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    || El cumpleaños de Isla siendo en cuatro días y el universo medio roto, la vida no la quiere
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  • No supo bien si fue aquel vaso roto en el suelo de la cocina o los pequeños rastros de sangre que se extendían por la habitación, subiendo por las sillas y la brillante mesa de mármol, como si la escena fuera el desgaste de una lucha que poco a poco perdió su fuerza y las ganas de sobrevivir.

    Quizá fueron los trozos de carne rasgada en partes aleatorias de su cuerpo, que aún sangrando leve le advertían qué el vidrio había sido por instantes su enemigo casi mortal.
    No lo sabía, no sabía si el intenso dolor en su cabeza o el mareo persistente lo habían orillado a aquel destino que esa tarde decidió para sí.

    ¿Cuanto tiempo había estado inconsciente?

    No podía ser demasiado, pues aquel puré de tomate espeso y exageradamente condimentado que había dejado sobre el fuego aún no se quemaba ¿segundos? ¿A caso había sido eso realmente suerte?

    Sin dar más vueltas, apagó la estufa y recogió el cristal partido en pequeños trozos en el suelo, aunque siempre había pequeñas partículas filosas qué nunca lograba juntar ¿le quedaban vasos de vidrio en la casa?

    Como fuera, esa tarde Daniel desapareció: no más llamadas, ni de su madre, ni de su representante, ni de la empresa con la que acababa de firmar. No más amigos que no sabía qué tenía, no más supuestos amantes, se escondió de todos y de todo.
    Lo buscaron, por supuesto que lo hiciero, lo buscaron llamando y preguntando a conocidos, a su familia, pero ninguna persona buscó en donde siempre debieron pensar.
    Daniel estaba en su casa, dos semanas para ser exactos, en las que no respondió y esa casa se veía tan cerrada que resultaba imposible pensar que alguien estuviera dentro. No huyó lejos, no tomó un vuelo en la madrugada, simplemente se quedó allí, refugiado de su propia existencia.
    No supo bien si fue aquel vaso roto en el suelo de la cocina o los pequeños rastros de sangre que se extendían por la habitación, subiendo por las sillas y la brillante mesa de mármol, como si la escena fuera el desgaste de una lucha que poco a poco perdió su fuerza y las ganas de sobrevivir. Quizá fueron los trozos de carne rasgada en partes aleatorias de su cuerpo, que aún sangrando leve le advertían qué el vidrio había sido por instantes su enemigo casi mortal. No lo sabía, no sabía si el intenso dolor en su cabeza o el mareo persistente lo habían orillado a aquel destino que esa tarde decidió para sí. ¿Cuanto tiempo había estado inconsciente? No podía ser demasiado, pues aquel puré de tomate espeso y exageradamente condimentado que había dejado sobre el fuego aún no se quemaba ¿segundos? ¿A caso había sido eso realmente suerte? Sin dar más vueltas, apagó la estufa y recogió el cristal partido en pequeños trozos en el suelo, aunque siempre había pequeñas partículas filosas qué nunca lograba juntar ¿le quedaban vasos de vidrio en la casa? Como fuera, esa tarde Daniel desapareció: no más llamadas, ni de su madre, ni de su representante, ni de la empresa con la que acababa de firmar. No más amigos que no sabía qué tenía, no más supuestos amantes, se escondió de todos y de todo. Lo buscaron, por supuesto que lo hiciero, lo buscaron llamando y preguntando a conocidos, a su familia, pero ninguna persona buscó en donde siempre debieron pensar. Daniel estaba en su casa, dos semanas para ser exactos, en las que no respondió y esa casa se veía tan cerrada que resultaba imposible pensar que alguien estuviera dentro. No huyó lejos, no tomó un vuelo en la madrugada, simplemente se quedó allí, refugiado de su propia existencia.
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  • 𝑪𝒓𝒐́𝒏𝒊𝒄𝒂 𝒅𝒆 𝑺𝒊𝒆𝒈𝒎𝒆𝒚𝒆𝒓, 𝑬𝒍 𝑬𝒓𝒓𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝑬𝒍𝒅𝒆𝒏𝒎𝒐𝒐𝒓.

    En aquellos días, cuando mi sangre aún ardía con el fuego de la juventud y servía bajo los estandartes de la Orden, llegamos a un pueblo olvidado entre las colinas grises llamado Eldenmoor. Docenas de niños habían desaparecido bajo la luz de la luna llena. La Orden sospechaba un culto, y no se equivocaba.

    Aquella noche los encontramos en el sótano de la casa más grande del pueblo: un matrimonio respetado, pilares de la comunidad. El padre y la madre, con túnicas manchadas de sangre seca, terminaban un ritual. Un niño de no más de ocho años yacía atado al altar de piedra, aún vivo, mientras le abrían las venas para alimentar a la entidad oscura que invocaban. Sus rostros mostraban puro éxtasis. Sonreían.

    No hubo juicio. No hubo piedad. Los corté en pedazos allí mismo, delante del altar. Sus gritos se mezclaron con los del niño que logré salvar. Cuando terminé, la habitación olía a hierro y muerte. Pero había un testigo. El hijo de aquella escoria, un niño pequeño, dormía en la habitación contigua. Dudé y lo dejé vivir.

