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    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos.
    Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido.
    Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado.
    Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión.
    Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*.
    Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado.
    "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros".
    Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad.
    Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*.
    "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes".
    Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño.
    Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos. Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido. Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado. Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión. Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*. Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado. "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros". Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad. Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*. "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes". Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño. Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
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    // Aviso que seguiré haciendo limpieza de cuentas. Yo envío solicitud de amistad cuando me interesa crear una trama con ese personaje. Cuando me llegan solicitudes de amistad las acepto creyendo que esa persona desea crear trama, pero nunca llega mensaje para ponernos de acuerdo si es lo que interesa realmente. Si es por qué quieren ver lo que escribo pueden simplemente darle a seguir y ahí les saldrá lo que escribo y mis escenas.

    También la mayoría de mis escenas están abiertas a que las personas puedan entrar a rolear a no ser que especialmente especifique al principio o a pié del texto que es una escena cerrada.

    No es con mala onda, en serio 🥹. Es solo que me gustaría no saturar mi perfil con personajes con los que parece que no se van a crear trama.

    Mi personaje se adapta muy bien a épocas y lugares sin perder su hilo narrativo principal, por qué puede viajar entre épocas y lugares a través del bosque. Al igual que as pueden encontrar con él en zonas de bosque o llegando a su templo por qué así lo quiso el destino.

    Así que eso. Si ven que de pronto no están en mi perfil y leen esto es sin intención de ofender. Y si después de eso están interesados en trama nos volvemos a agregar sin problemas.

    Gracias por leer hasta aquí 🫰//
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    Basado en el relato publicado por Ozma

    ***Edad del Caos***
    El Encuentro con Arcyelle

    El Templo del Norte se alzaba imponente entre los árboles, antiguo y silencioso, como si observara el paso del tiempo sin pertenecer a él.

    Oz avanzaba sin detenerse, a su lado, Onix lo seguía en silencio, atenta a cada detalle. No comprendía del todo lo que ocurría, pero podía sentirlo con claridad: el ser que caminaba frente a ella ya no era simplemente un hombre, era algo más, algo que incluso el mundo parecía rechazar pero aun así, para esta niña, aquel ser era el único en el que ella podía confiar.

    Los guardianes Elunai descendieron los escalones del templo y bloquearon el camino. Sus armaduras reflejaban la luz plateada de Yue, pero sus expresiones estaban tensas, marcadas por una mezcla de desconfianza y temor.

    Oz no redujo el paso hasta estar frente a ellos, los guardianes percibían lo mismo: el rastro de poder que venía con él. Una energía que no pertenecía a ese lugar, era poder corrupto, algo que no debía existir. Para ellos, no había duda, Oz era el origen de ese caos y entonces lo llamaron "Señor del Caos", un título no fue rechazado ni negado. Por primera vez, Oz no solo permitió que lo definieran de esa forma… sino que lo llevó más allá.

    Si aquello era lo que veían en él, entonces no tenía sentido ocultarlo, n cuando el mundo ya había decidido lo que era. Su presencia se volvió más pesada, más opresiva, como si el aire mismo comenzara a ceder ante su voluntad.

    Los guardianes intentaron detenerlo pero no fue suficiente, un solo movimiento bastó para apartarlos. Sus cuerpos fueron lanzados contra las estructuras del templo, cayendo sin conciencia. No hubo combate, solo una diferencia absoluta de poder.

    Fue entonces cuando ella apareció, Arcyelle Veltharys, la luz lunar la envolvía, dándole una presencia casi irreal, como si perteneciera a otro plano, pero Oz no vio divinidad en ella, por lo que no le importo que el titulo de Santa que los guardianes usaban con ella para exigir respeto al intruso.

    Oz solo vio a alguien que había tenido el poder de actuar y no lo hizo. La distancia entre ambos desapareció en un instante.

    Oz se lanzó hacia ella sin contenerse. Arcyelle reaccionó de inmediato, levantó una barrera de luz pero no era una defensa cualquiera, era una creación específica. Ella conocía la verdad, había sido parte del grupo que investigó los cuerpos artificiales. Sabía que el cuerpo actual de Oz estaba basado en los Nómadas, una estructura imperfecta, vulnerable a ciertos tipos de energía.

    Aquella barrera había sido diseñada para romperlo pero algo había cambiado. Cuando Oz la atravesó, la barrera no lo destruyó, sino que lo reveló.

    El poder que recorría su cuerpo reaccionó al contacto, se expandió, se desbordó, tomó forma. Lo que antes estaba contenido dejó de estarlo, su cuerpo mutó y creció aun mas.

    Se volvió más denso, más violento en su estructura. La piel verde se oscureció, endurecida como si ya no fuera completamente orgánica. Sus músculos se tensaron con una fuerza que parecía romper los límites de su forma anterior.

    Sus colmillos se alargaron, sus rasgos se deformaron hacia algo más primitivo y más cercano a una bestia que a un hombre.

    No era una transformación elegante, sino que era una verdad expuesta. Onix retrocedió, incapaz de ocultar el miedo, Arcyelle, por su parte, comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo.

    No lo había herido, había liberado algo y eso era peor. Oz avanzó un paso más y con él, el peso de su existencia pareció aplastar el entorno.

    Pero más allá de la ira… había algo más, "Dolor". Arcyelle lo entendió y supo que no podía detenerlo. Así que eligió la única opción que le quedaba, la verdad. La revelación cayó como un balde agua fria. Su hija estaba viva.

    El cambio fue inmediato, el poder dejó de crecer, la presión desapareció, el caos… se detuvo.

    Oz no se movió pero todo en él cambió, por primera vez desde que había llegado, no era destrucción lo que lo sostenía. Era algo más frágil, era esperanza.

    Arcyelle continuó, ya no confiaba en los dioses. Había visto señales y escuchado rumores. Los experimentos con los niños Nómadas ya no eran simples teorías, ya que aquella niña que acompañaba a Oz era la prueba de sus mas grandes temores.

