• Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces.

    El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana.

    —Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía.

    —Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido.

    Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
    Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces. El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana. —Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía. —Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido. Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
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  • //Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/363531 //

    Hay batallas que, a veces, es mejor no librar.

    ¿Por qué luchar contra algo que parece inevitable? Contra la colisión de dos almas que parecían buscarse sin el permiso de las mentes que las dirigían.
    En aquel amanecer, entre el olor a cera de velas extinguidas y antiguos pergaminos, lo inevitable sucedió.

    El zorro jamás besaba a nadie en los labios. Para un ser milenario como él, un beso no era un simple obsequio: era una promesa de entrega total, un pacto silencioso en el que ofrecía su alma sin reservas. La pasión de aquel beso casi los consumió a ambos. Tanto, que la soberana aún se resistía ante lo evidente, ante lo inevitable.

    ¿Cómo iba a gobernar un reino si no era capaz de gobernarse a sí misma?
    ¿Y cómo iba Kazuo a continuar su lucha, a seguirla a ella, sin que aquello interfiriera con su labor como Kitsune Zenko?

    Tenía responsabilidades que no podía ignorar ni eludir. Y, aun así, no renunciaría a lo que Brattvåg le había concedido: llenar un vacío que creía perdido desde hacía meses. No renunciaría a ella… a la reina escarlata que había logrado que su corazón latiera con la fuerza de quien, por fin, desea seguir viviendo.

    Da igual en que mundo... en que espacio o tiempo. 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 y Kazuo parecían ser almas predestinadas a estar juntas en cualquiera de sus vidas, en cualquier universo en el que ambos existieran.
    //Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/363531 // Hay batallas que, a veces, es mejor no librar. ¿Por qué luchar contra algo que parece inevitable? Contra la colisión de dos almas que parecían buscarse sin el permiso de las mentes que las dirigían. En aquel amanecer, entre el olor a cera de velas extinguidas y antiguos pergaminos, lo inevitable sucedió. El zorro jamás besaba a nadie en los labios. Para un ser milenario como él, un beso no era un simple obsequio: era una promesa de entrega total, un pacto silencioso en el que ofrecía su alma sin reservas. La pasión de aquel beso casi los consumió a ambos. Tanto, que la soberana aún se resistía ante lo evidente, ante lo inevitable. ¿Cómo iba a gobernar un reino si no era capaz de gobernarse a sí misma? ¿Y cómo iba Kazuo a continuar su lucha, a seguirla a ella, sin que aquello interfiriera con su labor como Kitsune Zenko? Tenía responsabilidades que no podía ignorar ni eludir. Y, aun así, no renunciaría a lo que Brattvåg le había concedido: llenar un vacío que creía perdido desde hacía meses. No renunciaría a ella… a la reina escarlata que había logrado que su corazón latiera con la fuerza de quien, por fin, desea seguir viviendo. Da igual en que mundo... en que espacio o tiempo. [Liz_bloodFlame] y Kazuo parecían ser almas predestinadas a estar juntas en cualquiera de sus vidas, en cualquier universo en el que ambos existieran.
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  • ¿un zorro hacerme compañía? Claro... no, no soy humano aunque lo parezco, puedo comprenderte. Si lo que necesitas es alimento, puedo ayudarte.
    ¿un zorro hacerme compañía? Claro... no, no soy humano aunque lo parezco, puedo comprenderte. Si lo que necesitas es alimento, puedo ayudarte.
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  • Desde aquella noche no se habían visto de nuevo.

    Una noche cargada de confesiones donde ambos se mostraron más vulnerables de lo que pretendían. Quizás por eso, al día siguiente y su noche, ni Kazuo ni 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 se vieron. No por querer evitarse, sino quizás porque necesitaban tiempo para asentar los pensamientos y sensaciones de aquella noche.

    Kazuo había dedicado la mayor parte del día a preparar medicinas y atender a Milenka. Había suturado su herida, la cual estaba teniendo una excelente recuperación. Ya podría levantarse y hacer una vida "normal" dentro de las limitaciones; no podría hacer grandes esfuerzos aún.

    Lo que quedó de tarde, Kazuo fue a ver a su caballo. Este estaba más que bien atendido, pero aún así Kazuo era incapaz de estar demasiado tiempo sin verlo; había sido y era su fiel compañero en aquellos meses de viaje.