    Años después, el destino me trajo de vuelta a Eldenmoor. En el centro de la plaza principal, bajo un cielo plomizo, el joven, ahora convertido en un hombre consumido por el odio, me tenía acorralado contra la vieja fuente de piedra. El cuchillo oxidado entraba y salía de mi pecho y abdomen con furia salvaje. La sangre salpicaba el empedrado, tiñendo de rojo las grietas entre las piedras. Los aldeanos observaban desde las sombras, aterrorizados.

    Cada puñalada era más desesperada. Mis heridas se abrían y se cerraban casi al instante.

    " ¡¡Muere, maldito monstruo!! " Gritaba entre sollozos. " ¡¡Esto es por mi familia!! ¡Los degollaste como animales! "

    Lo dejé continuar unos segundos más, observándolo con absoluta frialdad. Entonces, en un movimiento rápido y preciso, levanté la mano y le agarré la muñeca con fuerza de hierro, deteniendo el cuchillo en el aire justo antes de que volviera a clavarse.

    El joven forcejeó, pero era inútil. Mis dedos se cerraron como una tenaza.

    — Mírame. —
    Ordené con voz baja y gélida, sin elevar el tono.
    — Sigue apuñalando cuanto quieras. No los vas a traer de vuelta. —

    El atacante intentó liberarse, gritando de rabia.

    " ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué los mataste, hijo de puta?! "

    Mantuve su muñeca inmovilizada y lo miré directamente a los ojos, sin una gota de compasión.

    — Porque tus padres no eran inocentes aldeanos. Eran pero que basura. —

    El joven soltó un alarido desgarrador e intentó apuñalarme de nuevo con la mano libre. Entonces, con un movimiento seco y brutal, torcí su muñeca y le rompí el brazo con un crujido audible. El hueso se fracturó limpiamente. El cuchillo cayó al suelo entre los gritos de dolor del joven.

    — Sigue desperdiciando tu vida si tanto lo deseas —
    Continué con la misma voz fría y monótona, soltando su brazo roto.
    — Nada de lo que hagas cambiará que tus padres eran escoria que se alimentaba de la sangre de inocentes. —

    El joven cayó de rodillas, sujetándose el brazo destrozado entre sollozos y maldiciones, mientras yo permanecía de pie frente a él, cubierto de mi propia sangre que ya empezaba a secarse.
    𝑪𝒓𝒐́𝒏𝒊𝒄𝒂 𝒅𝒆 𝑺𝒊𝒆𝒈𝒎𝒆𝒚𝒆𝒓, 𝑬𝒍 𝑬𝒓𝒓𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝑬𝒍𝒅𝒆𝒏𝒎𝒐𝒐𝒓. En aquellos días, cuando mi sangre aún ardía con el fuego de la juventud y servía bajo los estandartes de la Orden, llegamos a un pueblo olvidado entre las colinas grises llamado Eldenmoor. Docenas de niños habían desaparecido bajo la luz de la luna llena. La Orden sospechaba un culto, y no se equivocaba. Aquella noche los encontramos en el sótano de la casa más grande del pueblo: un matrimonio respetado, pilares de la comunidad. El padre y la madre, con túnicas manchadas de sangre seca, terminaban un ritual. Un niño de no más de ocho años yacía atado al altar de piedra, aún vivo, mientras le abrían las venas para alimentar a la entidad oscura que invocaban. Sus rostros mostraban puro éxtasis. Sonreían. No hubo juicio. No hubo piedad. Los corté en pedazos allí mismo, delante del altar. Sus gritos se mezclaron con los del niño que logré salvar. Cuando terminé, la habitación olía a hierro y muerte. Pero había un testigo. El hijo de aquella escoria, un niño pequeño, dormía en la habitación contigua. Dudé y lo dejé vivir. Años después, el destino me trajo de vuelta a Eldenmoor. En el centro de la plaza principal, bajo un cielo plomizo, el joven, ahora convertido en un hombre consumido por el odio, me tenía acorralado contra la vieja fuente de piedra. El cuchillo oxidado entraba y salía de mi pecho y abdomen con furia salvaje. La sangre salpicaba el empedrado, tiñendo de rojo las grietas entre las piedras. Los aldeanos observaban desde las sombras, aterrorizados. Cada puñalada era más desesperada. Mis heridas se abrían y se cerraban casi al instante. " ¡¡Muere, maldito monstruo!! " Gritaba entre sollozos. " ¡¡Esto es por mi familia!! ¡Los degollaste como animales! " Lo dejé continuar unos segundos más, observándolo con absoluta frialdad. Entonces, en un movimiento rápido y preciso, levanté la mano y le agarré la muñeca con fuerza de hierro, deteniendo el cuchillo en el aire justo antes de que volviera a clavarse. El joven forcejeó, pero era inútil. Mis dedos se cerraron como una tenaza. — Mírame. — Ordené con voz baja y gélida, sin elevar el tono. — Sigue apuñalando cuanto quieras. No los vas a traer de vuelta. — El atacante intentó liberarse, gritando de rabia. " ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué los mataste, hijo de puta?! " Mantuve su muñeca inmovilizada y lo miré directamente a los ojos, sin una gota de compasión. — Porque tus padres no eran inocentes aldeanos. Eran pero que basura. — El joven soltó un alarido desgarrador e intentó apuñalarme de nuevo con la mano libre. Entonces, con un movimiento seco y brutal, torcí su muñeca y le rompí el brazo con un crujido audible. El hueso se fracturó limpiamente. El cuchillo cayó al suelo entre los gritos de dolor del joven. — Sigue desperdiciando tu vida si tanto lo deseas — Continué con la misma voz fría y monótona, soltando su brazo roto. — Nada de lo que hagas cambiará que tus padres eran escoria que se alimentaba de la sangre de inocentes. — El joven cayó de rodillas, sujetándose el brazo destrozado entre sollozos y maldiciones, mientras yo permanecía de pie frente a él, cubierto de mi propia sangre que ya empezaba a secarse.
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    Que que hacen las dos mientras no estoy? Pues tal vez esto…

