• El Reino del Silencio Eterno
    Categoría Drama
    -La dragona permanecía sentada en su trono, en lo alto de su castillo entre montañas. El lugar era enorme, silencioso y vacío… demasiado vacío para alguien que había vivido siglos rodeada de poder pero sin verdadera compañía-

    -Sus ojos recorrían la sala con calma, como si estuviera acostumbrada a ese silencio, aunque en realidad cada día se volvía más pesado-

    …Qué aburrido se ha vuelto todo esto

    -Suspiró levemente, apoyando su espalda en el trono mientras miraba las grandes puertas del salón, esperando algo o a alguien que rompiera la monotonía-
    -La dragona permanecía sentada en su trono, en lo alto de su castillo entre montañas. El lugar era enorme, silencioso y vacío… demasiado vacío para alguien que había vivido siglos rodeada de poder pero sin verdadera compañía- -Sus ojos recorrían la sala con calma, como si estuviera acostumbrada a ese silencio, aunque en realidad cada día se volvía más pesado- …Qué aburrido se ha vuelto todo esto -Suspiró levemente, apoyando su espalda en el trono mientras miraba las grandes puertas del salón, esperando algo o a alguien que rompiera la monotonía-
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    Grupal
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    Disponible
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  • {Las nieves perpetuas de las Montañas de Skalvik caían con suavidad sobre los tejados de piedra cuando Ivandore de Ebonhart atravesó las estrechas calles del antiguo poblado de Valdren. Montado sobre su fiel corcel, el caballero avanzaba lentamente entre los aldeanos, cuyos rostros reflejaban tanto respeto como curiosidad.}

    {Hacía semanas que viajaba por los caminos helados del norte, siguiendo rumores sobre antiguos santuarios olvidados y reliquias sagradas perdidas durante las grandes cruzadas. Su armadura, marcada por incontables batallas, crujía bajo el peso de la escarcha, mientras el viento de las montañas agitaba los desgastados estandartes con la cruz roja que aún portaba con orgullo.}

    {A lo lejos, sobre un promontorio rocoso, se alzaba la fortaleza de Frosthall, envuelta en niebla y leyendas. Allí, según las historias de los ancianos, reposaba un secreto capaz de cambiar el destino de Asteria.}

    {Sin embargo, aquella tarde no buscaba gloria ni combate. Solo deseaba encontrar refugio antes de que la tormenta cubriese los caminos y transformase las montañas en una prisión de hielo. Pero el destino, como siempre, parecía tener otros planes para el caballero de Ebonhart.}
    {Las nieves perpetuas de las Montañas de Skalvik caían con suavidad sobre los tejados de piedra cuando Ivandore de Ebonhart atravesó las estrechas calles del antiguo poblado de Valdren. Montado sobre su fiel corcel, el caballero avanzaba lentamente entre los aldeanos, cuyos rostros reflejaban tanto respeto como curiosidad.} {Hacía semanas que viajaba por los caminos helados del norte, siguiendo rumores sobre antiguos santuarios olvidados y reliquias sagradas perdidas durante las grandes cruzadas. Su armadura, marcada por incontables batallas, crujía bajo el peso de la escarcha, mientras el viento de las montañas agitaba los desgastados estandartes con la cruz roja que aún portaba con orgullo.} {A lo lejos, sobre un promontorio rocoso, se alzaba la fortaleza de Frosthall, envuelta en niebla y leyendas. Allí, según las historias de los ancianos, reposaba un secreto capaz de cambiar el destino de Asteria.} {Sin embargo, aquella tarde no buscaba gloria ni combate. Solo deseaba encontrar refugio antes de que la tormenta cubriese los caminos y transformase las montañas en una prisión de hielo. Pero el destino, como siempre, parecía tener otros planes para el caballero de Ebonhart.}
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  • El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.

    La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.

    El mercader avanzó con cuidado.

    No porque dudara de sí mismo.

    Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.

    El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.

    Gavlan se detuvo.

    Inclinó ligeramente la cabeza.

    —Hm...

    Esperó.

    Ahí estaba otra vez.

    Un sonido bajo, casi como un lamento.

    Miró a su alrededor.

    Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.

    Algunos de ellos tenían formas extrañas.

    Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.

    Y de aquellos árboles salían los sonidos.

    Quejidos débiles.

    Susurros antiguos.

    Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.

    Observó el rostro formado en el tronco.

    —Vaya...

    Su voz salió más baja de lo normal.

    —He visto mercancía extraña en mis viajes.

    Pasó una mano por la corteza.

    —Pero árboles que parecen querer contar una historia...

    Miró el rostro inmóvil.

    —Eso es nuevo.

    El árbol respondió con otro lamento.

    Gavlan retiró la mano.

    —Bien.

    Una pausa.

    —Supongo que no eres de los que negocian.

    Continuó su camino.

    Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.

    Entonces escuchó otro sonido.

    Esta vez no era un quejido.

    Era una respiración.

    Pesada.

    Profunda.

    Gavlan se detuvo de golpe.

    Entre la niebla, algo se movió.

    Primero vio la sombra.

    Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.

    Y finalmente la figura.

    Un gigante.

    Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.

    Gavlan permaneció quieto observándolo.

    No sacó su arma.

    No corrió.

    Simplemente lo evaluó.

    Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.

    —Bueno...

    Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.

    —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.

    La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.

    Gavlan miró sus flechas.

    Luego al gigante.

    Después a la enorme distancia que los separaba.

    —No creo que una venta vaya a ser sencilla.

    Una leve risa salió bajo su casco.

    —Aunque debo admitirlo...

    Observó al gigante una vez más.

    —Sería el cliente más grande que he tenido.

    El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.

    Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...

    Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.

    Buscar caminos nuevos.

    Encontrar mercancías nuevas.

    Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
    El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente. La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris. El mercader avanzó con cuidado. No porque dudara de sí mismo. Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos. El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque. Gavlan se detuvo. Inclinó ligeramente la cabeza. —Hm... Esperó. Ahí estaba otra vez. Un sonido bajo, casi como un lamento. Miró a su alrededor. Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles. Algunos de ellos tenían formas extrañas. Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor. Y de aquellos árboles salían los sonidos. Quejidos débiles. Susurros antiguos. Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos. Observó el rostro formado en el tronco. —Vaya... Su voz salió más baja de lo normal. —He visto mercancía extraña en mis viajes. Pasó una mano por la corteza. —Pero árboles que parecen querer contar una historia... Miró el rostro inmóvil. —Eso es nuevo. El árbol respondió con otro lamento. Gavlan retiró la mano. —Bien. Una pausa. —Supongo que no eres de los que negocian. Continuó su camino. Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás. Entonces escuchó otro sonido. Esta vez no era un quejido. Era una respiración. Pesada. Profunda. Gavlan se detuvo de golpe. Entre la niebla, algo se movió. Primero vio la sombra. Después una enorme mano apoyándose sobre una roca. Y finalmente la figura. Un gigante. Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo. Gavlan permaneció quieto observándolo. No sacó su arma. No corrió. Simplemente lo evaluó. Como si estuviera frente a un posible cliente difícil. —Bueno... Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón. —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes. La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles. Gavlan miró sus flechas. Luego al gigante. Después a la enorme distancia que los separaba. —No creo que una venta vaya a ser sencilla. Una leve risa salió bajo su casco. —Aunque debo admitirlo... Observó al gigante una vez más. —Sería el cliente más grande que he tenido. El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla. Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla... Gavlan había salido de aquella taberna por una razón. Buscar caminos nuevos. Encontrar mercancías nuevas. Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
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  • La Prueba de las Arenas.
    Fandom Fantasia Medieval.
    Categoría Aventura
    -El aire se volvio pesado de un instante a otro. Sin saber como ni porque, apareciste frente a un enorme portal de Luz dorada. Detras de ti no habia rastros de donde provenias, ni de las personas que conocias, solo un inmenso salon de Piedra y delante. Un elfo de piel oscura, cabello blanco y ojos rojizos que te observaban en silencio absoluto.-

    -Del Otro lado del Portal se extendia un desierto interminable. Montañas de arena se perdian en el horizonte bajo un sol abrazador, mientras el viento arrastraba enormes nubes de polvo. A lo lejos, una criatura gigantesca emergia entre las dunas, su inmenso cuerpo recorria el desierto como si la arena fuera agua, levantando una estela capaz de hacer temblar el suelo incluso desde esa distancia.-

    -Bastaba verla una sola vez, para saber que aquel lugar no era uno donde alguien quisiera entrar por voluntad propia, pero esas dudas fueron interrumpidas por el Elfo quien finalmente Hablo, con una voz tranquila que rompio el silencio sin Esfuerzo-

    "Nose porque el destino te ha elegido a ti, talvez fue una prueba o simplemente tuvieron muy mala suerte. Pero ya no puedes volver por donde llegaste. Frente a ti solo hay un camino."

    -Las palabras del Elfo sonaban serenas, no habia malicia en su voz, el solo era un intermediario en ese fortuito destino-

    "Si desean sobrevivir, crucen el portal y encuentren la forma de salir con vida de ese desierto. Si deciden quedarse aquel resultado sera exactamente el mismo."
    -El aire se volvio pesado de un instante a otro. Sin saber como ni porque, apareciste frente a un enorme portal de Luz dorada. Detras de ti no habia rastros de donde provenias, ni de las personas que conocias, solo un inmenso salon de Piedra y delante. Un elfo de piel oscura, cabello blanco y ojos rojizos que te observaban en silencio absoluto.- -Del Otro lado del Portal se extendia un desierto interminable. Montañas de arena se perdian en el horizonte bajo un sol abrazador, mientras el viento arrastraba enormes nubes de polvo. A lo lejos, una criatura gigantesca emergia entre las dunas, su inmenso cuerpo recorria el desierto como si la arena fuera agua, levantando una estela capaz de hacer temblar el suelo incluso desde esa distancia.- -Bastaba verla una sola vez, para saber que aquel lugar no era uno donde alguien quisiera entrar por voluntad propia, pero esas dudas fueron interrumpidas por el Elfo quien finalmente Hablo, con una voz tranquila que rompio el silencio sin Esfuerzo- "Nose porque el destino te ha elegido a ti, talvez fue una prueba o simplemente tuvieron muy mala suerte. Pero ya no puedes volver por donde llegaste. Frente a ti solo hay un camino." -Las palabras del Elfo sonaban serenas, no habia malicia en su voz, el solo era un intermediario en ese fortuito destino- "Si desean sobrevivir, crucen el portal y encuentren la forma de salir con vida de ese desierto. Si deciden quedarse aquel resultado sera exactamente el mismo."
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  • Regreso a Makyora
    Fandom OC
    Categoría Aventura
    No pude dormir después de lo que vi en el Mundo de los Sueños, cada vez que cerraba los ojos volvía a ver las ruinas de la Mansión Azraeth. Intentaba convencerme de que había cometido un error, que quizás había observado otra época o incluso otro mundo, pero en el fondo sabía que no era así. Aquello era real. Algo terrible había ocurrido en Makyora y mientras más tiempo permaneciera aquí sin hacer nada, menos posibilidades tendría de averiguar qué había sucedido.

    Durante semanas intenté encontrar una forma de abrir un portal real, una y otra vez repasé las investigaciones de Loki, reconstruí cálculos, corregí fórmulas y probé diferentes círculos mágicos, pero siempre llegaba al mismo resultado, mi poder no era suficiente, podía sentirlo, la teoría funcionaba, los cálculos eran correctos, la brújula existía pero el portal requería una cantidad de energía absurda.

