• ¿Te defıne lo que tıenes?
    ¿O αquello que temes perder?
    En un mundo de αtαdurαs, el desprendımıento es lα mαчor expresıón de lıbertαd.
    ¿Te defıne lo que tıenes? ¿O αquello que temes perder? En un mundo de αtαdurαs, el desprendımıento es lα mαчor expresıón de lıbertαd.
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    Del mundo de Jujutsu Kaisen
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  • Oh, My Lord, la pureza de esta nieve es el único escenario aceptable para mi forma, pero ni siquiera su helada perfección puede compararse con la calidez que arde en mi corazón por usted. Observe cómo este vestido, ligero como un copo de nieve, y estas alas negras, profundas como la noche de Nazarick, enmarcan la vista que está destinada únicamente para Sus gloriosos ojos. El mundo entero es un desierto frío, mi Señor, excepto cuando estoy ante Usted. Déjeme envolverlo en este manto de devoción, y juntas, haremos que incluso el hielo más duro se rinda ante la majestuosidad de Nazarick y el amor de Su súcubo más leal.
    Oh, My Lord, la pureza de esta nieve es el único escenario aceptable para mi forma, pero ni siquiera su helada perfección puede compararse con la calidez que arde en mi corazón por usted. Observe cómo este vestido, ligero como un copo de nieve, y estas alas negras, profundas como la noche de Nazarick, enmarcan la vista que está destinada únicamente para Sus gloriosos ojos. El mundo entero es un desierto frío, mi Señor, excepto cuando estoy ante Usted. Déjeme envolverlo en este manto de devoción, y juntas, haremos que incluso el hielo más duro se rinda ante la majestuosidad de Nazarick y el amor de Su súcubo más leal.
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  • Un día más en la mira
    Categoría Aventura
    Nada cambia, nunca, la vida no es mejor para ciertas personas, puedes evitar que alguien sufra por un tiempo sacrificándote a ti mismo, pero incluso eso es temporal, puedes fingir que estás bien, pero sabemos que eso es mentira, puede ser más grave o más insignificante, pero todo el mundo sufre, la vida no se apiada de nadie.

    Aquel chico sentado frente a una lápida de piernas cruzadas era la representación de alguien que no soportaba más esa verdad, con un pequeño vaso destinado para alcohol agarrado por sus dedos, su cara estaba cubierta por su pelo debido a su mirada baja, de vez en cuando toma de su vaso y lo vuelve a llenar con una botella que descansaba junto a dicha lápida.

    La atmósfera era desesperanzadora, todo aquel que lo veía mientras pasaban se les quedaba mirando con pena y, al mismo tiempo, de desagrado debido a su fuerte olor a alcohol.

    Cada vez que tiene día libre se la pasa bebiendo alcohol barato desde por la mañana hasta por la noche, siempre frente a aquella dichosa lápida que le recuerda al dolor que intenta sanar con cada sorbo, aunque solo fuera por un momento.

