• La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes.
    Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando.
    Habían pasado semanas.
    Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar.
    Y Alastor odiaba esperar.
    De pronto, la radio chirrió.
    Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión.
    Alastor sonrió lento.

    — Ah… ya estás en casa, querido~

    La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara.
    El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal.
    Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor.
    Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado.

    — La organización rusa ha sido eliminada

    dijo con voz grave

    —.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros.

    Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco.

    — Pero… lo que más quería… era volver contigo.

    El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante.
    Sparda avanzó unos pasos.

    — ¿Me esperaste?
    La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes. Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando. Habían pasado semanas. Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar. Y Alastor odiaba esperar. De pronto, la radio chirrió. Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión. Alastor sonrió lento. — Ah… ya estás en casa, querido~ La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara. El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal. Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor. Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado. — La organización rusa ha sido eliminada dijo con voz grave —.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros. Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco. — Pero… lo que más quería… era volver contigo. El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante. Sparda avanzó unos pasos. — ¿Me esperaste?
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  • Una deuda por cobrar.
    Fandom OC
    Categoría Suspenso
    Nikto

    Era hora de sembrar lo recogido, pues incluso de los pactos rotos se podía sacar algún tipo de provecho.

    Uun rey consumido por la ambición, advertido quedó que los pactos de Morana no son para ser tomados a la ligera ¿Las consecuencias? Algo simple, toda su estirpe vería su final a causa del veneno, y así fue, pero en un intento desesperado por evitar su amargo final, el último rey creó algo... Interesante.

    La noche era un momento de calma para Morana, la cual se dirigía a su encuentro con dicha creación. ¿Cómo sabía dónde estaba? Clarividencia, un concepto básico de la nigromancia.

    Sus pasos resonaban al caminar, su mirada plateada brillaba ligeramente con la luz que emanaba la luna. No sabría como reaccionaría el "hijo del infierno", título otorgado por la última víctima de la maldición, pero aunque fuera de manera indirecta, era una creación de Morana.

    Le pertenecía... O al menos así lo veía ella, era el momento de reclamar lo que era suyo.
    [p0isonmaker] Era hora de sembrar lo recogido, pues incluso de los pactos rotos se podía sacar algún tipo de provecho. Uun rey consumido por la ambición, advertido quedó que los pactos de Morana no son para ser tomados a la ligera ¿Las consecuencias? Algo simple, toda su estirpe vería su final a causa del veneno, y así fue, pero en un intento desesperado por evitar su amargo final, el último rey creó algo... Interesante. La noche era un momento de calma para Morana, la cual se dirigía a su encuentro con dicha creación. ¿Cómo sabía dónde estaba? Clarividencia, un concepto básico de la nigromancia. Sus pasos resonaban al caminar, su mirada plateada brillaba ligeramente con la luz que emanaba la luna. No sabría como reaccionaría el "hijo del infierno", título otorgado por la última víctima de la maldición, pero aunque fuera de manera indirecta, era una creación de Morana. Le pertenecía... O al menos así lo veía ella, era el momento de reclamar lo que era suyo.
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  • La mosca en la nuca
    Categoría Contemporáneo
    El asfalto mojado bajo las ruedas de la motocicleta parecía un espejo oscuro que reflejaba un cielo que no le pertenecía. Alberto apretó el embrague, sintiendo la vibración del motor entre sus muslos como un recordatorio de que, en este mundo, todo era mecánico, tangible y finito. Exactamente como él quería que fuera.

    Había dejado atrás la ciudad hacía tres horas, pero el olor a ozono y azufre —ese rastro invisible que solo los de su clase podían detectar— no se despegaba de su nuca. No era una persecución ruidosa; era una sombra que se alargaba, un susurro entre el viento que le recordaba que la sangre de Belcebú no se limpia con agua, ni se esconde con identidades falsas.

    Se detuvo en una gasolinera olvidada, una mancha de luces de neón parpadeantes en mitad de la carretera nacional. Al bajar de la moto, sus manos temblaron ligeramente. No de miedo, sino de fatiga. Cada vez que usaba su don, cada vez que esa "anomalía" de su linaje brotaba para salvar una vida humana, su rastro en el mapa infernal brillaba como una bengala en la noche.

    «Curar es destruir el orden natural de la decadencia», le decía su ancestro. Alberto escupió a un lado, desafiando a la memoria.