    La necesidad de Kazuo de visitar pronto su templo se hacía cada vez más latente. Podía usar su magia para entrar y salir del castillo sin ser visto. Pero no quería que la reina sintiera que este podría estar en cualquier momento observando o espiando a través de las sombras, por lo que prefería limitar sus habilidades a lo imprescindible. Así que necesitaba saber cuál era la salida real, aquella salida secreta usada en asedios para escapar la reina y los allegados, siempre y cuando aquella propuesta siguiese en pie.

    Apenas comenzó a despuntar el alba, Kazuo no pudo esperar más. Este no sabía dónde estaría Elizabeth, pero apostaría todo a que aquella obstinada mujer estaría inmersa en sus mapas, libros y pergaminos. Él no sabía dónde se encontraba dicha sala; pero el olor a velas, papel y el propio que Elizabeth dejaba tras de sí guiaban sus pasos con precisión.

    Entre los pasillos se cruzó con algunos consejeros, incluso con Gunar. Quien le dedicó lo que pareció una especie de gruñido de hastío al saludarle el zorro. En general, ninguno de aquellos con los que se había cruzado parecían estar cómodos con su presencia; excepto el servicio, que siempre era amable con él.

    Finalmente llegó a una puerta de madera maciza, donde el olor a pergamino antiguo se hacía más intenso. La puerta estaba entreabierta, por lo que Kazuo la abrió despacio, dando unos pequeños golpecitos con los nudillos para pedir permiso.

    -Su majestad...- se le hacía un poco raro llamarla así desde la noche anterior.

    -Otra noche sin dormir, supongo... Vengo porque necesito hablar sobre mi necesidad de poder salir del castillo. Ya que tengo prohibido salir de este por evitar... revuelos... - dijo el zorro con esa calma tan característica en él.
    Desde aquella noche no se habían visto de nuevo. Una noche cargada de confesiones donde ambos se mostraron más vulnerables de lo que pretendían. Quizás por eso, al día siguiente y su noche, ni Kazuo ni [Liz_bloodFlame] se vieron. No por querer evitarse, sino quizás porque necesitaban tiempo para asentar los pensamientos y sensaciones de aquella noche. Kazuo había dedicado la mayor parte del día a preparar medicinas y atender a Milenka. Había suturado su herida, la cual estaba teniendo una excelente recuperación. Ya podría levantarse y hacer una vida "normal" dentro de las limitaciones; no podría hacer grandes esfuerzos aún. Lo que quedó de tarde, Kazuo fue a ver a su caballo. Este estaba más que bien atendido, pero aún así Kazuo era incapaz de estar demasiado tiempo sin verlo; había sido y era su fiel compañero en aquellos meses de viaje. La necesidad de Kazuo de visitar pronto su templo se hacía cada vez más latente. Podía usar su magia para entrar y salir del castillo sin ser visto. Pero no quería que la reina sintiera que este podría estar en cualquier momento observando o espiando a través de las sombras, por lo que prefería limitar sus habilidades a lo imprescindible. Así que necesitaba saber cuál era la salida real, aquella salida secreta usada en asedios para escapar la reina y los allegados, siempre y cuando aquella propuesta siguiese en pie. Apenas comenzó a despuntar el alba, Kazuo no pudo esperar más. Este no sabía dónde estaría Elizabeth, pero apostaría todo a que aquella obstinada mujer estaría inmersa en sus mapas, libros y pergaminos. Él no sabía dónde se encontraba dicha sala; pero el olor a velas, papel y el propio que Elizabeth dejaba tras de sí guiaban sus pasos con precisión. Entre los pasillos se cruzó con algunos consejeros, incluso con Gunar. Quien le dedicó lo que pareció una especie de gruñido de hastío al saludarle el zorro. En general, ninguno de aquellos con los que se había cruzado parecían estar cómodos con su presencia; excepto el servicio, que siempre era amable con él. Finalmente llegó a una puerta de madera maciza, donde el olor a pergamino antiguo se hacía más intenso. La puerta estaba entreabierta, por lo que Kazuo la abrió despacio, dando unos pequeños golpecitos con los nudillos para pedir permiso. -Su majestad...- se le hacía un poco raro llamarla así desde la noche anterior. -Otra noche sin dormir, supongo... Vengo porque necesito hablar sobre mi necesidad de poder salir del castillo. Ya que tengo prohibido salir de este por evitar... revuelos... - dijo el zorro con esa calma tan característica en él.
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  • Él ya no es mi conejito, sino un zorro peligroso....
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  • // Continuación de https://ficrol.com/posts/361096 //

    Hasta que no fue a ver a su caballo a las caballerizas del castillo, a pesar de su cansancio, no decidió ser llevado a uno de los dormitorios de invitados.

