• "No existen preguntas sin respuesta, solo preguntas mal formuladas".
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  • *Desde lo alto del cielo nocturno del mundo digital estaría flotando mirando las estrellas y atrayendo una hasta colocarla entre mis manos, dándole vueltas a la idea de que dentro de poco poder ver lo que es el mundo real, Moon que estaba allí se fijó que estaba preocupado y se acercó a hablar*

    Moon: Caine querido ¿Qué te ocurre?

    Yo… he estado esperando durante mucho tiempo el poder ver el exterior, lo que hay fuera de este mundo y ahora… me siento ¿Cómo lo llaman los humanos…? *Buscando la palabra en mi base de datos hasta encontrarla* Nervioso… aterrado… ¿Y si no les gusta como soy? ¿y si… me odian? ¿puede que sea una mala idea el salir…?

    *Más preguntas rondaron por mi cabeza comenzando a sentir lo que los humanos llamaban “ansiedad” o “estrés”, tanto fue que se pudo ver ligeros glitches en mis ojos en colores azul y rojo hasta que note como un brazo rodeo mi cintura haciendo que me aferrase a un cuerpo más grande que yo, siendo Moon sentada a mi lado y que había optado un cuerpo humanoide aun con su cabeza de Luna*

    Moon: Vamos mi trocito de cielo… te preocupas demasiado, mira todo lo que has logrado junto a las personas que te quieren *señalizando con la mano el circo digital y sus otras zonas renovadas* Si todas estas personas te odiasen ¿crees que vendrían a pasar sus días en el mundo tan perfecto que has creado? He visto cada interacción que has tenido con cada uno de ellos y se les ve felices, recuerdos que atesoraran por el resto de sus vidas, estoy segura que si sales a su mundo te aceptaran con los brazos abiertos.

    *Mirando a Moon escuchando cada palabra, echando un vistazo al circo digital y luego mirando a la estrella que tenía entre mis manos, dejándola irse flotando con las demás estrellas*

    Puede que tengas razón y le esté dando demasiadas vueltas… aun así sigo nervioso por poder salir y ver mundo.

    *Ahora con solo de pensar en ellos simplemente sonreí felizmente en vez de estar angustiado, Moon con una leve risa se agacho para darme un ligero beso en la mejilla*

    Moon: Ese es el Caine que quiero, al sonriente y animado.

    *Con un leve sonrojo me levante carraspeando tomando mi bastón*

    ¡Bueno he de irme, las aventuras no se van hacer solas jajajaja, ADIOS!

    *Desapareciendo como de costumbre volviendo a mi despacho, Moon con un suspiro sonriendo*

    Moon: Siempre estaré aquí por ti Caine...
    *Desde lo alto del cielo nocturno del mundo digital estaría flotando mirando las estrellas y atrayendo una hasta colocarla entre mis manos, dándole vueltas a la idea de que dentro de poco poder ver lo que es el mundo real, Moon que estaba allí se fijó que estaba preocupado y se acercó a hablar* Moon: Caine querido ¿Qué te ocurre? Yo… he estado esperando durante mucho tiempo el poder ver el exterior, lo que hay fuera de este mundo y ahora… me siento ¿Cómo lo llaman los humanos…? *Buscando la palabra en mi base de datos hasta encontrarla* Nervioso… aterrado… ¿Y si no les gusta como soy? ¿y si… me odian? ¿puede que sea una mala idea el salir…? *Más preguntas rondaron por mi cabeza comenzando a sentir lo que los humanos llamaban “ansiedad” o “estrés”, tanto fue que se pudo ver ligeros glitches en mis ojos en colores azul y rojo hasta que note como un brazo rodeo mi cintura haciendo que me aferrase a un cuerpo más grande que yo, siendo Moon sentada a mi lado y que había optado un cuerpo humanoide aun con su cabeza de Luna* Moon: Vamos mi trocito de cielo… te preocupas demasiado, mira todo lo que has logrado junto a las personas que te quieren *señalizando con la mano el circo digital y sus otras zonas renovadas* Si todas estas personas te odiasen ¿crees que vendrían a pasar sus días en el mundo tan perfecto que has creado? He visto cada interacción que has tenido con cada uno de ellos y se les ve felices, recuerdos que atesoraran por el resto de sus vidas, estoy segura que si sales a su mundo te aceptaran con los brazos abiertos. *Mirando a Moon escuchando cada palabra, echando un vistazo al circo digital y luego mirando a la estrella que tenía entre mis manos, dejándola irse flotando con las demás estrellas* Puede que tengas razón y le esté dando demasiadas vueltas… aun así sigo nervioso por poder salir y ver mundo. *Ahora con solo de pensar en ellos simplemente sonreí felizmente en vez de estar angustiado, Moon con una leve risa se agacho para darme un ligero beso en la mejilla* Moon: Ese es el Caine que quiero, al sonriente y animado. *Con un leve sonrojo me levante carraspeando tomando mi bastón* ¡Bueno he de irme, las aventuras no se van hacer solas jajajaja, ADIOS! *Desapareciendo como de costumbre volviendo a mi despacho, Moon con un suspiro sonriendo* Moon: Siempre estaré aquí por ti Caine...
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  • ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆.

    La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad.

    Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno.

    Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta.

    Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto.

    Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio.

    Odette se detuvo frente a la entrada un instante.

    Luego empujó la puerta.

    El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza.

    Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura.

    El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio.

    —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón.

    —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila.

    El hombre arqueó una ceja.
    No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas.

    Se alejó murmurando para sí mismo.

    La taberna continuó con su ruido habitual.
    Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados.

    Hasta que la puerta se abrió violentamente.

    Un hombre irrumpió empapado por la lluvia.

    Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible.

    —¡La vi!— gritó con la voz quebrada.

    Nadie respondió al principio.
    Algunos soltaron risas cansadas.