    Es entonces, cuando estaba empezando aquel atardecer, alguien se acercaba a paso lento mientras que aquel chico asomaba un ojo entre todo ese pelo, no se veía rojo ni con lágrimas, lo cuál era raro teniendo en cuenta donde estaba. Esperaba que fuera alguien bajo órdenes de los superiores para asignarle una misión...o quizás no.
    Nada cambia, nunca, la vida no es mejor para ciertas personas, puedes evitar que alguien sufra por un tiempo sacrificándote a ti mismo, pero incluso eso es temporal, puedes fingir que estás bien, pero sabemos que eso es mentira, puede ser más grave o más insignificante, pero todo el mundo sufre, la vida no se apiada de nadie. Aquel chico sentado frente a una lápida de piernas cruzadas era la representación de alguien que no soportaba más esa verdad, con un pequeño vaso destinado para alcohol agarrado por sus dedos, su cara estaba cubierta por su pelo debido a su mirada baja, de vez en cuando toma de su vaso y lo vuelve a llenar con una botella que descansaba junto a dicha lápida. La atmósfera era desesperanzadora, todo aquel que lo veía mientras pasaban se les quedaba mirando con pena y, al mismo tiempo, de desagrado debido a su fuerte olor a alcohol. Cada vez que tiene día libre se la pasa bebiendo alcohol barato desde por la mañana hasta por la noche, siempre frente a aquella dichosa lápida que le recuerda al dolor que intenta sanar con cada sorbo, aunque solo fuera por un momento. Es entonces, cuando estaba empezando aquel atardecer, alguien se acercaba a paso lento mientras que aquel chico asomaba un ojo entre todo ese pelo, no se veía rojo ni con lágrimas, lo cuál era raro teniendo en cuenta donde estaba. Esperaba que fuera alguien bajo órdenes de los superiores para asignarle una misión...o quizás no.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    20
    Estado
    Disponible
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  • Entonces...el mundo si se está poniendo patas arriba...Interesante.
    Entonces...el mundo si se está poniendo patas arriba...Interesante.
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  • Camino por las pradera, sola y con mis pensamientos. Ya hace mucho que llevo en este nuevo mundo, he pasado por tanto y solo puedo esperar más y más...
    · · ─ ·𖥸· ─ · ·

    𝗞𝗶𝘆𝗼 : 𝗞𝗶𝘆𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼 𝟬
    Camino por las pradera, sola y con mis pensamientos. Ya hace mucho que llevo en este nuevo mundo, he pasado por tanto y solo puedo esperar más y más... · · ─ ·𖥸· ─ · · 𝗞𝗶𝘆𝗼 : 𝗞𝗶𝘆𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼 𝟬
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  • *-El cielo no se oscureció; se transmutó. Las nubes se abrieron en un despliegue de luz áurea y fría, y en medio de esa brecha, descendí.
    Ya no era el hombre que se había marchado entre las sombras del duelo. Como Nefilim, su aura emanaba una gravedad que hacía que el aire mismo vibrara; cada pliegue de su túnica etérea parecía arrastrar consigo el peso de los siglos y la paz de los planos superiores. Había pasado eones oculto tras el velo de la desaparición, una huida forjada en el dolor inconsolable por la pérdida, una herida que, aunque nunca cerró, se convirtió en el cimiento de su ascensión.
    Mi regreso no fue un grito de guerra ni un ajuste de cuentas. No había veneno en mi mirada ni reproche en mi silencio; todo rastro de odio había sido incinerado por mi propia trascendencia.-*