    Entró en el pequeño local, compró un café aguado que sabía a plástico y regresó a su moto. El silencio del lugar era absoluto, roto solo por el clic metálico del motor enfriándose. Fue entonces cuando sintió la vibración en el bolsillo de su chaqueta de cuero.

    Sacó el móvil. No había número de remitente. No había prefijo. Solo un mensaje de texto que iluminó su rostro cansado con una luz blanca y aséptica.

    [Desconocido]: "La podredumbre siempre vuelve a su origen, Alberto. No importa cuántas veces remiendes la carne, el alma sigue teniendo nuestra marca. Mira detrás de ti."

    Alberto no se giró. Bloqueó la pantalla, guardó el teléfono y arrancó la moto de una patada, haciendo que el motor rugiera contra la oscuridad del bosque circundante. Sabía que la tregua se había terminado. Otro mensaje le llegó, pero ésta vez no se trataba de uno hostil:
    El asfalto mojado bajo las ruedas de la motocicleta parecía un espejo oscuro que reflejaba un cielo que no le pertenecía. Alberto apretó el embrague, sintiendo la vibración del motor entre sus muslos como un recordatorio de que, en este mundo, todo era mecánico, tangible y finito. Exactamente como él quería que fuera. Había dejado atrás la ciudad hacía tres horas, pero el olor a ozono y azufre —ese rastro invisible que solo los de su clase podían detectar— no se despegaba de su nuca. No era una persecución ruidosa; era una sombra que se alargaba, un susurro entre el viento que le recordaba que la sangre de Belcebú no se limpia con agua, ni se esconde con identidades falsas. Se detuvo en una gasolinera olvidada, una mancha de luces de neón parpadeantes en mitad de la carretera nacional. Al bajar de la moto, sus manos temblaron ligeramente. No de miedo, sino de fatiga. Cada vez que usaba su don, cada vez que esa "anomalía" de su linaje brotaba para salvar una vida humana, su rastro en el mapa infernal brillaba como una bengala en la noche. «Curar es destruir el orden natural de la decadencia», le decía su ancestro. Alberto escupió a un lado, desafiando a la memoria. Entró en el pequeño local, compró un café aguado que sabía a plástico y regresó a su moto. El silencio del lugar era absoluto, roto solo por el clic metálico del motor enfriándose. Fue entonces cuando sintió la vibración en el bolsillo de su chaqueta de cuero. Sacó el móvil. No había número de remitente. No había prefijo. Solo un mensaje de texto que iluminó su rostro cansado con una luz blanca y aséptica. [Desconocido]: "La podredumbre siempre vuelve a su origen, Alberto. No importa cuántas veces remiendes la carne, el alma sigue teniendo nuestra marca. Mira detrás de ti." Alberto no se giró. Bloqueó la pantalla, guardó el teléfono y arrancó la moto de una patada, haciendo que el motor rugiera contra la oscuridad del bosque circundante. Sabía que la tregua se había terminado. Otro mensaje le llegó, pero ésta vez no se trataba de uno hostil:
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  • Una nueva aventura
    Fandom Queen Family
    Categoría Acción
    Río de cenizas.

    El combate había terminado, el hombre que la selló, que la hirió, que la arrojó a ese mundo… yacía derrotado. Pero la victoria no fue limpia, Akane había roto el sello, había invocado su poder pero su cuerpo, aún débil, no pudo contenerlo por tanto tiempo.

    La magia estalló dentro de ella como fuego sin forma.
    Sus músculos se tensaron, su piel se agrietó y antes de que pudiera estabilizarse, cayó.

    El río la recibió, las aguas la envolvieron y la arrastraron lejos de los restos de la aldea, lejos del humo, lejos de todo. Akane no luchó, no podía, no tenia las fuerzas para hacerlo.

    Su conciencia se apagó entre corrientes frías y ramas flotantes. Cuando Akane abrió los ojos, el cielo era distinto, más azul, más limpio, el olor a ceniza había desaparecido.

    Estaba tendida sobre la hierba húmeda y piedras con musgo. Su cuerpo ardía aunque no sangraba. Respiro hondo, sintiendo el olor a la tierra mojada, extrañamente aquello era relajante, cerro los ojos y se dijo asi misma, un ratito mas para luego cerrar los ojos, tal como lo hacia cuando su madre la despertaba para ir a la academia. Cinco minutos mas pensó, era el tiempo suficiente para descansar, tiempo suficiente para tener un sueño.

