• Aquellos primeros días en el bunker, una vez había dejado claro que tenia intención de irse de allí, y de pelear con su madre por teléfono y conseguir que no fuera allí a por ella, cosa que hubiera sido realmente vergonzosa, se había dedicado a explorar el lugar.

    Joder aquello era increíblemente grande, era inmenso, había, a pesar de la cantidad de personas que iban y venían (aunque pocas se quedaban de forma permanente, en ese apartado tan solo estaban ella, los hermanos y Hati, la cual le parecía tremendamente guay) muchísimas habitaciones vacías.
    Había encontrado el archivo y lo había pasado por alto. No le apetecía tocar nada y liarla.
    Había pasado (aunque jamás se lo diría a Dean) mas horas de las que debería en el garaje, montándose en las motos y en los coches allí aparcados.

    Y en aquella ocasión había encontrado el que fácilmente se podría convertir en su lugar favorito del bunker.
    La sala de tiro.

    — Guay...

    No tarda mas de unos pocos minutos en abrir el armario donde había una envidiable variedad de armas de fuego, e incluso algún arco de poleas, y coger una, cargarla y sin pensarlo mucho, disparar a objetivo.
    Aquellos primeros días en el bunker, una vez había dejado claro que tenia intención de irse de allí, y de pelear con su madre por teléfono y conseguir que no fuera allí a por ella, cosa que hubiera sido realmente vergonzosa, se había dedicado a explorar el lugar. Joder aquello era increíblemente grande, era inmenso, había, a pesar de la cantidad de personas que iban y venían (aunque pocas se quedaban de forma permanente, en ese apartado tan solo estaban ella, los hermanos y Hati, la cual le parecía tremendamente guay) muchísimas habitaciones vacías. Había encontrado el archivo y lo había pasado por alto. No le apetecía tocar nada y liarla. Había pasado (aunque jamás se lo diría a Dean) mas horas de las que debería en el garaje, montándose en las motos y en los coches allí aparcados. Y en aquella ocasión había encontrado el que fácilmente se podría convertir en su lugar favorito del bunker. La sala de tiro. — Guay... No tarda mas de unos pocos minutos en abrir el armario donde había una envidiable variedad de armas de fuego, e incluso algún arco de poleas, y coger una, cargarla y sin pensarlo mucho, disparar a objetivo.
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  • —La bestia ha sido desatada nuevamente, el corazon del muchacho esta hecho cenizas y sus latidos aceleran mas rápido que sus motocierras, la muerte de su hermana menor fue el detonante perfecto para que Pochita tenga el control ahora—
    —La bestia ha sido desatada nuevamente, el corazon del muchacho esta hecho cenizas y sus latidos aceleran mas rápido que sus motocierras, la muerte de su hermana menor fue el detonante perfecto para que Pochita tenga el control ahora—
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  • +chibi trae el mameluco de perrito puesto y se había unido a una manada de perros callejeros y cada vez que veía que una moto pasaba comenzaba a ladrar y perseguir la moto junto a la manada +owo
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  • ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ────

    [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ]

    [] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀

    Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México.

    Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión.

    Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase.

    Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite.

    Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros.

    Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad:

    𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞

    Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina

    ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ───

    Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado.

    Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero.

    Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo.

    Caminó hacia el Zócalo sin prisa.

    La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes.

    A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro.

    Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia.

    Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol.

    Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón.

    Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible.

    Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa.

    Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna.

    Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba

    𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞

    Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes.

    Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos.

    Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez.

    Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida:

    Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real.

    ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ────

    Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada.

    Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara.

    El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche.

    Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado.

