertida en puro dolor. La espada bajó con fuerza suficiente para partir un cuerpo en dos.

Helhest la esquivó como si apartara una cortina.

La golpeó una vez más y la hizo girar sobre sí misma. La bruma negra siguió adherida a su herida, extendiéndose por su abdomen como tinta viva.

Eimi cayó al suelo junto a sus hijas, una mano arrastrándose por la piedra para alcanzar lo imposible.

—No… —jadeó—. No. No. No.

Helhest la observó un instante.

No con placer evidente. No con piedad. Con una atención insoportable de quien considera el sufrimiento ajeno una pieza útil en un experimento más grande.

—Ya entiendes un poco más —dijo.

La sangre oscura volvió a caerle de la nariz.

A lo lejos, la base seguía explotando.

En otro corredor, Hævner y Exael seguían luchando sin saber aún que el corazón de Kai acababa de ser destruido a unos pocos muros de distancia. Okibame seguía discutiendo con un Rey Blanco que había decidido que Midgard podía sangrar sola. Y en la academia, Kai seguía peleando, todavía creyendo que lo peor del día estaba en otro lado.

Pero no.

Lo peor ya había ocurrido.

Yacía en un corredor interior, al lado de una madre atravesada que aún intentaba arrastrarse hacia dos cuerpos pequeños que ya no iban a volver a llamarla.

Lo que quedó después

En la academia, la guerra no terminó cuando Kai abrió una ruta de evacuación.

Solo cambió de forma.

Los corredores seguían vomitando humo. Las alarmas continuaban aullando. Los salones, partidos por explosiones, dejaban entrar un viento áspero que arrastraba ceniza y olor a sangre. Kai avanzaba con Sen Kaishi en mano, acompañado por varias unidades clonadas, rematando focos de resistencia, sacando a quien todavía respiraba, cortando monstruos y fanáticos con la precisión brutal de alguien que ya había dejado de contar cadáveres.


Los Hijos de la Entropía salieron de tres corredores a la vez, acompañados por criaturas menores deformadas por miasma y por soldados con armas de Energía Prima ennegrecida. El número era demasiado. No era una escuadra. Era una oleada completa, organizada para saturarlo.

Kai lo entendió al primer segundo.

No querían ganar un duelo.

Querían hundirlo bajo cantidad y desgaste.

—¡Cierren la línea! —ordenó a los clonados.

Sen Kaishi brilló, empero, no le daría tiempo para poder reunir energía y ejecutar la Sacred Sword, así que tan sólo desplegó un halo energético de menor tamaño que partió el primer grupo en una ráfaga de luz. Los cuerpos cayeron por decenas, pero detrás venían más. Siempre más. Las tropas clonadas sostuvieron el perímetro con disciplina despiadada, cayendo una tras otra en la misma posición donde habían recibido la orden de resistir.

Kai siguió cortando.

Espada. Codo. Rodilla. Estocada. Ráfaga. Giro.

La Energía Prima ardía en sus músculos, en la hoja, en la respiración. Pero el cansancio ya no era teórico; empezaba a pegarse a la espalda, al costado, al temblor pequeño que aparece cuando el cuerpo todavía responde, pero empieza a preguntar cuánto más.

Un enemigo se lanzó desde arriba. Kai lo cortó al aire. Otro le disparó por el flanco. Alcanzó a desviar el ataque con el hombro, aunque el impacto le dejó el brazo entumecido.

—¡Detrás! —gritó uno de los clonados.

Tarde.

Algo pesado le estalló en la espalda.

No fue un solo golpe. Fueron varios cuerpos, varias armas, un peso bestial cayendo a la vez. Kai giró, partió a dos, atravesó a un tercero, pero la oleada siguió cerrándose sobre él como una trampa de carne y acero.


Alguien le clavó una hoja negra en el costado ya resentido. Otro impacto le reventó la sien contra una pared. El mundo se inclinó un instante.

Kai gruñó, quiso enderezarse, y entonces vio… algo.

Una sombra de túnicas negras al final de un pasillo que no estaba ahí.

El mismo negro imposible de sus pesadillas.


Los ojos no se le veían, pero supo que lo estaba mirando.

Luego el golpe final llegó desde un ángulo que ya no pudo cubrir.

La nuca.

Todo se apagó.

Kai soñó.

Con un patio vacío. Con Sen Kaishi clavada en la tierra. Con Eimi de pie al otro lado del patio, sosteniendo a Kaede y a Yoshino de la mano, demasiado lejos para oírlo, aunque él gritara.


Y detrás de ellas, como una mancha que avanzaba sin moverse, estaba: La Sombra.


Kai intentó correr, pero sus pies no respondieron.

La boca se le movió, intentaba proferir cualquier cosa, pero no salió voz.

Eimi alzó la vista, como si por fin lo viera. Sus labios dijeron algo que él no alcanzó a oír.

Luego todo se llenó de negro.

Despertó de golpe.

El aire le entró a los pulmones como vidrio.

Estaba tirado entre ruinas, con el cuerpo cubierto de sangre seca, polvo y cortes. Varias unidades clonadas yacían a su alrededor, destrozadas. El combate en la academia había seguido sin él. O quizá ya había terminado. Era difícil saberlo con la cabeza latiéndole de esa manera.

Kai intentó levantarse.

Le costó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Una rodilla. Luego la otra. Se sostuvo en Sen Kaishi como si la espada fuera lo único sólido en el mundo. La cabeza le martillaba con una violencia enferma. Algo cálido le corrió por la nariz.

Se tocó por reflejo… y la vio, la sangre oscura ahí estaba de nuevo.

El detalle lo rozó, pero no se quedó con eso. Había algo más urgente, algo que ya le apretaba el pecho, aunque aún no lo hubiera visto.

La base; era su prioridad, había estado intentando cruzar entre las tropas porque su última comunicación fue durante esa horrenda explosión que los dejo desconectados.

Eimi.

Las niñas.

Kai echó a andar.

No fue una carrera gloriosa. Fue una marcha herida, irregular, con la respiración quebrándosele en la garganta y el cuerpo entero negándose a cooperar. Bajó escaleras destruidas, cruzó patios en llamas, pasó junto a cadáveres que apenas procesó. Todo su ser se había reducido a una sola línea de pensamiento:

Llegar.

Llegaste tarde

El camino hasta la base le pareció eterno.

Cuando por fin dobló el último corredor exterior y la vio, supo antes de entrar que algo estaba mal.

Terriblemente mal.

La estructura había sido violentada desde dentro y desde fuera. Parte del muro oeste se había hundido. Había cuerpos de soldados clonados, de defensores, de invasores, esparcidos por el perímetro. Sangre sobre piedra. Marcas de miasma. Restos de disparos energéticos incrustados en los muros.

Kai dio otro paso.

Luego otro.

Y entonces los vio.

Primero no fueron “sus hijas”. Fueron dos cuerpos pequeños.


Caídos a pocos metros de la entrada de uno de los corredores interiores. Uno al lado del otro, pero no exactamente juntos. Como si hubieran intentado acercarse en el último segundo y el tiempo no les hubiera alcanzado.

El mundo dejó de sonar.

Kai soltó Sen Kaishi.

La espada cayó de punta, clavándose en la piedra con un golpe seco que apenas oyó.

Sus piernas lo llevaron hasta ellas por puro reflejo. Se arrodilló tan fuerte que se lastimó las rodillas y no lo sintió.

—No… —la voz le salió rota desde la primera sílaba—. No, no, no…

Kaede tenía los ojos entreabiertos. Yoshino parecía dormida, si uno no miraba demasiado tiempo. Kai les tocó la cara con manos que temblaban de un modo indecente.

—Kaede… —susurró, luego más fuerte—. Kaede. Yoshino.

Las sacudió con cuidado primero.

Luego con desesperación.

—No, no, no, no… vamos… —la voz se le quebró por completo—. Despierten. Vamos. Vamos, mis niñas, vamos…

Buscó pulso donde ya no había nada que encontrar. Apoyó la mano en el pecho de una, luego de la otra. Presionó, llamó sus nombres otra vez, como si la insistencia pudiera arrancarlas de la muerte por pura obstinación.

No funcionó.

No iba a funcionar.

