• 𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧
    — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳

    「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」
    ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧*
    Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche.
    "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊".

    Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada.
    Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻.

    —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼?
    —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡

    ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua.
    ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello.

    ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽.

    ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración.
    ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo?

    ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente.

    ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo.
    ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más.
    ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..."

    ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento.
    ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa?
    ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
    𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧ — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳 「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」 ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧* Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche. "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊". Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada. Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻. —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼? —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡ ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua. ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello. ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽. ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración. ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo? ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente. ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo. ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más. ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..." ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento. ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa? ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
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  • 『 Es otro de esos días, la cabeza me traiciona y el recuerdo fluye tan vivo que disimular se volvió un hábito: ponerme la máscara y avanzar con una sonrisa, con el pecho por escudo.

    Hace mucho que deje de preguntarme por la obviedad de los hechos. Ya no cuestionó, no me quejo, simplemente vivo con ello resignado al pasado con un futuro incierto.

    Que te recuerde de vez en cuando o casi siempre es una forma de mantenerme ocupado cuando se hace insoportable.

    He buscado la muerte, saltar al sacrificio con la esperanza de acabar con todo y por fin liberarme del cuerpo terrenal. Pero mi cuerpo... ¡Jah!. Se sigue aferrando a respirar.

    Y cada respiro me asfixia más.

    Por cuánto tiempo podré poner el dominio mental por encima de lo emocional, quien sabe.

    No busco solucionar esto. No busco una muerte gloriosa o que mi nombre pase a la historia, nada en absoluto.

    Tan complicado se volvió.
    Tu ausencia, después de todo y aunque odie admitirlo, marco para siempre mi camino al cual me aferró con uñas y dientes con tal de sentirme un poquito vivo.』
    『 Es otro de esos días, la cabeza me traiciona y el recuerdo fluye tan vivo que disimular se volvió un hábito: ponerme la máscara y avanzar con una sonrisa, con el pecho por escudo. Hace mucho que deje de preguntarme por la obviedad de los hechos. Ya no cuestionó, no me quejo, simplemente vivo con ello resignado al pasado con un futuro incierto. Que te recuerde de vez en cuando o casi siempre es una forma de mantenerme ocupado cuando se hace insoportable. He buscado la muerte, saltar al sacrificio con la esperanza de acabar con todo y por fin liberarme del cuerpo terrenal. Pero mi cuerpo... ¡Jah!. Se sigue aferrando a respirar. Y cada respiro me asfixia más. Por cuánto tiempo podré poner el dominio mental por encima de lo emocional, quien sabe. No busco solucionar esto. No busco una muerte gloriosa o que mi nombre pase a la historia, nada en absoluto. Tan complicado se volvió. Tu ausencia, después de todo y aunque odie admitirlo, marco para siempre mi camino al cual me aferró con uñas y dientes con tal de sentirme un poquito vivo.』
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Maral Romanov no recordaba haber sentido el aire tan pesado.

    —Vladimir… —empezó, pero la palabra se le rompió en la garganta.

    Se obligó a enderezar la espalda. No podía quebrarse. No todavía. Sus manos temblaban, así que las entrelazó con fuerza frente a su cuerpo, clavando las uñas en la piel hasta sentir un leve dolor que la mantuviera presente.

    —Vladimir está muerto.

    El silencio que siguió fue antinatural, como si el mundo mismo se negara a aceptar lo que acababa de decir.

    Miró a sus padres.

    Los ojos de su padre eran dos pozos oscuros, inmóviles, esperando… negando. Pero fue su madre quien reaccionó primero.

    —No… —susurró, y luego el susurro se convirtió en un grito desgarrador—. ¡No!

    El sonido le atravesó el pecho a Maral.

    Su madre cayó de rodillas, las manos temblorosas buscando algo que ya no estaba, algo que nunca volvería a estar. Su llanto llenó la habitación, crudo, sin dignidad, sin control. Era el dolor en su forma más pura.

    Maral sintió cómo algo dentro de ella se resquebrajaba.

    No llores.

    No llores.

    No llores.

    Se repitió esas palabras como una oración mientras su visión se nublaba apenas. Parpadeó con rapidez, tragándose el ardor en los ojos. No podía permitirse caer. No ahora. No frente a ellos.

    Su padre se movió al fin.