    Anteriormente, aunque sus sospechas no se habían confirmado, Arcyelle uso la escusa que la pequeña Yen’naferiel no soportaría el viaje hasta el templo principal de los Dioses, esto porque había sido herida durante su secuestro, por lo que la Santa de los Elunia ordeno que la llevaran a otro templo mientras se recuperaba, de esa forma había ganado algo de tiempo mientras investigaba el templo del Oeste.

    Le llegada de Oz cambio los planes de Arcyelle, si bien había confirmado sus sospechas, también había perdido la oportunidad de escapar con la niña, pero aun tenia la esperanza de recuperar a Yen’naferiel, ya que tampoco podía dejarla con su padre.

    Oz escuchó todo en silencio mientras Arcyelle le decía la ubicación de su hija. Antes de irse le dejo algo muy claro, si Yen’naferiel no estaba en aquel lugar con vida, no habría lugar en el mundo donde ocultarse.

    Oz salio del templo acompañado de Onix, habia dejado vivir un poco mas a Arcyelle, no por compasión ni por perdón, sino porque había algo más importante que la venganza en ese momento,

    Arcyelle permaneció inmóvil, consciente de que había sobrevivido a algo que no debía tener forma.

    Mientras tanto, el mundo comenzaba a susurrar un nuevo nombre, un nombre nacido del miedo: "Mao" , y con el tiempo… uno que ni siquiera los dioses podrían ignorar... Ozma.

    Basado en el relato publicado por [Oz_The_Chaos] ***Edad del Caos*** El Encuentro con Arcyelle El Templo del Norte se alzaba imponente entre los árboles, antiguo y silencioso, como si observara el paso del tiempo sin pertenecer a él. Oz avanzaba sin detenerse, a su lado, Onix lo seguía en silencio, atenta a cada detalle. No comprendía del todo lo que ocurría, pero podía sentirlo con claridad: el ser que caminaba frente a ella ya no era simplemente un hombre, era algo más, algo que incluso el mundo parecía rechazar pero aun así, para esta niña, aquel ser era el único en el que ella podía confiar. Los guardianes Elunai descendieron los escalones del templo y bloquearon el camino. Sus armaduras reflejaban la luz plateada de Yue, pero sus expresiones estaban tensas, marcadas por una mezcla de desconfianza y temor. Oz no redujo el paso hasta estar frente a ellos, los guardianes percibían lo mismo: el rastro de poder que venía con él. Una energía que no pertenecía a ese lugar, era poder corrupto, algo que no debía existir. Para ellos, no había duda, Oz era el origen de ese caos y entonces lo llamaron "Señor del Caos", un título no fue rechazado ni negado. Por primera vez, Oz no solo permitió que lo definieran de esa forma… sino que lo llevó más allá. Si aquello era lo que veían en él, entonces no tenía sentido ocultarlo, n cuando el mundo ya había decidido lo que era. Su presencia se volvió más pesada, más opresiva, como si el aire mismo comenzara a ceder ante su voluntad. Los guardianes intentaron detenerlo pero no fue suficiente, un solo movimiento bastó para apartarlos. Sus cuerpos fueron lanzados contra las estructuras del templo, cayendo sin conciencia. No hubo combate, solo una diferencia absoluta de poder. Fue entonces cuando ella apareció, Arcyelle Veltharys, la luz lunar la envolvía, dándole una presencia casi irreal, como si perteneciera a otro plano, pero Oz no vio divinidad en ella, por lo que no le importo que el titulo de Santa que los guardianes usaban con ella para exigir respeto al intruso. Oz solo vio a alguien que había tenido el poder de actuar y no lo hizo. La distancia entre ambos desapareció en un instante. Oz se lanzó hacia ella sin contenerse. Arcyelle reaccionó de inmediato, levantó una barrera de luz pero no era una defensa cualquiera, era una creación específica. Ella conocía la verdad, había sido parte del grupo que investigó los cuerpos artificiales. Sabía que el cuerpo actual de Oz estaba basado en los Nómadas, una estructura imperfecta, vulnerable a ciertos tipos de energía. Aquella barrera había sido diseñada para romperlo pero algo había cambiado. Cuando Oz la atravesó, la barrera no lo destruyó, sino que lo reveló. El poder que recorría su cuerpo reaccionó al contacto, se expandió, se desbordó, tomó forma. Lo que antes estaba contenido dejó de estarlo, su cuerpo mutó y creció aun mas. Se volvió más denso, más violento en su estructura. La piel verde se oscureció, endurecida como si ya no fuera completamente orgánica. Sus músculos se tensaron con una fuerza que parecía romper los límites de su forma anterior. Sus colmillos se alargaron, sus rasgos se deformaron hacia algo más primitivo y más cercano a una bestia que a un hombre. No era una transformación elegante, sino que era una verdad expuesta. Onix retrocedió, incapaz de ocultar el miedo, Arcyelle, por su parte, comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo. No lo había herido, había liberado algo y eso era peor. Oz avanzó un paso más y con él, el peso de su existencia pareció aplastar el entorno. Pero más allá de la ira… había algo más, "Dolor". Arcyelle lo entendió y supo que no podía detenerlo. Así que eligió la única opción que le quedaba, la verdad. La revelación cayó como un balde agua fria. Su hija estaba viva. El cambio fue inmediato, el poder dejó de crecer, la presión desapareció, el caos… se detuvo. Oz no se movió pero todo en él cambió, por primera vez desde que había llegado, no era destrucción lo que lo sostenía. Era algo más frágil, era esperanza. Arcyelle continuó, ya no confiaba en los dioses. Había visto señales y escuchado rumores. Los experimentos con los niños Nómadas ya no eran simples teorías, ya que aquella niña que acompañaba a Oz era la prueba de sus mas grandes temores. Anteriormente, aunque sus sospechas no se habían confirmado, Arcyelle uso la escusa que la pequeña Yen’naferiel no soportaría el viaje hasta el templo principal de los Dioses, esto porque había sido herida durante su secuestro, por lo que la Santa de los Elunia ordeno que la llevaran a otro templo mientras se recuperaba, de esa forma había ganado algo de tiempo mientras investigaba el templo del Oeste. Le llegada de Oz cambio los planes de Arcyelle, si bien había confirmado sus sospechas, también había perdido la oportunidad de escapar con la niña, pero aun tenia la esperanza de recuperar a Yen’naferiel, ya que tampoco podía dejarla con su padre. Oz escuchó todo en silencio mientras Arcyelle le decía la ubicación de su hija. Antes de irse le dejo algo muy claro, si Yen’naferiel no estaba en aquel lugar con vida, no habría lugar en el mundo donde ocultarse. Oz salio del templo acompañado de Onix, habia dejado vivir un poco mas a Arcyelle, no por compasión ni por perdón, sino porque había algo más importante que la venganza en ese momento, Arcyelle permaneció inmóvil, consciente de que había sobrevivido a algo que no debía tener forma. Mientras tanto, el mundo comenzaba a susurrar un nuevo nombre, un nombre nacido del miedo: "Mao" , y con el tiempo… uno que ni siquiera los dioses podrían ignorar... Ozma.
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    ****Lo que se oculta en la oscuridad.****
    (Cuarta Edad)