    Era un lugar sencillo, pero acogedor, con una pequeña chimenea encendida que daba calor al interior de la estancia.

    Y tal y como había ordenado la Reina, había agua caliente para su aseo, una cama cómoda y comida que le dejaron elegir a él mismo. Simplemente indicó que comería lo que hubiera siempre y cuando no llevara carne.

    Este se aseó y se colocó un yukata sencillo de algodón, aquel que solía usar para dormir. Pero a pesar de estar cansado, la mente aún le iba a mil por hora, por todo lo acontecido aquella misma tarde atendiendo a Milenka y a la Reina Elizabeth.

    -Inari... ¿Debo estar aquí verdad?... Llevo tiempo sin escuchar tu guía... -murmuró el zorro mirando por la ventana, llevando sus ojos al cielo; observando la calma de las estrellas y la luna en su cuarto creciente. A pesar de la cercanía de la primavera, el frío aún cortaba la piel en aquellas tierras lejanas.

    A Kazuo la llegada de aquella época lo ponía algo más nervioso, más "sensible"... a nivel hormonal. Las consecuencias de ser un zorro, aunque por lo general sabía sobrellevarlo bastante bien si no había nadie en quien se hubiese fijado, por decirlo de alguna forma. ¿Sería diferente esta vez?
    // Continuación de https://ficrol.com/posts/361096 // Hasta que no fue a ver a su caballo a las caballerizas del castillo, a pesar de su cansancio, no decidió ser llevado a uno de los dormitorios de invitados. Era un lugar sencillo, pero acogedor, con una pequeña chimenea encendida que daba calor al interior de la estancia. Y tal y como había ordenado la Reina, había agua caliente para su aseo, una cama cómoda y comida que le dejaron elegir a él mismo. Simplemente indicó que comería lo que hubiera siempre y cuando no llevara carne. Este se aseó y se colocó un yukata sencillo de algodón, aquel que solía usar para dormir. Pero a pesar de estar cansado, la mente aún le iba a mil por hora, por todo lo acontecido aquella misma tarde atendiendo a Milenka y a la Reina Elizabeth. -Inari... ¿Debo estar aquí verdad?... Llevo tiempo sin escuchar tu guía... -murmuró el zorro mirando por la ventana, llevando sus ojos al cielo; observando la calma de las estrellas y la luna en su cuarto creciente. A pesar de la cercanía de la primavera, el frío aún cortaba la piel en aquellas tierras lejanas. A Kazuo la llegada de aquella época lo ponía algo más nervioso, más "sensible"... a nivel hormonal. Las consecuencias de ser un zorro, aunque por lo general sabía sobrellevarlo bastante bien si no había nadie en quien se hubiese fijado, por decirlo de alguna forma. ¿Sería diferente esta vez?
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  • Kazuo no solo era un hombre de palabra, sino que tampoco podía mentir de todas formas.

    La hora de volver a Brattvåg se acercaba.

    No es que estuviese recuperado del todo, aún se veía cansancio en sus ojos, pero sería capaz de ir recuperando lo que le faltaba de fuerzas poco a poco en los próximos días.

    Este llegó a los grandes portones del bastión, por supuesto altamente custodiado. Pero al contrario que la última vez, las puertas se abrieron para él sin objeción alguna.

    Kazuo no era consciente del "revuelo" que había causado en la población por su "exótica" apariencia. Un guardia lo escoltó hasta el castillo, donde le informaron que hasta nueva orden no podría salir de este. Aquello no era muy de su agrado, él era y siempre había sido un alma libre, pero de momento lo aceptaría aquella orden.

    Caminó hasta la puerta del dormitorio donde había quedado con la reina 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 justamente sobre esa hora. La puerta custodiada por dos guardias, uno de ellos aquel que le dejó entrar en la ciudad aquel día. Kazuo los saludó a ambos respetuosamente y entró en la estancia.

    Milenka dormía como era de esperar, pero no había rastro de la reina, lo cual tampoco la pilló demasiado de sorpresa.

    Antes de comenzar sus labores buscó en sus alforjas el saco de dinero que llevaba consigo. Habían registrado y requisado sus cosas al llegar, pero respetaron su dinero, lo cual agradeció profundamente. Este tomó algunas monedas de oro y de plata, volviendo a salir por la puerta donde estaban los guardias. Se dirigió hacia aquél que ya conocía, un joven que de primeras le pareció ser honesto y de buen corazón en su primera impresión aquella noche.

