La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí.

El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka.
Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando.

Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos.

Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja.

"Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager.

Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto.

Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre.

La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato.

Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros.

Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido.

Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde.

Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria.
En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo.

Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí. El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka. Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando. Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos. Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja. "Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager. Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto. Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre. La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato. Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros. Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido. Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde. Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria. En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo. Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
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