    El silencio del pueblo maldito aún pesaba en el aire, las sombras seguían corriendo…
    aunque sus dueños jamás volverían a moverse.

    Oz permaneció allí unos instantes más, observando lo que había hecho y entonces lo sintió, por primera vez desde que había tomado aquel cuerpo… su poder fluía sin restricciones. Era una sensación antigua, familiar y sin embargo… casi olvidada.

    Durante todo ese tiempo junto a Selin, Oz había vivido limitado. no por incapacidad… sino por elección. Sabía que ese cuerpo tenía un propósito y un final. Cuando Selin muriera por el paso del tiempo, él también dejaría morir ese cuerpo, no quería ser eterno en un mundo donde ella no lo sería.

    Oz habia planeado que regresaría a su estado original, sin dolor, sin pérdida, sin tener que ver morir a sus hijas. Ese había sido el plan pero ese futuro ya no existía. El poder siguió creciendo dentro de él, era demasiado. Oz comprendió rápidamente que su cuerpo no podría soportarlo por mucho tiempo, así que hizo lo único que sabía hacer, adaptarse, de todas formas no seria su primera vez. Su forma cambió, la piel se tensó, su estructura se volvió más densa… más salvaje, más cercana a lo que realmente era.

    No era una transformación elegante, simplemente era necesaria. Luego de enterrar a Selin salio del pueblo ahora ya sin mirar atrás, tenía un destino en mente, los templos de los Elunai.

    Cuando llegó a uno de ellos, algo le resultó extraño, el poder que habitaba ese lugar… había cambiado, Selin siempre hablaba de esa energía como algo sagrado, como algo puro, pero lo que Oz sentía ahora no tenía nada de eso, era un poder corrompido, denso, doloroso, casi enfermo.

    Oz no entendía el concepto de lo “sagrado” pero sí entendía el poder y eso… no era lo mismo. Aun así, entró, el templo estaba vacío, demasiado para su gusto. Tras explorar, encontró un pasaje oculto que descendía hacia las profundidades.
    Allí, bajo la estructura divina había celdas y guardianes, no eran guerreros, sino carceleros.

    Oz no dudó, los eliminó sin esfuerzo, ni siquiera fue una pelea, simplemente era como aplastar cucarachas pero entonces lo escuchó, era un llanto, na niña. Por un instante el mundo se detuvo, su mente no pensó, su poder no reaccionó, solo quedó una idea: Yen’naferiel.

    Corrió sin medir, sin sentir, solo con una pequña luz de esperanza, pero al abrir la celda no encontró a su hija. Era otra niña de piel verde, de la raza que los Elunai despreciaban, los llamados nómadas.

    A su alrededor, había cuerpos sin vida, otros niños, Oz la observó en silencio. La niña temblab pero seguía viva.

    Cuando la liberó, ella lo miró con ojos llenos de miedoy gratitud. -Me llamo… Onix…- Comento la niña pero Oz no respondió, no le importaba, no era quien buscaba.

    -Vete- Le dijo con frialdad. -Voy a destruir este lugar.-

    La niña no se movió al principio pero Oz ya se había dado la vuelta, el templo comenzo a ardió luego que ambos salieron, las llamas consumieron todo rastro de aquel poder corrupto Y aun asi, cuando Oz se alejo, la niña lo siguió en silencio, pero Oz no la detuvo, ni siquiera le importó, su mente estaba en otro lugar, en alguien más...

