• Jamás se había caracterizado por ser un médico petulante, ni había abusado de su autoridad frente a sus colegas, a pesar del abrumador peso que suponía ostentar la Jefatura de Cirugía a su edad. Poseía la facultad de delegar el trabajo, pero su estoica devoción siempre lo empujaba a colocarse en la primera línea de los casos más críticos.

    Hacía todo lo humana y científicamente posible. El noventa por ciento de sus intervenciones culminaba en éxito, desafiando a menudo las nefastas estadísticas... Elias se desvivía por ser un cirujano de excelencia, un buen hombre, un ser humano competente. ¿Entonces por qué? ¿Por qué el universo se ensañaba con él? ¿Por qué siempre era su rostro el que recibía el repudio y la furia de las familias cuando la muerte ganaba la partida?

    El impacto lo había derribado contra el frío linóleo del pasillo, y el latido punzante en el centro de su rostro le advertía que, muy probablemente, le habían fracturado la nariz. Estaba aturdido. La sangre caliente comenzaba a resbalar por su labio superior mientras escuchaba, como si estuviera sumergido bajo el agua, los alaridos rotos y las preguntas incriminatorias del hombre enfurecido frente a él. ¿Por qué su hija no había salido viva del quirófano?

    Elias también anhelaba saberlo. Había seguido cada protocolo con precisión milimétrica, e incluso se había aventurado en terrenos que otros cirujanos temían: ejecutó una craneotomía descompresiva de emergencia combinada con un bypass extracraneal-intracraneal de altísimo riesgo, navegando a ciegas entre el tejido para drenar una hemorragia masiva que ya estaba asfixiando el tronco encefálico. Había suturado arterias microscópicas durante ocho agónicas horas... pero fue inútil. La necrosis fue inclemente.

    Sin embargo, lo que le helaba la sangre y le aceleraba el pulso no era la amenaza de recibir un segundo golpe por parte de aquel hombre. Era esa macabra y asfixiante sensación de déjà vu. La escena le resultaba tan familiar... tan dolorosamente calcada de su pasado.

    Tirado en el suelo, llevándose una mano temblorosa al rostro ensangrentado, Elias se sintió minúsculo. Volvía a tener diez años en lugar de 28. El pasillo del hospital se desvaneció, siendo reemplazado por la lúgubre sala de su infancia. Y el hombre que le gritaba ya no era un padre en duelo, sino la imponente y aterradora sombra de su propio progenitor, moliéndolo a golpes sin piedad, castigando con furia el más mínimo error en una práctica de disección.
    Jamás se había caracterizado por ser un médico petulante, ni había abusado de su autoridad frente a sus colegas, a pesar del abrumador peso que suponía ostentar la Jefatura de Cirugía a su edad. Poseía la facultad de delegar el trabajo, pero su estoica devoción siempre lo empujaba a colocarse en la primera línea de los casos más críticos. Hacía todo lo humana y científicamente posible. El noventa por ciento de sus intervenciones culminaba en éxito, desafiando a menudo las nefastas estadísticas... Elias se desvivía por ser un cirujano de excelencia, un buen hombre, un ser humano competente. ¿Entonces por qué? ¿Por qué el universo se ensañaba con él? ¿Por qué siempre era su rostro el que recibía el repudio y la furia de las familias cuando la muerte ganaba la partida? El impacto lo había derribado contra el frío linóleo del pasillo, y el latido punzante en el centro de su rostro le advertía que, muy probablemente, le habían fracturado la nariz. Estaba aturdido. La sangre caliente comenzaba a resbalar por su labio superior mientras escuchaba, como si estuviera sumergido bajo el agua, los alaridos rotos y las preguntas incriminatorias del hombre enfurecido frente a él. ¿Por qué su hija no había salido viva del quirófano? Elias también anhelaba saberlo. Había seguido cada protocolo con precisión milimétrica, e incluso se había aventurado en terrenos que otros cirujanos temían: ejecutó una craneotomía descompresiva de emergencia combinada con un bypass extracraneal-intracraneal de altísimo riesgo, navegando a ciegas entre el tejido para drenar una hemorragia masiva que ya estaba asfixiando el tronco encefálico. Había suturado arterias microscópicas durante ocho agónicas horas... pero fue inútil. La necrosis fue inclemente. Sin embargo, lo que le helaba la sangre y le aceleraba el pulso no era la amenaza de recibir un segundo golpe por parte de aquel hombre. Era esa macabra y asfixiante sensación de déjà vu. La escena le resultaba tan familiar... tan dolorosamente calcada de su pasado. Tirado en el suelo, llevándose una mano temblorosa al rostro ensangrentado, Elias se sintió minúsculo. Volvía a tener diez años en lugar de 28. El pasillo del hospital se desvaneció, siendo reemplazado por la lúgubre sala de su infancia. Y el hombre que le gritaba ya no era un padre en duelo, sino la imponente y aterradora sombra de su propio progenitor, moliéndolo a golpes sin piedad, castigando con furia el más mínimo error en una práctica de disección.
    Me entristece
    Me gusta
    7
    3 turnos 0 maullidos
  • —¿Qué objeto tiene, por qué razón debería seguir luchando por avanzar si siempre es mi culpa?