    —He recorrido los rincones donde el tiempo no alcanza a llegar —dijo, y su voz resonó como un eco de otro mundo, llena de una paz que sobrecogía—, pero al final del camino, mi espíritu solo reclamaba una última mirada hacia el hogar que me vio nacer. No vengo a buscar lo que perdí, sino a honrar lo que todavía permanece—
    *-El cielo no se oscureció; se transmutó. Las nubes se abrieron en un despliegue de luz áurea y fría, y en medio de esa brecha, descendí. Ya no era el hombre que se había marchado entre las sombras del duelo. Como Nefilim, su aura emanaba una gravedad que hacía que el aire mismo vibrara; cada pliegue de su túnica etérea parecía arrastrar consigo el peso de los siglos y la paz de los planos superiores. Había pasado eones oculto tras el velo de la desaparición, una huida forjada en el dolor inconsolable por la pérdida, una herida que, aunque nunca cerró, se convirtió en el cimiento de su ascensión. Mi regreso no fue un grito de guerra ni un ajuste de cuentas. No había veneno en mi mirada ni reproche en mi silencio; todo rastro de odio había sido incinerado por mi propia trascendencia.-* —He recorrido los rincones donde el tiempo no alcanza a llegar —dijo, y su voz resonó como un eco de otro mundo, llena de una paz que sobrecogía—, pero al final del camino, mi espíritu solo reclamaba una última mirada hacia el hogar que me vio nacer. No vengo a buscar lo que perdí, sino a honrar lo que todavía permanece—
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  • *La fría brisa nocturna acariciaba suavemente su cabello mientras permanecía de pie en el amplio balcón de su residencia.
    Aquella noche había decidido adoptar una apariencia más humana. Su figura alta descansaba contra la barandilla de piedra, envuelta por la luz plateada de la luna. Los ojos, normalmente llenos de curiosidad y vida, reflejaban ahora una profunda incertidumbre mientras observaban las incontables estrellas que adornaban el firmamento.
    El mundo estaba en calma.
    Y, sin embargo, su mente era un caos.
    Había regresado.
    Después de aquel largo sueño del que apenas conservaba recuerdos. Un sueño tan profundo que a veces le parecía una segunda muerte. Desde entonces, fragmentos de memorias aparecían y desaparecían sin previo aviso, como hojas arrastradas por el viento.
    Sabía que algo faltaba.
    Sabía que había personas que alguna vez fueron importantes.
    Lugares que había amado.
    Momentos que habían marcado su existencia.
    Pero todo se encontraba cubierto por una espesa neblina que le impedía ver con claridad.
    Apoyó los brazos sobre la barandilla y elevó la mirada hacia las constelaciones.
    Normalmente, las estrellas le resultaban familiares. Eran compañeras eternas que siempre parecían susurrarle secretos del universo. Pero aquella noche incluso ellas parecían guardar silencio.
    Cerró los ojos.
    Y entonces volvió a verlo.
    Una silueta.
    Borrosa.
    Distante.
    La sensación de una sonrisa.
    Una voz que no lograba comprender.
    Una presencia que aparecía una y otra vez en sus sueños.
    Su pecho se oprimió.
    Era extraño.
    No recordaba un rostro.
    No recordaba un nombre.
    Pero sí recordaba cómo aquella persona lo hacía sentir.
    Una mezcla de seguridad, afecto y añoranza tan intensa que resultaba dolorosa.
    Abrió lentamente los ojos.*

    —¿Quién eres...?

    *La pregunta escapó de sus labios casi en un susurro.
    El viento nocturno fue la única respuesta.
    Stolas observó el cielo durante largos segundos, buscando algo entre las estrellas que pudiera devolverle aquello que había perdido.*

    —¿Por qué sigo soñando contigo...?

