- Música:

https://www.youtube.com/watch?v=hVWlkeulH_g&ab_channel=Chiasm-Topic

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El salón se alza como una catedral profana, donde los arcos de hierro fundido gimen bajo el peso de décadas y el incesante retumbar electrónico del Disc Jockey. Las lámparas, vestigios de fábricas olvidadas, parpadean con una luz enferma, teñida de ámbar y mercurio, proyectando jaulas de claroscuro sobre los cuerpos que se mecen desenfrenadamente en delirios sativos, lisérgicos y etílicos. El aire espeso lleva el rumor de máquinas latentes, el susurro de pistones que nunca cesan, el eco de una industria que fabrica éxtasis melomaniaco en vez de mercancías.

Esto es el Ministerio, alguna vez un galpón usado en tareas industriales, transfigurado en un templo de sombras, estupefacientes, alcohol y danza endemoniada.

Ellos y ellas bailan envueltos en cuero negro, corsés de látex, mallas oscuras, abrigos que asemejan un mosaico de correas y placas de acero, camisas desabotonadas y desgarradas, con pieles pálidas que brillan en luces escarlatas que se proyectan desde los cielos. Sus rostros son máscaras de porcelana que hacen alegoría a los fantasmas de una literatura victoriana, labios teñidos de la negrura de un lápiz labial barato, ojos delineados con una oscuridad semejante al hollín de hornos apagados. Las botas golpean el suelo al ritmo de una música que nace de las tripas de sintetizadores poseídos, de tambores que imitan el martilleo de una forja distante. Por sobre ellos, con cadenas ancladas al metálico techo yace meciéndose como péndulos las jaulas que contienen las bailarinas gogó, enseñando su sensualidad y exuberancia en pronunciados bailes que relucen las deliciosas siluetas de su femenino cuerpo, vistiendo de atavíos que poco y nada dejarían a la imaginación lasciva del observador.

Y por sobre ellas mismas, el humo se enrosca en las vigas que hacen sopor al galpón reutilizado como antro gótico, llevando consigo el olor a nicotina sobre circuitos de los equipos electrónicos, entremezclándose con la fragancia de sudor y metal oxidado.

La noche avanza, implacable, y la fiesta no es más que un ritual satánico sin nombre, donde los asistentes veneran la belleza de lo decadente, la poesía de lo que chirría, sangra y, aun así, sigue girando y girando, sumido en el placer intrínseco del erotismo y la catarsis que provoca la oscuridad circundante.

Al amanecer, solo quedarán las huellas de tacones mancillados por la ceniza de cigarrillo, y las inmundas consecuencias de una canción demencial.