• "Se necesita valor para enfrentar a tus enemigos, pero aún más valor para enfrentar a tus seres queridos. Sin duda las visitas son crueles , el destierro aún más cuando te alejan de lo único que quieres."

    #Hermanos #Guerra #Traicionesdelcielo
    "Se necesita valor para enfrentar a tus enemigos, pero aún más valor para enfrentar a tus seres queridos. Sin duda las visitas son crueles , el destierro aún más cuando te alejan de lo único que quieres." #Hermanos #Guerra #Traicionesdelcielo
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  • "Las huellas de nadie. Fantasmas en la nieve.

    Un día calmo, un cielo despejado y cristalino, un sol que parece amable. Demasiado bueno para ser cierto, ¿pero qué van a saber los novatos, los perdidos, los exiliados?

    Exiliados, por supuesto. Durante los más de trescientos años del régimen de la Casa de los Romanov en Rusia, miles serían exiliados, arrojados a las fauces del frío infierno del Este. Almas errantes, sus muertes aseguradas, sus días prestados. Huellas en la nieve, la única firma de su existencia, por efímera y endeble que fuese.

    Y eran las huellas no solamente pruebas de su existir, sino objeto de júbilo, fuente de esperanza. Indicaban que, como ellos, alguien había recorrido estos parajes antes. Ese 'no estoy solo' es tan poderoso, tan embriagante, que los sentidos nubla.

    Pero estaban solos. No podían estar más solos.

    Huellas de nadie, obra de un fantasma. Trampas traicioneras que guiaban a los exiliados a caminos accidentados, a zonas de aludes, al hogar de depredadores. ¿De quién (o de qué) era obra tan cruel burla a quienes ya de por sí el cielo había abandonado? Nunca se supo.

    Las teorías dicen que los osos, lobos y otros depredadores aprendieron a crear marcas sobre la nieve, aprovechándose del instinto tan humano de seguirlas. Seres humanoides, críptidos, tribus caníbales, demonios; no hay carencia de hipótesis.

    La realidad, sea cual fuere la respuesta, es tan cruel como simple: Estás solo aquí.

    Completamente solo".
    "Las huellas de nadie. Fantasmas en la nieve. Un día calmo, un cielo despejado y cristalino, un sol que parece amable. Demasiado bueno para ser cierto, ¿pero qué van a saber los novatos, los perdidos, los exiliados? Exiliados, por supuesto. Durante los más de trescientos años del régimen de la Casa de los Romanov en Rusia, miles serían exiliados, arrojados a las fauces del frío infierno del Este. Almas errantes, sus muertes aseguradas, sus días prestados. Huellas en la nieve, la única firma de su existencia, por efímera y endeble que fuese. Y eran las huellas no solamente pruebas de su existir, sino objeto de júbilo, fuente de esperanza. Indicaban que, como ellos, alguien había recorrido estos parajes antes. Ese 'no estoy solo' es tan poderoso, tan embriagante, que los sentidos nubla. Pero estaban solos. No podían estar más solos. Huellas de nadie, obra de un fantasma. Trampas traicioneras que guiaban a los exiliados a caminos accidentados, a zonas de aludes, al hogar de depredadores. ¿De quién (o de qué) era obra tan cruel burla a quienes ya de por sí el cielo había abandonado? Nunca se supo. Las teorías dicen que los osos, lobos y otros depredadores aprendieron a crear marcas sobre la nieve, aprovechándose del instinto tan humano de seguirlas. Seres humanoides, críptidos, tribus caníbales, demonios; no hay carencia de hipótesis. La realidad, sea cual fuere la respuesta, es tan cruel como simple: Estás solo aquí. Completamente solo".
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  • Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años.

    Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos.

    La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado.
    Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo.

    ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos.

    No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico.

    ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían.

    Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
    Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años. Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos. La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado. Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo. ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos. No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico. ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían. Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
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  • ‎ ⸼ ࣪ 𑂴𔐼 ִ┏፝╾𝆬ᮬ ̸̩̥̩̥̩̥̩̥̩̥⫰꥓

    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎
    ¿Me está proponiendo que sea un espía de mis amigos? Que hago... Quiero ser un leal marine, pero no quiero traicionarlos.
    ‎ ⸼ ࣪ 𑂴𔐼 ִ┏፝╾𝆬ᮬ ̸̩̥̩̥̩̥̩̥̩̥⫰꥓ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ¿Me está proponiendo que sea un espía de mis amigos? Que hago... Quiero ser un leal marine, pero no quiero traicionarlos.
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  • -Como ya llegó la jefa salimos a una importante misión juntos. A la playa, donde nos esperaban terribles olas, un sol traicionero y arena en lugares difíciles de alcanzar.
    Era difícil pero vamos a poder superarlo-

    Ufff tremendo, quizás no sobrevivamos!

    Caesar King

    -Como ya llegó la jefa salimos a una importante misión juntos. A la playa, donde nos esperaban terribles olas, un sol traicionero y arena en lugares difíciles de alcanzar. Era difícil pero vamos a poder superarlo- Ufff tremendo, quizás no sobrevivamos! [shimmer_copper_snake_865]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    —•L̶a̶ ̶E̶u̶c̶a̶r̶i̶s̶t̶í̶a̶ ̶d̶e̶ ̶H̶i̶e̶r̶r̶o̶ ̶y̶ ̶P̶l̶o̶m̶o̶.

    El traqueteo del tren era un metrónomo marcando el final de sus insignificantes vidas. Sentada, con la espalda expuesta como un cebo deliberado, escuché el amartillar de sus armas. El metal desgarró mi cráneo desde atrás con una violencia deliciosa.

    La oscuridad no fue un vacío, fue un velo negro que me envolvió con suavidad. Mientras mi cuerpo se desplomaba y la sangre comenzaba a alimentar las grietas del suelo, me quedé allí, suspendida en ese zumbido eléctrico que lo borraba todo. Mis asesinos celebraban con el aliento agitado; podía oler su miedo disfrazado de triunfo, un aroma rancio que solo servía para abrirme el apetito.

    Me puse en pie sin que un solo músculo de mi rostro traicionara la paz de mi muerte ficticia. Sentí el calor de la hemorragia deslizándose por mis mejillas, encontrando el camino hacia las comisuras de mi boca. Saboreé ese licor ferroso, espeso y sucio, y dejé que se mezclara con mi aliento. Pero lo que realmente me cautivó fueron las punzadas. La bala, incrustada como un parásito en mi cerebro, enviaba latigazos de una agonía exquisita que hacían vibrar cada nervio de mi columna. Era un dolor purificador, una confirmación de que su odio era tan real como mi superioridad. Me encantaba. Disfrutaba de la caricia del plomo caliente fundiéndose con mi propia carne mientras mis tejidos, obedientes, comenzaban a devorar el proyectil.

    Me giré. Sus gritos fueron música para mis oídos. El horror en sus ojos era la única oración que sabían rezar. Vaciaron sus cargadores contra mí en un espasmo de desesperación absoluta. Las balas golpeaban mi cuerpo, pero yo solo veía fragmentos de metal intentando herir a un abismo. Con una lentitud depredadora, levanté mi mano derecha. Los miré no como a enemigos, sino como a ganado que ha olvidado su lugar en el matadero. El vagón se volvió frío, un frío sepulcral que detuvo el tiempo. Coloqué mi dedo índice frente a sus corazones desbocados y dejé que el silencio se prolongara lo suficiente para que el terror los consumiera por dentro.