Kai se quedó inmóvil un segundo demasiado largo, arrodillado entre los dos cuerpos, con las manos manchadas y la garganta completamente destrozada. Su pesadilla, sus temores, ese horror que había estado con él desde días anteriores, si no es que meses, se había vuelto realidad hasta el último detalle. Esa misma horrenda imagen del clan asesinado… ahora con el rostro de sus hijas.

Entonces vio la sangre.

Un rastro.

No el de ellas.

Otro.

Giró la cabeza.

A unos metros, tirado cerca de la pared del corredor, estaba el cuerpo de Eimi.

El cuerpo de Kai reaccionó antes que la mente. Se arrastró, tropezó consigo mismo al levantarse, casi cayó en el trayecto. Llegó hasta ella de rodillas, como si su cuerpo aun no pudiera recuperar fuerzas y estuviera recibiendo un golpe más que, prácticamente lo estaba matando en vida.

Eimi estaba bañada en sangre. Su abdomen, atravesado. La respiración, si aún existía, era demasiado débil para verse a simple vista.

—No… —el sonido que le salió ya ni siquiera era palabra—. ¡Eimi!


La levantó apenas, lo suficiente para tomarle el rostro, para apartarle el cabello pegado por la sangre. Su visión se nubló. La cabeza le explotó en dolor.

No era solo el duelo.

Era otra cosa.

Un zumbido. Un pitido. Una presión detrás de los ojos, como si algo estuviera tratando de abrirle la cabeza desde dentro. Kai cerró los párpados con fuerza, pero el dolor siguió ahí, latiendo, mordiéndole la nuca, recorriéndole la columna.

La sangre oscura volvió a correrle por la nariz, era inagotable y caía en mayores cantidades.

Gotas cayeron sobre Eimi.

Kai empezó a sollozar.

No como un héroe roto con dignidad trágica. Como un hombre al que le habían arrancado el centro del mundo y todavía no alcanzaba a entender el vacío que quedaba.

—No me hagas esto… —murmuró, inclinándose sobre ella—. No. No. No. Tú no. Ellas no. No…

Detrás de él, el aire cambió.

La temperatura. La textura. El peso.

La Sombra estaba allí.


No hizo ruido.  Solo apareció, igual que en sus pesadillas, cubierta por sus túnicas negras imposibles, como si el espacio mismo se hubiera abierto para dejarla mirar más de cerca.

Kai no se volvió, como si la sombra no existiera en ese momento, o simplemente no le importara que estuviera ahí.

Toda su atención estaba hundida en Eimi. En la sangre. En el hecho de que todavía… todavía…

Apretó los dedos contra su cuello.

Buscó.

Y encontró algo.

Signos vitales… Escasos.

Terriblemente frágiles.

Pero ahí.

Los ojos de Kai se abrieron de golpe.

La desesperación cambió de forma. No desapareció. Se volvió otra cosa más animal y más enferma.

—Todavía estás aquí —susurró—. Todavía estás conmigo.

Eimi intentó enfocar la vista en sus últimos momentos de agonía. Apenas. Sus labios se movieron, sin fuerza suficiente para articular nada claro.

La cabeza de Kai siguió doliéndole.

Más.

Mucho más.

El llanto se mezcló con algo extraño en su garganta. Una vibración y un sonido. Primero pensó que era una arcada. Luego entendió que se estaba riendo.

—He…. hehe….

Era una risa rota, nacida del borde exacto donde el dolor es tan grande que el cuerpo deja de distinguir entre una cosa y la otra.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA

Además de que la sangre negra le corría ya libremente desde la nariz, las lágrimas también eran negras cuando le resbalaron por las mejillas y cayeron sobre el cuerpo de Eimi.

A su alrededor, el espacio empezó a distorsionarse.

No de manera espectacular. Fue algo más íntimo y más perturbador: el aire ondulándose, los bordes de las cosas perdiendo nitidez, las sombras alargándose hacia él como si quisieran tocarlo.

Eimi logró enfocar sus ojos en él por un segundo.

Vio la sangre oscura.

Vio el temblor.

Vio la sombra detrás.

Intentó hablar.

—Kai… —salió apenas un suspiro roto.

Él la abrazó más fuerte, ignorando completamente la voz de Eimi.

—No voy a dejar que te vayas —dijo.

La voz ya no sonaba bien. No del todo.

—No voy a permitirlo. No permitiré que nada nos separe. ¿Escuchas? ¡Nada!

La bruma negra empezó a nacer de sus manos sin que él supiera cómo.

Primero fue un hilo fino, como humo líquido escapando entre sus dedos. Luego más. Luego suficiente como para envolver el torso de Eimi, su herida, su respiración mínima.

Ella lo sintió de inmediato.

No la estaba curando…

—No… —intentó decir, reuniendo una fuerza que ya no tenía—. Kai… no…

Él no escuchó.

La Sombra seguía detrás, sin intervenir, sin apresurarlo. Solo presente. Como un testigo o un invitado esperado.

La bruma se volvió más densa.

Entró por la herida… y los dedos de Kai se aferraron a las aperturas de la herida hasta empezar a tirar, con una fuerza tan primitiva que parecía un animal desesperado por abrir la carne, hasta que finalmente la piel cedió con un sonido semejante a la tela abriéndose de par en par, abriéndole el estómago hasta exponerle las vísceras.

Kai la sostuvo con más fuerza, llorando y riendo al mismo tiempo.

—No te vas a ir —repitió—. No. No. No. Si tengo que tragármelo todo, si tengo que destruirlo todo, si tengo que arrancar cada pedazo del mundo, no voy a dejar que nada nos separe.

Eimi sintió un dolor tan profundo en su cuerpo que apago de inmediato los sentidos, como si la reacción natural del cerebro para evitar un colapso directo fuera causar un shock tan profundo que el dolor alcanzara el umbral de no sentir absolutamente nada.

Su mano, débil, subió hasta tocarle apenas el pecho.

No para aferrarse.

Para detenerlo.

—Kai… entra… en razón… Por favor… —susurró, la voz deshaciéndose.

Pero Kai no hizo nada más que abrirle la piel y empezar a tironear de sus vísceras, metiéndose sus órganos en la boca y empezando a canibalizarla para después masticar y tragar sin piedad. No aceptaba la muerte de sus hijas, ni mucho menos la de la mujer que amaba. Si tenía que hacer hasta lo último para no perderla, entonces nada nunca los iba a separar como esa maldita distancia de antes, nadie se la iba a quitar, así tuviera que hacer que ella viviera en él, dentro de su cuerpo, dentro de su estómago, así jamás podrían apartarla de su lado.


Cada segundo que pasaba, Kai sentía algo entrar en él. No carne. No energía en el sentido normal. Era presencia. Existencia. La impresión enferma de que la estaba absorbiendo, como si en su desesperación hubiera decidido que la única forma de que Eimi no muriera fuera no dejarla fuera de sí.

El color de su cabello empezó a cambiar.

Al principio apenas fue un detalle: algunos mechones rojizos junto a la frente perdiendo saturación, como si la vida les fuera drenada. Luego más. El rojo comenzó a deslavarse poco a poco, mechón por mechón, mientras la sombra lo envolvía y el negro del miasma se le pegaba a la piel como una nueva capa de realidad.

Eimi dejó de resistirse.

No porque aceptara.

Porque ya no podía.

Sus ojos, aún abiertos, siguieron fijos en él hasta el final. Había horror en ellos, sí. Y tristeza. Pero también algo peor: la impotencia de seguir queriendo a alguien incluso mientras se pierde delante de ti.

Cuando terminó, el cuerpo de Eimi ya no estaba en sus brazos como antes.

No se había desintegrado con grandilocuencia. Fue una disolución más íntima, más cruel. La bruma negra la y sus dientes la habían consumido hasta dejar solo restos de sangre, un solo corte de tela y una ausencia que Kai, en su estado, se negó a interpretar correctamente.

La Sombra avanzó un paso.

El miasma lo rodeo a él como si lo reconociera.

Kai quedó arrodillado entre la sangre de sus hijas y el lugar donde acababa de devorar lo último que quedaba de su esposa. Sus manos seguían temblando. Su respiración era irregular. El dolor de cabeza había desaparecido, no porque se hubiera ido, sino porque algo mucho más grande lo había reemplazado.

El rojo de su cabello seguía apagándose.

La Sombra terminó de envolverlo.

