• #Lizson

    Mi pedacito más preciado del mundo ♡

    Elisabeth Turner
    #Lizson Mi pedacito más preciado del mundo ♡ [Turney_thcx]
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  • Cat Grant: Tú no eres una persona común, eres una superheroína, representas toda la bondad del mundo.
    Cat Grant: Tú no eres una persona común, eres una superheroína, representas toda la bondad del mundo.
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  • Bajo la forma de un elegante gato negro de ojos como un eclipse, comenzó a visitar cada noche el jardín de Sora Niki <3 . Al principio, ella lo observaba con recelo. Pero noche tras noche, Morfeo se unía a sus juegos, compartía su silencio, dormía a su lado bajo la luz suave de la luna soñada.

    Y así, en ese mundo donde el tiempo se dobla y el amor no entiende de formas, Morfeo encontró algo que ni el más profundo sueño le había mostrado: la ternura de un vínculo puro.

    En ese cálido momento, Morfeo, maulló suavemente y dejó que su corazón, por primera vez, no habitara en la eternidad… sino en un simple instante junto a ella.
    Bajo la forma de un elegante gato negro de ojos como un eclipse, comenzó a visitar cada noche el jardín de [solar_malachite_lizard_684] <3 . Al principio, ella lo observaba con recelo. Pero noche tras noche, Morfeo se unía a sus juegos, compartía su silencio, dormía a su lado bajo la luz suave de la luna soñada. Y así, en ese mundo donde el tiempo se dobla y el amor no entiende de formas, Morfeo encontró algo que ni el más profundo sueño le había mostrado: la ternura de un vínculo puro. En ese cálido momento, Morfeo, maulló suavemente y dejó que su corazón, por primera vez, no habitara en la eternidad… sino en un simple instante junto a ella.
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  • Annabeth se había mirado más de cien veces en el reflejo de una ventana, ajustando la hebilla del cinturón que, según ella, era muy poco útil. Con un suspiro, se giró a quién la observaba.

    —Odio este vestido. No es que el corsé me impida respirar, tampoco las cadenas que suenan cada que me muevo.

    Se cruzó de brazos, frustrada.

    —Es que todo el mundo parece creer que solo porque soy hija de Atenea voy a disfrutar ser una "dama de ocasión". ¿Qué se supone que haga con este vestido? ¿Luchar con elegancia?

    Volvió a observarse en la ventana, esta vez dando una vuelta y mirandose por encima del hombro.

    —A pesar de todo, el color no está tan mal.
    Annabeth se había mirado más de cien veces en el reflejo de una ventana, ajustando la hebilla del cinturón que, según ella, era muy poco útil. Con un suspiro, se giró a quién la observaba. —Odio este vestido. No es que el corsé me impida respirar, tampoco las cadenas que suenan cada que me muevo. Se cruzó de brazos, frustrada. —Es que todo el mundo parece creer que solo porque soy hija de Atenea voy a disfrutar ser una "dama de ocasión". ¿Qué se supone que haga con este vestido? ¿Luchar con elegancia? Volvió a observarse en la ventana, esta vez dando una vuelta y mirandose por encima del hombro. —A pesar de todo, el color no está tan mal.
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  • 6:00 am: Iniciando el día con todas las ganas del mundo...




    7:00 am: Que ya sea la hora de dormir otra vez....

    7:50: No, mejor que ya sea el fin del mundo.
    6:00 am: Iniciando el día con todas las ganas del mundo... ✌️ 7:00 am: Que ya sea la hora de dormir otra vez.... 7:50: No, mejor que ya sea el fin del mundo.
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  • "Desconectarse del mundo real podría tener consecuencias imprevistas y generar daños irreparables”.
    "Desconectarse del mundo real podría tener consecuencias imprevistas y generar daños irreparables”.
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  • Al principio, los sueños eran solo eso, paisajes suaves como canciones, donde los colores flotaban con vida propia. Sora caminaba entre praderas suspendidas en el cielo, cruzaba puentes hechos de mariposas dormidas, y las nubes hablaban en voz baja entre sí; todo era hermoso, frágil, como si bastara un suspiro para romperlo. Y Sora sonreía, porque ese era su mundo.