    — Bang. —

    No hubo eco, solo el sonido de la realidad rompiéndose. La presión invisible los golpeó no desde fuera, sino desde su propio núcleo, obligando a sus cuerpos a estallar de adentro hacia afuera. En un parpadeo, el vagón se convirtió en una pesadilla de vísceras; el impacto proyectó fragmentos de hueso, trozos de órganos y una lluvia densa de sesos contra las paredes y el techo. El espacio quedó perdido entre un rojo absoluto y un olor a muerte tan pesado que se podía palpar.
    Me quedé allí, en medio de la carnicería, respirando el vaho caliente que emanaba de los restos. La punzada en mi cráneo finalmente cesó cuando mi cuerpo expulsó el trozo de plomo deformado, que cayó al suelo con un tintineo metálico sobre el charco de carne. Con una tranquilidad absoluta, saqué un pañuelo y limpié el desorden de mi rostro. Cuando el tren frenó y las puertas se abrieron, salí con paso firme, dejando atrás aquel matadero sagrado sin dedicarle una sola mirada a los restos de lo que alguna vez se atrevió a atacarme.
    —•L̶a̶ ̶E̶u̶c̶a̶r̶i̶s̶t̶í̶a̶ ̶d̶e̶ ̶H̶i̶e̶r̶r̶o̶ ̶y̶ ̶P̶l̶o̶m̶o̶. El traqueteo del tren era un metrónomo marcando el final de sus insignificantes vidas. Sentada, con la espalda expuesta como un cebo deliberado, escuché el amartillar de sus armas. El metal desgarró mi cráneo desde atrás con una violencia deliciosa. La oscuridad no fue un vacío, fue un velo negro que me envolvió con suavidad. Mientras mi cuerpo se desplomaba y la sangre comenzaba a alimentar las grietas del suelo, me quedé allí, suspendida en ese zumbido eléctrico que lo borraba todo. Mis asesinos celebraban con el aliento agitado; podía oler su miedo disfrazado de triunfo, un aroma rancio que solo servía para abrirme el apetito. Me puse en pie sin que un solo músculo de mi rostro traicionara la paz de mi muerte ficticia. Sentí el calor de la hemorragia deslizándose por mis mejillas, encontrando el camino hacia las comisuras de mi boca. Saboreé ese licor ferroso, espeso y sucio, y dejé que se mezclara con mi aliento. Pero lo que realmente me cautivó fueron las punzadas. La bala, incrustada como un parásito en mi cerebro, enviaba latigazos de una agonía exquisita que hacían vibrar cada nervio de mi columna. Era un dolor purificador, una confirmación de que su odio era tan real como mi superioridad. Me encantaba. Disfrutaba de la caricia del plomo caliente fundiéndose con mi propia carne mientras mis tejidos, obedientes, comenzaban a devorar el proyectil. Me giré. Sus gritos fueron música para mis oídos. El horror en sus ojos era la única oración que sabían rezar. Vaciaron sus cargadores contra mí en un espasmo de desesperación absoluta. Las balas golpeaban mi cuerpo, pero yo solo veía fragmentos de metal intentando herir a un abismo. Con una lentitud depredadora, levanté mi mano derecha. Los miré no como a enemigos, sino como a ganado que ha olvidado su lugar en el matadero. El vagón se volvió frío, un frío sepulcral que detuvo el tiempo. Coloqué mi dedo índice frente a sus corazones desbocados y dejé que el silencio se prolongara lo suficiente para que el terror los consumiera por dentro. — Bang. — No hubo eco, solo el sonido de la realidad rompiéndose. La presión invisible los golpeó no desde fuera, sino desde su propio núcleo, obligando a sus cuerpos a estallar de adentro hacia afuera. En un parpadeo, el vagón se convirtió en una pesadilla de vísceras; el impacto proyectó fragmentos de hueso, trozos de órganos y una lluvia densa de sesos contra las paredes y el techo. El espacio quedó perdido entre un rojo absoluto y un olor a muerte tan pesado que se podía palpar. Me quedé allí, en medio de la carnicería, respirando el vaho caliente que emanaba de los restos. La punzada en mi cráneo finalmente cesó cuando mi cuerpo expulsó el trozo de plomo deformado, que cayó al suelo con un tintineo metálico sobre el charco de carne. Con una tranquilidad absoluta, saqué un pañuelo y limpié el desorden de mi rostro. Cuando el tren frenó y las puertas se abrieron, salí con paso firme, dejando atrás aquel matadero sagrado sin dedicarle una sola mirada a los restos de lo que alguna vez se atrevió a atacarme.
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  • 𝕰𝖑 𝕺𝖘𝖆𝖗𝖎𝖔
    Categoría Suspenso
    ‎["Vallis Sanctorum" pueblo fronterizo de Aviñón - 6:03 p.m.]



    — El equipo de dieciocho cazadores se movía cautelosamente por las calles empedradas de aquel pueblo. El ambiente era tenso, pues ya se empazaba a hacer tarde y tampoco teníamos a nuestro "protector" acompañándonos. El sujeto que estaba dos hombres por delante de mí lideraba un flanco; se veía confiado en su entrenamiento, todos lo estábamos... Una vez que nos acercamos a la ubicación designada en el reporte, allí fue cuando todo se empezó a tornar complicado. Fuimos recibidos por un profundo olor a azufre y carne quemada, pero no flaqueamos; nos recordamos que teníamos la orden de "limpiar y asegurar", y eso íbamos a hacer. El caballero que nos había acompañado, Caspian, se había separado del grupo principal (24 cazadores en total) llevándoce a cinco con el (Dejando a los 18 actuales) apenas entramos al pueblo; no dijo su razón para hacerlo, pero sí que nos encomendó a los demás que nos encargáramos de la misión... Al parecer no iba a reagruparse con nosotros pronto, por lo que nos preparamos lo mejor que podíamos. Aunque, supongo que tampoco estábamos tan preocupados; después de todo, se supone que Aviñón no es un lugar tan grande como para perderse, pero lo que no entendíamos era que sus callejones son traicioneros...



    ‎  Con poca delicadeza entramos a la casa. Todo estaba despejado, pero uno de mis compañeros descubrió que había un pasadizo bajo una de las camas; aquello parecía dar al sótano de la casa donde seguramente el nigromante operaba. Todos nos detuvimos a evaluar la situación, pero no había suficiente tiempo como para hacer advertencias, así que fuimos allí. Después de unos minutos caminando entre la oscuridad, únicamente iluminados por las linternas en nuestros chalecos, lo encontramos. Dimos con el nigromante y su laboratorio: era un hombre caucásico, flaco, y su actitud era la de un completo fanático. Gritaba palabras en lo que me pareció un dialecto olvidado. Uno de mis compañeros le gritaba que se detuviera, pero no lo hizo; y justo en el momento en que abrimos fuego, el círculo a sus pies estalló en llamas azules. La onda expansiva nos lanzó a todos por los alrededores; yo choqué contra una pared. El que estaba más cerca del bastardo salió disparado contra el techo y, por increíble que parezca, aquel impacto hizo que este colapsara... Para cuando el polvo se disipaba, noté que dos de mis compañeros habían sido empalados por vigas de madera. Los demás estábamos aún aturdidos, pero aun así levantamos nuestras armas y evaluamos el lugar. Pasaron ocho minutos sin señal de vida del nigromante; había muchos montones de escombros en los cuales buscar, pero todo parecía indicar que el infeliz había muerto... Y en parte lo hizo, pero no del todo. De una de las pilas de escombros salió, pero no un hombre. Salió algo que desafiaba cualquier anatomía sagrada. Los cuerpos sin vida que estuvieron colgando en el techo del laboratorio antes de colapsar, ahora se empezaban a ser arrastrados hacia el centro, como si se tratara de un metal siendo atraido por un gran imán y así fue, hasta que estos acabaron fusionándose con el cuerpo del nigromante.



