Diario — Arriba del puente

Hoy caminé por el puente como todos.

Arriba, lo de siempre:
café con azúcar, pasos apresurados, conversaciones que no se quedan.

La gente mira sin ver.
Siente sin bajar.
Yo me detuve en el centro.

Debajo del puente el río no descansa.
Hay un mundo entero fluyendo sin permiso,
un murmullo constante que nadie quiere escuchar.

Tomamos café.
El vapor ascendía —
pero lo que importa siempre cae.
Las tazas vacías son pequeñas traiciones.
Prometen calor y dejan porcelana fría.

Abrí mi puerta después.
Arriba del puente, las cosas pendientes.
Abajo, la corriente.

Había dispuesto la habitación como quien enciende faroles en la orilla:
luz tibia, silencio atento,
una pausa que pedía ser cruzada.

Pero algunos visitantes caminan el puente sin asomarse.
No hubo crujido.
No hubo vértigo.
Ni una piedra lanzada al agua.

Arriba del puente, cada uno con lo suyo.
Lo tuyo es lo tuyo.
Lo mío…
fluye debajo.

Regresé al centro.
La multitud seguía pasando.
Los semáforos cambiaban.
El mundo cumplía su rutina impecable.

Debajo del puente, en el río,
hay un mundo de gente.

Y hoy el agua no se desbordó.
Pero subió.
Un centímetro.

Y eso basta para saber
que algo estuvo a punto de caer.
Diario — Arriba del puente Hoy caminé por el puente como todos. Arriba, lo de siempre: café con azúcar, pasos apresurados, conversaciones que no se quedan. La gente mira sin ver. Siente sin bajar. Yo me detuve en el centro. Debajo del puente el río no descansa. Hay un mundo entero fluyendo sin permiso, un murmullo constante que nadie quiere escuchar. Tomamos café. El vapor ascendía — pero lo que importa siempre cae. Las tazas vacías son pequeñas traiciones. Prometen calor y dejan porcelana fría. Abrí mi puerta después. Arriba del puente, las cosas pendientes. Abajo, la corriente. Había dispuesto la habitación como quien enciende faroles en la orilla: luz tibia, silencio atento, una pausa que pedía ser cruzada. Pero algunos visitantes caminan el puente sin asomarse. No hubo crujido. No hubo vértigo. Ni una piedra lanzada al agua. Arriba del puente, cada uno con lo suyo. Lo tuyo es lo tuyo. Lo mío… fluye debajo. Regresé al centro. La multitud seguía pasando. Los semáforos cambiaban. El mundo cumplía su rutina impecable. Debajo del puente, en el río, hay un mundo de gente. Y hoy el agua no se desbordó. Pero subió. Un centímetro. Y eso basta para saber que algo estuvo a punto de caer.
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