• El Juicio del Purgador
    Fandom Oc
    Categoría Acción
    Zelk Hagok💧

    *Estaba esposado mágicamente con grilletes sobrenaturales en los pies y manos para no poder escapar, sin embargo, el mayor peso que llevaba en el alma, era el haber decepcionado a Bianca Bianca Auditore y a Shane Shane Miller. Quizás ya no me verían nunca más a los ojos. Quizás ya no las vuelva a ver. Quizás sus vidas serían mejor sin mi presencia, ya que solo les traigo problemas. Incluso hasta mi mente me traiciona con esos pensamientos.*

    *En ese momento, después de eones, volvía a aquella palestra, a aquel campo de batalla Verbal donde en antaño se tomaban las desiciones de como se debía moldear el universo, aún vacío, solamente la energía incesante de los 5 soles que rigen el poder como estrellas insaciables ante el cosmos.*

    *Aún con la cabeza baja observé la vieja sala de Reuniones, y a pesar de todo, no pude evitar soltar cierto sarcasmo.*

    "Parece que aún no te encuentras con el resto Dromar....."
    [Zelkhagok01] *Estaba esposado mágicamente con grilletes sobrenaturales en los pies y manos para no poder escapar, sin embargo, el mayor peso que llevaba en el alma, era el haber decepcionado a Bianca [Freaky_Ghost_Ovni_531] y a Shane [ShaneMiller2000]. Quizás ya no me verían nunca más a los ojos. Quizás ya no las vuelva a ver. Quizás sus vidas serían mejor sin mi presencia, ya que solo les traigo problemas. Incluso hasta mi mente me traiciona con esos pensamientos.* *En ese momento, después de eones, volvía a aquella palestra, a aquel campo de batalla Verbal donde en antaño se tomaban las desiciones de como se debía moldear el universo, aún vacío, solamente la energía incesante de los 5 soles que rigen el poder como estrellas insaciables ante el cosmos.* *Aún con la cabeza baja observé la vieja sala de Reuniones, y a pesar de todo, no pude evitar soltar cierto sarcasmo.* "Parece que aún no te encuentras con el resto Dromar....."
    Tipo
    Individual
    Líneas
    9999
    Estado
    Disponible
    Me shockea
    Me gusta
    Me entristece
    Me emputece
    8
    3 turnos 0 maullidos
  • —¿Qué objeto tiene, por qué razón debería seguir luchando por avanzar si siempre es mi culpa?


    —Se sentía como si las cosas malas que le sucedian, fueran totalmente planificadas para destrozar lo ya roto, como si dios deseara enviarle una pequeña gota de felicidad para luego obligarlo a ahogarse en un mar de tragedias, decepciónes, traiciones y manipulaciónes, el ya no era un simple niño, pero aún así, era tan fácil de engañar como uno, y eso era lo que más le molestaba siempre—
    —¿Qué objeto tiene, por qué razón debería seguir luchando por avanzar si siempre es mi culpa? —Se sentía como si las cosas malas que le sucedian, fueran totalmente planificadas para destrozar lo ya roto, como si dios deseara enviarle una pequeña gota de felicidad para luego obligarlo a ahogarse en un mar de tragedias, decepciónes, traiciones y manipulaciónes, el ya no era un simple niño, pero aún así, era tan fácil de engañar como uno, y eso era lo que más le molestaba siempre—
    0 turnos 0 maullidos
  • La Inquisidora vengativa
    Fandom Star Wars Jedi Survival
    Categoría Acción
    No nací inquisidora.

    Yo era una padawan.

    Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola.

    Mi maestro lo notaba.

    —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía.

    Yo asentía. Pero nunca lo solté.

    Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió.

    No fue una batalla. Fue una masacre.

    Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy.

    Sobreviví.

    Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí.

    Una presencia distinta.

    Oscura. Precisa. Fría.

    El Gran Inquisidor me encontró.

    No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado.

    —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.”

    Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón.

    Estaba sola.

    La Orden había caído.

    Y yo… no quería morir.