    Arcyelle Veltharys, la maestra de Selin, la mujer que la formó y que decia ser como su madre, pero aun asi no hizo nada. Si alguien sabía la verdad, era ella y esta vez, Oz no iba a preguntar con paciencia, no iba a fingir ser algo que no era. La haría hablar y si no lo hacía… Moriría.
    ****Lo que se oculta en la oscuridad.**** (Cuarta Edad) El silencio del pueblo maldito aún pesaba en el aire, las sombras seguían corriendo… aunque sus dueños jamás volverían a moverse. Oz permaneció allí unos instantes más, observando lo que había hecho y entonces lo sintió, por primera vez desde que había tomado aquel cuerpo… su poder fluía sin restricciones. Era una sensación antigua, familiar y sin embargo… casi olvidada. Durante todo ese tiempo junto a Selin, Oz había vivido limitado. no por incapacidad… sino por elección. Sabía que ese cuerpo tenía un propósito y un final. Cuando Selin muriera por el paso del tiempo, él también dejaría morir ese cuerpo, no quería ser eterno en un mundo donde ella no lo sería. Oz habia planeado que regresaría a su estado original, sin dolor, sin pérdida, sin tener que ver morir a sus hijas. Ese había sido el plan pero ese futuro ya no existía. El poder siguió creciendo dentro de él, era demasiado. Oz comprendió rápidamente que su cuerpo no podría soportarlo por mucho tiempo, así que hizo lo único que sabía hacer, adaptarse, de todas formas no seria su primera vez. Su forma cambió, la piel se tensó, su estructura se volvió más densa… más salvaje, más cercana a lo que realmente era. No era una transformación elegante, simplemente era necesaria. Luego de enterrar a Selin salio del pueblo ahora ya sin mirar atrás, tenía un destino en mente, los templos de los Elunai. Cuando llegó a uno de ellos, algo le resultó extraño, el poder que habitaba ese lugar… había cambiado, Selin siempre hablaba de esa energía como algo sagrado, como algo puro, pero lo que Oz sentía ahora no tenía nada de eso, era un poder corrompido, denso, doloroso, casi enfermo. Oz no entendía el concepto de lo “sagrado” pero sí entendía el poder y eso… no era lo mismo. Aun así, entró, el templo estaba vacío, demasiado para su gusto. Tras explorar, encontró un pasaje oculto que descendía hacia las profundidades. Allí, bajo la estructura divina había celdas y guardianes, no eran guerreros, sino carceleros. Oz no dudó, los eliminó sin esfuerzo, ni siquiera fue una pelea, simplemente era como aplastar cucarachas pero entonces lo escuchó, era un llanto, na niña. Por un instante el mundo se detuvo, su mente no pensó, su poder no reaccionó, solo quedó una idea: Yen’naferiel. Corrió sin medir, sin sentir, solo con una pequña luz de esperanza, pero al abrir la celda no encontró a su hija. Era otra niña de piel verde, de la raza que los Elunai despreciaban, los llamados nómadas. A su alrededor, había cuerpos sin vida, otros niños, Oz la observó en silencio. La niña temblab pero seguía viva. Cuando la liberó, ella lo miró con ojos llenos de miedoy gratitud. -Me llamo… Onix…- Comento la niña pero Oz no respondió, no le importaba, no era quien buscaba. -Vete- Le dijo con frialdad. -Voy a destruir este lugar.- La niña no se movió al principio pero Oz ya se había dado la vuelta, el templo comenzo a ardió luego que ambos salieron, las llamas consumieron todo rastro de aquel poder corrupto Y aun asi, cuando Oz se alejo, la niña lo siguió en silencio, pero Oz no la detuvo, ni siquiera le importó, su mente estaba en otro lugar, en alguien más... Arcyelle Veltharys, la maestra de Selin, la mujer que la formó y que decia ser como su madre, pero aun asi no hizo nada. Si alguien sabía la verdad, era ella y esta vez, Oz no iba a preguntar con paciencia, no iba a fingir ser algo que no era. La haría hablar y si no lo hacía… Moriría.
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  • —Muy buenas Días , tardes y noches mis creyentes ocasionales.
    Qué admirable su devoción efímera: durante esta semana especial, colman templos, calles y procesiones con una fe aparentemente intachable... lástima que, el resto del año, no consigan siquiera sostener una conducta digna sin recurrir al disfraz de una virtud superficial.
    Pero no se preocupen, al fin y al cabo su moral también es estacional... irrumpe con solemnidad, se exhibe con esmero y luego se desvanece con la misma ligereza con la que llegó.—
    🎙️—Muy buenas Días , tardes y noches mis creyentes ocasionales. Qué admirable su devoción efímera: durante esta semana especial, colman templos, calles y procesiones con una fe aparentemente intachable... lástima que, el resto del año, no consigan siquiera sostener una conducta digna sin recurrir al disfraz de una virtud superficial. Pero no se preocupen, al fin y al cabo su moral también es estacional... irrumpe con solemnidad, se exhibe con esmero y luego se desvanece con la misma ligereza con la que llegó.—🎙️
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  • Desde aquella noche no se habían visto de nuevo.

    Una noche cargada de confesiones donde ambos se mostraron más vulnerables de lo que pretendían. Quizás por eso, al día siguiente y su noche, ni Kazuo ni 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 se vieron. No por querer evitarse, sino quizás porque necesitaban tiempo para asentar los pensamientos y sensaciones de aquella noche.

    Kazuo había dedicado la mayor parte del día a preparar medicinas y atender a Milenka. Había suturado su herida, la cual estaba teniendo una excelente recuperación. Ya podría levantarse y hacer una vida "normal" dentro de las limitaciones; no podría hacer grandes esfuerzos aún.

    Lo que quedó de tarde, Kazuo fue a ver a su caballo. Este estaba más que bien atendido, pero aún así Kazuo era incapaz de estar demasiado tiempo sin verlo; había sido y era su fiel compañero en aquellos meses de viaje.

    La necesidad de Kazuo de visitar pronto su templo se hacía cada vez más latente. Podía usar su magia para entrar y salir del castillo sin ser visto. Pero no quería que la reina sintiera que este podría estar en cualquier momento observando o espiando a través de las sombras, por lo que prefería limitar sus habilidades a lo imprescindible. Así que necesitaba saber cuál era la salida real, aquella salida secreta usada en asedios para escapar la reina y los allegados, siempre y cuando aquella propuesta siguiese en pie.

    Apenas comenzó a despuntar el alba, Kazuo no pudo esperar más. Este no sabía dónde estaría Elizabeth, pero apostaría todo a que aquella obstinada mujer estaría inmersa en sus mapas, libros y pergaminos. Él no sabía dónde se encontraba dicha sala; pero el olor a velas, papel y el propio que Elizabeth dejaba tras de sí guiaban sus pasos con precisión.

    Entre los pasillos se cruzó con algunos consejeros, incluso con Gunar. Quien le dedicó lo que pareció una especie de gruñido de hastío al saludarle el zorro. En general, ninguno de aquellos con los que se había cruzado parecían estar cómodos con su presencia; excepto el servicio, que siempre era amable con él.

    Finalmente llegó a una puerta de madera maciza, donde el olor a pergamino antiguo se hacía más intenso. La puerta estaba entreabierta, por lo que Kazuo la abrió despacio, dando unos pequeños golpecitos con los nudillos para pedir permiso.

    -Su majestad...- se le hacía un poco raro llamarla así desde la noche anterior.