    —Se sentía como si las cosas malas que le sucedian, fueran totalmente planificadas para destrozar lo ya roto, como si dios deseara enviarle una pequeña gota de felicidad para luego obligarlo a ahogarse en un mar de tragedias, decepciónes, traiciones y manipulaciónes, el ya no era un simple niño, pero aún así, era tan fácil de engañar como uno, y eso era lo que más le molestaba siempre—
    —¿Qué objeto tiene, por qué razón debería seguir luchando por avanzar si siempre es mi culpa? —Se sentía como si las cosas malas que le sucedian, fueran totalmente planificadas para destrozar lo ya roto, como si dios deseara enviarle una pequeña gota de felicidad para luego obligarlo a ahogarse en un mar de tragedias, decepciónes, traiciones y manipulaciónes, el ya no era un simple niño, pero aún así, era tan fácil de engañar como uno, y eso era lo que más le molestaba siempre—
    0 turnos 0 maullidos
  • -bueno esta madrugada aprendi dos cosas sobre mi mismo- observo su espejo roto aun reuniendo sus fragmentos lentamente -tengo forma pragna y entrar en forma pragna no duele fisicamente pero si deja cicatrices mentales, se siente raro... perder el control-
    -bueno esta madrugada aprendi dos cosas sobre mi mismo- observo su espejo roto aun reuniendo sus fragmentos lentamente -tengo forma pragna y entrar en forma pragna no duele fisicamente pero si deja cicatrices mentales, se siente raro... perder el control-
    Me shockea
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • 𝑈𝑛 𝑓𝑟𝑎𝑔𝑚𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜.

    Me senté en aquella roca junto al agua, como tantas veces antes. El peso de la armadura ya no me molestaba; era solo otra capa más sobre un cuerpo que se negaba a morir. Miré mi reflejo en el lago quieto: un caballero roto, un casco vacío, ojos que habían visto demasiado.

    Aquella voz me inundó cuando era solo un niño. Una presencia fría y eterna que susurró en lo más profundo de mi ser: “Levantate. La guerra te ha elegido.”. Y cumplió su palabra, pero nunca entendi que guerra era la que tenia que pelear. Vi cómo mataban a mis padres y a mis hermanos y hermanas en aquella misma noche de sangre y fuego. Intenté morir con ellos… pero no pude. Desde entonces he enterrado a amigos, a mis compañeros de armas. Imperios enteros se levantaron y cayeron mientras yo seguía aquí, respirando.

    Intenté acabar con esto muchas veces, la espada en mi propio pecho, el precipicio, el veneno. Nada funcionó. La herida se cerraba antes de que pudiera sentir alivio.