Y en el corredor destrozado de la base, entre cadáveres y ruinas, lo que había sido Kai Izanagi empezó a ceder espacio a otra cosa.

Ya irreversiblemente roto.


 El mundo que se perdió

El nacimiento de las guadañas

En la Ciudadela de The Order, Ryo Izanagi ya tenía el batallón listo.

Las filas de soldados clonados esperaban en formación alrededor del anillo principal del portal, perfectamente inmóviles, como si el tiempo no fuera una variable que pudiera jugar en contra. Varias unidades de apoyo terminaban de cargar suministros, armamento y sellos de contención. Los operadores revisaban lecturas una y otra vez, buscando cualquier mínima irregularidad en la ruta hacia Midgard.

Ryo observaba todo con los brazos cruzados.

No le gustaba esperar.

Mucho menos cuando la guerra ya había comenzado y un mundo completo estaba ardiendo sin que él estuviera ahí para cortar gargantas. Su expresión severa no había cambiado desde que entró a la sala, pero la tensión en su postura era evidente para cualquiera que supiera leer algo más que palabras.


Fue Okibame quien terminó de romper la quietud.

El veterano avanzó hacia él con una cara que no traía buenas noticias. No había ironía, ni humor, ni la paciencia de maestro que solía cargar incluso cuando estaba molesto. Solo fatiga y un enojo demasiado controlado.

—El Rey Blanco negó la salida —dijo.


Ryo lo miró sin parpadear.

—Repite eso.

—La salida por el portal hacia Midgard fue bloqueada por orden directa —continuó Okibame— Lancelot Soren presionó la decisión. Hablan de equilibrio estratégico, de no comprometer otras rutas, de no caer en provocaciones…

Ryo no lo dejó terminar.

Su mandíbula se tensó. Giró sobre sí mismo y miró el anillo del portal apagado como si estuviera considerando partirlo a golpes.

—Van a morir allá abajo por “equilibrio estratégico” —murmuró, con una voz tan dura que resultó peor.

Okibame no intentó justificar nada.

—Lo sé.

Ryo soltó el aire por la nariz, una vez, seco. Luego llevó una mano al costado y activó un pequeño dispositivo de tránsito personal, un portal de emergencia que no estaba hecho para mover ejércitos, sino individuos muy determinados y muy poco dispuestos a obedecer.

Okibame lo vio y frunció el ceño.

—Ryo…

—No pienso quedarme aquí escuchando cómo justifican una traición —cortó él—. Si el Rey Blanco decidió abandonar Midgard, que lo haga con su propia conciencia. Yo no voy a compartirle esa comodidad.


El círculo del portal personal se abrió con un destello duro, estrecho, mucho más inestable que la gran ruta oficial.

Ryo dio un paso hacia él.

—No vas a poder llevarte a todo el batallón así —advirtió Okibame.

—No necesito a todo el batallón para empezar a matar —respondió Ryo.

Y atravesó el portal.


Llegó tarde.

Lo supo apenas puso un pie en Midgard.

El aire olía a incendio viejo, sangre seca y metal roto. No a batalla viva, sino a tragedia recién consumada. El terreno frente a la base de avanzada estaba cubierto de cadáveres mezclados: soldados clonados, defensores de The Order, invasores de la Entropía y restos de unidades mecánicas de la Tecno Unión.


Ryo salió del portal con la espada ya en la mano.

No tardó en detectar movimiento.

Quedaban aún varias unidades de la Tecno Unión entre los escombros, reagrupándose con la eficiencia mecánica de quienes todavía no habían recibido la orden de retirada. Y, frente a ellas, inmóvil, observando el perímetro como si estuviera en una visita técnica, estaba V3R5U5.

El bio-androide giró el rostro al sentir la nueva presencia.

Una bastante conocida para este producto de combates anteriores claro estaba.

—Interesante —dijo—. Tiempo sin verte, Izanagi Ryo.

Ryo no se detuvo.

Su presencia de Novena Puerta se desplegó sin dramatismo, aplastando el espacio a su alrededor con una presión tan densa que varias unidades mecánicas perdieron estabilidad un segundo. La diferencia entre ambos no necesitaba explicación táctica.


V3R5U5 la entendió al instante.

—No eres rival para mí —dijo Ryo, con una frialdad que sonó casi ofensiva—. Así que te doy una sola oportunidad para elegir: te apartas… o te convierto en chatarra delante de tus soldados.

V3R5U5 ladeó apenas la cabeza.

Orgullo tenía de sobra. Y ganas de pelear, aún más. Pero no era un idiota. La Novena Puerta de Ryo no era solo un dato de informe; era una diferencia abismal que el bio-androide podía sentir en cada lectura de su propio sistema adaptativo.

—Hoy no —respondió al final.

Retrocedió un paso.

No como quien huye, sino como quien archiva una amenaza para estudiarla después.

Las unidades de la Tecno Unión a su alrededor comenzaron a replegarse. Algunas apuntaron a Ryo por puro protocolo, pero ninguna abrió fuego. La sola posibilidad de enfrentarlo de frente con el campo ya perdido era una forma muy poco eficiente de suicidio.

—Volveremos a medirnos —añadió V3R5U5, antes de desaparecer entre las estructuras caídas y la retirada mecánica.

Ryo no lo persiguió.

Había algo más urgente.

Entró en la base.

Los corredores parecían haber sido abiertos a golpes por gigantes y fantasmas enfermos. Restos de miasma negro se pegaban a los bordes de las paredes. En varios puntos, la sangre era demasiado abundante para pertenecer a simples escaramuzas.

Encontró a Hævner primero, tirado entre escombros y cuerpos, aún vivo pero inconsciente. Exael estaba no muy lejos, apoyado contra una pared parcialmente derrumbada, cubierto de sangre y polvo, respirando lo justo para seguir en este lado del mundo.

Ryo se agachó sin perder tiempo.

Sacó dos Caramelos S de un compartimento interno y se los introdujo, uno a cada uno, asegurándose de que el reflejo de deglución hiciera el resto y esperó.

Fue Hævner quien reaccionó primero, tosiendo con violencia al reincorporarse a medias.

Sus ojos se enfocaron en Ryo y, durante un instante, no entendieron lo que veían.

—¿Tú…? —murmuró.

—Sí —respondió Ryo—. Ponte de pie si todavía recuerdas cómo.

Exael volvió después, con un quejido y una maldición a medio formar.

—De todas las caras que quería ver después de casi morirme… —masculló—. Bueno, supongo que pudo ser peor.

Hævner ya estaba mirando alrededor con desesperación creciente.

—Kai —dijo de golpe—. Eimi.

Ryo notó el cambio al instante. No era simple preocupación, claramente ellos dos deberían estar aquí también, pero habían desaparecido sin dejar rastro.

—¿Dónde están? —preguntó.

Ninguno de los dos respondió enseguida.

Exael se pasó una mano por el rostro, limpiándose sangre.

Hævner cerró los ojos un segundo, respiró una vez y luego escupió las palabras como si le supieran a veneno.

—Nos traicionaron.

Ryo no pestañeó.

—Explícalo.

—El Rey Blanco negó la intervención—dijo Hævner—. Nos dejó pudrirnos aquí. Lancelot le metió la idea en la cabeza y el muy cobarde aceptó. Cel, Okibame… todos quedaron del otro lado mientras la base caía.

Apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le tembló.

—Nos vendieron.


Exael soltó una risa hueca, rota.

—La gran pureza de The Order —murmuró—. Qué elegante forma de abandonar un mundo.


Ryo guardó silencio unos segundos.

No porque dudara de lo que oía. Porque estaba acomodando las piezas.

Midgard aislado. Portal denegado. Mando alto comprometiendo una defensa completa por cálculo o por cobardía. Familias y soldados sacrificados en nombre de la estrategia.

Era exactamente el tipo de fractura que conocía jodidamente bien.

Miró a Hævner.

—¿Y Kai?

La respuesta no llegó.

Porque, aunque no lo dijeron todavía, la ausencia tenía ya demasiado peso.

No estaba en la base. No estaba entre los cuerpos inmediatos. Y el modo en que Hævner evitó su mirada dejó claro que cualquier desenlace probable era malo.

Ryo se puso de pie.

Su expresión no cambió, pero algo en él se volvió más duro. Conocía bien cuando mandos pomposos y malditos que creen tener el poder sobre las vidas en sus manos deciden sacrificar personas como peones. Porque él había asesinado más de una vez a esas vidas sacrificadas.