    Pero si uno se quedaba el tiempo suficiente, si se atrevía a mirar más allá de la primera capa, descubría lo que nadie notaba, las flores tenían espinas de cristal, el agua de los lagos era tan profunda como el vacío, y a veces, solo a veces, la risa de Sora se quebraba, apenas un instante, lo suficiente para saber que había algo oscuro guardado en su interior.

    Fue entonces que él apareció, un gato, silencioso, de color gris con vetas oscuras como ceniza vieja, con ojos grandes y brillantes que no reflejaban luz, sino recuerdos, no hablaba, pero parecía entenderlo todo, siempre estaba allí, a veces al borde del campo de visión de Sora, otras, dormido en una colina flotante cubierta de pétalos, y cuando ella se acercaba, él no huía, la miraba, solo la miraba, como si supiera quién era realmente, más allá de la dulzura que todos veían.

    El primer encuentro fue breve, solo se cruzaron en una estación hecha de relojes sin agujas; pero en el segundo, el gato caminó a su lado sin emitir un solo sonido; en el tercero, ella le habló; en el cuarto, él le rozó la mano con la cabeza; y así, en cada nuevo sueño, el lazo se tejía más.

    A veces, Sora lo esperaba, o lo buscaba por laberintos de espejos que mostraban versiones alternas de sí misma, otras, lo encontraba sin buscarlo, durmiendo en su regazo en medio de una biblioteca sumergida, o siguiéndola entre trenes sin rumbo que viajaban por el cielo estrellado.

    Con él, los sueños cambiaban, se volvían más cálidos, más nítidos, pero también más honestos. La oscuridad dentro de ella dejaba de esconderse; se asomaba sin miedo, como una sombra que también deseaba ser amada. Y el gato no la rechazaba, nunca.

    Sora comenzó a sentirlo primero como consuelo, luego como compañía, y sin darse cuenta, como algo que dolía en el pecho cuando no estaba. No era solo afecto, no era ternura, era ese tipo de amor que se construye en silencio, sin promesas ni palabras, solo con presencia.

    Lo acariciaba con cuidado, como si pudiera romperse, le susurraba secretos que ni siquiera ella entendía del todo. Él se quedaba junto a ella, como si pudiera sostener su alma con solo quedarse.

    Y así, noche tras noche, entre mundos que flotaban como burbujas de jabón, Sora y el gato seguían encontrándose, porque incluso en sueños, hay hilos que el destino no puede cortar. Y este, ya no era un simple sueño.