    Quinientos años. Mil. Ya ni siquiera recordaba el número. Solo sabía que estaba cansado. Muy cansado.
    —¿Cuánto más? —susurré dentro del yelmo, y mi voz sonó como grava vieja—. ¿Hasta cuándo tendré que seguir cargando esto?
    El reflejo no respondió. Solo me devolvió la misma mirada resignada.
    𝑈𝑛 𝑓𝑟𝑎𝑔𝑚𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜. Me senté en aquella roca junto al agua, como tantas veces antes. El peso de la armadura ya no me molestaba; era solo otra capa más sobre un cuerpo que se negaba a morir. Miré mi reflejo en el lago quieto: un caballero roto, un casco vacío, ojos que habían visto demasiado. Aquella voz me inundó cuando era solo un niño. Una presencia fría y eterna que susurró en lo más profundo de mi ser: “Levantate. La guerra te ha elegido.”. Y cumplió su palabra, pero nunca entendi que guerra era la que tenia que pelear. Vi cómo mataban a mis padres y a mis hermanos y hermanas en aquella misma noche de sangre y fuego. Intenté morir con ellos… pero no pude. Desde entonces he enterrado a amigos, a mis compañeros de armas. Imperios enteros se levantaron y cayeron mientras yo seguía aquí, respirando. Intenté acabar con esto muchas veces, la espada en mi propio pecho, el precipicio, el veneno. Nada funcionó. La herida se cerraba antes de que pudiera sentir alivio. Quinientos años. Mil. Ya ni siquiera recordaba el número. Solo sabía que estaba cansado. Muy cansado. —¿Cuánto más? —susurré dentro del yelmo, y mi voz sonó como grava vieja—. ¿Hasta cuándo tendré que seguir cargando esto? El reflejo no respondió. Solo me devolvió la misma mirada resignada.
    Me gusta
    Me encocora
    11
    0 turnos 0 maullidos
  • Las cadenas se han roto... Eso quiere decir que alguien ha forzado un pacto... Tiempos donde el tasador ha cambiado de dueño....
    Las cadenas se han roto... Eso quiere decir que alguien ha forzado un pacto... Tiempos donde el tasador ha cambiado de dueño....
    Me shockea
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • las peores invaciones con las que se podian lidiar en los territorios de las brujas era la miasma, a diferencia de otras criaturas esta solo se mostraba como un humo negro que consumia todo a su paso a cambio de dar entrada a las demas bestias "FUEGO!" el sonido de cañones resono por toda la ciudad, Yuhi habia preparado sus calderos los cuales habian empezado a disparar a aquella nube oscura alejandola lo mas posible.

    En el suelo Nova usaba su espejo lanzando hechizos una tras de otro dejando cuerpos de criaturas de pesadilla tras de el -ZONA NORTE ESTA ENTRANDO!- Uno de los ccomandantes de defensa anuncio por los altavoces de la ciudad, Nova se apresuro a llegar dejando salir las manos de su espejo, manos que atarian a las criatura sy las llevarian al interior del reflejo, el sonido de los calderos explotando y de las armas de fuego inundaban las calles, los ciudadanos que aprendieron de las brujas empezaron a usar la Cloroquinesis para tratar de crear defensas en los hogares y calles principales sin embargo la miasma no retrocedia.

    Ante el estres el espejo de nova se empezo a agrietar "Que hago! que hago! que hago!" el chico no podia pensar bien dejando que el panico lo consumiera hasta que su espejo exploto, su cuerpo como vidrio se resquebrajo dejando salir algo distinto, los cristales se reconstruyeron en una criatura sin forma definida las cual unicamente imitaba a las bestias rompiendose en añicos para liberar replicas hechas de vidrio tan resistente que nisiquiera golpes directos podian romperlas, con aquello parecieron haber alejado a las criaturas y a miasma una vez mas sin embargo Nova tardo un tiempo en recuperar su forma original pues se habia roto en multiples piezas gracias al estres -eso.... no estuvo bien- fue lo unico que pudo decir mientras obserbava el cristal unirse para fromar nuevamente su cuerpo.