    Fenrir Queen probablemente pase gran parte del tiempo en calma. A veces estaría leyendo en algún rincón de la academia Absalon, ayudando a algún estudiante perdido con una sonrisa tímida o acompañando a Yrus mientras este duerme enroscado sobre sus piernas. Cuando está sola, seguramente mira el cielo y piensa en todas las personas que quiere proteger, preguntándose si realmente será capaz de estar a la altura de las expectativas que los demás tienen de ella.

    “Espero que todos estén bien… aunque no me necesiten ahora mismo.”

    Mientras tanto, Sury Sakai sería mucho más inquieta. Seguiría entrenando una y otra vez, perfeccionando movimientos con su espada, intentando entender esos recuerdos rotos que siguen escondidos en algún lugar de su corazón. Algunas noches volvería a soñar con aquella puerta blanca, con una figura que no logra reconocer y con un nombre que todavía le provoca una extraña nostalgia.

    ”¿Por qué siento que estoy olvidando algo importante…?”

    Y de vez en cuando, cuando nadie las ve, me gusta imaginar que ambas coinciden en algún lugar imposible entre mundos.

    Fenrir sentada tranquilamente bajo un árbol.

    Sury tumbada sobre la hierba mirando las nubes.

    —¿Crees que volverá pronto?

    Preguntaría Sury.

    —Sí. Siempre vuelve.

    Respondería Fenrir con una pequeña sonrisa.

    Entonces seguirían hablando de cosas simples, de amigos, de aventuras, de los problemas de la academia, de las rarezas de Yrus, hasta que aparecieras otra vez y el mundo volviera a moverse alrededor de ellas.
    Que que hacen las dos mientras no estoy? Pues tal vez esto… Fenrir Queen probablemente pase gran parte del tiempo en calma. A veces estaría leyendo en algún rincón de la academia Absalon, ayudando a algún estudiante perdido con una sonrisa tímida o acompañando a Yrus mientras este duerme enroscado sobre sus piernas. Cuando está sola, seguramente mira el cielo y piensa en todas las personas que quiere proteger, preguntándose si realmente será capaz de estar a la altura de las expectativas que los demás tienen de ella. “Espero que todos estén bien… aunque no me necesiten ahora mismo.” Mientras tanto, Sury Sakai sería mucho más inquieta. Seguiría entrenando una y otra vez, perfeccionando movimientos con su espada, intentando entender esos recuerdos rotos que siguen escondidos en algún lugar de su corazón. Algunas noches volvería a soñar con aquella puerta blanca, con una figura que no logra reconocer y con un nombre que todavía le provoca una extraña nostalgia. ”¿Por qué siento que estoy olvidando algo importante…?” Y de vez en cuando, cuando nadie las ve, me gusta imaginar que ambas coinciden en algún lugar imposible entre mundos. Fenrir sentada tranquilamente bajo un árbol. Sury tumbada sobre la hierba mirando las nubes. —¿Crees que volverá pronto? Preguntaría Sury. —Sí. Siempre vuelve. Respondería Fenrir con una pequeña sonrisa. Entonces seguirían hablando de cosas simples, de amigos, de aventuras, de los problemas de la academia, de las rarezas de Yrus, hasta que aparecieras otra vez y el mundo volviera a moverse alrededor de ellas.
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
    Categoría Original
    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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  • El mercado era enorme, el ambiente a incienso y madera también como a hierro y cuero era palpable en el ambiente. No era normal en los mercados de ciudades grandes.

    Karla paseaba mirando distintos puestos, pero nada le parecía lo suficientemente bueno para el nuevo prototipo que tenía pensado, le faltaba algo, algo especial, algo que diferenciara aquel arma de las demás.

    Regateaba con los comerciantes para comprar algunas cosas, siempre conseguía un buen precio. Por eso tenía su bolsa algo llena, pero aún así no conseguía su objetivo.
    El mercado era enorme, el ambiente a incienso y madera también como a hierro y cuero era palpable en el ambiente. No era normal en los mercados de ciudades grandes. Karla paseaba mirando distintos puestos, pero nada le parecía lo suficientemente bueno para el nuevo prototipo que tenía pensado, le faltaba algo, algo especial, algo que diferenciara aquel arma de las demás. Regateaba con los comerciantes para comprar algunas cosas, siempre conseguía un buen precio. Por eso tenía su bolsa algo llena, pero aún así no conseguía su objetivo.
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  • El centinela.
    Fandom Las crónicas de Fenrir
    Categoría Acción
    https://ficrol.com/posts/380841

    El planeta de Eredh-Khal llevaba siglos pudriéndose lentamente bajo el peso de sus propios gobernantes.

    Las ciudades brillaban desde el cielo como joyas suspendidas entre montañas y océanos dorados, pero bajo aquella belleza artificial se escondía un mundo construido sobre hambre, miedo y obediencia. Las grandes familias soberanas habían convertido la fe en una cadena. Los templos controlaban el alimento. Los nobles controlaban el agua. Y los ciudadanos sobrevivían trabajando hasta la muerte para mantener encendida una civilización que ya no pertenecía al pueblo desde hacía generaciones.

