๐‚๐ซ๐จฬ๐ง๐ข๐œ๐š ๐๐ž ๐’๐ข๐ž๐ ๐ฆ๐ž๐ฒ๐ž๐ซ "๐†๐ฎ๐ž๐ซ๐ซ๐š ๐œ๐ข๐ฏ๐ข๐ฅ". (๐๐š๐ซ๐ซ๐š๐๐š ๐ž๐ง ๐š๐ฅ๐ ๐ฎ๐ง๐š ๐ญ๐š๐›๐ž๐ซ๐ง๐š ๐๐ž ๐ฆ๐š๐ฅ๐š๐ฆ๐ฎ๐ž๐ญ๐ž, ๐ฌ๐ž๐ ๐ฎ๐ซ๐š๐ฆ๐ž๐ง๐ญ๐ž ๐œ๐จ๐ง ๐ฆ๐ฎ๐œ๐ก๐š ๐œ๐จ๐ฉ๐š๐ฌ ๐๐ž๐ฆ๐š๐ฌ)

La lluvia de flechas oscureció el cielo por un instante. Yo avanzaba entre el barro y los cuerpos caídos, la espada larga en la mano derecha y el escudo negro en la izquierda. El tabardo azul sobre la armadura estaba ya rasgado y cubierto de sangre ajena. No sentía nada. Solo el peso del acero, el crujido de las placas al moverse y el olor metálico que impregnaba el aire.

Habíamos marchado tres días sin descanso para llegar a las murallas de Valthar. El señor de la ciudad había traicionado a su propio rey y ahora sus huestes defendían el castillo en la colina. Yo no luchaba por el rey, ni por la justicia. Solo caminaba hacia donde el camino me llevaba, y ese día el camino terminaba allí.
Choqué contra la primera línea enemiga. Mi espada atravesó el yelmo de un hombre que gritaba algo que no me importó escuchar. El siguiente intentó cortarme las piernas; le abrí el pecho desde el hombro hasta la cadera con un solo golpe descendente. El acero entraba y salía sin resistencia.

Una lanza me atravesó el muslo izquierdo. La arranqué sin detenerme. La sangre corría por dentro de la greba, tibia al principio, fría después. Seguí avanzando, un hacha me golpeó el hombro derecho y sentí cómo se rompía la clavícula. El dolor era distante, como un recuerdo viejo. Giré y decapité al portador del hacha. Su cabeza rodó entre las piernas de sus compañeros.

Llegué hasta el pie de la muralla, los defensores arrojaban piedras y aceite hirviendo. Una roca del tamaño de un torso me impactó en pleno pecho y me derribó. El mundo se volvió negro por un segundo. Me levanté. La armadura estaba abollada, pero el cuerpo ya se estaba reparando. Siempre lo hacía.

Subí por una escalera de asedio que apenas se sostenía. En la muralla, un caballero con sobrevesta roja me esperaba. Cruzamos espadas, sus golpes eran precisos, entrenados, los míos eran simples, mecánicos. Le atravesé el visor del yelmo en el quinto choque. Cayó hacia atrás, sobre sus propios hombres. Entonces llegó la flecha, entró por debajo del casco, justo en la base del cráneo. Sentí el metal romper hueso y luego la oscuridad absoluta. Caí desde lo alto de la muralla.

Solo habia silencio. Minutos después abrí los ojos. Estaba tirado entre los muertos, con el cuello torcido en un ángulo imposible. Los huesos crujieron al recolocarse. Me puse de pie lentamente. La flecha seguía clavada; la arranqué sin prisa. Sangre fresca brotó y se detuvo casi al instante.

A mi alrededor la batalla continuaba. Nadie había notado que un hombre había muerto y regresado. Tomé la espada que yacía junto a un cadáver sin cabeza y seguí caminando hacia la puerta principal del castillo. En mi no habiarabia ni cansancio. Solo el siguiente paso, y el siguiente, y el siguiente. Mientras los vivos gritaban y morían, yo simplemente seguía existiendo.
๐‚๐ซ๐จฬ๐ง๐ข๐œ๐š ๐๐ž ๐’๐ข๐ž๐ ๐ฆ๐ž๐ฒ๐ž๐ซ "๐†๐ฎ๐ž๐ซ๐ซ๐š ๐œ๐ข๐ฏ๐ข๐ฅ". (๐๐š๐ซ๐ซ๐š๐๐š ๐ž๐ง ๐š๐ฅ๐ ๐ฎ๐ง๐š ๐ญ๐š๐›๐ž๐ซ๐ง๐š ๐๐ž ๐ฆ๐š๐ฅ๐š๐ฆ๐ฎ๐ž๐ญ๐ž, ๐ฌ๐ž๐ ๐ฎ๐ซ๐š๐ฆ๐ž๐ง๐ญ๐ž ๐œ๐จ๐ง ๐ฆ๐ฎ๐œ๐ก๐š ๐œ๐จ๐ฉ๐š๐ฌ ๐๐ž๐ฆ๐š๐ฌ) La lluvia de flechas oscureció el cielo por un instante. Yo avanzaba entre el barro y los cuerpos caídos, la espada larga en la mano derecha y el escudo negro en la izquierda. El tabardo azul sobre la armadura estaba ya rasgado y cubierto de sangre ajena. No sentía nada. Solo el peso del acero, el crujido de las placas al moverse y el olor metálico que impregnaba el aire. Habíamos marchado tres días sin descanso para llegar a las murallas de Valthar. El señor de la ciudad había traicionado a su propio rey y ahora sus huestes defendían el castillo en la colina. Yo no luchaba por el rey, ni por la justicia. Solo caminaba hacia donde el camino me llevaba, y ese día el camino terminaba allí. Choqué contra la primera línea enemiga. Mi espada atravesó el yelmo de un hombre que gritaba algo que no me importó escuchar. El siguiente intentó cortarme las piernas; le abrí el pecho desde el hombro hasta la cadera con un solo golpe descendente. El acero entraba y salía sin resistencia. Una lanza me atravesó el muslo izquierdo. La arranqué sin detenerme. La sangre corría por dentro de la greba, tibia al principio, fría después. Seguí avanzando, un hacha me golpeó el hombro derecho y sentí cómo se rompía la clavícula. El dolor era distante, como un recuerdo viejo. Giré y decapité al portador del hacha. Su cabeza rodó entre las piernas de sus compañeros. Llegué hasta el pie de la muralla, los defensores arrojaban piedras y aceite hirviendo. Una roca del tamaño de un torso me impactó en pleno pecho y me derribó. El mundo se volvió negro por un segundo. Me levanté. La armadura estaba abollada, pero el cuerpo ya se estaba reparando. Siempre lo hacía. Subí por una escalera de asedio que apenas se sostenía. En la muralla, un caballero con sobrevesta roja me esperaba. Cruzamos espadas, sus golpes eran precisos, entrenados, los míos eran simples, mecánicos. Le atravesé el visor del yelmo en el quinto choque. Cayó hacia atrás, sobre sus propios hombres. Entonces llegó la flecha, entró por debajo del casco, justo en la base del cráneo. Sentí el metal romper hueso y luego la oscuridad absoluta. Caí desde lo alto de la muralla. Solo habia silencio. Minutos después abrí los ojos. Estaba tirado entre los muertos, con el cuello torcido en un ángulo imposible. Los huesos crujieron al recolocarse. Me puse de pie lentamente. La flecha seguía clavada; la arranqué sin prisa. Sangre fresca brotó y se detuvo casi al instante. A mi alrededor la batalla continuaba. Nadie había notado que un hombre había muerto y regresado. Tomé la espada que yacía junto a un cadáver sin cabeza y seguí caminando hacia la puerta principal del castillo. En mi no habiarabia ni cansancio. Solo el siguiente paso, y el siguiente, y el siguiente. Mientras los vivos gritaban y morían, yo simplemente seguía existiendo.
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