    Se inclinó para sostener a su esposa, envolviéndola con una fuerza que no era consuelo, sino contención. Sus manos temblaban también. Maral lo notó. Nadie más lo habría hecho, pero ella sí.

    Y entonces habló.

    —¿Quién?

    Una sola palabra. Fría. Mortal.

    Maral sintió cómo su voz quería traicionarla otra vez, cómo el temblor amenazaba con romper su fachada cuidadosamente construida.

    —Aún no lo sabemos —respondió, aunque cada sílaba le raspó la garganta—. Pero lo sabremos.

    Su madre seguía llorando, llamando el nombre de Vladimir una y otra vez, como si pudiera traerlo de vuelta. Como si el amor fuera suficiente para vencer a la muerte.

    Maral desvió la mirada apenas un segundo.

    Solo un segundo.

    Y en ese instante, el dolor la atravesó completa. Un vacío brutal, un golpe seco en el pecho, como si le hubieran arrancado algo esencial. Su hermano. Su compañero. Su historia compartida.

    Casi se rompe.

    Pero no.

    Volvió a alzar la mirada.

    Su padre la observaba ahora, y en sus ojos ya no había solo dolor.

    Había fuego.

    —Sangre por sangre —dijo él, con una voz baja, cargada de una promesa oscura.

    Maral respiró hondo.

    Sintió el temblor… y lo aplastó.

    —Sangre por sangre —repitió.

    Y esta vez, su voz no tembló.
    Maral Romanov no recordaba haber sentido el aire tan pesado. —Vladimir… —empezó, pero la palabra se le rompió en la garganta. Se obligó a enderezar la espalda. No podía quebrarse. No todavía. Sus manos temblaban, así que las entrelazó con fuerza frente a su cuerpo, clavando las uñas en la piel hasta sentir un leve dolor que la mantuviera presente. —Vladimir está muerto. El silencio que siguió fue antinatural, como si el mundo mismo se negara a aceptar lo que acababa de decir. Miró a sus padres. Los ojos de su padre eran dos pozos oscuros, inmóviles, esperando… negando. Pero fue su madre quien reaccionó primero. —No… —susurró, y luego el susurro se convirtió en un grito desgarrador—. ¡No! El sonido le atravesó el pecho a Maral. Su madre cayó de rodillas, las manos temblorosas buscando algo que ya no estaba, algo que nunca volvería a estar. Su llanto llenó la habitación, crudo, sin dignidad, sin control. Era el dolor en su forma más pura. Maral sintió cómo algo dentro de ella se resquebrajaba. No llores. No llores. No llores. Se repitió esas palabras como una oración mientras su visión se nublaba apenas. Parpadeó con rapidez, tragándose el ardor en los ojos. No podía permitirse caer. No ahora. No frente a ellos. Su padre se movió al fin. Se inclinó para sostener a su esposa, envolviéndola con una fuerza que no era consuelo, sino contención. Sus manos temblaban también. Maral lo notó. Nadie más lo habría hecho, pero ella sí. Y entonces habló. —¿Quién? Una sola palabra. Fría. Mortal. Maral sintió cómo su voz quería traicionarla otra vez, cómo el temblor amenazaba con romper su fachada cuidadosamente construida. —Aún no lo sabemos —respondió, aunque cada sílaba le raspó la garganta—. Pero lo sabremos. Su madre seguía llorando, llamando el nombre de Vladimir una y otra vez, como si pudiera traerlo de vuelta. Como si el amor fuera suficiente para vencer a la muerte. Maral desvió la mirada apenas un segundo. Solo un segundo. Y en ese instante, el dolor la atravesó completa. Un vacío brutal, un golpe seco en el pecho, como si le hubieran arrancado algo esencial. Su hermano. Su compañero. Su historia compartida. Casi se rompe. Pero no. Volvió a alzar la mirada. Su padre la observaba ahora, y en sus ojos ya no había solo dolor. Había fuego. —Sangre por sangre —dijo él, con una voz baja, cargada de una promesa oscura. Maral respiró hondo. Sintió el temblor… y lo aplastó. —Sangre por sangre —repitió. Y esta vez, su voz no tembló.
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  • Como cualquier otro japonés, Mine solía frecuentar lugares así; especialmente en esas noches donde el silencio de su casa se volvía demasiado aburrido. Era un asalto a los sentidos: demasiado ruido, demasiadas luces, demasiado todo. Y, sin embargo, allí estaba, entregado a una emoción genuina mientras se perdía en su juego de ritmo favorito. Llevaba las mangas de la remera arremangadas con descuido y su cabello, habitualmente peinado hacia atrás con rigor, caía ahora sobre su cabeza. Ese simple desorden lo volvía casi irreconocible; le otorgaba un aire más joven y mas accesible.