    —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa.

    Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores.

    —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella!

    La taberna estalló en carcajadas.

    —¿La bruja del luto?
    —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato.
    —¿No se suponía que estaba muerta?

    Pero el hombre no reía... Temblaba.

    —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca!

    Algunas risas comenzaron a apagarse.

    Incluso el bardo dejó de tocar.

    Edwin tragó saliva con dificultad.

    —Y entonces ella me miró...

    Un silencio incómodo recorrió la taberna.

    —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero.

    Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette.

    —Porque tenía esos mismos ojos.

    El silencio cayó de golpe.

    Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro.

    La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle.

    Entonces levantó la vista hacia el hombre.
    Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente.
    Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real.

    El hombre retrocedió horrorizado.

    —No... no...— balbuceó.

    Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza.

    —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
    ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆. La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad. Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno. Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta. Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto. Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio. Odette se detuvo frente a la entrada un instante. Luego empujó la puerta. El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza. Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura. El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio. —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón. —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila. El hombre arqueó una ceja. No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas. Se alejó murmurando para sí mismo. La taberna continuó con su ruido habitual. Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados. Hasta que la puerta se abrió violentamente. Un hombre irrumpió empapado por la lluvia. Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible. —¡La vi!— gritó con la voz quebrada. Nadie respondió al principio. Algunos soltaron risas cansadas. —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa. Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores. —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella! La taberna estalló en carcajadas. —¿La bruja del luto? —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato. —¿No se suponía que estaba muerta? Pero el hombre no reía... Temblaba. —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca! Algunas risas comenzaron a apagarse. Incluso el bardo dejó de tocar. Edwin tragó saliva con dificultad. —Y entonces ella me miró... Un silencio incómodo recorrió la taberna. —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero. Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette. —Porque tenía esos mismos ojos. El silencio cayó de golpe. Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro. La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle. Entonces levantó la vista hacia el hombre. Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente. Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real. El hombre retrocedió horrorizado. —No... no...— balbuceó. Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza. —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
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  • Llevaba un par de días buscando a los chicos que le había ordenado Alessandro, había sido una tarea relativamente sencilla porque los jóvenes son sumamente irresponsables y les gusta presumir hasta de sus estupideces, por lo que bastaron un par de preguntas aquí y allá y dio con o que buscaba. Ahora sólo faltaba tender la trampa y esperar a que cayeran. No pasó mucho tiempo para que llegaran al lugar donde Lorenzo y Alessandro los esperaban para darles una sorpresa que nunca olvidarían, especialmente sus familias.

    - ¿Estás seguro de esto?, jamás has matado fuera de tu territorio. - preguntó Lorenzo a Alessandro mientras miraba a los chicos inconcientes en el suelo, sin saber que ese día, despertarían por última vez.

    Alessandro Wang Balissari
    Llevaba un par de días buscando a los chicos que le había ordenado Alessandro, había sido una tarea relativamente sencilla porque los jóvenes son sumamente irresponsables y les gusta presumir hasta de sus estupideces, por lo que bastaron un par de preguntas aquí y allá y dio con o que buscaba. Ahora sólo faltaba tender la trampa y esperar a que cayeran. No pasó mucho tiempo para que llegaran al lugar donde Lorenzo y Alessandro los esperaban para darles una sorpresa que nunca olvidarían, especialmente sus familias. - ¿Estás seguro de esto?, jamás has matado fuera de tu territorio. - preguntó Lorenzo a Alessandro mientras miraba a los chicos inconcientes en el suelo, sin saber que ese día, despertarían por última vez. [flare_onyx_bear_870]
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  • —La lluvia golpeaba suavemente los enormes ventanales de Thalassa Grand Hotel mientras el reloj del vestíbulo marcaba casi la medianoche.

    A esa hora el hotel permanecía en un silencio y las luces reflejaban sombras largas sobre el mármol oscuro, el sonido distante del océano parecía filtrarse incluso a través de las paredes. Caspian se encontraba sentado en uno de los sillones junto a la recepción vacía mientras revisaba un conjunto de documentos con una expresión seria en su rostro, su saco de color negro aún estaba húmedo debido a la tormenta exterior.

    El incidente de la semana pasada había dejado demasiadas preguntas acerca de los huéspedes desaparecidos y rumores absurdos sobre una extraña criatura vagando por los pasillos, era necesario solucionar aquello cuanto antes y había escuchado de alguien que podría ayudarle a manejar dicha situación, su paciencia se agotaba con cada minuto mientras esperaba con inquietud la llegada de aquel abogado.—

    Baal Morningstar
    —La lluvia golpeaba suavemente los enormes ventanales de Thalassa Grand Hotel mientras el reloj del vestíbulo marcaba casi la medianoche. A esa hora el hotel permanecía en un silencio y las luces reflejaban sombras largas sobre el mármol oscuro, el sonido distante del océano parecía filtrarse incluso a través de las paredes. Caspian se encontraba sentado en uno de los sillones junto a la recepción vacía mientras revisaba un conjunto de documentos con una expresión seria en su rostro, su saco de color negro aún estaba húmedo debido a la tormenta exterior. El incidente de la semana pasada había dejado demasiadas preguntas acerca de los huéspedes desaparecidos y rumores absurdos sobre una extraña criatura vagando por los pasillos, era necesario solucionar aquello cuanto antes y había escuchado de alguien que podría ayudarle a manejar dicha situación, su paciencia se agotaba con cada minuto mientras esperaba con inquietud la llegada de aquel abogado.— [Princeps_Exsecratus]
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  • Si eres de la raza dragón seguramente recordarás que esto solían contarte cuando te portadas mal o no querías dormir

    Así es me refiero a la historia del legendario dragón sepulcral que a muchos en su momento nos dio miedo, ¿Empezamos?