    Mi primera idea fue buscar a Lombard, después de todo, era mi hermano y probablemente la persona más poderosa que conocía. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, peor me parecía la idea, él sufría el mismo problema que yo, su maná estaba corrompido. Si combinábamos nuestras energías para intentar abrir un portal dimensional, la interferencia podría producir cualquier cosa. Tal vez lograríamos abrirlo pero con el riesgo de hacer explotar media academia, o quizás terminaríamos perdidos en algún lugar imposible entre dimensiones.

    Las investigaciones de Loki eran bastante claras en ese aspecto, la brújula debía ser pura y ni Lombard ni yo estábamos cerca de cumplir ese requisito, entonces pensé en Elina, desde nuestro reencuentro había algo que no dejaba de llamarme la atención. A diferencia de Lombard y de mí, nunca sentí corrupción en su energía. Su maná era extraño, inmenso incluso, pero no estaba contaminado por aquella anomalía que tanto nos afectaba.

    Ella podía ser la respuesta pero tampoco podía pedirle que fuera sola, si el portal funcionaba, pensaba cruzarlo personalmente y si algo salía mal, no iba a permitir que cargara con el riesgo por su cuenta. Fue entonces cuando se me ocurrió otra idea, una posibilidad que había evitado considerar durante mucho tiempo, mi forma dracónica. ¿Aun la poseía? ¿También estaría corrupta? ¿Y si todo este tiempo simplemente no me había dado cuenta?

    Si quería viajar junto con Elina, necesitaba saber si no seria un estorbo que solo afectaría el portal. El problema era que no sabía la respuesta. Necesitaba comprobarlo y necesitaba hacerlo lejos de la academia.

    Así que una noche abandoné discretamente el campus, activé mi forma salvaje para desplegar las alas y me lancé al cielo nocturno. El viento golpeó mi rostro mientras me alejaba de las luces de la ciudad. Volé durante horas, atravesando montañas, bosques y kilómetros de océano hasta que finalmente encontré una pequeña isla desierta perdida en medio de la nada , allí aterricé.

    El cielo comenzaba a aclararse, las primeras luces del amanecer aparecían en el horizonte mientras observaba el mar en silencio, todavía tenia dudas. Si mi forma dracónica había sido afectada por la corrupción, significaría que una parte fundamental de mí ya estaba perdida. Respiré profundamente y me concentré, sentí el poder recorriendo cada rincón de mi cuerpo, mis huesos comenzaron a cambiar, mis músculos crecieron la energía se expandió por todo mi ser.
    El proceso continuó hasta que finalmente adopté mi verdadera forma, un pequeño dragón negro. Abrí los ojos, y observé mi cuerpo que no tenia rastras de deformaciones ni corrupción. Solté una carcajada que terminó convirtiéndose en un rugido de alegría, luego extendí las alas y volé, volé tan rápido como pude, sin limitaciones, sin miedo, sin tener que preocuparme por perder el control.

    El océano se convirtió en una mancha borrosa bajo mis patas mientras atravesaba el cielo, por primera vez desde que llegué a este mundo me sentí libre , completamente libre. Descendí cerca de la superficie del agua y observé mi reflejo, seguía siendo joven y mucho más pequeña que los grandes dragones de Makyora como mi padre.

    Todavía soy incapaz de utilizar magia compleja en esta forma pero seguía siendo un dragón y eso era suficiente. Batí las alas una vez más y ascendí hasta superar las nubes.

    El aire se volvió frío, el cielo se abrió a mi alrededor, entonces inhalé profundamente, pude sentir el fuego acumulándose dentro de mí. Mi llama azul, la única habilidad mágica que podía realizar, era vergonzoso pero ahora no me importaba, abrí las fauces y la liberé. El rayo de fuego atravesó el cielo antes de explotar sobre las nubes en una gigantesca detonación de energía azul, la onda expansiva se extendió por kilómetros. Aquello no era un ataque, era una señal, una petición de ayuda entre los dragones.

    Permanecí suspendida en el aire observando cómo los restos luminosos de la explosión desaparecían lentamente en la distancia. Confiando en que alguien la reconociera, Elina. Confiaba que ella pudiera recordar aquel llamado, porque si alguien podía escucharme a través de aquel inmenso mundo... Era ella, Elina Drakon

