• Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte.
    A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen.
    Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror".
    En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan.

    Capítulo 1:
    Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente.
    Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano.
    Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío.
    —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal.
    Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad.
    Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid.
    Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa.
    A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto.
    Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás.
    —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes.
    Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47.
    El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje.
    Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones.
    Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra.
    —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono.
    —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta.
    —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores.
    —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita.
    Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas.
    —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo.
    —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano.
    Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla.
    —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto.
    Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
    Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte. A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen. Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror". En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan. Capítulo 1: Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente. Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano. Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío. —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal. Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad. Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid. Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa. A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto. Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás. —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes. Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47. El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje. Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones. Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra. —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono. —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta. —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores. —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita. Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas. —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo. —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano. Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla. —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto. Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
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  • [Luna asiste a una reunión corporativa en dónde se presentan los directores de cada una de las 27 divisiones de Umbra Corp. Normalmente las divisiones ilegales como la "W" o la "Q" jamás se presentan. Sin embargo el día de hoy aparece en persona el director general de la infame división Q: El Dr. Edgar Markov]

    *Tan sólo ver su rostro me hace perder totalmente mis estribos. Empuño una pistola y le apunto sin dudar en frente de todos los asistentes*
    Dra Luna: -Miserable... Te presentas ante nosotros como si nada. Luego del desastre que protagonizó tu división. Pero por sobretodo... Luego de que tus unidades de combate acabaran con la vida de mi padre... ¡CREISTE QUE NO ME ENTERARÍA! *acerco aún más mi arma*

    Dr Edgar Markov: -Por favor Lunita. Corta de una vez el drama. Sé perfectamente que no te atreverás a apretar el gatillo. *se acerca el mismo más hacia el arma* -No podrías. Demasiado entrampada en tus protocolos de conducta. En la reglas. En las leyes. Sabes perfectamente lo que pasaría si me matas aquí y ahora. Estarías traicionando a Umbra Corp. ¿Eres capaz de hacer eso?. ¿Al igual como lo hizo tu padre cuando decidió a ayudar a una bestia sin nombre?. [dice refiriédose a Unknown ] Vámos. Aprieta el gatillo. *menciona con voz desafiante*

    Dra Luna: *Frunzo el ceño. Presiono aun más el arma contra su pecho. Sin embargo... Termino cediendo. Dejo de apuntarle y dejo la sala de reuniones completamente indignada*

    Dr Edgar Markov: *Como si nada hubiera pasado se dirige a los presentes* -Bien. Ya que la Dra Lunita ya terminó con su rabieta Hora de mostrarles que la división Q esta lejos de estar muerta. *Sonríe maquiavelicamente un humanoide con armadura entra en la habitación*
    [Luna asiste a una reunión corporativa en dónde se presentan los directores de cada una de las 27 divisiones de Umbra Corp. Normalmente las divisiones ilegales como la "W" o la "Q" jamás se presentan. Sin embargo el día de hoy aparece en persona el director general de la infame división Q: El Dr. Edgar Markov] *Tan sólo ver su rostro me hace perder totalmente mis estribos. Empuño una pistola y le apunto sin dudar en frente de todos los asistentes* Dra Luna: -Miserable... Te presentas ante nosotros como si nada. Luego del desastre que protagonizó tu división. Pero por sobretodo... Luego de que tus unidades de combate acabaran con la vida de mi padre... ¡CREISTE QUE NO ME ENTERARÍA! *acerco aún más mi arma* Dr Edgar Markov: -Por favor Lunita. Corta de una vez el drama. Sé perfectamente que no te atreverás a apretar el gatillo. *se acerca el mismo más hacia el arma* -No podrías. Demasiado entrampada en tus protocolos de conducta. En la reglas. En las leyes. Sabes perfectamente lo que pasaría si me matas aquí y ahora. Estarías traicionando a Umbra Corp. ¿Eres capaz de hacer eso?. ¿Al igual como lo hizo tu padre cuando decidió a ayudar a una bestia sin nombre?. [dice refiriédose a [Uni_Darkness_Softspot] ] Vámos. Aprieta el gatillo. *menciona con voz desafiante* Dra Luna: *Frunzo el ceño. Presiono aun más el arma contra su pecho. Sin embargo... Termino cediendo. Dejo de apuntarle y dejo la sala de reuniones completamente indignada* Dr Edgar Markov: *Como si nada hubiera pasado se dirige a los presentes* -Bien. Ya que la Dra Lunita ya terminó con su rabieta Hora de mostrarles que la división Q esta lejos de estar muerta. *Sonríe maquiavelicamente un humanoide con armadura entra en la habitación*
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  • — Flavio... dicen que el poder se construye con miedo, pero yo aprendí que también puede construirse con lealtad. Y si hoy sigo de pie, es porque siempre supe que, sin importar cuántos enemigos nos rodearan, tenía a mi lado a la única persona que jamás me traicionaría.

