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Aegon odiaba las costumbres socio-religiosas de su época y nunca comprendería por qué sus reinas no tenían la misma importancia a los ojos del pueblo en comparación con él.
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Cuando el miedo se cernía sobre él, se aferraba al pomo de Fuegoscuro, y si no llevaba la espada en su cinto, sujetaba la gema del puñal que siempre portaba consigo.
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Acostumbraba a hacer regalos a sus esposas: a Rhaenys le obsequiaba joyas, telas y perfumes de la mejor calidad. A Visenya mandaba forjar piezas del metal más fino con objeto bélico o para la montura de Vhagar, además de dedicarle largas sesiones de entrenamiento.
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Conocía sus propias limitaciones y admiraba los aspectos en los que sus hermanas lo superaban sin esfuerzo. Rhaenys era creativa, sumamente empática y sagaz. Visenya, en cambio, dominaba la espada con mayor destreza que él y era la más sabia de los tres. Aunque se maravillaba con sus talentos, a su orgullo le costaba admitirlo.
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No solía expresar su afecto con palabras, sino con actos. Por eso, rara vez un “te quiero” o un “te amo” cruzaba sus labios.
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(Créditos a los artistas. Autoría solo del montaje de fotografía)