    -No se si tengo la potestad para pediros algo. Pero necesito un favor... En la posada donde fui arrestado la primera noche, dejé a mi caballo en las caballerizas a cargo de un mozo. Es un semental color azabache con un lucero blanco en forma de rombo en su frente.- Kazuo tomó la mano del guardia entregándole una generosa cantidad de dinero.

    -Me gustaría que lo trajeran aquí, es mi fiel compañero y tenerlo lejos me causa angustia. Con este dinero me gustaría que pagasen a la posadera por haberlo tenido allí estos días, déjeles una propina y el resto que sobre quedatelo a por el favor. No tiene que ser ahora si estás ocupado con tu guardia, pero si fuera posible querría a mi caballo de vuelta.- Pidió Kazuo con serenidad, pero con esa pizca de súplica en sus ojos.

    El guardia tomó el dinero, guardándolo a buen recaudo.

    Guardia: -Si no puedo hacerlo yo mismo, intentaré que tu petición sea realizada, se lo prometo.- Dijo el joven con un asentimiento.

    Kazuo inclinó su torso hacia delante en señal de agradecimiento, tal y como marcaban sus costumbres, y le dio nuevamente las gracias por aceptar su petición.

    El zorro volvió dentro, poniéndose de inmediato a preparar los ungüentos y cataplasmas para cambiar vendajes y limpiar nuevamente las heridas. Una vez listas, puso un paño sobre los preparados para dejarlos reposar. Fue hasta la cama, sentándose en el filo de esta. Puso su mano sobre la frente de Milena, quien no tenía fiebre. El toque la despertó lentamente y, al verlo, la arquera se tensó al no reconocerlo de inmediato.

    -¿Cómo has descansado Milenka?, te veo mejor...- Decía Kazuo con calma.

    Ella reconoció aquella voz, esa que le hablaba de forma lejana, que le pedía que no se durmiera. La arqueta se relajó un poco y asintió en silencio.

    -Soy Kazuo, dudo que recuerdes mucho. Fuí quien te trató ayer. Toca retirar la cataplasma y los ungüentos de ayer para remplazarlos con vendas limpias, le informó mientras sacaba sus utensilios para cortar las vendas con más facilidad.

    El zorro corta las vendas con su tijera curvada, con cuidado y manteniendo en todo momento el contacto justo para no incomodar a la joven. Con un paño y agua limpios de ayer, limpió con cuidado, retirando todo lo que puso en el día de ayer. Con otro paño empapado con un poco de sake, limpió bordes y zonas más delicadas y con riesgo de infección. Aquello le escoció un poco, pero era soportable.

    -La herida tiene buen aspecto...- concluyó este examinándola de forma clínica con sus afilados ojos color zafiro.

    Aplicó el nuevo ungüento con delicadeza y, tras acabar, volvió a vendar la zona con vendas limpias con perfección milimétrica.

    -Sigue manteniendo reposo, esta noche, si veo que la herida está fuera de peligro de infección, la coseré para que su cicatrización sea más rápida. - Dijo mientras se ponía en pie y se lavaba las manos en uno de los baldes dispuestos para eso.