    — Somos gemelos, pero más que eso, somos dos mitades de una misma historia. Tú elegiste tu propio camino y yo el mío, sin embargo, nunca dejamos de caminar bajo el mismo cielo. Podrán cuestionar mis decisiones, desafiar mi autoridad o incluso temer mi nombre, pero nadie podrá negar que eres una de las personas que más amo en este mundo.

    — Cuando éramos niños, creía que nada podría separarnos. Hoy sé que la vida nos llevó por rutas distintas, pero también me enseñó algo más importante: la distancia nunca ha sido rival para la sangre, ni para el cariño que siento por ti.

    — Así que recuerda esto, fratello mio: mientras yo respire, siempre tendrás un hogar al que volver, una hermana dispuesta a defenderte y una familia que jamás te dará la espalda. Porque antes de ser la Farfalla della Morte, antes de ser una Di Vincenzo... soy tu hermana.

    Flavio Di Vincenzo
    — Flavio... dicen que el poder se construye con miedo, pero yo aprendí que también puede construirse con lealtad. Y si hoy sigo de pie, es porque siempre supe que, sin importar cuántos enemigos nos rodearan, tenía a mi lado a la única persona que jamás me traicionaría. — Somos gemelos, pero más que eso, somos dos mitades de una misma historia. Tú elegiste tu propio camino y yo el mío, sin embargo, nunca dejamos de caminar bajo el mismo cielo. Podrán cuestionar mis decisiones, desafiar mi autoridad o incluso temer mi nombre, pero nadie podrá negar que eres una de las personas que más amo en este mundo. — Cuando éramos niños, creía que nada podría separarnos. Hoy sé que la vida nos llevó por rutas distintas, pero también me enseñó algo más importante: la distancia nunca ha sido rival para la sangre, ni para el cariño que siento por ti. — Así que recuerda esto, fratello mio: mientras yo respire, siempre tendrás un hogar al que volver, una hermana dispuesta a defenderte y una familia que jamás te dará la espalda. Porque antes de ser la Farfalla della Morte, antes de ser una Di Vincenzo... soy tu hermana.🦋💜 [Golden.Revolver]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tenlo en cuenta al responder.
    *Al subirse al helicóptero de Dra Luna Steel, sus emociones se comenzaron a mezclar, pues si Laplus Darkness, no se ponía de acuerdo con no consumir al mundo, entonces se deberían poner en contra de ella mientras aún no consiga las últimas llaves, también cabe la posibilidad de que Tesalia Steel la vea como una traicionera a este mundo... Aunque la tensión bajo cuando accedieron al diálogo, los eventos que podrían aproximarse podrían ser tanto positivos como muy negativos...*
    *Al subirse al helicóptero de [Luna_I_UMBRA], sus emociones se comenzaron a mezclar, pues si [glow_lavender_mouse_820], no se ponía de acuerdo con no consumir al mundo, entonces se deberían poner en contra de ella mientras aún no consiga las últimas llaves, también cabe la posibilidad de que [Vivi.B] la vea como una traicionera a este mundo... Aunque la tensión bajo cuando accedieron al diálogo, los eventos que podrían aproximarse podrían ser tanto positivos como muy negativos...*
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  • Desde hacía ya bastante tiempo observando a los humanos, Connor había descubierto ciertos aspectos fascinantes sobre ellos.

