• — He tenido que volver a usar este traje. Verás es que ahora mismo tengo que mantener un perfil bajo, ¿sabes? Aunque esta electricidad alrededor mía no ayuda...

    ?: No he pedido que me cuentes tu vida, bicho.

    — Es verdad, perdona, Chispitas.

    ?: ¿Cómo me has llamado?

    Sus dedos chisporrotearon aún más y la electricidad aumentó.

    — Oye, tú has empezado, aunque ahora que lo pienso creo que ese apodo ya está pillado... Mia colpa ¡Mierda! No quería decirlo en italiano...

    ?: ¿Qué te pasa con el italiano?

    — Pues... Un momento ¿No has dicho que no querías que te contase mi vida?

    El hombre se quedó en silencio unos segundos, entonces dirigió toda aquella electricidad acumulada hacia Halley.

    — Venga hombre, no es mi culpa que te intereses por la vida de los demás, ¡Si eso es algo bueno!
    — He tenido que volver a usar este traje. Verás es que ahora mismo tengo que mantener un perfil bajo, ¿sabes? Aunque esta electricidad alrededor mía no ayuda... ?: No he pedido que me cuentes tu vida, bicho. — Es verdad, perdona, Chispitas. ?: ¿Cómo me has llamado? Sus dedos chisporrotearon aún más y la electricidad aumentó. — Oye, tú has empezado, aunque ahora que lo pienso creo que ese apodo ya está pillado... Mia colpa ¡Mierda! No quería decirlo en italiano... ?: ¿Qué te pasa con el italiano? — Pues... Un momento ¿No has dicho que no querías que te contase mi vida? El hombre se quedó en silencio unos segundos, entonces dirigió toda aquella electricidad acumulada hacia Halley. — Venga hombre, no es mi culpa que te intereses por la vida de los demás, ¡Si eso es algo bueno!
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  • Everything’s blurry, I don’t wanna worry
    Fandom Hellaverse
    Categoría Otros
    —𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: Husk
    —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙖𝙨𝙖𝙙𝙤
    —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Casino Magic Cat.

    Siempre odió el negocio familiar. En vida, habría dado cualquier cosa para huir de ellos, lejos bien lejos. Pero una vez en el infierno…

    Si, se había reencontrado con su padre, al que en poco tiempo desbancó como cabeza de familia, impresionando así a los antepasados (puesto que prácticamente toda su familia había acabado allí abajo desde hacía generaciones), demostrándole a todos que; Anthony en realidad siempre fue un más que apto hijo de la familia Greco. Solo que no le había dado la real gana. Y realmente, seguía sin ser lo que Anthony, quien ahora era conocido como Ángel Dust quiso pero, si lo que necesitó para sobrevivir. De modo, que finalmente habia acabado por pillarle el gusto; conspiraciones, asesinatos, negocios sucios, engaños, drogas, armas ilegales… Para ahora aquello era su “Gran teatro” y él la estrella que hacía su propio show. Si, ese fue su modo de sobrellevar aquel deseo que siempre tuvo de ser actor y que jamás pudo cumplir, ahora su nueva “vida” era una eterna actuación, llena de glamour y sangre.

    Pero, esa noche se encontraba en el casino no por obligación, si no por cortesía. Tras una reunión de overlords, Husk; el rey de los casinos le había invitado a una noche distendida, jugando y contemplando los espectáculos en compañía del amo del lugar. En opinión de Angel; un viejo cascarrabias pero bastante sexy. Y como el caballero italiano que Ángel era, esa noche acudió acompañado de su escolta y entre ellos su hombre de más confianza: Su hermano mayor, Arackniss. Quien fue el ultimo en morir y acabar en el infierno (aunque fue unos meses después que Ángel) y simplemente se encontró con el percal de que Henroin, su padre ahora era poco más que un “viejo chocho” Segun palabras del propio Ángel y que, era su hermano pequeño, quien nunca quiso nada, quien lo tenía ahora todo ¿La reacción del hermano mayor? Encogerse de hombros y aceptarlo sin más. Pues esa había sido siempre la forma en la que Arackniss se adaptó a un destino que tampoco pidió entre los Greco, pero con el alivio de que ya no tenía que heredar nada, solo ser leal a su hermano menor.