    No pude dormir después de lo que vi en el Mundo de los Sueños, cada vez que cerraba los ojos volvía a ver las ruinas de la Mansión Azraeth. Intentaba convencerme de que había cometido un error, que quizás había observado otra época o incluso otro mundo, pero en el fondo sabía que no era así. Aquello era real. Algo terrible había ocurrido en Makyora y mientras más tiempo permaneciera aquí sin hacer nada, menos posibilidades tendría de averiguar qué había sucedido. Durante semanas intenté encontrar una forma de abrir un portal real, una y otra vez repasé las investigaciones de Loki, reconstruí cálculos, corregí fórmulas y probé diferentes círculos mágicos, pero siempre llegaba al mismo resultado, mi poder no era suficiente, podía sentirlo, la teoría funcionaba, los cálculos eran correctos, la brújula existía pero el portal requería una cantidad de energía absurda. Mi primera idea fue buscar a Lombard, después de todo, era mi hermano y probablemente la persona más poderosa que conocía. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, peor me parecía la idea, él sufría el mismo problema que yo, su maná estaba corrompido. Si combinábamos nuestras energías para intentar abrir un portal dimensional, la interferencia podría producir cualquier cosa. Tal vez lograríamos abrirlo pero con el riesgo de hacer explotar media academia, o quizás terminaríamos perdidos en algún lugar imposible entre dimensiones. Las investigaciones de Loki eran bastante claras en ese aspecto, la brújula debía ser pura y ni Lombard ni yo estábamos cerca de cumplir ese requisito, entonces pensé en Elina, desde nuestro reencuentro había algo que no dejaba de llamarme la atención. A diferencia de Lombard y de mí, nunca sentí corrupción en su energía. Su maná era extraño, inmenso incluso, pero no estaba contaminado por aquella anomalía que tanto nos afectaba. Ella podía ser la respuesta pero tampoco podía pedirle que fuera sola, si el portal funcionaba, pensaba cruzarlo personalmente y si algo salía mal, no iba a permitir que cargara con el riesgo por su cuenta. Fue entonces cuando se me ocurrió otra idea, una posibilidad que había evitado considerar durante mucho tiempo, mi forma dracónica. ¿Aun la poseía? ¿También estaría corrupta? ¿Y si todo este tiempo simplemente no me había dado cuenta? Si quería viajar junto con Elina, necesitaba saber si no seria un estorbo que solo afectaría el portal. El problema era que no sabía la respuesta. Necesitaba comprobarlo y necesitaba hacerlo lejos de la academia. Así que una noche abandoné discretamente el campus, activé mi forma salvaje para desplegar las alas y me lancé al cielo nocturno. El viento golpeó mi rostro mientras me alejaba de las luces de la ciudad. Volé durante horas, atravesando montañas, bosques y kilómetros de océano hasta que finalmente encontré una pequeña isla desierta perdida en medio de la nada , allí aterricé. El cielo comenzaba a aclararse, las primeras luces del amanecer aparecían en el horizonte mientras observaba el mar en silencio, todavía tenia dudas. Si mi forma dracónica había sido afectada por la corrupción, significaría que una parte fundamental de mí ya estaba perdida. Respiré profundamente y me concentré, sentí el poder recorriendo cada rincón de mi cuerpo, mis huesos comenzaron a cambiar, mis músculos crecieron la energía se expandió por todo mi ser. El proceso continuó hasta que finalmente adopté mi verdadera forma, un pequeño dragón negro. Abrí los ojos, y observé mi cuerpo que no tenia rastras de deformaciones ni corrupción. Solté una carcajada que terminó convirtiéndose en un rugido de alegría, luego extendí las alas y volé, volé tan rápido como pude, sin limitaciones, sin miedo, sin tener que preocuparme por perder el control. El océano se convirtió en una mancha borrosa bajo mis patas mientras atravesaba el cielo, por primera vez desde que llegué a este mundo me sentí libre , completamente libre. Descendí cerca de la superficie del agua y observé mi reflejo, seguía siendo joven y mucho más pequeña que los grandes dragones de Makyora como mi padre. Todavía soy incapaz de utilizar magia compleja en esta forma pero seguía siendo un dragón y eso era suficiente. Batí las alas una vez más y ascendí hasta superar las nubes. El aire se volvió frío, el cielo se abrió a mi alrededor, entonces inhalé profundamente, pude sentir el fuego acumulándose dentro de mí. Mi llama azul, la única habilidad mágica que podía realizar, era vergonzoso pero ahora no me importaba, abrí las fauces y la liberé. El rayo de fuego atravesó el cielo antes de explotar sobre las nubes en una gigantesca detonación de energía azul, la onda expansiva se extendió por kilómetros. Aquello no era un ataque, era una señal, una petición de ayuda entre los dragones. Permanecí suspendida en el aire observando cómo los restos luminosos de la explosión desaparecían lentamente en la distancia. Confiando en que alguien la reconociera, Elina. Confiaba que ella pudiera recordar aquel llamado, porque si alguien podía escucharme a través de aquel inmenso mundo... Era ella, [Elina_Drakon]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
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    Primera parte: https://ficrol.com/posts/387422

    "La Rata de los Dormitorios 2"

    Después de revisar las investigaciones de Loki una y otra vez, terminé llegando siempre a la misma conclusión: yo era la brújula. No importaba cuántas veces repasara los cálculos, las notas o las teorías, todas apuntaban a lo mismo. Un portal estable necesitaba una referencia capaz de reconocer el mundo que buscaba y yo junto con mis hermanos eramos las únicas personas en la Tierra que cumplían con esa condición. Había nacido en Makyora, mi núcleo de maná se había formado allí y mi energía seguía conservando la huella de aquel mundo. Sin embargo, cuanto más convencida estaba de la teoría, más me molestaba una pregunta que no dejaba de rondar mi cabeza. Si Loki había llegado tan lejos en sus investigaciones, ¿por qué nunca publicó todo de forma directa?

    Mientras más pensaba en ello, menos sentido tenía. En lugar de escribir una investigación completa, había repartido información importante entre artículos académicos y novelas de fantasía, obligando a cualquiera que quisiera comprender el conjunto a reconstruirlo pieza por pieza. Era un método tan absurdamente difícil que terminé sospechando que había una razón detrás. Tal vez aquella investigación estaba prohibida y Loki necesitaba ocultarla sin llamar la atención. Tal vez la academia jamás habría permitido publicar ciertas conclusiones. O quizás simplemente era una mujer excéntrica con una obsesión enfermiza por las conspiraciones. Sinceramente, cualquiera de las tres explicaciones me parecía posible.

    Aun así, no estaba dispuesta a intentar abrir un portal sin antes comprobar que la teoría funcionaba. Fue entonces cuando recordé algo que había llamado mi atención en las novelas, en estas aparecía constantemente una referencia al llamado Mundo de los Sueños. Al principio pensé que se trataba de una metáfora filosófica, pero cuanto más leía más claro quedaba que Loki hablaba de algo real. Según sus escritos, no era exactamente un mundo, sino una especie de red que conectaba múltiples realidades, una inmensa telaraña donde innumerables universos estaban unidos por caminos invisibles. La descripción me recordó de inmediato a ciertas experiencias relacionadas con Veythra y el corazón de Akane, aunque aquello parecía mucho más vasto. Según Loki, el Mundo de los Sueños era la forma más segura de explorar otras realidades porque permitía observarlas sin atravesar físicamente las barreras dimensionales. Era como asomarse por una ventana antes de abrir una puerta.