    Rol con: Samantha Wilson
    Río de cenizas. El combate había terminado, el hombre que la selló, que la hirió, que la arrojó a ese mundo… yacía derrotado. Pero la victoria no fue limpia, Akane había roto el sello, había invocado su poder pero su cuerpo, aún débil, no pudo contenerlo por tanto tiempo. La magia estalló dentro de ella como fuego sin forma. Sus músculos se tensaron, su piel se agrietó y antes de que pudiera estabilizarse, cayó. El río la recibió, las aguas la envolvieron y la arrastraron lejos de los restos de la aldea, lejos del humo, lejos de todo. Akane no luchó, no podía, no tenia las fuerzas para hacerlo. Su conciencia se apagó entre corrientes frías y ramas flotantes. Cuando Akane abrió los ojos, el cielo era distinto, más azul, más limpio, el olor a ceniza había desaparecido. Estaba tendida sobre la hierba húmeda y piedras con musgo. Su cuerpo ardía aunque no sangraba. Respiro hondo, sintiendo el olor a la tierra mojada, extrañamente aquello era relajante, cerro los ojos y se dijo asi misma, un ratito mas para luego cerrar los ojos, tal como lo hacia cuando su madre la despertaba para ir a la academia. Cinco minutos mas pensó, era el tiempo suficiente para descansar, tiempo suficiente para tener un sueño. Rol con: [vision_onyx_donkey_445]
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  • Registro interno — Luana
    Todo llegó de golpe.
    No como recuerdos ordenados, no como escenas claras…

    sino como un impacto.
    Un segundo estaba de pie.
    Al siguiente, el mundo se volvió demasiado rápido.

    Las imágenes no pedían permiso.
    Mi infancia —fragmentos rotos—
    manos que no eran mías, voces que no usaban mi nombre,
    la sensación constante de estar aprendiendo a sobrevivir, no a vivir.
    Después, sangre. No el color…

    La sensación.
    El peso de obedecer sin entender.
    El vacío de hacer lo que se esperaba de mí y no sentir nada al hacerlo.

    Corría mi mente como si alguien hubiera presionado avance rápido:
    rostros que ya no recuerdo completos,
    lugares donde nunca fui persona, solo función.

    Órdenes. Silencios. Frío.
    Luego, la transformación.
    No el dolor físico…

    sino la ruptura de saber que ya no había vuelta atrás.
    Ser loba.
    Ser algo más.

    Ser algo que otros nombraban por mí.
    Intenté respirar, pero el aire no entraba bien.

    Mis manos temblaban, no por miedo…
    sino porque mi cuerpo estaba cansado de sostenerme.

    Sentí el vínculo.
    Ese hilo invisible que siempre fingí no sentir.

    No como una voz.
    Como un eco que decía: no estás sola,
    y yo lo odié… porque no quería necesitar a nadie.

    Quise pensar: soy libre.
    Pero en ese instante no lo sentí cierto.
    Solo sentí agotamiento.
    Mis piernas cedieron.
    No fue una caída dramática.
    Fue lenta.
    Pesada.

    Como si la gravedad finalmente hubiera ganado.
    No pensé en morir.

    Pensé algo peor:
    ¿Y si nunca supe quién era sin sobrevivir?
    La esperanza no se rompió.

    Se apagó, como una luz cansada que no tenía fuerzas para seguir encendida.
    Y allí, desorientada, con la mente llena y el cuerpo vacío,
    entendí algo con una claridad brutal:
    No estaba tocando fondo porque fuera débil.

    Estaba tocando fondo porque nunca me había permitido parar.
    Registro interno — Luana Todo llegó de golpe. No como recuerdos ordenados, no como escenas claras… sino como un impacto. Un segundo estaba de pie. Al siguiente, el mundo se volvió demasiado rápido. Las imágenes no pedían permiso. Mi infancia —fragmentos rotos— manos que no eran mías, voces que no usaban mi nombre, la sensación constante de estar aprendiendo a sobrevivir, no a vivir. Después, sangre. No el color… La sensación. El peso de obedecer sin entender. El vacío de hacer lo que se esperaba de mí y no sentir nada al hacerlo. Corría mi mente como si alguien hubiera presionado avance rápido: rostros que ya no recuerdo completos, lugares donde nunca fui persona, solo función. Órdenes. Silencios. Frío. Luego, la transformación. No el dolor físico… sino la ruptura de saber que ya no había vuelta atrás. Ser loba. Ser algo más. Ser algo que otros nombraban por mí. Intenté respirar, pero el aire no entraba bien. Mis manos temblaban, no por miedo… sino porque mi cuerpo estaba cansado de sostenerme. Sentí el vínculo. Ese hilo invisible que siempre fingí no sentir. No como una voz. Como un eco que decía: no estás sola, y yo lo odié… porque no quería necesitar a nadie. Quise pensar: soy libre. Pero en ese instante no lo sentí cierto. Solo sentí agotamiento. Mis piernas cedieron. No fue una caída dramática. Fue lenta. Pesada. Como si la gravedad finalmente hubiera ganado. No pensé en morir. Pensé algo peor: ¿Y si nunca supe quién era sin sobrevivir? La esperanza no se rompió. Se apagó, como una luz cansada que no tenía fuerzas para seguir encendida. Y allí, desorientada, con la mente llena y el cuerpo vacío, entendí algo con una claridad brutal: No estaba tocando fondo porque fuera débil. Estaba tocando fondo porque nunca me había permitido parar.
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  • Preludio a la guerra.
    Fandom OC
    Categoría Drama
    Konrad Eisenwulf

