Bajo el Sol de Tenochtitlán

– 1357dc- 1380dc -

Desde lo alto, la visión del lago Texcoco era un espectáculo sin igual. Bajo la luz del amanecer, sus aguas reflejaban el azul del cielo y el movimiento de las chinampas, pequeñas islas flotantes de cultivo que se extendían como retazos verdes sobre su superficie. Había visto muchas civilizaciones a lo largo de los siglos, pero la promesa de esta tierra joven y vibrante despertaba en mí una curiosidad incontrolable. Descendí con cautela, adoptando la forma humana que me permitía caminar entre ellos sin ser vista como un ser ajeno a su mundo.

El aire estaba impregnado del aroma del maíz tostado y el cacao, de las flores que adornaban los templos y de la humedad del lago. Las calles de Tenochtitlán aún eran jóvenes, pero la ciudad comenzaba a forjarse con una majestuosidad innegable. Construida sobre islotes interconectados por calzadas y canales, crecía día tras día, impulsada por la determinación de su gente. Aprender su lengua fue mi primer desafío, pero con paciencia logré comprender sus palabras, absorber su historia y familiarizarme con sus creencias. Descubrí los relatos de Aztlán, la mítica tierra de la que partieron los mexicas, y el destino que los dioses les habían trazado al señalarles este lago como su hogar definitivo.

Tenochtitlán era un lugar de contrastes: por un lado, sus templos y edificaciones comenzaban a alzarse con piedra volcánica, marcando el inicio de un legado arquitectónico impresionante; por otro, su gente aún luchaba por afirmarse entre los pueblos vecinos, bajo la sombra de Azcapotzalco. Las vestimentas reflejaban la jerarquía de la sociedad, con los nobles ataviados en ricas telas bordadas y los guerreros portando imponentes trajes de jaguar y águila. En el mercado de Tlatelolco, vi el pulso de su economía, donde el cacao servía como moneda y los intercambios de plumas de quetzal, obsidiana y maíz daban vida al comercio. En los códices y relatos de los sabios, hallé rastros de Teotihuacán y de los toltecas, cuyos conocimientos aún influían en la cultura mexica.

A medida que pasaban los años, mi integración se volvió más profunda. Trabajé junto a los agricultores en las chinampas, donde aprendí el ingenioso método de cultivo que garantizaba la fertilidad de la tierra. Observé a los jóvenes entrenar en los calmécac y telpochcalli, donde se formaban líderes y guerreros para el futuro del pueblo. En las festividades, vi la devoción a Huitzilopochtli y Tlaloc, con danzas y ceremonias que llenaban la ciudad de un fervor casi palpable. Aunque las ofrendas humanas eran una realidad de su cosmovisión, comprendí que en su creencia el sacrificio era un acto de equilibrio y comunión con sus dioses, algo que me obligó a reflexionar sobre las distintas formas en que las civilizaciones interpretaban la vida y la muerte.

Los cambios se hacían evidentes con cada estación. Vi el ascenso de Acamapichtli como el primer tlatoani, estableciendo la estructura de gobierno de la ciudad. Los lazos con otros pueblos comenzaban a tejerse, y las tensiones con los tepanecas presagiaban un futuro de conflictos. La expansión de Tenochtitlán era inevitable, y sus templos crecían en esplendor, con inscripciones y relieves que narraban su historia en formación. Me maravillé ante su conocimiento del tiempo, su observación de los astros y su capacidad para armonizar la arquitectura con la naturaleza y la religión.

El paso del tiempo se volvió casi imperceptible en la rutina de la ciudad. Me volví parte de su vida cotidiana, participando en el trueque del mercado, compartiendo el sabor del atole y el tamal en las mañanas, y escuchando las historias de los ancianos en las noches. Aprendí la herbolaria de los sanadores, comparando sus conocimientos con lo que había visto en otras tierras. Sus remedios a base de plantas como el copal y el xoconostle eran tan efectivos como cualquier ungüento medieval que hubiera conocido.

Pero la historia nunca se detiene, y con cada año que pasaba, sentía que el destino de los mexicas se acercaba a un punto de quiebre. En la mirada de los guerreros vi la ambición de expansión, en los sacerdotes, la devoción inquebrantable, y en los comerciantes, el ansia de nuevas rutas y riquezas. Esta no era solo una ciudad en crecimiento; era el inicio de algo más grande, algo que con el tiempo abarcaría todo un imperio. Y yo había sido testigo de su génesis.

Cuando el momento llegó, supe que debía partir. Miré una última vez la silueta de Tenochtitlán reflejada en el lago, con sus templos elevándose como gigantes en la bruma matutina. Me pregunté qué sería de ellos en los siglos por venir, cómo su grandeza se elevaría hasta desafiar a los cielos, y qué desafíos enfrentarían en su camino. Pero esas respuestas no me pertenecían aún. Había otro destino que me llamaba, otro pueblo que aguardaba mi llegada, con su propia historia, su propia grandeza escrita en la piedra y la montaña.

Sin hacer ruido, me deslicé en la noche, con el viento llevándome lejos, hacia tierras donde el sol nacía sobre los Andes y la voz de los dioses hablaba a través del oro y la piedra.