—The Order murió aquí —dijo al final—. Al menos la ilusión de lo que decía ser.

Hævner lo miró, respirando todavía con dificultad. Estaba harto, no iba a regresar a la maldita ciudadela como un perro con el rabo entre las patas a escuchar cual sea la excusa del Rey Blanco, de ser por él, lo mataría aquí mismo.

—Entonces hagamos algo con los restos —respondió.

No fue una declaración inspiradora. No intentó serlo. Fue la frase exacta que correspondía a ese momento.

En las horas siguientes, entre fuego, cadáveres y supervivientes reagrupados, nació otra cosa.


No al principio como doctrina. Ni siquiera como organización formal. Nació como una necesidad compartida: soldados traicionados, mandos intermedios, supervivientes de Midgard, elementos expulsados del tablero por quienes se suponía que debían protegerlos.

Ryo no pidió permiso a nadie para quedarse.

Se estableció allí.

Primero para asegurar la zona. Luego para organizar a los supervivientes. Después para negociar con lo que quedaba de la Tecno Unión, cuyas unidades, privadas ya de objetivo inmediato, demostraron ser mucho más pragmáticas cuando el enemigo común se volvió Helhest y no Midgard.

La alianza no nació de confianza.

Nació de utilidad.

Y a veces eso era más sólido.

Hævner, todavía hirviendo de odio hacia el Rey Blanco y hacia todo lo que oliera a obediencia ciega, fue de los primeros en sostener que aquello ya no podía seguir siendo simplemente “una célula de resistencia”. Exael, con su cinismo habitual, aceptó la idea con una facilidad casi divertida. Otros soldados, heridos, furiosos y sin ganas de volver a inclinar la cabeza ante la ciudadela, fueron sumándose.

Fue así, entre ruinas y traición, que empezó a tomar forma la facción que después sería conocida como The Reapers.

La radio de mando captó la señal entrante varias horas después.

No venía de un canal oficial. No traía sello conocido. Era una frecuencia sucia, tejida para parecer ruido hasta que alguien con suficiente instinto decidiera escuchar mejor.

Ryo fue el primero en tomarla.

La voz del otro lado llegó filtrada, rasposa, pero reconocible para quien ya había oído informes sobre él.

Balor.


No era un aliado limpio. Más bien una criatura acostumbrada a moverse bajo las sombras, operando cerca de los Hijos de la Entropía sin pertenecerles del todo, como un cuchillo que todavía no decidía a quién atravesar al final.

—Ya despertaron, entonces —dijo Balor, casi divertido.

Ryo no respondió a la provocación.

—Habla.

Hubo un breve silencio. Luego:

—Helhest está en Helheim.

La sala de mando improvisada quedó inmóvil.

Hævner levantó la cabeza. Exael dejó de mover una daga entre los dedos. Varios de los presentes, incluso los de la Tecno Unión, entendieron que aquello ya no era un simple reporte de ubicación.

Era una invitación.

O una carnada.

Quizá ambas.

—¿Estás seguro? —preguntó Ryo.

—Lo bastante —respondió Balor—. Está moviendo piezas ahí. Alimentando sellos. Preparando algo más grande que Midgard. Si quieren cortarle la garganta antes de que se le ocurra una idea nueva, ese es el mundo.

La transmisión siseó un momento.

—Y Ryo… —añadió Balor, con un tono más bajo—. Si van, no vayan como soldados de The Order. Esos ya llegaron tarde una vez.

La señal se cortó.

Nadie habló durante varios segundos.

Ryo apoyó ambas manos sobre la mesa central donde se había extendido un mapa incompleto de rutas, mundos y frentes.

Helheim.

El nombre pesaba por sí solo.

Levantó la vista hacia los reunidos.

Hævner, con la rabia todavía fresca. Exael, medio sonriente como siempre, pero ya afilando la idea de la siguiente guerra. Los supervivientes de Midgard. Las unidades de la Tecno Unión que habían decidido no marcharse. Los soldados clonados reprogramados o rescatados. Todos los restos útiles de un mundo que The Order había abandonado.

—Entonces nos movemos —dijo Ryo.

No alzó la voz. No hizo falta.

A Helheim.

Helheim abre la boca

Helheim

El portal hacia Helheim no se parecía a ninguno de los que The Order solía usar en sus despliegues.

No era limpio. No era elegante. No proyectaba estabilidad. La estructura circular levantada por los recién nacidos Reapers vibraba con una tensión cruda, sostenida por ingeniería improvisada, Energía Prima comprimida y una cantidad indecente de obstinación colectiva. Era un portal hecho no para conectar mundos con armonía, sino para atravesarlos por la fuerza.


Frente a él, la nueva facción aguardaba.

Ya no eran solo sobrevivientes dispersos de Midgard. Había una forma naciente de ejército en ellos. Soldados que habían quedado huérfanos de mando y que ahora cargaban una dirección distinta en la mirada. Clonados reprogramados. Restos útiles de la Tecno Unión. Guerreros resentidos, fracturados o demasiado lúcidos como para volver a inclinar la cabeza ante la Ciudadela.

Y al frente, sin necesidad de levantar la voz para que todos supieran quién mandaba, estaba Ryo Izanagi.


Su cabello negro caía desordenado hasta los hombros, mecido por la vibración del portal. La expresión severa seguía ahí, tallada en el rostro con esa dureza que no era pose, sino costumbre. Había algo particularmente incómodo en su quietud: la sensación de que incluso inmóvil, Ryo ya estaba peleando con el siguiente problema.

A un lado, Hævner revisaba la distribución de escuadras por última vez, esta vez luciendo diferente, habría jurado usar una máscara ocultando su identidad, por lo que, desde entonces, no pudo vérsele más el rostro.

—A partir de ahora usaré esta máscara y no volveré a quitármela hasta que acabemos con esos malditos… ¡Ya basta de los impedimentos y las nefastas reglas de La Orden! Esas reglas inútiles y la cobardía del Rey Blanco y los Altos Mandos nos han traído la ruina, pero ya ha sido suficiente… ¡Iremos a la guerra y destruiremos a los Hijos de la Entropía! ¡No nos detendremos hasta vengar a nuestros camaradas, amigos y hermanos! ¡Y EXTERMINAR A ESOS MALDITOS PARA SIEMPRE! —


Exael giraba una hoja corta entre los dedos con la calma de quien estaba deseando que empezara la carnicería. Los demás esperaban.

Ryo iba a dar la orden. Entonces sintió algo.

–¿Hmph?

No un cambio brusco, no una presencia que entrara con teatralidad. Fue más bien una variación mínima en el flujo de la Energía Prima alrededor del grupo. Una nota disonante. Lo bastante leve como para que nadie más la registrara. Lo bastante anormal como para que él la identificara de inmediato.

Desplazó la mirada entre las filas hasta que lo encontró.

Una figura encapuchada acababa de integrarse en la parte media del contingente, sin buscar protagonismo, sin hablar con nadie, sin cometer la clase de errores que cometen los infiltrados novatos. El rostro estaba oculto. La postura también ayudaba: demasiado contenida como para ofrecer rasgos evidentes. Pero eso no era lo que había delatado al recién llegado…

Este parecía cargar algo… Una especie de herida silenciosa en la Energía Prima. Una contaminación sutil o bien… una oscuridad domesticada con violencia en lugar de equilibrio.


Ryo no dijo nada.

Solo sostuvo la mirada sobre la capucha durante dos segundos más.

«Así que viniste.» Meditó para sus adentros.

Ryo no lo señaló. Podía sentir la firma familiar y ajena al mismo tiempo, la que sintió en el Kai de este mundo, con un grado de contaminación que parecía invisible para otros menos para él.

Había demasiadas preguntas que podían esperar. Helheim, no. Apartó la vista y, al fin, habló.

—Nos movemos ¡ya! —ordenó.

El portal respondió, abriéndose del todo con un desgarrón de luz opaca y sombras rojas. La primera línea de Reapers avanzó sin vacilar. Luego la segunda. Luego el resto.

La figura encapuchada entró con ellos, tragada por el umbral junto con todos los demás.

Ryo fue el último de los principales en cruzarlo.

Y cuando lo hizo, Helheim les abrió la boca.