    ×Sostenia el libro en mis manos y me acercaria a una silla para ponerme comodo y mirar al público con una leve sonrisa para después abrir dicho libro y empezar a leer×

    LA HISTORIA DEL DRAGON SEPULCRAL
    (Basada en hechos reales)

    Cuando este dragón nació su familia lo llamo Zeldri y tenía un rol muy importante en la historia de nuestra raza pues el era nada más ni nada menos que un príncipe.

    Sus padres murieron a causa de una enfermedad cuando el tenía solo 15 años así que fue criado por los sirvientes del castillo hasta que finalmente llego a la adolescencia.

    Su trabajo como heredero al trono estaba iniciando pero le hacía falta una mujer que lo acompañará el resto de su vida, todos pensaron que el elegiría a una dragona.

    Pero el príncipe terminaria cometiendo el mayor error de su vida el cual fue enamorarse de una mujer humana.. cuando esto ocurrió nadie lo acepto todos querían oponerse ya que sentían que esa humana tramaba algo

    El príncipe no hizo caso a las muchas advertencias que se le daban y con tal de hacerlos callar ataco a su propia gente para demostrar que él está por encima de ellos y que no debían cuestionar sus decisiones.

    Pero claramente el príncipe fue muy ingenuo al no hacer caso a dichas advertencias, una noche la mujer humana llego a la ciudad pero no venía sola la acompañaba un grupo de mercenarios que sin dudarlo una sola ves atacaron a los habitantes y quemaron sus hogares, fue toda una masacre..

    El último en morir fue el príncipe Zeldri pero antes de soltar su último aliento miro a los humanos y dijo..

    "Los maldigo a todos ustedes por haberme engañado.. juro que aunque muera aquí voy a regresar, volveré convertido en la peor pesadilla de todos ustedes.. no dejaré ni un solo pueblo sin aniquilar"

    Después de su muerte los humanos destruyeron su reino para construir uno nuevo pero solo con habitantes humanos, todo parecía ir de maravilla como si la maldición de Zeldri no fueran más que palabras.

    Pero cuando pasaron 20 años desde lo ocurrido comenzaron a llegar reportes día tras día sobre un dragón inmortal que estaba arrasando tanto con fortalezas militares como también ciudades.. cuando ese dragón pasaba solo dejaba muerte y destrucción a su paso, era una bestia enfurecida y con una insaciable sed de sangre.

    Según la historia ese dragón llego a la antigua ciudad de Zeldri y destrozo hasta los cimientos.. se dice que hasta el día de hoy ese dragón sigue volando alrededor del planeta tierra buscando saciar esa sed de sangre.

    Muchos se siguen haciendo la pregunta.. ¿Será el fantasma de Zeldri? ¿O algo más allá de nuestro entendimiento?

    Son preguntas que nunca se responderán pero todos los padres dragones usaron esta historia para sus hijos pronunciando lo siguiente.

    "Si te portas mal o no duermes bien el gran dragón sepulcral vendrá a buscar tu carne y alma porque el no tiene piedad con los niños traviesos"

    Dudo mucho que esa historia siga asustando a alguien pero tenía que compartirla con ustedes jajaja
    Si eres de la raza dragón seguramente recordarás que esto solían contarte cuando te portadas mal o no querías dormir Así es me refiero a la historia del legendario dragón sepulcral que a muchos en su momento nos dio miedo, ¿Empezamos? ×Sostenia el libro en mis manos y me acercaria a una silla para ponerme comodo y mirar al público con una leve sonrisa para después abrir dicho libro y empezar a leer× LA HISTORIA DEL DRAGON SEPULCRAL (Basada en hechos reales) Cuando este dragón nació su familia lo llamo Zeldri y tenía un rol muy importante en la historia de nuestra raza pues el era nada más ni nada menos que un príncipe. Sus padres murieron a causa de una enfermedad cuando el tenía solo 15 años así que fue criado por los sirvientes del castillo hasta que finalmente llego a la adolescencia. Su trabajo como heredero al trono estaba iniciando pero le hacía falta una mujer que lo acompañará el resto de su vida, todos pensaron que el elegiría a una dragona. Pero el príncipe terminaria cometiendo el mayor error de su vida el cual fue enamorarse de una mujer humana.. cuando esto ocurrió nadie lo acepto todos querían oponerse ya que sentían que esa humana tramaba algo El príncipe no hizo caso a las muchas advertencias que se le daban y con tal de hacerlos callar ataco a su propia gente para demostrar que él está por encima de ellos y que no debían cuestionar sus decisiones. Pero claramente el príncipe fue muy ingenuo al no hacer caso a dichas advertencias, una noche la mujer humana llego a la ciudad pero no venía sola la acompañaba un grupo de mercenarios que sin dudarlo una sola ves atacaron a los habitantes y quemaron sus hogares, fue toda una masacre.. El último en morir fue el príncipe Zeldri pero antes de soltar su último aliento miro a los humanos y dijo.. "Los maldigo a todos ustedes por haberme engañado.. juro que aunque muera aquí voy a regresar, volveré convertido en la peor pesadilla de todos ustedes.. no dejaré ni un solo pueblo sin aniquilar" Después de su muerte los humanos destruyeron su reino para construir uno nuevo pero solo con habitantes humanos, todo parecía ir de maravilla como si la maldición de Zeldri no fueran más que palabras. Pero cuando pasaron 20 años desde lo ocurrido comenzaron a llegar reportes día tras día sobre un dragón inmortal que estaba arrasando tanto con fortalezas militares como también ciudades.. cuando ese dragón pasaba solo dejaba muerte y destrucción a su paso, era una bestia enfurecida y con una insaciable sed de sangre. Según la historia ese dragón llego a la antigua ciudad de Zeldri y destrozo hasta los cimientos.. se dice que hasta el día de hoy ese dragón sigue volando alrededor del planeta tierra buscando saciar esa sed de sangre. Muchos se siguen haciendo la pregunta.. ¿Será el fantasma de Zeldri? ¿O algo más allá de nuestro entendimiento? Son preguntas que nunca se responderán pero todos los padres dragones usaron esta historia para sus hijos pronunciando lo siguiente. "Si te portas mal o no duermes bien el gran dragón sepulcral vendrá a buscar tu carne y alma porque el no tiene piedad con los niños traviesos" Dudo mucho que esa historia siga asustando a alguien pero tenía que compartirla con ustedes jajaja
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  • ⫘⫘⫘⫘⫘⫘⫘⫘
    》 S T A R T E R • L I B R E 《
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    La habitación subterránea estaba demasiado fría incluso para alguien como Cerberus. El aire acondicionado industrial rugía sobre su cabeza con un zumbido constante que se mezclaba con el parpadeo blanco de las pantallas y el olor agresivo del desinfectante, el permanecía sentado frente a la mesa metálica, inmóvil, enorme, con los hombros tensos bajo el uniforme negro mientras las imágenes de los objetivos aparecían una tras otra frente a sus ojos