    Me decidí en probarlo, preparé el círculo mágico exactamente como indicaban las investigaciones, revisé varias veces cada símbolo y finalmente me acomodé sobre la cama. No esperaba que funcionara realmente, pero cuando cerré los ojos sentí que algo tiraba de mi conciencia y un instante después me encontré en un lugar imposible de describir. No había suelo ni cielo, solo una inmensa oscuridad atravesada por incontables hilos de luz que se extendían en todas direcciones como una telaraña. Cada hilo parecía conducir a un mundo diferente, cada punto luminoso representaba una realidad distinta y la cantidad de información que percibí fue tan abrumadora que un dolor insoportable atravesó mi cabeza. Apenas pude soportarlo unos segundos antes de despertar de golpe en mi habitación.

    Me tomó varios minutos recuperar el aliento, pero había sido suficiente, la teoría era real. Durante las semanas siguientes me dediqué a perfeccionar el proceso. Modifiqué círculos mágicos, corregí errores, ajusté las fórmulas y repetí los intentos una y otra vez hasta que finalmente logré construir un acceso mucho más estable. La siguiente vez fue diferente. Cuando entré al Mundo de los Sueños seguía sintiendo la inmensidad de aquella red, pero ya no me aplastaba como antes. Podía observarla sin perder la conciencia y fue entonces cuando encontré lo que estaba buscando. Makyora.

    Lo reconocí de inmediato, una de las incontables ventanas de la telaraña se abrió ante mí y sentí una atracción imposible de ignorar. Me lancé hacia ella y al instante me encontré volando sobre los cielos de mi mundo natal. No estaba allí físicamente. Era más parecido a una proyección astral, un sueño o un fantasma incapaz de interactuar con lo que veía, pero no me importó. Después de tanto tiempo había vuelto a casa.

    La emoción apenas me permitió pensar con claridad durante los primeros minutos. Volé sobre montañas, bosques y ciudades familiares, disfrutando de una sensación que creí perdida para siempre. Sin embargo, poco a poco comencé a notar algo extraño. Algunas zonas parecían dañadas, otras estaban demasiado silenciosas, al principio pensé que era un error y llegué a creer que había terminado observando otra época distinta, pero mientras más avanzaba más difícil era ignorar aquella sensación.

    Entonces decidí dirigirme directamente a mi hogar, volé hacia la Mansión Azraeth y cuando la vi, sentí que el corazón se me detenía. La mansión estaba en ruinas, parte de la estructura había colapsado, los jardines habían desaparecido y muchas de las paredes estaban destruidas. Durante varios segundos me quedé inmóvil, incapaz de aceptar lo que estaba viendo. Luego atravesé la entrada y recorrí desesperadamente los pasillos. Busqué habitaciones, salones, patios, cualquier lugar donde pudiera encontrar una señal de vida o una pista sobre lo que había ocurrido. Busqué a mi padre, a los sirvientes, ahora buscaba cualquier cosa pero no encontré nada.

    El silencio era absoluto, mientras avanzaba por aquella mansión destruida sentí cómo el miedo comenzaba a apoderarse de mí. Mi concentración empezó a romperse y la presión en mi mente se volvió cada vez más fuerte. Las imágenes se distorsionaron, los contornos comenzaron a deshacerse y comprendí que estaba perdiendo la conexión. Intenté resistir. Intenté quedarme un poco más. Necesitaba respuestas.

