La penumbra se asentaba en la sala como una presencia tangible, densa e inmóvil. No era la simple ausencia de luz, sino algo que pesaba sobre el aire y hacía que cada aliento se sintiera contenido, casi temeroso de romper la quietud que lo envolvía todo.
Solo una llama danzaba en el centro de la estancia, una brizna de fuego anaranjado que oscilaba con una fragilidad inquietante, como si en cualquier momento pudiera extinguirse. Su resplandor proyectaba sombras retorcidas sobre los muros de piedra fría, figuras alargadas que parecían moverse con vida propia, deslizarse y reptar entre los rincones oscuros, conspirando en su silencio.
Tres figuras permanecían de pie, inmutables bajo la penumbra. Sus túnicas blancas con ribetes dorados caían en pliegues pesados hasta el suelo, la tela acariciando la piedra con un roce inaudible. De sus espaldas emergían alas de pureza incuestionable, plumas inmaculadas que reflejaban un tenue fulgor perlado, desafiando la oscuridad circundante con su sola existencia. No había rasgos visibles bajo las capuchas, solo presencias silenciosas que aguardaban el momento adecuado para hablar.
Ninguno de los tres había venido con la intención de ceder al temor. Y, sin embargo, la estancia misma parecía murmurar advertencias inaudibles, como si algo invisible se deslizara entre ellos, susurrando desde los rincones más recónditos de la sombra.
El primero habló.
Su voz no rompió el silencio; más bien, se deslizó dentro de él, entrelazándose con la quietud como una brisa que apenas roza la superficie de un lago inmóvil. Era baja, mesurada, tejida con la serenidad de quien no se apresura a pronunciar sus palabras, sino que las moldea hasta que adquieren el peso que deben portar.
—Los vientos han cambiado.
Hubo un leve parpadeo en la llama, como si las palabras la hubieran sacudido con un estremecimiento imperceptible.
—La quietud que antes reinaba… Ha sido desgarrada.
Nadie respondió de inmediato. La afirmación flotó en el aire, como una cuerda tensa que vibraba sin romperse del todo.
Y entonces, el segundo habló.
Su tono era diferente. No poseía la serenidad templada del primero; su voz era rasposa, un eco áspero que parecía arañar el aire antes de ser pronunciado. Y sin embargo, entre la aspereza de cada sílaba, había un tinte melancólico, una dulzura que no debía existir en palabras tan sombrías.
—Nada queda.
La afirmación fue un peso en el aire, un aviso que ninguno de ellos necesitaba escuchar para comprender su significado. Pero el segundo no se detuvo allí.
—Solo el eco de lo que fue… El polvo de lo que una vez tuvo forma.
El silencio volvió a extenderse, más denso que antes, como una capa de ceniza cubriendo un campo tras un incendio.
Hubo un instante de quietud expectante, y luego, con una amargura apenas contenida, el segundo concluyó:
—Sus cenizas.
La palabra final cayó en la estancia como una sentencia.
La llama titubeó, parpadeó erráticamente, como si la sola pronunciación de aquella verdad la hubiera desestabilizado.
Pero la penumbra no se movió. Permaneció allí, observando. Escuchando.
El silencio que siguió fue más largo que el anterior. Y esta vez, no fue solo la expectación lo que lo llenó. Era algo más. Algo que ninguno de los presentes quiso nombrar en voz alta.
Y entonces, el tercero habló.
Su voz no emergió como una simple respuesta, ni como un eco de lo ya dicho. Su voz cayó sobre la estancia como un juicio, una certeza absoluta que no permitía ser desafiada.
—No.
Fue solo una palabra, pero su peso pareció desplazar el aire mismo.
El Zaphiel, el defensor de los juramentos. Él, cuya convicción no flaqueaba, cuya voluntad era la piedra sobre la que se cimentaba el orden. Él, cuya hoja solo se alzaba cuando la verdad misma lo exigía.
—Ella no es como los demás. No puede serlo.
No era una pregunta. No era una suposición. Era un hecho inapelable, una verdad que no admitía sombras en su formulación.
—La Thauriel no ha caído.
El susurro de las llamas fue la única respuesta que recibió.
El Zaphiel no desvió su mirada, aunque nadie podía verla bajo la capucha. Su postura era rígida, su presencia una muralla que se alzaba contra cualquier duda que pudiera filtrarse en la mente de los otros.
—La única Ejecutora en siglos… —prosiguió, su voz más grave, más endurecida.— No es de aquellos que titubean. No es de aquellos que ceden.
Pero incluso en su certeza, una sombra se filtró en su tono. No era miedo. No era debilidad. Era el vestigio de una pregunta que jamás debería haber sido necesaria.
El aire pareció volverse más denso. La penumbra más cerrada.
Y entonces, cuando volvió a hablar, su voz descendió hasta convertirse en un eco profundo, un presagio inevitable.
—La encontraremos.
No era una posibilidad. No era una promesa. Era una sentencia.
—Si su luz ha sido apagada… Si su llama ya no arde…
La llama en el centro osciló bruscamente, como si se resistiera a escuchar lo que estaba por decirse.
—Entonces, nuestras espadas hablarán.
Las sombras que danzaban en los muros parecieron temblar.
—Y la sombra que la devoró… Morirá con ella.
Hubo un leve sonido. Un roce de plumas en el aire.
El juicio estaba sellado.
La caza había comenzado.