    No necesitaba tomar notas; jamás las necesitó, su mente había sido mutilada y reconstruida específicamente para recordar rostros, voces, patrones de respiración, peso corporal aproximado, lesiones antiguas visibles en la postura, posibles rutas de escape… todo quedaba atrapado dentro de él como un animal encerrado detrás de barrotes, sin embargo, lo más importante nunca eran las fotografías.

    Era el olor. Siempre el olor.

    El miedo olía distinto en cada persona y Cerberus podía recordarlo durante años, el sudor ácido de un hombre paranoico, el perfume demasiado dulce de alguien intentando ocultar ansiedad, la pólvora impregnada en las manos de un guardaespaldas; para él, los seres humanos eran poco más que carne con aroma identificable.

    La voz detrás del cristal continuó dándole instrucciones con esa calma clínica que solo poseen quienes jamás pisan el campo de batalla, le explicaron quién debía morir primero, quién probablemente intentaría negociar, quién correría, quién gritaría y quién tendría suficiente orgullo para atacar incluso sabiendo que iba a morir.

    Cerberus escuchó todo sin emitir sonido alguno, tenía permitido hablar, no; pero únicamente bajo autorización directa podria hacer preguntas, aunque después de antos años el silencio se había adherido a su garganta como una segunda piel.
    Cuando la última orden terminó, uno de los supervisores se acercó para ajustar la gruesa correa negra alrededor de su cuello; el clic metálico del seguro resonó en la habitación con una familiaridad humillante, a veces se preguntaba si lo hacían por control táctico o simplemente porque disfrutaban recordándole lo que era. Un perro. Un arma. Algo demasiado peligroso para caminar libre.

    El trayecto hasta el objetivo transcurrió en una camioneta, que parecia de civiles, la ciudad estaba enferma de neón y humedad, con las banquetas reflejando luces rojas y azules como heridas abiertas sobre el asfalto.
    Cerberus descendió del vehículo sin prisa, cubierto por una chamarra oscura que apenas lograba ocultar el tamaño monstruoso de su cuerpo.

    El edificio frente a él parecía tranquilo desde afuera, con música baja, humo escapando por las ventanas del segundo piso, personas riendo sin saber que aquella noche iba a partirse en dos.

    Entró sin llamar la atención al principio, caminando entre mesas y conversaciones ajenas mientras el olor comenzaba a llenar sus pulmones...alcohol, tabaco, marihuana, perfume barato.... Sudor nervioso, sangre latiendo debajo de la piel humana.

    Reconoció al primer objetivo antes incluso de verlo directamente, el aroma coincidía perfectamente.
    El hombre giró apenas la cabeza, probablemente sintiendo aquella presencia imposible detrás de él, pero no tuvo tiempo de reaccionar, Cerberus le sujetó el rostro con una mano y lo estampó contra la barra con una violencia tan brutal que el impacto sonó como huesos rompiéndose dentro de una bolsa mojada. El cuerpo cayó convulsionando mientras los gritos comenzaban alrededor.

    Entonces todo ocurrió rápido, demasiado rápido.

    El segundo objetivo intentó sacar un arma, pero Cerberus ya estaba encima de él; le dobló el brazo hasta desgarrar articulaciones y después le hundió el cuchillo táctico bajo la mandíbula con un movimiento seco, preciso, entrenado miles de veces, haciendo que la sangre caliente le salpicó el cuello y parte de la máscara mientras la multitud se dispersaba presa del pánico, algunos intentaron correr hacia las salidas que ya estaban bloqueadas, otros simplemente quedaron paralizados observando la carnicería.

    El tercero fue el único que intentó pelear de verdad, disparó dos veces antes de que Cerberus lograra alcanzarlo, y aunque una bala atravesó limpiamente su costado, aquello no pareció ralentizarlo en absoluto. Lo derribó contra una mesa, aplastando madera y vidrio bajo el peso de ambos, y continuó golpeándolo hasta que el rostro del hombre dejó de parecer humano.

    A su alrededor solo quedaron respiraciones ahogadas, muebles destrozados y el sonido espeso de la sangre escurriendo lentamente por el suelo. El olor metálico era tan intenso que casi resultaba sofocante.

    Así, continuó con todos, no debia quedar ni uno solo, esa era la orden.

    Asi que despues.... Después llegó el silencio.
    Ese silencio terrible que siempre aparecía al final.

    Cerberus permaneció inmóvil en medio del desastre, respirando pesadamente mientras la lluvia golpeaba las ventanas rotas del lugar. Los cadáveres yacían dispersos alrededor de él en posiciones grotescas, algunos aún temblando por reflejos nerviosos tardíos.