    Este caminó nuevamente a la mesa para volver a preparar más medicina, esperando a que la reina finalmente hiciera acto de presencia. Si no lo hacía, lo más probable es que el mismo saliera a buscarla; no solo ella era la obstinada, el zorro no se queda atrás.
    Kazuo no solo era un hombre de palabra, sino que tampoco podía mentir de todas formas. La hora de volver a Brattvåg se acercaba. No es que estuviese recuperado del todo, aún se veía cansancio en sus ojos, pero sería capaz de ir recuperando lo que le faltaba de fuerzas poco a poco en los próximos días. Este llegó a los grandes portones del bastión, por supuesto altamente custodiado. Pero al contrario que la última vez, las puertas se abrieron para él sin objeción alguna. Kazuo no era consciente del "revuelo" que había causado en la población por su "exótica" apariencia. Un guardia lo escoltó hasta el castillo, donde le informaron que hasta nueva orden no podría salir de este. Aquello no era muy de su agrado, él era y siempre había sido un alma libre, pero de momento lo aceptaría aquella orden. Caminó hasta la puerta del dormitorio donde había quedado con la reina [Liz_bloodFlame] justamente sobre esa hora. La puerta custodiada por dos guardias, uno de ellos aquel que le dejó entrar en la ciudad aquel día. Kazuo los saludó a ambos respetuosamente y entró en la estancia. Milenka dormía como era de esperar, pero no había rastro de la reina, lo cual tampoco la pilló demasiado de sorpresa. Antes de comenzar sus labores buscó en sus alforjas el saco de dinero que llevaba consigo. Habían registrado y requisado sus cosas al llegar, pero respetaron su dinero, lo cual agradeció profundamente. Este tomó algunas monedas de oro y de plata, volviendo a salir por la puerta donde estaban los guardias. Se dirigió hacia aquél que ya conocía, un joven que de primeras le pareció ser honesto y de buen corazón en su primera impresión aquella noche. -No se si tengo la potestad para pediros algo. Pero necesito un favor... En la posada donde fui arrestado la primera noche, dejé a mi caballo en las caballerizas a cargo de un mozo. Es un semental color azabache con un lucero blanco en forma de rombo en su frente.- Kazuo tomó la mano del guardia entregándole una generosa cantidad de dinero. -Me gustaría que lo trajeran aquí, es mi fiel compañero y tenerlo lejos me causa angustia. Con este dinero me gustaría que pagasen a la posadera por haberlo tenido allí estos días, déjeles una propina y el resto que sobre quedatelo a por el favor. No tiene que ser ahora si estás ocupado con tu guardia, pero si fuera posible querría a mi caballo de vuelta.- Pidió Kazuo con serenidad, pero con esa pizca de súplica en sus ojos. El guardia tomó el dinero, guardándolo a buen recaudo. Guardia: -Si no puedo hacerlo yo mismo, intentaré que tu petición sea realizada, se lo prometo.- Dijo el joven con un asentimiento. Kazuo inclinó su torso hacia delante en señal de agradecimiento, tal y como marcaban sus costumbres, y le dio nuevamente las gracias por aceptar su petición. El zorro volvió dentro, poniéndose de inmediato a preparar los ungüentos y cataplasmas para cambiar vendajes y limpiar nuevamente las heridas. Una vez listas, puso un paño sobre los preparados para dejarlos reposar. Fue hasta la cama, sentándose en el filo de esta. Puso su mano sobre la frente de Milena, quien no tenía fiebre. El toque la despertó lentamente y, al verlo, la arquera se tensó al no reconocerlo de inmediato. -¿Cómo has descansado Milenka?, te veo mejor...- Decía Kazuo con calma. Ella reconoció aquella voz, esa que le hablaba de forma lejana, que le pedía que no se durmiera. La arqueta se relajó un poco y asintió en silencio. -Soy Kazuo, dudo que recuerdes mucho. Fuí quien te trató ayer. Toca retirar la cataplasma y los ungüentos de ayer para remplazarlos con vendas limpias, le informó mientras sacaba sus utensilios para cortar las vendas con más facilidad. El zorro corta las vendas con su tijera curvada, con cuidado y manteniendo en todo momento el contacto justo para no incomodar a la joven. Con un paño y agua limpios de ayer, limpió con cuidado, retirando todo lo que puso en el día de ayer. Con otro paño empapado con un poco de sake, limpió bordes y zonas más delicadas y con riesgo de infección. Aquello le escoció un poco, pero era soportable. -La herida tiene buen aspecto...- concluyó este examinándola de forma clínica con sus afilados ojos color zafiro. Aplicó el nuevo ungüento con delicadeza y, tras acabar, volvió a vendar la zona con vendas limpias con perfección milimétrica. -Sigue manteniendo reposo, esta noche, si veo que la herida está fuera de peligro de infección, la coseré para que su cicatrización sea más rápida. - Dijo mientras se ponía en pie y se lavaba las manos en uno de los baldes dispuestos para eso. Este caminó nuevamente a la mesa para volver a preparar más medicina, esperando a que la reina finalmente hiciera acto de presencia. Si no lo hacía, lo más probable es que el mismo saliera a buscarla; no solo ella era la obstinada, el zorro no se queda atrás.
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  • //Continuación de https://ficrol.com/posts/359883 //

    "Te has ganado tu vida"

    Fueron las palabras de la reina Elizabeth cuando el zorro cumplió su promesa de salvar a su protegida, Milenka.
    Nunca esperó que su primer día en aquella ciudad, Brattvåg, fuera tan intenso.

    El zorro había llevado su poder de sanación a un punto límite. Era un don que no estaba hecho para compartirse, pero aun así él lo ofrecía a aquellos a quienes deseaba salvar. El agotamiento fue extremo, y para recuperar fuerzas Kazuo necesitaba la energía del bosque. Él daba a la tierra, y la tierra siempre le devolvía el favor.