    Uno de los más curiosos era la forma en que rompían sus propios patrones, traicionaban sus propias reglas y luego llamaban “destino” a las consecuencias.

    El homúnculo permanecía apoyado contra la pared de un estrecho callejón (casi a oscuras de no ser por una pequeña luz cercana), con la mirada perdida entre las luces de la ciudad. Un cigarro a medio consumir descansaba entre sus labios; una pequeña prueba de los hábitos humanos que, aunque seguía sin comprender del todo, tampoco terminaban de disgustarle.

    Sus ojos se desviaron apenas hacia los peatones que cruzaban a pocos metros de allí, completamente ajenos a su presencia. Los observaba en silencio, con esa quietud incómoda de quien parece notar cosas que nadie más puede ver.

    — No me extraña que sean tan fáciles de destruir... —

    Murmuró más para sí mismo que para alguien más.

    Y aun así, quizá era precisamente esa fragilidad lo que los volvía interesantes.
    Desde hacía ya bastante tiempo observando a los humanos, Connor había descubierto ciertos aspectos fascinantes sobre ellos. Uno de los más curiosos era la forma en que rompían sus propios patrones, traicionaban sus propias reglas y luego llamaban “destino” a las consecuencias. El homúnculo permanecía apoyado contra la pared de un estrecho callejón (casi a oscuras de no ser por una pequeña luz cercana), con la mirada perdida entre las luces de la ciudad. Un cigarro a medio consumir descansaba entre sus labios; una pequeña prueba de los hábitos humanos que, aunque seguía sin comprender del todo, tampoco terminaban de disgustarle. Sus ojos se desviaron apenas hacia los peatones que cruzaban a pocos metros de allí, completamente ajenos a su presencia. Los observaba en silencio, con esa quietud incómoda de quien parece notar cosas que nadie más puede ver. — No me extraña que sean tan fáciles de destruir... — Murmuró más para sí mismo que para alguien más. Y aun así, quizá era precisamente esa fragilidad lo que los volvía interesantes.
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  • *Día frío y de lluvia. Una paz insólita ha inundado el departamento. Uni y Owen viviendo sus propias aventuras. Por lo que me recuesto en un sofa con mis gatitos "Yoru" y "Kaito"*

    -Cuanta paz. No sé que pensar de esta tranquilidad. ¿Algo se avecina?. O es simplemente mi rumiación ansiosa traicionándome nuevamente.
    *Día frío y de lluvia. Una paz insólita ha inundado el departamento. Uni y Owen viviendo sus propias aventuras. Por lo que me recuesto en un sofa con mis gatitos "Yoru" y "Kaito"* -Cuanta paz. No sé que pensar de esta tranquilidad. ¿Algo se avecina?. O es simplemente mi rumiación ansiosa traicionándome nuevamente.
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  • Ultimatum en la catedral:
    La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras.

    Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado.

    En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral.

    El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas.

    □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra?

    Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo.

    ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda.

    El otro soltó una risa ronca y amarga.

    □No tienes redaños...

    La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario.

    □¡HAZLO!

    Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió.

    El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades.

    Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas.

    Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada:

    ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...?

    El agua siguió cayendo sobre su rostro.

    ●¿Por qué tuviste que traicionarme...?

    Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
    Ultimatum en la catedral: La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras. Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado. En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral. El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas. □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra? Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo. ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda. El otro soltó una risa ronca y amarga. □No tienes redaños... La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario. □¡HAZLO! Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió. El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades. Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas. Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada: ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...? El agua siguió cayendo sobre su rostro. ●¿Por qué tuviste que traicionarme...? Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
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  • El calor de la sangre en mi rostro no se compara con el frío que se instaló en mi pecho cuando leí esa maldita declaración oficial desde prisión del viejo:

    "No es más que un civil útil. No hay vínculos, no hay afecto".

    Esas palabras borraron de un plumazo los años de entrega, las noches compartidas, la piel que desgasté intentando saldar una deuda impagable con el hombre que me salvó la vida. Todo para mantener las apariencias de su pulcro matrimonio y su honor intacto ante la cúpula.

    Me negó.
    Me desechó.
    Me descartó.

