{La mañana siguiente llegó con un dolor punzante que atravesaba la sien de Haku como si una espada estuviera hundida en su cráneo. Abrió los ojos lentamente, y lo primero que reconoció fue la sala de su hogar. Estaba en el suelo, con su cuerpo cansado, pero sana y salva en su hogar.
No recordaba haber regresado. Lo último que tenía claro era el monstruo, el callejón, la magia consumiéndole cada fibra del cuerpo… y luego nada. Vacío.}
{Intentó incorporarse, pero el mareo la obligó a quedarse recostada. Sentía sus músculos entumecidos, la garganta seca, y su magia… débil, apagada. Como si cada hechizo que había lanzado le hubiera drenado no solo energía, sino pedazos de sí misma. Siempre había sido así: desde pequeña, su poder no era un regalo sino una carga. Lo había descubierto en su infancia, ella sabía que su existencia era distinta. Mitad humana, mitad nekomata, jamás había pertenecido a ningún lado.}
{Aquella noche en el callejón solo le había recordado lo frágil que era su límite. La magia que podía salvarla también era la misma que podía consumirla.}
{Fue entonces cuando lo entendió. Si había despertado allí, a salvo, no era porque alguien más la hubiera llevado…
Su espíritu híbrido. No la dejó morir. La rescató.}
{El imponente caballo con cabeza de águila había sido quien la cargó, llevándola de regreso a su hogar.}
{Haku ignoraba aún la verdad: no entendía por qué Puff había permanecido tanto tiempo ausente de su vida. Pero la razón era sencilla y cruel. Cuando un espíritu convive demasiado con un ser mortal—ya sea humano, nekomata o incluso una simple criatura del mundo terrenal—inevitablemente comienza a impregnarse de sus emociones. Lazos invisibles, frágiles y poderosos al mismo tiempo, nacen sin que nadie los desee. Y esos lazos, tan hermosos, son también cadenas que debilitan a un guardián.}
{Puff lo sabía. Desde el principio comprendió que la pequeña nekomata jamás estaría a salvo, que su vida entera estaría marcada por la persecución de enemigos y el peligro. Si permanecía siempre a su lado, su fuerza iría debilitandose poco a poco, sofocada por los mismos sentimientos que lo ataban a ella. Por eso eligió apartarse, aunque su esencia anhelara vigilarla cada noche. Se alejó para no caer preso de esa fragilidad, para mantener intacto su poder. Porque llegado el día, cuando la muerte o la oscuridad se abalanzaran sobre Haku, él quería ser capaz de interponerse, incluso si eso significaba entregar su propia existencia.}
{La distancia fue su sacrificio. Y en lo más profundo de su espíritu, Puff, podía llegar a amarla más de lo que un guardián debe amar a su protegida.}
{La mañana siguiente llegó con un dolor punzante que atravesaba la sien de Haku como si una espada estuviera hundida en su cráneo. Abrió los ojos lentamente, y lo primero que reconoció fue la sala de su hogar. Estaba en el suelo, con su cuerpo cansado, pero sana y salva en su hogar.
No recordaba haber regresado. Lo último que tenía claro era el monstruo, el callejón, la magia consumiéndole cada fibra del cuerpo… y luego nada. Vacío.}
{Intentó incorporarse, pero el mareo la obligó a quedarse recostada. Sentía sus músculos entumecidos, la garganta seca, y su magia… débil, apagada. Como si cada hechizo que había lanzado le hubiera drenado no solo energía, sino pedazos de sí misma. Siempre había sido así: desde pequeña, su poder no era un regalo sino una carga. Lo había descubierto en su infancia, ella sabía que su existencia era distinta. Mitad humana, mitad nekomata, jamás había pertenecido a ningún lado.}
{Aquella noche en el callejón solo le había recordado lo frágil que era su límite. La magia que podía salvarla también era la misma que podía consumirla.}
{Fue entonces cuando lo entendió. Si había despertado allí, a salvo, no era porque alguien más la hubiera llevado…
Su espíritu híbrido. No la dejó morir. La rescató.}
{El imponente caballo con cabeza de águila había sido quien la cargó, llevándola de regreso a su hogar.}
{Haku ignoraba aún la verdad: no entendía por qué Puff había permanecido tanto tiempo ausente de su vida. Pero la razón era sencilla y cruel. Cuando un espíritu convive demasiado con un ser mortal—ya sea humano, nekomata o incluso una simple criatura del mundo terrenal—inevitablemente comienza a impregnarse de sus emociones. Lazos invisibles, frágiles y poderosos al mismo tiempo, nacen sin que nadie los desee. Y esos lazos, tan hermosos, son también cadenas que debilitan a un guardián.}
{Puff lo sabía. Desde el principio comprendió que la pequeña nekomata jamás estaría a salvo, que su vida entera estaría marcada por la persecución de enemigos y el peligro. Si permanecía siempre a su lado, su fuerza iría debilitandose poco a poco, sofocada por los mismos sentimientos que lo ataban a ella. Por eso eligió apartarse, aunque su esencia anhelara vigilarla cada noche. Se alejó para no caer preso de esa fragilidad, para mantener intacto su poder. Porque llegado el día, cuando la muerte o la oscuridad se abalanzaran sobre Haku, él quería ser capaz de interponerse, incluso si eso significaba entregar su propia existencia.}
{La distancia fue su sacrificio. Y en lo más profundo de su espíritu, Puff, podía llegar a amarla más de lo que un guardián debe amar a su protegida.}