    Sus dedos se desplazaban sobre los botones con una precisión mecánica, casi coreográfica. Mientras la pantalla estallaba en colores y patrones frenéticos, el rostro de Mine se iluminaba con el reflejo del monitor. Se movía como un profesional, como si hubiera repetido esa secuencia miles de veces, y quizás así era. No sonreía, pero tampoco cargaba con su habitual ceño fruncido; su expresión era de una calma absoluta, algo dificil de ver en él.

    Finalmente, la música cesó. Mine dejó escapar un suspiro contenido y observó la pantalla con interés, esperando haber superado su propia marca. Dio un paso atrás para retirarse, y entonces, sucedió.

    Sintió un contacto inesperado y firme. Unos dedos ajenos sujetaron su barbilla sin previo aviso, obligándolo a alzar el rostro. Lo movieron de un lado a otro, escudriñándolo, como si evaluaran si aquel era realmente EL Mine y no un impostor. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: se tensó al instante, los hombros se endurecieron y sus manos dudaron un segundo eterno entre apartar bruscamente aquel agarre o quedarse congeladas donde estaban.

    Su mirada, siempre afilada y bajo control, vaciló al verse forzada a una cercanía tan invasiva. Demasiado cerca. Podía percibir el calor de la otra persona, registrar detalles que no se había autorizado a notar. Su ceño se contrajo, pero no con la severidad de siempre; esta vez era una mueca más frágil, teñida de incomodidad. Tragó saliva, un gesto sutil pero delator.
    No apartó la vista de inmediato, y ese fue su error.

    —…¿Ya terminaste?

