Yo, Elyndar Vëlloren, soy un caminante solitario, Observador de Almas.

Fui condenado al destierro por Hellen Lysander, y desde entonces transito los márgenes del mundo, allí donde no llegan las voces amables ni los fuegos cálidos. Camino por senderos donde la gente no mira a los ojos, donde la hospitalidad es un disfraz que se cae al primer cansancio.

Aquella noche, mientras el viento arrastraba cenizas de promesas viejas, me crucé con otro caminante solitario. No llevaba signos de nobleza ni de miseria en su aspecto; era, simplemente, un hombre común sosteniendo un peso que no le pertenecía solo a él. Me detuve en la penumbra y recorrí su alma, como hago siempre.

Vi sus súplicas caer en oídos sordos.

Vi manos que se apartaron cuando pidió auxilio.

Vi cómo, aun así, había seguido caminando, arrastrando su cuerpo cansado como si fuera una deuda con el mundo. Su espíritu estaba hecho de promesas rotas: se había jurado no descansar jamás, sostener a todos los que dependían de él, aunque el precio fuera su propia vida marchitándose por dentro.

No mostraba su tristeza al mundo.

La ocultaba bajo una máscara de resistencia.

Sonreía por costumbre.

Callaba por vergüenza.

Pero el cuerpo, a veces, traiciona al orgullo del alma.

Lo escuché antes de verlo caer.

Su respiración se volvió torpe.

Sus pasos, inciertos.

Y de pronto, en medio del camino, su andar se quebró como una rama seca. Cayó de rodillas, y el peso de los años lo empujó contra la tierra. Entonces, su espíritu cedió.

Lloró.

Lloró como no se llora frente a nadie.

Lloró los años de impotencia.

Lloró el maltrato tragado en silencio.

Lloró las injusticias aceptadas por necesidad.

Lloró su propio destierro, aunque nadie lo hubiera llamado así.

Yo, que he visto morir ciudades por dentro, sentí en ese llanto una herida conocida.

Algo en su alma resonó con la mía como dos cuerdas tensadas por el mismo dolor. Comprendí, sin palabras, que aquel hombre era mi reflejo: otro exiliado del calor humano, otro condenado a sostener sin ser sostenido.

A la distancia, mi propia frialdad se resquebrajó.

No me acerqué.

No lo toqué.

No lo perturbé con mi presencia.

Pero mi espíritu, que ya no creía en consuelos, se quebró un poco al reconocer esa soledad compartida. Dos lágrimas, raras como la misericordia en tierras secas, descendieron por mi rostro. No eran por él solamente: eran por todos los caminantes que siguen de pie cuando ya no deberían tener fuerzas para hacerlo.

Seguí mi marcha en silencio, como siempre.

Pero esa noche comprendí que incluso los Observadores de Almas pueden cansarse de mirar sin ser vistos.

Y que hay dolores que, al reconocerse en otro, pesan un poco menos… aunque no desaparezcan nunca.