• — Quien lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en monstruo.

    El día en el taller había iniciado repleto de trabajo y James no había hecho el cambio de aceite a la motocicleta que habían dejado desde ayer en la tarde. Ahora el cliente estaba esperando en la entrada para recoger su vehículo.

    ¿Alguien iba hacerlo?
    Sí, no había de otra más que él. . .

    #MondayMood
    — Quien lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en monstruo. El día en el taller había iniciado repleto de trabajo y James no había hecho el cambio de aceite a la motocicleta que habían dejado desde ayer en la tarde. Ahora el cliente estaba esperando en la entrada para recoger su vehículo. ¿Alguien iba hacerlo? Sí, no había de otra más que él. . . #MondayMood
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  • Haciendo cuentas, la posibilidad de que su esposo estuviera en estado de gravidez era ligeramente remoto, había pasado los últimos tres meses en Australia y lo conocía demasiado bien como para sospechar que le hubiera sido infiel...la última vez que estuvo en ese estado...no recordaba que se hubiera puesto así...pero tal vez...no, no, sólo era un resfriado...
    Haciendo cuentas, la posibilidad de que su esposo estuviera en estado de gravidez era ligeramente remoto, había pasado los últimos tres meses en Australia y lo conocía demasiado bien como para sospechar que le hubiera sido infiel...la última vez que estuvo en ese estado...no recordaba que se hubiera puesto así...pero tal vez...no, no, sólo era un resfriado...
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  • X: Noticias nocturnas, después de 5 horas de no dar señales tenemos información sobre lo sucedió con el diseñador Theo Bennet.

    Xx: Y es cámaras de seguridad afirman que el joven salió del hospital universitario de NY, como se aprecia no iba en sus 5 sentidos, después de una hora caminando sin rumbo topo con pared y al darse la vuelta fue cuando una motocicleta le impacto por el costado

    El vídeo en la pantalla mostraba el accidente obviamente censurado pero se entia claramente la gravedad

    X:Después de algunas horas en reviso y espera a que saliera de un mini coma por fin despertó y está en estos momentos en cuidados intensiva, el doctor Ledesma Romo que estuvo atendiéndolo en todo este momento no trae más detalles

    Dr.Ledesma: Bueno el joven fue impactado, fue el golpe en la cabeza lo más grabe, aún que no uno lesión tuvimos que darle algunos medicamentos para bajar la inchason cerebral, por suerte no tuvimos que llegar a cirujia, por lo que de veía en las cámaras de puede dar paso a opinióned parecidas pero no, el joven no iba en estado de ebriedad ni mucho menos bajo efecto de las drogas, lo que ocasiono este estado fue que el joven entro en un ataque de panico, afortunadamente ya está fuera de peligro, solo hacen falta hacerle unos estudios para descsrtar cualquier secuela.

    X: Y en otras noticias un tráiler de carga fue abatido por fuerzas...

    Theo se encontraba en la habitación comiendo lo que parecía ser una sopa de garbanzos y un pudin de chocolate cuando sus padres entraron a su habitación, desde que se lo llevaron al hospital jamás pudieron verlo

    Arthur Bennet Stefano Sforza
    X: Noticias nocturnas, después de 5 horas de no dar señales tenemos información sobre lo sucedió con el diseñador Theo Bennet. Xx: Y es cámaras de seguridad afirman que el joven salió del hospital universitario de NY, como se aprecia no iba en sus 5 sentidos, después de una hora caminando sin rumbo topo con pared y al darse la vuelta fue cuando una motocicleta le impacto por el costado El vídeo en la pantalla mostraba el accidente obviamente censurado pero se entia claramente la gravedad X:Después de algunas horas en reviso y espera a que saliera de un mini coma por fin despertó y está en estos momentos en cuidados intensiva, el doctor Ledesma Romo que estuvo atendiéndolo en todo este momento no trae más detalles Dr.Ledesma: Bueno el joven fue impactado, fue el golpe en la cabeza lo más grabe, aún que no uno lesión tuvimos que darle algunos medicamentos para bajar la inchason cerebral, por suerte no tuvimos que llegar a cirujia, por lo que de veía en las cámaras de puede dar paso a opinióned parecidas pero no, el joven no iba en estado de ebriedad ni mucho menos bajo efecto de las drogas, lo que ocasiono este estado fue que el joven entro en un ataque de panico, afortunadamente ya está fuera de peligro, solo hacen falta hacerle unos estudios para descsrtar cualquier secuela. X: Y en otras noticias un tráiler de carga fue abatido por fuerzas... Theo se encontraba en la habitación comiendo lo que parecía ser una sopa de garbanzos y un pudin de chocolate cuando sus padres entraron a su habitación, desde que se lo llevaron al hospital jamás pudieron verlo [meteor_charcoal_turtle_877] [ember_pearl_mule_670]
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  • Lorenzo... ¿Lorenzo...?

    Tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba solo en el pasillo, mirando hacia todos lados buscando gente. Empezó a entrar en un estado de ansiedad y paranoia. Estaba solo, no había nadie a quien pedir ayuda. Entre lágrimas se levantó y sintió como si alrededor de él se volvia oscuridad, mientras buscaba el brillo de la puerta de salida del hospital. Corrió con fuerza hacia ella, queriendo escapar, llegando hasta la transitada calle, no veía el peligro, solo estaba sintiendo en el terror que sentía de estar solo sin quien había sido su soporte por un simple malentendido, en su vida solo había espacio para Lorenzo pero ahora...que más importaba, camino así por la ciudad temiendo de las personas que le pasaban cerca, los veia como versión macabras de Lorenzo burlándose de él, una manifestación del rechazo que Lorenzo le hacía hecho, lo veía como una pesadilla pero no a Lorenzo, a su pensamiento sobre Theo, los autos le rozaban la frente, algunos a centímetros de atropellarlo, Theo era incapaz de escucharlo, se golpeaba la cabeza repitiendo el nombre de Lorenzo, como si lo estuviera llamando pero ni siquiera alzaba la voz, las calles se hicieron eternas hasta que llegó a un callejón sin salida literalmente se dio la vuelta cuando de pronto una moto lo golpeó, ahora solo había oscuridad perpetua en su mente y convulsiones y luces de ambulancia en su realidad
    Lorenzo... ¿Lorenzo...? Tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba solo en el pasillo, mirando hacia todos lados buscando gente. Empezó a entrar en un estado de ansiedad y paranoia. Estaba solo, no había nadie a quien pedir ayuda. Entre lágrimas se levantó y sintió como si alrededor de él se volvia oscuridad, mientras buscaba el brillo de la puerta de salida del hospital. Corrió con fuerza hacia ella, queriendo escapar, llegando hasta la transitada calle, no veía el peligro, solo estaba sintiendo en el terror que sentía de estar solo sin quien había sido su soporte por un simple malentendido, en su vida solo había espacio para Lorenzo pero ahora...que más importaba, camino así por la ciudad temiendo de las personas que le pasaban cerca, los veia como versión macabras de Lorenzo burlándose de él, una manifestación del rechazo que Lorenzo le hacía hecho, lo veía como una pesadilla pero no a Lorenzo, a su pensamiento sobre Theo, los autos le rozaban la frente, algunos a centímetros de atropellarlo, Theo era incapaz de escucharlo, se golpeaba la cabeza repitiendo el nombre de Lorenzo, como si lo estuviera llamando pero ni siquiera alzaba la voz, las calles se hicieron eternas hasta que llegó a un callejón sin salida literalmente se dio la vuelta cuando de pronto una moto lo golpeó, ahora solo había oscuridad perpetua en su mente y convulsiones y luces de ambulancia en su realidad
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  • Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte.
    A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen.
    Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror".
    En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan.

    Capítulo 1:
    Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente.
    Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano.
    Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío.
    —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal.
    Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad.
    Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid.
    Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa.
    A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto.
    Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás.
    —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes.
    Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47.
    El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje.
    Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones.
    Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra.
    —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono.
    —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta.
    —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores.
    —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita.
    Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas.
    —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo.
    —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano.
    Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla.
    —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto.
    Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
    Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte. A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen. Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror". En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan. Capítulo 1: Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente. Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano. Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío. —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal. Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad. Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid. Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa. A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto. Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás. —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes. Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47. El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje. Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones. Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra. —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono. —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta. —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores. —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita. Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas. —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo. —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano. Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla. —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto. Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
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  • *Llego a mi casa luego de vagar sin rumbo con mi moto por la ciudad. Me quedan varios días libres del mandato dictaminado por mis superiores de que no me presente en la oficina. ¿Habrá sido por el incidente del Dr Edgar Markov?. Tesalia Steel esta teniendo sus propias aventuras. Por lo que básicamente en casa me espera... Nada*