    Decían que los dioses protegían Eredh-Khal.

    Mentira.

    Los dioses habían muerto hacía mucho tiempo.

    Lo único que quedaba eran hombres ricos usando sus nombres.

    Mientras barrios enteros caían en la miseria, los soberanos desviaban recursos imposibles hacia un único proyecto: crear el Centinela Absoluto. Un arma sagrada capaz de resistir cualquier invasión. Un guardián bendecido por reliquias antiguas y alimentado con la fe de millones.

    Y cuando las naves negras aparecieron atravesando las nubes…

    Comprendieron demasiado tarde que habían construido un dios únicamente para retrasar el final.

    El cielo rugía.

    Las estructuras imperiales de Nexus Concordia cubrían continentes enteros proyectando sombras gigantescas sobre mares y ciudades. Sirenas de evacuación resonaban entre los templos mientras miles de ciudadanos observaban aterrados cómo las nubes comenzaban a abrirse lentamente por la presión de los motores celestiales.

    La invasión había comenzado.

    Columnas de luz descendían desde las naves impactando contra fortalezas, puertos y centros políticos. Los soldados de Concordia avanzaban entre fuego y ceniza como una marea imposible de detener. Perfectamente sincronizados. Silenciosos. Hermosos.

    Y en medio del caos…

    Algo despertó.

    Las montañas sagradas de Eredh-Khal comenzaron a temblar violentamente mientras enormes círculos dorados aparecían sobre el cielo. Campanas antiguas resonaron por todo el continente y una presión divina recorrió la atmósfera como un latido.

    Entonces el Centinela abrió los ojos.

    La colosal figura emergió lentamente desde el corazón del templo principal envuelta en luz blanca y fragmentos de roca flotante. Medía cientos de metros de altura. Su cuerpo estaba cubierto de armaduras ceremoniales grabadas con escrituras sagradas y múltiples anillos luminosos giraban lentamente detrás de su espalda como pequeños soles artificiales.

    Cada paso hacía temblar ciudades enteras.

    En una de sus manos apareció una gigantesca lanza de energía celestial.

    En la otra…
    un círculo mágico tan enorme que cubrió las nubes.

    La voz del Centinela descendió sobre el planeta entero.

    —Entidad invasora detectada.
    Activando protocolo de purificación.—

    Y entonces…

    Alguien comenzó a reír.

    No una risa humana.

    Algo más oscuro.
    Más arrogante.

    Una grieta roja atravesó el cielo sobre las ruinas de la capital mientras llamas negras comenzaban a derramarse lentamente hacia el vacío. Varias explosiones sacudieron el aire y decenas de soldados sagrados fueron despedidos violentamente antes siquiera de comprender qué ocurría.

    De la grieta emergió una figura caminando tranquilamente entre el fuego.

    Cuernos oscuros.
    Cabello agitado por el viento.
    Ojos brillando como brasas infernales.

    La presión demoníaca hizo crujir las estructuras cercanas apenas puso un pie sobre el suelo destruido.

    Zagreo.

    La mano derecha de Veythra.

    El semidiós nacido entre lo celestial y lo abismal.

    Levantó lentamente la mirada hacia el gigantesco Centinela que dominaba el horizonte… y sonrió mostrando los colmillos.

    —¿Todo esto…—

    Las llamas comenzaron a girar alrededor suyo como una tormenta viva.

    —…solo para recibirme a mí?—

    El Centinela alzó la lanza.

    Los anillos sagrados detrás de su espalda comenzaron a iluminarse violentamente.