    Pero el impacto fue demasiado grande, la conexión terminó rompiéndose y desperté de golpe en mi habitación, me incorporé sobresaltada, respirando con dificultad y sintiendo las manos temblar. Durante varios segundos permanecí inmóvil mirando la oscuridad del techo mientras intentaba convencerme de que aquello había sido un sueño pero yo sabia que no lo era, lo que había visto era real, algo terrible había ocurrido en Makyora, ahora estaba convencida que tenía que regresar.
    Primera parte: https://ficrol.com/posts/387422 "La Rata de los Dormitorios 2" Después de revisar las investigaciones de Loki una y otra vez, terminé llegando siempre a la misma conclusión: yo era la brújula. No importaba cuántas veces repasara los cálculos, las notas o las teorías, todas apuntaban a lo mismo. Un portal estable necesitaba una referencia capaz de reconocer el mundo que buscaba y yo junto con mis hermanos eramos las únicas personas en la Tierra que cumplían con esa condición. Había nacido en Makyora, mi núcleo de maná se había formado allí y mi energía seguía conservando la huella de aquel mundo. Sin embargo, cuanto más convencida estaba de la teoría, más me molestaba una pregunta que no dejaba de rondar mi cabeza. Si Loki había llegado tan lejos en sus investigaciones, ¿por qué nunca publicó todo de forma directa? Mientras más pensaba en ello, menos sentido tenía. En lugar de escribir una investigación completa, había repartido información importante entre artículos académicos y novelas de fantasía, obligando a cualquiera que quisiera comprender el conjunto a reconstruirlo pieza por pieza. Era un método tan absurdamente difícil que terminé sospechando que había una razón detrás. Tal vez aquella investigación estaba prohibida y Loki necesitaba ocultarla sin llamar la atención. Tal vez la academia jamás habría permitido publicar ciertas conclusiones. O quizás simplemente era una mujer excéntrica con una obsesión enfermiza por las conspiraciones. Sinceramente, cualquiera de las tres explicaciones me parecía posible. Aun así, no estaba dispuesta a intentar abrir un portal sin antes comprobar que la teoría funcionaba. Fue entonces cuando recordé algo que había llamado mi atención en las novelas, en estas aparecía constantemente una referencia al llamado Mundo de los Sueños. Al principio pensé que se trataba de una metáfora filosófica, pero cuanto más leía más claro quedaba que Loki hablaba de algo real. Según sus escritos, no era exactamente un mundo, sino una especie de red que conectaba múltiples realidades, una inmensa telaraña donde innumerables universos estaban unidos por caminos invisibles. La descripción me recordó de inmediato a ciertas experiencias relacionadas con Veythra y el corazón de Akane, aunque aquello parecía mucho más vasto. Según Loki, el Mundo de los Sueños era la forma más segura de explorar otras realidades porque permitía observarlas sin atravesar físicamente las barreras dimensionales. Era como asomarse por una ventana antes de abrir una puerta. Me decidí en probarlo, preparé el círculo mágico exactamente como indicaban las investigaciones, revisé varias veces cada símbolo y finalmente me acomodé sobre la cama. No esperaba que funcionara realmente, pero cuando cerré los ojos sentí que algo tiraba de mi conciencia y un instante después me encontré en un lugar imposible de describir. No había suelo ni cielo, solo una inmensa oscuridad atravesada por incontables hilos de luz que se extendían en todas direcciones como una telaraña. Cada hilo parecía conducir a un mundo diferente, cada punto luminoso representaba una realidad distinta y la cantidad de información que percibí fue tan abrumadora que un dolor insoportable atravesó mi cabeza. Apenas pude soportarlo unos segundos antes de despertar de golpe en mi habitación. Me tomó varios minutos recuperar el aliento, pero había sido suficiente, la teoría era real. Durante las semanas siguientes me dediqué a perfeccionar el proceso. Modifiqué círculos mágicos, corregí errores, ajusté las fórmulas y repetí los intentos una y otra vez hasta que finalmente logré construir un acceso mucho más estable. La siguiente vez fue diferente. Cuando entré al Mundo de los Sueños seguía sintiendo la inmensidad de aquella red, pero ya no me aplastaba como antes. Podía observarla sin perder la conciencia y fue entonces cuando encontré lo que estaba buscando. Makyora. Lo reconocí de inmediato, una de las incontables ventanas de la telaraña se abrió ante mí y sentí una atracción imposible de ignorar. Me lancé hacia ella y al instante me encontré volando sobre los cielos de mi mundo natal. No estaba allí físicamente. Era más parecido a una proyección astral, un sueño o un fantasma incapaz de interactuar con lo que veía, pero no me importó. Después de tanto tiempo había vuelto a casa. La emoción apenas me permitió pensar con claridad durante los primeros minutos. Volé sobre montañas, bosques y ciudades familiares, disfrutando de una sensación que creí perdida para siempre. Sin embargo, poco a poco comencé a notar algo extraño. Algunas zonas parecían dañadas, otras estaban demasiado silenciosas, al principio pensé que era un error y llegué a creer que había terminado observando otra época distinta, pero mientras más avanzaba más difícil era ignorar aquella sensación. Entonces decidí dirigirme directamente a mi hogar, volé hacia la Mansión Azraeth y cuando la vi, sentí que el corazón se me detenía. La mansión estaba en ruinas, parte de la estructura había colapsado, los jardines habían desaparecido y muchas de las paredes estaban destruidas. Durante varios segundos me quedé inmóvil, incapaz de aceptar lo que estaba viendo. Luego atravesé la entrada y recorrí desesperadamente los pasillos. Busqué habitaciones, salones, patios, cualquier lugar donde pudiera encontrar una señal de vida o una pista sobre lo que había ocurrido. Busqué a mi padre, a los sirvientes, ahora buscaba cualquier cosa pero no encontré nada. El silencio era absoluto, mientras avanzaba por aquella mansión destruida sentí cómo el miedo comenzaba a apoderarse de mí. Mi concentración empezó a romperse y la presión en mi mente se volvió cada vez más fuerte. Las imágenes se distorsionaron, los contornos comenzaron a deshacerse y comprendí que estaba perdiendo la conexión. Intenté resistir. Intenté quedarme un poco más. Necesitaba respuestas. Pero el impacto fue demasiado grande, la conexión terminó rompiéndose y desperté de golpe en mi habitación, me incorporé sobresaltada, respirando con dificultad y sintiendo las manos temblar. Durante varios segundos permanecí inmóvil mirando la oscuridad del techo mientras intentaba convencerme de que aquello había sido un sueño pero yo sabia que no lo era, lo que había visto era real, algo terrible había ocurrido en Makyora, ahora estaba convencida que tenía que regresar.
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  • — Nadie me dijo que iba a vivir en una montaña rusa emocional —siempre había vivido en una, solo que ahora tenía excusa para quejarse (?)
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  • Fragmento extraído del rol con Elina Drakon.

    https://ficrol.com/posts/386585

    —Aahh...

    El suspiro del anciano hizo temblar las montañas.

    La roca crujió.

    Los árboles nacidos sobre su cuerpo se mecieron lentamente.

    —Estoy... tan cansado... vieja amiga...

    Sus enormes ojos permanecieron sobre Elina.

    —Cuánta guerra...

    —Cuánta muerte...

    —Cuántos nombres olvidados...

    Su voz sonaba cada vez más lejana.

    Como si hablara desde otro tiempo.

    Desde otro mundo.

    —Este viejo dragón ya no puede sostener más esta paz...

    Un silencio pesado cayó sobre el valle.

    —La paz...

    Sus párpados descendieron lentamente.

    —Es todo lo que anhelo...

    Volvió a mirarme.

    Sus pupilas antiguas reflejaban algo que jamás había visto.

    Esperanza.

    —Fuego...

    —Escarcha...

    Su respiración se volvió irregular.

    —Puede ser...

    —Pero no sola...

    Sus ojos parecieron perderse entre recuerdos imposibles.

    —Ellos creían en la unión...

    Los creadores de mi huevo.

    Los dos elementales que abandonaron la guerra.

    —Lo demostraron...

    Una pequeña carcajada escapó de su garganta.

    —Ha... ha...

    —Sí...

    —Elementos convergentes...

    Su cabeza descendió unos centímetros.

    —Acércate, niña...

    —Deja que estos viejos ojos puedan verte una última vez...

    Tragué saliva.

    Incluso para mí era difícil sostener aquella mirada.

    Pero avancé.

    Paso a paso.

    Hasta quedar frente a él.

    Su tamaño era tan inmenso que apenas podía abarcar una pequeña parte de su rostro.

    Sin embargo, sus ojos me observaban como si yo fuera todo su mundo.

    Durante unos segundos no dijo nada.

    Simplemente me contempló.

    Y sonrió.

    —Ahora lo entiendo...