El cielo parecía estar hecho de carne ennegrecida cosida a la fuerza con relámpagos rojos. Las montañas surgían como espinas deformes del suelo, y grandes extensiones de piedra oscura latían apenas bajo la superficie, como si todo el mundo estuviera acostado sobre un corazón inmenso que aún no decidía si dejar de latir o estallar.

Las fuerzas Reaper apenas terminaron de desplegarse al otro lado del portal cuando el campo de batalla se reveló por completo.

Helhest los estaba esperando.


De pie sobre una elevación natural de roca negra, con sus cabellos oscuros agitados por un viento imposible, parecía todo menos un general y más un sacerdote en el segundo exacto antes del sacrificio. Sus ojos rojizos recorrieron al ejército invasor sin sorpresa alguna.

Como si todo esto fuera exactamente lo que había querido.

A su alrededor, los Hijos de la Entropía ya estaban formados. Filas completas de fanáticos, monstruos deformados, cuerpos alterados por miasma, hechuras rituales y bestias demasiado mal compuestas para haber nacido. Más atrás, estructuras vivas y semiconscientes emergían del terreno como órganos levantados por un mundo enfermo.


Ryo dio un paso al frente.

—Helhest.

El otro apenas fijo su mirada en él. Lo recordaba, claro que lo recordaba de aquella incursión a su mundo justo cuando ese científico psicópata le arrebato todo y lo forzó a conectarse con su otro yo.

—Ryo Izanagi. —respondió, sin levantar la voz— Llegas tarde a todas las historias importantes.

Hævner ya tenía la mano en el arma.

Pero Helhest no respondió a ellos.

Se limitó a alzar una mano hacia el cielo enfermo de Helheim.

ENTROPIA NACE

Lo que siguió no fue una invocación elegante. Fue una profanación a gran escala.

Los sellos antiguos distribuidos por todo el valle comenzaron a encenderse a la vez, pulsando con una luz negra verdosa. La tierra tembló. Las grietas del mundo se abrieron más. El aire adquirió esa densidad insoportable que precede un nacimiento que no debería ocurrir.

Y entonces, desde el corazón mismo de Helheim, Entropía respondió.

Emergió como una montaña viva arrancándose sola del subsuelo.

Su forma recordaba vagamente a las antiguas representaciones de deidades marinas insanas: una entidad colosal, tentacular, coronada por apéndices y masas de carne negra que se abrían y cerraban como branquias de otra realidad. Su piel era de un negro absoluto, no mate ni brillante, sino algo peor: un tono que parecía tragarse la luz y devolver solo hambre.


Era un Primordial.

Y, aun así, cuando Ryo lo miró, no sintió la misma clase de abismo que había sentido una vez frente a Yggdrasil.


Eso lo notó de inmediato.

Sin embargo, no quitaba que aquella presencia fuese enorme. Destructiva. Más que suficiente para quebrar ejércitos enteros o quizás el mismo mundo, intimidando a todos los presentes quienes de inmediato notaron la inagotable presión energética que invadía todo el ambiente, tanta presión que incluso logró mantenerlos inmóviles; empero, Ryo sabía para sus adentros que esa criatura no estaba en el mismo nivel que el otrora primordial de Edén. No como Yggdrasil, que había obligado a él y al Kai maduro de cabellos negros a superar incluso la lógica del combate hasta llegar a la fusión.

Esta cosa era significativamente menor muy a pesar de tener novena puerta, y para el estado actual de Ryo, eso bastaba para tener un chance.

Ryo comprendió el dato con la misma rapidez con la que desenvainó su espada Kuroitetsu sin temor alguno delante de la entidad.

—Es posible —murmuró.

Helhest lo oyó, o quizá solo adivinó el pensamiento.

—¿Qué cosa? —preguntó.

Ryo no le contestó a él.

Se volvió apenas lo suficiente para que todos los Reapers lo escucharan.

—La Entropía es mía —dijo.

La frase cayó con un peso absoluto.

Exael sonrió, entendiendo al instante.

Hævner frunció el ceño, no porque dudara, sino porque sabía exactamente lo que implicaba que Ryo tomara esa decisión solo.

Ryo siguió:

—No interfieran. Acaben con los Hijos de la Entropía. Derriben este mundo si hace falta, pero no se metan entre esa cosa y yo.

Plantó la espada en el suelo un segundo y dejó que la Energía Prima se desplegara.


La Novena Puerta abrió como una sentencia.

La oscuridad lo envolvió primero. No una sombra externa, sino una transformación que nacía de su propio cuerpo. Su silueta se alargó, volviéndose más esbelta y más antinatural, recubierta por un exoesqueleto de placas irregulares, dentadas, que parecían nacer y reacomodarse sobre él en tiempo real. Cuernos afilados brotaron de su cabeza, resplandeciendo con una luz carmesí que era tan bella como alarmante. La mano izquierda se deformó un poco más que la derecha, terminando en garras puntiagudas, y en su palma comenzó a concentrarse una masa de energía roja arremolinada, abrasadora, contenida apenas por su propia voluntad.


Detrás de él, una cola larga y sinuosa se desprendió de la base de la espalda, fundiéndose por momentos con las sombras del suelo como si ambas se reconocieran.

Esquirlas y partículas rojas flotaron a su alrededor, orbitándolo como brasas de una destrucción demasiado densa para apagarse.

La forma final de la Novena Puerta de Ryo no parecía la evolución de un hombre. Parecía la versión más honesta de un depredador divino, la manifestación misma de lo que fue el demonio Sorath.

Incluso varios Reapers dieron un paso atrás por puro instinto.

Ryo levantó la vista hacia la Entropía, cuya masa gigantesca todavía terminaba de emerger del suelo de Helheim.

—Ya peleé una vez contra un Primordial que requería dos monstruos para caer. —Dijo, su voz deformada ahora por la transformación, más grave, cargada de una vibración que hacía temblar el aire— No eres invencible.

La Entropía rugió.

El sonido salió del suelo, del cielo, de las grietas, de las entrañas del valle. Varias filas de soldados de ambos bandos se llevaron las manos a los oídos por pura reacción física.

Ryo alzó la mano izquierda.

Ryo vs Entropia

Absoluta tensión en medio de ese ambiente gobernado por el caos, un silencio incómodo vaticina lo que está a punto de ocurrir, es en ese preciso instante cuando la energía carmesí concentrada en la palma de Ryo, latió como una estrella enferma.

—Acabaré contigo.

Helhest hizo un gesto leve, arqueando la ceja, incrédulo ante lo confiado que se muestra el Izanagi, mientras tanto, todo el campo de batalla fue invadido por un gélido aire que no hizo más que aumentar la presión del momento.

Y la guerra total comenzó.

Los Hijos de la Entropía cargaron. Los Reapers respondieron. Las líneas chocaron con una violencia que convirtió el valle en un hervidero de metal, carne y Energía Prima. La Tecno Unión abrió fuego desde los flancos con precisión. Exael salió disparado hacia la primera línea enemiga como si por fin le hubieran dado una excusa válida para ser él mismo. Hævner reorganizó a los suyos en cuñas de penetración, frío incluso con la rabia viva en el pecho.

Y en medio del caos, la figura encapuchada se movió también.

Ryo lo notó de reojo, pero no lo siguió. Ese todavía no era el problema principal. No mientras Helheim siguiera respirando a través de aquella monstruosidad.

La Entropía descargó el primer golpe desde la altura.

Tentáculos de carne negra y espinas deformes bajaron sobre Ryo, cada uno cargado con suficiente peso como para triturar torres.

Ryo desapareció.

La Novena Puerta lo había vuelto demasiado rápido para seguirse con ojos comunes. Reapareció ya en ascenso, atravesando el aire entre las extremidades descendentes, y la energía roja de su mano izquierda explotó contra uno de los apéndices del Primordial.

El impacto cortó la masa en dos.

Sangre negra, demasiado espesa, llovió sobre Helheim.


—Concentren el frente —ordenó Hævner al resto—. ¡No miren arriba! ¡Los Hijos de la Entropía siguen aquí!

Tenía razón. La visión de Ryo enfrentando solo a una entidad de ese tamaño era lo bastante hipnótica como para matar idiotas.

Exael se aseguró de recordárselo a todos partiendo en dos al primer fanático que se quedó dudando.