    Y el cielo entero explotó en luz.
    https://ficrol.com/posts/380841 El planeta de Eredh-Khal llevaba siglos pudriéndose lentamente bajo el peso de sus propios gobernantes. Las ciudades brillaban desde el cielo como joyas suspendidas entre montañas y océanos dorados, pero bajo aquella belleza artificial se escondía un mundo construido sobre hambre, miedo y obediencia. Las grandes familias soberanas habían convertido la fe en una cadena. Los templos controlaban el alimento. Los nobles controlaban el agua. Y los ciudadanos sobrevivían trabajando hasta la muerte para mantener encendida una civilización que ya no pertenecía al pueblo desde hacía generaciones. Decían que los dioses protegían Eredh-Khal. Mentira. Los dioses habían muerto hacía mucho tiempo. Lo único que quedaba eran hombres ricos usando sus nombres. Mientras barrios enteros caían en la miseria, los soberanos desviaban recursos imposibles hacia un único proyecto: crear el Centinela Absoluto. Un arma sagrada capaz de resistir cualquier invasión. Un guardián bendecido por reliquias antiguas y alimentado con la fe de millones. Y cuando las naves negras aparecieron atravesando las nubes… Comprendieron demasiado tarde que habían construido un dios únicamente para retrasar el final. El cielo rugía. Las estructuras imperiales de Nexus Concordia cubrían continentes enteros proyectando sombras gigantescas sobre mares y ciudades. Sirenas de evacuación resonaban entre los templos mientras miles de ciudadanos observaban aterrados cómo las nubes comenzaban a abrirse lentamente por la presión de los motores celestiales. La invasión había comenzado. Columnas de luz descendían desde las naves impactando contra fortalezas, puertos y centros políticos. Los soldados de Concordia avanzaban entre fuego y ceniza como una marea imposible de detener. Perfectamente sincronizados. Silenciosos. Hermosos. Y en medio del caos… Algo despertó. Las montañas sagradas de Eredh-Khal comenzaron a temblar violentamente mientras enormes círculos dorados aparecían sobre el cielo. Campanas antiguas resonaron por todo el continente y una presión divina recorrió la atmósfera como un latido. Entonces el Centinela abrió los ojos. La colosal figura emergió lentamente desde el corazón del templo principal envuelta en luz blanca y fragmentos de roca flotante. Medía cientos de metros de altura. Su cuerpo estaba cubierto de armaduras ceremoniales grabadas con escrituras sagradas y múltiples anillos luminosos giraban lentamente detrás de su espalda como pequeños soles artificiales. Cada paso hacía temblar ciudades enteras. En una de sus manos apareció una gigantesca lanza de energía celestial. En la otra… un círculo mágico tan enorme que cubrió las nubes. La voz del Centinela descendió sobre el planeta entero. —Entidad invasora detectada. Activando protocolo de purificación.— Y entonces… Alguien comenzó a reír. No una risa humana. Algo más oscuro. Más arrogante. Una grieta roja atravesó el cielo sobre las ruinas de la capital mientras llamas negras comenzaban a derramarse lentamente hacia el vacío. Varias explosiones sacudieron el aire y decenas de soldados sagrados fueron despedidos violentamente antes siquiera de comprender qué ocurría. De la grieta emergió una figura caminando tranquilamente entre el fuego. Cuernos oscuros. Cabello agitado por el viento. Ojos brillando como brasas infernales. La presión demoníaca hizo crujir las estructuras cercanas apenas puso un pie sobre el suelo destruido. Zagreo. La mano derecha de Veythra. El semidiós nacido entre lo celestial y lo abismal. Levantó lentamente la mirada hacia el gigantesco Centinela que dominaba el horizonte… y sonrió mostrando los colmillos. —¿Todo esto…— Las llamas comenzaron a girar alrededor suyo como una tormenta viva. —…solo para recibirme a mí?— El Centinela alzó la lanza. Los anillos sagrados detrás de su espalda comenzaron a iluminarse violentamente. Y el cielo entero explotó en luz.
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  • 。 𝗧𝗵𝗲 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗿 𝗯𝗲𝗰𝗼𝗺𝗶𝗻𝗴 𝘁𝗵𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁𝘁𝘆 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗱.
    Categoría Original
    Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas.

    El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie.

    Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente.

    Y él encajaba perfectamente allí.

    El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético.

    Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo.

    El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos.

    El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo.

    El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente.

    Era magia.

    Magia real.

    Bastante rara.

    Demasiado cara.

    Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana.

    Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado...

    Y ahí estaba, otra vez.

    La figura...

    Esa pequeña sombra.

    Quieta bajo la lluvia.

    Llevaba siguiéndolo tres días.

    Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales.

    Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo.

    Nunca demasiado cerca.

    Nunca demasiado obvia.

    Eso era lo que empezaba a irritarlo.

    La prudencia.

    La paciencia.

    Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona.

    Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso.

    Mucho más inteligente.

    Y eso lo odiaba.

    El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre.

    — ¿Problemas…?

    El cazador soltó una risa seca y cansada.

    — En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema.

    Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato.

    Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo.

    — La puta madre... Esto sabe a lubricante.

    — Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa.

    — Pues sabe a mierda.

    El cocinero prefirió callarse.

    Sabía quién era él.

    Todos en el bajo mundo lo sabían.

    Un fantasma armado.

    Un perro rabioso.

    Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar.

    Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas.

    Que usaba magia prohibida.

    Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres.

    La mitad seguramente era mentira.

    La otra mitad...

    Probablemente se quedaba corta.

    El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie.

    Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio.

    El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante.

    Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana.

    Seguía ahí.

    Inmóvil.

    Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark.

    Entonces sonrió.

    Una sonrisa fingida.

    Vacía.

    — Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
    Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas. El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie. Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente. Y él encajaba perfectamente allí. El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético. Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo. El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos. El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo. El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente. Era magia. Magia real. Bastante rara. Demasiado cara. Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana. Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado... Y ahí estaba, otra vez. La figura... Esa pequeña sombra. Quieta bajo la lluvia. Llevaba siguiéndolo tres días. Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales. Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo. Nunca demasiado cerca. Nunca demasiado obvia. Eso era lo que empezaba a irritarlo. La prudencia. La paciencia. Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona. Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso. Mucho más inteligente. Y eso lo odiaba. El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre. — ¿Problemas…? El cazador soltó una risa seca y cansada. — En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema. Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato. Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo. — La puta madre... Esto sabe a lubricante. — Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa. — Pues sabe a mierda. El cocinero prefirió callarse. Sabía quién era él. Todos en el bajo mundo lo sabían. Un fantasma armado. Un perro rabioso. Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar. Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas. Que usaba magia prohibida. Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres. La mitad seguramente era mentira. La otra mitad... Probablemente se quedaba corta. El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie. Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio. El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda. La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante. Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana. Seguía ahí. Inmóvil. Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark. Entonces sonrió. Una sonrisa fingida. Vacía. — Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
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  • EL PRIMER ENCUENTRO.