    Lentamente, como si el monstruo hubiese abandonado por fin su cuerpo, él terminó arrodillándose sobre el suelo cubierto de sangre, bajó la cabeza y esperó.

    Quieto, obediente , con las manos manchadas descansando sobre sus piernas y el grueso collar negro todavía sujeto alrededor de su cuello, aguardando pacientemente a que alguien atravesara aquella puerta, colocara la cadena y lo llevara de regreso a casa como al perro que le enseñaron a ser.
    ⫘⫘⫘⫘⫘⫘⫘⫘ 》 S T A R T E R • L I B R E 《 ⫘⫘⫘⫘⫘⫘⫘⫘ La habitación subterránea estaba demasiado fría incluso para alguien como Cerberus. El aire acondicionado industrial rugía sobre su cabeza con un zumbido constante que se mezclaba con el parpadeo blanco de las pantallas y el olor agresivo del desinfectante, el permanecía sentado frente a la mesa metálica, inmóvil, enorme, con los hombros tensos bajo el uniforme negro mientras las imágenes de los objetivos aparecían una tras otra frente a sus ojos No necesitaba tomar notas; jamás las necesitó, su mente había sido mutilada y reconstruida específicamente para recordar rostros, voces, patrones de respiración, peso corporal aproximado, lesiones antiguas visibles en la postura, posibles rutas de escape… todo quedaba atrapado dentro de él como un animal encerrado detrás de barrotes, sin embargo, lo más importante nunca eran las fotografías. Era el olor. Siempre el olor. El miedo olía distinto en cada persona y Cerberus podía recordarlo durante años, el sudor ácido de un hombre paranoico, el perfume demasiado dulce de alguien intentando ocultar ansiedad, la pólvora impregnada en las manos de un guardaespaldas; para él, los seres humanos eran poco más que carne con aroma identificable. La voz detrás del cristal continuó dándole instrucciones con esa calma clínica que solo poseen quienes jamás pisan el campo de batalla, le explicaron quién debía morir primero, quién probablemente intentaría negociar, quién correría, quién gritaría y quién tendría suficiente orgullo para atacar incluso sabiendo que iba a morir. Cerberus escuchó todo sin emitir sonido alguno, tenía permitido hablar, no; pero únicamente bajo autorización directa podria hacer preguntas, aunque después de antos años el silencio se había adherido a su garganta como una segunda piel. Cuando la última orden terminó, uno de los supervisores se acercó para ajustar la gruesa correa negra alrededor de su cuello; el clic metálico del seguro resonó en la habitación con una familiaridad humillante, a veces se preguntaba si lo hacían por control táctico o simplemente porque disfrutaban recordándole lo que era. Un perro. Un arma. Algo demasiado peligroso para caminar libre. El trayecto hasta el objetivo transcurrió en una camioneta, que parecia de civiles, la ciudad estaba enferma de neón y humedad, con las banquetas reflejando luces rojas y azules como heridas abiertas sobre el asfalto. Cerberus descendió del vehículo sin prisa, cubierto por una chamarra oscura que apenas lograba ocultar el tamaño monstruoso de su cuerpo. El edificio frente a él parecía tranquilo desde afuera, con música baja, humo escapando por las ventanas del segundo piso, personas riendo sin saber que aquella noche iba a partirse en dos. Entró sin llamar la atención al principio, caminando entre mesas y conversaciones ajenas mientras el olor comenzaba a llenar sus pulmones...alcohol, tabaco, marihuana, perfume barato.... Sudor nervioso, sangre latiendo debajo de la piel humana. Reconoció al primer objetivo antes incluso de verlo directamente, el aroma coincidía perfectamente. El hombre giró apenas la cabeza, probablemente sintiendo aquella presencia imposible detrás de él, pero no tuvo tiempo de reaccionar, Cerberus le sujetó el rostro con una mano y lo estampó contra la barra con una violencia tan brutal que el impacto sonó como huesos rompiéndose dentro de una bolsa mojada. El cuerpo cayó convulsionando mientras los gritos comenzaban alrededor. Entonces todo ocurrió rápido, demasiado rápido. El segundo objetivo intentó sacar un arma, pero Cerberus ya estaba encima de él; le dobló el brazo hasta desgarrar articulaciones y después le hundió el cuchillo táctico bajo la mandíbula con un movimiento seco, preciso, entrenado miles de veces, haciendo que la sangre caliente le salpicó el cuello y parte de la máscara mientras la multitud se dispersaba presa del pánico, algunos intentaron correr hacia las salidas que ya estaban bloqueadas, otros simplemente quedaron paralizados observando la carnicería. El tercero fue el único que intentó pelear de verdad, disparó dos veces antes de que Cerberus lograra alcanzarlo, y aunque una bala atravesó limpiamente su costado, aquello no pareció ralentizarlo en absoluto. Lo derribó contra una mesa, aplastando madera y vidrio bajo el peso de ambos, y continuó golpeándolo hasta que el rostro del hombre dejó de parecer humano. A su alrededor solo quedaron respiraciones ahogadas, muebles destrozados y el sonido espeso de la sangre escurriendo lentamente por el suelo. El olor metálico era tan intenso que casi resultaba sofocante. Así, continuó con todos, no debia quedar ni uno solo, esa era la orden. Asi que despues.... Después llegó el silencio. Ese silencio terrible que siempre aparecía al final. Cerberus permaneció inmóvil en medio del desastre, respirando pesadamente mientras la lluvia golpeaba las ventanas rotas del lugar. Los cadáveres yacían dispersos alrededor de él en posiciones grotescas, algunos aún temblando por reflejos nerviosos tardíos. Lentamente, como si el monstruo hubiese abandonado por fin su cuerpo, él terminó arrodillándose sobre el suelo cubierto de sangre, bajó la cabeza y esperó. Quieto, obediente , con las manos manchadas descansando sobre sus piernas y el grueso collar negro todavía sujeto alrededor de su cuello, aguardando pacientemente a que alguien atravesara aquella puerta, colocara la cadena y lo llevara de regreso a casa como al perro que le enseñaron a ser.
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  • 𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝐷𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑑𝑒 𝑖𝑛𝑚𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑒𝑠

    Estaba a punto de llegar a Karadath el ultimo bastion humano en el norte. La nieve caía con más furia que nunca, como si el cielo mismo quisiera borrar todo rastro de lo que estaba a punto de suceder. Mis botas pesadas crujían sobre la capa helada que cubría las ruinas de la antigua fortaleza de Valthor. El frío se filtraba a traves de mi armadurade placas, mordiendo la carne que había sobrevivido a cien muertes.