    https://youtu.be/sjRdTyWh7To?si=JSDEGCR9nmD76jYl
    las peores invaciones con las que se podian lidiar en los territorios de las brujas era la miasma, a diferencia de otras criaturas esta solo se mostraba como un humo negro que consumia todo a su paso a cambio de dar entrada a las demas bestias "FUEGO!" el sonido de cañones resono por toda la ciudad, Yuhi habia preparado sus calderos los cuales habian empezado a disparar a aquella nube oscura alejandola lo mas posible. En el suelo Nova usaba su espejo lanzando hechizos una tras de otro dejando cuerpos de criaturas de pesadilla tras de el -ZONA NORTE ESTA ENTRANDO!- Uno de los ccomandantes de defensa anuncio por los altavoces de la ciudad, Nova se apresuro a llegar dejando salir las manos de su espejo, manos que atarian a las criatura sy las llevarian al interior del reflejo, el sonido de los calderos explotando y de las armas de fuego inundaban las calles, los ciudadanos que aprendieron de las brujas empezaron a usar la Cloroquinesis para tratar de crear defensas en los hogares y calles principales sin embargo la miasma no retrocedia. Ante el estres el espejo de nova se empezo a agrietar "Que hago! que hago! que hago!" el chico no podia pensar bien dejando que el panico lo consumiera hasta que su espejo exploto, su cuerpo como vidrio se resquebrajo dejando salir algo distinto, los cristales se reconstruyeron en una criatura sin forma definida las cual unicamente imitaba a las bestias rompiendose en añicos para liberar replicas hechas de vidrio tan resistente que nisiquiera golpes directos podian romperlas, con aquello parecieron haber alejado a las criaturas y a miasma una vez mas sin embargo Nova tardo un tiempo en recuperar su forma original pues se habia roto en multiples piezas gracias al estres -eso.... no estuvo bien- fue lo unico que pudo decir mientras obserbava el cristal unirse para fromar nuevamente su cuerpo. https://youtu.be/sjRdTyWh7To?si=JSDEGCR9nmD76jYl
    0 turnos 0 maullidos
  • — Aprovecho de mi tiempo libre antes de que todoel alboroto libre.
    Estar sin camiseta en la mansión es realmente agradable. #SeductiveSunday
    — Aprovecho de mi tiempo libre antes de que todoel alboroto libre. Estar sin camiseta en la mansión es realmente agradable. #SeductiveSunday
    Me endiabla
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Sere directo, busco hermanas o hermanos para el fandom Prototype.
    Sere directo, busco hermanas o hermanos para el fandom Prototype.
    0 comentarios 1 compartido
  • •Las crónicas de Fenrir Queen•

    KAEL VIREON — ORIGEN

    “El niño que aprendió a romper”

    Antes de que nombres como Fenrir Queen o Yrus alteraran el equilibrio del universo, hubo una guerra. No fue una guerra cualquiera, sino una invasión que desgarró mundos enteros. El cielo se abría como si fuera frágil, la tierra se partía bajo fuerzas imposibles y civilizaciones completas desaparecían sin dejar rastro. En medio de ese caos, donde la destrucción era ley, un niño sobrevivía.

    Herido, abandonado y al borde de la muerte, Kael yacía en una cueva oculta entre montañas devastadas. Su respiración era débil, irregular, y sus heridas no eran normales; no solo estaba roto por fuera, algo en su interior ya mostraba señales de inestabilidad, como si la propia realidad rechazara su existencia.

    Fue allí donde lo encontró una niña. Fenrir, aún joven e inocente, sin comprender la magnitud de la guerra ni el papel que su propia familia jugaba en ella, solo vio a alguien que iba a morir… y decidió que no podía permitirlo. Se acercó lentamente, se arrodilló a su lado y apoyó sus manos sobre la herida. No sabía usar su poder, no lo controlaba, ni siquiera entendía lo que hacía, pero lo intentó. Su energía, pura e inestable, comenzó a fluir de forma torpe y desigual. La curación no fue inmediata ni perfecta; fue lenta, dolorosa, incompleta… pero constante.