    Con elegancia y presencia, Ángel Dust se adentró en el local con sus hombres, y los trabajadores del casino no tardaron en correr a informar al propietario del lugar que su invitado de honor ya había llegado.
    —𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: [HuSk1] —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙖𝙨𝙖𝙙𝙤 —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Casino Magic Cat. Siempre odió el negocio familiar. En vida, habría dado cualquier cosa para huir de ellos, lejos bien lejos. Pero una vez en el infierno… Si, se había reencontrado con su padre, al que en poco tiempo desbancó como cabeza de familia, impresionando así a los antepasados (puesto que prácticamente toda su familia había acabado allí abajo desde hacía generaciones), demostrándole a todos que; Anthony en realidad siempre fue un más que apto hijo de la familia Greco. Solo que no le había dado la real gana. Y realmente, seguía sin ser lo que Anthony, quien ahora era conocido como Ángel Dust quiso pero, si lo que necesitó para sobrevivir. De modo, que finalmente habia acabado por pillarle el gusto; conspiraciones, asesinatos, negocios sucios, engaños, drogas, armas ilegales… Para ahora aquello era su “Gran teatro” y él la estrella que hacía su propio show. Si, ese fue su modo de sobrellevar aquel deseo que siempre tuvo de ser actor y que jamás pudo cumplir, ahora su nueva “vida” era una eterna actuación, llena de glamour y sangre. Pero, esa noche se encontraba en el casino no por obligación, si no por cortesía. Tras una reunión de overlords, Husk; el rey de los casinos le había invitado a una noche distendida, jugando y contemplando los espectáculos en compañía del amo del lugar. En opinión de Angel; un viejo cascarrabias pero bastante sexy. Y como el caballero italiano que Ángel era, esa noche acudió acompañado de su escolta y entre ellos su hombre de más confianza: Su hermano mayor, Arackniss. Quien fue el ultimo en morir y acabar en el infierno (aunque fue unos meses después que Ángel) y simplemente se encontró con el percal de que Henroin, su padre ahora era poco más que un “viejo chocho” Segun palabras del propio Ángel y que, era su hermano pequeño, quien nunca quiso nada, quien lo tenía ahora todo ¿La reacción del hermano mayor? Encogerse de hombros y aceptarlo sin más. Pues esa había sido siempre la forma en la que Arackniss se adaptó a un destino que tampoco pidió entre los Greco, pero con el alivio de que ya no tenía que heredar nada, solo ser leal a su hermano menor. Con elegancia y presencia, Ángel Dust se adentró en el local con sus hombres, y los trabajadores del casino no tardaron en correr a informar al propietario del lugar que su invitado de honor ya había llegado.
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    Individual
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    Cualquier línea
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    Disponible
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  • Estaba frustrado, perder el tiempo no es uno de mis hobbies, pero tampoco puedo parecer más sospechoso de lo normal.

    Debia admirar habían sido amables al darme un cigarrillo, solían ayudarme a pensar mejor, mientras los oficiales llegaban, y yo pensaba en cuál de todos los grandes problemas que me eh metido me trajo a esta situación, quiero decir acepte venir sin preguntar ni oponerme, por mera diversión pero estoy.... Ya estaba tomando más tiempo del debido.

    El rechinido de la puerta se escuchó minutos después y entrando a la habitación el oficial , no tardó en llegar a la mesa sonriendo como si hubiera atrapado al ratón y arrojó una fotografía sobre la mesa. La imagen estaba en blanco y negro, granulada, tomada desde un ángulo incómodo y a una distancia considerable. En ella, mi silueta apenas se distinguía entre las sombras de un callejón industrial en Sicilia, sosteniendo un cigarrillo a medio encender.

    Observé el papel un par de segundos inclinando ligeramente mi cabeza a la derecha, luego, levanté las manos esposadas con lentitud, llevándome el cigarrillo a los labios para dar una calada profunda. Exhalé el humo directamente hacia el rostro del policía, observando cómo sus ojos se entrecerraban con una mezcla de furia y frustración.

    —¿Eso es todo? —pregunté, deslizando la fotografía con la punta del dedo índice—. Esperaba algo con mejor resolución, Oficial. Mis trajes suelen fotografiar mucho mejor que este desastre de píxeles.

