• 確信できる今だけ重ねて。
    Mikhail Wolfgang

    Mentiría si no dijera que la asfixia lo había perseguido como una sombra durante todo el día.

    Le costaba horrores sostener las notas altas, robando bocanadas de aire en pausas donde no correspondía; era una situación casi nauseabunda de sobrellevar frente a la clase. Pero Yuiichi no se permitiría detenerse. No iba a abandonar a los niños ni a recortarles el tiempo de lección por un "capricho" de su cuerpo. Con el tiempo, Yuiichi se había vuelto un experto en el arte del disimulo: apoyar la espalda recta contra la pared al cantar para liberar el diafragma, sentarse con frecuencia estratégica mientras ellos copiaban de la pizarra verde, o humedecerse los labios de forma constante sin llegar a beber. La restricción de líquidos era una tortura silenciosa; se estaba muriendo de sed en plena primavera, con la boca pastosa y el pecho rugiendo por un alivio que no llegaba.

    Le atormentaba la sensación de derrota cada vez que ayudaba a un alumno con un instrumento de viento. Recordaba con una punzada de fracaso el día que tuvo que soltar la trompeta, incapaz de mantener la presión necesaria sin sentir que el corazón se le salía por la garganta. Fue el inicio de una búsqueda desesperada por un instrumento que lo hiciera tan feliz como el violín, pero solo encontraba ecos de su propia limitación. Un fracaso tras otro.

    Al terminar la jornada, con los ojos irritados por el cansancio y el cuerpo operando casi en reserva, Yuiichi salió al pasillo buscando un poco de aire. Allí se topó con uno de sus alumnos más jóvenes, un pequeño cuya timidez rozaba el miedo, inherente a la de un niño que empieza a hacer cosas nuevas. El niño alguna vez mencionó que su madre era una persona "rara", una palabra casi dignificante, un eufemismo que a Yuiichi le calaba hasta los huesos; él también había lidiado con una madre "rara" en el mejor de los casos. Le dolía ver ese miedo a decepcionar, esa desolación infantil que él conocía tan bien. Se sentía impotente; al final del día, solo era un docente enfermo tratando de no desmoronarse antes de la última campana. Pero el no podía hacer nada, o al menos no mucho.

    El niño se le acercó como si hubiera visto un fantasma, había tratado de explicar algo que sucedía en la entrada de la institución, no en la reja de la entrada, más bien, en la entrada del edificio. Yuiichi se sorprendió al ver que el hombre extraño seguía allí, estático en los límites de la estructura. Con un paso lento y patoso que no podía evitar, casi arrastrando su propia fatiga, solo se acercó para intervenir.

    —Disculpe... —Su voz salió más afónica de lo que pretendía. Se vio obligado a tomar una respiración larga y profunda, una que le dolió en el centro del pecho, antes de continuar. No se atrevió a mirarlo a los ojos de inmediato. En su lugar, fijó la vista en las manos del desconocido, buscando cualquier señal de peligro, y luego en sus pies, tratando de estabilizar su propio equilibrio —Esta es una institución educativa... ¿Tiene a algún familiar aquí que venga a buscar? —Hizo una pausa obligatoria, tomando otra bocanada de aire para que sus pulmones no lo traicionaran, aun manteniendo la formalidad con la que se había criado —Si no es así... ¿podría retirarse, por favor?