—El que mire el espectáculo y deje de matar, estorba —dijo.

La guerra por Helheim apenas acababa de abrirse.

Abajo, los Reapers y los Hijos de la Entropía se destrozaban unos a otros entre humo, metal, vísceras y relámpagos de Energía Prima. Arriba, por encima de ese infierno menor, se estaba librando algo peor.


Ryo Izanagi ascendía como una mancha viva de oscuridad y rojo.

Su forma de Novena Puerta no parecía hecha para ser vista por ojos humanos demasiado tiempo. El exoesqueleto irregular que lo recubría se adaptaba a cada movimiento como si estuviera vivo, los cuernos carmesíes ardían con una luz malsana y las partículas rojas que flotaban a su alrededor no daban la impresión de decorarlo, sino de anunciar que el espacio cerca de él ya no obedecía del todo al mundo.


La Entropía respondió como lo que era: un Primordial.

Sus tentáculos negros descendieron en masa sobre Ryo, no como apéndices individuales sino como una lluvia de colosos. Cada uno de ellos bastaba para pulverizar fortalezas. Cada uno venía cubierto por espinas, ojos vestigiales, bocas mal cerradas y membranas que parecían abiertas a un vacío detrás del mundo.

Ryo no se desvió.

Se abrió paso.

La palma izquierda, coronada por aquella concentración abrasadora de energía roja, se estrelló contra el primer tentáculo. El impacto no produjo una simple explosión: abrió una grieta de energía a lo largo de toda la extremidad. La carne negra se partió desde la punta hasta la base, derramando sangre densa sobre Helheim.


El segundo tentáculo llegó desde un ángulo ciego.

La cola oscura de Ryo se curvó detrás de él, desviando la trayectoria apenas lo suficiente para que sus garras derechas alcanzaran a cortar de arriba abajo. El apéndice se desprendió girando en el aire y cayó sobre el valle, aplastando por igual a fanáticos de la Entropía y restos de sus propias invocaciones.

La Entropía rugió.

Las nubes negras sobre Helheim se abrieron y dejaron caer una lluvia de materia corrupta, filamentos oscuros que chirriaban al tocar el aire. Cada uno de ellos llevaba una presión de Energía Prima enloquecida, suficiente para atravesar carne y roca.


Ryo giró en el aire.

Las placas de su exoesqueleto se abrieron un poco en hombros y brazos, canalizando mejor la energía. La masa carmesí de su mano izquierda se comprimió hasta volverse una esfera casi perfecta.


Luego la lanzó.

La detonación partió la lluvia negra a medio descenso, incendiando el cielo de Helheim con un sol rojo momentáneo. Las esquirlas corruptas quedaron suspendidas una fracción de segundos antes de ser consumidas por aquella energía abrasadora.

La Entropía se terminó de alzar desde las profundidades de Helheim, liberando su forma casi completa. Era monstruosa incluso para los parámetros de los Primordiales. Su cuerpo central recordaba a una masa tentacular coronada por un rostro imposible, como si alguien hubiera intentado construir un dios a partir de miedo puro y luego lo hubiera dejado pudriéndose bajo tierra. La piel negra se ondulaba en capas, abriéndose por momentos para mostrar surcos donde la energía fluía como lava oscura.


La Entropía abrió una de sus múltiples bocas.

Desde lo profundo de su masa salió una onda de presión negra, una mezcla de rugido y pulso gravitacional que bajó sobre él como una muralla. El espacio delante de la criatura se deformó, curvándose alrededor del ataque.

Ryo cruzó ambos brazos.

La Novena Puerta rugió desde dentro de él, respondiendo con una brutalidad elegante que solo aparece cuando el cuerpo y la energía ya dejaron de discutir entre sí.

El impacto lo alcanzó de lleno.

Helheim se partió.

El valle entero tembló. Montañas cercanas colapsaron en secciones. Decenas de combatientes en tierra cayeron al suelo de rodillas por la onda de choque.

Durante un segundo, Ryo desapareció entre la marea negra.

Helhest, desde su posición elevada, observó con los ojos muy abiertos por primera vez.

Entonces una línea roja cortó el centro del ataque.

Ryo emergió de la masa oscura como un proyectil vivo, con el exoesqueleto humeando en varios puntos, sí, pero intacto. La energía carmesí le chorreaba de todo el cuerpo.

Aceleró.

La Entropía apenas alcanzó a bajar dos tentáculos para interceptarlo.

Ryo los atravesó a ambos.

Su cuerpo pasó entre ellos como una lanza demoníaca, partiéndolos desde dentro, y le clavó la mano izquierda en el torso central al Primordial.

El rojo explotó dentro del negro y La Entropía convulsionó. Una grieta inmensa se abrió en su pecho, dejando ver una especie de cavidad central donde Energía Prima corrupta latía con una forma obscena, casi como un pseudo-núcleo.


Ryo arrancó la mano de ahí a la fuerza, llevándose carne y oscuridad con él y la sangre negra lo bañó por completo.

El Primordial respondió de la manera más brutal posible: cerró el cuerpo sobre él, estaba intentando tragárselo por todos los medios posibles antes de terminar muerto en sus manos.

Decenas de capas de carne, tentáculos y bocas interiores se replegaron sobre Ryo al mismo tiempo, envolviéndolo en una prisión viva. Los bordes de la monstruosidad se cerraron, convirtiendo el centro del cielo en un capullo negro palpitante.

Abajo, varios de los Reapers se tensaron.

Exael chasqueó la lengua.

—Acaso esta…?

Confrontación Final

Helhest, en cambio, dejó escapar algo parecido a una exhalación satisfecha.

—Muere ahí dentro —murmuró, casi para sí.

Una vez más, todo el páramo quedó en absoluto silencio, quizás se pensaba que el Izanagi había perdido el combate, cuando la misma atmósfera fue sorprendida una vez que el capullo latió una vez.

Dos.

Tres veces.

Y entonces se llenó de grietas rojas.

Desde dentro.

La Entropía emitió un ruido inhumano, una mezcla de cientos de voces animales rompiéndose a la vez.

El capullo explotó hacia afuera.

Ryo emergió del interior envuelto por una tormenta de esquirlas negras, con una de las placas del exoesqueleto quebrada en el hombro y el torso cruzado por surcos de miasma que siseaban al contacto con el aire. Pero seguía moviéndose.

Seguía avanzando.

La cola le azotó el aire como un látigo y le cortó de raíz uno de los apéndices que intentaba sujetarlo por la espalda. Las garras de la mano derecha atravesaron otro. La izquierda, aún encendida en rojo, se cerró en un puño.

—Ya entendí cómo funcionas —dijo.

La Entropía volvió a descargarse sobre él, esta vez no con tentáculos, sino con algo peor: una lluvia de bocas y ojos nacidos en el aire alrededor de Ryo, pequeñas deformidades de carne negra que se abrían y cerraban a su alrededor, tratando de arrastrarlo.

Ryo descendió de golpe, dejando que varias de esas bocas lo siguieran, y se estrelló contra una de las torres rocosas de Helheim. En el mismo instante, impulsó toda la Energía Prima acumulada en su cuerpo hacia afuera.

La Novena Puerta respondió con violencia.

Una corona de púas rojas surgió a su alrededor, expandiéndose en un radio brutal. Las bocas fueron reventadas una por una, los ojos se pulverizaron, la roca entera detrás de él se deshizo en una nube de escombros.

El impulso lo lanzó otra vez hacia la Entropía.


Esta vez Ryo fue directamente a la cabeza.

La criatura trató de protegerse cerrando varias capas de carne delante del rostro. Ryo las atravesó como si no existieran, cortándolas con la mano derecha mientras descargaba golpes en puntos cada vez más precisos del cráneo monstruoso.

Primero una mandíbula secundaria.

Luego un ojo central.

Luego el borde de una branquia negra por donde escapaba gran parte de la presión del Primordial.

Cada impacto era quirúrgico dentro de la brutalidad.

La Entropía intentó atraparlo de nuevo. Un conjunto de apéndices lo alcanzó por fin, enredándosele en la cintura, el brazo izquierdo, la cola.

Ryo no tiró hacia atrás.

Tiró hacia delante.

Usó la propia presa para acercarse más y hundió ambas garras en la cara central del Primordial. El rojo y el negro chocaron en una explosión que arrancó media estructura del rostro.


