El rugido de la trituradora aún vibraba en las suelas de mis botas mientras guiaba a Maral hacia la salida. El aire gélido del Báltico nos golpeó la cara, un bálsamo necesario tras el hedor a queroseno, ozono y muerte que impregnaba la refinería. Ella caminaba como un autómata, con la Habibi aún apretada en su puño, los nudillos blancos y las manchas de sangre secándose sobre su piel pálida.

La subí al Vory casi en vilo. Mis viejos huesos protestaron por el golpe de Dragan, pero no me importaba. Mi prioridad era ella. La llevé a su camarote, lejos de las miradas de respeto y temor de los Volki, de Yousef y de Radu. Ellos veían a una diosa de la guerra; yo solo veía a la niña que cargué en hombros cuando apenas sabía pronunciar mi nombre.

—Suelta la daga, Maral —le pedí con suavidad, sentándola en el borde del catre.

Ella parpadeó. El rojo de sus ojos, antes un incendio incontrolable, se estaba apagando para dejar paso a una mirada vítrea, agotada. Lentamente, abrió los dedos. La Habibi cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Le limpié la cara con un paño húmedo, retirando el hollín y la sangre de otros, mientras ella se dejaba hacer, sumida en un silencio que me dolía más que cualquier bala. La arropé como si tuviera cinco años y esperé a que el agotamiento físico venciera a sus fantasmas. Solo cuando su respiración se volvió pesada y rítmica, salí al puente de mando.

El Informe a la Montaña

Me alejé de los hombres y saqué el teléfono satelital. El número era privado, una línea que solo tres personas en el mundo conocían. Al tercer tono, la voz profunda y cansada de Mikhail Romanov resonó desde San Petersburgo.

—Dime, viejo amigo —dijo Mikhail. No hubo preámbulos. En nuestro mundo, el silencio suele significar un entierro.

—Está hecho, Mikhail —respondí, mirando la estela de espuma que el rompehielos dejaba atrás—. Sterling es ceniza y Dragan... Dragan ya no es ni siquiera un recuerdo. La refinería está bajo control y los suministros de los Caballeros han sido cortados de raíz.

Escuché un suspiro largo al otro lado de la línea. El peso de un imperio criminal descansando por un segundo.

—¿Y ella? —preguntó el Vozhd. Su voz tembló apenas un milímetro, el único rastro de humanidad que se permitía.

—Ha vuelto a ser la Leona, Mikhail. Pero a un precio que me aterra. —Me apoyé en el barandal, viendo cómo el sol comenzaba a lamer el horizonte—. Sus ojos... cambiaron. Hubo un momento en la sala de control donde no reconocí a tu hija. No era solo justicia, era una sed que no se saciaba con la muerte. Se mofaron de Vladimir antes de morir. Usaron su nombre como un látigo.

—¿Y qué hizo ella?

—Los destruyó. No los mató, Mikhail, los borró de la existencia con una crueldad que haría palidecer a tus enemigos más veteranos. Ha asumido el Pacto de los Condenados con cada fibra de su ser.

Hubo un silencio sepulcral. Mikhail sabía lo que eso significaba. Una vez que cruzas el umbral donde el dolor se convierte en motor, no hay camino de vuelta a la luz.

—Cuídala, Gregor —dijo finalmente Mikhail—. Eres su escudo, pero también su ancla. Si ella se pierde en esa oscuridad, la Bratva no tendrá una reina, tendrá un monstruo. Y este mundo no es lo suficientemente grande para contener a una Romanov desatada.

—Lo sé. No dejaré que se hunda. Tienes mi vida en ello.

El Regreso a la Ciudad de Piedra

Llegamos a San Petersburgo bajo un cielo gris plomo. El puerto estaba blindado por nuestros hombres. El trayecto hasta la mansión fue silencioso; Maral miraba por la ventana del coche blindado, observando los canales congelados de la ciudad que ahora le pertenecía por derecho de sangre y fuego.

Al llegar, la escolté hasta sus aposentos. La casa se sentía inmensa y vacía sin la risa de Vladimir. Antes de que cerrara la puerta, me detuve en el umbral.

—Descansa, pequeña leona —le dije—. Mañana el mundo seguirá siendo un lugar oscuro, pero hoy hemos limpiado un poco de esa inmundicia.

Ella me miró. Con esos ojos rojos que antes parecían brillar.

—Gracias, Padrino —susurró.

Esa palabra, "Padrino", fue lo único que me permitió dormir esa noche. Mientras caminaba hacia mi propio cuarto, revisando mi escopeta y preparando el equipo para lo que vendría (aún quedaban siete nombres en la lista), sabía que mi labor no había terminado. Maral Romanov había reclamado su trono en el Báltico, pero mi verdadera misión no era proteger su corona, sino proteger lo que quedaba de su alma. La guerra acababa de empezar, y yo sería el último hombre en pie antes de que la oscuridad se la tragara por completo.

Finalmente, el peso del día se sintió en cada uno de mis huesos viejos al empujar la puerta de nuestra habitación. La luz era tenue, solo una lámpara de pie en la esquina proyectaba sombras suaves sobre los muebles. Allí estaba Anya, sentada en la cama, esperándome. No dijo nada, solo me miró con esos ojos que habían visto pasar tantas lunas y batallas a mi lado. Al verme entrar, herido y exhausto, su rostro se llenó de una ternura que siempre lograba desarmarme. Me acerqué, me quité las botas y ella, sin pronunciar palabra, me extendió la mano. Ese simple gesto fue más reparador que cualquier descanso. Me senté a su lado y ella acarició mi mejilla, sus dedos suaves y cálidos sobre la piel curtida y cicatrizada. Sentí cómo la tensión acumulada durante horas comenzaba a disolverse.

—Háblame —susurró, con una voz llena de comprensión, y en ese momento supe que ella estaba lista para escuchar, para compartir el peso de todo lo que había visto y hecho hoy, de lo que le había contado a Mikhail, y de la oscuridad que amenazaba a Maral. Me quedé en silencio un momento, buscando las palabras, sintiendo el calor de su abrazo. Entonces, comencé a hablar, contándole sobre la refinería, sobre la venganza de Maral, sobre mi temor por su alma y mi promesa a Mikhail. Anya me escuchaba, asintiendo a veces, pero sobre todo, su silencio era una presencia reconfortante, un recordatorio de que en medio de toda esa oscuridad, había un refugio donde podía ser yo mismo, sin juicios ni expectativas. Esa noche, en nuestra habitación, con Anya a mi lado, me sentí un poco menos solo en la guerra que acababa de empezar.