    Dios, que día largo.
    確信できる今だけ重ねて。 [MishaWolfgang0] Mentiría si no dijera que la asfixia lo había perseguido como una sombra durante todo el día. Le costaba horrores sostener las notas altas, robando bocanadas de aire en pausas donde no correspondía; era una situación casi nauseabunda de sobrellevar frente a la clase. Pero Yuiichi no se permitiría detenerse. No iba a abandonar a los niños ni a recortarles el tiempo de lección por un "capricho" de su cuerpo. Con el tiempo, Yuiichi se había vuelto un experto en el arte del disimulo: apoyar la espalda recta contra la pared al cantar para liberar el diafragma, sentarse con frecuencia estratégica mientras ellos copiaban de la pizarra verde, o humedecerse los labios de forma constante sin llegar a beber. La restricción de líquidos era una tortura silenciosa; se estaba muriendo de sed en plena primavera, con la boca pastosa y el pecho rugiendo por un alivio que no llegaba. Le atormentaba la sensación de derrota cada vez que ayudaba a un alumno con un instrumento de viento. Recordaba con una punzada de fracaso el día que tuvo que soltar la trompeta, incapaz de mantener la presión necesaria sin sentir que el corazón se le salía por la garganta. Fue el inicio de una búsqueda desesperada por un instrumento que lo hiciera tan feliz como el violín, pero solo encontraba ecos de su propia limitación. Un fracaso tras otro. Al terminar la jornada, con los ojos irritados por el cansancio y el cuerpo operando casi en reserva, Yuiichi salió al pasillo buscando un poco de aire. Allí se topó con uno de sus alumnos más jóvenes, un pequeño cuya timidez rozaba el miedo, inherente a la de un niño que empieza a hacer cosas nuevas. El niño alguna vez mencionó que su madre era una persona "rara", una palabra casi dignificante, un eufemismo que a Yuiichi le calaba hasta los huesos; él también había lidiado con una madre "rara" en el mejor de los casos. Le dolía ver ese miedo a decepcionar, esa desolación infantil que él conocía tan bien. Se sentía impotente; al final del día, solo era un docente enfermo tratando de no desmoronarse antes de la última campana. Pero el no podía hacer nada, o al menos no mucho. El niño se le acercó como si hubiera visto un fantasma, había tratado de explicar algo que sucedía en la entrada de la institución, no en la reja de la entrada, más bien, en la entrada del edificio. Yuiichi se sorprendió al ver que el hombre extraño seguía allí, estático en los límites de la estructura. Con un paso lento y patoso que no podía evitar, casi arrastrando su propia fatiga, solo se acercó para intervenir. —Disculpe... —Su voz salió más afónica de lo que pretendía. Se vio obligado a tomar una respiración larga y profunda, una que le dolió en el centro del pecho, antes de continuar. No se atrevió a mirarlo a los ojos de inmediato. En su lugar, fijó la vista en las manos del desconocido, buscando cualquier señal de peligro, y luego en sus pies, tratando de estabilizar su propio equilibrio —Esta es una institución educativa... ¿Tiene a algún familiar aquí que venga a buscar? —Hizo una pausa obligatoria, tomando otra bocanada de aire para que sus pulmones no lo traicionaran, aun manteniendo la formalidad con la que se había criado —Si no es así... ¿podría retirarse, por favor? Dios, que día largo.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tenlo en cuenta al responder.
    \

    Esto es lo que leeré en el recital:

    \

    Paraíso de liebre submarina.

    Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada.

    Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe.

    A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo.

    Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta.

    No reía, sólo codiciaba lo bello.

    Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez.

    Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas.

    Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón.

    Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban.

    Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente.

    Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza.

    Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras.

    Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado.

    Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma.

    Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas.

    Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora.

    Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría.

    Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes.

    Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron.


    Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos.

    Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza.

    Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros.
    De su nacimiento.

    https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
    \ Esto es lo que leeré en el recital: \ Paraíso de liebre submarina. Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada. Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe. A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo. Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta. No reía, sólo codiciaba lo bello. Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez. Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas. Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón. Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban. Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente. Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza. Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras. Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado. Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma. Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas. Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora. Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría. Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes. Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron. Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos. Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza. Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros. De su nacimiento. https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
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  • La reunión se estaba llevando a cabo, varios habían proclamado su asistencia y compartido varias ideas para comenzar las operaciones que por mucho tiempo el mismo Dr. Dee había ya pospuesto demasiado tiempo debido a la falta de personal y recursos. Y aunque recursos económicos sobraban, sí hacían falta varios elementos de confianza. Habían usado una vieja base Soviética en un búnker abandonado y que ahora el mismo Dee usaba como escondite, uno de los muchos que se había apoderado gracias a la burocracia y gobiernos corruptos a los que lograba convencer sin problema y con gran anonimato.

    No obstante, aquel hombre de azabache vestimenta, compatriota del mismo Doctor había manifestado su descontento, inconformidad y falta de confianza hacia aquel que los convocó en aquella sala. Su impaciencia fue tal que incluso le llevo a actuar violentamente en contra del autoproclamado lider. Éste se mantenía a la espera de una respuesta lógica y convincente para continuar a su lado o seguir de manera independiente:

    "¿Que probabilidades hay de victoria?"
    "¿Cual es la garantía de sus promesas y sueños?"
    "¿Qué garantías habrá de que no serán traicionados?"