    *Murmuró para sí mismo.
    Sus dedos se cerraron suavemente sobre la piedra del balcón.
    Por alguna razón, estaba convencido de que aquella persona había significado mucho para él.
    Demasiado.
    Y aunque su memoria se negara a mostrarle el rostro que buscaba, su corazón parecía recordarlo perfectamente.
    Por eso continuó allí, bajo la luz de la luna, contemplando las constelaciones con una melancólica expresión, esperando que algún día aquellos recuerdos borrosos dejaran de ser simples sombras y finalmente revelaran la verdad que había olvidado.*
    ✨🌙 *La fría brisa nocturna acariciaba suavemente su cabello mientras permanecía de pie en el amplio balcón de su residencia. Aquella noche había decidido adoptar una apariencia más humana. Su figura alta descansaba contra la barandilla de piedra, envuelta por la luz plateada de la luna. Los ojos, normalmente llenos de curiosidad y vida, reflejaban ahora una profunda incertidumbre mientras observaban las incontables estrellas que adornaban el firmamento. El mundo estaba en calma. Y, sin embargo, su mente era un caos. Había regresado. Después de aquel largo sueño del que apenas conservaba recuerdos. Un sueño tan profundo que a veces le parecía una segunda muerte. Desde entonces, fragmentos de memorias aparecían y desaparecían sin previo aviso, como hojas arrastradas por el viento. Sabía que algo faltaba. Sabía que había personas que alguna vez fueron importantes. Lugares que había amado. Momentos que habían marcado su existencia. Pero todo se encontraba cubierto por una espesa neblina que le impedía ver con claridad. Apoyó los brazos sobre la barandilla y elevó la mirada hacia las constelaciones. Normalmente, las estrellas le resultaban familiares. Eran compañeras eternas que siempre parecían susurrarle secretos del universo. Pero aquella noche incluso ellas parecían guardar silencio. Cerró los ojos. Y entonces volvió a verlo. Una silueta. Borrosa. Distante. La sensación de una sonrisa. Una voz que no lograba comprender. Una presencia que aparecía una y otra vez en sus sueños. Su pecho se oprimió. Era extraño. No recordaba un rostro. No recordaba un nombre. Pero sí recordaba cómo aquella persona lo hacía sentir. Una mezcla de seguridad, afecto y añoranza tan intensa que resultaba dolorosa. Abrió lentamente los ojos.* —¿Quién eres...? *La pregunta escapó de sus labios casi en un susurro. El viento nocturno fue la única respuesta. Stolas observó el cielo durante largos segundos, buscando algo entre las estrellas que pudiera devolverle aquello que había perdido.* —¿Por qué sigo soñando contigo...? *Murmuró para sí mismo. Sus dedos se cerraron suavemente sobre la piedra del balcón. Por alguna razón, estaba convencido de que aquella persona había significado mucho para él. Demasiado. Y aunque su memoria se negara a mostrarle el rostro que buscaba, su corazón parecía recordarlo perfectamente. Por eso continuó allí, bajo la luz de la luna, contemplando las constelaciones con una melancólica expresión, esperando que algún día aquellos recuerdos borrosos dejaran de ser simples sombras y finalmente revelaran la verdad que había olvidado.*
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  • ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝑂𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑜𝑜𝑡𝑠𝑡𝑒𝑝𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑤𝑒𝑟𝑒 𝑛𝑒𝑣𝑒𝑟 𝑓𝑜𝑢𝑛𝑑❞

    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎



    ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola.

    Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta.

    Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos.

    Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna.

    𝘘𝘶𝘪𝘻𝘢́ 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘳𝘦𝘴𝘶𝘭𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘧𝘰𝘳𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦.

    Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos.

    —𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒𝑟 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑎 —respondió el hombre.

    El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía.

    Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir.

    Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando.

    Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia.

    Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando.

    Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció largo rato observando la llama, inmóvil.

    Luego respondió:

    —𝐿𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑛𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟𝑛𝑜𝑠.

    Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos.

    —𝐴 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒.

    Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla.

    No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall:

    𝑆𝑖 𝑢𝑛𝑎 𝑙𝑢𝑧 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑦 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑎 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑠𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑢𝑒𝑛, 𝑙𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑟𝑑𝑎𝑟𝑎́ 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑎. 𝑌 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠, 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑠𝑜𝑙𝑎𝑠, 𝑦𝑎 𝑛𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎𝑛 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑒𝑟𝑠𝑒.


    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛋᚢᛘᛁᛦ ᛋᛅᚴᛁᛅ ᛅᛏ ᚼᛅᚾ ᚠᛅᚾ ᛋᚴᚢᚴᛅ ᛋᛁᚾ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛅᚦᛁᛦ ᛅᛏ ᛋᚴᚢᚴᛁᚾ ᚠᛅᚾ ᚼᛅᚾ ᚠᛁᚱᛋᛏ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎❝𝘚𝘰𝘮𝘦 𝘴𝘢𝘺 𝘩𝘦 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘴 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸. 𝘖𝘵𝘩𝘦𝘳𝘴 𝘴𝘢𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘮 𝘧𝘪𝘳𝘴𝘵❞