    Sus palabras apenas fueron un susurro.

    —No naciste para continuar nuestra guerra...

    —Naciste para terminarla...

    El brillo de sus ojos comenzó a apagarse.

    Lentamente.

    Sin dolor.

    Sin miedo.

    Como quien finalmente puede descansar.

    Y entonces ocurrió.

    A mi lado apareció una pequeña figura encapuchada.

    Silenciosa.

    Antigua.

    Un diminuto shinigami.

    No pronunció palabra alguna.

    Ni parecía interesado en nosotros.

    Simplemente caminó hasta el anciano dragón.

    Extendió una pequeña mano.

    Y tomó algo que no podía verse.

    El alma de Terra.

    Pero no se la llevó.

    El pequeño ser observó el núcleo que latía en el pecho del dragón.

    Una última vez.

    Y lo separó cuidadosamente de su cuerpo.

    El corazón mineral del anciano cayó frente a mí.

    El suelo tembló.

    La piedra comenzó a resquebrajarse.

    Runas antiguas aparecieron sobre su superficie.

    Lentamente.

    Muy lentamente.

    El núcleo empezó a transformarse.

    La roca se alargó.

    Se refinó.

    Se condensó.

    Hasta adoptar la forma de un bastón.

    Un bastón de piedra primordial.

    Nacido de la tierra más antigua.

    De la voluntad del último dragón hadeico de ese elemento.

    Lo tomé entre mis manos.

    Y en cuanto mis dedos tocaron la piedra...

    Sentí algo.

    No poder.

    No fuerza.

    No dominio.

    Sentí compañía.

    Como si una montaña entera hubiera decidido caminar a mi lado.

    Por primera vez.

    Fuego.

    Escarcha.

    Y tierra.

    Tres elementos.

    No enfrentados.

    No dominándose unos a otros.

    Sino coexistiendo.

    Terra cerró los ojos.

    Y por primera vez en cuatro mil quinientos millones de años...

    El último dragón de tierra descansó.
    Fragmento extraído del rol con [Elina_Drakon]. https://ficrol.com/posts/386585 —Aahh... El suspiro del anciano hizo temblar las montañas. La roca crujió. Los árboles nacidos sobre su cuerpo se mecieron lentamente. —Estoy... tan cansado... vieja amiga... Sus enormes ojos permanecieron sobre Elina. —Cuánta guerra... —Cuánta muerte... —Cuántos nombres olvidados... Su voz sonaba cada vez más lejana. Como si hablara desde otro tiempo. Desde otro mundo. —Este viejo dragón ya no puede sostener más esta paz... Un silencio pesado cayó sobre el valle. —La paz... Sus párpados descendieron lentamente. —Es todo lo que anhelo... Volvió a mirarme. Sus pupilas antiguas reflejaban algo que jamás había visto. Esperanza. —Fuego... —Escarcha... Su respiración se volvió irregular. —Puede ser... —Pero no sola... Sus ojos parecieron perderse entre recuerdos imposibles. —Ellos creían en la unión... Los creadores de mi huevo. Los dos elementales que abandonaron la guerra. —Lo demostraron... Una pequeña carcajada escapó de su garganta. —Ha... ha... —Sí... —Elementos convergentes... Su cabeza descendió unos centímetros. —Acércate, niña... —Deja que estos viejos ojos puedan verte una última vez... Tragué saliva. Incluso para mí era difícil sostener aquella mirada. Pero avancé. Paso a paso. Hasta quedar frente a él. Su tamaño era tan inmenso que apenas podía abarcar una pequeña parte de su rostro. Sin embargo, sus ojos me observaban como si yo fuera todo su mundo. Durante unos segundos no dijo nada. Simplemente me contempló. Y sonrió. —Ahora lo entiendo... Sus palabras apenas fueron un susurro. —No naciste para continuar nuestra guerra... —Naciste para terminarla... El brillo de sus ojos comenzó a apagarse. Lentamente. Sin dolor. Sin miedo. Como quien finalmente puede descansar. Y entonces ocurrió. A mi lado apareció una pequeña figura encapuchada. Silenciosa. Antigua. Un diminuto shinigami. No pronunció palabra alguna. Ni parecía interesado en nosotros. Simplemente caminó hasta el anciano dragón. Extendió una pequeña mano. Y tomó algo que no podía verse. El alma de Terra. Pero no se la llevó. El pequeño ser observó el núcleo que latía en el pecho del dragón. Una última vez. Y lo separó cuidadosamente de su cuerpo. El corazón mineral del anciano cayó frente a mí. El suelo tembló. La piedra comenzó a resquebrajarse. Runas antiguas aparecieron sobre su superficie. Lentamente. Muy lentamente. El núcleo empezó a transformarse. La roca se alargó. Se refinó. Se condensó. Hasta adoptar la forma de un bastón. Un bastón de piedra primordial. Nacido de la tierra más antigua. De la voluntad del último dragón hadeico de ese elemento. Lo tomé entre mis manos. Y en cuanto mis dedos tocaron la piedra... Sentí algo. No poder. No fuerza. No dominio. Sentí compañía. Como si una montaña entera hubiera decidido caminar a mi lado. Por primera vez. Fuego. Escarcha. Y tierra. Tres elementos. No enfrentados. No dominándose unos a otros. Sino coexistiendo. Terra cerró los ojos. Y por primera vez en cuatro mil quinientos millones de años... El último dragón de tierra descansó.
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  • •Las Crónicas De Fenrir Queen•

    Capítulo 3: La nieta del curandero

    La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas.

    Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida.

    No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara.

    Lo único que recuerdo fue el dolor.

    Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo.

    Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared.

    Aira: —Por fin despiertas.

    Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas.

    Fenrir: —¿Dónde estoy…?

    La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta.

    Aira: —En casa de mi abuelo.

    Tardé un instante en comprenderlo.

    Fenrir: —¿El curandero?

    Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva.

    Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa.

    Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi.

    Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí.