    Todo dependía de la respuesta del doctor, pues no solo él, sino aquel sirviente musculoso se preparaba para saltar a la mesa para arrancarle la cabeza al rubio doctor de una buena vez.

    Dʀ Jᴏʜɴ Dᴇᴇ 0̷0̷7̷ ♆
    𝕵𝖆𝖈𝖐 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖎𝖕𝖕𝖊𝖗
    [W1ld_hunter]
    La reunión se estaba llevando a cabo, varios habían proclamado su asistencia y compartido varias ideas para comenzar las operaciones que por mucho tiempo el mismo Dr. Dee había ya pospuesto demasiado tiempo debido a la falta de personal y recursos. Y aunque recursos económicos sobraban, sí hacían falta varios elementos de confianza. Habían usado una vieja base Soviética en un búnker abandonado y que ahora el mismo Dee usaba como escondite, uno de los muchos que se había apoderado gracias a la burocracia y gobiernos corruptos a los que lograba convencer sin problema y con gran anonimato. No obstante, aquel hombre de azabache vestimenta, compatriota del mismo Doctor había manifestado su descontento, inconformidad y falta de confianza hacia aquel que los convocó en aquella sala. Su impaciencia fue tal que incluso le llevo a actuar violentamente en contra del autoproclamado lider. Éste se mantenía a la espera de una respuesta lógica y convincente para continuar a su lado o seguir de manera independiente: "¿Que probabilidades hay de victoria?" "¿Cual es la garantía de sus promesas y sueños?" "¿Qué garantías habrá de que no serán traicionados?" Todo dependía de la respuesta del doctor, pues no solo él, sino aquel sirviente musculoso se preparaba para saltar a la mesa para arrancarle la cabeza al rubio doctor de una buena vez. [JD_007] [Fr0m_H3ll] [W1ld_hunter]
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  • ────Lista para comenzar. Esta raqueta de tenis está ansiosa por romper el marcador... y quizá alguno que otro corazón en el proceso. Así que, pelota, hazme correr un poquito detrás de ti, ¿sí? Yo corro y tú vuelas directo a la victoria. Y, ey, psss... no me traiciones durante el primer saque, ¿trato hecho?
    ────Lista para comenzar. Esta raqueta de tenis está ansiosa por romper el marcador... y quizá alguno que otro corazón en el proceso. Así que, pelota, hazme correr un poquito detrás de ti, ¿sí? Yo corro y tú vuelas directo a la victoria. Y, ey, psss... no me traiciones durante el primer saque, ¿trato hecho?
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  • VINCENT:No puedo hacer esto. Alastor pisoteó mis sentimientos...

    Pero todavía lo amo... Siempre lo amaré.

    Vox:¿Estás dudando? ¿Después de todo lo que te ha hecho?

    Ese dolor solo empeora con cada año que pasa.

    Toma. Esta es un arma forjada con acero angelical.

    Con ella, puedes borrar el alma de un pecador para siempre

    -vincent sostuvo el cuchillo entre sus dedos temblorosos estando a tan solo un paso y una inclinación de matar de una vez por todas al demonio de la radio ya se ganó la confianza de ambos idiotas solo para lograr aquello, su venganza pero después de la convivencia con ellos sus sentimientos se han mezclado entre odio y amor.
    Trago saliva en seco le costaba hacer algo sus sentimientos lo estaban traicionando de nuevo -
    VINCENT:No puedo hacer esto. Alastor pisoteó mis sentimientos... Pero todavía lo amo... Siempre lo amaré. Vox:¿Estás dudando? ¿Después de todo lo que te ha hecho? Ese dolor solo empeora con cada año que pasa. Toma. Esta es un arma forjada con acero angelical. Con ella, puedes borrar el alma de un pecador para siempre -vincent sostuvo el cuchillo entre sus dedos temblorosos estando a tan solo un paso y una inclinación de matar de una vez por todas al demonio de la radio ya se ganó la confianza de ambos idiotas solo para lograr aquello, su venganza pero después de la convivencia con ellos sus sentimientos se han mezclado entre odio y amor. Trago saliva en seco le costaba hacer algo sus sentimientos lo estaban traicionando de nuevo -
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  • Diario — Arriba del puente

    Hoy caminé por el puente como todos.

    Arriba, lo de siempre:
    café con azúcar, pasos apresurados, conversaciones que no se quedan.

    La gente mira sin ver.
    Siente sin bajar.
    Yo me detuve en el centro.