    Así que acepté.

    Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi.

    No hubo paciencia. No hubo equilibrio.

    Solo dolor.

    El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar.

    —“Eso es. Aferrate a eso” —decía.

    Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger.

    Y cuando terminó… ya no era una padawan.

    Me dieron un nombre nuevo.

    Sexta Hermana.

    Pero hay algo que nunca le dije a nadie.

    No estoy completamente sola.

    En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice.

    Lo reparé.

    Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno.

    Lo llamo VY-6.

    No es solo una herramienta.

    Es… compañía.

    A veces le hablo.

    —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?”

    Siempre responde igual. Un pitido suave.

    Simple. Honesto.

    Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas.

    Un Jedi sobreviviente.

    Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente.

    VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado.

    —“Lo encontramos” —susurré.

    El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado.

    —“Todavía podés volver” —me dijo.

    No entendía.

    Nadie vuelve.

    Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar.

    No luché como una Jedi.

    Luché como algo más.

    VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo.

    Eso fue suficiente.

    Un solo corte.

    Silencio.

    Cuando cayó… esperé sentir algo.

    Satisfacción. Poder.

    Pero no.

    Solo… vacío.

    Miré mis manos. El sable. La arena.

    —“¿Esto es todo…?” murmuré.

    VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace.

    Por un instante… recordé quién era.

    Sutury.

    Pero ese nombre… ya no me pertenece.

    Activé el comunicador.

    —“Objetivo eliminado.”

    Mi voz no tembló.

    Nunca tiembla.

    Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
    No nací inquisidora. Yo era una padawan. Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola. Mi maestro lo notaba. —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía. Yo asentía. Pero nunca lo solté. Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió. No fue una batalla. Fue una masacre. Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy. Sobreviví. Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí. Una presencia distinta. Oscura. Precisa. Fría. El Gran Inquisidor me encontró. No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado. —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.” Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón. Estaba sola. La Orden había caído. Y yo… no quería morir. Así que acepté. Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi. No hubo paciencia. No hubo equilibrio. Solo dolor. El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar. —“Eso es. Aferrate a eso” —decía. Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger. Y cuando terminó… ya no era una padawan. Me dieron un nombre nuevo. Sexta Hermana. Pero hay algo que nunca le dije a nadie. No estoy completamente sola. En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice. Lo reparé. Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno. Lo llamo VY-6. No es solo una herramienta. Es… compañía. A veces le hablo. —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?” Siempre responde igual. Un pitido suave. Simple. Honesto. Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas. Un Jedi sobreviviente. Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente. VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado. —“Lo encontramos” —susurré. El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado. —“Todavía podés volver” —me dijo. No entendía. Nadie vuelve. Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar. No luché como una Jedi. Luché como algo más. VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo. Eso fue suficiente. Un solo corte. Silencio. Cuando cayó… esperé sentir algo. Satisfacción. Poder. Pero no. Solo… vacío. Miré mis manos. El sable. La arena. —“¿Esto es todo…?” murmuré. VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace. Por un instante… recordé quién era. Sutury. Pero ese nombre… ya no me pertenece. Activé el comunicador. —“Objetivo eliminado.” Mi voz no tembló. Nunca tiembla. Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    Me endiabla
    2
    1 turno 0 maullidos
  • 𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐆𝐮𝐞𝐫𝐫𝐚 𝐜𝐢𝐯𝐢𝐥". (𝐍𝐚𝐫𝐫𝐚𝐝𝐚 𝐞𝐧 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐚 𝐭𝐚𝐛𝐞𝐫𝐧𝐚 𝐝𝐞 𝐦𝐚𝐥𝐚𝐦𝐮𝐞𝐭𝐞, 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐫𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚 𝐜𝐨𝐩𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐦𝐚𝐬)

    La lluvia de flechas oscureció el cielo por un instante. Yo avanzaba entre el barro y los cuerpos caídos, la espada larga en la mano derecha y el escudo negro en la izquierda. El tabardo azul sobre la armadura estaba ya rasgado y cubierto de sangre ajena. No sentía nada. Solo el peso del acero, el crujido de las placas al moverse y el olor metálico que impregnaba el aire.