    Pero el verdadero infierno comenzó cuando el clan rival, aquel que siempre nos acechó desde las sombras, olió la sangre en el agua.

    Sabían que el "Loto Negro", el cerebro matemático y el rostro perfecto de la organización, se había quedado sin su escudo protector.
    Mi propio clan, cobarde y homofóbico no dudó en utilizarme como moneda de cambio para sellar un tratado de paz y salvar sus propios pellejos.

    Me entregaron en bandeja de plata. . .

    Mis dedos tiemblan sutilmente mientras intentan abotonar la camisa de seda blanca que me han obligado a usar, pero una mano inmensa y curtida me frena bruscamente, jalando la tela para exponer mi pecho.
    El agarre en mi mandíbula es implacable; los dedos del nuevo líder se entierran en mi piel con una fuerza que me obliga a alzar la mirada, forzándome a enfocarlo solo con mi ojo izquierdo, mientras el derecho late con el eco del trauma de mi pasado.

    —Mírate, Renji... O debería decir Kokuren — su voz áspera resuena en la opulencia de la habitación, cargada de una satisfacción enfermiza

    —El gran estratega, el Idol que hacía suspirar a miles, reducido a esto. Tu antiguo amo te usó de fachada y luego te tiró a la basura. Ahora me perteneces. Tus números, tu mente... y este cuerpo perfecto que tanto escondían, ahora son de mi propiedad.—

    El aire atrapado en mi garganta quema. Mi mente, esa que solía calcular riesgos en milisegundos y lavar millones sin dejar rastro, se encuentra completamente nublada, paralizada por el dolor de la traición.

    El carisma magnético que muestro ante las cámaras no sirve de nada aquí, entre estas paredes donde no soy más que un trofeo de guerra. Siento las lágrimas traicioneras acumularse en mis ojos, mezclándose con el sudor frío que corre por mi cuello.
    —¿Qué pasa? ¿Dónde está el orgullo del consejero? —pregunta, su otra mano descendiendo con firmeza por mi torso, reclamando cada centímetro de mi piel como suya

    — Vas a firmar cada transferencia que te ordene, vas a diseñar las estrategias para destruir lo que queda de tu antigua familia, y cuando termine el día, te encargarás de complacerme en esta cama hasta que olvides tu propio nombre.—


    Podría resistirme.
    Podría usar la lectura fría de personas para buscar una grieta en su psicología y destruirlo desde adentro.
    Pero el peso de la decepción es un ancla demasiado pesada.

    El hombre por el que lo di todo me abandonó a mi suerte, y mi clan me vendió. El vacío emocional es tan devastador que la sumisión total se siente como el único anestésico disponible.

    Cierro los ojos por un instante, dejando caer los brazos con total laxitud, abandonando cualquier intento de defensa. Cuando los abro, la chispa de control ha desaparecido, reemplazada por la mirada vacía de quien ha aceptado su destino.

    —Entendido... —susurro perdiendo toda su dulzura habitual, rota por la humillación

    —Haré... todo lo que me pidas. —
    — Todo. —
    La presión en mi mandíbula aumenta antes de soltarme bruscamente, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra.

