No nació para arrodillarse. Nació para que otros lo hicieran.
Vestía hábito oscuro sobre armadura oculta y alzaba la cruz como quien alza un estandarte de guerra. Pronunciaba el nombre de Dios con voz grave y solemne, aunque lo usaba como llave.
En su boca, lo sagrado era herramienta. En sus manos, la fe era un ariete.
Decía obrar en nombre del Altísimo.Juraba purificar tierras. Prometía redención.
Y tras cada promesa, marchaban ejércitos.
No era sacerdote. Jamás lo fue. Se disfrazaba de tal para imponer su voluntad. Había comprendido que el acero conquista ciudades, pero la religión conquista corazones y abre puertas sin necesidad de derribar murallas. Así movía tropas a su antojo, como piezas de un tablero sangriento. Una palabra suya bastaba para declarar. Otra para desatar la matanza.
Ansiaba liderazgo, corrupción y el estruendo de la guerra bajo su mandato.
Las tierras que tocaba quedaban devastadas. Los campos, reducidos a ceniza. Las arcas, vacías en los templos y llenas en sus cofres. Robaba riquezas bajo el pretexto de diezmos y tributos divinos. Bendecía con una mano y saqueaba con la otra.
Decían que había nacido del infierno.
Y él sonreía bajo la capucha, oculto tras símbolos sagrados.
A su lado caminaba la más cruel. No fingida ni disfrazada. Oscura en saberes, firme en carácter. No blandía espada ni vestía armadura, pero su sola presencia inclinaba voluntades. Necesitaba su poder, y ella entendió pronto que aquel supuesto siervo de Dios no era sino un lobo con sotana.
Su séquito un ladronzuelo, mercenario de manos ágiles y conciencia ligera. Hombre de calle, criado entre sombras y cuchillos. Él sí vendía su espada al mejor postor. Fue reclutado con promesas y miedo, como tantos otros.
Pero con los días, comprendió la verdad. No había causa santa. No existía voluntad divina en aquellas campañas. Todo era farsa. Un teatro de incienso y sangre donde el único dios era la ambición del falso sacerdote.
Y, sin embargo, se quedó. Entendió que el mundo no se rige por pureza, sino por poder. Y bajo aquel hombre nacido del infierno y vestido de religión, el poder fluía como un río desbordado.
Continuó predicando, matando e invocando a Dios en vano mientras movía ejércitos con la precisión de un general y la frialdad de un verdugo.
Las campanas sonaban a victoria. Las aldeas ardían en silencio.
Y su nombre, envuelto en terror, se extendía como una sombra sobre los reinos.