    ~ ɱ૦ՐƿҺ૯υς ⁠♡
    Al principio, los sueños eran solo eso, paisajes suaves como canciones, donde los colores flotaban con vida propia. Sora caminaba entre praderas suspendidas en el cielo, cruzaba puentes hechos de mariposas dormidas, y las nubes hablaban en voz baja entre sí; todo era hermoso, frágil, como si bastara un suspiro para romperlo. Y Sora sonreía, porque ese era su mundo. Pero si uno se quedaba el tiempo suficiente, si se atrevía a mirar más allá de la primera capa, descubría lo que nadie notaba, las flores tenían espinas de cristal, el agua de los lagos era tan profunda como el vacío, y a veces, solo a veces, la risa de Sora se quebraba, apenas un instante, lo suficiente para saber que había algo oscuro guardado en su interior. Fue entonces que él apareció, un gato, silencioso, de color gris con vetas oscuras como ceniza vieja, con ojos grandes y brillantes que no reflejaban luz, sino recuerdos, no hablaba, pero parecía entenderlo todo, siempre estaba allí, a veces al borde del campo de visión de Sora, otras, dormido en una colina flotante cubierta de pétalos, y cuando ella se acercaba, él no huía, la miraba, solo la miraba, como si supiera quién era realmente, más allá de la dulzura que todos veían. El primer encuentro fue breve, solo se cruzaron en una estación hecha de relojes sin agujas; pero en el segundo, el gato caminó a su lado sin emitir un solo sonido; en el tercero, ella le habló; en el cuarto, él le rozó la mano con la cabeza; y así, en cada nuevo sueño, el lazo se tejía más. A veces, Sora lo esperaba, o lo buscaba por laberintos de espejos que mostraban versiones alternas de sí misma, otras, lo encontraba sin buscarlo, durmiendo en su regazo en medio de una biblioteca sumergida, o siguiéndola entre trenes sin rumbo que viajaban por el cielo estrellado. Con él, los sueños cambiaban, se volvían más cálidos, más nítidos, pero también más honestos. La oscuridad dentro de ella dejaba de esconderse; se asomaba sin miedo, como una sombra que también deseaba ser amada. Y el gato no la rechazaba, nunca. Sora comenzó a sentirlo primero como consuelo, luego como compañía, y sin darse cuenta, como algo que dolía en el pecho cuando no estaba. No era solo afecto, no era ternura, era ese tipo de amor que se construye en silencio, sin promesas ni palabras, solo con presencia. Lo acariciaba con cuidado, como si pudiera romperse, le susurraba secretos que ni siquiera ella entendía del todo. Él se quedaba junto a ella, como si pudiera sostener su alma con solo quedarse. Y así, noche tras noche, entre mundos que flotaban como burbujas de jabón, Sora y el gato seguían encontrándose, porque incluso en sueños, hay hilos que el destino no puede cortar. Y este, ya no era un simple sueño. ~ [Sweets_dreams] ⁠♡
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  • La creación de Melinoe era un secreto a voces, uno que se le escondió incluso a ella misma. Fue en aquella época en la que el mismo inframundo esperaba la llegada de un nuevo hijo, expectante, ansioso, desesperado por la llegada de aquel ser que engendraba la misma primavera en sus entrañas. No fue una noche cualquiera. Fue un instante fuera del tiempo, donde incluso los relojes divinos dejaron de girar. En lo profundo del Inframundo, en la cámara sagrada donde Perséfone se recogía en su dualidad eterna, la semilla de algo imposible crecía en su fértil ser.

    Hades lo supo. Lo sintió. La intuición de los dioses no necesita pruebas.
    La oscuridad que gobernaba no podía ignorar aquella luz temblorosa que comenzaba a latir en el vientre de su reina, pero no era suya, no llevaba su esencia, no danzaba con su sombra y eso lo desgarró.

    Una joven Perséfone vio llegar a su amado esposo hecho una tempestad de dolor, enojo, duda. El lo sabia, sabia lo que ella había descubierto muy tarde como para evitarlo. —¿De quién es? —rugió Hades, con una furia que hacía temblar hasta a los espectros del Lete—. ¿Qué dios se atrevió a dejar su marca donde solo yo debo reinar?

    Perséfone no respondió con miedo. Solo con una mirada. Triste. Inquebrantable. Sabía que no podía mentirle, pero también sabía que la verdad no le salvaría. Entonces, Hades hizo lo impensable, se arrodilló, su mano, de rey, de verdugo, de amante y carcelero se posó sobre el vientre de Perséfone, con la intención de arrancar aquello que lo desafiaba, arrancar el retoño que alguien se había atrevido a plantar en su jardín. No por odio a la criatura, sino por el abismo que se abría en su pecho al saberse traicionado por el destino mismo. Pero al tocarla se detuvo, no por culpa, no por piedad, sino porque algo le habló desde dentro del cálido vientre de Perséfone.

    Aquello que crecía desafiando al rey del Inframundo, le hablo, no con palabras, sino con una resonancia primitiva, pura, que atravesó hueso, furia, orgullo y divinidad. Una chispa que no le temía. Una conciencia que lo tocó desde dentro del vientre de Perséfone como si ya supiera su nombre, su alma, su condena y Hades, dios de la muerte, señor de los juramentos y el olvido, supo en ese instante que aquella niña, aún sin rostro, aún sin aliento era suya, era mas suya que las aguas del estigia, que las almas del tártaro, que los ladridos de Cerbero, era mas suya que el mismo Inframundo. No por sangre, no por destino, sino por algo más poderoso que ambos. Por un lazo inexplicable, tejido por una fuerza que ni los dioses podían nombrar sin estremecerse: el vínculo del alma.

    Su mano, que antes temblaba de rabia, tembló entonces de ternura.
    —Melinoe… Mi pequeña sombra...—susurró, como si al decirlo sellara un pacto eterno—. No naciste de mí… pero me has elegido, haz elegido ser mía, tan mía como yo seré tuyo, tu padre mi pequeña hija.

    Y así fue como aquella luz que desafiaba al señor de las sombras, lo doblego, lo lleno de un amor imposible de rebatir, desde ese día, Hades no volvió a cuestionarla porque entendió que algunos vínculos no se forjan con la carne ni con la sangre, sino con esa llama sagrada que ni la muerte puede apagar.

    Y Melinoe, nacida del cruce entre lo prohibido y lo sagrado, entre la traición y el milagro, fue amada. No por obligación. Sino porque hasta el mismísimo rey del Inframundo fue incapaz de negarse a su luz.

    hades Greek Mitology
    Persefone Reina del Inframundo Spring
    La creación de Melinoe era un secreto a voces, uno que se le escondió incluso a ella misma. Fue en aquella época en la que el mismo inframundo esperaba la llegada de un nuevo hijo, expectante, ansioso, desesperado por la llegada de aquel ser que engendraba la misma primavera en sus entrañas. No fue una noche cualquiera. Fue un instante fuera del tiempo, donde incluso los relojes divinos dejaron de girar. En lo profundo del Inframundo, en la cámara sagrada donde Perséfone se recogía en su dualidad eterna, la semilla de algo imposible crecía en su fértil ser. Hades lo supo. Lo sintió. La intuición de los dioses no necesita pruebas. La oscuridad que gobernaba no podía ignorar aquella luz temblorosa que comenzaba a latir en el vientre de su reina, pero no era suya, no llevaba su esencia, no danzaba con su sombra y eso lo desgarró. Una joven Perséfone vio llegar a su amado esposo hecho una tempestad de dolor, enojo, duda. El lo sabia, sabia lo que ella había descubierto muy tarde como para evitarlo. —¿De quién es? —rugió Hades, con una furia que hacía temblar hasta a los espectros del Lete—. ¿Qué dios se atrevió a dejar su marca donde solo yo debo reinar? Perséfone no respondió con miedo. Solo con una mirada. Triste. Inquebrantable. Sabía que no podía mentirle, pero también sabía que la verdad no le salvaría. Entonces, Hades hizo lo impensable, se arrodilló, su mano, de rey, de verdugo, de amante y carcelero se posó sobre el vientre de Perséfone, con la intención de arrancar aquello que lo desafiaba, arrancar el retoño que alguien se había atrevido a plantar en su jardín. No por odio a la criatura, sino por el abismo que se abría en su pecho al saberse traicionado por el destino mismo. Pero al tocarla se detuvo, no por culpa, no por piedad, sino porque algo le habló desde dentro del cálido vientre de Perséfone. Aquello que crecía desafiando al rey del Inframundo, le hablo, no con palabras, sino con una resonancia primitiva, pura, que atravesó hueso, furia, orgullo y divinidad. Una chispa que no le temía. Una conciencia que lo tocó desde dentro del vientre de Perséfone como si ya supiera su nombre, su alma, su condena y Hades, dios de la muerte, señor de los juramentos y el olvido, supo en ese instante que aquella niña, aún sin rostro, aún sin aliento era suya, era mas suya que las aguas del estigia, que las almas del tártaro, que los ladridos de Cerbero, era mas suya que el mismo Inframundo. No por sangre, no por destino, sino por algo más poderoso que ambos. Por un lazo inexplicable, tejido por una fuerza que ni los dioses podían nombrar sin estremecerse: el vínculo del alma. Su mano, que antes temblaba de rabia, tembló entonces de ternura. —Melinoe… Mi pequeña sombra...—susurró, como si al decirlo sellara un pacto eterno—. No naciste de mí… pero me has elegido, haz elegido ser mía, tan mía como yo seré tuyo, tu padre mi pequeña hija. Y así fue como aquella luz que desafiaba al señor de las sombras, lo doblego, lo lleno de un amor imposible de rebatir, desde ese día, Hades no volvió a cuestionarla porque entendió que algunos vínculos no se forjan con la carne ni con la sangre, sino con esa llama sagrada que ni la muerte puede apagar. Y Melinoe, nacida del cruce entre lo prohibido y lo sagrado, entre la traición y el milagro, fue amada. No por obligación. Sino porque hasta el mismísimo rey del Inframundo fue incapaz de negarse a su luz. [quasar_yellow_whale_469] [legend_orange_eagle_209]
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  • eh tenido que abandonar mi mundo la organizacion que lo controla que quiere que todo sea gris me ah amenazado de muerte pero os juro mis amigos mis ciudadanos que volvere y derrocare ese maldito alcalde y devolvere la luz y los colores al mundo
    eh tenido que abandonar mi mundo la organizacion que lo controla que quiere que todo sea gris me ah amenazado de muerte pero os juro mis amigos mis ciudadanos que volvere y derrocare ese maldito alcalde y devolvere la luz y los colores al mundo
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  • Ella no bajó.
    Nunca lo hace.
    Solo observa.
    Desde lo alto, donde los hilos tiemblan,
    donde los destinos se enredan antes de ser cortados.