    -Otra noche sin dormir, supongo... Vengo porque necesito hablar sobre mi necesidad de poder salir del castillo. Ya que tengo prohibido salir de este por evitar... revuelos... - dijo el zorro con esa calma tan característica en él.
    Desde aquella noche no se habían visto de nuevo. Una noche cargada de confesiones donde ambos se mostraron más vulnerables de lo que pretendían. Quizás por eso, al día siguiente y su noche, ni Kazuo ni [Liz_bloodFlame] se vieron. No por querer evitarse, sino quizás porque necesitaban tiempo para asentar los pensamientos y sensaciones de aquella noche. Kazuo había dedicado la mayor parte del día a preparar medicinas y atender a Milenka. Había suturado su herida, la cual estaba teniendo una excelente recuperación. Ya podría levantarse y hacer una vida "normal" dentro de las limitaciones; no podría hacer grandes esfuerzos aún. Lo que quedó de tarde, Kazuo fue a ver a su caballo. Este estaba más que bien atendido, pero aún así Kazuo era incapaz de estar demasiado tiempo sin verlo; había sido y era su fiel compañero en aquellos meses de viaje. La necesidad de Kazuo de visitar pronto su templo se hacía cada vez más latente. Podía usar su magia para entrar y salir del castillo sin ser visto. Pero no quería que la reina sintiera que este podría estar en cualquier momento observando o espiando a través de las sombras, por lo que prefería limitar sus habilidades a lo imprescindible. Así que necesitaba saber cuál era la salida real, aquella salida secreta usada en asedios para escapar la reina y los allegados, siempre y cuando aquella propuesta siguiese en pie. Apenas comenzó a despuntar el alba, Kazuo no pudo esperar más. Este no sabía dónde estaría Elizabeth, pero apostaría todo a que aquella obstinada mujer estaría inmersa en sus mapas, libros y pergaminos. Él no sabía dónde se encontraba dicha sala; pero el olor a velas, papel y el propio que Elizabeth dejaba tras de sí guiaban sus pasos con precisión. Entre los pasillos se cruzó con algunos consejeros, incluso con Gunar. Quien le dedicó lo que pareció una especie de gruñido de hastío al saludarle el zorro. En general, ninguno de aquellos con los que se había cruzado parecían estar cómodos con su presencia; excepto el servicio, que siempre era amable con él. Finalmente llegó a una puerta de madera maciza, donde el olor a pergamino antiguo se hacía más intenso. La puerta estaba entreabierta, por lo que Kazuo la abrió despacio, dando unos pequeños golpecitos con los nudillos para pedir permiso. -Su majestad...- se le hacía un poco raro llamarla así desde la noche anterior. -Otra noche sin dormir, supongo... Vengo porque necesito hablar sobre mi necesidad de poder salir del castillo. Ya que tengo prohibido salir de este por evitar... revuelos... - dijo el zorro con esa calma tan característica en él.
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  • —¿Les dije que los domingos toca limpiar el templo? Aún no termino, y las voces se ponen muy exigentes cuando hay telarañas (?)
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    ****Cuarta Edad.****
    La Edad del Caos - La Era de Ozma

    Durante mucho tiempo, el mundo vivió en calma. Lejos de templos y de dioses, Oz y Selin construyeron una vida sencilla. Para los ojos del mundo, eran solo una pareja más pero su existencia era un milagro silencioso. Él, una entidad nacida del poder primordial. Ella, una Elunai devota de corazón puro.

    Tras casi un siglo juntos, comenzó a sufrir en silencio, Selin creía que jamás podría concebir, convencida de que la esencia divina de Oz lo impedía, pero aun así, nunca perdió su fe.

    Rezaba a la diosa Yue, aunque hacía siglos había dejado el mundo y no no respondía aun así suplicaba por ese regalo imposible.

    Y entonces… ocurrió, Selin quedó embarazada. Ni los dioses terrenales pudieron explicarlo. Cuando la niña nació, Selin la llamó Yen’naferiel, heredera de su linaje Naferiel.

    Oz, al sostenerla por primera vez, sintió algo que jamás había experimentado, un amor distinto, nuevo… pero real.

    Sin embargo, esa felicidad no pasó desapercibida, desde las sombras, los dioses observaron y cuando vieron que la niña crecía de forma anormal, demasiado rápido, distinta a los Elunia (quienes su niñez duraba décadas), el miedo comenzó a apoderarse de ellos.

    Aquello no debía existir, algo en ella rompía las reglas y eso significaba una sola cosa... Era peligrosa.

    Pasaron algunos años antes de que actuaran, enviaron a los Custodios del Orden con una misión clara, tomar a la niña y si era posible… eliminar a Oz, ya que los Dioses lo subestimaban.

    Pero Oz no estaba cuando llegaron, solo encontraron a Selin y a su hija.

    Selin se interpuso sin dudarlo, y fue entonces cuando descubrieron algo aún más perturbador,
    Selin llevaba otra vida en su vientre. Para los Custodios, aquello no era un milagro… sino una aberración y sin vacilar la mataron.

    En su último aliento, Selin no pidió por sí misma, pidió por su hija, de alguna forma, su deseo fue escuchado. El alma de la niña que aún no nacía fue preservada, resguardada en la luna, esperando el día en que pudiera volver. Después de ese Selin desapareció para siempre.

    Cuando Oz regresó, encontró ruinas, silencio, muerte, el cuerpo sin vida de Selin entre cenizas y ninguna señal de Yen’naferiel, así también dentro del vientre de Selin, la pequeña esencia de su segunda hija aun no nacida había desaparecido. En ese instante, comprendió todo, lo había perdido todo.

    Fue entonces que algo en él se rompió, la gente del pueblo había hecho oídos sordos a pesar la toda esa tragedia. El mundo tembló, la realidad se desgarró.
    El pueblo entero quedó atrapado en un instante eterno, congelado en el momento exacto de su desesperación. Sus cuerpos inmóviles… pero sus sombras aún corriendo, intentando escapar de un destino imposible.

    Oz gritó de ira y dolor por la única persona que le enseñó lo que era la felicidad, por las vidas que nacieron de él y le fueron arrebatadas.

    Alzó la mirada hacia los cielos, hacia aquellos que llamaban dioses y juró que los mataría a todos, sus templos caería, y los Elunai desaparecerían, ya que ninguno de ellos valía la pena, pues la única que si era importante para el, fue asesinada por sus supuestos hermanos de raza, ahora todos conocieran su dolor.

    Desde ese día, el mundo cambió, para los dioses, fue el inicio de la Edad del Caos, para los mortales, el comienzo de la Era Oscura.