    Su voz emergió más baja de lo normal, con una aspereza que no nacía de la irritación, sino de algo mucho más profundo, del miedo de haber sido descubierto. Aunque su rigidez lo traicionaba, no hizo el menor ademán de apartar la mano que aún sostenía su barbilla.
    Como cualquier otro japonés, Mine solía frecuentar lugares así; especialmente en esas noches donde el silencio de su casa se volvía demasiado aburrido. Era un asalto a los sentidos: demasiado ruido, demasiadas luces, demasiado todo. Y, sin embargo, allí estaba, entregado a una emoción genuina mientras se perdía en su juego de ritmo favorito. Llevaba las mangas de la remera arremangadas con descuido y su cabello, habitualmente peinado hacia atrás con rigor, caía ahora sobre su cabeza. Ese simple desorden lo volvía casi irreconocible; le otorgaba un aire más joven y mas accesible. Sus dedos se desplazaban sobre los botones con una precisión mecánica, casi coreográfica. Mientras la pantalla estallaba en colores y patrones frenéticos, el rostro de Mine se iluminaba con el reflejo del monitor. Se movía como un profesional, como si hubiera repetido esa secuencia miles de veces, y quizás así era. No sonreía, pero tampoco cargaba con su habitual ceño fruncido; su expresión era de una calma absoluta, algo dificil de ver en él. Finalmente, la música cesó. Mine dejó escapar un suspiro contenido y observó la pantalla con interés, esperando haber superado su propia marca. Dio un paso atrás para retirarse, y entonces, sucedió. Sintió un contacto inesperado y firme. Unos dedos ajenos sujetaron su barbilla sin previo aviso, obligándolo a alzar el rostro. Lo movieron de un lado a otro, escudriñándolo, como si evaluaran si aquel era realmente EL Mine y no un impostor. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: se tensó al instante, los hombros se endurecieron y sus manos dudaron un segundo eterno entre apartar bruscamente aquel agarre o quedarse congeladas donde estaban. Su mirada, siempre afilada y bajo control, vaciló al verse forzada a una cercanía tan invasiva. Demasiado cerca. Podía percibir el calor de la otra persona, registrar detalles que no se había autorizado a notar. Su ceño se contrajo, pero no con la severidad de siempre; esta vez era una mueca más frágil, teñida de incomodidad. Tragó saliva, un gesto sutil pero delator. No apartó la vista de inmediato, y ese fue su error. —…¿Ya terminaste? Su voz emergió más baja de lo normal, con una aspereza que no nacía de la irritación, sino de algo mucho más profundo, del miedo de haber sido descubierto. Aunque su rigidez lo traicionaba, no hizo el menor ademán de apartar la mano que aún sostenía su barbilla.
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  • "¡Ah, la naturaleza caprichosa del apetito! Apenas han transcurrido dos rotaciones completas del minutero desde mi último festín y, sin embargo, aquí estamos... una vez más bajo el embrujo de la necesidad. El estómago es un crítico feroz que no acepta repeticiones, ¡jajaja!
    Me vi ante los fogones, y tocando mi estómago dejando que una melodía de jazz antiguo guiara mis movimientos. Mis manos... ¡oh, eran como pianistas poseídos! Se movían con una voluntad propia, una coreografía de dedos que buscaba ese equilibrio perfecto: el mordisco del picante, la firmeza de la sal y ese susurro traicionero de dulzura que te hace querer más. Pero, mientras el vapor me acariciaba el rostro, una nota discordante me asaltó. El guiso estaba... incompleto. ¿Pimienta? Demasiado predecible, demasiado mortal.
    Fue entonces cuando mi sombra, ese fiel reflejo de mis instintos más oscuros, emergió de los rincones de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. Entre sus garras sombrías sostenía un frasco de especias que guardo bajo siete llaves; un tesoro de sabores olvidados. ¡Por supuesto! ¡Ese toque de distinción que lo cambia todo! Vertí una lluvia de ese polvo místico y, al probarlo... ¡EUREKA! ¡Ese es! ¡Esa es la sintonía que mi paladar exigía! No pude evitar lamer mis labios, dejando que el incendio de sabores se asentara, mientras una satisfacción absoluta me recorría. ¡Un éxito rotundo!"
    "¡Ah, la naturaleza caprichosa del apetito! Apenas han transcurrido dos rotaciones completas del minutero desde mi último festín y, sin embargo, aquí estamos... una vez más bajo el embrujo de la necesidad. El estómago es un crítico feroz que no acepta repeticiones, ¡jajaja! Me vi ante los fogones, y tocando mi estómago dejando que una melodía de jazz antiguo guiara mis movimientos. Mis manos... ¡oh, eran como pianistas poseídos! Se movían con una voluntad propia, una coreografía de dedos que buscaba ese equilibrio perfecto: el mordisco del picante, la firmeza de la sal y ese susurro traicionero de dulzura que te hace querer más. Pero, mientras el vapor me acariciaba el rostro, una nota discordante me asaltó. El guiso estaba... incompleto. ¿Pimienta? Demasiado predecible, demasiado mortal. Fue entonces cuando mi sombra, ese fiel reflejo de mis instintos más oscuros, emergió de los rincones de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. Entre sus garras sombrías sostenía un frasco de especias que guardo bajo siete llaves; un tesoro de sabores olvidados. ¡Por supuesto! ¡Ese toque de distinción que lo cambia todo! Vertí una lluvia de ese polvo místico y, al probarlo... ¡EUREKA! ¡Ese es! ¡Esa es la sintonía que mi paladar exigía! No pude evitar lamer mis labios, dejando que el incendio de sabores se asentara, mientras una satisfacción absoluta me recorría. ¡Un éxito rotundo!"
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  • El tiempo pasa y no perdona a nada, ni a nadie.
    La humanidad nunca se da cuenta de ello, porque no son lo suficientemente longevos para comprender los patrones de las civilizaciones.

    Desde tiempos inmemoriales, siempre ha sido lo mismo. Una guerra de bandos.
    Los eventos son cíclicos y se repiten una y otra vez.

    Uno cree que es "La mejor opción", "El bueno de la historia", "El salvador".
    Derroca al enemigo en curso.
    Se convierte en el nuevo gobernante.
    Viene una era de paz...
    ...Hasta que se dan cuenta de que no era "tan buena opción" o lo traicionan.
    Se convierte en un enemigo a eliminar.
    Un nuevo grupo se considera "La mejor opción"...

    Y así, de forma interminable.
    Todo eso es aburrido. Repetitivo. Siempre lo mismo.
    Y aún así, ahí estaré, observando desde donde nadie más lo haga.