    Debajo del puente el río no descansa.
    Hay un mundo entero fluyendo sin permiso,
    un murmullo constante que nadie quiere escuchar.

    Tomamos café.
    El vapor ascendía —
    pero lo que importa siempre cae.
    Las tazas vacías son pequeñas traiciones.
    Prometen calor y dejan porcelana fría.

    Abrí mi puerta después.
    Arriba del puente, las cosas pendientes.
    Abajo, la corriente.

    Había dispuesto la habitación como quien enciende faroles en la orilla:
    luz tibia, silencio atento,
    una pausa que pedía ser cruzada.

    Pero algunos visitantes caminan el puente sin asomarse.
    No hubo crujido.
    No hubo vértigo.
    Ni una piedra lanzada al agua.

    Arriba del puente, cada uno con lo suyo.
    Lo tuyo es lo tuyo.
    Lo mío…
    fluye debajo.

    Regresé al centro.
    La multitud seguía pasando.
    Los semáforos cambiaban.
    El mundo cumplía su rutina impecable.

    Debajo del puente, en el río,
    hay un mundo de gente.

    Y hoy el agua no se desbordó.
    Pero subió.
    Un centímetro.

    Y eso basta para saber
    que algo estuvo a punto de caer.
    Diario — Arriba del puente Hoy caminé por el puente como todos. Arriba, lo de siempre: café con azúcar, pasos apresurados, conversaciones que no se quedan. La gente mira sin ver. Siente sin bajar. Yo me detuve en el centro. Debajo del puente el río no descansa. Hay un mundo entero fluyendo sin permiso, un murmullo constante que nadie quiere escuchar. Tomamos café. El vapor ascendía — pero lo que importa siempre cae. Las tazas vacías son pequeñas traiciones. Prometen calor y dejan porcelana fría. Abrí mi puerta después. Arriba del puente, las cosas pendientes. Abajo, la corriente. Había dispuesto la habitación como quien enciende faroles en la orilla: luz tibia, silencio atento, una pausa que pedía ser cruzada. Pero algunos visitantes caminan el puente sin asomarse. No hubo crujido. No hubo vértigo. Ni una piedra lanzada al agua. Arriba del puente, cada uno con lo suyo. Lo tuyo es lo tuyo. Lo mío… fluye debajo. Regresé al centro. La multitud seguía pasando. Los semáforos cambiaban. El mundo cumplía su rutina impecable. Debajo del puente, en el río, hay un mundo de gente. Y hoy el agua no se desbordó. Pero subió. Un centímetro. Y eso basta para saber que algo estuvo a punto de caer.
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  • Soundtrack: https://youtu.be/WbA9Ro_7ynE?si=uFBH5-LJSV-Sz20k

    El blues se filtraba por sus venas como veneno dulce.

    Blues del infierno no era solo música. Era un pulso. Un llamado. Cada nota raspaba algo dentro de ella, encendiendo ese lugar oscuro que nunca dormía… ese lugar que la hacía sentir peligrosamente viva.

    Se detuvo bajo la luz moribunda de un farol. Sus dedos temblaron apenas, no por debilidad, sino por anticipación. Su pecho se alzó en una respiración lenta, profunda, como si estuviera inhalando la canción misma.

    Era como una droga que siempre la llevaba al cielo.

    Podía oírlos detrás.

    Los cazadores intentaban ser silenciosos, pero sus corazones los traicionaban. Latían rápido. Desordenados. Asustados, aunque todavía fingían no estarlo.

    La sonrisa no tardó en aparecer en su rostro, llena de emoción excitante.

    La música la hacía olvidar el paso del tiempo. El peso de los siglos. El vacío constante. Por unos segundos, no era un monstruo ni una maldición… era hambre. Era impulso. Era instinto puro.

    Uno de ellos levantó el arma. El clic fue suficiente.

    Más que una amenaza, fue una revelación que la guerra había iniciado.

    El cazador no tuvo tiempo de gritar cuando la pelinegra apareció frente a él, tan cerca que pudo ver el terror naciendo en sus ojos. Ese momento exacto en que comprendía que había cometido el peor error de su vida.

    Lo sostuvo con una calma inquietante, inclinando apenas la cabeza, como si escuchara la música desde dentro de su sangre.

    ♧ ¿Lo oyes?… -susurró, su voz apenas un aliento frío -También es tu final -Sus colmillos descendieron sin prisa.