    Habíamos marchado tres días sin descanso para llegar a las murallas de Valthar. El señor de la ciudad había traicionado a su propio rey y ahora sus huestes defendían el castillo en la colina. Yo no luchaba por el rey, ni por la justicia. Solo caminaba hacia donde el camino me llevaba, y ese día el camino terminaba allí.
    Choqué contra la primera línea enemiga. Mi espada atravesó el yelmo de un hombre que gritaba algo que no me importó escuchar. El siguiente intentó cortarme las piernas; le abrí el pecho desde el hombro hasta la cadera con un solo golpe descendente. El acero entraba y salía sin resistencia.

    Una lanza me atravesó el muslo izquierdo. La arranqué sin detenerme. La sangre corría por dentro de la greba, tibia al principio, fría después. Seguí avanzando, un hacha me golpeó el hombro derecho y sentí cómo se rompía la clavícula. El dolor era distante, como un recuerdo viejo. Giré y decapité al portador del hacha. Su cabeza rodó entre las piernas de sus compañeros.

    Llegué hasta el pie de la muralla, los defensores arrojaban piedras y aceite hirviendo. Una roca del tamaño de un torso me impactó en pleno pecho y me derribó. El mundo se volvió negro por un segundo. Me levanté. La armadura estaba abollada, pero el cuerpo ya se estaba reparando. Siempre lo hacía.

    Subí por una escalera de asedio que apenas se sostenía. En la muralla, un caballero con sobrevesta roja me esperaba. Cruzamos espadas, sus golpes eran precisos, entrenados, los míos eran simples, mecánicos. Le atravesé el visor del yelmo en el quinto choque. Cayó hacia atrás, sobre sus propios hombres. Entonces llegó la flecha, entró por debajo del casco, justo en la base del cráneo. Sentí el metal romper hueso y luego la oscuridad absoluta. Caí desde lo alto de la muralla.

    Solo habia silencio. Minutos después abrí los ojos. Estaba tirado entre los muertos, con el cuello torcido en un ángulo imposible. Los huesos crujieron al recolocarse. Me puse de pie lentamente. La flecha seguía clavada; la arranqué sin prisa. Sangre fresca brotó y se detuvo casi al instante.