    En un principio iba a ser escoltado por órdenes de la soberana, pero pidió ir solo. No quería mostrar su vulnerabilidad ni que nadie supiera más de lo necesario sobre él y el poder que albergaba en su interior. Ella cedió después de ver que él había cumplido diligentemente su promesa, a pesar de la sorpresa de descubrir que no era un simple humano.

    Pasó el resto del día y toda la noche en la profundidad del bosque, en soledad, tal como deseaba. La tierra le devolvía poco a poco la fuerza de su sacrificio. Él no exigía nada del bosque; permitía que este le ofreciera su energía de forma voluntaria, al ritmo que la naturaleza considerase adecuado.

    Por la mañana, Kazuo abrió los ojos lentamente. El brillo zafiro había regresado a sus profundos orbes. Su piel marmórea lucía más saludable, y el cabello azabache había recuperado su lustre habitual.
    No estaba completamente recuperado, pero había prometido regresar a Brattvåg para tratar las heridas de la arquera y de Su Majestad, además de ayudar a cualquiera que necesitara sus conocimientos de medicina. Estaba claro que en aquel lugar los curanderos y sanadores brillaban por su ausencia. Estaría algunas horas más allí hasta iniciar su camino de regreso, cumpliendo con la hora acordada con la reina el día anterior.

    Quizás pasar una temporada en aquella ciudad, ofreciendo su ayuda y conocimiento, llenaría el vacío que de pronto le habían arrancado en su hogar; un recuerdo que, por mucho que lo intentase, no lograba recuperar.

    Estar lejos de su hogar no significaba que estuviera exento de su deber como kitsune. Sentiría la llamada de Inari cuando fuera necesario, y a través del bosque podría regresar a su templo para cumplir con su labor de mensajero. Aun así, estaba seguro de que, por alguna razón, seguiría volviendo a la ciudad de Brattvåg, gobernada por la reina de ojos escarlata.
    //Continuación de https://ficrol.com/posts/359883 // "Te has ganado tu vida" Fueron las palabras de la reina Elizabeth cuando el zorro cumplió su promesa de salvar a su protegida, Milenka. Nunca esperó que su primer día en aquella ciudad, Brattvåg, fuera tan intenso. El zorro había llevado su poder de sanación a un punto límite. Era un don que no estaba hecho para compartirse, pero aun así él lo ofrecía a aquellos a quienes deseaba salvar. El agotamiento fue extremo, y para recuperar fuerzas Kazuo necesitaba la energía del bosque. Él daba a la tierra, y la tierra siempre le devolvía el favor. En un principio iba a ser escoltado por órdenes de la soberana, pero pidió ir solo. No quería mostrar su vulnerabilidad ni que nadie supiera más de lo necesario sobre él y el poder que albergaba en su interior. Ella cedió después de ver que él había cumplido diligentemente su promesa, a pesar de la sorpresa de descubrir que no era un simple humano. Pasó el resto del día y toda la noche en la profundidad del bosque, en soledad, tal como deseaba. La tierra le devolvía poco a poco la fuerza de su sacrificio. Él no exigía nada del bosque; permitía que este le ofreciera su energía de forma voluntaria, al ritmo que la naturaleza considerase adecuado. Por la mañana, Kazuo abrió los ojos lentamente. El brillo zafiro había regresado a sus profundos orbes. Su piel marmórea lucía más saludable, y el cabello azabache había recuperado su lustre habitual. No estaba completamente recuperado, pero había prometido regresar a Brattvåg para tratar las heridas de la arquera y de Su Majestad, además de ayudar a cualquiera que necesitara sus conocimientos de medicina. Estaba claro que en aquel lugar los curanderos y sanadores brillaban por su ausencia. Estaría algunas horas más allí hasta iniciar su camino de regreso, cumpliendo con la hora acordada con la reina el día anterior. Quizás pasar una temporada en aquella ciudad, ofreciendo su ayuda y conocimiento, llenaría el vacío que de pronto le habían arrancado en su hogar; un recuerdo que, por mucho que lo intentase, no lograba recuperar. Estar lejos de su hogar no significaba que estuviera exento de su deber como kitsune. Sentiría la llamada de Inari cuando fuera necesario, y a través del bosque podría regresar a su templo para cumplir con su labor de mensajero. Aun así, estaba seguro de que, por alguna razón, seguiría volviendo a la ciudad de Brattvåg, gobernada por la reina de ojos escarlata.
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  • "Entrada a Brattvåg" Ciudad custodiada por 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉

    No sabía cuánto tiempo había pasado viajando. Inevitablemente, aunque él quisiera seguir una ruta natural, el capricho del destino le hacía saltar de un lugar a otro casi sin permiso.