    ‎  Esa cosa... esa "Abominación" empezó a rugir con diez gargantas diferentes al mismo tiempo. El nigromante se había convertido en una masa amorfa de unos tres metros de altura. No tenía una piel definida; era una combinación de cadáveres fusionados por una energía necrótica inestable, con rostros deformados pero humanos sobresaliendo de su espalda y torso, gritando en un silencio eterno. Usando sus "piernas" pateó unos escombros que alcanzaron la velocidad de un misil; por suerte no apuntaba a ninguno de los nuestros, pero aquello nos demostró que no solo era más fuerte que antes. En cuanto comenzó a moverse, desprendía un gas denso y fétido que no solo nos ralentizaba; eso parecía incluso oxidar el metal de nuestras armas. Ante una amenaza así, todos abrimos fuego al unísono, pero parecía que las balas solo se perdían en su masa sin llegar a tocar los órganos vitales, suponiendo que tuviera alguno... Todos éramos conscientes de nuestro final si peleábamos contra esa cosa en un lugar tan cerrado. Como pudimos, escapamos de la casa, pero afuera no era muy diferente: salimos de la jaula para caer en la ratonera. Esa criatura no era lenta; se desplazaba como una marea de carne que se arrastra por las paredes de los callejones. El líder del flanco nos dio la orden de dividirnos en dos grupos: A y B. El A estaba conformado por los más heridos y el B por aquellos con heridas menores. Se supone que los del grupo B nos encargábamos de retrasar a la bestia mientras dejábamos que el grupo A tomara distancia para que luego nos cubrieran mientras nos movilizabamos. Durante un tiempo corto todo parecía funcionar bien: la bestia comenzaba a volverse más lenta y cada vez sus capas de carne se reducían a un montón de agujeros de carne. Pero mientras el grupo B intentaba sellar un callejón para ganar tiempo, una de las manos desproporcionadas de la abominación —formada por tres brazos humanos trenzados— aplastó a uno de los nuestros. Aquel sujeto no tuvo tiempo de gritar; la masa de carne lo envolvió y lo succionó hacia el interior de su cuerpo.



    ‎  Yo vi cómo el rostro de mi compañero intentaba emerger de la espalda del monstruo, integrándose a la masa necrótica, volviéndose parte del motor que movía a la criatura. Pero eso no nos detuvo. El plan seguía siendo el mismo, pero mientras más hombres perdíamos, peor era la situación. Había dos gemelos en mi equipo que servían como escudo; ellos estaban en la retaguardia. Nos dieron más tiempo que nadie, pero para cuando llegamos a la plaza del pueblo, solo pudimos ver cómo el gas fétido de la Abominación rodeaba todo a su alrededor. No pudimos ver a los gemelos, pero escuchar el grito desgarrador desde donde estaban dejaba en claro qué les ocurrió. Sus pulmones empezaron a arder; tirados en el suelo, sus movimientos se volvieron erráticos hasta que solo se escuchó el crujido de sus armaduras tácticas siendo aplastadas y el sonido de sus armas disparando hasta que solo quedó el silencio y el chapoteo de la carne avanzando. Ahora, en un lugar más abierto como aquella plaza, los que quedábamos no desaprovechamos el sacrificio de los caídos y nos resguardamos. Algunos tenían las bombas incendiarias listas; otros preparaban su mira láser esperando que el monstruo saliera de la jodida niebla que dejaba aquel gas. Para cuando lo hizo, los disparos no se hicieron esperar. El sol ya estaba cayendo, pero la plaza estaba totalmente iluminada por el flash de los proyectiles saliendo de los cañónes junto con una luz naranja que se hacía cada vez más grande. Resultó ser que las bombas incendiarias eran las más efectivas, pero aun así la criatura se rehusaba a morir. En un descuido dejamos que la abominación se acercara demasiado, y yo en un intento por evitar que golpearan por completo a uno de mis compañeros, intenté jalarlo del chaleco, pero al final ese monstruo solo estiró su brazo y así nos golpeó a ambos. Recorrimos una gran distancia; yo terminé atravesando la ventana de una catedral abandonada. Para cuando me pude levantar, podía sentir que el aire de aquella habitación donde caí era extremadamente denso  —pero estaba seguro de que se debía a que mis costillas fracturadas me dificultaban la respiración—  intenté buscar con la vista a mi compañero, pero no parecía haber caído en el mismo lugar que yo