    Pasaron días, y esos días se convirtieron en semanas. Fenrir regresaba cada jornada a la cueva, llevándole agua, comida y algo que Kael ya no tenía: compañía. Al principio él apenas reaccionaba, pero con el tiempo empezó a abrir los ojos más seguido, a observarla en silencio, a escucharla. Luego a responder. Poco a poco, sin darse cuenta, dejó de estar completamente solo.

    Una tarde, mientras la luz se colaba débilmente por la entrada de la cueva, ambos estaban sentados en silencio.

    —¿Siempre hablas tanto? —murmuró Kael, con la voz aún débil.

    Fenrir lo miró, sorprendida… y luego sonrió levemente.

    —¿Siempre eres tan serio?

    Kael desvió la mirada.

    —No.

    —Pues deberías —respondió ella, apoyando el mentón sobre sus rodillas—. Si no hablas, todo se vuelve más aburrido.

    —No creo que este lugar pueda ser más aburrido.

    Fenrir soltó una pequeña risa.

    —Entonces tendré que esforzarme más.

    Hubo un breve silencio, pero esta vez no era incómodo.

    —¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

    Kael tardó unos segundos en responder.

    —Kael.

    —Kael… —repitió ella, como si probara el nombre—. Suena bien.

    —¿Y tú?

    —Fenrir.

    Kael frunció ligeramente el ceño.

    —Es un nombre raro.

    —El tuyo también —respondió ella sin dudar.

    Por un momento, ambos se miraron… y una ligera sonrisa apareció en el rostro de Kael.

    —Supongo que estamos igual.

    Días después, el ambiente ya no era tan tenso. Kael podía sentarse sin dificultad, y Fenrir seguía llegando cada día con la misma constancia.

    —¿Qué hay fuera? —preguntó Kael un día, mirando hacia la entrada.

    Fenrir dudó.

    —Cosas… malas.

    —¿Guerra?

    Ella bajó la mirada.

    —Creo que sí.

    Kael guardó silencio unos segundos.

    —¿Tienes miedo?

    Fenrir negó lentamente.

    —No… pero tampoco me gusta.

    —A mí tampoco.

    Ella lo miró con curiosidad.

    —Entonces, cuando todo termine… ¿qué harás?

    Kael pensó por un momento.

    —No lo sé… supongo que volver a casa.

    Fenrir sonrió suavemente.

    —Entonces asegúrate de llegar.

    Kael la observó en silencio, como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo.

    —¿Y tú? —preguntó finalmente.

    Fenrir levantó la vista hacia el exterior.

    —Creo que… tengo que irme a algún lugar.

    —¿Volverás?

    Ella no respondió de inmediato.

    —…sí.

    Pero en su mirada había duda.

    Pasaron más días. Momentos simples, pequeñas conversaciones, silencios compartidos. Durante ese breve periodo, la guerra dejó de existir para ellos. Eran solo dos niños, construyendo un refugio en medio del fin del mundo.

    Hasta que un día, Fenrir dejó de venir.

    Kael despertó completamente recuperado, solo en la cueva que había sido su refugio. Esperó. Un día, luego otro, y otro más, pero Fenrir no regresó. Finalmente salió al exterior… y el mundo real lo golpeó sin piedad. Su hogar había desaparecido. Todo estaba destruido. El aire era denso, cargado de muerte, y los cuerpos cubrían el suelo como un recordatorio silencioso de lo ocurrido. Los pocos sobrevivientes tenían miradas vacías, rotas. Sus padres… ya no estaban.

    Fue entonces cuando, en la distancia, algo captó su atención. Una nave se elevaba lentamente, abandonando aquel mundo destruido. En ella viajaban los responsables, aquellos que habían causado la guerra, aquellos que lo habían arrebatado todo. Y entre ellos… estaba Fenrir. De pie, sin mirar atrás, marchándose junto a quienes habían provocado la masacre.

    No hubo gritos, ni lágrimas, ni desesperación visible. Solo una comprensión silenciosa, distorsionada y profunda. Sus manos temblaron levemente, y por primera vez el aire a su alrededor se quebró. Una pequeña grieta apareció, casi imperceptible, como si la realidad misma no pudiera sostener lo que estaba naciendo dentro de él. En ese instante, Kael entendió el mundo a su manera, una forma fría y definitiva que marcaría su destino para siempre.

    Ese momento no dio origen a un monstruo ni a un villano. Dio origen a algo mucho más peligroso: alguien que percibía la realidad como algo defectuoso, algo inherentemente roto. Desde ese día, Kael Vireon dejó de ver el mundo como algo estable y comenzó a entenderlo como algo que podía quebrarse, distorsionarse y corregirse. Porque en lo más profundo de su ser, una verdad quedó grabada para siempre: todo lo que existe puede romperse, incluso aquello que una vez te salvó.
    •Las crónicas de Fenrir Queen• 🔥 KAEL VIREON — ORIGEN “El niño que aprendió a romper” Antes de que nombres como Fenrir Queen o Yrus alteraran el equilibrio del universo, hubo una guerra. No fue una guerra cualquiera, sino una invasión que desgarró mundos enteros. El cielo se abría como si fuera frágil, la tierra se partía bajo fuerzas imposibles y civilizaciones completas desaparecían sin dejar rastro. En medio de ese caos, donde la destrucción era ley, un niño sobrevivía. Herido, abandonado y al borde de la muerte, Kael yacía en una cueva oculta entre montañas devastadas. Su respiración era débil, irregular, y sus heridas no eran normales; no solo estaba roto por fuera, algo en su interior ya mostraba señales de inestabilidad, como si la propia realidad rechazara su existencia. Fue allí donde lo encontró una niña. Fenrir, aún joven e inocente, sin comprender la magnitud de la guerra ni el papel que su propia familia jugaba en ella, solo vio a alguien que iba a morir… y decidió que no podía permitirlo. Se acercó lentamente, se arrodilló a su lado y apoyó sus manos sobre la herida. No sabía usar su poder, no lo controlaba, ni siquiera entendía lo que hacía, pero lo intentó. Su energía, pura e inestable, comenzó a fluir de forma torpe y desigual. La curación no fue inmediata ni perfecta; fue lenta, dolorosa, incompleta… pero constante. Pasaron días, y esos días se convirtieron en semanas. Fenrir regresaba cada jornada a la cueva, llevándole agua, comida y algo que Kael ya no tenía: compañía. Al principio él apenas reaccionaba, pero con el tiempo empezó a abrir los ojos más seguido, a observarla en silencio, a escucharla. Luego a responder. Poco a poco, sin darse cuenta, dejó de estar completamente solo. Una tarde, mientras la luz se colaba débilmente por la entrada de la cueva, ambos estaban sentados en silencio. —¿Siempre hablas tanto? —murmuró Kael, con la voz aún débil. Fenrir lo miró, sorprendida… y luego sonrió levemente. —¿Siempre eres tan serio? Kael desvió la mirada. —No. —Pues deberías —respondió ella, apoyando el mentón sobre sus rodillas—. Si no hablas, todo se vuelve más aburrido. —No creo que este lugar pueda ser más aburrido. Fenrir soltó una pequeña risa. —Entonces tendré que esforzarme más. Hubo un breve silencio, pero esta vez no era incómodo. —¿Cómo te llamas? —preguntó ella. Kael tardó unos segundos en responder. —Kael. —Kael… —repitió ella, como si probara el nombre—. Suena bien. —¿Y tú? —Fenrir. Kael frunció ligeramente el ceño. —Es un