    La ciudad estaba extrañamente silenciosa, no un silencio tranquilo sino uno incómodo y pesado, como si algo hubiese roto el sonido mismo. Las grietas recorrían edificios enteros y algunas permanecían suspendidas en el aire como fracturas invisibles, mientras bajo mis pies el suelo vibraba apenas, suave pero constante. Caminé lentamente entre las ruinas intentando encontrar el origen de aquella sensación hasta que finalmente lo vi, un chico sentado sobre restos de piedra como si todo aquel desastre no significara nada para él. Cabello blanco corto, ojos rojos intensos y una expresión imposible de leer. Entonces levantó la mirada y al verme se quedó completamente inmóvil, como si hubiese esperado ese momento durante años.

    —…—

    Simplemente me observó en silencio esperando algo de mí, alguna reacción, algún gesto… pero yo no entendía nada. Fruncí ligeramente el ceño al sentir aquella presión extraña en el pecho, porque aunque estaba segura de no conocerlo… algo dentro de mí se sentía incómodo, como un recuerdo demasiado lejano intentando salir a la superficie. El chico terminó poniéndose de pie lentamente sin apartar la mirada de mí ni un segundo y pequeñas grietas comenzaron a extenderse bajo sus pies.

    —Claro…—

    Su voz salió baja, casi rota.

    —…ni siquiera me recuerdas.—

    Di un pequeño paso atrás confundida observando cómo el aire empezaba a vibrar alrededor de él.

    —¿Nos conocemos…?—

    El silencio duró apenas un segundo.

    Y entonces el suelo explotó violentamente.

    Las fracturas atravesaron la calle mientras algo deformaba el entorno como si el mundo estuviera quebrándose desde dentro. Apenas alcancé a levantar una barrera azulada antes de que restos de piedra y cristal salieran despedidos hacia mí. La presión era absurda, cada vibración hacía temblar el aire y las paredes cercanas comenzaban a romperse lentamente.

    Él empezó a caminar hacia mí sin detenerse, cada paso dejando nuevas grietas detrás suyo mientras aquella presión seguía aumentando.

    —¿Sabes qué quedó de mi hogar…?—

    Otra fractura atravesó el aire cerca de mi rostro obligándome a retroceder.

    —¿Sabes cuántos murieron mientras tú seguías viviendo tranquila?—

    Seguía sin entender de qué estaba hablando y, por alguna razón, mi expresión confundida pareció hacerlo enfurecer todavía más. Intenté mantener mis barreras mientras runas azuladas aparecían alrededor de mis manos para contener las ondas de choque, pero él peleaba de forma agresiva, descontrolada, como alguien que llevaba demasiado tiempo guardando dolor dentro.

    —No entiendo qué estás diciendo…—

    Hablé finalmente mientras bloqueaba otra onda que hizo crujir el suelo bajo mis pies.

    —…yo ni siquiera sé quién eres.—

    Por un instante el ambiente entero pareció congelarse.

    Su expresión cambió apenas, como si esas palabras terminaran de romper algo dentro de él. La presión aumentó todavía más y varias fracturas oscuras aparecieron suspendidas detrás de su espalda.

    —Claro… tú pudiste olvidarlo.—

    Durante uno de los impactos conseguí acercarme lo suficiente para verlo realmente de cerca y entonces algo dentro de mí se estremeció. No fue su rostro… fueron sus ojos. Por un instante una imagen apareció en mi mente como un recuerdo roto, una cueva oscura, sangre, una manta desgarrada y una voz infantil diciendo “…sigues vivo.” El recuerdo desapareció tan rápido como llegó, pero él notó perfectamente el cambio en mi expresión.

    [imegen1]

    La presión aumentó de golpe, no como una explosión sino como si el propio aire empezara a colapsar alrededor de mí. Las grietas negras detrás de Kael Vireon comenzaron a expandirse lentamente por los edificios cercanos mientras pequeños fragmentos de piedra se elevaban del suelo vibrando de forma antinatural. Apenas podía mantenerme en pie, sentía el cuerpo pesado, como si algo invisible estuviera aplastando todo a mi alrededor. Mis runas azuladas giraban cada vez más rápido frente a mí iluminando las ruinas con pequeños destellos celestes, pero incluso así podía escuchar cómo la barrera empezaba a resquebrajarse bajo aquella presión absurda. Él siguió avanzando lentamente entre el caos, paso tras paso, y con cada movimiento suyo nuevas fracturas aparecían en el suelo, en las paredes… incluso en el aire.

    —Porque tú pudiste seguir adelante…—

    Su voz salió baja… fría… pero rota al mismo tiempo.

    —…mientras yo me quedé atrapado ahí.—

    Entonces levantó la mano lentamente hacia mí.

    Y todo explotó.

    Una onda sísmica invisible atravesó la calle destruyendo absolutamente todo a su paso. Las ventanas estallaron, el pavimento se partió violentamente y mi barrera azulada tembló de inmediato bajo aquella fuerza monstruosa. Sentí el impacto recorrerme los brazos enteros hasta los hombros mientras intentaba sostener la defensa con ambas manos. Mis pies se deslizaron varios metros hacia atrás dejando marcas profundas en el suelo roto y las runas comenzaron a fallar una tras otra mientras pequeñas grietas aparecían sobre la barrera luminosa.

    —¡gh…!—

    Apreté los dientes intentando mantenerme firme mientras el suelo seguía hundiéndose bajo mis pies. Apenas podía respirar, era como intentar detener un desastre natural con las manos desnudas. El cabello plateado se agitaba violentamente alrededor mío por la presión de aquellas vibraciones mientras fragmentos de edificios enteros empezaban a caer alrededor. Kael seguía caminando hacia mí completamente tranquilo, como si el caos no pudiera tocarlo, y aquellas fracturas oscuras detrás de él parecían abrirse cada vez más, como heridas en el propio mundo.

