• Los Amigos de la Humanidad crecen con el odio público a los mutantes, no debemos ayudar a su causa, pareciendo salvajes. #PolarisXFactor
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  • ᴀɴᴛᴇꜱ ᴅᴇ ʟᴀ ɴɪᴇʙʟᴀ: 𝟣𝟫𝟦𝟤

    La niebla matutina se desvanecía lentamente en el campo de entrenamiento, revelando filas de jóvenes soldados que se preparaban para la batalla. Entre ellos, Bucky Barnes, su rostro firme y determinado mientras se sometía a la rutina diaria de ejercicios y entrenamiento. El aire estaba lleno del sonido de botas que marchaban, del clangor de metales que chocaban y del grito de los instructores que exigían más esfuerzo. James se movía con precisión, su cuerpo endurecido por el trabajo duro y la disciplina.

    Siempre. Mientras corrían a través del barro y la lluvia, el sonido de los disparos y las explosiones se escuchaba en la distancia, un recordatorio constante de la realidad de la guerra. James nunca se detenía, su respiración agitada y su corazón latiendo con fuerza mientras se esforzaba por superar sus límites. En ese momento, no era más que un joven soldado, ansioso por demostrar su valía y proteger a su país. No sabía que pronto se convertiría en algo más, algo que lo llevaría a los límites de la humanidad y lo cambiaría para siempre. Pero por ahora, solo se concentraría en el presente, en la tarea que tenía ante sí, y en la determinación de sobrevivir.
    ᴀɴᴛᴇꜱ ᴅᴇ ʟᴀ ɴɪᴇʙʟᴀ: 𝟣𝟫𝟦𝟤 La niebla matutina se desvanecía lentamente en el campo de entrenamiento, revelando filas de jóvenes soldados que se preparaban para la batalla. Entre ellos, Bucky Barnes, su rostro firme y determinado mientras se sometía a la rutina diaria de ejercicios y entrenamiento. El aire estaba lleno del sonido de botas que marchaban, del clangor de metales que chocaban y del grito de los instructores que exigían más esfuerzo. James se movía con precisión, su cuerpo endurecido por el trabajo duro y la disciplina. Siempre. Mientras corrían a través del barro y la lluvia, el sonido de los disparos y las explosiones se escuchaba en la distancia, un recordatorio constante de la realidad de la guerra. James nunca se detenía, su respiración agitada y su corazón latiendo con fuerza mientras se esforzaba por superar sus límites. En ese momento, no era más que un joven soldado, ansioso por demostrar su valía y proteger a su país. No sabía que pronto se convertiría en algo más, algo que lo llevaría a los límites de la humanidad y lo cambiaría para siempre. Pero por ahora, solo se concentraría en el presente, en la tarea que tenía ante sí, y en la determinación de sobrevivir.
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  • '╭❥ Me gustan también los colores claros, el blanco, porqué disfraza mi naturaleza oscura, me hace lucir inocente. Aunque parte de mi anhela esa inocencia cuando ese blanco se no se manchaba de carmesí al asesinar a entes o personas, aunque sean catalogadas como escoria. Pero este es mi destino, mi nuevo yo. Lejos de la humanidad, por más que intente aferrarme a lo poco que me queda de ella, por más que quiera anclarla con sentimientos como el amor o la pasión.
    '╭❥ Me gustan también los colores claros, el blanco, porqué disfraza mi naturaleza oscura, me hace lucir inocente. Aunque parte de mi anhela esa inocencia cuando ese blanco se no se manchaba de carmesí al asesinar a entes o personas, aunque sean catalogadas como escoria. Pero este es mi destino, mi nuevo yo. Lejos de la humanidad, por más que intente aferrarme a lo poco que me queda de ella, por más que quiera anclarla con sentimientos como el amor o la pasión.
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  • Lo único que consiguió esa maldad de los Anti-Mutantes fue que la Humanidad sintiera empatía por nuestra causa. #PolarisXFactor
    Lo único que consiguió esa maldad de los Anti-Mutantes fue que la Humanidad sintiera empatía por nuestra causa. #PolarisXFactor
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  • Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano.

    El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal.

    Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición.

    Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia.

    Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro.

    Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo.

    Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.
    Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano. El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal. Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición. Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia. Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro. Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo. Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.
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  • *chibi estaba mojado y envuelto en una toalla ya que lo habían bañado a la fuerza* ono .... * en ese momento tenia pensado que se vengaría de la humanidad que seria el segador de las almas y destruiría toda la vida que existe * ono.... * mira la tele y ve que empezaron sus caricaturas y entra en trance mirándola fijamente * °u°
    *chibi estaba mojado y envuelto en una toalla ya que lo habían bañado a la fuerza* ono .... * en ese momento tenia pensado que se vengaría de la humanidad que seria el segador de las almas y destruiría toda la vida que existe * ono.... * mira la tele y ve que empezaron sus caricaturas y entra en trance mirándola fijamente * °u°
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  • 𝘌𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘴𝘰𝘮𝘣𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘭𝘶𝘻
    Fandom Ninguno
    Categoría Fantasía
    〈 Rol con Svetla Le’ron ♡ 〉

    El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba.

    Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar.

    La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse.

    Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación.

    Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado.

    Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada.

    El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser.

    Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie.

    Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era.

    Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir.

    Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo.

    Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
    〈 Rol con [Svetlaler0n] ♡ 〉 El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba. Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar. La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse. Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación. Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado. Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada. El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser. Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie. Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era. Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir. Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo. Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
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  • Los Hombres-X aprendemos algo muy especial en la Escuela de Xavier, aprendemos a controlar nuestros poderes mutantes para beneficio de la humanidad. PolarisXFactor
    Los Hombres-X aprendemos algo muy especial en la Escuela de Xavier, aprendemos a controlar nuestros poderes mutantes para beneficio de la humanidad. PolarisXFactor
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  • Hello again
    Categoría Otros
    D•E•X•A

    Irys no podía dejar de correr. La oscuridad a su alrededor se hacía más densa, más fria con cada paso que daba, como si el aire mismo la intentara atrapar, envolverla y sofocarla. Su mente estaba sumida en un torbellino de imágenes y emociones que la ahogaban.

    Cada rincón de su ser gritaba por escapar de esa sensación de vacío que se expandía sin control. Las calles se desvanecían a su alrededor, las luces parpadeaban y se distorsionaban como si fueran solo fragmentos de lo que alguna vez fue real. En su pecho, el latido de su corazón resonaba como un tambor, un recordatorio constante de que aún estaba viva, pero ni siquiera esa certeza lograba calmarla.

    El recuerdo de D•E•X•A seguía allí, como una sombra, arrastrándose detrás de ella. Él la llamaba, aunque sus palabras se desintegraban antes de alcanzar sus oídos, como si el universo mismo tratara de borrarlo de su existencia.

    ¿Cómo podía ser real si él estaba atrapado en ese limbo de dolor y desesperación? ¿Cómo podía aferrarse a algo que se desmoronaba ante sus ojos?De repente, el sonido de pasos se filtró en su mente, entrelazándose con el eco de su propio pánico. Se detuvo en seco, el aire frío cortándole la piel. La niebla envolvía la calle, oscureciendo aún más el camino por el que había huido.

    — Irys... — la voz resonó, profunda, como un susurro en sus oídos. Era D•E•X•A. Pero no podía ser él, no después de todo lo que había visto. No podía ser real.

    Giró hacia el sonido, los ojos desorbitados. No había nadie. Sólo la niebla. Pero su mente insistía, le ofrecía la ilusión de su presencia, esa voz que la llamaba, la instaba a acercarse, a entender lo que estaba pasando.

    — ¡Por favor. Ya déjame en paz! — exclamó, aferrándose a sus propios pensamientos, intentando mantener el control. Pero la confusión crecía, y una sensación de frío abrumador y de dolor la envolvía.

    Y en ese momento, algo se rompió dentro de ella. La distorsión en su mente alcanzó su punto máximo. Las imágenes comenzaron a fusionarse con una velocidad aterradora.

    D•E•X•A, el rostro de su madre, el suyo propio, Shiori, el castillo, Eros, todos se entrelazaban y desmoronaban ante sus ojos. Nada era lo que parecía.

    — ¿Qué está pasando? — susurró, la desesperación colándose en su voz. La oscuridad se apoderó de su visión, y cuando levantó la cabeza, un rostro apareció en la niebla. Un rostro que no debería estar allí.

    Un desconocido, pero con una mirada tan familiar. Sin embargo, algo en él no era humano. Algo estaba profundamente errado. La figura sonrió de manera extraña, casi vacía, mientras se acercaba lentamente.