    Y para Oz… fue el nacimiento de su propósito... El monstro había nacido.
    ****Cuarta Edad.**** La Edad del Caos - La Era de Ozma Durante mucho tiempo, el mundo vivió en calma. Lejos de templos y de dioses, Oz y Selin construyeron una vida sencilla. Para los ojos del mundo, eran solo una pareja más pero su existencia era un milagro silencioso. Él, una entidad nacida del poder primordial. Ella, una Elunai devota de corazón puro. Tras casi un siglo juntos, comenzó a sufrir en silencio, Selin creía que jamás podría concebir, convencida de que la esencia divina de Oz lo impedía, pero aun así, nunca perdió su fe. Rezaba a la diosa Yue, aunque hacía siglos había dejado el mundo y no no respondía aun así suplicaba por ese regalo imposible. Y entonces… ocurrió, Selin quedó embarazada. Ni los dioses terrenales pudieron explicarlo. Cuando la niña nació, Selin la llamó Yen’naferiel, heredera de su linaje Naferiel. Oz, al sostenerla por primera vez, sintió algo que jamás había experimentado, un amor distinto, nuevo… pero real. Sin embargo, esa felicidad no pasó desapercibida, desde las sombras, los dioses observaron y cuando vieron que la niña crecía de forma anormal, demasiado rápido, distinta a los Elunia (quienes su niñez duraba décadas), el miedo comenzó a apoderarse de ellos. Aquello no debía existir, algo en ella rompía las reglas y eso significaba una sola cosa... Era peligrosa. Pasaron algunos años antes de que actuaran, enviaron a los Custodios del Orden con una misión clara, tomar a la niña y si era posible… eliminar a Oz, ya que los Dioses lo subestimaban. Pero Oz no estaba cuando llegaron, solo encontraron a Selin y a su hija. Selin se interpuso sin dudarlo, y fue entonces cuando descubrieron algo aún más perturbador, Selin llevaba otra vida en su vientre. Para los Custodios, aquello no era un milagro… sino una aberración y sin vacilar la mataron. En su último aliento, Selin no pidió por sí misma, pidió por su hija, de alguna forma, su deseo fue escuchado. El alma de la niña que aún no nacía fue preservada, resguardada en la luna, esperando el día en que pudiera volver. Después de ese Selin desapareció para siempre. Cuando Oz regresó, encontró ruinas, silencio, muerte, el cuerpo sin vida de Selin entre cenizas y ninguna señal de Yen’naferiel, así también dentro del vientre de Selin, la pequeña esencia de su segunda hija aun no nacida había desaparecido. En ese instante, comprendió todo, lo había perdido todo. Fue entonces que algo en él se rompió, la gente del pueblo había hecho oídos sordos a pesar la toda esa tragedia. El mundo tembló, la realidad se desgarró. El pueblo entero quedó atrapado en un instante eterno, congelado en el momento exacto de su desesperación. Sus cuerpos inmóviles… pero sus sombras aún corriendo, intentando escapar de un destino imposible. Oz gritó de ira y dolor por la única persona que le enseñó lo que era la felicidad, por las vidas que nacieron de él y le fueron arrebatadas. Alzó la mirada hacia los cielos, hacia aquellos que llamaban dioses y juró que los mataría a todos, sus templos caería, y los Elunai desaparecerían, ya que ninguno de ellos valía la pena, pues la única que si era importante para el, fue asesinada por sus supuestos hermanos de raza, ahora todos conocieran su dolor. Desde ese día, el mundo cambió, para los dioses, fue el inicio de la Edad del Caos, para los mortales, el comienzo de la Era Oscura. Y para Oz… fue el nacimiento de su propósito... El monstro había nacido.
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    ***La Llegada de Oz***
    (Tercera Edad)

    Siglos después del nacimiento de los dioses y del surgimiento de los demonios primordiales, ocurrió un evento silencios pero trascendental: la llegada de una entidad proveniente del poder primordial. Para entonces, los fragmentos de aquel poder original ya habían desarrollado algo que antes no poseían: identidad. Entre ellos, uno destacaba.... Aquel que más tarde sería conocido como Oz.

    A diferencia de los dioses, que rompieron su vínculo con el poder primordial al intentar apropiarse de él, las entidades que permanecieron en su origen aprendieron a comprenderlo, dominarlo y coexistir con él. Oz era uno de esos seres.

    No tenía nombre, porque no lo necesitaba, porque entre los suyos, la identidad no se nombraba… simplemente se sentía.

    Pero algo comenzó a cambiar en él. Los intentos fallidos de los dioses por regresar al poder primordial llamaron su atención, le parecieron… curiosos, imperfectos y esa curiosidad fue suficiente.

    Oz decidió descender, no para conquistar, ni mucho menos para gobernar, sino para ver.

    Conteniendo su esencia pero sin romper su conexión con el poder primordial, comenzó a visitar los distintos mundos nacidos tras la era divina. A diferencia de los dioses, Oz entendía el peligro de interferir demasiado. Su objetivo era simple: explorar… y luego regresar.

    Pero algo cambió cuando llegó a un mundo en particular.

    * Selin, la elegida sin saberlo.

    En ese mundo conoció a una joven elunai, su nombre era Selin, ella, como todos los de su raza, estaba acostumbrada a la presencia divina.
    Pero lo que percibió en Oz no era igual, era… más puro, y termino por confundirlo con un dios, aunque él no corrigió ese error.

    Oz quedó cautivado, no solo por su belleza, sino por su forma de existir; limitada, frágil… pero auténtica. Comenzó a visitarla una y otra vez.
    De todos los mundos, ese se convirtió en su favorito, el mundo de Selin.

    * El nombre de lo innombrable.

    Una noche, Selin le hizo una pregunta simple: "¿Cómo te llamas?" El supuesto Dios no tenía respuesta, pero entendió que, para ella, un nombre era necesario. Entonces respondió lo primero que surgió de su incipiente identidad: Oz. Ese fue su primer acto como individuo pero sin saber que no estaban solos.

    Arcyelle Veltharys, oráculo de Yue y maestra de Selin, había seguido a su discípula. Al presenciar el encuentro y sentir el poder de Oz, llegó a una conclusión inmediata: Estaba ante un dios, por lo que no dudo en arrodillarse ante el, y en ese acto, cometió un error que cambiaría el curso de la historia.