    ‎  Aprovechando aquellos segundos de calma mientras caminaba para salir del lugar, me puse a pensar en todo lo que había salido mal... Nosotros corrimos de esa cosa, y no por valentía, sino por puro instinto de supervivencia. Justo ahora mis hermanos y hermanas estaban afuera, luchando contra esa abominación sin tener la certeza de ganar, pero lo hacían, y yo iba a volver para luchar con ellos. Aunque podía sentir la sangre en mi uniforme y los gritos de los gemelos aún me perforaban los oídos, yo estaba decidido a volver... Hasta que me detuve. Recordé al Gladius Dei que nos había acompañado, Caspian; pensé en aprovechar ese momento e irlo a buscar o contactarlo, pero aquel golpe me había quitado muchas cosas, e incluso si quisiera salir a buscarlo, no sabía ni siquiera por dónde empezar. Esto era frustrante, pero lo que más me molestaba era esa sensación de no poder respirar adecuadamente. Ese malestar que se intensificaba a medida que me acercaba a la puerta para salir de aquella habitación; era como si al otro lado de la catedral hubiera un umbral que me impedía permanecer en el lugar. Seguramente esa sensación de asfixia solo era una de las muchas cosas que transmitía aquel lugar... Y ahora que lo pienso, seguramente la adrenalina y la euforia me mantenían en un estado de relativa insensibilidad; no sabía que mi cuerpo me gritaba que huyera en cuanto tomé el pomo de la puerta y lo giré para encontrarme con lo que había al otro lado. Fue en ese momento cuando me llegó un escalofrío tan fuerte que me hizo temblar como si tuviera fiebre. Inconsientemente busque el hacha que colgaba a mi costado, pues sentía la necesidad vital de sostener un arma con la mano izquierda mientras que con la derecha sostenía mi torso, ya que sentía como si aquel temblor fuera a romper aún más costillas... Justo delante de mí estaba aquella escena que no sabría describir, pero sí que puedo decir algo con claridad: allí se encontraba esa cosa de apariencia femenina, pero yo lo sabía, eso era todo menos una simple y hermosa mujer...
    ‎["Vallis Sanctorum" pueblo fronterizo de Aviñón - 6:03 p.m.] — El equipo de dieciocho cazadores se movía cautelosamente por las calles empedradas de aquel pueblo. El ambiente era tenso, pues ya se empazaba a hacer tarde y tampoco teníamos a nuestro "protector" acompañándonos. El sujeto que estaba dos hombres por delante de mí lideraba un flanco; se veía confiado en su entrenamiento, todos lo estábamos... Una vez que nos acercamos a la ubicación designada en el reporte, allí fue cuando todo se empezó a tornar complicado. Fuimos recibidos por un profundo olor a azufre y carne quemada, pero no flaqueamos; nos recordamos que teníamos la orden de "limpiar y asegurar", y eso íbamos a hacer. El caballero que nos había acompañado, Caspian, se había separado del grupo principal (24 cazadores en total) llevándoce a cinco con el (Dejando a los 18 actuales) apenas entramos al pueblo; no dijo su razón para hacerlo, pero sí que nos encomendó a los demás que nos encargáramos de la misión... Al parecer no iba a reagruparse con nosotros pronto, por lo que nos preparamos lo mejor que podíamos. Aunque, supongo que tampoco estábamos tan preocupados; después de todo, se supone que Aviñón no es un lugar tan grande como para perderse, pero lo que no entendíamos era que sus callejones son traicioneros... ‎ ‎ ‎ ‎  Con poca delicadeza entramos a la casa. Todo estaba despejado, pero uno de mis compañeros descubrió que había un pasadizo bajo una de las camas; aquello parecía dar al sótano de la casa donde seguramente el nigromante operaba. Todos nos detuvimos a evaluar la situación, pero no había suficiente tiempo como para hacer advertencias, así que fuimos allí. Después de unos minutos caminando entre la oscuridad, únicamente iluminados por las linternas en nuestros chalecos, lo encontramos. Dimos con el nigromante y su laboratorio: era un hombre caucásico, flaco, y su actitud era la de un completo fanático. Gritaba palabras en lo que me pareció un dialecto olvidado. Uno de mis compañeros le gritaba que se detuviera, pero no lo hizo; y justo en el momento en que abrimos fuego, el círculo a sus pies estalló en llamas azules. La onda expansiva nos lanzó a todos por los alrededores; yo choqué contra una pared. El que estaba más cerca del bastardo salió disparado contra el techo y, por increíble que parezca, aquel impacto hizo que este colapsara... Para cuando el polvo se disipaba, noté que dos de mis compañeros habían sido empalados por vigas de madera. Los demás estábamos aún aturdidos, pero aun así levantamos nuestras armas y evaluamos el lugar. Pasaron ocho minutos sin señal de vida del nigromante; había muchos montones de escombros en los cuales buscar, pero todo parecía indicar que el infeliz había muerto... Y en parte lo hizo, pero no del todo. De una de las pilas de escombros salió, pero no un hombre. Salió algo que desafiaba cualquier anatomía sagrada. Los cuerpos sin vida que estuvieron colgando en el techo del laboratorio antes de colapsar, ahora se empezaban a ser arrastrados hacia el centro, como si se tratara de un metal siendo atraido por un gran imán y así fue, hasta que estos acabaron fusionándose con el cuerpo del nigromante. ‎ ‎ ‎ ‎  Esa cosa... esa "Abominación" empezó a rugir con diez gargantas diferentes al mismo tiempo. El nigromante se había convertido en una masa amorfa de unos tres metros de altura. No tenía una piel definida; era una combinación de cadáveres fusionados por una energía necrótica inestable, con rostros deformados pero humanos sobresaliendo de su espalda y torso, gritando en un silencio eterno. Usando sus "piernas" pateó unos escombros que alcanzaron la velocidad de un misil; por suerte no apuntaba a ninguno de los nuestros, pero aquello nos demostró que no solo era más fuerte que antes. En cuanto comenzó a moverse, desprendía un gas denso y fétido que no solo nos ralentizaba; eso parecía incluso oxidar el metal de nuestras armas. Ante una amenaza así, todos abrimos fuego al unísono, pero parecía que las balas solo se perdían en su masa sin llegar a tocar los órganos vitales, suponiendo que tuviera alguno... Todos éramos conscientes de nuestro final si peleábamos contra esa cosa en un lugar tan cerrado. Como pudimos, escapamos de la casa, pero afuera no era muy diferente: salimos de la jaula para caer en la ratonera. Esa criatura no era lenta; se desplazaba como una marea de carne que se arrastra por las paredes de los callejones. El líder del flanco nos dio la orden de dividirnos en dos grupos: A y B. El A estaba conformado por los más heridos y el B por aquellos con heridas menores. Se supone que los del grupo B nos encargábamos de retrasar a la bestia mientras dejábamos que el grupo A tomara distancia para que luego nos cubrieran mientras nos movilizabamos. Durante un tiempo corto todo parecía funcionar bien: la bestia comenzaba a volverse más lenta y cada vez sus capas de carne se reducían a un montón de agujeros de carne. Pero mientras el grupo B intentaba sellar un callejón para ganar tiempo, una de las manos desproporcionadas de la abominación —formada por tres brazos humanos trenzados— aplastó a uno de los nuestros. Aquel sujeto no tuvo tiempo de gritar; la masa de carne lo envolvió y lo succionó hacia el interior de su cuerpo. ‎ ‎ ‎ ‎  Yo vi cómo el rostro de mi compañero intentaba emerger de la espalda del monstruo, integrándose a la masa necrótica, volviéndose parte del motor que movía a la criatura. Pero eso no nos detuvo. El plan seguía siendo el mismo, pero mientras más hombres perdíamos, peor era la situación. Había dos gemelos en mi equipo que servían como escudo; ellos estaban en la retaguardia. Nos dieron más tiempo que nadie, pero para cuando llegamos a la plaza del pueblo, solo pudimos ver cómo el gas fétido de la Abominación rodeaba todo a su alrededor. No pudimos ver a los gemelos, pero escuchar el grito desgarrador desde donde estaban dejaba en claro qué les ocurrió. Sus pulmones empezaron a arder; tirados en el suelo, sus movimientos se volvieron erráticos hasta que solo se escuchó el crujido de sus armaduras tácticas siendo aplastadas y el sonido de sus armas disparando hasta que solo quedó el silencio y el chapoteo de la carne avanzando. Ahora, en un lugar más abierto como aquella plaza, los que quedábamos no desaprovechamos el sacrificio de los caídos y nos resguardamos. Algunos tenían las bombas incendiarias listas; otros preparaban su mira láser esperando que el monstruo saliera de la jodida niebla que dejaba aquel gas. Para cuando lo hizo, los disparos no se hicieron esperar. El sol ya estaba cayendo, pero la plaza estaba totalmente iluminada por el flash de los proyectiles saliendo de los cañónes junto con una luz naranja que se hacía cada vez más grande. Resultó ser que las bombas incendiarias eran las más efectivas, pero aun así la criatura se rehusaba a morir. En un descuido dejamos que la abominación se acercara demasiado, y yo en un intento por evitar que golpearan por completo a uno de mis compañeros, intenté jalarlo del chaleco, pero al final ese monstruo solo estiró su brazo y así nos golpeó a ambos. Recorrimos una gran distancia; yo terminé atravesando la ventana de una catedral abandonada. Para cuando me pude levantar, podía sentir que el aire de aquella habitación donde caí era extremadamente denso  —pero estaba seguro de que se debía a que mis costillas fracturadas me dificultaban la respiración—  intenté buscar con la vista a mi compañero, pero no parecía haber caído en el mismo lugar que yo ‎ ‎ ‎ ‎  Aprovechando aquellos segundos de calma mientras caminaba para salir del lugar, me puse a pensar en todo lo que había salido mal... Nosotros corrimos de esa cosa, y no por valentía, sino por puro instinto de supervivencia. Justo ahora mis hermanos y hermanas estaban afuera, luchando contra esa abominación sin tener la certeza de ganar, pero lo hacían, y yo iba a volver para luchar con ellos. Aunque podía sentir la sangre en mi uniforme y los gritos de los gemelos aún me perforaban los oídos, yo estaba decidido a volver... Hasta que me detuve. Recordé al Gladius Dei que nos había acompañado, Caspian; pensé en aprovechar ese momento e irlo a buscar o contactarlo, pero aquel golpe me había quitado muchas cosas, e incluso si quisiera salir a buscarlo, no sabía ni siquiera por dónde empezar. Esto era frustrante, pero lo que más me molestaba era esa sensación de no poder respirar adecuadamente. Ese malestar que se intensificaba a medida que me acercaba a la puerta para salir de aquella habitación; era como si al otro lado de la catedral hubiera un umbral que me impedía permanecer en el lugar. Seguramente esa sensación de asfixia solo era una de las muchas cosas que transmitía aquel lugar... Y ahora que lo pienso, seguramente la adrenalina y la euforia me mantenían en un estado de relativa insensibilidad; no sabía que mi cuerpo me gritaba que huyera en cuanto tomé el pomo de la puerta y lo giré para encontrarme con lo que había al otro lado. Fue en ese momento cuando me llegó un escalofrío tan fuerte que me hizo temblar como si tuviera fiebre. Inconsientemente busque el hacha que colgaba a mi costado, pues sentía la necesidad vital de sostener un arma con la mano izquierda mientras que con la derecha sostenía mi torso, ya que sentía como si aquel temblor fuera a romper aún más costillas... Justo delante de mí estaba aquella escena que no sabría describir, pero sí que puedo decir algo con claridad: allí se encontraba esa cosa de apariencia femenina, pero yo lo sabía, eso era todo menos una simple y hermosa mujer...
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  • Y al fin había llegado... Había llegado "mañana". Pero no un mañana cualquiera, ese que llega todos los días si no... "El gran mañana". La boda.