    Y vio.

    A una chica.
    Luz pura, risa fácil,
    el tipo de alma que no conoce aún lo que el mundo exige a cambio de amar.

    Y a él.
    Roto.
    Oscuro por dentro,
    arrastrando cicatrices que no se ven pero pesan.

    Ella se acercó.
    No por deber.
    Por algo más humano, más trágico.
    Creyó —como otros antes—
    que el amor todo lo cura.

    Y dio.
    Día tras día.
    Sonrisa tras herida.
    Luz tras sombra.
    Hasta que él volvió a ser alguien.

    Y ella…
    se apagó.

    Atropos no parpadeó.
    Ya lo había visto antes.
    Lo ve siempre.

    Pero entonces,
    cuando el hilo parecía ya haber sido trenzado del todo,
    vio a otra.
    Nueva.
    Llena.
    Radiante.
    Mirándolo como si fuera su mundo.

    Y él, limpio ya de oscuridad,
    recibió esa nueva luz sin pensar.
    Como si no recordara la llama que lo sostuvo cuando era ceniza.

    La primera chica miró.
    Y en sus ojos,
    Atropos no vio rabia,
    ni celos,
    ni rencor.

    Solo entendimiento.
    Dolor calmo.
    Una rendición sin palabras.

    La humana comprendía lo que muchos aún no:
    a veces, salvar a alguien no significa quedarse.
    A veces, solo se es puente.
    Luz de paso.
    Fuego que otros usan para arder…
    y luego olvidar.

    Atropos no intervino.
    No era su lugar.
    Ella solo corta.
    Pero antes,
    siempre mira.

    Y en ese mirar eterno,
    reconoció la tragedia callada de dar sin ser recordada.
    La historia más antigua de los humanos.
    Ella no bajó. Nunca lo hace. Solo observa. Desde lo alto, donde los hilos tiemblan, donde los destinos se enredan antes de ser cortados. Y vio. A una chica. Luz pura, risa fácil, el tipo de alma que no conoce aún lo que el mundo exige a cambio de amar. Y a él. Roto. Oscuro por dentro, arrastrando cicatrices que no se ven pero pesan. Ella se acercó. No por deber. Por algo más humano, más trágico. Creyó —como otros antes— que el amor todo lo cura. Y dio. Día tras día. Sonrisa tras herida. Luz tras sombra. Hasta que él volvió a ser alguien. Y ella… se apagó. Atropos no parpadeó. Ya lo había visto antes. Lo ve siempre. Pero entonces, cuando el hilo parecía ya haber sido trenzado del todo, vio a otra. Nueva. Llena. Radiante. Mirándolo como si fuera su mundo. Y él, limpio ya de oscuridad, recibió esa nueva luz sin pensar. Como si no recordara la llama que lo sostuvo cuando era ceniza. La primera chica miró. Y en sus ojos, Atropos no vio rabia, ni celos, ni rencor. Solo entendimiento. Dolor calmo. Una rendición sin palabras. La humana comprendía lo que muchos aún no: a veces, salvar a alguien no significa quedarse. A veces, solo se es puente. Luz de paso. Fuego que otros usan para arder… y luego olvidar. Atropos no intervino. No era su lugar. Ella solo corta. Pero antes, siempre mira. Y en ese mirar eterno, reconoció la tragedia callada de dar sin ser recordada. La historia más antigua de los humanos.
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