    —No te hagas el gracioso, Malatesta —dijo él, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí para recortar la distancia—. Sabemos que estuviste ahí esa noche. Sabemos de ese negoció en el muelle y sabemos perfectamente qué significa tu apellido en esa zona. Esa foto te sitúa en la escena del crimen.

    Curve mi ceja derecha al escucharlo mirándolo fijamente mientras una sonrisa ligera, casi perezosa, se dibujaba en mis labios.
    —Esa foto me sitúa fumando en un callejón. Nada más —respondí con una calma arrastrada, modulando la voz con una perfecta elegancia aristocrática—. No hay armas en mis manos, no hay bolsas con mercancía, no hay rostros de terceros. Solo soy un empresario italiano disfrutando del aire nocturno. Verá... el problema de la policía es que confunden sus desesperados deseos de atrapar a un Malatesta con pruebas reales.

    —Podemos retenerte, Alessandro. Podemos hacer que esto sea muy largo para ti.—

    Dejé escapar una risa suave, un sonido magnético que carecía por completo de nerviosismo.
    —No, no pueden. Los dos sabemos cómo funciona este juego. Para retenerme más de unas pocas horas necesitan algo que sostenga su teoría ante un juez, y lo único que tiene ahí es un pésimo retrato de mi peor perfil —me incliné un poco hacia adelante, haciendo que las esposas tintinearan sobre la madera—. Mi apellido no solo compra hoteles, Oficial. Compra los mejores bufetes de abogados de Milán y Roma. En el momento en que mi abogado pise esta comisaría, esta fotografía va a terminar en la basura, y usted va a tener que explicarle a sus superiores por qué hizo perder el tiempo a un ciudadano que paga puntualmente sus impuestos.