    A mi alrededor la batalla continuaba. Nadie había notado que un hombre había muerto y regresado. Tomé la espada que yacía junto a un cadáver sin cabeza y seguí caminando hacia la puerta principal del castillo. En mi no habiarabia ni cansancio. Solo el siguiente paso, y el siguiente, y el siguiente. Mientras los vivos gritaban y morían, yo simplemente seguía existiendo.
    𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐆𝐮𝐞𝐫𝐫𝐚 𝐜𝐢𝐯𝐢𝐥". (𝐍𝐚𝐫𝐫𝐚𝐝𝐚 𝐞𝐧 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐚 𝐭𝐚𝐛𝐞𝐫𝐧𝐚 𝐝𝐞 𝐦𝐚𝐥𝐚𝐦𝐮𝐞𝐭𝐞, 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐫𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚 𝐜𝐨𝐩𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐦𝐚𝐬) La lluvia de flechas oscureció el cielo por un instante. Yo avanzaba entre el barro y los cuerpos caídos, la espada larga en la mano derecha y el escudo negro en la izquierda. El tabardo azul sobre la armadura estaba ya rasgado y cubierto de sangre ajena. No sentía nada. Solo el peso del acero, el crujido de las placas al moverse y el olor metálico que impregnaba el aire. Habíamos marchado tres días sin descanso para llegar a las murallas de Valthar. El señor de la ciudad había traicionado a su propio rey y ahora sus huestes defendían el castillo en la colina. Yo no luchaba por el rey, ni por la justicia. Solo caminaba hacia donde el camino me llevaba, y ese día el camino terminaba allí. Choqué contra la primera línea enemiga. Mi espada atravesó el yelmo de un hombre que gritaba algo que no me importó escuchar. El siguiente intentó cortarme las piernas; le abrí el pecho desde el hombro hasta la cadera con un solo golpe descendente. El acero entraba y salía sin resistencia. Una lanza me atravesó el muslo izquierdo. La arranqué sin detenerme. La sangre corría por dentro de la greba, tibia al principio, fría después. Seguí avanzando, un hacha me golpeó el hombro derecho y sentí cómo se rompía la clavícula. El dolor era distante, como un recuerdo viejo. Giré y decapité al portador del hacha. Su cabeza rodó entre las piernas de sus compañeros. Llegué hasta el pie de la muralla, los defensores arrojaban piedras y aceite hirviendo. Una roca del tamaño de un torso me impactó en pleno pecho y me derribó. El mundo se volvió negro por un segundo. Me levanté. La armadura estaba abollada, pero el cuerpo ya se estaba reparando. Siempre lo hacía. Subí por una escalera de asedio que apenas se sostenía. En la muralla, un caballero con sobrevesta roja me esperaba. Cruzamos espadas, sus golpes eran precisos, entrenados, los míos eran simples, mecánicos. Le atravesé el visor del yelmo en el quinto choque. Cayó hacia atrás, sobre sus propios hombres. Entonces llegó la flecha, entró por debajo del casco, justo en la base del cráneo. Sentí el metal romper hueso y luego la oscuridad absoluta. Caí desde lo alto de la muralla. Solo habia silencio. Minutos después abrí los ojos. Estaba tirado entre los muertos, con el cuello torcido en un ángulo imposible. Los huesos crujieron al recolocarse. Me puse de pie lentamente. La flecha seguía clavada; la arranqué sin prisa. Sangre fresca brotó y se detuvo casi al instante. A mi alrededor la batalla continuaba. Nadie había notado que un hombre había muerto y regresado. Tomé la espada que yacía junto a un cadáver sin cabeza y seguí caminando hacia la puerta principal del castillo. En mi no habiarabia ni cansancio. Solo el siguiente paso, y el siguiente, y el siguiente. Mientras los vivos gritaban y morían, yo simplemente seguía existiendo.
    Me gusta
    Me encocora
    Me shockea
    11
    0 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial.

    A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución.

    A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora.

    Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca.

    — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo —

    La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo.

    — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío—

    El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.

    — Koldun —

    Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real.

    — Acaba con esto —

    El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden.
    Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial. A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución. A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora. Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca. — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo — La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo. — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío— El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar. — Koldun — Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real. — Acaba con esto — El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden. Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
    Me shockea
    3
    0 comentarios 0 compartidos
  • Dicen que domino las mareas… y no mienten.
    Pero ignoran que no es el océano lo que obedece a mi voluntad, sino la corriente más silenciosa y traicionera: la que habita en cada ser vivo.

    No lo uso para someter, ni para destruir… aunque podría.

    Lo guardo como se guarda un pecado antiguo: en silencio, en lo profundo… donde nadie pueda verme temblar.
    Dicen que domino las mareas… y no mienten. Pero ignoran que no es el océano lo que obedece a mi voluntad, sino la corriente más silenciosa y traicionera: la que habita en cada ser vivo. No lo uso para someter, ni para destruir… aunque podría. Lo guardo como se guarda un pecado antiguo: en silencio, en lo profundo… donde nadie pueda verme temblar.
    Me gusta
    5
    0 turnos 0 maullidos
  • -Usando las ropas antiguas de un pasado distante, la androide se topo con el líder de los vigilantes de la galaxia, sabía lo fuerte que él es y posiblemente, esa fuerza les sera de ayuda en una próxima batalla qué se acerca.