    Soy Renji Kurogane, el genio financiero, el idol de masas, pero a partir de hoy, no soy más que un esclavo de sus deseos, un objeto moldeable atrapado en una jaula de oro de la que nunca podré escapar.
    El calor de la sangre en mi rostro no se compara con el frío que se instaló en mi pecho cuando leí esa maldita declaración oficial desde prisión del viejo: "No es más que un civil útil. No hay vínculos, no hay afecto". Esas palabras borraron de un plumazo los años de entrega, las noches compartidas, la piel que desgasté intentando saldar una deuda impagable con el hombre que me salvó la vida. Todo para mantener las apariencias de su pulcro matrimonio y su honor intacto ante la cúpula. Me negó. Me desechó. Me descartó. Pero el verdadero infierno comenzó cuando el clan rival, aquel que siempre nos acechó desde las sombras, olió la sangre en el agua. Sabían que el "Loto Negro", el cerebro matemático y el rostro perfecto de la organización, se había quedado sin su escudo protector. Mi propio clan, cobarde y homofóbico no dudó en utilizarme como moneda de cambio para sellar un tratado de paz y salvar sus propios pellejos. Me entregaron en bandeja de plata. . . Mis dedos tiemblan sutilmente mientras intentan abotonar la camisa de seda blanca que me han obligado a usar, pero una mano inmensa y curtida me frena bruscamente, jalando la tela para exponer mi pecho. El agarre en mi mandíbula es implacable; los dedos del nuevo líder se entierran en mi piel con una fuerza que me obliga a alzar la mirada, forzándome a enfocarlo solo con mi ojo izquierdo, mientras el derecho late con el eco del trauma de mi pasado. —Mírate, Renji... O debería decir Kokuren — su voz áspera resuena en la opulencia de la habitación, cargada de una satisfacción enfermiza —El gran estratega, el Idol que hacía suspirar a miles, reducido a esto. Tu antiguo amo te usó de fachada y luego te tiró a la basura. Ahora me perteneces. Tus números, tu mente... y este cuerpo perfecto que tanto escondían, ahora son de mi propiedad.— El aire atrapado en mi garganta quema. Mi mente, esa que solía calcular riesgos en milisegundos y lavar millones sin dejar rastro, se encuentra completamente nublada, paralizada por el dolor de la traición. El carisma magnético que muestro ante las cámaras no sirve de nada aquí, entre estas paredes donde no soy más que un trofeo de guerra. Siento las lágrimas traicioneras acumularse en mis ojos, mezclándose con el sudor frío que corre por mi cuello. —¿Qué pasa? ¿Dónde está el orgullo del consejero? —pregunta, su otra mano descendiendo con firmeza por mi torso, reclamando cada centímetro de mi piel como suya — Vas a firmar cada transferencia que te ordene, vas a diseñar las estrategias para destruir lo que queda de tu antigua familia, y cuando termine el día, te encargarás de complacerme en esta cama hasta que olvides tu propio nombre.— Podría resistirme. Podría usar la lectura fría de personas para buscar una grieta en su psicología y destruirlo desde adentro. Pero el peso de la decepción es un ancla demasiado pesada. El hombre por el que lo di todo me abandonó a mi suerte, y mi clan me vendió. El vacío emocional es tan devastador que la sumisión total se siente como el único anestésico disponible. Cierro los ojos por un instante, dejando caer los brazos con total laxitud, abandonando cualquier intento de defensa. Cuando los abro, la chispa de control ha desaparecido, reemplazada por la mirada vacía de quien ha aceptado su destino. —Entendido... —susurro perdiendo toda su dulzura habitual, rota por la humillación —Haré... todo lo que me pidas. — — Todo. — La presión en mi mandíbula aumenta antes de soltarme bruscamente, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra. Soy Renji Kurogane, el genio financiero, el idol de masas, pero a partir de hoy, no soy más que un esclavo de sus deseos, un objeto moldeable atrapado en una jaula de oro de la que nunca podré escapar.
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  • Recuerden que ser un general no es para cualquiera, debes estar siempre alerta porque las traiciones están en todos lados.

    Debes ser frío y despiadado hasta con tus propios hombres o sino tarde o temprano se te lanzan directo al cuello.

    Este amiguito de aquí abajo tuvo que aprender a las malas que traicionarme es la peor decisión que se te puede ocurrir.
    Recuerden que ser un general no es para cualquiera, debes estar siempre alerta porque las traiciones están en todos lados. Debes ser frío y despiadado hasta con tus propios hombres o sino tarde o temprano se te lanzan directo al cuello. Este amiguito de aquí abajo tuvo que aprender a las malas que traicionarme es la peor decisión que se te puede ocurrir.
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  • "Como una pintura nos iremos borrando. Como una flor, nos iremos secando..."

    ¿Y es que así va esto, no?

    Últimamente todo se siente extraño, como si el mundo hubiese olvidado la forma que tenía cuando aún parecía familiar. Todo parece desvanecerse demasiado rápido; nombres, promesas, personas... como polvo que el viento arrastra sin dejar rastro.