    -¿Y ahora qué?... El trabajo siempre lo ha sido todo para mí... Diré esto sólo porque no hay nadie escuchando pero... envidio a Bianca Auditore todos parecen quererle. Une a la gente... En cambio yo... sin mi trabajo... ¿Qué me queda?.
    *Llego a mi casa luego de vagar sin rumbo con mi moto por la ciudad. Me quedan varios días libres del mandato dictaminado por mis superiores de que no me presente en la oficina. ¿Habrá sido por el incidente del Dr Edgar Markov?. [Vivi.B] esta teniendo sus propias aventuras. Por lo que básicamente en casa me espera... Nada* -¿Y ahora qué?... El trabajo siempre lo ha sido todo para mí... Diré esto sólo porque no hay nadie escuchando pero... envidio a [Freaky_Ghost_Ovni] todos parecen quererle. Une a la gente... En cambio yo... sin mi trabajo... ¿Qué me queda?.
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  • — C.C cierta personita con cabeza de huevo me quería ver VS como ando realmente —De todo el tiempo que estuvo fuera, ya le vendió las llantas de la moto para comprarse los asombrosos monihámsters (??)
    — C.C cierta personita con cabeza de huevo me quería ver VS como ando realmente —De todo el tiempo que estuvo fuera, ya le vendió las llantas de la moto para comprarse los asombrosos monihámsters (??)
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  • *Tras varios días trabajando sin descanso en el laboratorio de la división I y ser descubierta cabeceando durante el trabajo. Mis superiores me obligan a tomarme algunos días libres. Sin saber que hacer dejo la moto estacionada en un lugar al azar de la ciudad y camino sin rumbo*

    -Tengo tanto que hacer aún. ¿Qué se supone que haga?. ¿Cómo me piden que me relaje si literalmente el mundo esta bajo constantes amenazas cada segundo?. No puedo... Simplemente no... *Veo mi reflejo en un vidrio del mostrador de una tienda. Hasta yo me sorprendo de ver la vulnerabilidad en mi rostro que siempre intento mantener serio e implacable*
    *Tras varios días trabajando sin descanso en el laboratorio de la división I y ser descubierta cabeceando durante el trabajo. Mis superiores me obligan a tomarme algunos días libres. Sin saber que hacer dejo la moto estacionada en un lugar al azar de la ciudad y camino sin rumbo* -Tengo tanto que hacer aún. ¿Qué se supone que haga?. ¿Cómo me piden que me relaje si literalmente el mundo esta bajo constantes amenazas cada segundo?. No puedo... Simplemente no... *Veo mi reflejo en un vidrio del mostrador de una tienda. Hasta yo me sorprendo de ver la vulnerabilidad en mi rostro que siempre intento mantener serio e implacable*
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  • Después de dejar a sus hermanos, tomó su auto y salió a toda velocidad aun con el traje de la cena. Llevaba el motor a toda su capacidad.
    Después de dejar a sus hermanos, tomó su auto y salió a toda velocidad aun con el traje de la cena. Llevaba el motor a toda su capacidad.
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  • Elythra
    El cabello oscuro se le agitaba salvajemente a sus espaldas mientras la moto gravitatoria atravesaba a toda velocidad los senderos solitarios de aquel planeta. Los dedos de una mano buscaron de forma instintiva la empuñadura de la dao del Tigre Blanco y se cerraron a su alrededor con firmeza. La Gran Khan frunció el ceño y apuró la marcha. La intranquilidad se asentó como un nudo de nervios en su estómago. De todos los hijos del Emperador, la Khan era la más solitaria; siempre se había mantenido al margen de las circunstancias y, normalmente, no habría pedido la ayuda de nadie para enfrentar sus propias batallas. Incluso cortaba las comunicaciones con el Imperio a propósito para poder cazar libremente, a sus anchas. Sin embargo, esta vez la situación era diferente.

    Los oradores de las estrellas le habían indicado que en aquellos alrededores podría encontrar a su hermana. Cuando divisó una figura a la distancia, la Khan aminoró la velocidad de su vehículo.

    — Ángel. Te estaba buscando.
    [shadow_jade_tiger_895] El cabello oscuro se le agitaba salvajemente a sus espaldas mientras la moto gravitatoria atravesaba a toda velocidad los senderos solitarios de aquel planeta. Los dedos de una mano buscaron de forma instintiva la empuñadura de la dao del Tigre Blanco y se cerraron a su alrededor con firmeza. La Gran Khan frunció el ceño y apuró la marcha. La intranquilidad se asentó como un nudo de nervios en su estómago. De todos los hijos del Emperador, la Khan era la más solitaria; siempre se había mantenido al margen de las circunstancias y, normalmente, no habría pedido la ayuda de nadie para enfrentar sus propias batallas. Incluso cortaba las comunicaciones con el Imperio a propósito para poder cazar libremente, a sus anchas. Sin embargo, esta vez la situación era diferente. Los oradores de las estrellas le habían indicado que en aquellos alrededores podría encontrar a su hermana. Cuando divisó una figura a la distancia, la Khan aminoró la velocidad de su vehículo. — Ángel. Te estaba buscando.
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