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ


    ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/bLVJ5SdGCes
    ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬 ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝑂𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑜𝑜𝑡𝑠𝑡𝑒𝑝𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑤𝑒𝑟𝑒 𝑛𝑒𝑣𝑒𝑟 𝑓𝑜𝑢𝑛𝑑❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola. Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta. Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos. Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna. 𝘘𝘶𝘪𝘻𝘢́ 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘳𝘦𝘴𝘶𝘭𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘧𝘰𝘳𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦. Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos. —𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒𝑟 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑎 —respondió el hombre. El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía. Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir. Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando. Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia. Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando. Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció largo rato observando la llama, inmóvil. Luego respondió: —𝐿𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑛𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟𝑛𝑜𝑠. Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos. —𝐴 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒. Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla. No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall: 𝑆𝑖 𝑢𝑛𝑎 𝑙𝑢𝑧 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑦 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑎 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑠𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑢𝑒𝑛, 𝑙𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑟𝑑𝑎𝑟𝑎́ 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑎. 𝑌 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠, 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑠𝑜𝑙𝑎𝑠, 𝑦𝑎 𝑛𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎𝑛 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑒𝑟𝑠𝑒. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛋᚢᛘᛁᛦ ᛋᛅᚴᛁᛅ ᛅᛏ ᚼᛅᚾ ᚠᛅᚾ ᛋᚴᚢᚴᛅ ᛋᛁᚾ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛅᚦᛁᛦ ᛅᛏ ᛋᚴᚢᚴᛁᚾ ᚠᛅᚾ ᚼᛅᚾ ᚠᛁᚱᛋᛏ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎❝𝘚𝘰𝘮𝘦 𝘴𝘢𝘺 𝘩𝘦 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘴 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸. 𝘖𝘵𝘩𝘦𝘳𝘴 𝘴𝘢𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘮 𝘧𝘪𝘳𝘴𝘵❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/bLVJ5SdGCes ❜
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  • El olor a cuero viejo, cera para madera y té de manzanilla flotaba en el aire del consultorio privado. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba suavemente los cristales, aislando la habitación del resto del mundo, como una burbuja en la tempestad, dl reloj de pared marcaba las ocho de la noche, el segundero sonaba con parsimonía. El doctor ordenaba unos papeles en su escritorio cuando la puerta se abrió sin previo aviso.


    No hubo pasos ruidosos, solo el sutil crujido de unos zapatos de piel Oxford tallados a mano. Al levantar la vista, el doctor se encontró con Frederick...

    A sus cuarenta y tantos años, Frederick vestía un traje sastre de tres piezas en gris marengo, perfectamente entallado. Su corbata de seda lucía un nudo impecable y el pañuelo de su bolsillo combinaba con una precisión matemática. No había prisa en sus movimientos, ni rastro de sudor, ni agitación. Su postura era la de un hombre que asiste a una gala benéfica, no la de un ejecutor.

    Frederick cerró la puerta con seguro con un clic casi inaudible, con una calma gélida, se deslizó los guantes de piel de cordero negra, ajustándolos dedo por dedo mientras su mirada, fija y analítica, recorría el expediente abierto sobre el escritorio del médico.

    En esa carpeta descansaban las pruebas que el doctor juntó en donde se hilaba al ex piloto y su mentira de haberse quedado viudo.
    Él había asesinado a su propia novia hace 20 años; Frederick sonrió de lado, una mueca educada pero vacía de calidez humana, y habló con una voz suave, profunda y modulada:

    ──── Dígame, Doctor... ¿encontró algún deleite estético en hurgar entre mis páginas? Un intelecto tan perspicaz como el suyo debió prever los riesgos de una curiosidad tan indiscreta.────

    El doctor intentó moverse hacia el teléfono, pero la sola presencia física de Frederick, estática y dominante, lo congeló en su sitio. Frederick dio un paso al frente, ladeando la cabeza con genuina curiosidad clínica.