    Esperando a que, finalmente, algo cambie.
    Aunque muy probablemente, no cambie nada jamás.

    ¿Qué soy? No tengo ganas de decirlo.
    Así que me considero un espectador de los eventos del mundo.

    Puedo ver a todos, pero nadie me puede ver a mí...
    ..Si no quiero que me vean.

    ¿Te sientes observado/a cuando no hay nadie alrededor?
    Quién sabe. Tal vez yo estoy ahí.
    No te preocupes, no te haré daño.
    Solo me interesa saber si eres alguien interesante... O eres uno/a más en esta existencia.

    Y por la noche, cuando todos duerman, en lo más alto de algún edificio, tal vez, aquella silueta cobre forma finalmente.
    Cigarrillo en mano, con el rostro más aburrido en la historia del mundo, y comiendo una barra de chocolate.

    ¿Sabes? Al final, el chocolate es de las mejores cosas que ha dado esta sociedad.

    Supongo que no todo está tan perdido.. después de todo.

    ꧁𓊈𒆜𝓙𝓪𝔂 𝓔𝓵𝓪𝓻𝓲𝓼.𒆜𓊉꧂
    El tiempo pasa y no perdona a nada, ni a nadie. La humanidad nunca se da cuenta de ello, porque no son lo suficientemente longevos para comprender los patrones de las civilizaciones. Desde tiempos inmemoriales, siempre ha sido lo mismo. Una guerra de bandos. Los eventos son cíclicos y se repiten una y otra vez. Uno cree que es "La mejor opción", "El bueno de la historia", "El salvador". Derroca al enemigo en curso. Se convierte en el nuevo gobernante. Viene una era de paz... ...Hasta que se dan cuenta de que no era "tan buena opción" o lo traicionan. Se convierte en un enemigo a eliminar. Un nuevo grupo se considera "La mejor opción"... Y así, de forma interminable. Todo eso es aburrido. Repetitivo. Siempre lo mismo. Y aún así, ahí estaré, observando desde donde nadie más lo haga. Esperando a que, finalmente, algo cambie. Aunque muy probablemente, no cambie nada jamás. ¿Qué soy? No tengo ganas de decirlo. Así que me considero un espectador de los eventos del mundo. Puedo ver a todos, pero nadie me puede ver a mí... ..Si no quiero que me vean. ¿Te sientes observado/a cuando no hay nadie alrededor? Quién sabe. Tal vez yo estoy ahí. No te preocupes, no te haré daño. Solo me interesa saber si eres alguien interesante... O eres uno/a más en esta existencia. Y por la noche, cuando todos duerman, en lo más alto de algún edificio, tal vez, aquella silueta cobre forma finalmente. Cigarrillo en mano, con el rostro más aburrido en la historia del mundo, y comiendo una barra de chocolate. ¿Sabes? Al final, el chocolate es de las mejores cosas que ha dado esta sociedad. Supongo que no todo está tan perdido.. después de todo. ꧁𓊈𒆜𝓙𝓪𝔂 𝓔𝓵𝓪𝓻𝓲𝓼.𒆜𓊉꧂
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  • 確信できる今だけ重ねて。
    Mikhail Wolfgang

    Mentiría si no dijera que la asfixia lo había perseguido como una sombra durante todo el día.

    Le costaba horrores sostener las notas altas, robando bocanadas de aire en pausas donde no correspondía; era una situación casi nauseabunda de sobrellevar frente a la clase. Pero Yuiichi no se permitiría detenerse. No iba a abandonar a los niños ni a recortarles el tiempo de lección por un "capricho" de su cuerpo. Con el tiempo, Yuiichi se había vuelto un experto en el arte del disimulo: apoyar la espalda recta contra la pared al cantar para liberar el diafragma, sentarse con frecuencia estratégica mientras ellos copiaban de la pizarra verde, o humedecerse los labios de forma constante sin llegar a beber. La restricción de líquidos era una tortura silenciosa; se estaba muriendo de sed en plena primavera, con la boca pastosa y el pecho rugiendo por un alivio que no llegaba.

    Le atormentaba la sensación de derrota cada vez que ayudaba a un alumno con un instrumento de viento. Recordaba con una punzada de fracaso el día que tuvo que soltar la trompeta, incapaz de mantener la presión necesaria sin sentir que el corazón se le salía por la garganta. Fue el inicio de una búsqueda desesperada por un instrumento que lo hiciera tan feliz como el violín, pero solo encontraba ecos de su propia limitación. Un fracaso tras otro.

    Al terminar la jornada, con los ojos irritados por el cansancio y el cuerpo operando casi en reserva, Yuiichi salió al pasillo buscando un poco de aire. Allí se topó con uno de sus alumnos más jóvenes, un pequeño cuya timidez rozaba el miedo, inherente a la de un niño que empieza a hacer cosas nuevas. El niño alguna vez mencionó que su madre era una persona "rara", una palabra casi dignificante, un eufemismo que a Yuiichi le calaba hasta los huesos; él también había lidiado con una madre "rara" en el mejor de los casos. Le dolía ver ese miedo a decepcionar, esa desolación infantil que él conocía tan bien. Se sentía impotente; al final del día, solo era un docente enfermo tratando de no desmoronarse antes de la última campana. Pero el no podía hacer nada, o al menos no mucho.

    El niño se le acercó como si hubiera visto un fantasma, había tratado de explicar algo que sucedía en la entrada de la institución, no en la reja de la entrada, más bien, en la entrada del edificio. Yuiichi se sorprendió al ver que el hombre extraño seguía allí, estático en los límites de la estructura. Con un paso lento y patoso que no podía evitar, casi arrastrando su propia fatiga, solo se acercó para intervenir.

    —Disculpe... —Su voz salió más afónica de lo que pretendía. Se vio obligado a tomar una respiración larga y profunda, una que le dolió en el centro del pecho, antes de continuar. No se atrevió a mirarlo a los ojos de inmediato. En su lugar, fijó la vista en las manos del desconocido, buscando cualquier señal de peligro, y luego en sus pies, tratando de estabilizar su propio equilibrio —Esta es una institución educativa... ¿Tiene a algún familiar aquí que venga a buscar? —Hizo una pausa obligatoria, tomando otra bocanada de aire para que sus pulmones no lo traicionaran, aun manteniendo la formalidad con la que se había criado —Si no es así... ¿podría retirarse, por favor?

    Dios, que día largo.
    確信できる今だけ重ねて。 [MishaWolfgang0] Mentiría si no dijera que la asfixia lo había perseguido como una sombra durante todo el día. Le costaba horrores sostener las notas altas, robando bocanadas de aire en pausas donde no correspondía; era una situación casi nauseabunda de sobrellevar frente a la clase. Pero Yuiichi no se permitiría detenerse. No iba a abandonar a los niños ni a recortarles el tiempo de lección por un "capricho" de su cuerpo. Con el tiempo, Yuiichi se había vuelto un experto en el arte del disimulo: apoyar la espalda recta contra la pared al cantar para liberar el diafragma, sentarse con frecuencia estratégica mientras ellos copiaban de la pizarra verde, o humedecerse los labios de forma constante sin llegar a beber. La restricción de líquidos era una tortura silenciosa; se estaba muriendo de sed en plena primavera, con la boca pastosa y el pecho rugiendo por un alivio que no llegaba. Le atormentaba la sensación de derrota cada vez que ayudaba a un alumno con un instrumento de viento. Recordaba con una punzada de fracaso el día que tuvo que soltar la trompeta, incapaz de mantener la presión necesaria sin sentir que el corazón se le salía por la garganta. Fue el inicio de una búsqueda desesperada por un instrumento que lo hiciera tan feliz como el violín, pero solo encontraba ecos de su propia limitación. Un fracaso tras otro. Al terminar la jornada, con los ojos irritados por el cansancio y el cuerpo operando casi en reserva, Yuiichi salió al pasillo buscando un poco de aire. Allí se topó con uno de sus alumnos más jóvenes, un pequeño cuya timidez rozaba el miedo, inherente a la de un niño que empieza a hacer cosas nuevas. El niño alguna vez mencionó que su madre era una persona "rara", una palabra casi dignificante, un eufemismo que a Yuiichi le calaba hasta los huesos; él también había lidiado con una madre "rara" en el mejor de los casos. Le dolía ver ese miedo a decepcionar, esa desolación infantil que él conocía tan bien. Se sentía impotente; al final del día, solo era un docente enfermo tratando de no desmoronarse antes de la última campana. Pero el no podía hacer nada, o al menos no mucho. El niño se le acercó como si hubiera visto un fantasma, había tratado de explicar algo que sucedía en la entrada de la institución, no en la reja de la entrada, más bien, en la entrada del edificio. Yuiichi se sorprendió al ver que el hombre extraño seguía allí, estático en los límites de la estructura. Con un paso lento y patoso que no podía evitar, casi arrastrando su propia fatiga, solo se acercó para intervenir. —Disculpe... —Su voz salió más afónica de lo que pretendía. Se vio obligado a tomar una respiración larga y profunda, una que le dolió en el centro del pecho, antes de continuar. No se atrevió a mirarlo a los ojos de inmediato. En su lugar, fijó la vista en las manos del desconocido, buscando cualquier señal de peligro, y luego en sus pies, tratando de estabilizar su propio equilibrio —Esta es una institución educativa... ¿Tiene a algún familiar aquí que venga a buscar? —Hizo una pausa obligatoria, tomando otra bocanada de aire para que sus pulmones no lo traicionaran, aun manteniendo la formalidad con la que se había criado —Si no es así... ¿podría retirarse, por favor? Dios, que día largo.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    \