    El silencio era pesado, roto solamente por el sonido del andar de la mujer. Su ropa era de otra época; mejor así, pues si bien ahora vivía en la época moderna, las brasas del conflicto de antaño habían vuelto a arder.

    Cualquiera que la viera no la reconocería, no era Morana, ahora portaba su verdadera apariencia, una mujer rubia de ojos plateados y complexión delgada. Una mujer cuyo nombre nadie recordaba, pero durante esta guerra se volvería a pronunciar.

    Nunca le pertenecieron nombres de nobleza, nunca tuvo derecho a títulos ni linajes, no heredó el estatus que su madre ostentó en vida, era un nombre común para alguien común, de la misma manera que los apellidos eran reservados para aquellos de nobleza...

    Adela.

    ¿Dónde estaba? Solamente ella lo sabía...

    Fortaleza alzada en su nombre, un altar a su persona construido por quienes en su momento fueron sus siervos, y destinado a ser su lugar de descanso.
    Un lugar que la iglesia consideraría profano; sin embargo, era sagrado para ella.
    La luz del exterior le iluminó el rostro en el momento que alzó la vista.

    Las velas que se encontraban en los laterales del lugar se encendieron por si solas, reconociendo que al fin, su señora había vuelto.
    Este sería el punto de reunión durante la guerra y, en caso de necesidad, sería donde transcurriría el encuentro final, pero eso no acontece ahora.

    Se acercó a paso calmado hacia su asiento, acarició el reposabrazos con nostalgia, el polvo se adhirió a su mano, este lugar llevaba demasiado tiempo olvidado.

    Se tomó un momento mirando su asiento, que aunque se mantuviera intacto, estaba marcado por el paso del tiempo.

    Parece que los años no le pesaban solamente a ella.

    Se dispuso a tomar asiento, posando su arma sobre su regazo, fue entonces cuando su voz cortó el silencio.

    — Konrad Eisenwulf. — Pronunció con tono calmado, mas el caballero sabría que era una orden, requería de su presencia una vez más.
    [Ultimate_Warrior] El silencio era pesado, roto solamente por el sonido del andar de la mujer. Su ropa era de otra época; mejor así, pues si bien ahora vivía en la época moderna, las brasas del conflicto de antaño habían vuelto a arder. Cualquiera que la viera no la reconocería, no era Morana, ahora portaba su verdadera apariencia, una mujer rubia de ojos plateados y complexión delgada. Una mujer cuyo nombre nadie recordaba, pero durante esta guerra se volvería a pronunciar. Nunca le pertenecieron nombres de nobleza, nunca tuvo derecho a títulos ni linajes, no heredó el estatus que su madre ostentó en vida, era un nombre común para alguien común, de la misma manera que los apellidos eran reservados para aquellos de nobleza... Adela. ¿Dónde estaba? Solamente ella lo sabía... Fortaleza alzada en su nombre, un altar a su persona construido por quienes en su momento fueron sus siervos, y destinado a ser su lugar de descanso. Un lugar que la iglesia consideraría profano; sin embargo, era sagrado para ella. La luz del exterior le iluminó el rostro en el momento que alzó la vista. Las velas que se encontraban en los laterales del lugar se encendieron por si solas, reconociendo que al fin, su señora había vuelto. Este sería el punto de reunión durante la guerra y, en caso de necesidad, sería donde transcurriría el encuentro final, pero eso no acontece ahora. Se acercó a paso calmado hacia su asiento, acarició el reposabrazos con nostalgia, el polvo se adhirió a su mano, este lugar llevaba demasiado tiempo olvidado. Se tomó un momento mirando su asiento, que aunque se mantuviera intacto, estaba marcado por el paso del tiempo. Parece que los años no le pesaban solamente a ella. Se dispuso a tomar asiento, posando su arma sobre su regazo, fue entonces cuando su voz cortó el silencio. — Konrad Eisenwulf. — Pronunció con tono calmado, mas el caballero sabría que era una orden, requería de su presencia una vez más.
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  • la recuperación es un largo camino lleno de dificultades, donde se ha enfrentado a las limitaciones impuestas por una sociedad de la cual (aunque forma parte para bien) se puede esperar cualquier cosa.