    — Estás buscando respuestas donde no las hay, Irys — dijo la figura, su voz un eco distorsionado de la de D•E•X•A, una mezcla fon la voz robótica que alguna vez habia conocido, por la que habia sentido mil cosas a pesar de su poca humanidad.

    Irys dio un paso atrás, temblando, mientras la oscuridad la engullía aún más. La distorsión no era solo en su mente, era todo lo que la rodeaba.

    " ¿Era este un nuevo engaño de su mente rota?"
    [dexa_defender] Irys no podía dejar de correr. La oscuridad a su alrededor se hacía más densa, más fria con cada paso que daba, como si el aire mismo la intentara atrapar, envolverla y sofocarla. Su mente estaba sumida en un torbellino de imágenes y emociones que la ahogaban. Cada rincón de su ser gritaba por escapar de esa sensación de vacío que se expandía sin control. Las calles se desvanecían a su alrededor, las luces parpadeaban y se distorsionaban como si fueran solo fragmentos de lo que alguna vez fue real. En su pecho, el latido de su corazón resonaba como un tambor, un recordatorio constante de que aún estaba viva, pero ni siquiera esa certeza lograba calmarla. El recuerdo de D•E•X•A seguía allí, como una sombra, arrastrándose detrás de ella. Él la llamaba, aunque sus palabras se desintegraban antes de alcanzar sus oídos, como si el universo mismo tratara de borrarlo de su existencia. ¿Cómo podía ser real si él estaba atrapado en ese limbo de dolor y desesperación? ¿Cómo podía aferrarse a algo que se desmoronaba ante sus ojos?De repente, el sonido de pasos se filtró en su mente, entrelazándose con el eco de su propio pánico. Se detuvo en seco, el aire frío cortándole la piel. La niebla envolvía la calle, oscureciendo aún más el camino por el que había huido. — Irys... — la voz resonó, profunda, como un susurro en sus oídos. Era D•E•X•A. Pero no podía ser él, no después de todo lo que había visto. No podía ser real. Giró hacia el sonido, los ojos desorbitados. No había nadie. Sólo la niebla. Pero su mente insistía, le ofrecía la ilusión de su presencia, esa voz que la llamaba, la instaba a acercarse, a entender lo que estaba pasando. — ¡Por favor. Ya déjame en paz! — exclamó, aferrándose a sus propios pensamientos, intentando mantener el control. Pero la confusión crecía, y una sensación de frío abrumador y de dolor la envolvía. Y en ese momento, algo se rompió dentro de ella. La distorsión en su mente alcanzó su punto máximo. Las imágenes comenzaron a fusionarse con una velocidad aterradora. D•E•X•A, el rostro de su madre, el suyo propio, Shiori, el castillo, Eros, todos se entrelazaban y desmoronaban ante sus ojos. Nada era lo que parecía. — ¿Qué está pasando? — susurró, la desesperación colándose en su voz. La oscuridad se apoderó de su visión, y cuando levantó la cabeza, un rostro apareció en la niebla. Un rostro que no debería estar allí. Un desconocido, pero con una mirada tan familiar. Sin embargo, algo en él no era humano. Algo estaba profundamente errado. La figura sonrió de manera extraña, casi vacía, mientras se acercaba lentamente. — Estás buscando respuestas donde no las hay, Irys — dijo la figura, su voz un eco distorsionado de la de D•E•X•A, una mezcla fon la voz robótica que alguna vez habia conocido, por la que habia sentido mil cosas a pesar de su poca humanidad. Irys dio un paso atrás, temblando, mientras la oscuridad la engullía aún más. La distorsión no era solo en su mente, era todo lo que la rodeaba. " ¿Era este un nuevo engaño de su mente rota?"
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  • Los mutantes cómo mi padre Magneto y Apocalipsis desean eliminar a la Humanidad dejando sólo a los mutantes con la diferencia que el primero quiere erradicar la raza humana y el otro convertir a los humanos en mutantes. #PolarisXFactor
    Los mutantes cómo mi padre Magneto y Apocalipsis desean eliminar a la Humanidad dejando sólo a los mutantes con la diferencia que el primero quiere erradicar la raza humana y el otro convertir a los humanos en mutantes. #PolarisXFactor
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