    La sangre brotó caliente, viva… y la canción se volvió más intensa. Más brillante. Más real.

    Sus ojos se cerraron mientras bebía, y por un instante, el mundo tuvo sentido.

    El cuerpo cayó cuando dejó de latir.

    Los demás retrocedieron, temblando ahora sin vergüenza.

    Ella por su parte levantó el rostro, con la respiración más profunda, los labios manchados, los ojos encendidos con algo cercano al éxtasis.

    La música seguía sonando al igual que su corazón.

    Avanzó hacia ellos con pasos lentos, seguros… como alguien que no solo disfrutaba la cacería, sino que la necesitaba.

    Porque el blues no calmaba al monstruo.

    Lo hacía volar.
    Soundtrack: https://youtu.be/WbA9Ro_7ynE?si=uFBH5-LJSV-Sz20k El blues se filtraba por sus venas como veneno dulce. Blues del infierno no era solo música. Era un pulso. Un llamado. Cada nota raspaba algo dentro de ella, encendiendo ese lugar oscuro que nunca dormía… ese lugar que la hacía sentir peligrosamente viva. Se detuvo bajo la luz moribunda de un farol. Sus dedos temblaron apenas, no por debilidad, sino por anticipación. Su pecho se alzó en una respiración lenta, profunda, como si estuviera inhalando la canción misma. Era como una droga que siempre la llevaba al cielo. Podía oírlos detrás. Los cazadores intentaban ser silenciosos, pero sus corazones los traicionaban. Latían rápido. Desordenados. Asustados, aunque todavía fingían no estarlo. La sonrisa no tardó en aparecer en su rostro, llena de emoción excitante. La música la hacía olvidar el paso del tiempo. El peso de los siglos. El vacío constante. Por unos segundos, no era un monstruo ni una maldición… era hambre. Era impulso. Era instinto puro. Uno de ellos levantó el arma. El clic fue suficiente. Más que una amenaza, fue una revelación que la guerra había iniciado. El cazador no tuvo tiempo de gritar cuando la pelinegra apareció frente a él, tan cerca que pudo ver el terror naciendo en sus ojos. Ese momento exacto en que comprendía que había cometido el peor error de su vida. Lo sostuvo con una calma inquietante, inclinando apenas la cabeza, como si escuchara la música desde dentro de su sangre. ♧ ¿Lo oyes?… -susurró, su voz apenas un aliento frío -También es tu final -Sus colmillos descendieron sin prisa. La sangre brotó caliente, viva… y la canción se volvió más intensa. Más brillante. Más real. Sus ojos se cerraron mientras bebía, y por un instante, el mundo tuvo sentido. El cuerpo cayó cuando dejó de latir. Los demás retrocedieron, temblando ahora sin vergüenza. Ella por su parte levantó el rostro, con la respiración más profunda, los labios manchados, los ojos encendidos con algo cercano al éxtasis. La música seguía sonando al igual que su corazón. Avanzó hacia ellos con pasos lentos, seguros… como alguien que no solo disfrutaba la cacería, sino que la necesitaba. Porque el blues no calmaba al monstruo. Lo hacía volar.
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    Si mis puentes fueran tus pasos;
    quien se atrevería a irradiar tus misterios.
    Abiertos, concisos; irrumpidos por la paz de las provincias.
    Quién erradicaría el confín de tu sonrisa;
    Tú, Príncipe sin Sonrisa; desgana sonrosada;
    Ameritada a repartir el perentorio de tu sobriedad;
    el hedor de tus misterios;
    la fina gala gallardía de tu carne;
    decoro nupcial de tus mañanas;
    Quien fuera mañana abierta con el ego de la tarde;
    Y la tarde que hace el amor con la noche;
    y sonroja a las estrellas;
    de entre todas las cosas que conozco;
    tu amor traicionero;
    me dice; eres un corazón salvaje;
    que besa el verso raso de los cisnes e interrumpe;
    el oleaje del mar;
    ese de fortuna conocida;
    sea el ego tus misterios;
    mis abismos conocidos;
    brindaría el ingenio que he puesto al ingenuo conjurado;
    en lo más alto de tu testa;
    y que fuera quién fuera el fuere de la resta;
    lo más airoso conocido;
    de mi confín conocido;
    como el arropo de tus reconocidos;
    misterios de control;
    abrumado alumbramiento.
    --- Si mis puentes fueran tus pasos; quien se atrevería a irradiar tus misterios. Abiertos, concisos; irrumpidos por la paz de las provincias. Quién erradicaría el confín de tu sonrisa; Tú, Príncipe sin Sonrisa; desgana sonrosada; Ameritada a repartir el perentorio de tu sobriedad; el hedor de tus misterios; la fina gala gallardía de tu carne; decoro nupcial de tus mañanas; Quien fuera mañana abierta con el ego de la tarde; Y la tarde que hace el amor con la noche; y sonroja a las estrellas; de entre todas las cosas que conozco; tu amor traicionero; me dice; eres un corazón salvaje; que besa el verso raso de los cisnes e interrumpe; el oleaje del mar; ese de fortuna conocida; sea el ego tus misterios; mis abismos conocidos; brindaría el ingenio que he puesto al ingenuo conjurado; en lo más alto de tu testa; y que fuera quién fuera el fuere de la resta; lo más airoso conocido; de mi confín conocido; como el arropo de tus reconocidos; misterios de control; abrumado alumbramiento.
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  • Mi piel todavía arde En todos los lugares que has tocado tan consciente No dejas lugar para esconderte No anoche No esta vez