    12B ya había puesto al tanto a la comandante de la fuerza que tiene Ashveil, siente que puede confiar en él, pues se ve que no parece ser de los que traicione, pese al los riesgos que esa alianza podría traer, aun asi la androide se arriesgaría. -
    -Usando las ropas antiguas de un pasado distante, la androide se topo con el líder de los vigilantes de la galaxia, sabía lo fuerte que él es y posiblemente, esa fuerza les sera de ayuda en una próxima batalla qué se acerca. 12B ya había puesto al tanto a la comandante de la fuerza que tiene Ashveil, siente que puede confiar en él, pues se ve que no parece ser de los que traicione, pese al los riesgos que esa alianza podría traer, aun asi la androide se arriesgaría. -
    Me gusta
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • —Ugh... —mira el traje como si Felicia le hubiera traicionado—. Vale, Parker, concéntrate. Es solo un... cambio táctico. Temporal. MUY temporal.

    —He peleado contra alienígenas, robots, villanos con tentáculos y... ¿esto es lo que me derrota?
    —Ugh... —mira el traje como si Felicia le hubiera traicionado—. Vale, Parker, concéntrate. Es solo un... cambio táctico. Temporal. MUY temporal. —He peleado contra alienígenas, robots, villanos con tentáculos y... ¿esto es lo que me derrota?
    Me enjaja
    Me gusta
    Me encocora
    5
    1 turno 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ****Edad del Caos****
    "Elun’Kaor, la Hija del Monstruo"

    La guerra había cambiado, ya no era solo Ozma contra los dioses ahora eran pueblos enteros luchando por sobrevivir, razas obligadas a elegir un bando y traiciones nacidas del miedo.

    Yen lo sabía por eso, cuando recibió el aviso de que una de las ciudades liberadas estaba a punto de caer, no dudó.

    Ozma no iría con ella, Helior Prime había aparecido y eso solo significaba una cosa:
    era una trampa. Los Dioses querian dividir sus fuerzas pero aun asi Yen avanzó.

    No tenía opción, los ciudadanos no corrían, no gritaban, esperaban. Fue entonces cuando lo entendió.

    Esto no es un rescate -Murmuró Yen.-

    Las puertas se abrieron s lo que salió de ellas no eran refugiados, eran enemigos, humanos armados, criaturas deformadas, Demonios con marcas que no les pertenecían.

    Nos vendieron… -Susurró uno de los Kijin.-

    No... No nos vendieron, eligieron un bando. -Respondio Yen.-

    Los dioses les habían ofrecido poder y ellos aceptaron. La batalla comenzó sin tregua. Fue un día entero sin descanso, sin pausas.

    Yen luchaba al frente, como siempre, su espada cortaba, su cuerpo resistía, su mente calculaba pero no era suficiente. Los demonios no caían como deberían, se regeneraban, se retorcían y se levantaban. El poder de los dioses mezclado con el poder oscuro de estos. Era una aberración.

    Al caer la noche los Kijin empezaron a caer uno a uno, Onix seguía en pie, cubierta de sangre y agotada. Yen respiraba con dificultad, su brazo mecánico crujía, su cuerpo ya no respondía igual y por primera vez en años penso que esta vez nadie de su grupo se salvaría

    -Pero entonces levanto la vista a la luna llena observándola.- Padre… -Susurró, apretando los dientes- Dame fuerza.

    -Pero no fue a él a quien sintió, fue calor suave y familiar.- Madre…?! -La luz la envolvió, su piel cambió, la oscuridad verde desapareció y en su lugar… una figura de luz plateada emergio

    Su cabello era plateado y brillante, ojos claros... Una Elunai completa. Los Kijin retrocedieron, porque no entendían lo que veían pero aun asi, lo sabian en el fondo.

    "Es ella…"

    Yen no dudó, se lanzó, ahora diferente, su espada ya no solo cortaba, Quemaba y purificaba. La magia de sanación fluía por su cuerpo pero no sanaba... Destruía.

    Los demonios gritaban, sus cuerpos se deshacían bajo una luz que no debería matar. Y ahí, algo comenzó a romperse dentro de ella. La luna no estaba hecha para eso, ese poder no era para destruir, Yen lo forzó, lo torció y lo usó como arma.