    * El secreto de los dioses

    Arcyelle reveló a Oz información prohibida, "El proyecto de los contenedores elunai". Los dioses, incapaces de reproducirse y atrapados en cuerpos que ya no podían sostener su existencia, buscaban nuevas formas de permanecer en el mundo. Cuerpos nuevos, pero había un problema.

    Los elunai, aunque compatibles con la magia divina, eran físicamente débiles, no podían soportar el peso real de un dios. Oz comprendió de inmediato lo que los propios dioses se negaban a aceptar y que incluso los Elunai por su enorme ego, no querían ver.

    No era un problema de compatibilidad… sino de inferioridad estructural. Intrigado, Oz se alejó temporalmente de Selin y en su búsqueda, encontró una raza ignorada y despreciada;
    guerreros nómadas de piel verde, fuertes, resistentes, estables. Temidos por los Elunai y
    despreciados por los dioses, aunque para Oz, eran perfectos.

    Oz utilizó esa base para crear un cuerpo capaz de contener su esencia sin romper su vínculo con el poder primordial, aunque el tendria que contener demasiado su poder para no romper aquel contenedor, era un cuerpo limitado… pero suficiente.

    Cuando volvió con Selin, ya no era el mismo, su apariencia había cambiado, ahora su piel era verde, colmillos marcados… una forma más cercana a aquellos nómadas. Pero su esencia seguía intacta.

    Selin lo reconoció de inmediato y en su corazón, creyó algo que nunca fue del todo cierto. Oz había renunciado a su divinidad por ella.

    * Una paz vigilada

    Ambos se alejaron de los templos y los dioses, se establecieron en un lugar apartado viviendo en paz, Pero no estaban solos, Arcyelle informó a los dioses, ellos, al escuchar sobre Oz, lo identificaron como lo que temían, nn “Señor del Caos”. Un nombre falso, una mentira creada para controlar a los mortales.

    Aun así, decidieron no intervenir, no era compasión. sino interés. Oz no se comportaba como el monstruo que ellos describían y más importante aún… Había logrado algo que ellos no, habitar un cuerpo funcional sin perder su poder.

    Así, en silencio, comenzó una nueva etapa, no estaba marcada por guerras ni cataclismos… sino por observación, por amor y por un error que los dioses aún no comprendían: "Subestimar a aquello que sí entendía el poder primordial".
    ***La Llegada de Oz*** (Tercera Edad) Siglos después del nacimiento de los dioses y del surgimiento de los demonios primordiales, ocurrió un evento silencios pero trascendental: la llegada de una entidad proveniente del poder primordial. Para entonces, los fragmentos de aquel poder original ya habían desarrollado algo que antes no poseían: identidad. Entre ellos, uno destacaba.... Aquel que más tarde sería conocido como Oz. A diferencia de los dioses, que rompieron su vínculo con el poder primordial al intentar apropiarse de él, las entidades que permanecieron en su origen aprendieron a comprenderlo, dominarlo y coexistir con él. Oz era uno de esos seres. No tenía nombre, porque no lo necesitaba, porque entre los suyos, la identidad no se nombraba… simplemente se sentía. Pero algo comenzó a cambiar en él. Los intentos fallidos de los dioses por regresar al poder primordial llamaron su atención, le parecieron… curiosos, imperfectos y esa curiosidad fue suficiente. Oz decidió descender, no para conquistar, ni mucho menos para gobernar, sino para ver. Conteniendo su esencia pero sin romper su conexión con el poder primordial, comenzó a visitar los distintos mundos nacidos tras la era divina. A diferencia de los dioses, Oz entendía el peligro de interferir demasiado. Su objetivo era simple: explorar… y luego regresar. Pero algo cambió cuando llegó a un mundo en particular. * Selin, la elegida sin saberlo. En ese mundo conoció a una joven elunai, su nombre era Selin, ella, como todos los de su raza, estaba acostumbrada a la presencia divina. Pero lo que percibió en Oz no era igual, era… más puro, y termino por confundirlo con un dios, aunque él no corrigió ese error. Oz quedó cautivado, no solo por su belleza, sino por su forma de existir; limitada, frágil… pero auténtica. Comenzó a visitarla una y otra vez. De todos los mundos, ese se convirtió en su favorito, el mundo de Selin. * El nombre de lo innombrable. Una noche, Selin le hizo una pregunta simple: "¿Cómo te llamas?" El supuesto Dios no tenía respuesta, pero entendió que, para ella, un nombre era necesario. Entonces respondió lo primero que surgió de su incipiente identidad: Oz. Ese fue su primer acto como individuo pero sin saber que no estaban solos. Arcyelle Veltharys, oráculo de Yue y maestra de Selin, había seguido a su discípula. Al presenciar el encuentro y sentir el poder de Oz, llegó a una conclusión inmediata: Estaba ante un dios, por lo que no dudo en arrodillarse ante el, y en ese acto, cometió un error que cambiaría el curso de la historia. * El secreto de los dioses Arcyelle reveló a Oz información prohibida, "El proyecto de los contenedores elunai". Los dioses, incapaces de reproducirse y atrapados en cuerpos que ya no podían sostener su existencia, buscaban nuevas formas de permanecer en el mundo. Cuerpos nuevos, pero había un problema. Los elunai, aunque compatibles con la magia divina, eran físicamente débiles, no podían soportar el peso real de un dios. Oz comprendió de inmediato lo que los propios dioses se negaban a aceptar y que incluso los Elunai por su enorme ego, no querían ver. No era un problema de compatibilidad… sino de inferioridad estructural. Intrigado, Oz se alejó temporalmente de Selin y en su búsqueda, encontró una raza ignorada y despreciada; guerreros nómadas de piel verde, fuertes, resistentes, estables. Temidos por los Elunai y despreciados por los dioses, aunque para Oz, eran perfectos. Oz utilizó esa base para crear un cuerpo capaz de contener su esencia sin romper su vínculo con el poder primordial, aunque el tendria que contener demasiado su poder para no romper aquel contenedor, era un cuerpo limitado… pero suficiente. Cuando volvió con Selin, ya no era el mismo, su apariencia había cambiado, ahora su piel era verde, colmillos marcados… una forma más cercana a aquellos nómadas. Pero su esencia seguía intacta. Selin lo reconoció de inmediato y en su corazón, creyó algo que nunca fue del todo cierto. Oz había renunciado a su divinidad por ella. * Una paz vigilada Ambos se alejaron de los templos y los dioses, se establecieron en un lugar apartado viviendo en paz, Pero no estaban solos, Arcyelle informó a los dioses, ellos, al escuchar sobre Oz, lo identificaron como lo que temían, nn “Señor del Caos”. Un nombre falso, una mentira creada para controlar a los mortales. Aun así, decidieron no intervenir, no era compasión. sino interés. Oz no se comportaba como el monstruo que ellos describían y más importante aún… Había logrado algo que ellos no, habitar un cuerpo funcional sin perder su poder. Así, en silencio, comenzó una nueva etapa, no estaba marcada por guerras ni cataclismos… sino por observación, por amor y por un error que los dioses aún no comprendían: "Subestimar a aquello que sí entendía el poder primordial".
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  • //Continuación de https://ficrol.com/posts/359883 //