    —Defiéndete.—

    Otra onda impactó de frente contra mi barrera.

    Esta vez una de las runas explotó.

    Sentí un dolor agudo recorrerme el brazo mientras parte de la energía se dispersaba en todas direcciones iluminando la calle con destellos azulados. Caí de rodillas inmediatamente intentando mantener la defensa activa aunque mis manos ya estaban temblando por el esfuerzo. La presión seguía aumentando, tanto que incluso el suelo debajo de mí comenzaba lentamente a romperse en múltiples grietas.

    —…yo no quiero pelear contigo…—

    Por primera vez él se detuvo.

    Solo un instante.

    Sus ojos rojos me observaron fijamente mientras todo seguía destruyéndose alrededor y durante ese pequeño segundo… pareció dudar. Pero entonces algo cambió en su expresión, como si algún recuerdo hubiera vuelto a atravesarlo. Las llamas. Las ruinas. El ejército. Y aquella niña de blanco alejándose de aquel lugar. La presión regresó todavía peor que antes y las fracturas del aire comenzaron a acercarse lentamente hacia mí mientras mi barrera empezaba finalmente a romperse.

    —Pero yo sí necesito esto.—

    La siguiente onda hizo añicos varias de mis runas al instante.

    La barrera se llenó de grietas azuladas y sentí cómo parte de aquella fuerza lograba atravesarla golpeándome directamente. El impacto me lanzó hacia atrás entre los restos de piedra mientras todo mi cuerpo temblaba por el dolor. Apenas conseguí incorporarme apoyándome en una mano mientras respiraba agitadamente, viendo cómo Kael seguía acercándose entre las ruinas como si fuera el propio desastre caminando hacia mí.