    comenzando por los huesos rotos unidos por clavos, un hombro dislocado que presenta dolor continuo aún con medicación, algunos dientes reemplazodos y deformaciones en los dedos de la mano izquierda.

    aún con todo eso, la recuperación aunque lenta, se siente menos agobiada al sentir apoyo de Sayuri, su corazón la recuerda con mucho cariño y poco a poco aparecen fragmentos de memoria, palabras entre ellos en su mejor momento que escapan de sus labios, gestos de atención y amor sobre sus miradas se cruzan, volviendo a encontrarse esa chispa de amor.

    ¿Cuánto durará este pequeño episodio de felicidad?...

    sin saber que *un hijo* de él ha nacido en el vientre de esa espantosa mujer que busca robarle todo...
    la recuperación es un largo camino lleno de dificultades, donde se ha enfrentado a las limitaciones impuestas por una sociedad de la cual (aunque forma parte para bien) se puede esperar cualquier cosa. comenzando por los huesos rotos unidos por clavos, un hombro dislocado que presenta dolor continuo aún con medicación, algunos dientes reemplazodos y deformaciones en los dedos de la mano izquierda. aún con todo eso, la recuperación aunque lenta, se siente menos agobiada al sentir apoyo de Sayuri, su corazón la recuerda con mucho cariño y poco a poco aparecen fragmentos de memoria, palabras entre ellos en su mejor momento que escapan de sus labios, gestos de atención y amor sobre sus miradas se cruzan, volviendo a encontrarse esa chispa de amor. ¿Cuánto durará este pequeño episodio de felicidad?... sin saber que *un hijo* de él ha nacido en el vientre de esa espantosa mujer que busca robarle todo...
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  • Se acerca la guerra...

    — Cuanto tiempo ha pasado... — La voz de Morana resonó entre la oscuridad. — Volvemos una vez más a alzarnos en armas... — Aunque la emoción la recorriese, su voz sonaba... Cansada, diferente...

    Entonces en la oscuridad se hizo presente el sonido de sus pasos.

    Un paso. — Buscaron mandarme a la pira. —

    Otro paso. — Arrasaron con mi gente. — Su voz se volvió más grave.

    Otro paso. — Acabaron con mi esposo. — Se podía notar el dolor en su voz al mencionarlo.

    Se detuvo en seco. — Una guerra acabada hace siglos. — Suspiró. — Un pacto roto. — Respiró profundo, su voz calmándose nuevamente.

    — Si Dios no bendice mis armas en esta guerra, que su sangre sea la que alimente mi fuerza. —
    — Si realmente Dios desea mi muerte, que baje él mismo a crucificarme. —

    La puerta a la oscura habitación se abrió. — Marchamos a la guerra una vez más... — Finalmente salió de la oscura habitación, pero esta vez portando una nueva forma. — No me esconderé, se acabó el huir. — Su voz adquirió un tono firme.

    — Esta vez ni siquiera la muerte os puede proteger... Y no habrá misericordia. —

    Elijah Vítkov
    Se acerca la guerra... — Cuanto tiempo ha pasado... — La voz de Morana resonó entre la oscuridad. — Volvemos una vez más a alzarnos en armas... — Aunque la emoción la recorriese, su voz sonaba... Cansada, diferente... Entonces en la oscuridad se hizo presente el sonido de sus pasos. Un paso. — Buscaron mandarme a la pira. — Otro paso. — Arrasaron con mi gente. — Su voz se volvió más grave. Otro paso. — Acabaron con mi esposo. — Se podía notar el dolor en su voz al mencionarlo. Se detuvo en seco. — Una guerra acabada hace siglos. — Suspiró. — Un pacto roto. — Respiró profundo, su voz calmándose nuevamente. — Si Dios no bendice mis armas en esta guerra, que su sangre sea la que alimente mi fuerza. — — Si realmente Dios desea mi muerte, que baje él mismo a crucificarme. — La puerta a la oscura habitación se abrió. — Marchamos a la guerra una vez más... — Finalmente salió de la oscura habitación, pero esta vez portando una nueva forma. — No me esconderé, se acabó el huir. — Su voz adquirió un tono firme. — Esta vez ni siquiera la muerte os puede proteger... Y no habrá misericordia. — [fusion_bronze_monkey_923]
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  • La capitana estaba regresando con el pequeño grupo de expedición, querían volver a casa pronto, pero ya era tarde y los caballos estaban agotados.