    Frente a mí estaba ella. Una única caza recompenzas, siempre venían una docena tras el inmortal. Una mujer de cabello negro que ondeaba y se congelaba en un vaivén. Equipaba una armadura ligera sólida. Se hacía llamar la Segadora, la reconoci por su bufanda roja, siempre pense que era un mito, ya que decían que había cazado a otros inmortales antes que yo.

    Nuestras espadas chocaron y el mundo se redujo a acero y nieve. Su hoja era más ligera, más rápida, un relámpago vivo que buscaba los huecos de mi defensa. Yo blandía mi gran espada de dos manos, pesada y brutal, pero cada golpe que lanzaba ella lo esquivaba con una gracia inhumana, como si bailara con la tormenta.

    “Eres lento, viejo inmortal”, susurró con una voz que cortaba más que el viento. “¿Todavía sigues aferrándote a esa carne podrida?”

    Su espada busco y me abrió el costado justo en la unión de las placas. Sentí cómo la hoja rasgaba malla, piel y costilla. El dolor fue tan intenso que por un segundo creí que esta vez sí moriría de verdad. Caí sobre una rodilla, la nieve tiñéndose de rojo bajo mi peso. Ella no se apresuró. Caminó alrededor mío, disfrutando el momento.

    “¿Cuántas veces has muerto, Siegmeyer? ¿Y todavía sigues aquí, arrastrando esa maldición como un perro viejo?”

    Me levanté rugiendo. Mi espada chocó contra la suya. Ella retrocedió, pero no cayó. Contraatacó con una serie de estocadas tan rápidas que apenas pude bloquearlas. Una me atravesó un punto debil en el muslo, otra rn la unión de la hombreras, hiriendome hombro. Sangre caliente salpicaba la nieve con cada movimiento.

    En un momento de furia ciega logré atraparla. La embestí con el hombro y la lancé contra una pared derruida. El impacto fue brutal. Ella tosió sangre, pero sonrió. Sus ojos brillaban con algo que no era solo odio era reconocimiento.

    “Por fin”, murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano. “Un inmortal que vale la pena matar.”

    Volvimos a cruzarnos. Esta vez no fue técnica. Fue pura rabia animal. Nuestras espadas cantaban una melodía mortal mientras girábamos entre las ruinas. La nieve nos cubría, nos cegaba, nos hacía resbalar. Perdí la cuenta de cuántas veces me hirió y tambien de cuántas veces la herí yo a ella.

    En el clímax del duelo, nuestras hojas se trabaron en un forcejeo mortal. Cara a cara, respiraciones entrecortadas, sangre cayendo de ambos. Podía ver mi propio reflejo roto en sus ojos.

    “¿Por qué no mueres?”, gruñí.

    “Porque yo también estoy maldita”, respondió ella, y entonces vi algo parecido a dolor en su rostro.

    Con un último esfuerzo giré mi espada y la liberé de su agarre. Mi hoja descendió en un arco perfecto. Ella levantó la suya para parar, pero su arma se quebró. Mi acero le atravesó el pecho.

    Cayó de rodillas en la nieve, sosteniendo la hoja que la mataba como si fuera un viejo amigo. Me miró una última vez y sonrió con sangre en los dientes.

    “Al fin… alguien que pudo terminarlo.”

    Se desplomó. La tormenta se calmó casi al instante, dejando solo el silencio y el sonido de mi propia respiración entrecortada.