    Quizá no debí permitir que aquella luz llamada esperanza me cegara. Fue hermosa, sí, pero también traicionera. Tan brillante que no me dejó ver los precipicios que escondía detrás.

    Y ahora aquí estoy otra vez, sosteniendo una pequeña vela en la inmensidad de una oscuridad que siempre me recibió con los brazos abiertos. La conozco demasiado bien. A veces parece burlarse de mi ingenuidad, pero nunca me rechaza. Permanece ahí, como un hogar al que uno vuelve después de perderse demasiado tiempo. Porque hay palabras que otros olvidan haber dicho, pero que permanecen dentro de uno para siempre. Se adhieren a la piel, se mezclan con los pensamientos y terminan convirtiéndose en una voz propia.

    Quizá por eso sigo sintiéndome fuera de lugar. Como una pieza de otro rompecabezas. Como alguien que observa a los demás encajar mientras aprende a convivir con la sensación de no pertenecer a ninguna parte.

    Así que continúo caminando con mi vela entre las manos. Ya no discuto con las sombras; hay cansancios que terminan formando parte de uno.

    Ahora solo me queda permanecer aquí, entre los colores cambiantes del cielo, observando cómo las horas nacen y mueren. Tal vez ese sea mi lugar: el breve instante entre una luz que se apaga y otra que nunca llega.

    Y mientras el mundo sigue avanzando hacia destinos que nunca parecieron llevar mi nombre, esperaré en silencio, sabiendo que algún día también me tocará desvanecerme entre los colores del cielo, igual que todo lo demás... —Releyo una vez más el escrito. No había nada que "corregir", porque era más un sentimiento del momento, que algo poético.

    El rastro de las ojeras era evidente en su rostro, y ni siquiera se molestaría en cubrirlas. Era algo habitual en Katherina.

    Cerró la libreta, y con ello sus pensamientos. Dejando caer su cabeza sobre el cuero del cuaderno.
    "Como una pintura nos iremos borrando. Como una flor, nos iremos secando..." ¿Y es que así va esto, no? Últimamente todo se siente extraño, como si el mundo hubiese olvidado la forma que tenía cuando aún parecía familiar. Todo parece desvanecerse demasiado rápido; nombres, promesas, personas... como polvo que el viento arrastra sin dejar rastro. Quizá no debí permitir que aquella luz llamada esperanza me cegara. Fue hermosa, sí, pero también traicionera. Tan brillante que no me dejó ver los precipicios que escondía detrás. Y ahora aquí estoy otra vez, sosteniendo una pequeña vela en la inmensidad de una oscuridad que siempre me recibió con los brazos abiertos. La conozco demasiado bien. A veces parece burlarse de mi ingenuidad, pero nunca me rechaza. Permanece ahí, como un hogar al que uno vuelve después de perderse demasiado tiempo. Porque hay palabras que otros olvidan haber dicho, pero que permanecen dentro de uno para siempre. Se adhieren a la piel, se mezclan con los pensamientos y terminan convirtiéndose en una voz propia. Quizá por eso sigo sintiéndome fuera de lugar. Como una pieza de otro rompecabezas. Como alguien que observa a los demás encajar mientras aprende a convivir con la sensación de no pertenecer a ninguna parte. Así que continúo caminando con mi vela entre las manos. Ya no discuto con las sombras; hay cansancios que terminan formando parte de uno. Ahora solo me queda permanecer aquí, entre los colores cambiantes del cielo, observando cómo las horas nacen y mueren. Tal vez ese sea mi lugar: el breve instante entre una luz que se apaga y otra que nunca llega. Y mientras el mundo sigue avanzando hacia destinos que nunca parecieron llevar mi nombre, esperaré en silencio, sabiendo que algún día también me tocará desvanecerme entre los colores del cielo, igual que todo lo demás... —Releyo una vez más el escrito. No había nada que "corregir", porque era más un sentimiento del momento, que algo poético. El rastro de las ojeras era evidente en su rostro, y ni siquiera se molestaría en cubrirlas. Era algo habitual en Katherina. Cerró la libreta, y con ello sus pensamientos. Dejando caer su cabeza sobre el cuero del cuaderno.
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