    Se detuvieron en las afueras de un pueblo, hacia frío y no podrían ponerse en marcha nuevamente hasta el día siguiente, así que decidieron pasar la noche en una de las tabernas que había cerca. El interior estaba bastante animado, la gente rodeaba a un grupo de aventureros que no paraban de festejar y levantar sus jarras de cerveza.

    (—Que ruidosos) Pensó ella, acercándose con cuidado para detener el alboroto.

    Vio que eran varios, un sujeto vestido con ropajes tribales, una chica bajita que no paraba de dar vueltas en la amplia mesa, un pelinegro bastante borracho y...

    Empujó junto con su grupo de soldados a los borrachos que estaba aplaudiendo y gritando, estaba apunto de hablar y se quedó inmóvil, con los ojos y la boca abierta. Era como si hubiera visto un fantasma, no, es que realmente lo era.

    Frente a ella había un hombre rubio, tenía la armadura que solía llevar su antiguo capitán, era alto y su cuerpo estaba más fornido que cuando lo vio por última vez. Y él... Estaba.... Sonriendo.

    —Hans... —susurró en voz baja cuando las miradas de ambos se cruzaron, sin embargo el hombre pareció no distinguirla por la multitud..

    Antes de que los soldados se acercaran más los detuvo, ya no había motivo para molestar a ese grupo de aventureros, no de momento. Sin explicarles nada ella les ordenó retirarse.

    Y mientras se iban de la taberna ella empezó a recordar el pasado, cuando eran jóvenes, cuando las cosas no eran tan malas como ahora...

    La capitana estaba regresando con el pequeño grupo de expedición, querían volver a casa pronto, pero ya era tarde y los caballos estaban agotados. Se detuvieron en las afueras de un pueblo, hacia frío y no podrían ponerse en marcha nuevamente hasta el día siguiente, así que decidieron pasar la noche en una de las tabernas que había cerca. El interior estaba bastante animado, la gente rodeaba a un grupo de aventureros que no paraban de festejar y levantar sus jarras de cerveza. (—Que ruidosos) Pensó ella, acercándose con cuidado para detener el alboroto. Vio que eran varios, un sujeto vestido con ropajes tribales, una chica bajita que no paraba de dar vueltas en la amplia mesa, un pelinegro bastante borracho y... Empujó junto con su grupo de soldados a los borrachos que estaba aplaudiendo y gritando, estaba apunto de hablar y se quedó inmóvil, con los ojos y la boca abierta. Era como si hubiera visto un fantasma, no, es que realmente lo era. Frente a ella había un hombre rubio, tenía la armadura que solía llevar su antiguo capitán, era alto y su cuerpo estaba más fornido que cuando lo vio por última vez. Y él... Estaba.... Sonriendo. —Hans... —susurró en voz baja cuando las miradas de ambos se cruzaron, sin embargo el hombre pareció no distinguirla por la multitud.. Antes de que los soldados se acercaran más los detuvo, ya no había motivo para molestar a ese grupo de aventureros, no de momento. Sin explicarles nada ella les ordenó retirarse. Y mientras se iban de la taberna ella empezó a recordar el pasado, cuando eran jóvenes, cuando las cosas no eran tan malas como ahora...
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    — No se equivoque: en el instante de mi invocación, el Grial graba en mi mente no solo su nombre, sino cada uno de sus hábitos y secretos. No necesito presentaciones ni protocolos de adaptación; soy su guardaespaldas perfecto porque le conozco mejor de lo que usted se conoce a sí mismo.
    — No se equivoque: en el instante de mi invocación, el Grial graba en mi mente no solo su nombre, sino cada uno de sus hábitos y secretos. No necesito presentaciones ni protocolos de adaptación; soy su guardaespaldas perfecto porque le conozco mejor de lo que usted se conoce a sí mismo.
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