[Tras 5 días desde la prueba de resistencia al hambre y sed. El Dr Stephen Steel graba un nuevo reporte en formato de audio. Es acompañado por un ejercito de guardias armados].
Dr Stephen Steel: -Los resultados son los esperados. El sujeto de prueba ha resistido increíblemente 5 días completos de hambruna y sed sin apenas deterioro en sus órganos ni sus funciones vitales. Esta irritable y visiblemente furiosa. Completamente esperable. Por fortuna la celda esta reforzada con vidrio mezclado con la alineación "Deterium" que es 20 veces más resistente que el acero. *Me sobresalto al ver como con su golpes el vidrio se fisura. Los guardias armados se preparan para disparar* ESPEREN. No disparen. *Detiene la grabación* Contactaré al director Edgar. Ya fue suficiente. Es evidente que Unknown esta hambrienta. *Se retira a un escritorio cercano y realiza una llamada*
Director Edgar Markov: -Lo escuche todo Dr Stephen. ¿Quieres que la alimentemos?. Deberíamos esperar al menos 5 días más. No olvide el objetivo de este experimento. Esa cosa ni siquiera es humana. ¿Porque insiste tanto en salirse del protocolo?. *Exclama con voz fría*
Dr Stephen Steel: *Una gota de sudor recorre su frente*
-Escuche director. No me estoy saliendo del protocolo. Conozco perfectamente el objetivo de este experimento. Simplemente estoy señalando lo obvio. DEBEMOS ALIMENTARLE. Si sigue enfureciendose. Rompe su celda y nos liquida a todos. Será usted quien se tendrá que hacer responsable del desastre ya que yo sólo sería un cuerpo degollado. *Exclama el doctor intentando desafiar las ordenes del director general de la división Q*
Director Edgar Markov: -No me agrada su tono Stephen. Sus dudas son visibles, su lealtad cuestionable. Pero es cierto, sería una completa molestia tener que lidiar con tantos cadáveres. Probablemente perderíamos un par de unidades de combate adiestradas en el proceso de contenerla. Alimentela. Pero guarde mis palabras Stephen. Le estaré vigilando de cerca. Y no dudaré en plantar una bala entre sus cejas. El proyecto debe continuar. Sin importar el costo.*Cuelga*
*El Dr Stephen suspira. Sus manos aún tiemblan por desafiar verbalmente al director. Va por comida. Alimenta a Unknown y esta se calma. De momento. Ordena a los técnicos que reparen la celda cuánto antes. Se sienta en la silla de su escritorio y se reclina en el respaldo. Divagando en sus pensamientos*
[Tras 5 días desde la prueba de resistencia al hambre y sed. El Dr Stephen Steel graba un nuevo reporte en formato de audio. Es acompañado por un ejercito de guardias armados].
Dr Stephen Steel: -Los resultados son los esperados. El sujeto de prueba ha resistido increíblemente 5 días completos de hambruna y sed sin apenas deterioro en sus órganos ni sus funciones vitales. Esta irritable y visiblemente furiosa. Completamente esperable. Por fortuna la celda esta reforzada con vidrio mezclado con la alineación "Deterium" que es 20 veces más resistente que el acero. *Me sobresalto al ver como con su golpes el vidrio se fisura. Los guardias armados se preparan para disparar* ESPEREN. No disparen. *Detiene la grabación* Contactaré al director Edgar. Ya fue suficiente. Es evidente que Unknown esta hambrienta. *Se retira a un escritorio cercano y realiza una llamada*
Director Edgar Markov: -Lo escuche todo Dr Stephen. ¿Quieres que la alimentemos?. Deberíamos esperar al menos 5 días más. No olvide el objetivo de este experimento. Esa cosa ni siquiera es humana. ¿Porque insiste tanto en salirse del protocolo?. *Exclama con voz fría*
Dr Stephen Steel: *Una gota de sudor recorre su frente*
-Escuche director. No me estoy saliendo del protocolo. Conozco perfectamente el objetivo de este experimento. Simplemente estoy señalando lo obvio. DEBEMOS ALIMENTARLE. Si sigue enfureciendose. Rompe su celda y nos liquida a todos. Será usted quien se tendrá que hacer responsable del desastre ya que yo sólo sería un cuerpo degollado. *Exclama el doctor intentando desafiar las ordenes del director general de la división Q*
Director Edgar Markov: -No me agrada su tono Stephen. Sus dudas son visibles, su lealtad cuestionable. Pero es cierto, sería una completa molestia tener que lidiar con tantos cadáveres. Probablemente perderíamos un par de unidades de combate adiestradas en el proceso de contenerla. Alimentela. Pero guarde mis palabras Stephen. Le estaré vigilando de cerca. Y no dudaré en plantar una bala entre sus cejas. El proyecto debe continuar. Sin importar el costo.*Cuelga*
*El Dr Stephen suspira. Sus manos aún tiemblan por desafiar verbalmente al director. Va por comida. Alimenta a Unknown y esta se calma. De momento. Ordena a los técnicos que reparen la celda cuánto antes. Se sienta en la silla de su escritorio y se reclina en el respaldo. Divagando en sus pensamientos*
Dos de las familias mafiosas más influyentes de la ciudad habían decidido unir fuerzas tras años de tensión. Para evitar una guerra que arrastraría a ambos imperios, sellaron un acuerdo definitivo: un matrimonio arreglado entre sus herederos. No era una celebración de amor, sino una estrategia cuidadosamente calculada, donde la lealtad, el poder y la supervivencia pesaban más que cualquier sentimiento. A partir de ese momento, ambas vidas quedarían atadas no solo por un apellido compartido, sino por un mundo peligroso en el que cada paso en falso podía costarles todo.
Dos de las familias mafiosas más influyentes de la ciudad habían decidido unir fuerzas tras años de tensión. Para evitar una guerra que arrastraría a ambos imperios, sellaron un acuerdo definitivo: un matrimonio arreglado entre sus herederos. No era una celebración de amor, sino una estrategia cuidadosamente calculada, donde la lealtad, el poder y la supervivencia pesaban más que cualquier sentimiento. A partir de ese momento, ambas vidas quedarían atadas no solo por un apellido compartido, sino por un mundo peligroso en el que cada paso en falso podía costarles todo.
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1- Cuando tiene algún hueco libre asiste a clases de cocina
2- Le da miedo conducir, aunque hace años que se sacó el carnet de conducir
3- Todo lo que consigue en la vida es a base de mucho esfuerzo y constancia
4- Le cuesta bastante confiar en las personas
5- Es bastante tímida
6- Es una defensora de los animales
7- Disfruta haciendo ejercicio al aire libre
8- Por encima de todo valora mucho la lealtad
9- Es muy casera
10- Tiene muy buen corazón
CURIOSIDADES
DE
𝒦𝒜𝒩𝒢 𝒥ℐ 𝒲𝒪𝒩
1- Cuando tiene algún hueco libre asiste a clases de cocina
2- Le da miedo conducir, aunque hace años que se sacó el carnet de conducir
3- Todo lo que consigue en la vida es a base de mucho esfuerzo y constancia
4- Le cuesta bastante confiar en las personas
5- Es bastante tímida
6- Es una defensora de los animales
7- Disfruta haciendo ejercicio al aire libre
8- Por encima de todo valora mucho la lealtad
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10- Tiene muy buen corazón
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El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial.
A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución.
A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora.
Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca.
— No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo —
La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo.
— Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío—
El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.
— Koldun —
Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real.
— Acaba con esto —
El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden.
Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial.
A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución.
A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora.
Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca.
— No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo —
La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo.
— Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío—
El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.
— Koldun —
Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real.
— Acaba con esto —
El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden.
Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
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— He visto pasar las eras como si fueran hojas arrastradas por el viento, convencida de que ya nada en este mundo podría sorprenderme. Pero entonces, de la nada, él apareció. No fue algo que planeé, ni una profecía que pude prever, simplemente, Shin’ya irrumpió en mi existencia y, de repente, la eternidad que yo tanto defendía empezó a parecer extrañamente vacía sin su presencia.
Su aparición en mi vida fue el giro de guion que nunca vi venir. Desde ese primer instante, supe que mi destino ya no me pertenecía solo a mí; él trajo consigo un fuego y una lealtad que desarmaron mis siglos de astucia, transformándome de una observadora solitaria a alguien que desea compartir cada suspiro.
Y ahora, míranos. Este encuentro inesperado ha dado paso a este fruto esperado que hoy crece en mi interior. Es casi poético: de un cruce de caminos imprevisto, ha nacido la raíz de algo nuevo. Este pequeño ser es la prueba de que incluso un corazón tan antiguo como el mío puede renovarse. Siento sus movimientos y no puedo evitar sonreír, me pregunto si tendrá la tenacidad de su padre o mi agudeza... ojalá sea una mezcla de ambas, para que el mundo nunca se aburra. Al final, lo que comenzó como una sorpresa del destino, se ha convertido en mi realidad más eterna. ♡
🌸— He visto pasar las eras como si fueran hojas arrastradas por el viento, convencida de que ya nada en este mundo podría sorprenderme. Pero entonces, de la nada, él apareció. No fue algo que planeé, ni una profecía que pude prever, simplemente, Shin’ya irrumpió en mi existencia y, de repente, la eternidad que yo tanto defendía empezó a parecer extrañamente vacía sin su presencia.
Su aparición en mi vida fue el giro de guion que nunca vi venir. Desde ese primer instante, supe que mi destino ya no me pertenecía solo a mí; él trajo consigo un fuego y una lealtad que desarmaron mis siglos de astucia, transformándome de una observadora solitaria a alguien que desea compartir cada suspiro.
Y ahora, míranos. Este encuentro inesperado ha dado paso a este fruto esperado que hoy crece en mi interior. Es casi poético: de un cruce de caminos imprevisto, ha nacido la raíz de algo nuevo. Este pequeño ser es la prueba de que incluso un corazón tan antiguo como el mío puede renovarse. Siento sus movimientos y no puedo evitar sonreír, me pregunto si tendrá la tenacidad de su padre o mi agudeza... ojalá sea una mezcla de ambas, para que el mundo nunca se aburra. Al final, lo que comenzó como una sorpresa del destino, se ha convertido en mi realidad más eterna. ♡
Thomas, como siempre, había llegado antes de la hora acordada. Era una mezcla de nervios e impaciencia, en primer lugar por ella. Por volver a ver a Rose. En segundo lugar, por la noticia que se traía entre manos. Una noticia emocionante y, cuanto menos, positiva. Aquel recóndito enclave seguía igual que siempre: tranquilo, apartado, casi parecía suspendido fuera del tiempo en aquel pequeño rincón de Bibury que ambos habían hecho suyo verano tras verano. El murmullo del agua del estrecho arroyo y el vaivén de las hojas cuya sombra se proyectaba sobre el banco de madera le eran totalmente familiares, pero aquel día todo parecía pintado de una tensión distinta, un poco más espesa.
Se había detenido un instante a la entrada del parque antes de decidirse a entrar finalmente, con la mirada fija en el punto donde solían sentarse desde que eran unos críos. Recordaba demasiadas cosas allí. El musical sonido de la risa de Rose, las conversaciones que parecían no tener fin, las promesas que nunca habían llegado a formularse en voz alta pero que para ambos eran reales. Y ahora… ahora todo pendía de un hilo muy fino. Era emocionante. Porque si salía bien… todo saldría MUY bien. Pero si algo iba mal… sus destinos se volverían oscuros y aciagos.
Apretaba ligeramente la mandíbula, intentando mantener la compostura. Desde que Rose le había confesado lo del compromiso con Alexander Barrow, algo en Thomas se había quebrado de forma silenciosa pero irreversible. No era capaz de aceptar la sola idea de verla unida a otro. Y mucho menos si ese “otro” era alguien vinculado a todo aquello contra lo que él luchaba cada día. La sola mención de los Barrow y su lealtad hacia Lord Voldemort le revolvía el estómago y le hacía querer vomitar bilis.
Pero esa vez era distinto.
Esa vez tenía algo. Lo sabía. Un hilo del que tirar. Un chivatazo limpio. Había pasado días enteros aferrándose a aquella corazonada, habia insistido en la Oficina de Aurores hasta resultar casi insoportable. No podía actuar asi debido su rango. De hecho, no. Él no solía actuar así; él mismo lo sabía. Siempre había sido metódico, racional, un digno estudiante de la casa Ravenclaw. Pero aquello no era un caso más. Era ella. Y por ella estaba dispuesto a tensar todos los límites hasta donde hiciera falta.
La redada estaba en marcha. Todo estaba preparado. No habia vuelta atrás. Si el chivatazo era cierto como él sentía que era, aquel golpe podría desestabilizar lo suficiente a Barrow como para frenar aquella dichosa boda. Le permitiría exponer vínculos de la familia Barrow con el señor tenebroso, lo cual provocaría muchísimas investigaciones, juicios.... Y a Thomas y Rose les permitiría ganar tiempo. Les daría una oportunidad.
Respiraba despacio, intentando parecer tranquilo, llevándose una mano al rostro durante un segundo, intentando ordenar sus pensamientos antes de verla. Porque en cuanto la pelirroja apareciera, sabía que todo lo demás dejaría de tener importancia. Siempre pasaba.
Cuando finalmente escuchó pasos acercándose, su cuerpo reaccionó antes que su propio cerebro. Se levantó del banco, girándose después hacia el sonido, con el corazón palpitando con fuerza contra su pecho.
Había ensayado mil veces lo que iba a decirle.
Pero en ese instante, al saber que estaba a punto de verla, todas las palabras parecían haberse borrado de un plumazo de su memoria.
Thomas, como siempre, había llegado antes de la hora acordada. Era una mezcla de nervios e impaciencia, en primer lugar por ella. Por volver a ver a Rose. En segundo lugar, por la noticia que se traía entre manos. Una noticia emocionante y, cuanto menos, positiva. Aquel recóndito enclave seguía igual que siempre: tranquilo, apartado, casi parecía suspendido fuera del tiempo en aquel pequeño rincón de Bibury que ambos habían hecho suyo verano tras verano. El murmullo del agua del estrecho arroyo y el vaivén de las hojas cuya sombra se proyectaba sobre el banco de madera le eran totalmente familiares, pero aquel día todo parecía pintado de una tensión distinta, un poco más espesa.
Se había detenido un instante a la entrada del parque antes de decidirse a entrar finalmente, con la mirada fija en el punto donde solían sentarse desde que eran unos críos. Recordaba demasiadas cosas allí. El musical sonido de la risa de Rose, las conversaciones que parecían no tener fin, las promesas que nunca habían llegado a formularse en voz alta pero que para ambos eran reales. Y ahora… ahora todo pendía de un hilo muy fino. Era emocionante. Porque si salía bien… todo saldría MUY bien. Pero si algo iba mal… sus destinos se volverían oscuros y aciagos.
Apretaba ligeramente la mandíbula, intentando mantener la compostura. Desde que Rose le había confesado lo del compromiso con Alexander Barrow, algo en Thomas se había quebrado de forma silenciosa pero irreversible. No era capaz de aceptar la sola idea de verla unida a otro. Y mucho menos si ese “otro” era alguien vinculado a todo aquello contra lo que él luchaba cada día. La sola mención de los Barrow y su lealtad hacia Lord Voldemort le revolvía el estómago y le hacía querer vomitar bilis.
Pero esa vez era distinto.
Esa vez tenía algo. Lo sabía. Un hilo del que tirar. Un chivatazo limpio. Había pasado días enteros aferrándose a aquella corazonada, habia insistido en la Oficina de Aurores hasta resultar casi insoportable. No podía actuar asi debido su rango. De hecho, no. Él no solía actuar así; él mismo lo sabía. Siempre había sido metódico, racional, un digno estudiante de la casa Ravenclaw. Pero aquello no era un caso más. Era ella. Y por ella estaba dispuesto a tensar todos los límites hasta donde hiciera falta.
La redada estaba en marcha. Todo estaba preparado. No habia vuelta atrás. Si el chivatazo era cierto como él sentía que era, aquel golpe podría desestabilizar lo suficiente a Barrow como para frenar aquella dichosa boda. Le permitiría exponer vínculos de la familia Barrow con el señor tenebroso, lo cual provocaría muchísimas investigaciones, juicios.... Y a Thomas y Rose les permitiría ganar tiempo. Les daría una oportunidad.
Respiraba despacio, intentando parecer tranquilo, llevándose una mano al rostro durante un segundo, intentando ordenar sus pensamientos antes de verla. Porque en cuanto la pelirroja apareciera, sabía que todo lo demás dejaría de tener importancia. Siempre pasaba.
Cuando finalmente escuchó pasos acercándose, su cuerpo reaccionó antes que su propio cerebro. Se levantó del banco, girándose después hacia el sonido, con el corazón palpitando con fuerza contra su pecho.
Había ensayado mil veces lo que iba a decirle.
Pero en ese instante, al saber que estaba a punto de verla, todas las palabras parecían haberse borrado de un plumazo de su memoria.
“Por Merlín, qué mala suerte”, pensó
[R0SELG]
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El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio.
—La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas?
Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero.
—No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo.
Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba.
—Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido.
Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra.
—Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme.
Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible.
—Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas.
Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio.
—La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas?
Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero.
—No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo.
Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba.
—Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido.
Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra.
—Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme.
Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible.
—Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas.
Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
Aún escucha sus risas, no puede apagarla, no apagar su mente, es como una tortura noche tras noche sin darle tregua ya a su cuerpo temblando cubierto de sudor, a veces siente que la tiene cerca, respirando su nuca como tal lejos como un fantasma que desvanece.
Tan sola...sin la protección de aquella mujer que le juro lealtad y cuidado hacia ella.
Aún escucha sus risas, no puede apagarla, no apagar su mente, es como una tortura noche tras noche sin darle tregua ya a su cuerpo temblando cubierto de sudor, a veces siente que la tiene cerca, respirando su nuca como tal lejos como un fantasma que desvanece.
Tan sola...sin la protección de aquella mujer que le juro lealtad y cuidado hacia ella.
El aire en el Tribunal es frío, no de ese frío que refresca, sino de ese que busca congelar la voluntad. Me obligan a estar de rodillas, pero mis alas ya fueron arrancadas y la que me permitieron conserva yace manchada por el hollín de la desobediencia y el peso de la verdad.
→ Hoy es un día especial.
Hoy es el día de la continuación de mi juicio.
Estoy tan acostumbrado a ello, que me vuelvan a gritonear por no acatar las reglas, por haber matado cuando se me ordenó no castigar al culpable.
Levanto la vista hacia el resplandor cegador de mis antiguos hermanos. Me miran con una mezcla de lástima y asco, como si yo fuera una mancha de barro en su altar de mármol. "Fe", dicen ellos. "Obediencia", exigen las trompetas.
Pero mi fe murió el día que me pusieron una espada en la mano y me señalaron el cuello de un hombre justo, mientras el asesino recibía una túnica blanca por su "arrepentimiento de último minuto".
—¿Todavía no lo entienden? —
Mi voz resuena, áspera, rompiendo la armonía del coro celestial
Se enojan conmigo solo por decir aquello, pues en mi corazón no hay culpa ni arrepentimiento. Me piden que lamente haber hecho justicia, me piden que pida perdón por limpiar el mundo de una podredumbre que ustedes llaman "misericordia".
Me acusan de haber caído, pero yo siento que finalmente he aterrizado sobre la tierra firme. No pasé la prueba y me tiene sin cuidado.
Prefiero quemarme en el abismo por haber protegido la inocencia, que sentarme en un trono de oro sabiendo que mi lealtad se compró con el silencio de las víctimas.
Que empiecen los gritos, que dicten la sentencia final; mi ala ya no sirve para volar hacia ellos, y la verdad es que, desde aquí abajo, el cielo no se ve tan limpio como dicen.
El aire en el Tribunal es frío, no de ese frío que refresca, sino de ese que busca congelar la voluntad. Me obligan a estar de rodillas, pero mis alas ya fueron arrancadas y la que me permitieron conserva yace manchada por el hollín de la desobediencia y el peso de la verdad.
→ Hoy es un día especial.
Hoy es el día de la continuación de mi juicio.
Estoy tan acostumbrado a ello, que me vuelvan a gritonear por no acatar las reglas, por haber matado cuando se me ordenó no castigar al culpable.
Levanto la vista hacia el resplandor cegador de mis antiguos hermanos. Me miran con una mezcla de lástima y asco, como si yo fuera una mancha de barro en su altar de mármol. "Fe", dicen ellos. "Obediencia", exigen las trompetas.
Pero mi fe murió el día que me pusieron una espada en la mano y me señalaron el cuello de un hombre justo, mientras el asesino recibía una túnica blanca por su "arrepentimiento de último minuto".
—¿Todavía no lo entienden? —
Mi voz resuena, áspera, rompiendo la armonía del coro celestial
Se enojan conmigo solo por decir aquello, pues en mi corazón no hay culpa ni arrepentimiento. Me piden que lamente haber hecho justicia, me piden que pida perdón por limpiar el mundo de una podredumbre que ustedes llaman "misericordia".
Me acusan de haber caído, pero yo siento que finalmente he aterrizado sobre la tierra firme. No pasé la prueba y me tiene sin cuidado.
Prefiero quemarme en el abismo por haber protegido la inocencia, que sentarme en un trono de oro sabiendo que mi lealtad se compró con el silencio de las víctimas.
Que empiecen los gritos, que dicten la sentencia final; mi ala ya no sirve para volar hacia ellos, y la verdad es que, desde aquí abajo, el cielo no se ve tan limpio como dicen.