    Se despertó más nervioso de lo habitual, correteando de un lado a otro, inquieto, su estómago cerrado por completo, y soltando risitas histéricas. Pero no de las que cuando la situación es incomoda y necesitas aliviar la tensión y así tú cuerpo te traiciona, no. Era alegría, una tan grande y desmedida que no era capaz de gestionar.

    ¿Y que hacia cuando se ponía tan nervioso? Tratar de hacer todo paso a paso y lo primero era asearse mientras aún los niños dormían. Por lo que se fue a dar un baño, uno lleno de burbujas y bien perfumado, junto a una copita de champagne para mimarse un poco, y así calmar los nervios del increíble día que le esperaba.
    Y al fin había llegado... Había llegado "mañana". Pero no un mañana cualquiera, ese que llega todos los días si no... "El gran mañana". La boda. Se despertó más nervioso de lo habitual, correteando de un lado a otro, inquieto, su estómago cerrado por completo, y soltando risitas histéricas. Pero no de las que cuando la situación es incomoda y necesitas aliviar la tensión y así tú cuerpo te traiciona, no. Era alegría, una tan grande y desmedida que no era capaz de gestionar. ¿Y que hacia cuando se ponía tan nervioso? Tratar de hacer todo paso a paso y lo primero era asearse mientras aún los niños dormían. Por lo que se fue a dar un baño, uno lleno de burbujas y bien perfumado, junto a una copita de champagne para mimarse un poco, y así calmar los nervios del increíble día que le esperaba.
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  • This can be our secret… if you want.
    Fandom Game Of Thrones
    Categoría Romance
    STARTER PARA 𝚂𝙰𝙽𝙳𝙾𝚁 𝙲𝙻𝙴𝙶𝙰𝙽𝙴

    Aquella noche, tras temer durante horas soñar con el hombre que la mantenía en vilo, resultó soñar con el único que había conseguido calmarla. No solo a ella, sino a su dolor. Aquel que la había atormentado, que la había hecho sangrar en la bañera, que había conseguido que incluso él, el hombre más tosco de aquel lugar, arrugara el ceño.

    Aquella noche, Serenna soñó con Sandor.
    Pero no fue un sueño apacible, ni agradable. Fue uno de aquellos que te despiertan en mitad de la noche con la frente perlada.

    Las preocupaciones de la noche anterior la habían llevado hasta allí, hasta aquel recóndito lugar de su mente en el que se proyectaron sus miedos. Su temor a haber perdido el poco acercamiento que había tenido con su protector.

    El miedo de haberle asustado, de haberse sobrepasado, tal vez. El miedo a… perder lo único que le quedaba en aquel castillo y, probablemente, en aquel mundo.

    Lord Tywin Lannister parecía no sentir ni un mínimo resquicio de cariño, la mantenía aún en su encierro como un castigo que parecía eterno.

    Ella por supuesto, no sabía que Sandor le explicaba cada noche cómo había sido el día. Que el León sabía perfectamente cómo estaba, lo que hacía, y cómo seguía.

    Y tal vez por eso, su preocupación había pasado de estar en él a estar en Sandor Clegane: El Perro. Su guardián. Su sombra.

    ------------------------------------------------------

    Se había despertado aquella mañana, agitada, con el dolor aún retumbando en su vientre. No había olvidado la noche anterior, y la pesadilla hizo que fuese por ello imposible. Sandor todavía no estaba ahí, no había llegado aún. Pero sí las doncellas, quien la ayudaron a vestirse. La peinaron, la acicalaron y le colocaron el vestido.

    La puerta sonó, pero esta vez no fue Sandor quien aguardaba tras ella, sino Jaime Lannister.

    Vestido con su armadura dorada, aunque sin el casco, su cabello rubio caía desordenado sobre sus hombros.
    Jaime entró sin pedir permiso, mirando rápidamente a Serenna.

    —Parece que la princesa Velaryon —dijo, con su evidente tono irónico—, ha sobrevivido a otra luna. ¿Lista para un paseo matutino, mi lady? —Hizo un gesto exagerado con la mano, invitándola a seguirlo.

    Ella lo contempló ceñuda, sin esperarse encontrarle a él, menos aún, que le preguntara cómo estaba. O pareciera estar haciéndolo

    Las doncellas se apartaron rápidamente, inclinando la cabeza a modo de reverencia.

    —¿Paseo? —preguntó ella—. Ya bien sabéis ser Jaime, que no puedo salir de este lugar.

    Él se encogió de hombros.

    —No quiero estropearos la sorpresa. Digamos que es… un asunto familiar —Hizo una pausa, cruzando los brazos. Avanzó un paso más hacia ella, extendiendo la mano—. Después de vos… Mi Lady.

    “Un asunto familiar”. Aquello hizo que sus alarmas se dispararan.

    Serenna asomó la cabeza hacia la puerta, buscando la figura de Sandor.
    No tardó en ver parte de su armadura, aguardando fuera. Soltó despacio el aire y asintió. Las doncellas se apartaron, y Jaime la acompañó a la salida.

    Ahí estaba Sandor, de pie, sin siquiera mirarla.
    Ella esperó a que lo hiciera, pero parecía que la presencia de Jaime Lannister provocó que lo que la poca cercanía que hubo entre ellos dejara de existir.

    Jaime la tomó por el brazo y ella se negó a dejar de mirar a Sandor, como si esperara que él en cualquier momento fuese a devolverle la mirada. Un: ¿no venís conmigo? ¿Por qué no venís conmigo?...

    No fue sino hasta que ella por poco tropezó con sus propios pies que miró al frente y dejó de esperar, que Sandor la miró, y en sus labios se dibujó un gesto de hastío, incluso de asco.

    ¿Fue por ella? ¿Fue por Jaime?...

    La guio por los pasillos de la Fortaleza Roja.
    El camino los llevó a través de patios internos y escaleras empinadas, hasta llegar a la Torre de la Mano.
    La estructura irguiéndose imponente, casi como una forma de representar el poder que Tywin Lannister ejercía sobre el reino.