La sangre de la Entropía salió disparada como un aguacero oscuro sobre Helheim.

Los Hijos de la Entropía que seguían combatiendo abajo vacilaron por primera vez.

Y ese fue el principio de su quiebre.

Hævner lo vio y gritó una orden inmediata.

—¡Presionen! ¡No les den aire!

Los Reapers cargaron con renovada ferocidad. La Tecno Unión aumentó la cadencia de fuego. Exael literalmente se rió mientras atravesaba a un fanático de lado a lado.

Pero arriba todavía no terminaba.

La Entropía, ya visiblemente herida, empezó a cambiar de forma.

Su masa se contrajo, luego se expandió de golpe, desplegando un conjunto de alas membranosas hechas de oscuridad líquida, y con ellas levantó una tormenta de vacío alrededor de Ryo, aun intentando atraparlo consigo y asimilarlo, forzarlo a no matarlo. Tal como hizo con cierto “hijo” en un ciclo anterior de Terra Prime.

Dentro de ese espacio, todo sonido se volvió lejano. Todo salvo el latido. El pseudo-corazón corrupto del Primordial. Ryo lo oyó, justo ahí.

Detrás del esternón monstruoso, hacia el costado izquierdo, protegido por capas de carne y realidad torcida.

La Entropía lanzó entonces su último recurso.

Miles de voces salieron de ella a la vez. Gritos, susurros, recuerdos rotos, nombres de muertos, miedos deshechos en palabras sin forma. Era una ofensiva dirigida al núcleo de la voluntad, no a la carne. Helheim entero parecía susurrarle a Ryo desde la garganta del Primordial, intentando arrastrarlo a la duda, a la parálisis, a la pérdida de identidad.

Ryo escuchó, pero, aun así, siguió avanzando.

—Tú no eres Yggdrasil —dijo, casi con desdén.


La mano izquierda se llevó toda la energía carmesí restante. Lo suficiente como para que el brazo completo empezara a agrietarse por la presión. Lo suficiente como para que el aire alrededor se incendiara en rojo oscuro y así se abalanzó para acabar de una vez con la entidad.

La Entropía bajó todos sus tentáculos, sus alas, sus bocas, sus capas, intentando detener esa única carga frontal.

No bastó.

Ryo atravesó uno. Luego dos. Luego cinco. Cada impacto lo ralentizaba una fracción de segundo y lo hería más, pero el impulso seguía intacto. La cola cortó a un costado. Las garras derechas arrancaron de raíz lo que se cerraba sobre él.

Cuando llegó al torso central, la Entropía alcanzó a cerrar una última capa sobre el corazón corrupto, pero Ryo de una vez le clavo todo el brazo en el pecho hasta alcanzarle el maldito núcleo por fin.

La energía carmesí comprimida explotó dentro del Primordial con una violencia que Helheim no estaba preparado para sostener. La onda salió por la espalda de la criatura, perforó el cielo negro, rompió la cúpula de vacío y abrió una grieta de luz roja que se vio desde todos los rincones del mundo.

La Entropía se arqueó.

El rugido final no fue solo dolor. Fue un colapso.

Ryo abrió la mano dentro de ella y agarró el pseudo-corazón.

Era enorme. Blando y duro a la vez. Palpitante de una energía obscena que intentó subirle por el brazo como veneno. No lo soltó.

—Se acabó —dijo.

Y arrancó.

El corazón corrupto salió despedido del pecho del Primordial en una lluvia negra.

Durante un segundo imposible, el cuerpo de la Entropía quedó suspendido en el aire, vacío, todavía intentando comprender que su centro ya no estaba ahí.

Luego empezó a deshacerse.

La masa negra se abrió en grietas por todas partes. Los tentáculos se volvieron polvo oscuro. Las alas colapsaron. La piel se resquebrajó y dejó escapar ríos de Energía Prima corrupta que, sin núcleo que la contuviera, se desintegró en el aire.

Ryo retrocedió de un salto, aun sosteniendo el corazón arrancado en la mano izquierda.

Miró la cosa latir por última vez, la apretó y el pseudo-corazón explotó en un puñado de materia negra que el viento de Helheim se llevó como ceniza.

Abajo, el valle entero cayó en un silencio de estupor.

La Entropía… estaba muriendo. Su cuerpo colosal terminó de colapsar sobre sí mismo y se convirtió en una lluvia de restos oscuros que cayó sobre Helheim como nieve blasfema.

Ryo descendió lentamente entre esa lluvia.

El exoesqueleto seguía ardiendo en rojo. Varias placas estaban quebradas. El brazo izquierdo humeaba desde el codo hasta el hombro. La cola se movía todavía con un pulso predatorio. Su silueta parecía la de una pesadilla triunfante.

Cuando tocó el suelo, el impacto abrió una grieta circular a su alrededor.

Los Reapers lo vieron.

Los Hijos de la Entropía también.

Y en ese instante, todos entendieron lo mismo.

Helheim había perdido a su dios antes de terminar la guerra.

 “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”

En cuanto el Primordial colapsó, Helheim empezó a desmoronarse desde adentro. Las grietas que antes latían con una falsa estabilidad se abrieron de golpe. El suelo negro se hundió por sectores enteros. Montañas de piedra viva se partieron en dos y vomitaron energía corrupta hacia el cielo. Las nubes enfermas se desgarraron como piel vieja, dejando ver un vacío rojizo detrás del firmamento.

El mundo estaba muriendo.


Y en el valle central, la guerra dejó de ser una batalla disputada.

Se convirtió en una cacería.

Los Reapers empujaban ya sobre líneas enemigas rotas. La Tecno Unión barría flancos con precisión brutal. Los Hijos de la Entropía, privados de su centro divino, empezaban a pelear con esa clase de desesperación que no nace del valor, sino de la comprensión tardía de que están condenados.

Helhest lo vio.

Vio cómo los suyos caían por docenas. Vio cómo el colapso de Helheim avanzaba por el horizonte con la paciencia de un incendio seguro. Vio a Ryo, aún erguido bajo su forma de Novena Puerta, convertido en una silueta de ruina roja y negra que seguía siendo demasiado peligrosa incluso después de matar a un Primordial.

Helhest entendió que no podía ganar aquel día…. y retrocedió.

No de forma cobarde, sino calculada. Aún mantenía la suficiente lucidez para conservar una prioridad por encima de la guerra misma: la verdad.

Mientras se apartaba del frente principal, con el miasma negro deslizándose a su alrededor como una segunda capa de voluntad, siguió hablando en voz baja. No a los vivos. No a los soldados. No a sus seguidores.

A la Entropía.

O a lo que quedaba de ella.

—No —murmuró, con una extraña mezcla de ternura y fanatismo—. No puedes ser destruida así. No ahora. No antes de que la verdad termine de salir a la luz.

Un fragmento del cielo cayó a lo lejos, estrellándose contra una de las cordilleras negras de Helheim.

Helhest siguió avanzando entre ruinas y corredores naturales abiertos por la propia destrucción del mundo.

—No voy a permitir que vuelvan a enterrarte —continuó, el rostro ensombrecido por sangre seca y miasma—. No después de todo lo que vi. No después de todo lo que me mostraste.

La Sombra no apareció esta vez.

No hacía falta.

El mundo entero estaba ya pareciéndose demasiado a ella.

Helhest descendió por una garganta de piedra desgarrada que debía llevar a una ruta de escape secundaria. Tenía todavía suficiente Energía Prima para abrir una fractura y huir antes del colapso total. Podía reagruparse. Podía volver a sembrar. Podía seguir alimentando el dogma.

Entonces sintió una presencia delante.

Sin escapatoria

Se detuvo.

Una figura encapuchada lo esperaba en medio del corredor de roca negra, inmóvil, con la quietud de algo que no estaba allí para discutir.


Helhest entrecerró los ojos.

No reconoció un rostro. No podía. La capucha lo ocultaba por completo. Pero la sensación que desprendía aquella presencia era… incorrecta… No era solo poder, sino que además, por alguna razón, tampoco podía leer el corazón del individuo.

Era una forma de contaminación mucho más íntima. Como si el dolor hubiera aprendido a usar un cuerpo humano como recipiente y ahora estuviera de pie, respirando.