    Curandero: —Veo que ya despertaste.

    Fenrir: —¿Qué ocurrió?

    El anciano suspiró mientras tomaba asiento.

    Curandero: —Te desplomaste.

    Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo.

    Curandero: —Tus heridas están empeorando.

    Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente.

    Fenrir: —¿Puede curarlas?

    El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados.

    Curandero: —No.

    La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando.

    Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían.

    Levanté la cabeza inmediatamente.

    Fenrir: —¿Qué?

    Curandero: —Siguen activas.

    Mi respiración se detuvo durante un instante.

    Fenrir: —¿Activas?

    Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora.

    Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza.

    Curandero: —Las de él se han estabilizado.

    Su dedo apuntó hacia mí.

    Curandero: —Las tuyas no.

    Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta.

    Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar.

    Curandero: —No puedo curarlos.

    La decepción apareció de inmediato.

    Curandero: —Todavía.

    Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza.

    Fenrir: —¿Todavía?

    Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta.

    Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación.

    Aira: —Abuelo…

    Curandero: —Y tú vas a acompañarlos.

    La joven lo miró fijamente.

    Aira: —¿Yo?

    Curandero: —Sí.

    Aira: —¿Y por qué exactamente?

    El anciano me señaló directamente.

    Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno.

    Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio.

    Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo.

    Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada.

    Aira: —Supongo que ya no tengo elección.

    Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.
    •Las Crónicas De Fenrir Queen• Capítulo 3: La nieta del curandero La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas. Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida. No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara. Lo único que recuerdo fue el dolor. Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo. Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared. Aira: —Por fin despiertas. Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas. Fenrir: —¿Dónde estoy…? La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta. Aira: —En casa de mi abuelo. Tardé un instante en comprenderlo. Fenrir: —¿El curandero? Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva. Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa. Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí. Curandero: —Veo que ya despertaste. Fenrir: —¿Qué ocurrió? El anciano suspiró mientras tomaba asiento. Curandero: —Te desplomaste. Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo. Curandero: —Tus heridas están empeorando. Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente. Fenrir: —¿Puede curarlas? El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados. Curandero: —No. La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando. Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían. Levanté la cabeza inmediatamente. Fenrir: —¿Qué? Curandero: —Siguen activas. Mi respiración se detuvo durante un instante. Fenrir: —¿Activas? Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora. Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza. Curandero: —Las de él se han estabilizado. Su dedo apuntó hacia mí. Curandero: —Las tuyas no. Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta. Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar. Curandero: —No puedo curarlos. La decepción apareció de inmediato. Curandero: —Todavía. Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza. Fenrir: —¿Todavía? Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta. Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación. Aira: —Abuelo… Curandero: —Y tú vas a acompañarlos. La joven lo miró fijamente. Aira: —¿Yo? Curandero: —Sí. Aira: —¿Y por qué exactamente? El anciano me señaló directamente. Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno. Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio. Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo. Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada. Aira: —Supongo que ya no tengo elección. Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.
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  • La Dra Luna Steel me ordenó disfrutar de la vida y divertirme.

    No sabía exactamente cómo llevar a cabo ésa tarea, pero paseando por Umbra corp, me topé con unos extraños guanteletes.

    Ubicación: División C

    No debería tocar nada ni hacer nada sin la orden expresa de la Dra Luna... Pero, acaso sus órdenes no eran "divertirse"?

    El caso es que ésos guanteletes llamaban la atención y simplemente me los puse.

    Rápidamente reaccionaron a mi cuerpo, uno se volvió frío cómo la escarcha y el otro ardiente cómo el fuego.

    Cualquier roce con cualquier cosa se destruía sin esfuerzo, las alarmas sonaban sin parar, supongo que era sonido demasiado familiar para mí, debía seguir las órdenes de la Dra, destruir cosas parecía divertido.

    La división H apareció sin previo aviso atacando sin reparos,bun instinto se apoderó de mí, no parecía yo misma.

    La muerte llegó, uno tras otro, montañas de cadáveres de miembros de la división H.

    Finalmente su líder llegó, no es que llegase tarde, es que todo sucedió demasiado rápido.

    No se cómo pasó, pero mi cuerpo cayó al suelo desplomado y lo último que escuché fué al líder de la división H.

    ...: —La maldita alimaña de Steel.

    ...: —Esto es lo que pasa cuando humanizamos a los monstruos.

    Al terminar, escupió con desdén sobre mi cuerpo, mis escamas evaporaron de inmediato la secreción, pero quedaba claro que no era bienvenida.
    La [Luna_I_UMBRA] me ordenó disfrutar de la vida y divertirme. No sabía exactamente cómo llevar a cabo ésa tarea, pero paseando por Umbra corp, me topé con unos extraños guanteletes. Ubicación: División C No debería tocar nada ni hacer nada sin la orden expresa de la Dra Luna... Pero, acaso sus órdenes no eran "divertirse"? El caso es que ésos guanteletes llamaban la atención y simplemente me los puse. Rápidamente reaccionaron a mi cuerpo, uno se volvió frío cómo la escarcha y el otro ardiente cómo el fuego. Cualquier roce con cualquier cosa se destruía sin esfuerzo, las alarmas sonaban sin parar, supongo que era sonido demasiado familiar para mí, debía seguir las órdenes de la Dra, destruir cosas parecía divertido. La división H apareció sin previo aviso atacando sin reparos,bun instinto se apoderó de mí, no parecía yo misma. La muerte llegó, uno tras otro, montañas de cadáveres de miembros de la división H. Finalmente su líder llegó, no es que llegase tarde, es que todo sucedió demasiado rápido. No se cómo pasó, pero mi cuerpo cayó al suelo desplomado y lo último que escuché fué al líder de la división H. ...: —La maldita alimaña de Steel. ...: —Esto es lo que pasa cuando humanizamos a los monstruos. Al terminar, escupió con desdén sobre mi cuerpo, mis escamas evaporaron de inmediato la secreción, pero quedaba claro que no era bienvenida.
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