    Cierro los ojos para que el mundo no pueda verme. Y dibujar la silueta de una bailarina en mi cabeza No puedo mirar a través de tus ojos Pero mi mente traiciona la mía

    ¿Debería morir de hambre sin marcar? ¿O confesar mi ceguera? todavía me duelen los ojos Luchando persiguiendo, persiguiendo luces mientras se forman siluetas detrás de mí
    Déjalos ir.

    Esta vez esperando un cambio No puedo luchar contra estas cadenas de todos los días. sangro para evitar el dolor Cada día me desvanezco más

    Desvanecerse un poco más Cierro los ojos para que el mundo no pueda verme. Y dibujar la silueta de una bailarina en mi cabeza No puedo mirar a través de tus ojos Pero mi mente traiciona la mía ¿Debería morir de hambre sin marcar? ¿O confesar mi ceguera?
    Mi piel todavía arde En todos los lugares que has tocado tan consciente No dejas lugar para esconderte No anoche No esta vez Cierro los ojos para que el mundo no pueda verme. Y dibujar la silueta de una bailarina en mi cabeza No puedo mirar a través de tus ojos Pero mi mente traiciona la mía ¿Debería morir de hambre sin marcar? ¿O confesar mi ceguera? todavía me duelen los ojos Luchando persiguiendo, persiguiendo luces mientras se forman siluetas detrás de mí Déjalos ir. Esta vez esperando un cambio No puedo luchar contra estas cadenas de todos los días. sangro para evitar el dolor Cada día me desvanezco más Desvanecerse un poco más Cierro los ojos para que el mundo no pueda verme. Y dibujar la silueta de una bailarina en mi cabeza No puedo mirar a través de tus ojos Pero mi mente traiciona la mía ¿Debería morir de hambre sin marcar? ¿O confesar mi ceguera?
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  • *no podía cree lo que estaba escuchando cuánto más lo escuchaba más mi cuerpo reaccionaba.Mi respiración se volvió errática y pesada, con la sensibilidad a flor de piel. Me oculté tras mi mano, tratando de sofocar el calor que subía por mi cuello, pero mi cuerpo me traicionaba con cada nueva vibración que escuchaba. Esas sacudidas involuntarias me dejaban sin aliento, sumido en un desconcierto absoluto; era una batalla perdida entre mi mente, que intentaba procesar el audio, y mis instintos, que solo querían entregarse.*

    ༒𓂀 𝔸𝕝𝕒𝕤𝕥𝕠𝕣 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖆𝖉𝖎𝖔 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓𓂀༒
    *no podía cree lo que estaba escuchando cuánto más lo escuchaba más mi cuerpo reaccionaba.Mi respiración se volvió errática y pesada, con la sensibilidad a flor de piel. Me oculté tras mi mano, tratando de sofocar el calor que subía por mi cuello, pero mi cuerpo me traicionaba con cada nueva vibración que escuchaba. Esas sacudidas involuntarias me dejaban sin aliento, sumido en un desconcierto absoluto; era una batalla perdida entre mi mente, que intentaba procesar el audio, y mis instintos, que solo querían entregarse.* [Alastor_rabbit]
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