Helhest, sin embargo, confiaba todavía en su lectura de los demás. En su habilidad para penetrar corazones, ver obsesiones, tocar miedos, así que aunque al inicio no pudo, intentaría la forma de leerlo.

—¿Y tú qué eres? —preguntó—. ¿Otro sobreviviente intentando jugar al héroe en un mundo que ya está muerto?

La figura no respondió.

Helhest alzó una mano.

El miasma negro se condensó en proyectiles filosos, una lluvia de energía corrupta comprimida con la intención de perforar, pudrir y consumir todo lo que tocara. Los lanzó en ráfaga directa hacia la capucha.


Los ataques se rompieron en el aire, se resquebrajaron como vidrio demasiado fino, cayendo en fragmentos de sombra sobre la piedra.

Helhest parpadeó incrédulo y atacó de nuevo.

Esta vez con una línea más densa, un corte de miasma diseñado para abrir la garganta de una fortaleza, cargado no solo con su propia Energía Prima, sino con el residuo corrupto de Helheim agonizante.

La figura encapuchada no se movió.

El ataque se partió en dos.

Otra vez.

Helhest sintió una punzada de irritación, luego de comprensión.

No era fuerza bruta ni era resistencia absurda. Era algo peor: una precisión tan alta que su exceso se estaba volviendo inútil.


Había olvidado, por un segundo, la ley misma que sostenía el combate en Elysium.

La Energía Prima no premia el exceso. Premia la precisión.

Y él, arrastrado por la desesperación, estaba intentando romper una cerradura con un martillo cuando enfrente tenía a alguien usando una aguja.

Su expresión se endureció.

—Muy bien —murmuró—. Entonces probemos si también puedes negar esto.

Helhest levantó ambas manos y forzó toda la energía que le quedaba a través del cuerpo. La piedra a su alrededor se abrió. Las grietas de Helheim respondieron. El propio mundo, al borde del colapso, pareció inclinarse hacia su voluntad. Miasma, energía y fragmentos del entorno convergieron en una única masa de destrucción, una técnica tan desbordada que parecía querer llevarse no solo al sujeto encapuchado, sino el corredor entero, quizá una porción significativa del planeta antes de que terminara de derrumbarse.

 

–PUTREFACCIÓN.

La lanzó. Fue un error.

La figura al fin se movió y solo le basto un solo gesto: Un corte.

Tan preciso que Helhest no lo vio salir. Solo vio el resultado: la técnica entera se detuvo a mitad de trayecto, mostró líneas blancas de fractura en toda su superficie y se hizo pedazos, desmoronándose como un cristal golpeado en el punto exacto.


La onda de retroceso sacudió a Helhest y le arrancó un jadeo involuntario.

—No… —susurró.

Quiso avanzar de golpe, cerrar distancia, tocar el corazón de esa cosa que tenía delante y leerlo antes de que terminara de moverse.

Dio un paso.

Y tropezó.

El cuerpo no respondió como debía.

Helhest bajó la vista, confundido apenas medio segundo. Su pierna derecha ya no estaba unida correctamente. El corte era limpio. Demasiado limpio. La extremidad seguía medio sostenida por restos de carne, pero la sangre brotaba a pulsos oscuros, calentando la piedra negra bajo él.

No había sentido el tajo, como si simplemente su cuerpo hubiera sido separado tan naturalmente que el dolor apenas estaba empezando a emerger. El miedo, ese miedo tan puro y tan raro en él, llegó como una aguja de hielo.

Levantó la vista.

La figura encapuchada estaba más cerca y todo a su alrededor parecía distorsionarse.


Ahora sí, Helhest sintió algo más que poder. Sintió una verdad torcida, obscena, una mezcla de duelo, hambre, negación y corrupción tan profunda que su propio don de leer corazones no sabía por dónde empezar.

Y entonces… comprendió.

Sus labios se abrieron en una sonrisa casi reverente.

—Lo logré… —murmuró, la voz temblándole por primera vez—. Madre… al final pude encontrarme con la Verdad.


La capucha se movió apenas con el viento del mundo moribundo.

Helhest sonrió más.

—Y será conocida por todos —continuó—. Él será el encargado de transmitirla.

La figura dio otro paso.

Helhest intentó reaccionar, lanzar una última estocada de miasma directamente desde la palma. No alcanzó.

Un corte invisible le arrancó el brazo izquierdo.

No en un estallido grotesco. Simplemente dejó de estar unido. Cayó a un costado de la piedra con un golpe húmedo.

Helhest jadeó. Otro corte. El brazo derecho salió despedido detrás de él.

El miasma se deshizo.

El fanático de la Entropía quedó de rodillas sin entender ya en qué dirección estaba la amenaza, solo sabiendo que la muerte se había vuelto demasiado rápida para seguirla.

Intentó arrastrarse hacia atrás.

El siguiente tajo le separó la pierna izquierda.

La sangre oscura brotó a chorros, cubriéndole el torso y las túnicas. Pero, aun así, no había histeria en sus ojos. Solo una clase de fascinación enferma.


La figura estaba ya frente a él.

Alzó una mano.

Se quitó la capucha.

Helhest lo vio.

Aquel que vio la verdad

Y lo que vio no fue al Kai Izanagi que los informes de Midgard habían descrito. No era el guerrero rojizo, disciplinado, obsesionado con proteger a su esposa y a sus hijas, el mismo que amenazó con que algún día esa luz que cargaba se corromperá.

“Esa luz que emites, tarde o temprano se corromperá, parece que vives obsesionado por alguien, incluso lo destruirás todo con tal de protegerla, tú también debes conocer la verdad y todos la sabrán”

Eso había muerto.

Delante de él había otra cosa.

El cabello, antaño rojo, había perdido gran parte de su color, completamente blanco, como si la corrupción hubiera empezado a drenar toda la vida del pigmento mechón por mechón. El rostro conservaba rasgos reconocibles, sí, pero tensados por una calma antinatural. Los ojos ya no miraban como los de un hombre roto, sino como los de algo que decidió romperse del todo para no sentir la diferencia.


Lo que quedaba era una presencia de duelo convertido en depredador.

Alter Kai.

Helhest levantó un poco más la cabeza, a pesar del dolor, a pesar de la sangre, a pesar de la mutilación.

—Finalmente, acabo de verlo… Madre… —susurró.

Alter Kai no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Se inclinó hacia él, apenas. Lo suficiente para invadirle el espacio, para que Helhest pudiera ver de cerca lo poco que quedaba de cordura y lo mucho que ya había sido devorado por otra cosa.

Y entonces, con la misma naturalidad con la que antes había hecho pedazos ataques, piernas y brazos, le agarró la cabeza.

La tomó como quien recoge una fruta madura del árbol.

Y tiró.

La cabeza de Helhest se separó del cuerpo en un chorro oscuro que manchó la roca de Helheim.


El torso mutilado cayó de lado, estremeciéndose una vez antes de quedar inmóvil.

La cabeza, sostenida un segundo en la mano de Alter Kai, todavía conservaba en la expresión una mezcla obscena de asombro y satisfacción, como si incluso muriendo hubiera creído asistir al nacimiento de algo que validaba toda su locura.

Alter Kai la soltó.

Rodó por la piedra y desapareció en una grieta abierta por el colapso del mundo.

Durante unos segundos, solo quedó el ruido de Helheim muriendo.

Montañas cayendo. Fisuras expandiéndose. El cielo deshaciéndose sobre sí mismo.

La cámara de ese instante, si alguien hubiera podido verla desde fuera, habría mostrado la figura sola en medio de un corredor imposible, con el cuerpo descuartizado de Helhest a sus pies y el fin del mundo respirándole alrededor.

La imagen se acercaría lentamente.

Primero al cabello que se iba drenando hacia el blanco.

Luego al rostro endurecido.

Y finalmente a la boca.

Porque fue ahí donde ocurrió lo peor:

Kai sonrió.

Fue una curvatura lenta, sádica, satisfecha, nacida no de haber ganado una batalla, sino de haber encontrado algo dentro de sí que ya no pensaba volver a encerrar.

Y con esa sonrisa, en el mundo llamado Helheim, mientras un Primordial muerto convertía el cielo en ruina y los Hijos de la Entropía eran barridos por la guerra que ellos mismos habían invocado, quedó claro que la historia ya no estaba criando un héroe.

Había engendrado un monstruo.


ENDING THEME

CONTINUARÁ…