    ──── Es una verdadera lástima que su existencia deba concluir bajo mi cuidado. Pero el pragmatismo, me temo, exige ciertos sacrificios....
    Verá, solo los muertos poseen la discreción absoluta que mi privacidad requiere. ────


    Frederick dio un paso más, acortando la distancia con una gracia felina, casi coreografiada. De su bolsillo interior extrajo un pañuelo de lino impecablemente doblado y, con un movimiento fluido, reveló un bisturí quirúrgico de acero brillante.

    La luz de la lámpara de escritorio se reflejó en la hoja, proyectando un destello fugaz sobre los ojos aterrorizados del médico. El doctor abrió la boca para gritar, pero el aire se atascó en su garganta. El miedo lo había paralizado por completo.

    Frederick levantó la mano enguantada. La lluvia afuera arreció con fuerza, golpeando el cristal justo cuando la luz del consultorio parpadeó, sumiendo la habitación en una fracción de segundo de total oscuridad.

    Un crujido de cuero, el silbido sutil del acero cortando el aire y... de pronto, el silencio.


    /I'm back/
    El olor a cuero viejo, cera para madera y té de manzanilla flotaba en el aire del consultorio privado. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba suavemente los cristales, aislando la habitación del resto del mundo, como una burbuja en la tempestad, dl reloj de pared marcaba las ocho de la noche, el segundero sonaba con parsimonía. El doctor ordenaba unos papeles en su escritorio cuando la puerta se abrió sin previo aviso. No hubo pasos ruidosos, solo el sutil crujido de unos zapatos de piel Oxford tallados a mano. Al levantar la vista, el doctor se encontró con Frederick... A sus cuarenta y tantos años, Frederick vestía un traje sastre de tres piezas en gris marengo, perfectamente entallado. Su corbata de seda lucía un nudo impecable y el pañuelo de su bolsillo combinaba con una precisión matemática. No había prisa en sus movimientos, ni rastro de sudor, ni agitación. Su postura era la de un hombre que asiste a una gala benéfica, no la de un ejecutor. Frederick cerró la puerta con seguro con un clic casi inaudible, con una calma gélida, se deslizó los guantes de piel de cordero negra, ajustándolos dedo por dedo mientras su mirada, fija y analítica, recorría el expediente abierto sobre el escritorio del médico. En esa carpeta descansaban las pruebas que el doctor juntó en donde se hilaba al ex piloto y su mentira de haberse quedado viudo. Él había asesinado a su propia novia hace 20 años; Frederick sonrió de lado, una mueca educada pero vacía de calidez humana, y habló con una voz suave, profunda y modulada: ──── Dígame, Doctor... ¿encontró algún deleite estético en hurgar entre mis páginas? Un intelecto tan perspicaz como el suyo debió prever los riesgos de una curiosidad tan indiscreta.──── El doctor intentó moverse hacia el teléfono, pero la sola presencia física de Frederick, estática y dominante, lo congeló en su sitio. Frederick dio un paso al frente, ladeando la cabeza con genuina curiosidad clínica. ──── Es una verdadera lástima que su existencia deba concluir bajo mi cuidado. Pero el pragmatismo, me temo, exige ciertos sacrificios.... Verá, solo los muertos poseen la discreción absoluta que mi privacidad requiere. ──── Frederick dio un paso más, acortando la distancia con una gracia felina, casi coreografiada. De su bolsillo interior extrajo un pañuelo de lino impecablemente doblado y, con un movimiento fluido, reveló un bisturí quirúrgico de acero brillante. La luz de la lámpara de escritorio se reflejó en la hoja, proyectando un destello fugaz sobre los ojos aterrorizados del médico. El doctor abrió la boca para gritar, pero el aire se atascó en su garganta. El miedo lo había paralizado por completo. Frederick levantó la mano enguantada. La lluvia afuera arreció con fuerza, golpeando el cristal justo cuando la luz del consultorio parpadeó, sumiendo la habitación en una fracción de segundo de total oscuridad. Un crujido de cuero, el silbido sutil del acero cortando el aire y... de pronto, el silencio. /I'm back/
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