    Estuvo algunos días deambulando por unas tierras que determinó que eran de la zona más occidental. Entre caminos, los campesinos hablaban: Una ciudad había sido atacada, un intento de asedio por parte de una facción enemiga, donde las bajas y los heridos habían sido considerables.

    Kazuo no creía en las casualidades. No era solo un buen sanador por su magia, también lo era por su conocimiento. ¿Podría quizás ayudar a aquella población? ¿Estaba allí por eso? ¿Era la forma en la que el destino intentaba llenar su vacío?

    Este preguntó por los caminos donde estaba aquel lugar. La noche calló sin piedad, aunque para él dirigir a su caballo en la oscuridad no era un impedimento. Hasta que finalmente llegó a las puestas imponentes de la fortaleza que protegía a aquella población.

    En un primer lugar, los guardias tomaron una postura defensiva; era comprensible, más después de haber sido atacado su pueblo. Kazuo llevaba su Katana y Tanto envainados, y en ningún momento hizo amago de usarlos.

    -Mi nombre es Kazuo Aihara... Escuché del ataque que sufrió vuestro pueblo. Soy buen sanador, me gustaría ayudar si lo necesitan.- Explicó Kazuo con esa calma casi contagiosa. Su voz suave, casi aterciopelada hacía bajar las alertas de los guardias. Como buen zorro que era, su labia era una de sus mejores armas.

    Pero aún así, los guardias aún lo miraron con algo de sospecha, o quizás curiosidad. Sus ropajes eran muy diferentes a lo que estaban acostumbrados, y quizás ni siquiera algunos habrían visto a una persona con rasgos orientales en su vida. Aunque fuera involuntario, aquello que estaba cierto era el rechazo.

    -No causaré problemas, y si aún así mi presencia no es necesaria o os incomoda, me iré por el mismo lugar que por el que vine sin réplica alguna. Pero con la verdad en la mano, mi intención es brindar ayuda, no necesito nada cambio de ello, son tiempos difíciles y soy consciente de ello.- Argumentó el zorro con esa calma serena, lo que hacía convencer aún más a aquellos guardias.

    Aún así, hicieron llamar a alguien que estaba algo más por encima de sus competencias. Explicaron el caso del nuevo extranjero y este, con gesto enjuto, hizo una afirmación con la cabeza.

    Superior: -Te tendremos echado el ojo, no es que pases precisamente desapercibido. Hay una posada en el centro de la población donde también podrán atender a tu caballo. Bienvenido...- Dijo aquel hombre corpulento y de voz profunda.