nombre raro. —El tuyo también —respondió ella sin dudar. Por un momento, ambos se miraron… y una ligera sonrisa apareció en el rostro de Kael. —Supongo que estamos igual. Días después, el ambiente ya no era tan tenso. Kael podía sentarse sin dificultad, y Fenrir seguía llegando cada día con la misma constancia. —¿Qué hay fuera? —preguntó Kael un día, mirando hacia la entrada. Fenrir dudó. —Cosas… malas. —¿Guerra? Ella bajó la mirada. —Creo que sí. Kael guardó silencio unos segundos. —¿Tienes miedo? Fenrir negó lentamente. —No… pero tampoco me gusta. —A mí tampoco. Ella lo miró con curiosidad. —Entonces, cuando todo termine… ¿qué harás? Kael pensó por un momento. —No lo sé… supongo que volver a casa. Fenrir sonrió suavemente. —Entonces asegúrate de llegar. Kael la observó en silencio, como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo. —¿Y tú? —preguntó finalmente. Fenrir levantó la vista hacia el exterior. —Creo que… tengo que irme a algún lugar. —¿Volverás? Ella no respondió de inmediato. —…sí. Pero en su mirada había duda. Pasaron más días. Momentos simples, pequeñas conversaciones, silencios compartidos. Durante ese breve periodo, la guerra dejó de existir para ellos. Eran solo dos niños, construyendo un refugio en medio del fin del mundo. Hasta que un día, Fenrir dejó de venir. Kael despertó completamente recuperado, solo en la cueva que había sido su refugio. Esperó. Un día, luego otro, y otro más, pero Fenrir no regresó. Finalmente salió al exterior… y el mundo real lo golpeó sin piedad. Su hogar había desaparecido. Todo estaba destruido. El aire era denso, cargado de muerte, y los cuerpos cubrían el suelo como un recordatorio silencioso de lo ocurrido. Los pocos sobrevivientes tenían miradas vacías, rotas. Sus padres… ya no estaban. Fue entonces cuando, en la distancia, algo captó su atención. Una nave se elevaba lentamente, abandonando aquel mundo destruido. En ella viajaban los responsables, aquellos que habían causado la guerra, aquellos que lo habían arrebatado todo. Y entre ellos… estaba Fenrir. De pie, sin mirar atrás, marchándose junto a quienes habían provocado la masacre. No hubo gritos, ni lágrimas, ni desesperación visible. Solo una comprensión silenciosa, distorsionada y profunda. Sus manos temblaron levemente, y por primera vez el aire a su alrededor se quebró. Una pequeña grieta apareció, casi imperceptible, como si la realidad misma no pudiera sostener lo que estaba naciendo dentro de él. En ese instante, Kael entendió el mundo a su manera, una forma fría y definitiva que marcaría su destino para siempre. Ese momento no dio origen a un monstruo ni a un villano. Dio origen a algo mucho más peligroso: alguien que percibía la realidad como algo defectuoso, algo inherentemente roto. Desde ese día, Kael Vireon dejó de ver el mundo como algo estable y comenzó a entenderlo como algo que podía quebrarse, distorsionarse y corregirse. Porque en lo más profundo de su ser, una verdad quedó grabada para siempre: todo lo que existe puede romperse, incluso aquello que una vez te salvó.
    Me gusta
    Me endiabla
    Me shockea
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • La lluvia caía con fuerza sobre los adoquines rotos de la fortaleza abandonada. El agua descendía por los muros derruidos como si la propia piedra sangrara siglos de miseria. Entre la niebla y el hedor de carne húmeda, avancé arrastrando las pesadas botas sobre el barro ennegrecido.