    De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
    ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ──── [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ] [🇲🇽] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México. Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión. Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase. Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite. Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros. Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad: 𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞ Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ─── Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado. Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero. Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo. Caminó hacia el Zócalo sin prisa. La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes. A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro. Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol. Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón. Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible. Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa. Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna. Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba 𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞ Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes. Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos. Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez. Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida: Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real. ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ──── Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada. Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara. El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche. Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado. De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
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  • Me gustaría conocer las auroras boreales de Islandia..
    Espero ir para mis vacaciones
    - lo anotara en su agenda(?) y revisa sus pendientes-

    No invitar a Salem..
    Tampoco a Santiago por la pizza que se comió (?)
    Regalarle un pijama a Lyra (?)
    Regalarle una moto nueva a Juno (?)
    Tener un día de té con el Sr. Constantine
    Me gustaría conocer las auroras boreales de Islandia.. Espero ir para mis vacaciones - lo anotara en su agenda(?) y revisa sus pendientes- No invitar a Salem.. Tampoco a Santiago por la pizza que se comió (?) Regalarle un pijama a Lyra (?) Regalarle una moto nueva a Juno (?) Tener un día de té con el Sr. Constantine
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Domingo 26 de enero, 2026.
    Georgia State.

    "Maté mi nombre antes de que el mundo terminara de hacerlo por mí. Lo dejé tirado junto con el parche, las promesas y la mentira de que pertenecer a algo te salva. No te salva. Solo te da una razón elegante para pudrirte despacio.

    Aprendí más de la vida desarmando una motocicleta que escuchando a cualquier hombre hablar de honor. El metal no miente. Si está roto, está roto. Si fuerzas una pieza donde no va, todo revienta. La vida es igual: no perdona nostalgia ni ideales heredados.

    Cuando armas una moto desde cero, aceptas una verdad incómoda: nada tiene sentido por sí mismo. El sentido es algo que le impones a golpes, con decisiones sucias y consecuencias reales. Cada tornillo es una elección. Cada error, una cicatriz que no se borra.

    Yo también tuve que desmontarme. Quitar piezas que llevaban años oxidándome por dentro. Quemar lo que otros llamaban identidad. No quedó nada bonito. Solo silencio, rabia y la certeza de que nadie iba a venir a arreglarme.

    El motor arrancó igual. No por destino. No por redención. Arrancó porque hice el trabajo. Porque acepté que no hay propósito esperando al final del camino, solo kilómetros y asfalto. Y si vas a rodar, más vale hacerlo rápido, solo y sin mirar atrás. El mundo no merece explicaciones. Solo el ruido del motor alejándose.”
    Domingo 26 de enero, 2026. Georgia State. "Maté mi nombre antes de que el mundo terminara de hacerlo por mí. Lo dejé tirado junto con el parche, las promesas y la mentira de que pertenecer a algo te salva. No te salva. Solo te da una razón elegante para pudrirte despacio. Aprendí más de la vida desarmando una motocicleta que escuchando a cualquier hombre hablar de honor. El metal no miente. Si está roto, está roto. Si fuerzas una pieza donde no va, todo revienta. La vida es igual: no perdona nostalgia ni ideales heredados. Cuando armas una moto desde cero, aceptas una verdad incómoda: nada tiene sentido por sí mismo. El sentido es algo que le impones a golpes, con decisiones sucias y consecuencias reales. Cada tornillo es una elección. Cada error, una cicatriz que no se borra. Yo también tuve que desmontarme. Quitar piezas que llevaban años oxidándome por dentro. Quemar lo que otros llamaban identidad. No quedó nada bonito. Solo silencio, rabia y la certeza de que nadie iba a venir a arreglarme. El motor arrancó igual. No por destino. No por redención. Arrancó porque hice el trabajo. Porque acepté que no hay propósito esperando al final del camino, solo kilómetros y asfalto. Y si vas a rodar, más vale hacerlo rápido, solo y sin mirar atrás. El mundo no merece explicaciones. Solo el ruido del motor alejándose.”
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  • —Dia lluvioso, ¿Huh? Lo mejor será buscar a algún motociclista imprudente que esté corriendo en la autopista mojada… antes de que se estampen.—

    Miraba las calles tristes, y las sombrillas de las personas ir y venir. Temblaba de frío, el aire era gélido.