    -Su cabello plateado se oscureció, al lado de sus ojos se marcaba en rojo. Los Elunai que observaban desde lejos lo entendieron al instante.- "Elun’Kaor… Una corrupta… La hija del monstruo".

    Pero Yen ya no escuchaba, ni siquiera era consiente de su propio apariencia, solo avanzaba y destruía. Un demonio mayor cargó contra ella.

    Gigantesco, deforme, gritando, Yen levantó su brazo mecánico y lo detuvo en seco con un poderoso golpe. El impacto rompió el suelo, el aire explotó y luego del golpeó el cuerpo del demonio se desintegró.

    Pero algo más también se rompió, su brazo mecánico estalló en pedazos. Onix lo vio y grito asustada: ¡YEN!

    Pero Yen no se detuvo, gritó. Fue un grito que no era de este mundo, su poder se disparó, su cuerpo creció, músculos, fuerza, furia y entonces… sintió algo nuevo donde no había nada. Algo nació, era carne, hueso, sangre... Su brazo regenerándose demasiado rápido,, demasiado violento.

    Yen estaba completa, vio a sus enemigos y sonrió con sed de sangre... La batalla terminó poco después no porque ganaran, sino porque no quedó nada con que combatir.

    Yen cayó de rodillas, su cuerpo volvió a la normalidad. Piel verde, respiración rota.
    Había ganado, sí, pero en el fondo algo no estaba bien.
    ****Edad del Caos**** "Elun’Kaor, la Hija del Monstruo" La guerra había cambiado, ya no era solo Ozma contra los dioses ahora eran pueblos enteros luchando por sobrevivir, razas obligadas a elegir un bando y traiciones nacidas del miedo. Yen lo sabía por eso, cuando recibió el aviso de que una de las ciudades liberadas estaba a punto de caer, no dudó. Ozma no iría con ella, Helior Prime había aparecido y eso solo significaba una cosa: era una trampa. Los Dioses querian dividir sus fuerzas pero aun asi Yen avanzó. No tenía opción, los ciudadanos no corrían, no gritaban, esperaban. Fue entonces cuando lo entendió. Esto no es un rescate -Murmuró Yen.- Las puertas se abrieron s lo que salió de ellas no eran refugiados, eran enemigos, humanos armados, criaturas deformadas, Demonios con marcas que no les pertenecían. Nos vendieron… -Susurró uno de los Kijin.- No... No nos vendieron, eligieron un bando. -Respondio Yen.- Los dioses les habían ofrecido poder y ellos aceptaron. La batalla comenzó sin tregua. Fue un día entero sin descanso, sin pausas. Yen luchaba al frente, como siempre, su espada cortaba, su cuerpo resistía, su mente calculaba pero no era suficiente. Los demonios no caían como deberían, se regeneraban, se retorcían y se levantaban. El poder de los dioses mezclado con el poder oscuro de estos. Era una aberración. Al caer la noche los Kijin empezaron a caer uno a uno, Onix seguía en pie, cubierta de sangre y agotada. Yen respiraba con dificultad, su brazo mecánico crujía, su cuerpo ya no respondía igual y por primera vez en años penso que esta vez nadie de su grupo se salvaría -Pero entonces levanto la vista a la luna llena observándola.- Padre… -Susurró, apretando los dientes- Dame fuerza. -Pero no fue a él a quien sintió, fue calor suave y familiar.- Madre…?! -La luz la envolvió, su piel cambió, la oscuridad verde desapareció y en su lugar… una figura de luz plateada emergio Su cabello era plateado y brillante, ojos claros... Una Elunai completa. Los Kijin retrocedieron, porque no entendían lo que veían pero aun asi, lo sabian en el fondo. "Es ella…" Yen no dudó, se lanzó, ahora diferente, su espada ya no solo cortaba, Quemaba y purificaba. La magia de sanación fluía por su cuerpo pero no sanaba... Destruía. Los demonios gritaban, sus cuerpos se deshacían bajo una luz que no debería matar. Y ahí, algo comenzó a romperse dentro de ella. La luna no estaba hecha para eso, ese poder no era para destruir, Yen lo forzó, lo torció y lo usó como arma. -Su cabello plateado se oscureció, al lado de sus ojos se marcaba en rojo. Los Elunai que observaban desde lejos lo entendieron al instante.- "Elun’Kaor… Una corrupta… La hija del monstruo". Pero Yen ya no escuchaba, ni siquiera era consiente de su propio apariencia, solo avanzaba y destruía. Un demonio mayor cargó contra ella. Gigantesco, deforme, gritando, Yen levantó su brazo mecánico y lo detuvo en seco con un poderoso golpe. El impacto rompió el suelo, el aire explotó y luego del golpeó el cuerpo del demonio se desintegró. Pero algo más también se rompió, su brazo mecánico estalló en pedazos. Onix lo vio y grito asustada: ¡YEN! Pero Yen no se detuvo, gritó. Fue un grito que no era de este mundo, su poder se disparó, su cuerpo creció, músculos, fuerza, furia y entonces… sintió algo nuevo donde no había nada. Algo nació, era carne, hueso, sangre... Su brazo regenerándose demasiado rápido,, demasiado violento. Yen estaba completa, vio a sus enemigos y sonrió con sed de sangre... La batalla terminó poco después no porque ganaran, sino porque no quedó nada con que combatir. Yen cayó de rodillas, su cuerpo volvió a la normalidad. Piel verde, respiración rota. Había ganado, sí, pero en el fondo algo no estaba bien.
    0 comentarios 1 compartido
  • Sombras sobre Ciudad Pentagrama
    Fandom Hazbin y DMC
    Categoría Suspenso
    Conejo Blanco Demon