    El oficial apretó la mandíbula, pero no respondió. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra sus muslos, revelando el sutil pánico de quien sabe que acaba de perder el control de la conversación.
    —Así que hagamos esto más sencillo —continué en un susurro peligrosamente tranquilo, sosteniendo su mirada con mis ojos ámbar—. Guarde la foto, quíteme estas molestas esposas y déjeme terminar mi cigarrillo en paz. No soy un hombre violento, no me gusta la crueldad gratuita... pero detesto que me hagan perder el tiempo con juegos de aficionados.
    Estaba frustrado, perder el tiempo no es uno de mis hobbies, pero tampoco puedo parecer más sospechoso de lo normal. Debia admirar habían sido amables al darme un cigarrillo, solían ayudarme a pensar mejor, mientras los oficiales llegaban, y yo pensaba en cuál de todos los grandes problemas que me eh metido me trajo a esta situación, quiero decir acepte venir sin preguntar ni oponerme, por mera diversión pero estoy.... Ya estaba tomando más tiempo del debido. El rechinido de la puerta se escuchó minutos después y entrando a la habitación el oficial , no tardó en llegar a la mesa sonriendo como si hubiera atrapado al ratón y arrojó una fotografía sobre la mesa. La imagen estaba en blanco y negro, granulada, tomada desde un ángulo incómodo y a una distancia considerable. En ella, mi silueta apenas se distinguía entre las sombras de un callejón industrial en Sicilia, sosteniendo un cigarrillo a medio encender. Observé el papel un par de segundos inclinando ligeramente mi cabeza a la derecha, luego, levanté las manos esposadas con lentitud, llevándome el cigarrillo a los labios para dar una calada profunda. Exhalé el humo directamente hacia el rostro del policía, observando cómo sus ojos se entrecerraban con una mezcla de furia y frustración. —¿Eso es todo? —pregunté, deslizando la fotografía con la punta del dedo índice—. Esperaba algo con mejor resolución, Oficial. Mis trajes suelen fotografiar mucho mejor que este desastre de píxeles. —No te hagas el gracioso, Malatesta —dijo él, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí para recortar la distancia—. Sabemos que estuviste ahí esa noche. Sabemos de ese negoció en el muelle y sabemos perfectamente qué significa tu apellido en esa zona. Esa foto te sitúa en la escena del crimen. Curve mi ceja derecha al escucharlo mirándolo fijamente mientras una sonrisa ligera, casi perezosa, se dibujaba en mis labios. —Esa foto me sitúa fumando en un callejón. Nada más —respondí con una calma arrastrada, modulando la voz con una perfecta elegancia aristocrática—. No hay armas en mis manos, no hay bolsas con mercancía, no hay rostros de terceros. Solo soy un empresario italiano disfrutando del aire nocturno. Verá... el problema de la policía es que confunden sus desesperados deseos de atrapar a un Malatesta con pruebas reales. —Podemos retenerte, Alessandro. Podemos hacer que esto sea muy largo para ti.— Dejé escapar una risa suave, un sonido magnético que carecía por completo de nerviosismo. —No, no pueden. Los dos sabemos cómo funciona este juego. Para retenerme más de unas pocas horas necesitan algo que sostenga su teoría ante un juez, y lo único que tiene ahí es un pésimo retrato de mi peor perfil —me incliné un poco hacia adelante, haciendo que las esposas tintinearan sobre la madera—. Mi apellido no solo compra hoteles, Oficial. Compra los mejores bufetes de abogados de Milán y Roma. En el momento en que mi abogado pise esta comisaría, esta fotografía va a terminar en la basura, y usted va a tener que explicarle a sus superiores por qué hizo perder el tiempo a un ciudadano que paga puntualmente sus impuestos. El oficial apretó la mandíbula, pero no respondió. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra sus muslos, revelando el sutil pánico de quien sabe que acaba de perder el control de la conversación. —Así que hagamos esto más sencillo —continué en un susurro peligrosamente tranquilo, sosteniendo su mirada con mis ojos ámbar—. Guarde la foto, quíteme estas molestas esposas y déjeme terminar mi cigarrillo en paz. No soy un hombre violento, no me gusta la crueldad gratuita... pero detesto que me hagan perder el tiempo con juegos de aficionados.
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  • Il cibo italiano è deliziosamente unico. Adoro cucinare.
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  • Alessandro viajaba en su lujosa camioneta por las calles de la ciudad camino de la escuela de artes donde trabajaba su amigo, el célebre artista Sebastian Rowe, a quien Alessandro conoció en una exposición de sus obras en una galería de arte en Nápoles donde tanto uno como otro quedaron prendados, el uno del arte del otro y el otro de la belleza del contrario, fue así que básicamente Alessandro se convirtió en la musa de Sebastian y éste a su vez, en confidente y amigo del menor, una amistad que se forjó de una forma en la que ninguno de los dos esperaba. Por esa amistad, Alessandro no podía negarse a nada que éste le pidiera y por eso, ahora se encontraba caminando a paso lento por los pasillos de la universidad en busca de la sala en la que lo esperaba su amigo y sus curiosos alumnos.