    "Te has ganado tu vida"

    Fueron las palabras de la reina Elizabeth cuando el zorro cumplió su promesa de salvar a su protegida, Milenka.
    Nunca esperó que su primer día en aquella ciudad, Brattvåg, fuera tan intenso.

    El zorro había llevado su poder de sanación a un punto límite. Era un don que no estaba hecho para compartirse, pero aun así él lo ofrecía a aquellos a quienes deseaba salvar. El agotamiento fue extremo, y para recuperar fuerzas Kazuo necesitaba la energía del bosque. Él daba a la tierra, y la tierra siempre le devolvía el favor.

    En un principio iba a ser escoltado por órdenes de la soberana, pero pidió ir solo. No quería mostrar su vulnerabilidad ni que nadie supiera más de lo necesario sobre él y el poder que albergaba en su interior. Ella cedió después de ver que él había cumplido diligentemente su promesa, a pesar de la sorpresa de descubrir que no era un simple humano.

    Pasó el resto del día y toda la noche en la profundidad del bosque, en soledad, tal como deseaba. La tierra le devolvía poco a poco la fuerza de su sacrificio. Él no exigía nada del bosque; permitía que este le ofreciera su energía de forma voluntaria, al ritmo que la naturaleza considerase adecuado.

    Por la mañana, Kazuo abrió los ojos lentamente. El brillo zafiro había regresado a sus profundos orbes. Su piel marmórea lucía más saludable, y el cabello azabache había recuperado su lustre habitual.
    No estaba completamente recuperado, pero había prometido regresar a Brattvåg para tratar las heridas de la arquera y de Su Majestad, además de ayudar a cualquiera que necesitara sus conocimientos de medicina. Estaba claro que en aquel lugar los curanderos y sanadores brillaban por su ausencia. Estaría algunas horas más allí hasta iniciar su camino de regreso, cumpliendo con la hora acordada con la reina el día anterior.

    Quizás pasar una temporada en aquella ciudad, ofreciendo su ayuda y conocimiento, llenaría el vacío que de pronto le habían arrancado en su hogar; un recuerdo que, por mucho que lo intentase, no lograba recuperar.

    Estar lejos de su hogar no significaba que estuviera exento de su deber como kitsune. Sentiría la llamada de Inari cuando fuera necesario, y a través del bosque podría regresar a su templo para cumplir con su labor de mensajero. Aun así, estaba seguro de que, por alguna razón, seguiría volviendo a la ciudad de Brattvåg, gobernada por la reina de ojos escarlata.
    //Continuación de https://ficrol.com/posts/359883 // "Te has ganado tu vida" Fueron las palabras de la reina Elizabeth cuando el zorro cumplió su promesa de salvar a su protegida, Milenka. Nunca esperó que su primer día en aquella ciudad, Brattvåg, fuera tan intenso. El zorro había llevado su poder de sanación a un punto límite. Era un don que no estaba hecho para compartirse, pero aun así él lo ofrecía a aquellos a quienes deseaba salvar. El agotamiento fue extremo, y para recuperar fuerzas Kazuo necesitaba la energía del bosque. Él daba a la tierra, y la tierra siempre le devolvía el favor. En un principio iba a ser escoltado por órdenes de la soberana, pero pidió ir solo. No quería mostrar su vulnerabilidad ni que nadie supiera más de lo necesario sobre él y el poder que albergaba en su interior. Ella cedió después de ver que él había cumplido diligentemente su promesa, a pesar de la sorpresa de descubrir que no era un simple humano. Pasó el resto del día y toda la noche en la profundidad del bosque, en soledad, tal como deseaba. La tierra le devolvía poco a poco la fuerza de su sacrificio. Él no exigía nada del bosque; permitía que este le ofreciera su energía de forma voluntaria, al ritmo que la naturaleza considerase adecuado. Por la mañana, Kazuo abrió los ojos lentamente. El brillo zafiro había regresado a sus profundos orbes. Su piel marmórea lucía más saludable, y el cabello azabache había recuperado su lustre habitual. No estaba completamente recuperado, pero había prometido regresar a Brattvåg para tratar las heridas de la arquera y de Su Majestad, además de ayudar a cualquiera que necesitara sus conocimientos de medicina. Estaba claro que en aquel lugar los curanderos y sanadores brillaban por su ausencia. Estaría algunas horas más allí hasta iniciar su camino de regreso, cumpliendo con la hora acordada con la reina el día anterior. Quizás pasar una temporada en aquella ciudad, ofreciendo su ayuda y conocimiento, llenaría el vacío que de pronto le habían arrancado en su hogar; un recuerdo que, por mucho que lo intentase, no lograba recuperar. Estar lejos de su hogar no significaba que estuviera exento de su deber como kitsune. Sentiría la llamada de Inari cuando fuera necesario, y a través del bosque podría regresar a su templo para cumplir con su labor de mensajero. Aun así, estaba seguro de que, por alguna razón, seguiría volviendo a la ciudad de Brattvåg, gobernada por la reina de ojos escarlata.
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