    [imagen2]
    ⚠️⚠️EL PRIMER ENCUENTRO.⚠️⚠️ La ciudad estaba extrañamente silenciosa, no un silencio tranquilo sino uno incómodo y pesado, como si algo hubiese roto el sonido mismo. Las grietas recorrían edificios enteros y algunas permanecían suspendidas en el aire como fracturas invisibles, mientras bajo mis pies el suelo vibraba apenas, suave pero constante. Caminé lentamente entre las ruinas intentando encontrar el origen de aquella sensación hasta que finalmente lo vi, un chico sentado sobre restos de piedra como si todo aquel desastre no significara nada para él. Cabello blanco corto, ojos rojos intensos y una expresión imposible de leer. Entonces levantó la mirada y al verme se quedó completamente inmóvil, como si hubiese esperado ese momento durante años. —…— Simplemente me observó en silencio esperando algo de mí, alguna reacción, algún gesto… pero yo no entendía nada. Fruncí ligeramente el ceño al sentir aquella presión extraña en el pecho, porque aunque estaba segura de no conocerlo… algo dentro de mí se sentía incómodo, como un recuerdo demasiado lejano intentando salir a la superficie. El chico terminó poniéndose de pie lentamente sin apartar la mirada de mí ni un segundo y pequeñas grietas comenzaron a extenderse bajo sus pies. —Claro…— Su voz salió baja, casi rota. —…ni siquiera me recuerdas.— Di un pequeño paso atrás confundida observando cómo el aire empezaba a vibrar alrededor de él. —¿Nos conocemos…?— El silencio duró apenas un segundo. Y entonces el suelo explotó violentamente. Las fracturas atravesaron la calle mientras algo deformaba el entorno como si el mundo estuviera quebrándose desde dentro. Apenas alcancé a levantar una barrera azulada antes de que restos de piedra y cristal salieran despedidos hacia mí. La presión era absurda, cada vibración hacía temblar el aire y las paredes cercanas comenzaban a romperse lentamente. Él empezó a caminar hacia mí sin detenerse, cada paso dejando nuevas grietas detrás suyo mientras aquella presión seguía aumentando. —¿Sabes qué quedó de mi hogar…?— Otra fractura atravesó el aire cerca de mi rostro obligándome a retroceder. —¿Sabes cuántos murieron mientras tú seguías viviendo tranquila?— Seguía sin entender de qué estaba hablando y, por alguna razón, mi expresión confundida pareció hacerlo enfurecer todavía más. Intenté mantener mis barreras mientras runas azuladas aparecían alrededor de mis manos para contener las ondas de choque, pero él peleaba de forma agresiva, descontrolada, como alguien que llevaba demasiado tiempo guardando dolor dentro. —No entiendo qué estás diciendo…— Hablé finalmente mientras bloqueaba otra onda que hizo crujir el suelo bajo mis pies. —…yo ni siquiera sé quién eres.— Por un instante el ambiente entero pareció congelarse. Su expresión cambió apenas, como si esas palabras terminaran de romper algo dentro de él. La presión aumentó todavía más y varias fracturas oscuras aparecieron suspendidas detrás de su espalda. —Claro… tú pudiste olvidarlo.— Durante uno de los impactos conseguí acercarme lo suficiente para verlo realmente de cerca y entonces algo dentro de mí se estremeció. No fue su rostro… fueron sus ojos. Por un instante una imagen apareció en mi mente como un recuerdo roto, una cueva oscura, sangre, una manta desgarrada y una voz infantil diciendo “…sigues vivo.” El recuerdo desapareció tan rápido como llegó, pero él notó perfectamente el cambio en mi expresión. [imegen1] La presión aumentó de golpe, no como una explosión sino como si el propio aire empezara a colapsar alrededor de mí. Las grietas negras detrás de Kael Vireon comenzaron a expandirse lentamente por los edificios cercanos mientras pequeños fragmentos de piedra se elevaban del suelo vibrando de forma antinatural. Apenas podía mantenerme en pie, sentía el cuerpo pesado, como si algo invisible estuviera aplastando todo a mi alrededor. Mis runas azuladas giraban cada vez más rápido frente a mí iluminando las ruinas con pequeños destellos celestes, pero incluso así podía escuchar cómo la barrera empezaba a resquebrajarse bajo aquella presión absurda. Él siguió avanzando lentamente entre el caos, paso tras paso, y con cada movimiento suyo nuevas fracturas aparecían en el suelo, en las paredes… incluso en el aire. —Porque tú pudiste seguir adelante…— Su voz salió baja… fría… pero rota al mismo tiempo. —…mientras yo me quedé atrapado ahí.— Entonces levantó la mano lentamente hacia mí. Y todo explotó. Una onda sísmica invisible atravesó la calle destruyendo absolutamente todo a su paso. Las ventanas estallaron, el pavimento se partió violentamente y mi barrera azulada tembló de inmediato bajo aquella fuerza monstruosa. Sentí el impacto recorrerme los brazos enteros hasta los hombros mientras intentaba sostener la defensa con ambas manos. Mis pies se deslizaron varios metros hacia atrás dejando marcas profundas en el suelo roto y las runas comenzaron a fallar una tras otra mientras pequeñas grietas aparecían sobre la barrera luminosa. —¡gh…!— Apreté los dientes intentando mantenerme firme mientras el suelo seguía hundiéndose bajo mis pies. Apenas podía respirar, era como intentar detener un desastre natural con las manos desnudas. El cabello plateado se agitaba violentamente alrededor mío por la presión de aquellas vibraciones mientras fragmentos de edificios enteros empezaban a caer alrededor. Kael seguía caminando hacia mí completamente tranquilo, como si el caos no pudiera tocarlo, y aquellas fracturas oscuras detrás de él parecían abrirse cada vez más, como heridas en el propio mundo. —Defiéndete.— Otra onda impactó de frente contra mi barrera. Esta vez una de las runas explotó. Sentí un dolor agudo recorrerme el brazo mientras parte de la energía se dispersaba en todas direcciones iluminando la calle con destellos azulados. Caí de rodillas inmediatamente intentando mantener la defensa activa aunque mis manos ya estaban temblando por el esfuerzo. La presión seguía aumentando, tanto que incluso el suelo debajo de mí comenzaba lentamente a romperse en múltiples grietas. —…yo no quiero pelear contigo…— Por primera vez él se detuvo. Solo un instante. Sus ojos rojos me observaron fijamente mientras todo seguía destruyéndose alrededor y durante ese pequeño segundo… pareció dudar. Pero entonces algo cambió en su expresión, como si algún recuerdo hubiera vuelto a atravesarlo. Las llamas. Las ruinas. El ejército. Y aquella niña de blanco alejándose de aquel lugar. La presión regresó todavía peor que antes y las fracturas del aire comenzaron a acercarse lentamente hacia mí mientras mi barrera empezaba finalmente a romperse. —Pero yo sí necesito esto.— La siguiente onda hizo añicos varias de mis runas al instante. La barrera se llenó de grietas azuladas y sentí cómo parte de aquella fuerza lograba atravesarla golpeándome directamente. El impacto me lanzó hacia atrás entre los restos de piedra mientras todo mi cuerpo temblaba por el dolor. Apenas conseguí incorporarme apoyándome en una mano mientras respiraba agitadamente, viendo cómo Kael seguía acercándose entre las ruinas como si fuera el propio desastre caminando hacia mí. [imagen2]
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  • *Aprovechando el momento de tranquilidad después de tanto alboroto. Necesitaba un breve momento a solas con mi les Paul y me puse a interpretar la siguiente pieza en voz y guitarra.*

    "Call her moonchild
    Dancing in the shallows of a river
    Lonely moonchild
    Dreaming in the shadows of the willow
    Talking to the trees of the cobweb strange
    Sleeping on the steps of a fountain
    Waving silver wands to the night birds song
    Waiting for the sun on the mountain
    She's a moonchild
    Gathering the flowers in a garden
    Lovely moonchild
    Drifting on the echoes of the hours
    Sailing on the wind in a milk white gown
    Dropping circle stones on a sun dial
    Playing hide and seek with the ghosts of dawn
    Waiting for a smile from a sun child"

    https://youtu.be/gl4N-g_EJbo?si=KuCDRZXcpGeUtQJ1
    *Aprovechando el momento de tranquilidad después de tanto alboroto. Necesitaba un breve momento a solas con mi les Paul y me puse a interpretar la siguiente pieza en voz y guitarra.* "Call her moonchild Dancing in the shallows of a river Lonely moonchild Dreaming in the shadows of the willow Talking to the trees of the cobweb strange Sleeping on the steps of a fountain Waving silver wands to the night birds song Waiting for the sun on the mountain She's a moonchild Gathering the flowers in a garden Lovely moonchild Drifting on the echoes of the hours Sailing on the wind in a milk white gown Dropping circle stones on a sun dial Playing hide and seek with the ghosts of dawn Waiting for a smile from a sun child" https://youtu.be/gl4N-g_EJbo?si=KuCDRZXcpGeUtQJ1
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