    ⟩ En las entrañas de la Ciudad Pentagrama, específicamente dentro de los límites del Anillo del Orgullo, la información es la moneda de cambio más valiosa, aunque también la más traicionera. Navegar por sus calles en busca de secretos es como caminar por un campo minado; los rumores florecen en cada esquina, pero la veracidad es un lujo que pocos pueden confirmar.
    Era un secreto a voces que, si alguien deseaba desentrañar la verdad absoluta sobre cualquier habitante o suceso del inframundo, debía acudir al Demonio de la Radio. Sin embargo, Alastor no es un ente que se deje encontrar por casualidad, y aquellos que se cruzaban en su camino rara vez vivían para relatar la experiencia, a menos que estuvieran dispuestos a hipotecar su existencia mediante un contrato. No obstante, una anomalía se percibía en el ambiente; una perturbación sutil que incluso el poderoso Overlord podía sentir. El aire mismo parecía cargado con un presagio desconocido, una señal de que algo estaba por cambiar, dejando incluso al astuto Alastor en la incertidumbre sobre el origen de tal fenómeno.⟨
    [echo_red_magpie_559] ⟩ En las entrañas de la Ciudad Pentagrama, específicamente dentro de los límites del Anillo del Orgullo, la información es la moneda de cambio más valiosa, aunque también la más traicionera. Navegar por sus calles en busca de secretos es como caminar por un campo minado; los rumores florecen en cada esquina, pero la veracidad es un lujo que pocos pueden confirmar. Era un secreto a voces que, si alguien deseaba desentrañar la verdad absoluta sobre cualquier habitante o suceso del inframundo, debía acudir al Demonio de la Radio. Sin embargo, Alastor no es un ente que se deje encontrar por casualidad, y aquellos que se cruzaban en su camino rara vez vivían para relatar la experiencia, a menos que estuvieran dispuestos a hipotecar su existencia mediante un contrato. No obstante, una anomalía se percibía en el ambiente; una perturbación sutil que incluso el poderoso Overlord podía sentir. El aire mismo parecía cargado con un presagio desconocido, una señal de que algo estaba por cambiar, dejando incluso al astuto Alastor en la incertidumbre sobre el origen de tal fenómeno.⟨
    Tipo
    Individual
    Líneas
    6
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    Me encocora
    Me shockea
    8
    45 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados