Lord Dragón, Aegon el Dragón o Aegon el Conquistador, como prefería que lo llamasen. Segundo hijo y primogénito varón del matrimonio entre Aerion Targaryen y Valaena Velaryon, fue el jinete de Balerion, el Terror Negro, y uno de los fundadores de la Casa Targaryen junto a sus esposas-hermanas, siendo los primeros reyes luego de unificar los Siete Reinos bajo el blasón del Dragón Tricéfalo.

Su apariencia encarnaba los rasgos valyrios en su máxima expresión: alto, con ojos tan violetas como un río bañado en amatistas y una cabellera larga, tan dorada que evocaba al nacimiento del sol. Su porte le confería un aire carismático y poderoso.

Su carácter era un enigma para quienes lo rodeaban, salvo para sus esposas. Ellas eran las únicas capaces de descifrarlo con la facilidad de un libro abierto. Se mostraba indómito e irascible en asuntos que le resultaban indiferentes, confiando en el criterio de Rhaenys y/o Visenya cuando su escasa paciencia se ponía a prueba. Carismático y atento a los consejos de su círculo más cercano (Visenya y Rhaenys), el único que logró ganarse (aparte) completamente su confianza fue Orys Baratheon.

Debía casarse con su hermana mayor, más ella no logró encandilar su corazón como sí lo hizo Rhaenys. Pese a estar comprometido y consciente de sus obligaciones, inició un juego de seducción con la menor de los tres, mostrando el interés que no llegó a sentir por quien debía compartir su lecho. La joven fue receptiva a sus atenciones, lo que desembocó en una relación amorosa clandestina. Por ello, cuando llegó el momento de desposar a Visenya, tomó también a Rhaenys como esposa: su primer amor. Con ello dejó en evidencia su naturaleza posesiva e impulsiva, pues no permitiría que ninguna de las dos se alejara de su lado.

La noche de bodas fue una danza orquestada entre los tres, fundiéndose con quienes lo acompañarían durante toda su existencia. Aquel momento marcó su primera intimidad con Visenya, sembrando en su mente una semilla de duda ante la actitud que exhibieron sus hermanas.

Aegon era observador, y desde aquel encuentro, algo le tiraba detrás de su oreja, aunque decidió ignorarlo al principio. Durante las primeras semanas, compartió más tiempo con su hermana menor, entregándose a la pasión y al amor en cada encuentro. Visenya, en cambio, quedó relegada a un segundo plano. La apreciaba, pero su aprecio hacia ella tenía un matiz fraternal, al menos en los primeros tiempos del matrimonio.

Sin embargo, aquella inquietud que carcomía su tranquilidad comenzó a tomar fuerza al notar que Visenya lo rehuía de una manera que le resultaba ya molesta. Solo parecían entenderse cuando empuñaban sus espadas en el campo de batalla, convirtiéndose en un alma en dos cuerpos. Pero, una vez terminada la contienda, el fuego que los unía se disipaba.

Por ello, empezó a prestar atención a los rumores que corrían por los pasillos del palacio, confirmando que sus sospechas no eran infundadas: Visenya pasaba muchas más noches con Rhaenys. No obstante, no fue esto lo que despertó sus celos, pues sabía que compartían cama desde el inicio del matrimonio, o incluso antes (o al menos eso susurraban las esquinas). Lo que realmente lo atormentaba era no recibir de Visenya las mismas miradas que ella dedicaba a Rhaenys, lo que alimentó una inseguridad creciente. Su temor no se alojaba solo en la indiferencia de la mayor, sino también en la posibilidad de ser desplazado por la menor y que ésta prefiriera la compañía de la primogénita a la suya.

Incapaz de permanecer como un simple espectador o de huir de la adversidad, comenzó a ser equitativo en sus encuentros, mostrando el mismo interés y afecto por ambas. Al principio, aquella nueva dinámica entre los más mayores resultó extraña, pero lo que comenzó como un arrebato de egoísmo y posesividad terminó transformándose en un amor profundo y sincero por quien creyó que nunca llegaría a desear y a amar más allá del deber.

Sus sentimientos se entrelazaron con la conquista de Poniente. Aunque, ni empuñar a Fuegoscuro ni montar a Balerion le impedían buscar a sus esposas por las noches. De su pasión con Rhaenys nació su primogénito, Aenys Targaryen, fruto del amor que los unía. Del mismo modo, los encuentros con Visenya, marcados por la serenidad tras la época de guerra, dieron lugar al nacimiento de Maegor Targaryen.

Finalmente, Aegon encontró el equilibrio entre lo racional y sensorial, amando a sus esposas sin ningún tipo de diferenciación. Rhaenys le manifestaba su amor con el mismo furor de la primera vez en cada momento que compartían. Con Visenya, la conexión íntima que poseían se demostraba de maneras algo menos convencionales, pero no por ello menos profundas o afectuosas. Nunca le fue desleal a sus hermanas, y su devoción inquebrantable se mantuvo intacta desde el primer momento en que contrajo nupcias.


𝗛𝗲𝗮𝗱𝗰𝗮𝗻𝗼𝗻𝘀
𝗙𝗶𝗷𝗮𝗱𝗼
(Créditos a los artistas. Autoría solo del montaje de fotografía)