    Los guardias de capas carmesíes flanqueaban la entrada, apartándose sin articular palabra ante la llegada de Jaime.

    Serenna sintió cómo algo se agitaba en su interior. Después de todo aquel tiempo volvería a verle.
    Y lo cierto es que no estaba segura de… querer hacerlo.

    O eso pensó hasta que entró, y lo vio. En el centro, sentado tras el escritorio macizo.

    Al verlos entrar, levantó la vista con deliberada lentitud, como si su tiempo fuera un recurso precioso que no malgastaba en saludos innecesarios.

    —Padre —dijo Jaime, soltando el brazo de Serenna—. Os traigo a Lady Velaryon, como ordenasteis.

    Tywin hizo un gesto casi imperceptible con la mano, despidiendo a su hijo. Jaime arqueó una ceja, pero no protestó; sonrió amargamente antes de girarse y salir.

    Tywin ni siquiera la miró, continuó escribiendo en el pergamino hasta que creyó suficiente el hacerla temblar. Entonces, la observó durante un largo momento, evaluándola, sabiendo que aquello la estaba poniendo demasiado nerviosa. Podía verlo en su mirada, en sus ojos, en su cuerpo… Debilidad, flaqueza. Su labio se arqueó un instante.

    Suficiente para que ella lo viera, y su corazón se resquebrajara un instante.

    —Has languidecido lo suficiente en tu jaula. He decidido poner fin a tu aislamiento.

    Ella contuvo el aliento.

    —Te permitiré vagar por la Fortaleza Roja y sus jardines, siempre bajo vigilancia.
    Y ahora, lo soltó de golpe. “Bajo vigilancia” Aquello significaba que Él seguiría a su lado.
    El alivio inicial se entremezcló con la cautela; nada con Tywin Lannister era tan simple. Se inclinó ligeramente, manteniendo la compostura. O al menos, intentándolo.

    —My lord... os agradezco vuestra clemencia.

    Él asintió.

    —¿Significa eso que...?

    Entonces él la interrumpió, con un gesto seco, levantándose de su asiento. Caminó alrededor del escritorio, deteniéndose a unos pasos de ella, su estatura imponente y su mirada perforante, dispararon su pulso. Al parcer, nada había cambiado…

    —No lo confundas… Hay una condición… El mar te está vetado. No pisarás los muelles, no olerás la brisa salada.

    En cierto punto de la conversación, Serenna se despegó de la realidad, se marchó lejos, al pensamiento de Sandor, como si de algún modo, algo la estuviera obligando a volver ahí, al sueño.

    Entonces, la voz de Tywin la hizo volver en sí.

    —¿He sido lo suficientemente claro?

    Serenna sintió el nudo en la garganta. El mar lo era todo para ella, pero sabía que aquello era más de lo que podía pedir. Le había levantado el castigo y aquello ya era demasiado.
    Casi podía escuchar a Cersei quejarse, diciéndole que era una mala decisión, que debería ser tan duro como lo fue con ellos.

    Asintió lentamente, bajando la vista.

    —Sí, mi lord. Lo entiendo.

    Tywin regresó a su asiento, como si el asunto estuviera zanjado, pero su voz
    —Bien... El Perro seguirá siendo tu sombra, vigilando cada uno de tus pasos. No se lo pongas más difícil. Créeme… no quieres enfadarlo.

    Ella tragó saliva y asintió una vez más.
    Y es cierto que no supo cómo actuar. Se quedó paralizada, como si aquella situación fuese extraña, como si… fuese diferente a todas las demás.

    ¿De verdad a él le importaba tan poco como estaba demostrando?

    Aquello hizo que su ceño se frunciera, que su mirada descendiera al suelo y que deseara marcharse de allí cuanto antes. Así que, y sin su permiso, Serenna asintió a modo de despedida, hizo una reverencia y se dio la vuelta, dispuesta a marcharse.
    Pero entonces, su voz la detuvo.

    —No recuerdo haberte dicho que pudieras irte.

    Serenna se quedó inmóvil.

    Tywin se levantó despacio. Caminó hacia ella, deteniéndose lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo la envolviera, para que su aliento rozara apenas su nuca, evidenciando así que estaba tras ella.

    Ésta se giró lentamente, enfrentándole. Tragó saliva, el pulso acelerándosele en el cuello visiblemente.

    —No... no era mi intención desafiaros, My Lord —susurró ella. Su cuerpo traicionándola al inclinarse apenas hacia atrás.

    Tywin no dijo nada, tan solo la miró, analizándola en silencio. Aquellos ojos azules, penetrantes, se aguzaban mientras la escudriñaban. Su ceño fruncido, su ceja arqueada. Y ahí estaba… aquella expresión tan suya… Esa que utilizaba cuando diseccionaba a las personas, cuando evaluaba cada detalle. Y oh… en ella pudo ver mucho… Demasiado.

    El temblor sutil en sus hombros, el modo en que su pecho subía y bajaba con la respiración entrecortada, el pulso visible en su cuello…

    Avanzó un paso más, y luego otro, acorralándola. Su altura imponente obligándola a retroceder instintivamente hasta que su espalda rozó la piedra fría.

    Serenna levantó la vista hacia él, sus labios entreabriéndose por un deseo incontrolable.

    Intentó mantener la compostura, apretando los muslos con disimulo, mordiéndose el interior de la mejilla para no dejar escapar un suspiro, pero el calor de su proximidad la traicionaba, haciendo que su cuerpo respondiera con un pulso insistente entre sus piernas, un anhelo que rogaba no ser visto.

    Tywin se detuvo entonces, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento en su rostro, sus ojos clavados en los de ella, notando cada matiz: el rubor que subía a sus mejillas, el leve temblor de sus labios, el deseo que emanaba de ella.

    Su mandíbula se tensó fugazmente, un atisbo de aquella debilidad que solo ella provocaba en él, pero lo contuvo, como siempre.

    Casi como si solo hubiera querido comprobar eso: que ella aún lo deseaba, que su atracción por él no se había extinguido, que seguía siendo capaz de encender ese fuego en ella con solo su presencia.

    Satisfecho, o al menos, aparentándolo, dio un paso atrás, rompiendo la tensión, dejándola con las ganas.

    —Que no se vuelva a repetir —advirtió, volviendo a su escritorio, sentándose como si nada hubiera pasado.

    Serenna asintió, temblorosa, saliendo de la torre con el cuerpo aún latiendo por el encuentro, el deseo no saciado quemándole por dentro.

    Confundida, volvió a sus aposentos, aunque allí ya no tuviese que estar. No por obligación, al menos.

    Cuando llegó, Sandor la esperaba, de nuevo con la mirada al frente, sin mirarla. Ella, desilusionada y con el reciente encuentro de Tywin, decidió no continuar presionándole. No volvió a mirarle, no esperó respuesta, tan solo entró en la habitación, se encerró y se echó a llorar. La espalda contra la puerta, el cuerpo encogido, sus brazos rodeándose.

    Le deseaba, le quería. Aún a pesar de todo lo que le había hecho. Aún a pesar de que le hubiera prohibido aquello que más quería.
    El mar.

    ------------------------------------------------------


    Una semana más tarde, cuando todo pareció asentarse, Tywin anunció su marcha.
    Debía viajar unos días para unos asuntos importantes. Sandor, como ya había aclarado, se quedaría con Serenna, cuidando de ella, y protegiéndola. Como había sido hasta ahora.

    La relación del Perro y la “princesa” había sido diferente aquellos días. Ella parecía haber aceptado que no volvería a repetirse lo que había sucedido en su encierro. Él era su protector, y nada más.
    Y es que, la joven Velaryon no podía permitirse perderle.