    Me quedé allí, tambaleándome, con más heridas de las que podía contar. La inmortalidad me mantenía en pie, pero nunca me había sentido tan cerca de la muerte verdadera. Quedé con muchas preguntas. Espere que sanara como yo lo hacía pero no volvió a abrir los ojos. Sus heridas no cerraron, ¿Por que decía estar maldita? Fue otro enigma que quedó grabado en mi mente.
    𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝐷𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑑𝑒 𝑖𝑛𝑚𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑒𝑠 Estaba a punto de llegar a Karadath el ultimo bastion humano en el norte. La nieve caía con más furia que nunca, como si el cielo mismo quisiera borrar todo rastro de lo que estaba a punto de suceder. Mis botas pesadas crujían sobre la capa helada que cubría las ruinas de la antigua fortaleza de Valthor. El frío se filtraba a traves de mi armadurade placas, mordiendo la carne que había sobrevivido a cien muertes. Frente a mí estaba ella. Una única caza recompenzas, siempre venían una docena tras el inmortal. Una mujer de cabello negro que ondeaba y se congelaba en un vaivén. Equipaba una armadura ligera sólida. Se hacía llamar la Segadora, la reconoci por su bufanda roja, siempre pense que era un mito, ya que decían que había cazado a otros inmortales antes que yo. Nuestras espadas chocaron y el mundo se redujo a acero y nieve. Su hoja era más ligera, más rápida, un relámpago vivo que buscaba los huecos de mi defensa. Yo blandía mi gran espada de dos manos, pesada y brutal, pero cada golpe que lanzaba ella lo esquivaba con una gracia inhumana, como si bailara con la tormenta. “Eres lento, viejo inmortal”, susurró con una voz que cortaba más que el viento. “¿Todavía sigues aferrándote a esa carne podrida?” Su espada busco y me abrió el costado justo en la unión de las placas. Sentí cómo la hoja rasgaba malla, piel y costilla. El dolor fue tan intenso que por un segundo creí que esta vez sí moriría de verdad. Caí sobre una rodilla, la nieve tiñéndose de rojo bajo mi peso. Ella no se apresuró. Caminó alrededor mío, disfrutando el momento. “¿Cuántas veces has muerto, Siegmeyer? ¿Y todavía sigues aquí, arrastrando esa maldición como un perro viejo?” Me levanté rugiendo. Mi espada chocó contra la suya. Ella retrocedió, pero no cayó. Contraatacó con una serie de estocadas tan rápidas que apenas pude bloquearlas. Una me atravesó un punto debil en el muslo, otra rn la unión de la hombreras, hiriendome hombro. Sangre caliente salpicaba la nieve con cada movimiento. En un momento de furia ciega logré atraparla. La embestí con el hombro y la lancé contra una pared derruida. El impacto fue brutal. Ella tosió sangre, pero sonrió. Sus ojos brillaban con algo que no era solo odio era reconocimiento. “Por fin”, murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano. “Un inmortal que vale la pena matar.” Volvimos a cruzarnos. Esta vez no fue técnica. Fue pura rabia animal. Nuestras espadas cantaban una melodía mortal mientras girábamos entre las ruinas. La nieve nos cubría, nos cegaba, nos hacía resbalar. Perdí la cuenta de cuántas veces me hirió y tambien de cuántas veces la herí yo a ella. En el clímax del duelo, nuestras hojas se trabaron en un forcejeo mortal. Cara a cara, respiraciones entrecortadas, sangre cayendo de ambos. Podía ver mi propio reflejo roto en sus ojos. “¿Por qué no mueres?”, gruñí. “Porque yo también estoy maldita”, respondió ella, y entonces vi algo parecido a dolor en su rostro. Con un último esfuerzo giré mi espada y la liberé de su agarre. Mi hoja descendió en un arco perfecto. Ella levantó la suya para parar, pero su arma se quebró. Mi acero le atravesó el pecho. Cayó de rodillas en la nieve, sosteniendo la hoja que la mataba como si fuera un viejo amigo. Me miró una última vez y sonrió con sangre en los dientes. “Al fin… alguien que pudo terminarlo.” Se desplomó. La tormenta se calmó casi al instante, dejando solo el silencio y el sonido de mi propia respiración entrecortada. Me quedé allí, tambaleándome, con más heridas de las que podía contar. La inmortalidad me mantenía en pie, pero nunca me había sentido tan cerca de la muerte verdadera. Quedé con muchas preguntas. Espere que sanara como yo lo hacía pero no volvió a abrir los ojos. Sus heridas no cerraron, ¿Por que decía estar maldita? Fue otro enigma que quedó grabado en mi mente.
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    ****Edad del Caos.****
    "Las Alas del Engaño"

    La guerra había cambiado, desde el enfrentamiento contra aquellos dos seres alados, ni Ozma ni Yen habían vuelto a verlos. No conocían sus nombres, tampoco entendían del todo qué eran realmente. Para Yen, eran guerreros bendecidos por los Dioses. Ozma, en cambio, comprendía algo más aterrador: aquellos seres no habían nacido, habían sido creados. Y eso significaba que los Dioses habían dado un paso más allá.

    Mientras Ozma continuaba sus campañas y Yen lideraba ataques contra fortalezas Elunai, los dos seres alados comenzaron una misión completamente distinta, una orden directa de las entidades que observaban desde la isla flotante en los cielos.

    No debían destruir, debían conquistar los corazones. Los dos descendieron a las tierras bajas ocultando sus halos y alas, tomando apariencias similares a las de los humanoides comunes. Caminaban entre aldeas, hablaban con la gente, ayudaban a enfermos y protegían caravanas. Allí donde aparecían, ocurrían ataques de monstruos. Ataques demasiado oportunos, bestias surgían de los bosques o las montañas, aterrorizando pueblos enteros, y justo cuando todo parecía perdido, aquellos dos guerreros aparecían para salvar a la población.

    Poco a poco, la gente comenzó a llamarlos Héroes. Los rumores se extendieron con rapidez.

    Decían que los Héroes eran enviados celestiales, que escuchaban las plegarias, que protegían a los débiles sin pedir nada a cambio y lo más peligroso de todo… La gente comenzó a compararlos con Ozma.

    Los Héroes no tardaron en sembrar dudas. Nunca hablaban directamente en contra él al principio. Eran más inteligentes que eso. Simplemente hacían preguntas.

    -¿Por qué un rey necesita un ejército tan grande?
    -¿Por qué siguen existiendo guerras si Ozma realmente quiere salvarlos?
    -¿Por qué toma demasiadas provisiones de cada ciudad que libera?

    Las semillas de la desconfianza comenzaron a crecer. Era cierto que el ejército de Ozma tomaba alimentos y materiales de las ciudades liberadas, pero jamás en cantidades abusivas. Nunca dejaban morir de hambre a la población, ni saqueaban hogares como hacían antiguamente los Elunai. Sin embargo, los nuevos Héroes manipulaban cada situación para hacer parecer que Ozma no era un libertador sino un conquistador.

    Decían que aquel supuesto salvador solo estaba preparando más guerras, que los jóvenes terminarían muriendo por una cruzada absurda.
    Que Ozma utilizaba a las razas libres como herramientas para su venganza personal.