    Esto es lo que leeré en el recital:

    \

    Paraíso de liebre submarina.

    Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada.

    Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe.

    A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo.

    Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta.

    No reía, sólo codiciaba lo bello.

    Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez.

    Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas.

    Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón.

    Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban.

    Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente.

    Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza.

    Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras.

    Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado.

    Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma.

    Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas.

    Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora.

    Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría.

    Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes.

    Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron.


    Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos.

    Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza.

    Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros.
    De su nacimiento.

    https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
    \ Esto es lo que leeré en el recital: \ Paraíso de liebre submarina. Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada. Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe. A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo. Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta. No reía, sólo codiciaba lo bello. Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez. Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas. Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón. Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban. Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente. Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza. Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras. Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado. Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma. Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas. Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora. Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría. Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes. Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron. Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos. Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza. Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros. De su nacimiento. https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
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  • ────Lista para comenzar. Esta raqueta de tenis está ansiosa por romper el marcador... y quizá alguno que otro corazón en el proceso. Así que, pelota, hazme correr un poquito detrás de ti, ¿sí? Yo corro y tú vuelas directo a la victoria. Y, ey, psss... no me traiciones durante el primer saque, ¿trato hecho?
    ────Lista para comenzar. Esta raqueta de tenis está ansiosa por romper el marcador... y quizá alguno que otro corazón en el proceso. Así que, pelota, hazme correr un poquito detrás de ti, ¿sí? Yo corro y tú vuelas directo a la victoria. Y, ey, psss... no me traiciones durante el primer saque, ¿trato hecho?
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  • VINCENT:No puedo hacer esto. Alastor pisoteó mis sentimientos...

    Pero todavía lo amo... Siempre lo amaré.

    Vox:¿Estás dudando? ¿Después de todo lo que te ha hecho?

    Ese dolor solo empeora con cada año que pasa.

    Toma. Esta es un arma forjada con acero angelical.

    Con ella, puedes borrar el alma de un pecador para siempre

    -vincent sostuvo el cuchillo entre sus dedos temblorosos estando a tan solo un paso y una inclinación de matar de una vez por todas al demonio de la radio ya se ganó la confianza de ambos idiotas solo para lograr aquello, su venganza pero después de la convivencia con ellos sus sentimientos se han mezclado entre odio y amor.
    Trago saliva en seco le costaba hacer algo sus sentimientos lo estaban traicionando de nuevo -
    VINCENT:No puedo hacer esto. Alastor pisoteó mis sentimientos... Pero todavía lo amo... Siempre lo amaré. Vox:¿Estás dudando? ¿Después de todo lo que te ha hecho? Ese dolor solo empeora con cada año que pasa. Toma. Esta es un arma forjada con acero angelical. Con ella, puedes borrar el alma de un pecador para siempre -vincent sostuvo el cuchillo entre sus dedos temblorosos estando a tan solo un paso y una inclinación de matar de una vez por todas al demonio de la radio ya se ganó la confianza de ambos idiotas solo para lograr aquello, su venganza pero después de la convivencia con ellos sus sentimientos se han mezclado entre odio y amor. Trago saliva en seco le costaba hacer algo sus sentimientos lo estaban traicionando de nuevo -
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