Hay un rincón en esta ciudad que apesta a algo peor que la podredumbre: apesta a bondad fingida y a pan recién horneado. Es un nido de mediocridad donde un grupo de parias se refugia bajo la falda de una mujer cuya amabilidad roza lo patético. Me produce una náusea física observar esa escena doméstica, ese simulacro de familia que se cree a salvo tras muros de azúcar y hechizos prestados.

Observo a la dueña, esa criatura sumisa que sonríe a todos mientras el mundo real se desangra. Se rodea de una corte de bufones que no hacen más que alimentar su delirio de seguridad.

Tienen a su perro de metal, una chatarra oxidada que se hace pasar por guardián. Un montón de engranajes sin alma que no podrá detener lo que no puede ver venir.

Tienen al cobarde enamorado, ese sujeto de mirada baja y lengua torpe que suspira por una mujer que no ve más allá de su propio horno. Un tonto útil cuya timidez es solo una máscara para su falta de espíritu.

Y, por supuesto, está el aliado, el único que posee una pizca de valor, pero que lo ha desperdiciado encadenándose a un monstruo de escamas. Su pecado es la compañía que elige, y por ese pecado, su caída será igual de estrepitosa.

Pero mi odio más puro, mi regocijo más oscuro, se reserva para la bestia que se arrastra entre ellos. Esa mercenaria de sangre fría que cree que sus músculos y su piel de serpiente la hacen invulnerable. Ella es el cáncer de ese grupo, y es en ella donde hundiré mi primer colmillo.

Disfruten de su refugio de harina. Rían mientras el sol calienta sus rostros. Pero sepan esto: la magia de luz no protege el alma de quien ya está marcado. Me regocijo en la espera. Me alimento de su ignorancia. Llegará un momento, en un rincón donde la protección de sus amigos sea solo un eco lejano, en el que la oscuridad los reclamará. Y cuando eso pase, no habrá pan suficiente para saciar el hambre de mi venganza.

El destino no tiene candados. Nos vemos en las sombras.