    Aquel día Sandor la acompañaba en lo alto del castillo. El mar se extendía bajo ellos. El cabello de la joven se mecía suavemente. El perfume de su piel llegaba hasta él, inundándolo.

    Entonces, ella se giró, y buscó su mirada.

    —Ser Clegane…

    Insistió en llamarlo así. A veces, eso hacía que él reaccionara, que… pareciera humano, que… pareciera el mismo hombre de aquellos días.

    STARTER PARA [THEH0UND] Aquella noche, tras temer durante horas soñar con el hombre que la mantenía en vilo, resultó soñar con el único que había conseguido calmarla. No solo a ella, sino a su dolor. Aquel que la había atormentado, que la había hecho sangrar en la bañera, que había conseguido que incluso él, el hombre más tosco de aquel lugar, arrugara el ceño. Aquella noche, Serenna soñó con Sandor. Pero no fue un sueño apacible, ni agradable. Fue uno de aquellos que te despiertan en mitad de la noche con la frente perlada. Las preocupaciones de la noche anterior la habían llevado hasta allí, hasta aquel recóndito lugar de su mente en el que se proyectaron sus miedos. Su temor a haber perdido el poco acercamiento que había tenido con su protector. El miedo de haberle asustado, de haberse sobrepasado, tal vez. El miedo a… perder lo único que le quedaba en aquel castillo y, probablemente, en aquel mundo. Lord Tywin Lannister parecía no sentir ni un mínimo resquicio de cariño, la mantenía aún en su encierro como un castigo que parecía eterno. Ella por supuesto, no sabía que Sandor le explicaba cada noche cómo había sido el día. Que el León sabía perfectamente cómo estaba, lo que hacía, y cómo seguía. Y tal vez por eso, su preocupación había pasado de estar en él a estar en Sandor Clegane: El Perro. Su guardián. Su sombra. ------------------------------------------------------ Se había despertado aquella mañana, agitada, con el dolor aún retumbando en su vientre. No había olvidado la noche anterior, y la pesadilla hizo que fuese por ello imposible. Sandor todavía no estaba ahí, no había llegado aún. Pero sí las doncellas, quien la ayudaron a vestirse. La peinaron, la acicalaron y le colocaron el vestido. La puerta sonó, pero esta vez no fue Sandor quien aguardaba tras ella, sino Jaime Lannister. Vestido con su armadura dorada, aunque sin el casco, su cabello rubio caía desordenado sobre sus hombros. Jaime entró sin pedir permiso, mirando rápidamente a Serenna. —Parece que la princesa Velaryon —dijo, con su evidente tono irónico—, ha sobrevivido a otra luna. ¿Lista para un paseo matutino, mi lady? —Hizo un gesto exagerado con la mano, invitándola a seguirlo. Ella lo contempló ceñuda, sin esperarse encontrarle a él, menos aún, que le preguntara cómo estaba. O pareciera estar haciéndolo Las doncellas se apartaron rápidamente, inclinando la cabeza a modo de reverencia. —¿Paseo? —preguntó ella—. Ya bien sabéis ser Jaime, que no puedo salir de este lugar. Él se encogió de hombros. —No quiero estropearos la sorpresa. Digamos que es… un asunto familiar —Hizo una pausa, cruzando los brazos. Avanzó un paso más hacia ella, extendiendo la mano—. Después de vos… Mi Lady. “Un asunto familiar”. Aquello hizo que sus alarmas se dispararan. Serenna asomó la cabeza hacia la puerta, buscando la figura de Sandor. No tardó en ver parte de su armadura, aguardando fuera. Soltó despacio el aire y asintió. Las doncellas se apartaron, y Jaime la acompañó a la salida. Ahí estaba Sandor, de pie, sin siquiera mirarla. Ella esperó a que lo hiciera, pero parecía que la presencia de Jaime Lannister provocó que lo que la poca cercanía que hubo entre ellos dejara de existir. Jaime la tomó por el brazo y ella se negó a dejar de mirar a Sandor, como si esperara que él en cualquier momento fuese a devolverle la mirada. Un: ¿no venís conmigo? ¿Por qué no venís conmigo?... No fue sino hasta que ella por poco tropezó con sus propios pies que miró al frente y dejó de esperar, que Sandor la miró, y en sus labios se dibujó un gesto de hastío, incluso de asco. ¿Fue por ella? ¿Fue por Jaime?... La guio por los pasillos de la Fortaleza Roja. El camino los llevó a través de patios internos y escaleras empinadas, hasta llegar a la Torre de la Mano. La estructura irguiéndose imponente, casi como una forma de representar el poder que Tywin Lannister ejercía sobre el reino. Los guardias de capas carmesíes flanqueaban la entrada, apartándose sin articular palabra ante la llegada de Jaime. Serenna sintió cómo algo se agitaba en su interior. Después de todo aquel tiempo volvería a verle. Y lo cierto es que no estaba segura de… querer hacerlo. O eso pensó hasta que entró, y lo vio. En el centro, sentado tras el escritorio macizo. Al verlos entrar, levantó la vista con deliberada lentitud, como si su tiempo fuera un recurso precioso que no malgastaba en saludos innecesarios. —Padre —dijo Jaime, soltando el brazo de Serenna—. Os traigo a Lady Velaryon, como ordenasteis. Tywin hizo un gesto casi imperceptible con la mano, despidiendo a su hijo. Jaime arqueó una ceja, pero no protestó; sonrió amargamente antes de girarse y salir. Tywin ni siquiera la miró, continuó escribiendo en el pergamino hasta que creyó suficiente el hacerla temblar. Entonces, la observó durante un largo momento, evaluándola, sabiendo que aquello la estaba poniendo demasiado nerviosa. Podía verlo en su mirada, en sus ojos, en su cuerpo… Debilidad, flaqueza. Su labio se arqueó un instante. Suficiente para que ella lo viera, y su corazón se resquebrajara un instante. —Has languidecido lo suficiente en tu jaula. He decidido poner fin a tu aislamiento. Ella contuvo el aliento. —Te permitiré vagar por la Fortaleza Roja y sus jardines, siempre bajo vigilancia. Y ahora, lo soltó de golpe. “Bajo vigilancia” Aquello significaba que Él seguiría a su lado. El alivio inicial se entremezcló con la cautela; nada con Tywin Lannister era tan simple. Se inclinó ligeramente, manteniendo la compostura. O al menos, intentándolo. —My lord... os agradezco vuestra clemencia. Él asintió. —¿Significa eso que...? Entonces él la interrumpió, con un gesto seco, levantándose de su asiento. Caminó alrededor del escritorio, deteniéndose a unos pasos de ella, su estatura imponente y su mirada perforante, dispararon su pulso. Al parcer, nada había cambiado… —No lo confundas… Hay una condición… El mar te está vetado. No pisarás los muelles, no olerás la brisa salada. En cierto punto de la conversación, Serenna se despegó de la realidad, se marchó lejos, al pensamiento de Sandor, como si de algún modo, algo la estuviera obligando a volver ahí, al sueño. Entonces, la voz de Tywin la hizo volver en sí. —¿He sido lo suficientemente claro? Serenna sintió el nudo en la garganta. El mar lo era todo para ella, pero sabía que aquello era más de lo que podía pedir. Le había levantado el castigo y aquello ya era demasiado. Casi podía escuchar a Cersei quejarse, diciéndole que era una mala decisión, que debería ser tan duro como lo fue con ellos. Asintió lentamente, bajando la vista. —Sí, mi lord. Lo entiendo. Tywin regresó a su asiento, como si el asunto estuviera zanjado, pero su voz —Bien... El Perro seguirá siendo tu sombra, vigilando cada uno de tus pasos. No se lo pongas más difícil. Créeme… no quieres enfadarlo. Ella tragó saliva y asintió una vez más. Y es cierto que no supo cómo actuar. Se quedó paralizada, como si aquella situación fuese extraña, como si… fuese diferente a todas las demás. ¿De verdad a él le importaba tan poco como estaba demostrando? Aquello hizo que su ceño se frunciera, que su mirada descendiera al suelo y que deseara marcharse de allí cuanto antes. Así que, y sin su permiso, Serenna asintió a modo de despedida, hizo una reverencia y se dio la vuelta, dispuesta a marcharse. Pero entonces, su voz la detuvo. —No recuerdo haberte dicho que pudieras irte. Serenna se quedó inmóvil. Tywin se levantó despacio. Caminó hacia ella, deteniéndose lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo la envolviera, para que su aliento rozara apenas su nuca, evidenciando así que estaba tras ella. Ésta se giró lentamente, enfrentándole. Tragó saliva, el pulso acelerándosele en el cuello visiblemente. —No... no era mi intención desafiaros, My Lord —susurró ella. Su cuerpo traicionándola al inclinarse apenas hacia atrás. Tywin no dijo nada, tan solo la miró, analizándola en silencio. Aquellos ojos azules, penetrantes, se aguzaban mientras la escudriñaban. Su ceño fruncido, su ceja arqueada. Y ahí estaba… aquella expresión tan suya… Esa que utilizaba cuando diseccionaba a las personas, cuando evaluaba cada detalle. Y oh… en ella pudo ver mucho… Demasiado. El temblor sutil en sus hombros, el modo en que su pecho subía y bajaba con la respiración entrecortada, el pulso visible en su cuello… Avanzó un paso más, y luego otro, acorralándola. Su altura imponente obligándola a retroceder instintivamente hasta que su espalda rozó la piedra fría. Serenna levantó la vista hacia él, sus labios entreabriéndose por un deseo incontrolable. Intentó mantener la compostura, apretando los muslos con disimulo, mordiéndose el interior de la mejilla para no dejar escapar un suspiro, pero el calor de su proximidad la traicionaba, haciendo que su cuerpo respondiera con un pulso insistente entre sus piernas, un anhelo que rogaba no ser visto. Tywin se detuvo entonces, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento en su rostro, sus ojos clavados en los de ella, notando cada matiz: el rubor que subía a sus mejillas, el leve temblor de sus labios, el deseo que emanaba de ella. Su mandíbula se tensó fugazmente, un atisbo de aquella debilidad que solo ella provocaba en él, pero lo contuvo, como siempre. Casi como si solo hubiera querido comprobar eso: que ella aún lo deseaba, que su atracción por él no se había extinguido, que seguía siendo capaz de encender ese fuego en ella con solo su presencia. Satisfecho, o al menos, aparentándolo, dio un paso atrás, rompiendo la tensión, dejándola con las ganas. —Que no se vuelva a repetir —advirtió, volviendo a su escritorio, sentándose como si nada hubiera pasado. Serenna asintió, temblorosa, saliendo de la torre con el cuerpo aún latiendo por el encuentro, el deseo no saciado quemándole por dentro. Confundida, volvió a sus aposentos, aunque allí ya no tuviese que estar. No por obligación, al menos. Cuando llegó, Sandor la esperaba, de nuevo con la mirada al frente, sin mirarla. Ella, desilusionada y con el reciente encuentro de Tywin, decidió no continuar presionándole. No volvió a mirarle, no esperó respuesta, tan solo entró en la habitación, se encerró y se echó a llorar. La espalda contra la puerta, el cuerpo encogido, sus brazos rodeándose. Le deseaba, le quería. Aún a pesar de todo lo que le había hecho. Aún a pesar de que le hubiera prohibido aquello que más quería. El mar. ------------------------------------------------------ Una semana más tarde, cuando todo pareció asentarse, Tywin anunció su marcha. Debía viajar unos días para unos asuntos importantes. Sandor, como ya había aclarado, se quedaría con Serenna, cuidando de ella, y protegiéndola. Como había sido hasta ahora. La relación del Perro y la “princesa” había sido diferente aquellos días. Ella parecía haber aceptado que no volvería a repetirse lo que había sucedido en su encierro. Él era su protector, y nada más. Y es que, la joven Velaryon no podía permitirse perderle. Aquel día Sandor la acompañaba en lo alto del castillo. El mar se extendía bajo ellos. El cabello de la joven se mecía suavemente. El perfume de su piel llegaba hasta él, inundándolo. Entonces, ella se giró, y buscó su mirada. —Ser Clegane… Insistió en llamarlo así. A veces, eso hacía que él reaccionara, que… pareciera humano, que… pareciera el mismo hombre de aquellos días.
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  • -Desde la serenidad de la colina, con Ciudad Pentagrama a mis pies, contemplo el horizonte con una sonrisa cargada de recuerdos. Quién diría que aquel recién llegado llegaría tan lejos; atravesando un sendero de traiciones, descartando aliados que no supieron evolucionar y cortando hilos que ya no tejían nada útil. Pese a todo, logré erigir mi propio dominio, rodeado de aquellos que, aunque persiguen sus propios demonios, marchan al compás de mi misma ambición.
    Con un matiz tétrico y una profundidad que hace vibrar el aire, mi voz se distorsiona hasta lo irreconocible:-