    —…Bueno, pescaré un resfriado después de esto.—
    —Dia lluvioso, ¿Huh? Lo mejor será buscar a algún motociclista imprudente que esté corriendo en la autopista mojada… antes de que se estampen.— Miraba las calles tristes, y las sombrillas de las personas ir y venir. Temblaba de frío, el aire era gélido. —…Bueno, pescaré un resfriado después de esto.—
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  • El asfalto todavía conservaba el frío de la noche cuando Elena se dejó caer boca arriba, justo a mitad de la calle secundaria que llevaba al viejo cine. No había tráfico a esa hora; Mystic Falls dormía temprano entre semana. Con las manos cruzadas sobre el pecho y el cabello extendido como una mancha oscura sobre el pavimento, fijó la mirada en un punto indefinido del cielo. Las farolas distorsionaban parte del firmamento, pero ella no estaba tratando de contar estrellas.
    El contacto contra el suelo le resultaba curioso. Cuando era humana, tumbarse en la calle hubiera significado polvo, piel raspada y el temor a que algún auto apareciera en cualquier momento. Ahora solo significaba frío superficial y un margen más amplio entre el peligro y la costumbre. Sus sentidos vampíricos rastreaban sin esfuerzo el murmullo distante de un motor tres cuadras más abajo, el roce de una ventana que alguien cerraba y el goteo de un aire acondicionado mal drenado.
    Exhaló lentamente, dejando que el aire saliera aunque no lo necesitara. El olor a hojas húmedas, panadería cerrada y asfalto mojado le era más nítido de lo que habría sido antes. Ser vampira tenía esos detalles sensoriales que se colaban en los momentos de quietud, recordándole que ya no vivía el mundo desde el mismo lugar que los demás.
    Permaneció así unos segundos más, inmóvil bajo el brillo apagado de las farolas, como si la calle fuera un observatorio improvisado y nadie más fuera a reclamarlo. La noche estaba tranquila, y por una vez no parecía exigirle nada.
    El asfalto todavía conservaba el frío de la noche cuando Elena se dejó caer boca arriba, justo a mitad de la calle secundaria que llevaba al viejo cine. No había tráfico a esa hora; Mystic Falls dormía temprano entre semana. Con las manos cruzadas sobre el pecho y el cabello extendido como una mancha oscura sobre el pavimento, fijó la mirada en un punto indefinido del cielo. Las farolas distorsionaban parte del firmamento, pero ella no estaba tratando de contar estrellas. El contacto contra el suelo le resultaba curioso. Cuando era humana, tumbarse en la calle hubiera significado polvo, piel raspada y el temor a que algún auto apareciera en cualquier momento. Ahora solo significaba frío superficial y un margen más amplio entre el peligro y la costumbre. Sus sentidos vampíricos rastreaban sin esfuerzo el murmullo distante de un motor tres cuadras más abajo, el roce de una ventana que alguien cerraba y el goteo de un aire acondicionado mal drenado. Exhaló lentamente, dejando que el aire saliera aunque no lo necesitara. El olor a hojas húmedas, panadería cerrada y asfalto mojado le era más nítido de lo que habría sido antes. Ser vampira tenía esos detalles sensoriales que se colaban en los momentos de quietud, recordándole que ya no vivía el mundo desde el mismo lugar que los demás. Permaneció así unos segundos más, inmóvil bajo el brillo apagado de las farolas, como si la calle fuera un observatorio improvisado y nadie más fuera a reclamarlo. La noche estaba tranquila, y por una vez no parecía exigirle nada.
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  • Un paseo en motora no me vendría mal, solo falta mi "pasajero", te interesa lindura? ♡
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  • / La cara de alguien que estuvo en motocicleta más de 7 horas, comió hamburguesas a la parrilla y bebió mas alcohol del que acostumbra. Y para acabarla, no sabe donde se quedó su "hermano" /
    / La cara de alguien que estuvo en motocicleta más de 7 horas, comió hamburguesas a la parrilla y bebió mas alcohol del que acostumbra. Y para acabarla, no sabe donde se quedó su "hermano" /
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