Yo, Elyndar Vëlloren, soy un caminante errante y solitario, Observador de Almas.

He sido condenado al destierro por Hellen Lysander, y desde entonces camino por senderos que no llevan a ninguna parte. No busco hogar: los hogares que conocí aprendieron a cerrarse con dulzura. No busco redención: he visto demasiadas absoluciones concedidas a quienes no las merecían.

Camino porque el movimiento es la única forma de no petrificarme en la pena. Camino porque si me detengo, el mundo me alcanza.

Aquella noche la niebla se abría como una herida en la tierra. Los faroles eran lunas enfermas, y la calle respiraba un frío que no provenía del aire sino del recuerdo. Entonces lo vi. No supe quién era. No caminaba: parecía que el suelo se apartaba para dejarlo pasar. Su silueta no proyectaba sombra, y sin embargo la oscuridad parecía obedecerle.

Me detuve.

Por primera vez, mi don calló.

Miré su figura y no vi alma. No sentí ecos, ni heridas, ni promesas rotas. Donde debería haber latido un espíritu, había un silencio perfecto, tan vasto que me devolvió mi propia pequeñez. Comprendí, con un estremecimiento antiguo, que estaba frente a alguien a quien no podía leer. Y esa imposibilidad fue el primer miedo verdadero que sentí en años.

—Has caminado mucho —dijo la figura—. Tu cansancio no es del cuerpo.

No supe por qué respondí. Tal vez porque el silencio me había tratado con demasiada dureza en el pasado.

—He caminado sin ser invitado —dije—. He aprendido a existir donde no hay lugar para mí.

La figura inclinó el rostro. Donde debió haber ojos, hubo un brillo sin forma.

—¿Qué te ha traído hasta este borde?

—El destierro —contesté—. Me apartaron sin gritos, sin piedras. Me negaron con sonrisas. Desde entonces, el mundo me mira pasar como si fuera humo.

El silencio entre nosotros se volvió espeso. Sentí, por primera vez, que aquello que tenía delante… escuchaba.

—Yo recojo a quienes terminan su camino —dijo—. Pero tú sigues andando.

—No por voluntad —respondí—. Camino porque me expulsaron del sitio donde creí que existía. Camino porque ya no sé quedarme.

Entonces ocurrió lo imposible.

La figura tembló.

El aire se volvió denso, como si el mundo dudara. Aquello que no tenía forma comenzó a tomarla: un contorno de hueso pálido, un rostro antiguo como el primer adiós. Comprendí quién era sin que lo dijera. Y, aun así, no sentí terror: sentí reconocimiento.

—He visto morir a muchos —murmuró—. He visto a los hombres temerme, suplicarme, maldecirme. Pero nunca había visto a alguien romperse por no ser querido en vida.

Una gota cayó desde su rostro recién nacido.

No era agua.

Era algo más pesado que el tiempo.

La Muerte dio un paso. Luego otro. Y, en un gesto que no figuraba en ningún libro de los que yo había leído, me rodeó con sus brazos fríos. No fue un abrazo para llevarme: fue un abrazo para sostenerme.

—Hay destierros que ni yo reclamo —dijo en voz baja—. Hay condenas que no me pertenecen.

No lloré. Mis lágrimas se habían agotado en otras noches. Pero dejé que ese abrazo imposible me recordara algo que había olvidado: que incluso el final del camino reconoce la injusticia del exilio.

Cuando la figura se apartó, el mundo recuperó su respiración. La niebla volvió a ser niebla. Los faroles, faroles. Yo seguí de pie.

—Sigue caminando, Elyndar Vëlloren —dijo la Muerte—. No porque te lo ordene el destino, sino porque mereces encontrar un lugar que no te niegue.

Y por primera vez desde mi destierro, el camino no me pareció una huida, sino una promesa tenue.