    El tiempo del resurgimiento ha comenzado. Prepárense para el cambio, pecadores, porque el amanecer de mi nuevo mundo ya está aquí.

    -Expandí mis brazos, dejando que el aire viciado llenara mis pulmones de pura euforia. -

    Esta vez, mi estimada audiencia, me aseguraré de que las llamas de este abismo alcancen alturas inimaginables. Convertiré sus lamentos en la más exquisita de las sinfonías: un vals infernal que resonará por toda la eternidad.

    -Deslicé mis dedos con una delicadeza casi burlona sobre mi vientre apenas marcado. Mi expresión se transformó en una máscara de satisfacción absoluta ante los nuevos cambios que se avecina.-
    -Desde la serenidad de la colina, con Ciudad Pentagrama a mis pies, contemplo el horizonte con una sonrisa cargada de recuerdos. Quién diría que aquel recién llegado llegaría tan lejos; atravesando un sendero de traiciones, descartando aliados que no supieron evolucionar y cortando hilos que ya no tejían nada útil. Pese a todo, logré erigir mi propio dominio, rodeado de aquellos que, aunque persiguen sus propios demonios, marchan al compás de mi misma ambición. Con un matiz tétrico y una profundidad que hace vibrar el aire, mi voz se distorsiona hasta lo irreconocible:- El tiempo del resurgimiento ha comenzado. Prepárense para el cambio, pecadores, porque el amanecer de mi nuevo mundo ya está aquí. -Expandí mis brazos, dejando que el aire viciado llenara mis pulmones de pura euforia. - Esta vez, mi estimada audiencia, me aseguraré de que las llamas de este abismo alcancen alturas inimaginables. Convertiré sus lamentos en la más exquisita de las sinfonías: un vals infernal que resonará por toda la eternidad. -Deslicé mis dedos con una delicadeza casi burlona sobre mi vientre apenas marcado. Mi expresión se transformó en una máscara de satisfacción absoluta ante los nuevos cambios que se avecina.-
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