    La sala era todo lo que se puede esperar de una escuela de artes, el olor a pintura reinaba en el ambiente, en contraste con el caluroso ambiente de fuera, el interior estaba a la temperatura exacta, ni demasiado frío, ni demasiado caliente, justo como al italiano le gustaba, no pudo evitar sonreír, claro que su amigo lo iba a consentir aunque fuera con el aire acondicionado.
    Sebastian entró en la sala y al ver la esbelta figura de su amigo, lo saludó con gran alegría. Intercambiaron un par de palabras hasta que los alumnos empezaron a llegar y Sebastian le indicó a su amigo y modelo que fuera a su oficina, se quitara la ropa y volviera, y Wang así, lo hizo. Una vez desnudo, salió y ocupó su lugar en el sofá en medio de la sala. Miraba con cierto aburrimiento a su alrededor mientras Sebastian daba indicaciones a los alumnos, notaba que algunos lo miraban con morbo, otros como si jamás hubieran visto a un hombre desnudo, pero él se encontraba perfectamente cómodo con su desnudez. Después de todo, era italiano. Recorrió con su mirada a los alumnos que se encontraban ahí y por un breve instante, se quedó fija en un chico que estaba justo frente a él, era...diferente, probablemente era también asiático por los ojos rasgados y el color blanco lechoso de su piel. Le gustó, era lindo. Lo observó un momento mientras veía cómo se preparaba y después, continúo mirando el resto del lugar que lo rodeaba hasta que le ordenaron quedarse quieto para que los chicos pudieran pintarlo.
    Mike Kim
    Alessandro viajaba en su lujosa camioneta por las calles de la ciudad camino de la escuela de artes donde trabajaba su amigo, el célebre artista Sebastian Rowe, a quien Alessandro conoció en una exposición de sus obras en una galería de arte en Nápoles donde tanto uno como otro quedaron prendados, el uno del arte del otro y el otro de la belleza del contrario, fue así que básicamente Alessandro se convirtió en la musa de Sebastian y éste a su vez, en confidente y amigo del menor, una amistad que se forjó de una forma en la que ninguno de los dos esperaba. Por esa amistad, Alessandro no podía negarse a nada que éste le pidiera y por eso, ahora se encontraba caminando a paso lento por los pasillos de la universidad en busca de la sala en la que lo esperaba su amigo y sus curiosos alumnos. La sala era todo lo que se puede esperar de una escuela de artes, el olor a pintura reinaba en el ambiente, en contraste con el caluroso ambiente de fuera, el interior estaba a la temperatura exacta, ni demasiado frío, ni demasiado caliente, justo como al italiano le gustaba, no pudo evitar sonreír, claro que su amigo lo iba a consentir aunque fuera con el aire acondicionado. Sebastian entró en la sala y al ver la esbelta figura de su amigo, lo saludó con gran alegría. Intercambiaron un par de palabras hasta que los alumnos empezaron a llegar y Sebastian le indicó a su amigo y modelo que fuera a su oficina, se quitara la ropa y volviera, y Wang así, lo hizo. Una vez desnudo, salió y ocupó su lugar en el sofá en medio de la sala. Miraba con cierto aburrimiento a su alrededor mientras Sebastian daba indicaciones a los alumnos, notaba que algunos lo miraban con morbo, otros como si jamás hubieran visto a un hombre desnudo, pero él se encontraba perfectamente cómodo con su desnudez. Después de todo, era italiano. Recorrió con su mirada a los alumnos que se encontraban ahí y por un breve instante, se quedó fija en un chico que estaba justo frente a él, era...diferente, probablemente era también asiático por los ojos rasgados y el color blanco lechoso de su piel. Le gustó, era lindo. Lo observó un momento mientras veía cómo se preparaba y después, continúo mirando el resto del lugar que lo rodeaba hasta que le ordenaron quedarse quieto para que los chicos pudieran pintarlo. [myth_white_ape_407]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    CURIOSIDADES DE PENÉLOPE GARCÍA
    Algunas de ellas son sacadas de la wiki.
    1) Mantiene una estricta adhesión al "Código Hacker" de conducta.
    2)Es fanática de los juegos MMORPG y de las novelas de Agatha Christie.
    3)Utiliza exclusivamente un sistema operativo basado en Linux en sus computadoras.
    4)No habla español pese que la gente lo crea por su apellido.
    5) Sabe francés y ahora está aprendiendo italiano.
    6)Es vegetaliana.
    7) Tiene una gran variedad de horquillas y diademas de todos los colores.
    8) Está enamorada de Derek Morgan.
    9) No le gusta hacer ejercicio físico.
    10) Trata a Mia como si fuera su hermana menor.
    11) Su contacto de emergencia es Spencer.
    CURIOSIDADES DE PENÉLOPE GARCÍA ⚠️ Algunas de ellas son sacadas de la wiki. 1) Mantiene una estricta adhesión al "Código Hacker" de conducta. 2)Es fanática de los juegos MMORPG y de las novelas de Agatha Christie. 3)Utiliza exclusivamente un sistema operativo basado en Linux en sus computadoras. 4)No habla español pese que la gente lo crea por su apellido. 5) Sabe francés y ahora está aprendiendo italiano. 6)Es vegetaliana. 7) Tiene una gran variedad de horquillas y diademas de todos los colores. 8) Está enamorada de Derek Morgan. 9) No le gusta hacer ejercicio físico. 10) Trata a Mia como si fuera su hermana menor. 11) Su contacto de emergencia es Spencer.
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  • —¿Te arrepientes? —preguntó Clara dando un trago a su vaso y echando una mirada a Kelly.

    Luchianna, aunque no entendía nada, sostuvo suavemente su pajita con dos dedos mientras bebía y alzó la mirada prestando atención a la americana.

    Kelly suspiró.

    -Me siento tonta, creo que todo ha... cambiado. Me hice ilusiones y... Fue todo culpa mía. Soy idiota...

    Clara se apresuró a traducirle rapidamente a Luchianna y la italiana negó con la cabeza. Colocó una mano sobre la de Kelly haciendo que la italiana la mirase. Y, aunque le habló en italiano y en un principio Kelly no entendió demasiado, agradeció la empatía.

    -Non dire così… non sei stupida. —murmuró Luchianna, apretando suavemente su mano.

    Clara sonrió y, con voz suave, tradujo para Kelly, quien miraba a Luchianna con agradecimiento a pesar de haber entendido solo el contexto.

    -Dice que no eres idiota. Que cuando el corazón habla… es normal creer -dijo- Bueno, la última parte es de mi cosecha...

    Kelly bajó la mirada, negando levemente a pesar de la suave sonrisa en sus labios.

    -Pues debería dejar de hacerlo…

    Luchianna negó con más firmeza y añadió algo más, señalando su pecho y luego a Kelly.

    Clara la observó un segundo antes de traducir:

    -Dice que sentir no es el problema. El problema es quien no sabe qué hacer con lo que siente.

    Kelly alzó la vista, sorprendida.

    —¿Eso ha dicho?

    Clara asintió con una pequeña sonrisa.

    Kelly dejó escapar una risa suave, todavia más triste que otra cosa… pero real.
    —¿Te arrepientes? —preguntó Clara dando un trago a su vaso y echando una mirada a Kelly. Luchianna, aunque no entendía nada, sostuvo suavemente su pajita con dos dedos mientras bebía y alzó la mirada prestando atención a la americana. Kelly suspiró. -Me siento tonta, creo que todo ha... cambiado. Me hice ilusiones y... Fue todo culpa mía. Soy idiota... Clara se apresuró a traducirle rapidamente a Luchianna y la italiana negó con la cabeza. Colocó una mano sobre la de Kelly haciendo que la italiana la mirase. Y, aunque le habló en italiano y en un principio Kelly no entendió demasiado, agradeció la empatía. -Non dire così… non sei stupida. —murmuró Luchianna, apretando suavemente su mano. Clara sonrió y, con voz suave, tradujo para Kelly, quien miraba a Luchianna con agradecimiento a pesar de haber entendido solo el contexto. -Dice que no eres idiota. Que cuando el corazón habla… es normal creer -dijo- Bueno, la última parte es de mi cosecha... Kelly bajó la mirada, negando levemente a pesar de la suave sonrisa en sus labios. -Pues debería dejar de hacerlo… Luchianna negó con más firmeza y añadió algo más, señalando su pecho y luego a Kelly. Clara la observó un segundo antes de traducir: -Dice que sentir no es el problema. El problema es quien no sabe qué hacer con lo que siente. Kelly alzó la vista, sorprendida. —¿Eso ha dicho? Clara asintió con una pequeña sonrisa. Kelly dejó escapar una risa suave, todavia más triste que otra cosa… pero real.
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  • #Undíaenlavidade Derek Morgan

    Como cada mañana el despertador suena a las 5:45, salga a correr hasta el parque Northmark, se encuentra tres calles más arriba del barrio donde resido.
    Al regresar a casa me doy una rápida ducha antes de cambiarme de ropa.
    Desde mi cuarto llega el delicioso aroma del café recién hecho y también de la exquisita comida que prepara mi madre, lleva conmigo dos días.
    Aprovechando que finalmente he cogido los quince días de vacaciones que tanto había reemplazado para cogérmelas.
    Quiero pasar más tiempo con la gente que me importa y quiero, además después de lo que presencie en mis dos últimos casos necesitaba alejarme una pequeña temporada del trabajo y también de mis compañeros.

    -¡Echaba de menos tu deliciosa comida!
    Beso la mejilla derecha de mi madre mientras ella sonríe y nos acabamos abrazando, ninguno de los dos nos lo decimos mucho pero nos hemos echado bastante de menos.
    Soy un idiota por no llamarla más a menudo, es cierto que debido a mi trabajo el cuál se lleva la mayor parte de mi tiempo, me complica.
    En realidad es una de las muchas excusas que me pongo y ya no quiero seguir poniendo excusas a la gente que quiero.

    -Había pensado que podríamos salir a comer fuera y dar un paseo por el barrio.

    Sabía que mi idea la iba a encantar, ayer pasamos el día haciendo un picnic en un parque cercano, recordando los viejos tiempos.

