Yo, Elyndar Vëlloren, soy un caminante solitario entre las sombras.
He sido condenado al destierro por Hellen Lysander, y desde entonces mi nombre se disuelve en los caminos donde nadie pregunta de dónde vienes ni por qué sigues vivo. Camino por ciudades que sonríen con la boca y niegan con el alma. Camino entre hogares que huelen a pan tibio y esconden corazones fríos.
Durante un tiempo observé sin tocar.
Creí que mi condena era mirar el mal y callar.
Me equivoqué.
Hay un punto en el exilio donde el dolor deja de ser herida y se vuelve hambre. Un hambre lenta, silenciosa, que pide ser saciada con algo más que lágrimas. Mi corazón, que antes se quebraba al ver la injusticia, comenzó a endurecerse. Y en esa dureza descubrí un estremecimiento nuevo: el oscuro placer de devolver al mundo una parte de lo que me dio.
No herí al azar.
Elegí mis sombras.
Busqué rostros que se parecieran al que me arrojó fuera: sonrisas amables, manos cubiertas de harina, palabras suaves que prometen refugio. Gente que ofrece calor a los suyos y lo niega a los que llegan tarde. No les mostré mi rabia; les mostré mi necesidad. Me acerqué como quien pide un lugar junto al fuego. Leí sus almas mientras fingían bondad.
Y cuando vi en ellas el mismo gesto cerrado, la misma dulzura que se vuelve puerta cerrada…
dejé que mi don se volviera filo.
No fue violencia de carne, sino de espíritu.
Susurré verdades que no querían oír.
Abrí grietas donde creían tener cimientos.
Arranqué máscaras con la calma de quien sabe exactamente dónde duele. Vi en sus ojos el desconcierto de no comprender por qué el mundo ya no les devolvía la imagen amable que creían proyectar.
Lo terrible no fue hacerles daño.
Lo terrible fue descubrir que mi corazón palpitaba con una satisfacción amarga al hacerlo.
Me dije que era justicia.
Me mentí diciendo que era advertencia.
Pero en el fondo supe que era venganza.
Cada vez que hería a uno de esos rostros amables, sentía que mi exilio se justificaba un poco más. Como si al quebrarlos pudiera quebrar también la imagen de quien me desterró. Como si cada grieta abierta en otros fuera una grieta menos en mi propia memoria.
Y sin embargo, al caer la noche, cuando las ciudades apagaban sus luces y yo quedaba solo con mi sombra, algo en mí se estremecía. No era culpa. Era reconocimiento.
Me estaba convirtiendo en aquello que juré despreciar.
Mi don, que nació para comprender, ahora busca castigar.
Mi silencio, que antes protegía, ahora acecha.
Camino con un dios oscuro latiendo en el pecho: el dios de la venganza que se alimenta de gestos amables rotos.
Sigo siendo un desterrado.
Pero ya no soy inocente de mi propio abismo.
Y temo el día en que el mal que practico deje de dolerme por completo,
porque ese día ya no caminaré entre las sombras…
sino que seré una de ellas.