*-El cielo no se oscureció; se transmutó. Las nubes se abrieron en un despliegue de luz áurea y fría, y en medio de esa brecha, descendí.
Ya no era el hombre que se había marchado entre las sombras del duelo. Como Nefilim, su aura emanaba una gravedad que hacía que el aire mismo vibrara; cada pliegue de su túnica etérea parecía arrastrar consigo el peso de los siglos y la paz de los planos superiores. Había pasado eones oculto tras el velo de la desaparición, una huida forjada en el dolor inconsolable por la pérdida, una herida que, aunque nunca cerró, se convirtió en el cimiento de su ascensión.
Mi regreso no fue un grito de guerra ni un ajuste de cuentas. No había veneno en mi mirada ni reproche en mi silencio; todo rastro de odio había sido incinerado por mi propia trascendencia.-*

—He recorrido los rincones donde el tiempo no alcanza a llegar —dijo, y su voz resonó como un eco de otro mundo, llena de una paz que sobrecogía—, pero al final del camino, mi espíritu solo reclamaba una última mirada hacia el hogar que me vio nacer. No vengo a buscar lo que perdí, sino a honrar lo que todavía permanece—
*-El cielo no se oscureció; se transmutó. Las nubes se abrieron en un despliegue de luz áurea y fría, y en medio de esa brecha, descendí. Ya no era el hombre que se había marchado entre las sombras del duelo. Como Nefilim, su aura emanaba una gravedad que hacía que el aire mismo vibrara; cada pliegue de su túnica etérea parecía arrastrar consigo el peso de los siglos y la paz de los planos superiores. Había pasado eones oculto tras el velo de la desaparición, una huida forjada en el dolor inconsolable por la pérdida, una herida que, aunque nunca cerró, se convirtió en el cimiento de su ascensión. Mi regreso no fue un grito de guerra ni un ajuste de cuentas. No había veneno en mi mirada ni reproche en mi silencio; todo rastro de odio había sido incinerado por mi propia trascendencia.-* —He recorrido los rincones donde el tiempo no alcanza a llegar —dijo, y su voz resonó como un eco de otro mundo, llena de una paz que sobrecogía—, pero al final del camino, mi espíritu solo reclamaba una última mirada hacia el hogar que me vio nacer. No vengo a buscar lo que perdí, sino a honrar lo que todavía permanece—
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