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‎โ› ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola.

Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta.

Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos.

Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna.

๐˜˜๐˜ถ๐˜ช๐˜ป๐˜ขฬ ๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฅ ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ถ๐˜ญ๐˜ต๐˜ข๐˜ฃ๐˜ข ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ.

Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos.

—๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ก๐‘œ๐‘‘๐‘Ž ๐‘œ๐‘ ๐‘๐‘ข๐‘Ÿ๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘’๐‘Ž ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘š๐‘Ž๐‘›๐‘’๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘‘๐‘–๐‘‘๐‘Ž —respondió el hombre.

El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía.

Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir.

Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando.

Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia.

Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando.

Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció lago rato observando la llama, inmóvil.

Luego respondió:

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Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos.

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Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla.

No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall:

๐‘†๐‘– ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘™๐‘ข๐‘ง ๐‘ ๐‘’ ๐‘‘๐‘’๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘›๐‘’ ๐‘ฆ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘ข๐‘–๐‘’๐‘› ๐‘Ÿ๐‘’๐‘ ๐‘๐‘œ๐‘›๐‘‘๐‘’ ๐‘Ž ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘๐‘Ž๐‘ ๐‘œ๐‘  ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘™๐‘Ž ๐‘ ๐‘–๐‘”๐‘ข๐‘’๐‘›, ๐‘™๐‘Ž ๐‘œ๐‘ ๐‘๐‘ข๐‘Ÿ๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘“๐‘–๐‘›๐‘Ž๐‘™๐‘š๐‘’๐‘›๐‘ก๐‘’ ๐‘Ÿ๐‘’๐‘๐‘œ๐‘Ÿ๐‘‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Žฬ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘ฃ๐‘Ž ๐‘ ๐‘–๐‘”๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘๐‘Ž๐‘š๐‘–๐‘›๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ ๐‘œ๐‘™๐‘Ž. ๐‘Œ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘ข๐‘›๐‘Ž๐‘  ๐‘๐‘œ๐‘ ๐‘Ž๐‘ , ๐‘๐‘ข๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘‘๐‘’๐‘—๐‘Ž๐‘› ๐‘‘๐‘’ ๐‘’๐‘ ๐‘ก๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘ ๐‘œ๐‘™๐‘Ž๐‘ , ๐‘ฆ๐‘Ž ๐‘›๐‘œ ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘’๐‘Ž๐‘› ๐‘ฃ๐‘œ๐‘™๐‘ฃ๐‘’๐‘Ÿ ๐‘Ž ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘ ๐‘’.


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Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos. Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna. ๐˜˜๐˜ถ๐˜ช๐˜ป๐˜ขฬ ๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฅ ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ถ๐˜ญ๐˜ต๐˜ข๐˜ฃ๐˜ข ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ. 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