    Primero fuimos a comer a uno de los restaurantes Italianos que suelo ir en los pocos días libres que tengo, luego dimos un paseo por el barrio mientras veíamos algunos escaparates y en otras tiendas entramos directamente.

    Llevo todas las bolsas no me importa llevarlas, reconozco que hacía mucho tiempo que no veía a mi madre tan contenta.

    Hicimos una última parada en una licorería, al principio me costó convencerla para que esta noche me dejará cocinar para ella.

    Es cierto que no soy un magnifico chef, pero me defiendo bastante bien.

    En la licorería compre una botella de vino blanco, combina a la perfección con las majestuosas Langosta que acabe preparando a la perfección.

    -¡Esto no lo has cocinado tú!

    Simplemente esbozo una sonrisa a la vez que le sirvo el plato, no me ha sorprendido en absoluto su comentario.

    -Voy a clases de cocina, por favor pruébalo.

    Mientras un poco a regañadientes termina probando mi plato, destapo el corcho de la botella para servirle un poco en su copa.
    -¿Qué te parece?.

    Le falto ponerse a cantar de pura alegría, yo simplemente no puedo dejar de reír, beber y comer, en compañía de la mejor madre del mundo.
    #Undíaenlavidade Derek Morgan Como cada mañana el despertador suena a las 5:45, salga a correr hasta el parque Northmark, se encuentra tres calles más arriba del barrio donde resido. Al regresar a casa me doy una rápida ducha antes de cambiarme de ropa. Desde mi cuarto llega el delicioso aroma del café recién hecho y también de la exquisita comida que prepara mi madre, lleva conmigo dos días. Aprovechando que finalmente he cogido los quince días de vacaciones que tanto había reemplazado para cogérmelas. Quiero pasar más tiempo con la gente que me importa y quiero, además después de lo que presencie en mis dos últimos casos necesitaba alejarme una pequeña temporada del trabajo y también de mis compañeros. -¡Echaba de menos tu deliciosa comida! Beso la mejilla derecha de mi madre mientras ella sonríe y nos acabamos abrazando, ninguno de los dos nos lo decimos mucho pero nos hemos echado bastante de menos. Soy un idiota por no llamarla más a menudo, es cierto que debido a mi trabajo el cuál se lleva la mayor parte de mi tiempo, me complica. En realidad es una de las muchas excusas que me pongo y ya no quiero seguir poniendo excusas a la gente que quiero. -Había pensado que podríamos salir a comer fuera y dar un paseo por el barrio. Sabía que mi idea la iba a encantar, ayer pasamos el día haciendo un picnic en un parque cercano, recordando los viejos tiempos. Primero fuimos a comer a uno de los restaurantes Italianos que suelo ir en los pocos días libres que tengo, luego dimos un paseo por el barrio mientras veíamos algunos escaparates y en otras tiendas entramos directamente. Llevo todas las bolsas no me importa llevarlas, reconozco que hacía mucho tiempo que no veía a mi madre tan contenta. Hicimos una última parada en una licorería, al principio me costó convencerla para que esta noche me dejará cocinar para ella. Es cierto que no soy un magnifico chef, pero me defiendo bastante bien. En la licorería compre una botella de vino blanco, combina a la perfección con las majestuosas Langosta que acabe preparando a la perfección. -¡Esto no lo has cocinado tú! Simplemente esbozo una sonrisa a la vez que le sirvo el plato, no me ha sorprendido en absoluto su comentario. -Voy a clases de cocina, por favor pruébalo. Mientras un poco a regañadientes termina probando mi plato, destapo el corcho de la botella para servirle un poco en su copa. -¿Qué te parece?. Le falto ponerse a cantar de pura alegría, yo simplemente no puedo dejar de reír, beber y comer, en compañía de la mejor madre del mundo.
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  • Lod atardeceres en Italia son hermosos, mañana iré a recorrer el lugar, es mi primera vez aquí, y todo se ve tan hermoso, que bueno que aprendí italiano estoy ansiosa de que me deparará mañana este bello país
    Lod atardeceres en Italia son hermosos, mañana iré a recorrer el lugar, es mi primera vez aquí, y todo se ve tan hermoso, que bueno que aprendí italiano estoy ansiosa de que me deparará mañana este bello país
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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