    Kazuo suspiró con algo de alivio. Una cama sonaba bien después de tantos días a la intemperie. Finalmente los grandes portones se abrieron, dando paso al joven y exótico sanador recién llegado a la ciudad. Las noticias no tardarían en hacerse eco entre las tertulias matutinas.
    "Entrada a Brattvåg" Ciudad custodiada por [Liz_bloodFlame] No sabía cuánto tiempo había pasado viajando. Inevitablemente, aunque él quisiera seguir una ruta natural, el capricho del destino le hacía saltar de un lugar a otro casi sin permiso. Estuvo algunos días deambulando por unas tierras que determinó que eran de la zona más occidental. Entre caminos, los campesinos hablaban: Una ciudad había sido atacada, un intento de asedio por parte de una facción enemiga, donde las bajas y los heridos habían sido considerables. Kazuo no creía en las casualidades. No era solo un buen sanador por su magia, también lo era por su conocimiento. ¿Podría quizás ayudar a aquella población? ¿Estaba allí por eso? ¿Era la forma en la que el destino intentaba llenar su vacío? Este preguntó por los caminos donde estaba aquel lugar. La noche calló sin piedad, aunque para él dirigir a su caballo en la oscuridad no era un impedimento. Hasta que finalmente llegó a las puestas imponentes de la fortaleza que protegía a aquella población. En un primer lugar, los guardias tomaron una postura defensiva; era comprensible, más después de haber sido atacado su pueblo. Kazuo llevaba su Katana y Tanto envainados, y en ningún momento hizo amago de usarlos. -Mi nombre es Kazuo Aihara... Escuché del ataque que sufrió vuestro pueblo. Soy buen sanador, me gustaría ayudar si lo necesitan.- Explicó Kazuo con esa calma casi contagiosa. Su voz suave, casi aterciopelada hacía bajar las alertas de los guardias. Como buen zorro que era, su labia era una de sus mejores armas. Pero aún así, los guardias aún lo miraron con algo de sospecha, o quizás curiosidad. Sus ropajes eran muy diferentes a lo que estaban acostumbrados, y quizás ni siquiera algunos habrían visto a una persona con rasgos orientales en su vida. Aunque fuera involuntario, aquello que estaba cierto era el rechazo. -No causaré problemas, y si aún así mi presencia no es necesaria o os incomoda, me iré por el mismo lugar que por el que vine sin réplica alguna. Pero con la verdad en la mano, mi intención es brindar ayuda, no necesito nada cambio de ello, son tiempos difíciles y soy consciente de ello.- Argumentó el zorro con esa calma serena, lo que hacía convencer aún más a aquellos guardias. Aún así, hicieron llamar a alguien que estaba algo más por encima de sus competencias. Explicaron el caso del nuevo extranjero y este, con gesto enjuto, hizo una afirmación con la cabeza. Superior: -Te tendremos echado el ojo, no es que pases precisamente desapercibido. Hay una posada en el centro de la población donde también podrán atender a tu caballo. Bienvenido...- Dijo aquel hombre corpulento y de voz profunda. Kazuo suspiró con algo de alivio. Una cama sonaba bien después de tantos días a la intemperie. Finalmente los grandes portones se abrieron, dando paso al joven y exótico sanador recién llegado a la ciudad. Las noticias no tardarían en hacerse eco entre las tertulias matutinas.
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  • //Todas mis escenas están abiertas a participar en rol a no ser que indique que son cerradas. Aunque soy de individual, no me importa que sea más de un perdonaje, pero que conecten las acciones entre sí y marcar un orden de turno //

    El zorro seguía sin respuesta. Ni el alcohol ni el opio ayudaron a llenar ese vacío. Quizás lo aliviaron momentáneamente.

    Pero no era suficiente.

    Él era mensajero, un puente entre el reino de los Kamis y el mundo mortal. Se encargaba como zorro celestial de recoger las plegarias de los humanos para entregarlas a Inari.

    Él jamás pedía nada para sí mismo. Sentía que había sido más que honrado con su "bendición", con ese poder que nunca pidió pero que por alguna razón le fue concedido.

    Pero ese día formuló una plegaria. Necesitaba respuestas: ¿Qué era ese vacío?, ¿Por qué sentía que le habían arrancado parte de algo que era suyo?, partes que no lograba recordar, y de intentarlo el dolor en su cabeza y pecho se volvía insoportable.

    Pero no tuvo respuestas...

    Pensó en ir directamente al mundo de los espíritus y pedir audiencia a los Kamis en perdón. Pero no había vuelto a ir ni verlos desde aquella vez que fue azotado por desobediencia.Dudaba que sus actos hubiesen sido perdonados en su totalidad como para merecer pedirle algo a los dioses.

    Espero allí, esperaría toda la noche si hiciera falta, en busca de esa respuesta.
    //Todas mis escenas están abiertas a participar en rol a no ser que indique que son cerradas. Aunque soy de individual, no me importa que sea más de un perdonaje, pero que conecten las acciones entre sí y marcar un orden de turno 🙏// El zorro seguía sin respuesta. Ni el alcohol ni el opio ayudaron a llenar ese vacío. Quizás lo aliviaron momentáneamente. Pero no era suficiente. Él era mensajero, un puente entre el reino de los Kamis y el mundo mortal. Se encargaba como zorro celestial de recoger las plegarias de los humanos para entregarlas a Inari. Él jamás pedía nada para sí mismo. Sentía que había sido más que honrado con su "bendición", con ese poder que nunca pidió pero que por alguna razón le fue concedido. Pero ese día formuló una plegaria. Necesitaba respuestas: ¿Qué era ese vacío?, ¿Por qué sentía que le habían arrancado parte de algo que era suyo?, partes que no lograba recordar, y de intentarlo el dolor en su cabeza y pecho se volvía insoportable. Pero no tuvo respuestas... Pensó en ir directamente al mundo de los espíritus y pedir audiencia a los Kamis en perdón. Pero no había vuelto a ir ni verlos desde aquella vez que fue azotado por desobediencia.Dudaba que sus actos hubiesen sido perdonados en su totalidad como para merecer pedirle algo a los dioses. Espero allí, esperaría toda la noche si hiciera falta, en busca de esa respuesta.
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