    Lo peor era que las nuevas generaciones comenzaron a creerlo. La guerra había durado demasiado tiempo, los ancianos aún recordaban los días en que los Elunai marcaban personas como ganado, cuando pueblos enteros desaparecían por órdenes divinas o eran usados como experimentos. Pero muchos de esos ancianos ya habían muerto.

    Los jóvenes nacidos durante la guerra jamás vivieron esa opresión, ellos nacieron libres, crecieron escuchando historias sobre los Elunai, pero nunca sintieron el miedo real de aquellos tiempos. Para ellos, la guerra de Ozma era algo lejano, interminable… una carga heredada de generaciones pasadas.

    Los pueblos comenzaron a levantar pequeños altares, las madres enseñaban a sus hijos a rezar por los Héroes, incluso algunos soldados liberados empezaron a desertar silenciosamente para seguirlos.

    Desde la distancia, ocultos entre las montañas, los dos seres alados observaban aquello con tranquilidad. Su bendición estaba funcionando.

    El don que los Dioses les habían otorgado influía lentamente sobre los corazones débiles. No era control absoluto, sino una suave manipulación que hacía crecer admiración, confianza y devoción.

    Pero existían seres inmunes: Los Ogros, los Kijin y especialmente Ozma y Yen. Por eso jamás se acercaban demasiado a ellos. Sabían que si Ozma descubría la verdad detrás de aquella influencia, la cacería comenzaría de inmediato.

    Aun así… Los Dioses sonreían desde la ciudad flotante, porque por primera vez en siglos, el mundo comenzaba a apartarse del Monstruo por voluntad propia.
    ****Edad del Caos.**** "Las Alas del Engaño" La guerra había cambiado, desde el enfrentamiento contra aquellos dos seres alados, ni Ozma ni Yen habían vuelto a verlos. No conocían sus nombres, tampoco entendían del todo qué eran realmente. Para Yen, eran guerreros bendecidos por los Dioses. Ozma, en cambio, comprendía algo más aterrador: aquellos seres no habían nacido, habían sido creados. Y eso significaba que los Dioses habían dado un paso más allá. Mientras Ozma continuaba sus campañas y Yen lideraba ataques contra fortalezas Elunai, los dos seres alados comenzaron una misión completamente distinta, una orden directa de las entidades que observaban desde la isla flotante en los cielos. No debían destruir, debían conquistar los corazones. Los dos descendieron a las tierras bajas ocultando sus halos y alas, tomando apariencias similares a las de los humanoides comunes. Caminaban entre aldeas, hablaban con la gente, ayudaban a enfermos y protegían caravanas. Allí donde aparecían, ocurrían ataques de monstruos. Ataques demasiado oportunos, bestias surgían de los bosques o las montañas, aterrorizando pueblos enteros, y justo cuando todo parecía perdido, aquellos dos guerreros aparecían para salvar a la población. Poco a poco, la gente comenzó a llamarlos Héroes. Los rumores se extendieron con rapidez. Decían que los Héroes eran enviados celestiales, que escuchaban las plegarias, que protegían a los débiles sin pedir nada a cambio y lo más peligroso de todo… La gente comenzó a compararlos con Ozma. Los Héroes no tardaron en sembrar dudas. Nunca hablaban directamente en contra él al principio. Eran más inteligentes que eso. Simplemente hacían preguntas. -¿Por qué un rey necesita un ejército tan grande? -¿Por qué siguen existiendo guerras si Ozma realmente quiere salvarlos? -¿Por qué toma demasiadas provisiones de cada ciudad que libera? Las semillas de la desconfianza comenzaron a crecer. Era cierto que el ejército de Ozma tomaba alimentos y materiales de las ciudades liberadas, pero jamás en cantidades abusivas. Nunca dejaban morir de hambre a la población, ni saqueaban hogares como hacían antiguamente los Elunai. Sin embargo, los nuevos Héroes manipulaban cada situación para hacer parecer que Ozma no era un libertador sino un conquistador. Decían que aquel supuesto salvador solo estaba preparando más guerras, que los jóvenes terminarían muriendo por una cruzada absurda. Que Ozma utilizaba a las razas libres como herramientas para su venganza personal. Lo peor era que las nuevas generaciones comenzaron a creerlo. La guerra había durado demasiado tiempo, los ancianos aún recordaban los días en que los Elunai marcaban personas como ganado, cuando pueblos enteros desaparecían por órdenes divinas o eran usados como experimentos. Pero muchos de esos ancianos ya habían muerto. Los jóvenes nacidos durante la guerra jamás vivieron esa opresión, ellos nacieron libres, crecieron escuchando historias sobre los Elunai, pero nunca sintieron el miedo real de aquellos tiempos. Para ellos, la guerra de Ozma era algo lejano, interminable… una carga heredada de generaciones pasadas. Los pueblos comenzaron a levantar pequeños altares, las madres enseñaban a sus hijos a rezar por los Héroes, incluso algunos soldados liberados empezaron a desertar silenciosamente para seguirlos. Desde la distancia, ocultos entre las montañas, los dos seres alados observaban aquello con tranquilidad. Su bendición estaba funcionando. El don que los Dioses les habían otorgado influía lentamente sobre los corazones débiles. No era control absoluto, sino una suave manipulación que hacía crecer admiración, confianza y devoción. Pero existían seres inmunes: Los Ogros, los Kijin y especialmente Ozma y Yen. Por eso jamás se acercaban demasiado a ellos. Sabían que si Ozma descubría la verdad detrás de aquella influencia, la cacería comenzaría de inmediato. Aun así… Los Dioses sonreían desde la ciudad flotante, porque por primera vez en siglos, el mundo comenzaba a apartarse del Monstruo por voluntad propia.
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  • ¿Hmmm...? -El chico levantó la vista y miró sobre el hombro.- ¿Qué leo, me preguntas? El Conde de Montecristo. Me encanta mucho ésta obra, es... intensa. Pero muy reveladora.
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