    El filo de mi gran hacha descansaba sobre mi hombro, aún goteando una mezcla espesa de sangre y podredumbre. El hierro viejo rechinaba con cada paso, como si el arma misma estuviera cansada de partir cuerpos huecos.

    Entonces los escuché.

    Ese maldito sonido.

    Huesos rozando piedra. Respiraciones inexistentes. Gargantas secas intentando imitar la vida.

    Los huecos comenzaron a emerger desde las
    sombras de las callejuelas; uno arrastraba una pierna
    casi desprendida, otro sostenía una espada oxidada

    que apenas podía levantar. Sus ojos vacíos me observaban con el hambre desesperada de quienes
    olvidaron hasta su propio nombre.

    Solté un gruñido dentro del yelmo.

    Uno de ellos se lanzó primero, chillando como anima herido. Alcé el hacha con ambas manos y dejé caer el filo con brutalidad. El impacto partió al hueco desde el hombro hasta el pecho, estrellándolo contrael suelo empapado.

    No hubo tiempo para respirar.

    Otro intentó abalanzarse sobre mí por el costado. Giré sobre mis pies y el mango del hacha golpeó su mandíbula con un crujido seco. Sentí los dedos huesudos rasgar mi armadura mientras retrocedía.

    Más figuras aparecieron entre la lluvia.

    Demasiados.

    El miedo quiso abrirse paso dentro de mi pecho... pero hacía mucho que aprendí a enterrarlo bajo acero y cerveza.

    Clavé el hacha en el suelo un instante y observé el círculo de monstruos acercándose lentamente.

    La tormenta rugió sobre nosotros. Entonces avancé yo primero para atacar.

    Después de aquella ordalia el último hueco cayó de rodillas frente a mí, atravesado por el filo de mi gran hacha. Permaneció inmóvil unos segundos antes de desplomarse sobre el barro junto a los demás cadáveres.

    La lluvia continuó golpeando mi armadura mientras observaba las ruinas en silencio.

    Solté un suspiro cansado dentro del yelmo y limpié el filo ensangrentado contra el suelo.

    —Sigo vivo… eso basta por esta noche.

    A lo lejos, una pequeña hoguera brillaba entre la niebla. Sin mirar atrás, comencé a caminar hacia ella mientras la tormenta devoraba lentamente el campo de batalla.
    La lluvia caía con fuerza sobre los adoquines rotos de la fortaleza abandonada. El agua descendía por los muros derruidos como si la propia piedra sangrara siglos de miseria. Entre la niebla y el hedor de carne húmeda, avancé arrastrando las pesadas botas sobre el barro ennegrecido. El filo de mi gran hacha descansaba sobre mi hombro, aún goteando una mezcla espesa de sangre y podredumbre. El hierro viejo rechinaba con cada paso, como si el arma misma estuviera cansada de partir cuerpos huecos. Entonces los escuché. Ese maldito sonido. Huesos rozando piedra. Respiraciones inexistentes. Gargantas secas intentando imitar la vida. Los huecos comenzaron a emerger desde las sombras de las callejuelas; uno arrastraba una pierna casi desprendida, otro sostenía una espada oxidada que apenas podía levantar. Sus ojos vacíos me observaban con el hambre desesperada de quienes olvidaron hasta su propio nombre. Solté un gruñido dentro del yelmo. Uno de ellos se lanzó primero, chillando como anima herido. Alcé el hacha con ambas manos y dejé caer el filo con brutalidad. El impacto partió al hueco desde el hombro hasta el pecho, estrellándolo contrael suelo empapado. No hubo tiempo para respirar. Otro intentó abalanzarse sobre mí por el costado. Giré sobre mis pies y el mango del hacha golpeó su mandíbula con un crujido seco. Sentí los dedos huesudos rasgar mi armadura mientras retrocedía. Más figuras aparecieron entre la lluvia. Demasiados. El miedo quiso abrirse paso dentro de mi pecho... pero hacía mucho que aprendí a enterrarlo bajo acero y cerveza. Clavé el hacha en el suelo un instante y observé el círculo de monstruos acercándose lentamente. La tormenta rugió sobre nosotros. Entonces avancé yo primero para atacar. Después de aquella ordalia el último hueco cayó de rodillas frente a mí, atravesado por el filo de mi gran hacha. Permaneció inmóvil unos segundos antes de desplomarse sobre el barro junto a los demás cadáveres. La lluvia continuó golpeando mi armadura mientras observaba las ruinas en silencio. Solté un suspiro cansado dentro del yelmo y limpié el filo ensangrentado contra el suelo. —Sigo vivo… eso basta por esta noche. A lo lejos, una pequeña hoguera brillaba entre la niebla. Sin mirar atrás, comencé a caminar hacia ella mientras la tormenta devoraba lentamente el campo de batalla.
    Me encocora
    Me shockea
    5
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados