• Dulce mentira.
    Fandom OC
    Categoría Drama
    ღ➶ 𝑺𝒂𝒓𝒂𝒉 ➶ღ

    "Cuando caigan las máscaras, cuando toda mentira sea descubierta, tu identidad será todo lo que te quede, pero a ti, que usas cada rostro como si de una moneda se tratase... ¿Qué te quedará?"

    [París - x/x/1885 - 11:28]

    Una época incierta en la que el nombre de Morana aún resonaba en alguna historia de los pueblos, pero como nada más que una fábula, la historia de una bruja avariciosa que se llevaba a los que se alejaban demasiado de las ciudades...

    La verdad era que no importaba dónde estuvieras, si le interesabas, incluso a plena vista era capaz de tomar lo que ella veía suyo... Pero no estamos aquí para hablar de eso ¿Verdad?

    Un mensaje, una carta, una invitación... El papel aún en su mano, su mirada leía las letras tratando de descifrar un mensaje oculto que... Sencillamente no había.

    "Hola, llevábamos tiempo sin hablar, así que pensé que una reunión estaría bien, te esperaré en ____ a mediodía."

    Una invitación tan simple y directa era algo extraño en el cerrado círculo de Morana, pero no era algo impensable ¿Quizás alguno de sus conocidos quería arrimar el hombro? Era posible.

    Caminaba sin prisa pero con paso firme, como era costumbre, el tiempo era algo tan abundante para ella como lo era el aire mismo, beneficios de tener una vida inmortal.

    Esta persona con la que había quedado era de las pocas que conocían el estado de su... Corazón, vamos a decir. Sabía que su esposo había fallecido, aunque no la forma y sabía que Morana prácticamente vivía en luto.

    Cierto era que la soledad por su parte había cobrado bastante, si no fuera por su regeneración, el insomnio constante al que se somete Morana se hubiera cobrado su vida y su cordura hace siglos, y es que dormir le traía las pesadillas más horribles que podía concebir... Los recuerdos.

    Apenas se dio cuenta de que se acercaba al sitio, guardó el papel en el bolsillo interior de su abrigo, no sin antes doblarlo un par de veces. Su mirada recorrió el lugar, tratando de ver si con quien se iba a reunir había llegado.

    Una cafetería, lo suficientemente simple como para no acumular gente, pero lo suficientemente buena como para ser uno de los lugares favoritos de Morana. Fue ahí que reconoció a la mujer y con calma se acercó.

    Una tenue sonrisa se dibujó en su rostro, alzó la mano un poco a modo de saludo y fue entonces que alzó la voz. — Hola, cuanto tiempo... — Su voz era tranquila, pues desconocía totalmente que ella no era la persona que aparentaba ser...
    [cyclone_jade_cow_411] "Cuando caigan las máscaras, cuando toda mentira sea descubierta, tu identidad será todo lo que te quede, pero a ti, que usas cada rostro como si de una moneda se tratase... ¿Qué te quedará?" [París - x/x/1885 - 11:28] Una época incierta en la que el nombre de Morana aún resonaba en alguna historia de los pueblos, pero como nada más que una fábula, la historia de una bruja avariciosa que se llevaba a los que se alejaban demasiado de las ciudades... La verdad era que no importaba dónde estuvieras, si le interesabas, incluso a plena vista era capaz de tomar lo que ella veía suyo... Pero no estamos aquí para hablar de eso ¿Verdad? Un mensaje, una carta, una invitación... El papel aún en su mano, su mirada leía las letras tratando de descifrar un mensaje oculto que... Sencillamente no había. "Hola, llevábamos tiempo sin hablar, así que pensé que una reunión estaría bien, te esperaré en ____ a mediodía." Una invitación tan simple y directa era algo extraño en el cerrado círculo de Morana, pero no era algo impensable ¿Quizás alguno de sus conocidos quería arrimar el hombro? Era posible. Caminaba sin prisa pero con paso firme, como era costumbre, el tiempo era algo tan abundante para ella como lo era el aire mismo, beneficios de tener una vida inmortal. Esta persona con la que había quedado era de las pocas que conocían el estado de su... Corazón, vamos a decir. Sabía que su esposo había fallecido, aunque no la forma y sabía que Morana prácticamente vivía en luto. Cierto era que la soledad por su parte había cobrado bastante, si no fuera por su regeneración, el insomnio constante al que se somete Morana se hubiera cobrado su vida y su cordura hace siglos, y es que dormir le traía las pesadillas más horribles que podía concebir... Los recuerdos. Apenas se dio cuenta de que se acercaba al sitio, guardó el papel en el bolsillo interior de su abrigo, no sin antes doblarlo un par de veces. Su mirada recorrió el lugar, tratando de ver si con quien se iba a reunir había llegado. Una cafetería, lo suficientemente simple como para no acumular gente, pero lo suficientemente buena como para ser uno de los lugares favoritos de Morana. Fue ahí que reconoció a la mujer y con calma se acercó. Una tenue sonrisa se dibujó en su rostro, alzó la mano un poco a modo de saludo y fue entonces que alzó la voz. — Hola, cuanto tiempo... — Su voz era tranquila, pues desconocía totalmente que ella no era la persona que aparentaba ser...
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  • La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí.

    El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka.
    Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando.

    Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos.

    Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja.

    "Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager.

    Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto.

    Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre.

    La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato.

    Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros.

    Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido.

    Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde.

    Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria.
    En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo.

    Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
    La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí. El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka. Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando. Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos. Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja. "Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager. Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto. Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre. La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato. Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros. Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido. Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde. Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria. En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo. Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
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  • Uh? Asi que una invitación del Asgard en un pergamino.
    Creo que soy alguna noticia
    Uh? Asi que una invitación del Asgard en un pergamino. Creo que soy alguna noticia
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  • Era temprano en la mañana pero él estaba despierto desde hacía aún más y es que se había asegurado de levantarse con cuidado de no despertar a Angel Dust, incluso colocando un dedo sobre sus labios en una señal silenciosa que le hizo al pequeño puerco antes de salir de la habitación.
    ¿El motivo? Sorprender a la araña, claro. Pues no se le pasaba la festividad de aquel particular día; una celebración que, por muchos años, pasó de ella tan sólo ahogando sus penas en una botella mientras se pasaba la vida jugando juegos en su casino.

    Ahora, mucho tiempo después, tenía motivos para celebrarlo. Un alma que se había convertido en su mitad y que, incluso, habían decidido unirse por la eternidad en una ceremonia matrimonial. ¿Creía que San Valentín era algo innecesario? Podía ser, después de todo no necesitaba de una fecha para demostrarle a Angel cuánto lo amaba, cuánto lo complementaba y cuánto había llenado aquel vacío en su vida.
    Pero sabía que el otro era cursi y que gustaba de aquellas cosas por lo que no necesitaba más motivo para participar de ellas.
    Tras algunas horas volvió, una pequeña bandeja entre sus manos con un pequeño desayuno que él preparó. Seguía sin ser tan habilidoso en la cocina como Anthony, claro, pero tampoco tenía mal sabor. Algunas galletas en forma de corazón, algunos cupcakes con alguna ñoña decoración romántica arriba de la crema, algunas golosinas pues eran infaltables los chocolates aunque había preparado un trago donde con golosinas lo había adornado. ¿Solía rechazar la idea de decorar con dulces sus tragos? Sí, pero a Angel le gustaba entonces esta vez había tocado hacerlo. Por supuesto, fue infaltable la tacita de chocolate caliente que le preparó.

    Abriendo la puerta con cuidado la cerró con la misma cautela con su cola antes de dirigirse a la cama. Un pequeño ronroneo se le escapó al ver al otro dormido, colocando la bandeja en la pequeña mesilla de luz para encender una radio cercana en un volumen intermedio y poderse sentar a su lado en el lecho para reclinarse depositando un pequeño beso en la cabeza ajena.

    — Despierta bello durmiente —

    Bromeó con una suave risa en lo que su ronroneo continuaba de forma sonora. Y es que aguardaría a que abriera los ojos para observarlo con cálida sonrisa, incluso quitándose el sombrero de la cabeza para sacar de su interior, en un pequeño truco de magia, una rosa que le extendió.

    — Feliz San Valentín, Angel —

    Le deseó no sólo enseñándole la bandeja de cosas que trajo también, sino además extendiéndole una mano en una invitación a que se levantara. ¿Por qué? Pues la canción que la radio transmitía no era otra que sino una que en vida habían bailado varias veces, un pequeño detalle adrede para sorprenderlo y ahora invitarlo a bailar también
    Era temprano en la mañana pero él estaba despierto desde hacía aún más y es que se había asegurado de levantarse con cuidado de no despertar a [Ange1Dust], incluso colocando un dedo sobre sus labios en una señal silenciosa que le hizo al pequeño puerco antes de salir de la habitación. ¿El motivo? Sorprender a la araña, claro. Pues no se le pasaba la festividad de aquel particular día; una celebración que, por muchos años, pasó de ella tan sólo ahogando sus penas en una botella mientras se pasaba la vida jugando juegos en su casino. Ahora, mucho tiempo después, tenía motivos para celebrarlo. Un alma que se había convertido en su mitad y que, incluso, habían decidido unirse por la eternidad en una ceremonia matrimonial. ¿Creía que San Valentín era algo innecesario? Podía ser, después de todo no necesitaba de una fecha para demostrarle a Angel cuánto lo amaba, cuánto lo complementaba y cuánto había llenado aquel vacío en su vida. Pero sabía que el otro era cursi y que gustaba de aquellas cosas por lo que no necesitaba más motivo para participar de ellas. Tras algunas horas volvió, una pequeña bandeja entre sus manos con un pequeño desayuno que él preparó. Seguía sin ser tan habilidoso en la cocina como Anthony, claro, pero tampoco tenía mal sabor. Algunas galletas en forma de corazón, algunos cupcakes con alguna ñoña decoración romántica arriba de la crema, algunas golosinas pues eran infaltables los chocolates aunque había preparado un trago donde con golosinas lo había adornado. ¿Solía rechazar la idea de decorar con dulces sus tragos? Sí, pero a Angel le gustaba entonces esta vez había tocado hacerlo. Por supuesto, fue infaltable la tacita de chocolate caliente que le preparó. Abriendo la puerta con cuidado la cerró con la misma cautela con su cola antes de dirigirse a la cama. Un pequeño ronroneo se le escapó al ver al otro dormido, colocando la bandeja en la pequeña mesilla de luz para encender una radio cercana en un volumen intermedio y poderse sentar a su lado en el lecho para reclinarse depositando un pequeño beso en la cabeza ajena. — Despierta bello durmiente — Bromeó con una suave risa en lo que su ronroneo continuaba de forma sonora. Y es que aguardaría a que abriera los ojos para observarlo con cálida sonrisa, incluso quitándose el sombrero de la cabeza para sacar de su interior, en un pequeño truco de magia, una rosa que le extendió. — Feliz San Valentín, Angel — Le deseó no sólo enseñándole la bandeja de cosas que trajo también, sino además extendiéndole una mano en una invitación a que se levantara. ¿Por qué? Pues la canción que la radio transmitía no era otra que sino una que en vida habían bailado varias veces, un pequeño detalle adrede para sorprenderlo y ahora invitarlo a bailar también
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  • El aire en la habitación parecía haberse espesado, cargado con ese silencio eléctrico que solo existe cuando dos personas han dejado de hablar porque las palabras ya no alcanzan. No había prisa; el tiempo fuera de esas cuatro paredes había dejado de existir, quedando reducido únicamente al ritmo acompasado de sus respiraciones.

    La luz tenue (quizás el reflejo de la luna o una lámpara olvidada en un rincón) dibujaba sombras suaves sobre la piel de Alberto, quien acortó la distancia mínima que aún los separaba. Sus dedos, con una lentitud casi agónica, trazaron una línea invisible que comenzaba en la base del cuello del otro, bajando con la delicadeza de quien toca algo sagrado y, a la vez, terriblemente prohibido.

    Se detuvo justo donde el pulso late con fuerza, sintiendo la vibración bajo la yema de sus dedos. Era una invitación muda, un desafío envuelto en ternura. Se inclinó un poco más, lo suficiente para que el calor que irradiaban sus cuerpos se fusionase, permitiendo que el aroma del otro lo invadiera por completo.

    — No digas nada —susurró, su voz apenas un roce contra el oído ajeno, cargada de una ronquera profunda—. Quédate así. Solo... deja que te sienta.—

    Sus ojos buscaban los del otro, claros y brillantes, cargados de una promesa que no necesita ser pronunciada. Había una vulnerabilidad compartida en la forma en que sus rodillas se rozaban, en cómo sus manos buscaban instintivamente un punto de apoyo en la cadera o el hombro del compañero. Era un baile de piel contra piel, donde cada centímetro ganado era una pequeña victoria sobre el autocontrol.
    Zetch Stamenkovich
    El aire en la habitación parecía haberse espesado, cargado con ese silencio eléctrico que solo existe cuando dos personas han dejado de hablar porque las palabras ya no alcanzan. No había prisa; el tiempo fuera de esas cuatro paredes había dejado de existir, quedando reducido únicamente al ritmo acompasado de sus respiraciones. La luz tenue (quizás el reflejo de la luna o una lámpara olvidada en un rincón) dibujaba sombras suaves sobre la piel de Alberto, quien acortó la distancia mínima que aún los separaba. Sus dedos, con una lentitud casi agónica, trazaron una línea invisible que comenzaba en la base del cuello del otro, bajando con la delicadeza de quien toca algo sagrado y, a la vez, terriblemente prohibido. Se detuvo justo donde el pulso late con fuerza, sintiendo la vibración bajo la yema de sus dedos. Era una invitación muda, un desafío envuelto en ternura. Se inclinó un poco más, lo suficiente para que el calor que irradiaban sus cuerpos se fusionase, permitiendo que el aroma del otro lo invadiera por completo. — No digas nada —susurró, su voz apenas un roce contra el oído ajeno, cargada de una ronquera profunda—. Quédate así. Solo... deja que te sienta.— Sus ojos buscaban los del otro, claros y brillantes, cargados de una promesa que no necesita ser pronunciada. Había una vulnerabilidad compartida en la forma en que sus rodillas se rozaban, en cómo sus manos buscaban instintivamente un punto de apoyo en la cadera o el hombro del compañero. Era un baile de piel contra piel, donde cada centímetro ganado era una pequeña victoria sobre el autocontrol. [storm_yellow_lizard_274]
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  • 𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂.
    𝟏𝟐:𝟎𝟎 𝐚.𝐦

    Su copa se llenaba y se vaciaba con una rapidez asombrosa, el vino poseía su paladar con una exquisitez que siempre le fascinaba, aunque lo más sorprendente de todo era su dificultad para embriagarse.

    Desde su asiento podía observar con perfecta claridad a las personas que entraban y salían del local, algunas riendo en grupo, otras acompañadas por la soledad; pero todas bajo la mirada de halcón de Eunwoo. Si se le presentaba la oportunidad, regalaba ligeras sonrisas coquetas o alzaba su copa en saludo, poniendo en juego sus encantos con el fin de beneficiarse al terminar la noche. En la hora que apenas había transcurrido aún no obtenía el éxito esperado, aunque no desistiría con facilidad, mucho menos con la botella aún llena.

    𝟏𝟐:𝟑𝟎 𝐚.𝐦

    Fue entonces cuando el eco de unos pasos entrando al recinto captó la atención del pelinegro, quien volteó hacia la persona dueña de tal caminar y fijó su mirada cual fiera seleccionando a su presa. Un intercambio de sonrisas, el alzar de las copas, una invitación a un trago y sería tan solo el comienzo del banquete final. Después de todo, se hacía pasar por alguien más y sus suaves, oscuros guantes evitaban esparcir su identidad; desde el punto de vista de la otra persona, él no sería más que el perfecto extraño del bar, una hermosa coincidencia que no volvería a ser vista… al menos, no en vida.
    𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂. 𝟏𝟐:𝟎𝟎 𝐚.𝐦 Su copa se llenaba y se vaciaba con una rapidez asombrosa, el vino poseía su paladar con una exquisitez que siempre le fascinaba, aunque lo más sorprendente de todo era su dificultad para embriagarse. Desde su asiento podía observar con perfecta claridad a las personas que entraban y salían del local, algunas riendo en grupo, otras acompañadas por la soledad; pero todas bajo la mirada de halcón de Eunwoo. Si se le presentaba la oportunidad, regalaba ligeras sonrisas coquetas o alzaba su copa en saludo, poniendo en juego sus encantos con el fin de beneficiarse al terminar la noche. En la hora que apenas había transcurrido aún no obtenía el éxito esperado, aunque no desistiría con facilidad, mucho menos con la botella aún llena. 𝟏𝟐:𝟑𝟎 𝐚.𝐦 Fue entonces cuando el eco de unos pasos entrando al recinto captó la atención del pelinegro, quien volteó hacia la persona dueña de tal caminar y fijó su mirada cual fiera seleccionando a su presa. Un intercambio de sonrisas, el alzar de las copas, una invitación a un trago y sería tan solo el comienzo del banquete final. Después de todo, se hacía pasar por alguien más y sus suaves, oscuros guantes evitaban esparcir su identidad; desde el punto de vista de la otra persona, él no sería más que el perfecto extraño del bar, una hermosa coincidencia que no volvería a ser vista… al menos, no en vida.
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • 𝐆𝐑𝐖𝐌 𝘧𝘰𝘳 𝘢 𝘯𝘪𝘨𝘩𝘵 @ 𝘵𝘩𝘦 𝘰𝘱𝘦𝘳𝘢

    ⋅•⋅⊰∙∘☽༓☾∘∙⊱⋅•⋅

    Hoy era una noche que Rowan esperaba con anticipación. Apenas unos días antes había recibido una invitación para la función de la ópera. La cuenta regresiva hasta el viernes la mantenía emocionada y expectante.

    Afortunadamente logró conseguir un día libre en el trabajo, así que podría asistir sin complicaciones. Vistió el único vestido que tenía en su clóset y se embarcó a esa nueva 𝘢𝘷𝘦𝘯𝘵𝘶𝘳𝘢. Siempre había tenido una fascinación por la escena artística local, pero nunca le había surgido la oportunidad de ir a uno de esos grandilocuentes teatros.

    No había comenzado la función y ya se encontraba hipnotizada por el ambiente, lleno de luces y decoraciones complejas. Una vez encontró su asiento, observó el que estaba vacío a su costado.

    “𝘓á𝘴𝘵𝘪𝘮𝘢”, pensó ella. Quien la había invitado ya le había advertido de su posible ausencia, aún así, hubiese sido ideal compartir esa experiencia. Sacudió su cabeza de un lado a otro, disipando cualquier pensamiento negativo y decidida a disfrutar de la noche a pesar de todo.

    Horas después, Rowan saldría completamente satisfecha, complacida, con su cariño por las artes más vivo que nunca y con una calidez recorriéndole todo su ser mientras caminaba por las calles nocturnas en dirección a su apartamento, tarareando una de las últimas canciones de la obra y meciendo su cuerpo lentamente de un lado a otro.

    Fue una noche 𝘪𝘯𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘣𝘭𝘦.
    Definitivamente algún día tenía que volver a ese teatro.
    𝐆𝐑𝐖𝐌 𝘧𝘰𝘳 𝘢 𝘯𝘪𝘨𝘩𝘵 @ 𝘵𝘩𝘦 𝘰𝘱𝘦𝘳𝘢 ⋅•⋅⊰∙∘☽༓☾∘∙⊱⋅•⋅ Hoy era una noche que Rowan esperaba con anticipación. Apenas unos días antes había recibido una invitación para la función de la ópera. La cuenta regresiva hasta el viernes la mantenía emocionada y expectante. Afortunadamente logró conseguir un día libre en el trabajo, así que podría asistir sin complicaciones. Vistió el único vestido que tenía en su clóset y se embarcó a esa nueva 𝘢𝘷𝘦𝘯𝘵𝘶𝘳𝘢. Siempre había tenido una fascinación por la escena artística local, pero nunca le había surgido la oportunidad de ir a uno de esos grandilocuentes teatros. No había comenzado la función y ya se encontraba hipnotizada por el ambiente, lleno de luces y decoraciones complejas. Una vez encontró su asiento, observó el que estaba vacío a su costado. “𝘓á𝘴𝘵𝘪𝘮𝘢”, pensó ella. Quien la había invitado ya le había advertido de su posible ausencia, aún así, hubiese sido ideal compartir esa experiencia. Sacudió su cabeza de un lado a otro, disipando cualquier pensamiento negativo y decidida a disfrutar de la noche a pesar de todo. Horas después, Rowan saldría completamente satisfecha, complacida, con su cariño por las artes más vivo que nunca y con una calidez recorriéndole todo su ser mientras caminaba por las calles nocturnas en dirección a su apartamento, tarareando una de las últimas canciones de la obra y meciendo su cuerpo lentamente de un lado a otro. Fue una noche 𝘪𝘯𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘣𝘭𝘦. Definitivamente algún día tenía que volver a ese teatro.
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  • Joshua te saludo a lo lejos, con algo de emocion a pesar de su cara noctalante, incluso despistada, podia notarse que no era bueno demostrando emociones a la primera, estaba en una cafeteria que se habia encontrado, le llamo la atencion tu apariencia, parecias casi tan extravagante como su situacion actual, asique decidio por saludarte, como una invitacion y como una muestra genuina y tonta de respeto
    Joshua te saludo a lo lejos, con algo de emocion a pesar de su cara noctalante, incluso despistada, podia notarse que no era bueno demostrando emociones a la primera, estaba en una cafeteria que se habia encontrado, le llamo la atencion tu apariencia, parecias casi tan extravagante como su situacion actual, asique decidio por saludarte, como una invitacion y como una muestra genuina y tonta de respeto
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  • "Aubrey Hall"
    Fandom 𝘉𝑟𝘪𝑑𝘨𝑒𝘳𝑡𝘰𝑛
    Categoría Slice of Life
    ‎ㅤㅤ
    ㅤㅤㅤㅤ♡✧ s𝐭a𝐫t𝐞r p𝐚r𝐚 𝑯𝙚𝒏𝙧𝒚 𝑬𝙙𝒘𝙖𝒓𝙙 𝙃𝒂𝙧𝒓𝙞𝒏𝙜𝒕𝙤𝒏 ✧♡

    ㅤㅤ
    ㅤㅤㅤㅤㅤSu respiración era pausada, su rostro serio. Se evaluaba en el espejo y no veia lo que, se supone, debía ver una jovencita recién comprometida. Su expresión era triste, apagada, como la de alguien que no tiene elección ni voz ni voto en las elecciones de su propia vida. Habia sido criada de la forma más minuciosa y concienzuda y habia sabido desde siempre cuál era su destino. Ser una muchacha casadera y encontrar un buen esposo antes de cumplir los veintidós. Pero, siempre habia pensado que tendría elección, que su opinión importaría. No fue asi. A pesar de la oleada de pretendientes que la cortejaron durante la temporada, ninguno fue lo bastante bueno para ella, según dijo su padre apoyado en la poderosa opinión de su hijo mayor, Jeffrey.

    Ellos dos se habían encontrado de ocupar el marido perfecto. El Conde de Ashcroft era la opción más segura y lo mejor a lo que Bella podría aspirar. El compromiso se habia anunciado hacia tan solo unos dias y su familia ya estaba llena de quebraderos de cabeza y preparativos de boda. Para Bella todo aquello era solo una firme correa que sentía cada vez más prieta en torno a su cuello.

    -¿Señorita Pembroke? -la voz de Betty, su doncella, la sacó de su ensimismamiento.

    Bella la miró en el reflejo del espejo mientras esta mostraba el vestido que tenía que ponerse ese día. Habia finalizado la temporada y casi todas las familias de la alta aristocracia habían recibido una invitación para reunirse en Aubrey Hall, la casa de campo de la familia Bridgerton para celebrar el compromiso del Vizconde con la señorita Kate Sharma.

    -Es perfecto, Betty -asintió la joven.

    >> El trayecto en coche de caballos desde la residencia de los Pembroke hasta Aubrey Hall duraba casi dos horas y normalmente Bella estaría entusiasmada con aquel evento. Su familia era muy cercana a los Bridgerton y le hizo mucha ilusión recibir la noticia del compromiso, pero… no se sentía con ánimos de celebrar nada. A pesar de que Aubrey Hall estaba decorada con un gusto exquisito, como siempre, y de que fue muy bien recibida por Lady Bridgerton, Bella no podía evitar sentirse fuera de lugar.

    Aun asi, bastantes damas de la aristocracia a las que no habia tenido ocasión de ver desde su “feliz” noticia, se acercaron a saludarla y darle la enhorabuena. Algo que no logró hacer que Arabella se sintiera más comoda.

    Aprovechando un momento de despiste de su padre y su hermano, Bella encontró su escapada perfecta. Se deslizó entre los invitados y, buscando un lugar tranquilo deambuló por los pasillos hasta dar con la biblioteca de la familia. Una estancia abierta que provocó que, por una vez, Arabella esbozara una sonrisa.

    Dejó su copa de limonada sobre una de las repisas y comenzó a pasear delante de la estantería buscando algo que leer.
    ‎ㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤ♡✧ s𝐭a𝐫t𝐞r p𝐚r𝐚 [L0RDHARRINGTON] ✧♡ ㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤㅤSu respiración era pausada, su rostro serio. Se evaluaba en el espejo y no veia lo que, se supone, debía ver una jovencita recién comprometida. Su expresión era triste, apagada, como la de alguien que no tiene elección ni voz ni voto en las elecciones de su propia vida. Habia sido criada de la forma más minuciosa y concienzuda y habia sabido desde siempre cuál era su destino. Ser una muchacha casadera y encontrar un buen esposo antes de cumplir los veintidós. Pero, siempre habia pensado que tendría elección, que su opinión importaría. No fue asi. A pesar de la oleada de pretendientes que la cortejaron durante la temporada, ninguno fue lo bastante bueno para ella, según dijo su padre apoyado en la poderosa opinión de su hijo mayor, Jeffrey. Ellos dos se habían encontrado de ocupar el marido perfecto. El Conde de Ashcroft era la opción más segura y lo mejor a lo que Bella podría aspirar. El compromiso se habia anunciado hacia tan solo unos dias y su familia ya estaba llena de quebraderos de cabeza y preparativos de boda. Para Bella todo aquello era solo una firme correa que sentía cada vez más prieta en torno a su cuello. -¿Señorita Pembroke? -la voz de Betty, su doncella, la sacó de su ensimismamiento. Bella la miró en el reflejo del espejo mientras esta mostraba el vestido que tenía que ponerse ese día. Habia finalizado la temporada y casi todas las familias de la alta aristocracia habían recibido una invitación para reunirse en Aubrey Hall, la casa de campo de la familia Bridgerton para celebrar el compromiso del Vizconde con la señorita Kate Sharma. -Es perfecto, Betty -asintió la joven. >> El trayecto en coche de caballos desde la residencia de los Pembroke hasta Aubrey Hall duraba casi dos horas y normalmente Bella estaría entusiasmada con aquel evento. Su familia era muy cercana a los Bridgerton y le hizo mucha ilusión recibir la noticia del compromiso, pero… no se sentía con ánimos de celebrar nada. A pesar de que Aubrey Hall estaba decorada con un gusto exquisito, como siempre, y de que fue muy bien recibida por Lady Bridgerton, Bella no podía evitar sentirse fuera de lugar. Aun asi, bastantes damas de la aristocracia a las que no habia tenido ocasión de ver desde su “feliz” noticia, se acercaron a saludarla y darle la enhorabuena. Algo que no logró hacer que Arabella se sintiera más comoda. Aprovechando un momento de despiste de su padre y su hermano, Bella encontró su escapada perfecta. Se deslizó entre los invitados y, buscando un lugar tranquilo deambuló por los pasillos hasta dar con la biblioteca de la familia. Una estancia abierta que provocó que, por una vez, Arabella esbozara una sonrisa. Dejó su copa de limonada sobre una de las repisas y comenzó a pasear delante de la estantería buscando algo que leer.
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